jueves, 5 de julio de 2012

Mexican Madness


Texto por: Moreno Marín.


Así como siempre. A las 5 de la mañana Benavides una vez más inicia su día, mirando de reojo su radio reloj despertador, también a su esposa. Su recamara huele a guayabas. Afuera, en el eucalipto de su ventanal, aves sin control inician su gorjeo.  Amelia, siempre pregunta… o susurra… o balbucea… algo. De sus labios siempre salen sonidos enmarañados que Benavides agradece con un beso en las cobijadas caderas de su mujer.  Al salir del baño encontrará su ropa lista y una taza de café caliente para salir al restaurante.

Al llegar a su cafetería desayunador restaurante, Benavides comienza el día dando órdenes a sus empleados: una mirada a manera de amable saludo,  un ligero señalamiento hacia algún lugar, tal vez hacia la cocina o al patio de servicio.  Nunca grita. En punto de las 8 de la mañana abre su local y justo al levantar la cortina, escapan borlas humosas: la calle huele a café, canela y piloncillo.  Una vez abierto, comienzan a llegar sus primeros clientes, casi a todos los conoce o los ha visto alguna vez. Otros, los que van por primera vez, tal vez regresarán gracias a su buena mano con los alimentos. 

Benavides también ha desarrollado, con el paso de los años y con el paso de la gente, otra habilidad, aún más extraordinaria que la comida: sabe reconocer rostros y lo hace muy bien, nunca olvida una cara. Generalmente olvida los nombres, donde viven, a donde irán, de donde vienen, pero nunca olvida un rostro. En cuanto ve entrar a sus clientes o los mira, en la barra o en sus mesas, le vienen a la memoria vagos pasajes o historias que le platicaron con anterioridad y a eso le sabe sacar provecho.

¿Cómo está su esposa, Don,  mejorando? ¿Cómo va el negocio, Doña, creciendo? ¿Y sus hijos, Don, en la universidad? Un argentino “pata de perro”, le aconsejó el “Don”, por aquello de la familiaridad, para orgullecer esponjar granjearse a sus clientes, pero sobre todo para no mencionar el nombre que ignora.  Benavides puede ver en los ojos de sus clientes las congojas o las alegrías; suele pensar: sus arrugas son de felicidad y buena vida, o son de amargura y dolor. En los ojos puede detectar el brillo del carisma o el de la malicia. Aunque no solo es en los ojos sino en la forma del rostro, en las muecas y hasta en las sonrisas, tímidas o en carcajadas, en los guiños muecas  tics. Ha desarrollado esa habilidad a raíz de su necesidad por conservar su negocio.

Benavides ha visto muchas cosas pasar a través de los ojos y las charlas de sus clientes. Durante años ha escuchado historias de muerte y traición, de lujuria y buen amor, aunque las más comunes son las relacionadas con narcotraficantes y sus infamias, esas lo angustian.

Ese día transcurría de lo más normal hasta que Benavides vio entrar en su restaurante a un nuevo cliente. Su primera impresión fue: ese mono es de trote florido, aunque anda chasqueado, crudón. Hay quienes son tímidos, discretos, esos suelen rehuir a la conversación. ¡No molestar, no molestar! —Se decía insistía recordaba. Hay que dejarlos a solas para no interrumpir las peleas o las honras de su soledad.  Esa actitud de alejamiento fue perturbadora para Benavides pues no le permitió ver algo en el rostro de aquel nuevo cliente, ni un atisbo de buena o de mala ventura.

Todas las mesas estaban ocupadas y solo la barra estaba disponible. Antes entraron varios adolescentes gringos, en seguida el nuevo cliente. Los muchachos ocuparon los lugares cercanos a la ventana de la cafetería, el nuevo se sentó metros adentro, al fondo del restaurante.

A los clientes de la barra los solía atender Benavides. El mesero ofreció a los gringos la recomendación del chef, los chilaquiles. Al cliente nuevo se le ofreció la carta. Era un tipo robusto, de bigotes pronunciados, tanto como sus pómulos. Ensombrerado y con botas picudas, en apariencia hechas con piel de serpiente. Usaba una gabardina larga de piel blanca, combinaba con sus jeans también blancos y su camisa anaranjada. Cualquiera podría ver el gran tamaño de la hebilla redonda del cinturón, decorada con un alacrán en bajo relieve e incrustaciones de piedras anaranjadas y brillantes.

―Le dejo la carta Don, en un momento le tomo su orden. Los chilaquiles…   ―Benavides quiso continuar pero el ensombrerado, mostrando la palma de su mano, lo detuvo. No levantó la mirada.

El nuevo apestaba a cigarro, a noche, a desvelo; al sentarse, en automático sacó su cajetilla, un encendedor y un periódico… o un “paquete” envuelto en periódico y lo colocó en la barra. Miró de reojo su “paquete”, lo acarició palpó sintió. Inmediatamente después, con movimientos perfectamente actuados ensayados teatrales, inició un ritual para fumar: sacar un cigarrillo de la cajetilla, golpearlo filtro abajo contra la uña de su pulgar, metérselo a la boca y como si fuera un chocolate, saborearlo; paso siguiente encenderlo, de lado y con un ojo medio cerrado, haciendo casita con sus manos. ¡Como lo hacen en las películas!,  pensó Benavides. Por fin el primer golpe, profundo, de esos golpes que llenan los pulmones hasta empingorotar la posición, luego dejar escapar todo el humo, poco a poco, lentamente, como si el placer estuviera en el humear. Mientras tanto, los gringos felices se divertían diciendo chiiii laaaa quiiiii lees. Algunos comensales fruncieron el ceño, indignados no deseaban oler tan temprano el humo de cigarro; otros con lo los ojos grandes, se admiraron por el gran tamaño de le hebilla.  Benavides por su lado, confundido.

El ensombrerado leyó la carta, pero se distrajo pues varias patrullas pasaron por la avenida con su sirena ululando. De reojo, su mirada al “paquete”.  Chupó su cigarro, humeó. La pasión de Benavides por reconocer a la gente lo motivaba a hacer algo, por lo que una vez más recomendó los chilaquiles,  el nuevo sin quitarse el sombrero está vez asintió, en silencio.  Afuera, por la acera pasaron dos policías, apresurados. Los gringos, conocedores de los conflictos de la ciudad mencionaron la palabra troca haciendo al mismo tiempo ademanes de poderío, como si se tratara de un tanque de guerra. De nueva cuenta el nuevo miró su “paquete”. Chupó su cigarro, humeó. Mientras tanto Benavides pensaba: no es normal escuchar las patrullas tan temprano, tampoco es  normal un tipo como el de la barra, en sus ojos no veo un brillo de algo. Lo anterior le daba vueltas en la cabeza. Por un momento su memoria huyó a su recamara, buscando el agradable aroma de la misma. A lo lejos otra vez las sirenas y su chillante anuncio cazador de maleantes, alejándose. En eso una troca negra se detuvo frente al restaurante, rechinando llantas. Los gringos dejaron de reír. Silencio. Los comensales miraron al ensombrerado mientras Benavides se acercaba a la barra, justo frente al “paquete”. El nuevo miró su “paquete” y  colocó una mano sobre él, en su mirada por fin apareció un brillo, el brillo de la confusión al ver tan cerca a Benavides. Instantes después entraron al restaurante tres tipos, todos ellos con la misma apariencia, iguales al de la barra. Platos y cubiertos cayeron al suelo cuando los gringos adolecentes intentaron salir. Benavides se agachó detrás de la barra, le vino a la memoria el recuerdo de su Amelia. Los nuevos ensombrerados no dejaron salir a nadie, bloqueaban la puerta; una cortina de humo de cigarrillo los engrandecía. Los gringos optaron por  arrinconarse, no había salida. Mientras tanto el resto de los comensales, temerosos, solo les quedó esperar, respirar en silencio, mirar sus pies, sus manos sudorosas. Las sirenas de las patrullas ya no se escuchaban. El nuevo tomó su “paquete”. Los ensombrerados lo miraron. Todos chuparon su cigarro, humearon. Ellos se dirigieron hacia él con pasos firmes. Un grito ahogado apenas se escuchó en algún rincón del restaurante, luego el silencio ensordecedor, el instante infinito. El nuevo acomodó su “paquete” como si lo fuera a usar. Frente a frente cruzaron una última mirada, entonces abrazos mímicas retozos. Salieron, como se sale de una cantina.

Benavides creyó verlo todo, creyó saberlo todo. Sudaba. Su jaqueca, con golpecitos en la cabeza, le enviaba mensajes de todo tipo sobre lo que había sucedido en su restaurante, pero él ya no quería saber nada, estaba a punto del llanto. En el suelo y respirando con problemas, le nació el profundo deseo de escapar a su casa para continuar con su aromaterapia de guayabas contra el estrés.




Texto por: Moreno Marín.


3 comentarios:

  1. BUEN INICIO DE UN TEXTO QUE SERÁ INOLVIDABLE Y PLACENTERO...

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  2. uy como una papita que te deja sin querer... con ganas de comerte todo el paquete...

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