lunes, 2 de julio de 2012

El borracho y la borracha.


La cita era en un bar en la colonia Roma, Lucille, si no me equivoco. No era un bar precisamente bohemio, pero en 2012 no quedaba algo que pudiese ser considerado verdaderamente bohemio. Quizá La puerta negra, el bar que frecuentaba Petrozza por las mañanas… pero… más que bohemio, era un bar de mala muerte. Ninguna mujer de las nuestras permitiría jamás que las reuniones se hicieran allí. Y con mujeres de las nuestras me refiero a la mía, Estela, y Simona, la de Petrozza. Eso fue lo que Petrozza les dijo cuando Simona se quejó de la juventud y de la música de moda. Les dijo: si estamos aquí es porque ustedes dos no nos dejarían ir a un verdadero bar. Simona se defendió con un discurso pronunciado rapidísimamente, algo sobre: tampocoes paraira meterseal culodelmundo al bar másfeo ypeligroso delDF… Y Estela, que no entendió nada de lo que su congénere pronunció, intentó apoyarla sin éxito. Dijo: tiene razón, aquí se está muy bien. Tuve que aclarárselo, decir lo que Simona deseaba dar a entender: este lugar es el reflejo de una juventud podrida, que no es capaz de estar a solas consigo misma , necesitada de brillar en sociedad, de reír, de hablar, de expresarse, pero siempre ante un público de amigos, etc. Petrozza asintió con la cabeza, dijo que eso era verdad y le jodía, y Estela enmudeció. Era mejor así, ninguno de los cuatro en esa mesa de ese bar se entendía un ápice. 

 Cuando llegué los miré, a Petrozza y a Simona en la puerta del lugar. No sé cómo lo logra ese Petrozza pero aún con su desfachatez es capaz de ser puntual y en las citas, siempre, por más que uno se esfuerce en llegar temprano, él siempre está ahí, esperando. 

 Estela fue primera en verlo, desde que viramos en Orizaba. Dijo reconocerlo por el cigarrillo. Mucha gente fuma, dije yo. Sí, dijo, pero él es el único que estaría fumando dentro del local sabiendo que no se permite fumar. No está dentro, apunté cuando lo localicé con la vista. En realidad no lo estaba, pero podría decirse que sí. Estaba parado justo en la línea que divide estar dentro de estar fuera. Y sí, él sería el único parado allí, de la mano de su novia, fumando un cigarrillo. 

 Cuando estuvimos allí nos saludamos. Era la primera vez que yo salía con Simona, es decir, a un bar o algo, en una velada, y todo había sido planeado por ella. Ella no lo sabía pero Petrozza me lo dijo, le estuvo jodiendo (sic) con eso de salir conmigo y con mi novia. Petrozza era un solitario y arrastraba a su mujer a esa soledad. Simona reclamaba algo de vida, algo de hacer amigos y platicar. Por mi parte, Estela me las debía. Yo había puesto el pie en una fiesta suya y era mi turno de llevarla con los míos. Principalmente porque los suyos me cayeron en la punta del pie. Era el tipo de gente que Simona describe cuando describe a la sociedad. Simona era tanto o más misántropa y crítica que Petrozza. Se lo pasaba abogando a favor de los animales, de las plantas, de los derechos humanos, la pobreza y el hambre extrema. Sin embargo, no era feminista. Era una mujer con sentido común, es todo. Si más mujeres fueran como ella, este mundo sería un mundo mejor. Que digo mujeres, si más personas fuesen como ella… A todo esto Petrozza solía decir: sí, sí, sí. Luego lo soltaba, sin miedo: me da igual. Que Simona se encargue del mundo, yo debo hacerme cargo de mí. No te creías que esos dos fuesen el claro ejemplo del amor. A pesar de sus discrepancias ideológicas, eran libres. Eran un par de almas libres que habían decidido juntarse en esta vida, el tiempo que la vida los decida juntar. Lo notabas en sus maneras, en sus discusiones, en sus besos. Lo notabas en el aire cuando salías con ellos. Eran la bandera ondulante de la libertad. 

 Una vez sentados a la mesa ordenamos la primera ronda y todo ocurrió como debía ocurrir. Es decir, como Estela no esperaba que ocurriera. No hubo gritos ni insultos, ni exclamaciones poéticas, y ninguno de los presentes eructó, peleo, o se orinó en la mesa, que es más o menos lo que Estela esperaría de Petrozza y de cualquiera que fuese la novia de Petrozza. Todo el camino acá me estuvo advirtiendo que si mis amigos se comportaban como unos cerdos se levantaría y me dejaría allí. Vamos, le decía yo, pero si ya conoces a Petrozza… ¡Por eso!, exclamaba ella. Jamás le perdonaría la vez que le plantó cara y la enfrentó a sus miedos. Estela consideraba aquello como una porquería. Yo estaba muy agradecido, gracias a ello Estela aceptó finalmente ser mi novia. Sin embargo, había días que el arrepentimiento me posesionaba. 

 2

La primera ronda fue de whisky; así lo estipulamos y con ello obligamos a las mujeres a beberlo, porque a ninguna de las dos le agradaba el sabor de aquella bebida. Petrozza opinó que bebieran al menos una, la primera, y luego bebieran lo que les diera la gana. Estela aceptó casi de inmediato y Simona tuvo que hacerlo al mirar que todos estábamos de acuerdo. Dijo que lo haría pero no prometía volver a pedir más. Petrozza exclamó: sí, sí, sí, ya dije que después podrán beber lo que quieran. Y así lo hicimos. 

 El mesero lo trajo y todos estuvimos ante un vaso con whisky en las rocas. Casi era como estar frente a la Hostia en la Eucaristía. Sobre todo por el modo casi místico con que Simona y Estela lo bebieron. Petrozza cogió el vaso y lo alzó, pronunció las siguientes palabras: por el whisky. Por el whisky, dije yo. Porelwhisky brindó Simona. Por… el whisky, se aventuró Estela. Petrozza y yo lo bebimos de un trago (ya había finalizado mi entrenamiento con el maestro Petrozza sobre cómo beber más de lo que uno mismo piensa que puede soportar). Simona pegó los labios al vaso y bebió muy despacio, casi nada, luego dejó el vaso sobre la mesa. Acto seguido, lo arrastró hasta Petrozza y le dijo es tuyo. Petrozza lo cogió y le dio un buen trago. Gracias, dijo. Estela no lo hizo mal, bebió de un trago la bebida y después de un caluroso ¡ahhh!, dijo que no era tan malo. 

 Simona opinó diferente. Opinó que el whisky es una mierda (sic) y que no comprendía cómo alguien puede beber semejante cosa. Dijo que si no fuese porque Whisky en las rocas es el nombre del blog y de la revista de su novio, evitaría pronunciar siquiera ese nombre. Petrozza le pidió que no fuese exagerada, que si no quería beberlo sencillamente no lo bebiera. Pero Simona no era de las que se rinden fácil, comenzó a decirle que la dejara expresar sus pensares, que mucho hacía ya con soportar los de él, que siempre iban sobre la misma línea: follar, beber, escribir; y el resto del mundo me importa un pito. Petrozza se acaloró, dijo que era cierto y que además él tenía razón, que todos deberían hacer como él y sincerarse y decir: me gusta esto, y aceptarlo y luchar por ello. No como esos que dicen amar a los animales y lo único que hacen es picar en Me gusta a las fotos que otros suben a la Red. A mí los animales me da igual, ¿y?, exclamó Petrozza, y Simona lo miró con irá, y dijo: pues dale gracias a Dios que a mí sí me importan los animales, porque de no ser así, no saldría contigo, ¡animal! Petrozza dijo: sí, sí, sí, y eso era lo que más cabreaba a Simona (él mismo me lo había dicho). Yo rogaba porque esto no se convirtiera en todo aquello que Estela esperaba. Lo esperaba para poder reclamarme y decir: te lo dije, tus amigos son unos cerdos. 

 Pero Estela ni lo notó, que la pareja frente a ella discutía. Para cuando volteé a verla se había acabado el whisky. No está nada mal, dijo por segunda o tercera ocasión y alzó la mano, llamó al mesero y ordenó una ronda más. De whisky para todos, menos para Simona que ordenó una cerveza con jugo de limón y sal. 

3

El whisky es el agua de la vida, la bebida de los dioses, decía Petrozza a Estela que estaba maravillada. Simona lo miraba aburrida (supuse que ya se lo había mencionado a ella decenas de veces). Estela asentía con la cabeza a todo lo que Petrozza pronunciaba. Yo la miraba. Nunca había hecho tanto caso a mi amigo, en general, no lo bajaba de borracho pendenciero. Estela confesó que nunca había bebido esto, que de haberlo probado antes no hubiese malgastado el tiempo con cerveza y skyblues. Yo no podía creer lo que escuchaba. Escuchar hablar así a Estela era como escuchar a otra mujer. 

 Simona y yo nos miramos, esto no era como debía de ser. Petrozza y Estela entendiéndose de lo lindo y dando tragos al whisky descubriendo la mejor forma de beberlo. Y ella y yo fuera de juego. Y como no tenía nada que hacer, le confesé que su modo de pensar me fascinaba. Simona agradeció y dijo que yo también le caía muy bien. Tenía unos ojos muy bonitos. Deseaba decirlo pero no frente a mi novia. Eso sería tan estúpido como correr y chocar contra una pared. Sin embargo, sucedió. Contrario a todas las probabilidades, sucedió…

 Luego de un par de tragos más Petrozza no pudo evitar el ansia de fumar un cigarrillo. Otra cosa que deberías probar es fumar, dijo a Estela y Estela, que estaba de un andar muy raro, exclamó que era verdad, que nunca lo había hecho aunque siempre lo quiso intentar. Petrozza se levantó y anunció que iría afuera, a fumar un cigarrillo. Simona lo miró y movió la cabeza, negativamente. Antes de salir cogió la mano de mi novia y la arrastró. La pobre iba tambaleándose. 

Creo que Estela ha bebido demasiado, dijo Simona cuando estuvimos solos. Bueno, contesté, pues sí. Quizá es hora de que nos vayamos. Simona dio un trago a su cerveza y miró la hora en el reloj de su muñeca. Aún hay tiempo, dijo, ¿te gusta el billar? El Lucille era un sitio con venta de cerveza, restaurante y mesas de billar. Sí, respondí. Pero no sé jugar, agregué después, cuando me percaté que había mentido. Si a uno le gusta el billar lo juego, y si lo juega, lo sabe jugar. Temí que Simona me descubriera y me tomara por mentiroso, así que encimé a mis palabras anteriores que en realidad no me gustaba tanto pero sí ella lo deseaba podíamos intentarlo… Para cuando lo dije Simona ya estaba parada a una mesa con un par de tacos en la mano. 

4

Jugamos un par de juegos. Y cuando digo un par de juegos, hablo de cerca de una hora porque ninguno de los dos sabía jugar. Meter todas las bolas en los hoyos nos costaba tanto tiempo que daba vergüenza. Lo que no significa que no lo disfrutamos. Quizá, así lo disfrutamos más. Al menos, hubo más risas. Una risa por cada bola fallida. Nunca pensé que esto fuese tan complicado, dije. Ni yo que fuese tan divertido, dijo ella. Además de decirlo sonrió, y no puede evitar el mal de las mejillas rojas. Era una chica feliz y alegre que no se amedrentaba porque su novio estuviese allá fuera enseñando a fumar a una borracha. Si me lo hubiesen pintado así en aquel momento, no lo hubiese creído. Estela borracha, Dios mío. Y ella que se quejaba de mis amigos. 

 El juego terminó cuando aparecieron Estela y Petrozza, riendo a carcajadas. Se plantaron en la mesa, cerca de nosotros. Estela no paraba de reír. Petrozza llamó a un mesero y ordenó otra ronda, pero esta vez para todos. Simona le advirtió que ella había bebido suficiente y lo que deseaba era comer. Yo advertí que aún tenía suficiente en mi vaso. Lo había olvidado en la mesa del bar, y para cuando fui ya estaba caliente. 

 La ronda nueva llegó y Estela brindó con Petrozza como si fuesen amigos del alma, o como si fuesen el borracho y la borracha de un juego de cartas. Incluso se pusieron a gritar ¡salud! a todos los comensales del lugar. Hubo algunos que se animaron y se unieron a la contentura, y otros, claro, que no le partieron la cara a Petrozza únicamente porque venía acompañado de una dama. Mi dama. 

5

Lo que pasó a continuación es algo que Estela jamás me perdonará contar, pero contaré porque La vida es así, y Estela no es el ombligo del mundo y puede ser ella o cualquiera. 

 El caso es que se puso borrachísima y de la mano de Petrozza armó un escándalo en aquel lugar. Se cayó un par de veces, la primera al resbalar tratando de cantar I´m singing in the rain, y la segunda al subirse a una silla y aplaudir a un payaso que cantó la canción que tocaban en ese momento. Simona y yo lo veíamos y no lo creíamos. Petrozza también lo miraba, pero lo hacía como quien mira la obra que ha creado. A cada desánimo de Estela, Petrozza le animaba a seguir. Le decía: al diablo lo que piensen, vive la vida. Y la pobre de Estela, que jamás había vivido la vida, deseaba ponerse al tanto en un solo día. 

 El colmo fue cuando volvió el estómago dentro del local. La pena me alcanzó y tuve que hacer algo. Levantar a Estela, maldición, que se estaba manchando con su propio vómito. Y pedir a Petrozza que bajara una raya a su escándalo, porque el muy hijoputa no tenía ni un rasguño. Acostumbrado a beber, ¿qué podía pasarle? 

Quien lo puso en su lugar fue Simona. Le gritó delante de todos que saliera fuera y que se estuviera en paz. Además, dijo que si continuaba así él pagaría la cuenta de todo lo bebido. Esto fue lo que lo calmó. Petrozza no tenía un centavo encima y lo que hizo fue sentarse en la banqueta a fumar. 

 Mientras tanto, Simona y yo pagábamos la cuenta y pedíamos perdón a los meseros por el desmán. Tanta humillación me hacía sentir mal. Tanta humillación no podía ser verdad. No causada por Estela. Estela, la misma que venía amenazando con levantarse e irse si mis amigos actuaban como cerdos… era la misma Estela que había manchadose el vestido al vomitar. La misma que había sacado hematomas a sus espinillas al caerse un par de veces. La misma a los que todos miraban como la pendeja que no se supo controlar. La misma mujer que me había dicho cómo llegar desde su casa hasta la calle de Orizaba; la misma que ahora no sabría regresar, ni dónde estaba, ni cómo se llamaba. La misma que solía decir: el whisky es para dones panzones y borrachos; la misma que llevaba encima tal cantidad de whisky que no podía contar los dedos de su mano. Y yo… el mismo, el mismo que la tenía que aguantar y llevar a su casa cargando. 

 Pero esta vez no lo iba a soportar. Me planté frente a Petrozza y se lo dije: tú la emborrachaste, tú la cuidas. Venga, Salmo, me dijo él, es que cada uno debe cuidar a su… Simona, que estaba cerca escuchando me dio la razón. Me tomó del brazo y le dijo: yo pago la cuenta, tú pagas los daños. Acto seguido, Simona me jaló del brazo y caminamos. Hacia el auto de Simona, que estaba estacionado a un par de cuadras. Vamos, le dije, no los pensamos dejar de verdad… ¿o sí? 

 Lo último que vimos fue a Petrozza tratando de cargar a Estela. 

6

Luego de veinte minutos Petrozza no se había ido. Tenía a Estala recargada en sí y le decía cosas que no supimos. Le tocamos el claxon y los hicimos subir. Después de todo eran amigos. 



5 comentarios:

  1. Maria Isabel Perez Rivera2 de julio de 2012, 14:16

    gracias es muy bello♥♥♥

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  2. Alberto Vargas Iturbe2 de julio de 2012, 16:52

    se suele estar agusto en un bar oserveseria asquerosos y sobretodo si se ase aconpañar de unas mujeres ermosas y sobretodo si es barata la bevida.

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  3. Alejandro Toribio Sánchez2 de julio de 2012, 23:54

    Excelente!!!

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  4. Maruja Castro Tilleria2 de julio de 2012, 23:54

    ♥♥♥♥

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