miércoles, 25 de julio de 2012

Perros y gatos.


Mi habitación está amueblada con un camastro (decir cama es decir demasiado, aunque en realidad no es un camastro), un librero y una mesa con su silla. En el librero hay pocos libros porque a pesar que leo mucho tengo pocos autores favoritos y compro pocos libros. Mi especialidad es la relectura. Particularmente la de Rilke, que es un poeta al que amo. Sobre la mesa hay una libreta y hojas sueltas, todas llenas de versos de poemas que nunca termino de escribir. En realidad, no creo en el fin de los poemas. Un poema termina de escribirse cuando se muere el autor. Y ni eso, el poema puede seguir vivo mucho tiempo después. A este respecto Verónica Pinciotti está en desacuerdo. Suele decirme: “termina tus pinches poemas y no seas mamón”. Petrozza lo entiende, lo entiende muy bien. “Haz lo que te venga gana, total, cada quien es libre de creer lo que desee”, dice.

 Además de eso, mi habitación está decorada con un par de cortinas color hueso. La ventana está colocada con miras al Suroeste, así que entra suficiente luz para sentarse en la mesa y escribir sin necesidad de prender los focos. Al menos, durante unas buenas horas. La silla es de madera y no es precisamente cómoda. Muchas veces he tenido la idea de colocar sobre ella un cojín. Nunca lo he hecho. Lo recuerdo cuando estoy sentado pero lo olvido después; no es en lo que pienso todo el día.

 Tres muebles metidos en un cuarto de cuatro por tres metros. Una ventana. Y dentro un monje que lee y escribe cuando no trabaja. El monje soy yo. Es todo lo que puedo decir de mi habitación. Quizá, algo más: la ropa la guardo sobre la mesa o la silla o sobre la cama o debajo de ella, según esté limpia o sucia. Trastes no hay porque siempre me alimento en la tienda o en la cocina. Tampoco hay reproductores de música, ni televisión, ni computadoras. Principalmente porque no puedo pagarlos, peo también, porque no los necesito.

 Esta es la habitación donde, cuando la ocasión lo permite (casi nunca lo permite), Estela y yo hacemos el amor. Sobre mi camastro, que rechina como si debajo hubiese un cerdo que también lo hace. En otras palabras, es nuestro nido de amor. A mí no me importa, es mi habitación y duermo allí con ella o sin ella, pero lo que es ella… no termina de convencerse. Dice que falta decorado. Se empeña en decorar. Hace dos semanas trajo un florero con flores y está bien. Las flores son amarillas. El florero está pintado a mano por una indígena. Luego, al siguiente día, trajo un cuadro. Una reproducción de Degas. No objeto nada y la dejo hacer. Ella misma instala las cosas. Pone agua a las flores y sacude el cuadro.

 Luego trajo una grabadora, y con ella discos. La grabadora está en el suelo, junto a la mesa; no permití que la pusiera sobre la mesa porque la mesa es muy pequeña y la grabadora no deja espacio para escribir. Los discos sí los pone sobre la mesa; los cambio de la mesa a la cama y de la cama a la mesa según sea necesario. Los discos son, en general, de Carole King, John Lennon, Norah Jones.

 2

Estela entra, la dejo pasar antes de mí y se sienta sobre la cama. Suspira y mira lo que ha hecho. Ahora este cuarto no es mío. Es obra de ella. Ha cambiado las cortinas hueso por unas cortinas con motas de colores y manchas que parecen flores. Le digo que son flores pero ella insiste que no. Sólo son colores, dice. En eso tiene razón. Es en lo que pienso, en que sólo son colores, cuando las miro y me chocan. También ha puesto un cojín a la silla. Eso lo agradezco, excepto porque el cojín es rojo y tiene forma de corazón.  Cuando me siento a escribir sobre él lo olvido, es cierto, pero cuando lo recuerdo me siento raro. A la mesa ha puesto un mantel, también de colores. Y sobre el mantel un plástico para no ensuciar el mantel. Ahora debo usar un cuaderno y no hojas sueltas porque escribir sobre eso es como escribir sobre algodón.

 Yo entro después y me siento junto a ella. La tomo de la mano y le digo que luce hermosa. Hemos venido a hacerlo. Nunca venimos a otra cosa. Estela se levanta y coge los discos. Es costumbre amarnos bajo el cobijo de su música. Saca el disco de su caja y lo mete a la grabadora. Luego presiona el botón y lo hace sonar. Antes de que deje la caja del disco en la mesa le pido que me la muestre. Me la da y la miro. Es de un grupo llamado America. La portada es de tonos cafés; hay un auto en medio de un bosque y sobre él, pero fuera de él, tres hombres. Todo es muy viejo, como de los años sesenta o menos. Al parecer, los hombres han ido allí en ese auto a pescar y a acampar. Hay sillas y cañas de pescar. Uno de ellos tiene barba, otro gafas de sol y otro el cabello hasta los hombros. Son hippies pero van vestidos con pantalones y camisas formales. El disco se llama TinMan. Es un sencillo; justo la canción que escuchamos. En la portada esta estampado el sello de la Warner Bros.

 La canción es suave. No está mal, podría escucharla siempre, pienso. Volteo la caja y allí está: es una pieza escrita por Dewey Bunnell y producida por George Martin. Dewey es un chico a lo Lennon: cabello largo, lacio y suelto. Gafas redondas de ver, e idealista. Supongo que él hubiese preferido que yo dijese: Lennon es un chico al estilo Dewey. Bueno, sencillamente no es así. La canción es buena, puedes recordar el coro sin dificultad y la música realmente te hace girar, como la cámara gira en los videos de Barry White, alrededor de él y de su cara. Puedes sentirlo, es como estar en medio de una pompa de jabón. Girando. O haciendo el amor…

 Cuando acabamos de hacerlo nos recostamos. Hablamos poco, pero hablamos. Estela dice: “estar contigo es como estar en una canción de America”. No sé qué pensar. Petrozza me ha dicho: “cuida bien de escuchar lo que dicen las mujeres antes, durante y después del acto sexual. Sobre todo esas cosas que dicen como si no las dijeran ellas, como si les saliera del alma o algo. Anótalas en papel si te es posible. Al final, esas palabras serán las piezas que faltan en tu rompecabezas, cuando no entiendas porqué te dejaron, o porqué te odian, o porqué no pueden vivir sin ti”.

 Yo digo: te amo. Ella sonríe (¿debo anotar también la sonrisa?). Luego dice: “se me antojó un helado”. Yo pienso: ella y yo siempre comemos helados, es lo único que podemos hacer, por mi trabajo. Salgo tarde y cuando lo hago, ella me espera y vamos al parque. Compramos un helado y lo comemos sentados, en una banca. Hoy es domingo, los domingos no trabajo y podemos venir aquí. Los domingos no comemos helados, ¿por qué tiene antojo de uno?  ¿Significa esto que le gustaría más que fuese lunes, no estar aquí? Yo digo: mañana comemos uno, saliendo del trabajo. Ella dice: “sí, de vainilla”. Yo asiento con la cabeza. Callamos un par de minutos y ella mira el cuarto. Le gusta, le gusta. Le gusta cómo ha dejado esto, aunque no está satisfecha. No me equivoco, al instante siguiente, dice: “deberíamos pintar las paredes”. Yo no digo nada, pero no me alienta la idea. Ella agrega: “de color durazno estaría muy bien”. Yo me doy la vuelta, quedo de lado, y la beso.

 Hacemos el amor una vez más. La última porque en cualquier momento llegará mi abuela. Ha ido al panteón, a la tumba de mi abuelo. Yo insisto en que debería tomarse más tiempo, todo el día si le place, pero ella tiene esa manía de cuidarme. No llega después de las tres de la tarde con tal de hacerme de comer. Son las dos con treinta. Se lo digo a Estela y sugiere ducharse. Estoy de acuerdo. Tomamos un baño mientras escuchamos a todo volumen cantar a Norah Jones. Desde que trajo esa grabadora no hay un segundo que pasemos juntos en mi casa sin que suene algo. No digo que esté mal, la música me gusta, pero creo que es tiempo de traer a casa algo más mío. Cuando tenía nueve años me encantaba el grupo Kiss.

3

Lo compré en un tianguis cerca de mi casa. Me gustó porque era de arcilla y hecho por el mismo que lo vendía. Mi dinero no iría a parar a manos de una compañía millonaria. De algún modo era ayudar. Lo compré para adornar el cuarto. Estela ya había hecho más de la cuenta y me tocaba a mí. Era un muñeco de Gene Simmons, con su traje de dragón, sentado en un trono y empuñando su bajo como a un cetro. El rey del mundo (que equivale a decir: Satanás).

 Lo puse sobre la mesa, ¿dónde más si no?, y lo dejé allí. Pensé en comprarle un estante, de esos que se empotran a la pared, para que no estorbara a la hora de escribir. También pensé en una cúpula de cristal para evitar el polvo. Estaba él y estaban los discos de Norah Jones. A mí me pareció justo, una parte de este cuarto también es mía (aunque no parezca), pensé.

 Estela no lo tomó muy bien. Cuando lo miró dijo que era horrible y que desentonaba con el resto del decorado. Yo primero no me lo creí, que hablase en serio. Hablaba muy en serio. Dijo: no quiero volver a verlo. Le pedí que se calmara, que no era para tanto, sólo un muñeco, además mío y en mi cuarto. No quería decirlo pero lo pensé: ¿a ti en qué te afecta? En su defensa, Estela argumentó que el muñeco era feo, feísimo, horrible. Que daba miedo, y sobre todo asco, y que esos Kiss tocaban muy mal y eran viejos y pasados de moda. Vaya, dije yo, pero son de la misma época que America y C. King. Le expliqué que en los setentas había dos clases de personas, los que gustaban de la nueva ola del Heavy Metal, y los últimos estragos del movimiento hippie. También surgió la música disco, pero eso es punto y aparte. Si ahora fuera 1975 yo estaría escuchando Kiss  y Estela America. De cualquier forma, eso no es razón para pelearnos, dije, ¿o sí? Estela no contestó.

 En un rápido autoanálisis descubrí que yo siempre había estado alejado de la música. No tenía autores favoritos ni cantantes ni músicos. Nunca había comprado un disco en mi vida. Si me preguntasen por mi banda favorita diría que es kiss pero sería mentira. En realidad no conozco el nombre de más de tres canciones suyas. Aprendí el nombre de los integrantes como datos de cultura general, eso es todo. Y si me inclino por esa banda se debe a que es la única que escuchaba mi padre, cuando yo tenía como cinco años, y estaba acostumbrado a mirar las portadas de sus acetatos y sus caras pintadas no me escandalizaban; todo lo contrario, podría decirse que me cobijaban el inconsciente porque de algún modo significaban mi padre.

 Cuando dejé de cavilar, Estela estaba allí. Parada y con los brazos en jarra. Estaba claro, su postura era: el muñeco o yo.

 Esta situación me dejó helado. No estaba acostumbrado a estos rollos. Quizá no estaba acostumbrado a estos rollos porque no estaba acostumbrado a las mujeres. Estela era mi primera relación formal. Había escuchado hablar a Petrozza sobre estos casos y estas mujeres. Cuando lo escuchas de alguien más parece sencillo. Parece que uno debe decir: si lo pones así, vete. Defender tus cosas, tus ideales. Pero en la vida real es más complicado. Estela lucía enojada de verdad, y era, para ser sincero, por una cosa estúpida. Estaba allí, estaba enojada…. Pero no por ello menos bella. Aún tenía esos ojos claros y esa boca que arde en fuego. Petrozza hablaba de Perras del Infierno, pero Dios mío, Estela, enojada y amenazante, seguía  siendo un ángel de piernas bien torneadas y busto firme. Sus cabellos continuaban siendo de oro y… bueno, estábamos en mi cuarto y a mí cuarto sólo íbamos a una cosa. No iba a perderme esa cosa por un muñeco de un grupo en el que ni siquiera yo creía. Bueno, estaba claro y estaba decidido: iba a ceder con tal de llevar la fiesta en paz…

 Me acerqué a Estela y la abracé. Le pedí que se calmara. Dije que después le daría un sitio más adecuado a Gene, que no era para tanto.

 No sé exactamente qué fue lo que detonó su ira, si la petición de su calma o la promesa de mover a Gene de sitio; ella no quería moverlo de sitio, quería desaparecerlo. Pero la materia no se crea ni se destruye, pensé… aunque lo sacásemos de nuestras vidas, eso también sería encontrar otro sitio parea Gene. Incluso si lo quemásemos, Dios.

 Si antes dudaba, no lo hago más. El instinto de un hombre, de defender lo suyo, sale, se crea capaz o no, justo cuando el instinto de una mujer salta felinamente. En esa habitación había un perro y una gata, luchando por lo que consideraban su territorio. Los gatos son así, se adueñan de tu casa, de tu cuarto. Ya me lo había advertido Petrozza, los hombres son perros y las mujeres gatos.   

 Aquella tarde no hicimos el amor. Ella exigía la desaparición ipso facto del muñeco de Gene Simmons. Y yo, bueno… era mi muñeco y mi cuarto y a mí me gustaba. Nos arañamos mucho aquella tarde. Eso es lo que aprendimos aquel día, a hacernos daño. Hasta ese entonces no lo habíamos hecho. Esto podía llamarse nuestra primera pelea formal. Ahora debíamos aprender otra cosa: a curarnos las heridas. Todo el mundo aprende a pelear, es lo malo, pero pocos aprenden perdonar, a olvidar, a lamerse las heridas de las garras que sacamos en nuestros momentos más bajos. Se llama instinto y no podemos acabar con él. Es más fácil que él acabe con nosotros. Pero sí podemos controlarlo. Si estamos conscientes de ello. Petrozza tiene razón, las mujeres son perras del Infierno, pero eso es porque nosotros nos comportamos como diablos.  



13 comentarios:

  1. Un blog para disfrutar acompañado de un buen escocés en la rocas y de buena compañía. Altamente recomendable. Gracias

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  2. María Andrea Amé27 de julio de 2012, 10:09

    Encantador!!

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  3. Muy bueno!! Habrá que leer lo que falta.

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  4. Alberto Vargas Iturbide28 de julio de 2012, 23:08

    veses se enpieza por una anecdote y termina con una buena nobela.

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  5. Salmoneo, tenés la capacidad de convertir una anécdota casi insignificante de la vida cotidiana en un relato atrapante y lleno de gracia. Es decir, sos un escritor con todas las letras. Excelente el relato.

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  6. Es magnifico

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  7. Ana Beatriz Velazquez3 de agosto de 2012, 0:16

    PRECIOSO!!

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  8. las diferencias entre hombres y mujeres existen, de lo contrario la visd seria muy aburrida.....

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