martes, 14 de agosto de 2012

Alguien tiene que decírselo.


Mario hablaba todo el tiempo de ella, decía que ella era linda, o que ella esto, o ella lo otro. Mario era un buen tío, así que no me sorprendió que siempre estuviese con ella en el pensamiento. La tenía clavada en el ojete. Yo no le hacía mucho caso, cuando empezaba con ese rollo, le cortaba. Me inventaba alguna tarea y me iba a fumar un cigarrillo. Otras veces le decía que iría a fumar un cigarrillo, e iba. Mario estaba aumentado el número de cigarrillos que yo podía fumar en una tarde.

 Luego, un buen día, por fin la trajo. Yo estaba dentro, en la cocina, y lo supe porque Marcos me lo dijo. Dijo: allá afuera está la novia de Mario, tienes que ir y verla. Es un bombón. Vale, dije, termino con estos trastos y voy. Nada de eso, dijo Marcos, ve ahora mismo. Miré los trastos, eran una montaña de trastos y alguien debía acabar con ellos. Bueno, ese alguien era yo. Para eso me pagaban. Pero Marcos entendía de estas cosas; cuando hay una mujeraza fuera del restaurante no puedes dejar que un amigo se lo pierda. Anda, me dijo, yo te cubro. Alcé los hombros y le estiré el trapo. Me quité el delantal y también se lo di, pero lo dejó en el estante. Entonces lo supe: éste tío no lavará un sólo trasto. Era igual…

 Salí y la vi. Nadie tuvo que decirme que era ella. Curiosamente era justo cómo Mario la describía. También era como Marcos la describió: un bombón. Saqué un cigarrillo y lo encendí. Estuve un rato mirándola. Era rubia y tenía unas largas y sensuales piernas. Estaba parada, a un lado de la entrada del restaurante. Llevaba falda corta y también fumaba. Daba chupadas al cigarrillo con unos labios rojos, muy rojos. No podías creer que esa fuese la novia de Mario. No podías creer que esa fuese la novia de alguien. Es decir, ya sabes, hay un tipo de mujer que es inalcanzable. Pero sobre todo, no podías creer que esa mujer fuese la novia de alguien, de uno sólo, quiero decir.

 Me acerque a ella por detrás, y cuando estuve cerca le pregunte si ya la atendían o qué. La mujer dio un brinquito, y rió. Dijo que yo la había espantado. Di una chupada a mi cigarrillo. Luego dijo que no era una clienta, que estaba esperando a Mario. La miré de arriba abajo. ¿Y qué hace una mujer cómo tú esperando a Mario?, pregunté. Ella volvió a reír. Dijo que Mario era el chico con el que estaba probando salir. Ya, dije, y ambos dimos una calada a nuestros cigarrillos. Nos miramos a los ojos un instante. Eso bastó para saberlo: esta rubita coqueta se estaba burlando de Mario.

 Mario me tocó el hombro. Sonriendo, me presentó a su mujer. Dijo que ella era la musa de la que me había hablado todo este tiempo. Yo asentí con la cabeza y ella rió. Petrozza, ella es Martha. Mucho gusto, Martha, dije y le estiré la mano. Ella me jaló la mano y pegamos nuestras mejillas en salutación. Este es Petrozza, dijo Mario a Martha, un amigo del trabajo. Asentí con la cabeza y me disculpé, no estaba de humor para soportarlo. El hecho de que Mario saliera con esta demoneza y yo tuviera que hacerme pajas todas las noches al volver del trabajo. Antes de irme, Martha me cogió del brazo y me despidió con un beso muy cerca de la boca. Mario debió notarlo pero no lo hizo. Seguía con esa sonrisa de enajenado.  Nos estrechamos las manos y nos fuimos. Mario con su mujer y yo de regreso al tajo.

 ¿Y bien?, me preguntó Marcos apenas tuve la nariz dentro. Un bombón, dije. Marcos chifló, estaba loco por ella. Sería capaz de matar a Mario con tal de acostarse con esa Martha. Ese es el problema, pensé, que un hombre es capaz de matar a otro hombre por una mujer; y esa mujer no es capaz de decir: este es Mario, y es mi novio. Tampoco es capaz de usar calzones que le cubran las nalgas. A esto lo llamamos zorra, y no estamos equivocados.

 Bastaron quince días para que Martha se hiciese famosa. Una vez por semana se plantaba en la entrada del restaurante a esperar a Mario. Lo hacía metida en diminutos vestidos y con zapatos altos. No hace falta describir el revuelo que esto causó a la bola de subnormales que trabajábamos dentro. Nada más llegaba Martha, todos salíamos a fumar o limpiar las mesas. Algunos esperaban a esa hora para tomar su descanso permitido. Cualquier pretexto y bajo cualquier precio, ella era algo que valía la pena verse.

 Mario aumentó su popularidad. Ahora todos escuchaban con atención cuando él echaba el rollo de Martha. No importa si decía alguna banalidad, cualquier detalle era como una prenda para un fetichista. Incluso le preguntaban cosas. Todos querían saber algo más. Mario se sentía volado, estaba feliz de ser el centro. No se medía con las respuestas y nada le incomodaba. Podías preguntarle por la marca favorita de tangas de Martha, y te lo decía. La fama le tenía vuelto loco. Hasta comenzó a fumar y a comprarse zapatos de marca.

Alguien tiene que decírselo, le dije en una ocasión a Marcos. Habíamos terminado por el día de hoy y fumábamos camino a casa. Ambos debíamos tomar Calzada de Tlalpan para llegar, así que hacíamos el recorrido en una lenta y reconfortante caminata. Hablábamos de cualquier cosa y fumábamos cigarrillos. Decirle qué a quién, contestó Marcos. Vale, dije, ya lo sabes. Decírselo a Mario. Decirle qué, preguntó. Venga, le dije, no me salgas con eso. Sabes bien lo qué hay que decirle a Mario. Marcos expulsó una nube de humo de tabaco por la boca y me miró sin decir nada. En realidad no podía verlo. Olvídalo, dije. Marcos no opuso resistencia. Dados dos pasos más, lo había olvidado.

 Bueno, lo que había que decir a Mario es que Martha no era precisamente cómo él la imaginaba. En lo tocante a la moral, quiero decir. Mario se pensaba que Martha era su novia. Algo formal. Que él la había conquistado y la traía loca. La cosa era que Martha no era la novia de ninguno. Mucho menos de Mario. Porqué salía con Mario no era un misterio. Dejó de serlo pronto, al mes o así. Todos entendimos muy bien porqué carajos una mujeraza como ella pasaba a recoger a un pelmazo como Mario.

 Martha estaba allí por Morgan, el dueño del establecimiento. No sé si ella lo sabía o lo miró uno de esos días que vino, pero el caso es que comenzó a llegar cada vez más temprano, a pesar que eso significaba esperar por hora u hora y media la salida de su “novio”. Todos la atendíamos tan bien que ya no tenía que esperar fuera, de pie. Siempre había uno que la hacía pasar, que la acomodaba en una mesa y que le regalaba cafés o vasos de agua por cuenta de la casa. Todo para que la señorita no lo pasara mal esperando fuera. Y en una de esas ocasiones debió pasar por allí Morgan, que era el dueño, y debió verla. Bueno, Morgan era el dueño, pero eso no lo hacía diferente en lo tocante a los instintos. Debió preguntar quién era esa, y alguno debió decirle. Morgan no iba a perder una oportunidad así; debió presentarse. Para Morgan era sencillo: era alto, fornido, con buena pinta y dueño de un establecimiento que abrió sus puertas en 1956. Basta con que dijera: bienvenida a mi restaurante, señorita. Eso nos dejaba a todos fuera de jugada, ipso facto.

2

Lo malo de mí es que muy en el fondo tengo compasión por los pelmazos. Decidí que sería yo quién se lo dijera. Mario no era lo que se dice un amigo, pero era un hombre y eso era suficiente para llamarlo hermano. Y uno no deja que una bruja chupe la vida de un hermano. Así que un lunes por la mañana tomé a Mario del el cuello y le dije que debía hablar con él. Él era el tío más famoso del lugar, amaba su trabajo, amaba su juventud, amaba su vida. Todo porque tenía a su lado a una rubita preciosa, pero… lo que no sabía este hijo de las mil putas, es que su mundo rosa era un puñetera ilusión.

 Mierda, Petrozza, me dijo, tengo trabajo que hacer, ¿no puedes esperar a la noche para decirme lo que me quieres decir? Yo pensé: ¿desde cuándo este tío se vale de la palabra mierda para expresar sus emociones? Mario era tímido hasta la médula cuando le conocí. Ahora lucía como un muchacho con futuro y con cojones. Venga, Mario, amigo, le dije, es importante lo que debo decirte, en serio, vamos afuera. Mario lo dudó un segundo. ¿Y por qué debemos ir afuera, es que no me lo puedes decir aquí?, preguntó consternado. Suspiré, y palmeándole la espalda, le dije: créeme, necesitarás aire. Mario se quitó el delantal y salió conmigo.

 Lo llevé a una banca de parque y lo senté allí. Mario estaba hasta la coronilla con mi actitud misteriosa. Le urgía que le dijera lo que sea que fuese lo que le tenía que decir. Si lo supieras, no tendrías tanta urgencia, pensé. Saqué un cigarrillo y Mario me pidió uno para él, pero era el único cigarrillo que yo tenía. Lo había comprado así, suelto, y lo había comprado precisamente esta mañana, camino al curro, pensando en que lo fumaría cuando se lo dijera a Mario. Por eso se lo di. Le dije, es el único que tengo, pero fúmalo tú. Mario me miró extrañado, supongo que se pensó que ese gesto de cordialidad también respondía a su noviazgo con Martha. Desde que salgo con ella soy el rey, lo imaginaba pensando. No sospechaba que lo había traído a la guillotina. Me senté a su lado y lo abracé, y le advertí que no malinterpretara mis comentarios. Lo que iba a decirle, y el motivo para decírselo, no salían de ningún tipo de envidia mía, Martha estaba buenísima, pero yo no iba a bajársela. El que lo hará, es otro, le dije. Mario daba chupadas al cigarrillo y escuchaba sin dar importancia a mis palabras. No se podía creer que Martha tuviese ojos para alguien más. Me dijo, casi como si yo lo hubiese insultado, que si lo había traído hasta aquí sólo para eso sería mejor que lo dejara. Que estaba harto de esos cuentos chinos, y que la gente era una maldita envidiosa. Así que ya te lo dijo alguien más, exclamé asombrado. Contestó que sí. Se lo había dicho Marcos, Dios. Vale, dije, pues eso es todo, andemos a trabajar.

 Marcos estaba en la barra, le habían dado barra y eso le jodía porque se confesaba inepto para la coctelería. Me acerqué a él y le pedí que me contara lo que le había dicho a Mario. Tuve que tener paciencia para que Marcos recordara y entendiera de qué estaba hablando. Marcos no ponía atención ni en lo que él decía. Luego lo recordó, dijo que había mirado a Martha coquetear con el viejo de las revistas. ¿El viejo de las revistas?, pregunté extrañado. Sí, dijo Marcos, es un viejo rabo verde, joder. No deja de mirarle las tetas a Martha cuando habla con ella, y… No me jodas, le dije, ¿en verdad crees que Martha dejaría a Mario por ese viejo? Marcos alzó los hombros. No lo sé, dijo, quizá. Entendí por qué Mario no se creyó el cuento de Marcos. Era inverosímil. Martha era de las mujeres que escalan, no de las que se avientan al precipicio. Necesitaba hablar con Mario una vez más. Pero sería complicado, él no creía en mí ni en nadie y estaba harto de las habladurías. En cierto modo tenía razón, ese es uno de los precios de salir con mujeres guapas.

 La segunda vez fui directo al grano. Mario llegaba al restaurante, con los zapatos relucientes, y yo me acerqué a él, lo intercepté antes de que acabara de llegar a la cocina, y luego de mirarle los jodidos zapatos, que no podías dejar de ver, Dios, brillaban como el Sol, le dije: Martha te dejará por Morgan. Mario me miró. Acto seguido, me rodeó y se largó.

 Lo seguí hasta la cocina, donde le encontré hablando por teléfono. Hablaba con Martha. Lo sabías porque había cogido la costumbre de gritar cuando hablaba con ella. Se ponía el auricular al oído y gritaba Hola, mi amor, etc. Esperé a que terminara y lo cogí por el brazo, le dije: en serio, tío, no estoy jugando ni te tengo celos. Mario intentó zafarse, pero lo sujeté con fuerza. Lo miré a los ojos sin decir palabra. Luego de unos segundos creyó en mí. ¿Cómo lo sabes?, preguntó y entonces lo solté. Le expliqué todo el asunto y le hablé de cómo Martha llegaba con casi dos horas de anticipación. No hay pruebas, le dije, ni tampoco me consta ni nada, pero créeme, sé reconocer a una zorra cuando la miro… Aquí me callé, quizá estaba yendo demasiado lejos. Mario no me reclamó, al contrario, esta vez me agradeció y dijo que pensándolo mejor, era muy probable que yo tuviera razón. Era cierto que alguna vez Martha llegó a comentarle a Mario algo sobre Morgan. Ya sabes, uno de esos comentarios que lanzan las mujeres y no sabes muy bien cómo o porqué, y no les das importancia, pero siempre acaban significando una gran cosa. Sí, sí, sí, le dije, tan sólo ten cuidado, hermano, no dejes que un hijo de de puta te arrebate a tu mujer. Considerábamos hijo de puta a Morgan por lo mismo que los empleados siempre consideran hijos de puta a los patrones. Por el simple hecho de que ellos están arriba, y uno está abajo. Mario me agradeció la información y me ofreció disculpas por no escuchar antes. Vale, dije, es igual.

3

Durante la semana que siguió, todo ocurrió como de costumbre. Es decir: el mundo no dejó de girar y nuestras vidas de mierda siguieron apestando como siempre. El miércoles por la tarde, llegó Martha. Venía buena como la que más, en una minifalda negra y con una blusa escotada que dejaba ver su pecho sano y güero. No tardó en correrse la voz y todos salimos por turnos a mirar. Los que estábamos dentro, en la cocina, fuimos sustituidos por fieles y valientes camaradas que dejaron sus puestos en el ventajoso salón, para que todos pudiésemos salir y ver. Allí estaba Martha, en su máximo esplendor, sentada a una mesa y bebiendo un vaso de agua tan sensualmente que daban ganas de tumbarla allí mismo y hacérselo.

 Cuando fue mi turno de salir salí y allí estaba ella, y yo estaba casi harto de mirarla, no encontraba chiste a esa histeria por mirarla que inundaba el restaurante. Estuve a punto de regresar a los trastos casi de inmediato, pero, en ese instante llegó Morgan. Me pareció bastante curioso porque era miércoles y Morgan no se dejaba ver los miércoles. Y lo peor, llegó y no saludó a nadie, sino que fue directo a ella. Y ella, como si lo esperase, se levantó, dejando ver ese magnífico culo, y le saludó con tanta naturalidad que te pensabas que se acostaban o algo. Corrí a llamar a Mario, que estúpidamente no se percataba del escándalo que se hacía cuando Martha llegaba. Le dije: ven acá, compadre, y míralo con tus propios ojos.

 Cuando salí con Mario, Morga se había sentado a su mesa y se sonreían todo el tiempo. Ambos tenían unos dientes blanquísimos. A decir verdad, Martha hacía mejor pareja con Morgan que con Mario, eso no podía discutirse. Martha lo miraba lascivamente, como si fuera a comérselo en el instante siguiente y hacía ciertos movimientos; movía las tetas, pero con elegancia, eso sí. Cuidaba cada movimiento de su rostro. Incluso cuidaba que su lengua no saliese demasiado de sus dientes, pero sí lo suficiente para mandar mensajes de sexo a su interlocutor. No hacía falta ser un experto para saber que Martha estaba bailando la danza del cortejo allí sentada.

 Mario no pudo soportarlo. Regresó a la cocina y se agarró fuerte del estante. Yo le seguí y le dije que guardara la calma, que después de todo Martha no era una mujer que valiera la pena conservar. Él dijo que yo no lo entendía, que Martha era la mujer de su vida. Por eso no se deben mezclar las mujeres buenas y los pelmazos, pensé. Las mujeres buenas necesitan hombres que puedan con ellas, que sepan imponer sus falos, como Morgan. Marcos también se acercó y preguntó qué pasaba. Se lo dije y se rió. Marcos era insensible y una bestia, no entendía que Mario estaba sufriendo. 

 Luego llegó Memo, que ese sí era un tío con sensibilidad y sin que le dijéramos de qué iba la cosa, le dijo a Mario: ya, tranquilo. Esa mujer no vale la pena. Y también se acercó Manuel, y Mauricio, y hasta Mónica, que era una de las meseras del área de bebidas. Y todos se pusieron a consolar a Mario, y yo pensé: pero si no es para tanto, Dios, aún no se ha perdido nada. Pero salí al salón, porque Mario ya no me necesitaba, ya estaban todos ésos encima de él, y lo vi: Martha y Morgan se estaban besando.

 ¿Cómo puede ser que Martha lo hiciera aquí, en el restaurante? Mario no lo había mirado y estaba deshecho, y todos debieron suponer que él lo miro, y que yo lo miré y por eso entramos en ese estado a la cocina. Alguien tenía que decírselo…  


14 comentarios:

  1. Liliana Santacroce14 de agosto de 2012, 14:21

    Para eso me pagaban..

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  2. Alejandro Toribio Sánchez14 de agosto de 2012, 15:35

    excelente!!!

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  3. Excelente. Gracias por este aporte al grupo. Martin Petrozza. Saludos.

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  4. Ha sido una linda España trasladada a D.F.

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  5. Mantiene un estilo coloquial todo el tiempo.

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  6. Excelente narración y ambientación, como un "cortometraje" que trabaja el recurso del suspense y se detiene en un final abierto, que deberá imaginarse a su modo cada lector. Petrozza atrapa desde los dos primeros párrafos, lo que muestra largo oficio en el relato corto.

    La narración desde el personaje, en primera persona, se sostiene de modo magistral con el esbozo de diálogos, no demarcados, pero archipresentes. Interesante el acercamiento a la mentalidad popular y el estilo coloquial del castellano contemporáneo en la Península, de modo directo y sin rodeos. Sugiere una especie de hiperrealismo, como retrato conciso de ambientes, que hacen cierta sociología y/o anntropología, con pretensión de reflejo, dejando libre la co-creación y el acabado al lector.

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  7. Eduard Vladimiovich Ferinov15 de agosto de 2012, 0:44

    Excelente narración y ambientación, como un "cortometraje" que trabaja el recurso del suspense y se detiene en un final abierto, que deberá imaginarse a su modo cada lector. Petrozza atrapa desde los dos primeros párrafos, lo que muestra largo oficio en el relato corto.

    La narración desde el personaje, en primera persona, se sostiene de modo magistral con el esbozo de diálogos, no demarcados, pero archipresentes. Interesante el acercamiento a la mentalidad popular y el estilo coloquial del castellano contemporáneo en la Península, de modo directo y sin rodeos. Sugiere una especie de hiperrealismo, como retrato conciso de ambientes, que hacen cierta sociología y/o anntropología, con pretensión de reflejo, dejando libre la co-creación y el acabado al lector.

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  8. excelente, mantiene al lector àvido y espectante hasta el final

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  9. Jose Alberto Avalos Perez19 de agosto de 2012, 1:21

    MARAVILLOSO

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  10. Este es uno de los casos en que el relato (su escritura) hace que auno le provoque leer más. Breve y bueno. Nuestro saludos a desde Cojedes, Venezuela y gracias por compartir esta nota literaria.

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  11. Muy buena narración que atrapa al lector.

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  12. Edith Lucía Carmona Pérez23 de agosto de 2012, 1:43

    WOOOOOOW EXCELENTE, CRUEL PERO LA PURA VERDAD!!!! ♥♥♥

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