lunes, 27 de agosto de 2012

Breve historia de un recuerdo.


Ana María me pidió que le contara sobre mi círculo de amigos del Distrito Federal. Era una noche calmada en aquel pueblo de Tlaxcala. José Hernández Techachal estaba a mi lado, fumando un Delicados que yo había comprado en el DF. Los cigarrillos son un ritual; cuando voy de visita al pueblo, dos semanas cada seis meses, compro diez cajetillas de Delicados y se los llevo como regalo. Jamás nos duran más de tres días pero los usamos todas las noches para contar historias. La mayoría de las veces es él quien cuenta una historia sobre serpientes o sobre pleitos de cantina, yo siempre escucho las historias sentado a un lado de la fogata; Ana María, la hija de José, también se sienta con nosotros a escuchar las historias. Es raro que ella hable, pero esa noche habló, únicamente para que le contara sobre mis amigos del Distrito Federal, aquella ciudad completamente ajena para ellos. La Carlota, una gallina rancia, estaba acostada entre mis piernas. Yo la acariciaba como quien acaricia a un perro, con cierta ternura sí, pero con un dejo de compasión. Las estrellas brillaban a lo lejos, más cerca del Distrito Federal que de nosotros.

            Me puse un whisky en las rocas por pura nostalgia. El día de mi llegada, hace apenas dos noches, pasé a un Wallmart de Tlaxcala para comprar un etiqueta negra. En ese pueblo nadie bebe whisky, sólo mezcal y otra bebida llamada Pozol. El Pozol, por su parte, es una bebida típica del sur de México, mezcla de cacao y maíz. Agustín Sánchez, otro habitante del pueblo, la había llevado un día a Tlaxcala y todos la aceptaron con naturalidad. José veía mi whisky como si estuviera endemoniado; intenté, en varias ocasiones, servirle un trago, pero jamás aceptó. Me puse un whisky en las rocas y prendí otro Delicados. Estaba nervioso, debo confesarlo, generalmente no soy yo quien lleva el protagonismo en esas reuniones de tres personas, pero decidí hacerle caso a Ana María, hablar un poco del Distrito Federal. Bajé a la Carlota de mis piernas, me sacudí sus plumas y le pregunté a Ana María que de quién quería que le contara. De todos, me dijo. Parece gente muy interesante, terminó.

            En realidad, mi círculo de amigos del Distrito Federal no es tan interesante como parece. Se reduce, en gran medida, a tres personas más. Verónica Pinciotti, Martin Petrozza y el poeta Salmoneo Gutiérrez. José y Ana María me miraban con sumo interés, todo lo que fuera ajeno a ese pueblo lo veían como algo místico, interesante, empezando por mí mismo. Cuando llegué por primera vez me trataban con respeto, como si fuera un gran político o un intelectual declarado. Para estas alturas ya se habían acostumbrado a mí, pero les intrigaba mi vida fuera de aquel lugar. No quise quedarles mal. Decidí, en cierta medida, exagerar las cosas, contar de mi vida en el Distrito Federal como si de verdad fuera algo interesante, manipular los acontecimientos casi de manera epopéyica, y así lo hice. Volví a tomar a la Carlota entre mis brazos, la situé en mis piernas y dispuse a comenzar el relato. Antes de empezar, José prendió otro cigarrillo y se sirvió una jarra de mezcal. Ana María cruzó sus piernas a manera de flor de loto, se puso unos lentes para “ver dentro de las palabras”, me decía cada que le contaba algo. La carlota posó su cabeza sobre mis rodillas.

            Martin Petrozza, dije airado. Martin Petrozza es un escritor frustrado. Escribe historias y las vive. Vive entre alcohol, prostitutas y miseria. Tiene pocos amigos pero a veces tiene. Una vez me presentó a un negro que vivía debajo de un puente y follaba como loco. Le di una fumada a mi Delicados. Verónica Pinciotti es una chica fresa. Ustedes tal vez no conozcan el término pero ya lo conocerán. Escribe historias, también, y va lugares grandes, de moda,  compra ropa fina y es un poco italiana, de Europa, más allá del mar. Les expliqué para que la distancia les quedara un poco más clara. Salmoneo es un poeta burlesco, por las tardes trabaja en una tienda de abarrotes y por las noches escribe historias y poemas. Vive enamorado y también se desenamora fácilmente. ¿Y tú? Preguntó Ana María. Yo soy un lingüista, profesor universitario que sueña con escribir buenos textos. Contesté mientras tomaba un sorbo de etiqueta negra. Me junto con ellos, qué más, concluí.

            José me escuchaba muy quieto, esperaba más de la historia. Ana María me prestaba mucha atención. Los ojos le brillaron, principalmente, cuando mencioné a Verónica. Para Ana María esa debía ser la vida, ser una chica de mundo, tener suficiente dinero para andar de aquí para allá, viajando de un lado para el otro del continente y comprando ropa cara en tiendas de prestigio. José me preguntó por el negro, pero decidí hacer caso omiso de esa historia. Martin y yo somos buenos amigos, los primeros. Lo conocí cuando éramos muy niños e íbamos a la escuela juntos. Nos hablábamos, sí, pero poco. La verdadera amistad empezó años después, cuando lo vi una noche de Navidad. Esa noche yo me enteré que a él le gustaba escribir y él se enteró de lo mismo sobre mí. Le hablé de mi círculo literario donde me reunía a charlar de poesía con Luciano y otros amigos. Lo invité. Martin, gustoso, aceptó ir a las sesiones y desde ahí comenzó nuestra verdadera amistad. A Verónica la vi por primera vez en la universidad. Ella y yo íbamos en la misma escuela, una muy cara y de mucho “prestigio”, dije con tono de sarcasmo, en México. Llevamos una clase juntos pero nunca nos hablamos. Yo la veía a lo lejos. Ella se juntaba con un grupo de gente que se puede considerar, busqué la palabra adecuada para que ellos entendieran… Importante. Yo, por mi parte, sólo me juntaba con un joven con sueños periodísticos. Pasé desapercibido, toda la carrera, a los ojos de Verónica. La historia de Salmoneo se cuece a parte, agregué. Antes de hablar de él me serví otro vaso de whisky y prendí un nuevo Delicados. A él lo conocí tiempo después. Martin o Verónica lo conocieron primero y lo llevaron a un lugar donde yo también estaba. En esa época yo acababa de perder a un buen amigo, el poeta Enrique, y andaba falto de poetas, así que acepté a Salmoneo, quien presumía de escribir poesía, con naturalidad. Después me fui dando cuenta de quién era él y de quiénes éramos todos.

            Al hablar me sentía algo cansado. Con ésta, eran ya varias las ocasiones en que había tenido que contar esta historia. En cierto sentido todos los del círculo vivíamos contándola. Cada quien a su manera y de acuerdo a sus intereses.  A veces uno quedaba bien y el otro mal. A veces todos quedamos mal o todos bien. Martin, con tal de ligar, en ciertas ocasiones me dejaba como un pendejo; o yo, también por ligar, menospreciaba a Salmoneo a tal grado de rebajarlo al peor de los poetas. A veces criticábamos a Verónica por su estilo de vida y  casi siempre ella nos criticaba a nosotros, con una ternura que a mí me parece, todavía hoy en día, inocente.

            Hice una pausa en el relato para ver la reacción de mis interlocutores. José seguía muy quieto, ido, daba la impresión de no entender una sola palabra. Ana María cada vez me miraba con mas fascinación. En ese momento me daba un poco de lástima. Ella veía el Distrito Federal como otro México ajeno al suyo. No concebía un México donde hubiera muchos carros o donde la gente gastara mil pesos en una tarde de domingo sólo por divertirse. José y Ana María ganan esos mil pesos en prácticamente un mes de trabajo, y ese dinero es sagrado. Compran comida, pagan sus necesidades básicas y es todo. José también gasta dinero en la cantina. Les conté que por las noches de sábado, a veces compramos dos o tres botellas de whisky. Gastamos, en suma, alrededor de mil pesos para una velada. El whisky lo bebíamos todo esa misma noche y los mil pesos se esucurrían en el escusado a la hora en que íbamos a mear. También les conté que ni Martin ni yo ni mucho menos Salmoneo, teníamos la capacidad de subsidiar esos gastos. Era Verónica quien, como Baco, nos proveía de los menesteres básicos para pasar una noche agradable charlando de literatura o de pintura o de mujeres.

            En resumen, dije tajantemente como para cortar lo más pronto posible esa conversación, la vida en el Distrito Federal se me va entre dar clases, editar textos, estudiar y analizar lenguas. Los fines de semana, eso sí, recalqué con humo en la boca, los paso con el círculo. Muchos sábados, por no decir todos, Martin, Verónica y Salmoneo (que es siempre el más ausente), van a mi casa a platicar sobre cualquier cosa. Verónica no falta cuando está en México, pero cuando no está ella y Salmoneo por ver a Estela o por su trabajo no puede asistir, me quedo solo con Martin. Hablamos sobre libros, Martin habla sobre él y yo hablo sobre mí. Las conversaciones se vuelven un tanto egocéntricas, dos tipos hablando de algo que creen que puede interesa al otro pero que en realidad no le interesa a ninguno.

            José se terminó la jarra de mezcal. A estas alturas ya me tenía la suficiente confianza como para irse a dormir y dejarme solo con Ana María. Cuando comencé a ir a visitarlos para trabajar una gramática sobre la lengua que habla José, hace ya dos años, no me dejaba ni un momento a solas con ella. Si él se iba a dormir, Ana María también tenía que hacerlo; si él salía, Ana María salía con él; si él se emborrachaba, Ana María lo pagaba. Esa noche, después de una jarra completa de mezcal, se sentía tan borracho que se disculpó vagamente y salió disparado a su petate.

            Me quedé a solas con ella, allí, tumbados bajo la luna de un cielo cada vez más oscuro. Yo con una gallina entre las piernas y ella cruzada como flor de loto. Cuando su padre entró a la casa ella se quitó los lentes. Su cabello lacio, negro y largo se deslizó lentamente por su cara morena. Quitó la flor de loto y extendió las piernas. Hace seis meses que prácticamente no nos veíamos ni hablábamos. La última vez había estado con ella, a solas, dentro de una cueva a las afueras del pueblo e hicimos el amor. Un día después partí para México y no volví a saber de ella hasta hace dos noches. Ana María me preguntó que por qué no la llevaba a vivir  a México. Me preguntó si me avergonzaba de ella, que si en México ella era tan poca cosa. No supe qué contestar, me quede callado un largo rato y corrí a abrazarla.

            El cielo cada vez estaba más oscuro. La Carlota se bajó de mis piernas y se fue a arrinconar a lo más alejado del jardín, cerca del corral del becerro. Yo no sabía qué decirle a Ana María y comencé a divagar para salir del paso. Cada que viajo suelo llevar conmigo un par de libros para leer en mis momentos de distracción. En esa ocasión llevaba dos libros del filólogo Antonio Alatorre. Uno de ellos era Los 1001 años de la lengua española, editado por el Fondo de Cultura Económica. El otro era un libro muy curioso, una novela recién publicada, la única del autor, la cual había titulado él mismo, o tal vez fueron sus hijos, La migraña. Cuando vi esa novela, en una librería de la calle Miguel Ángel de Quevedo, no sabía que La migraña era una novela de esas donde los autores dialogan consigo mismo en una especie de monólogo que en ciertas ocasiones puede resultar tedioso. Esas novelas que tanto Javier Marías como Enrique Vila – Matas resumen muy bien.

            Estoy leyendo una novela sobre un hombre que ve los dolores de cabeza como un mensaje del cielo, le mentí a Ana María. En ese momento ni siquiera había leído el libro. Una novela interesante, donde un hombre recuerda un episodio de su vida de adolescente. Argumenté esto gracias a que había leído la sinopsis de la contraportada. Ana María levantó la cabeza de mis piernas (minutos antes se había acostado sobre la tierra y había usado mis piernas como almohada). En ciertas ocasiones me pregunto qué se sentirá leer, comentó al aire. Leer no es tan malo, dije. No sirve para gran cosa pero te ayuda a mantenerte con vida o a hacer amigos. ¿Cómo es eso de mantenerte con vida? Me preguntó. Muy sencillo, cuando yo leo novelas pienso que estoy leyendo historias mías, situaciones que me pertenecen. Mientras lees una historia vives en ella, formas parte de la historia y su mundo se vuelve tuyo. Leer una novela es absorber vida. Una persona que lee una novela, más que lector es un simbionte de historias, un chupador de vida. Le expliqué.

            Si leer historias es absorber vidas, entonces quiero aprender a leer. Enséñame, por favor. Me dijo Ana María casi en tono de súplica. Pero antes, prosiguió, quisiera que me leyeras alguna historia de Verónica y alguna historia tuya. Quiero ser parte de ustedes, vivir lejos y comprar ropa cara, estudiar lenguas y sentir que no te vas por seis meses cada vez. Quiero emborracharme un sábado y oírte discutir con Martin Petrozza sobre literatura. Quiero ser un poema de tu amigo Salmoneo. Si me lees historias y me enseñas a leer, yo dejaré que tú vivas en mí, el tiempo que quieras, allá en la cueva.

            Aunque en el pueblo no hay Internet, yo siempre llevo mi computadora y en ella parte del blog donde solemos escribir los cuatro. Entré a la casa por ella y la saqué al patio donde me esperaba Ana María. Prendió rápido. Antes de empezar a leer algo me serví el último vaso de whisky. Muy bien, si eso quieres entonces así será. Ana María volvió a ponerse los lentes , se sentó frente a mí y prestó atención. Así comienza nuestra historia, me dije para mí mismo. Este cuento, le expliqué, es de Verónica. Trata sobre su relación con el señor Scott, un tipo de mundo. Alcé la voz y comencé a leer el cuento. El resto de esa historia, es otra historia. 



11 comentarios:

  1. Alejandro Toribio Sánchez27 de agosto de 2012, 19:42

    Como de costumbre
    Excelente!!!

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  2. Enrique Navarrete N27 de agosto de 2012, 21:03

    Excelente relato, saludos.

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  3. Alberto Vargas Iturbe27 de agosto de 2012, 21:12

    es atractivo este en pieso adelante

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  4. Maria Isabel Perez Rivera27 de agosto de 2012, 21:16

    Delicados y se los llevo como regalo. Jamás nos duran más de tres días pero los usamos todas las noches para contar historias. La mayoría de las veces es él quien cuenta una historia sobre serpientes o sobre pleitos de cantina, yo siempre escucho las historias sentado a un lado de la fogata; Ana María, la hija de José, también se sienta con nosotros a escuchar las historias. Es raro que ella hable, pero esa noche habló, ...hermoso♥♥♥♥♥♥♥♥♥

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  5. Gracuas por esta historia.

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  6. Disfruté muchísimo leyendo éste relato. Mil gracias.

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  7. Un relato divertido, revelador y ambicioso.

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  8. Creo que me he enamorado de ti con este relato Guillermo

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