lunes, 23 de julio de 2012

Así que se trata de eso...


El coche dejó de andar por el kilómetro cincuenta. Al menos, eso según mis cálculos, que están basados en mi imaginación. En realidad, el coche dejó de andar en algún punto de la carretera que va de México a Cuernavaca. No sé exactamente dónde pero fue pasando Tres Marías. De lo contrario, hubiésemos desayunado allí y llamado a alguien desde allí. Pero en donde estábamos parados no había gente ni teléfonos, ni comida ni agua.

 Iba conduciendo yo, como siempre que salíamos a carretera porque a Sandra no le gustaba tener que concentrarse. De pronto, el coche tosió y dejó de andar. Afortunadamente fue durante una recta y pude orillarme sin dificultad. Destapé el cofre desde dentro y bajé. Alcé el maldito cofre, que estaba caliente como el infierno, y en general todo el motor estaba caliente como el infierno y salía humo. Sandra bajó, se puso a mi lado y ambos miramos el motor. Supongo que ella esperaba que yo dijese algo, pero, joder, yo no tenía ni puta idea. Delante de mí tenía un motor caliente, que ante mis ojos era como tener Por el camino de Swan escrito en chino, o un paciente con el pecho abierto en espera de un trasplante de corazón. Es decir, algo inentendible para mí, y fuera de todo mi alcance.

 ¿Y bien?, preguntó Sandra después que el coche dejó de humear. Pude ser sincero, decirle: no sé un carajo de esto; pero lucía nerviosa y al mismo tiempo esperanzada. No podía romper su corazón de ese modo. Debía al menos fingir que podía solucionarlo y luego, poco a poco, hacerle ver que no podría arreglarlo yo, no porque fuera idiota, sino porque en realidad era grave. Al menos, porque no tenía la herramienta adecuada, o algo. Si hubiese escuchado a mi padre, Dios, pensé. Él se interesaba en enseñarme cómo tratar a una máquina, pero… bueno, yo era más necio que una cabra. Sencillamente pensaba: a mí nunca va a pasarme. Y estaba equivocado, como la mayoría de las veces. Había fallado, como cuando pensé que yo nunca consumiría LSD. Me lo repetía constantemente y un buen día, el LSD estaba dentro de mí. Cómo pasó es algo que nunca supe explicarme. El caso es que lo había hecho y me había gustado. Era experto en equivocarme. Hacía juicios sobre mí o sobre las cosas y me los creía. Pensé, en realidad creí, que la mujer que amé estaría conmigo siempre y no me dejaría. Pero me dejó. Se embarazó de otro hombre y se casó. Me prometí no volver a enamorarme, y en eso también fallé. Y ahora estaba aquí, frente a un motor descompuesto y recordando a mi padre porque siempre dijo que un hombre debe saber cómo tratar un motor. Pensé que era un macho y que eso no iba conmigo, yo era joven y liberal y creía en la mujer que trabaja. Sin embargo, en pleno silgo veintiuno Sandra aún esperaba que yo hiciese algo. No concebía que un hombre pueda saber tan poco de coches como una mujer. En el fondo, era conservadora.

 Acerqué la cabeza al viejo trasto, como si buscase la falla de todo esto, y en realidad traté de hallar la falla pero sólo podía mirar fierros y cables, y si algún fierro o algún cable no estaban en su lugar, yo no podía saberlo porque no conocía el lugar de cada fierro y de cada cable. El motor podía estar hecho un desastre y yo no lo hubiese notado, para mí, todos los motores estaban siempre hechos un desastre. Toqué algunas piezas. Ardían y me quemé. Esto no dio confianza a Sandra, era evidente que no debía tocar nada. Incluso ella se había abstenido de tocar porque podía adivinarse que estaría caliente. ¿Quieres un trapo?, preguntó con inseguridad. Asentí con la cabeza, no podía hacer otra cosa, y en menos de un minuto tuve un trapo.

 Bueno, ahora tenía un trapo y podía tocar a mis anchas. Excepto por Sandra que estaba detrás de mí, mirando cada movimiento mío y poniéndome nervioso. Le pedí que se alejara y se alejó. Entonces miré la carretera y entendí que estaba solo y que tendría que recordar, recordar, recordar. Una vez, en mil novecientos noventa y cinco, en un viaje familiar, el coche de papá se averió caminó a Toluca y tuvo que bajarse y hacerse cargo. Recuerdo que el choche humeaba, más o menos como este, y… bueno, él me ordenó que bajara y le echara una mano pero yo consideré más importante continuar dentro del coche y jugar a Mortal Kombat en el portátil. Fue la primera vez que logré terminarlo en dificulta máxima; no iba a interrumpir algo así por una situación que podía arreglar mi padre.

 Vale, exclamé, ya lo tengo. Sandra se acercó de inmediato, la idea de pasar un solo minuto más allí, parados en medio de la nada, le desagradaba. ¿Qué es?, preguntó entusiasmada. Iré por ayuda, dije. Sandra bufó, preguntó qué cómo demonios pensaba hacer eso. Bueno, me alcé de hombros, caminaré. ¡Caminarás!, gritó como si hubiese dicho lo impensable. Para ella lo era; caminar más de cinco kilómetros era ilógico y estúpido. Supondría muchísimo tiempo y ella no estaba dispuesta a esperar en medio de la nada, con el frío que hacía ahora y el calor que haría después, y sin nada que hacer. Sencillamente era impensable. Más valía que aprendiera a desarmar y armar el motor esa misma mañana, antes que dejarla sola. Ya, dije y regresé al coche.

 Bueno, al menos ya no ardía, ahora podías tocar los componentes sin quemarte las manos. Pero por más que me concentraba en verlo no podía saber de dónde venía el daño. Sandra, dije, coge las llaves y échalo a andar, ¿quieres? Sandra dijo que eso no funcionaría, pero yo estaba seguro que en algún lado había visto hacer aquello. Uno se pone en el motor y pide a otro que lo eche a andar. Entonces, no sé muy bien cómo, pero luego de varios intentos, arranca. Insistí y Sandra, contra toda su voluntad, subió al coche y dio marcha. Hubo un ruido, como una tos ahogada. También hubo jaleo, como si el buenazo quisiera arrancar pero fuese impotente de hacerlo. Eso me animó y le pedí a Sandra que lo intentara otra vez. Mientras tanto yo miraba. Sandra lo hizo de nuevo. Dio marcha pero esta vez sólo escuchamos un chillido, como el agonizante grito de un cerdo, y eso fue todo. El coche dio un brinco y se plantó. Podías girar la llave pero ya no lograbas ni hacerlo toser. Estábamos peor que al principio.

 Sandra tuvo que aceptarlo, yo no era El hombre. Podía explicar dónde radica la belleza de un Rembrandt, pero no lograría reparar una avería mecánica por más que me esforzara. Sacó los triángulos y con el trapo se puso a advertir a los conductores que venía detrás que delante había un coche parado. La cosa era que no venía nadie. Era martes y era temprano.

 Me recargué sobre el coche y encendí un cigarrillo. Tenía la esperanza de que Sandra, más que advertir de un choque, llamara la atención de alguno que se parase a ayudarnos. No es difícil encontrar alguno que sepa de mecánica, todos saben al menos lo elemental. Han aprendido eso y sacrificado el conocimiento de la Lengua o de los tratados filosóficos de la antigua Grecia. No los culpo, en su decisión hay supervivencia. Es más práctico saber que el cable rojo es el cable positivo en una batería de auto, que saber que Comte es el padre del positivismo y que se les denominó rojos a los comunistas durante la guerra civil española, en 1936.

2

 Dejamos el cofre abierto, según Sandra eso era señal de avería y quizá pasara por allí una patrulla o algo y nos rescatara, y nos metimos dentro. Me puse al volante, que era lo más que podía hacer para recuperar mi dignidad; recrear en ella la imagen de El hombre, y de vez en vez intentaba dar marcha al coche. No hacía el menor ruido ni daba la mínima señal de vida. Todo era tan silencioso que Sandra no notaba que yo a veces hacía girar la llave. Y la hice girar tantas veces que perdí la esperanza y hacerlo se convirtió en manía.

 Venga, dijo Sandra, dame un cigarrillo. Sandra no fumaba y se lo dije, pero estaba tan harta de todo que estaba dispuesta a fumar. Tenía los pies sobre el tablero y estaba desparramada en el asiento. Le di el cigarrillo ya encendido y lo tomó y lo sacó por la ventanilla. Encendí uno para mí también y me puse a fumar. Al mismo tiempo pensaba en todo esto. Habíamos cogido la costumbre de ir a Cuernavaca porque nos gustaba beber allá. Pero era absurdo, no teníamos un motivo real para considerar bueno beber allá. Podíamos beber lo mismo en DF e incluso no significaba un viaje de hora y media ni pagar hospedajes. ¿Por qué teníamos que ir a Cuernavaca? Lo hacíamos cualquier día. Sandra llamaba y preguntaba si me gustaría ir a Cuerna, y yo siempre decía que sí, total, ella corría con los gastos y ello me sacaba de la ciudad, que en cierto modo era lo bueno de ir a beber hasta allá: no estar dentro de la ciudad, porque la ciudad estaba llena de lugares y de gente a la que estábamos acostumbrados. Ir a Cuernavaca significaba que todo podía pasar. La gente allá no nos conocía y cada encuentro era un encuentro mágico, no importa si acabábamos bebiendo con el más idiota de los hombres de Cuernavaca, nosotros no sabríamos quién era en realidad. Y sobre todo, él no sabría quién éramos nosotros; que yo no tenía trabajo y que Sandra corría con los gastos. Aquello era mal visto en la ciudad. En Cuernavaca no teníamos que dar explicaciones. Tampoco en la ciudad, pero la sensación era esa: una sensación de libertad porque no conocíamos el nombre de las calles y la mayor parte del tiempo no sabíamos dónde estábamos exactamente. No importaba, el caso era precisamente ese. Y regresábamos a casa pidiendo auxilio a los peatones de cómo llegar a México. Eso nos permitía sentir que habíamos hecho un viaje largo y que lo mismo podía ser Cuernavaca que Europa o Panamá.

 Sin embargo, últimamente la magia se estaba acabando. Cuernavaca es pequeña en realidad y cada vez nos costaba menos ubicarnos. Trataba de perder el rumbo; viraba en calles que no habíamos virado antes, pero todas las calles daban al centro o a un sitio donde no valía la pena entrar, lleno de casas y sin bares. Pensé en todo eso y supuse que este desperfecto era el símbolo de nuestra inconformidad, el manifiesto simbólico de que en realidad no deseábamos ir a Cuernavaca nunca más. Que estábamos hartos pero no teníamos el valor para aceptarlo abiertamente. Para decir: no quiero ir a Cuernavaca pero voy porque tú lo deseas y no quiero que pienses que si algo sale mal es porque yo fui aguafiestas. Se lo dije a Sandra y se burló. Dijo que yo estaba loco y que sencillamente el coche había fallado, lo mismo que podía fallar cualquier otro día, etc. Decía todo esto al tiempo que daba caladas inútiles al cigarrillo. No hacía pasar el humo del tabaco hasta los pulmones, lo expulsaba antes, como un niño que no sabe fumar. Y también le dije esto y me pidió que callara. Dijo que yo sólo sabía criticar pero no era capaz de resolver problemas reales. Entonces le dije que todos los problemas son reales, incluso los que ella piensa vanos, porque aunque estén en el mundo de las ideas, dentro de la cabeza de alguien, pertenecen a una realidad, y la transforman, y tienen tanta vida como lo que ella considera un problema real.

 Sandra bajó del auto. Estaba cansada de mí. Le exigía a mis testículos, por los cuales yo no aceptaba ninguna culpa, yo no había pedido tenerlos, que arreglaran un asunto de testículos.

 Así que se trata de eso, le grité a Sandra desde dentro, por la ventanilla. Sandra no respondió, le daba lo mismo lo que yo pensara. Pero yo no iba a rendirme, estaba cansado de que se creyera que soy poca cosa por no saber reparar un auto. Así que se trata de eso, repetí gritando desde dentro. Sandra se acercó a mí, por fuera, y preguntó que ahora de qué demonios estaba hablando.  Vamos, le dije, crees que soy menos hombre porque no puedo arreglar esto, ¿no? Sandra respondió que no era cierto. No importa lo que digas, dije, en el fondo es así. Siempre es así, Dios, las mujeres y los hombres; la guerra de los sexos. Estamos en 2011 y aún crees que en esta relación los pantalones los tienes tú. Crees que es cuestión de pantalones, pero, ¿sabes?, los hombres y las mujeres somos personas. Ambos somos personas y yo puedo perdonar que tú uses camisas y botas y bebas y eructes y pagues las cuentas, así que espero que tú seas capaz de hacerlo lo mismo, y que me perdones la vida porque nunca he tenido que vérmelas con un motor arruinado y… ¿De qué carajos estás hablando?, preguntó Sandra con verdadero asombro. La miré a los ojos, desde abajo porque ella estaba parada fuera, del otro lado de la puertezuela y yo sentado dentro, y algo me dijo que quizá me estaba equivocando. Demasiado tarde, ya había hablado de más; había insultado de algún modo a Sandra con eso de soportar sus camisas y sus eructos y ahora tendría que pagar.

 Exigió que le explicara eso de las camisas y las botas. El asunto era que siempre consideré masculina la forma en que Sandra vestía. No lo hacía siempre, es cierto, a veces se metía dentro de ese vestido rojo y era un encanto, pero las más de las veces vestía tejanos y camisas y daba la impresión de ser lesbiana. Encima, bebía como un hombre (lo que eso signifique), y también comía como uno (lo que significa que podía comerse dos hamburguesas del McDonalds de una sentada, o quince tacos de suadero, o torta y media de esas Super tortas; y lo sabía porque yo mismo la había mirado hacerlo). Había ciertas reglas para la masculinidad y para la feminidad y Sandra las violaba casi todas. No era femenino el modo en que se dirigía a los hombres, los llamaba güey o cabrón, y los saludaba pegando su puño al de ellos. No era femenino el modo en que mascaba chicle, ni el modo en que tocaba guitarras de aire en cuanto escuchaba una canción de Guns N´ Roses. Ni siquiera era femenino el modo en que hacía el amor. Tomaba el control de todo y aunque daba unas chupadas bastante femeninas, en general, era enérgica y activa. No estoy diciendo que todo esto fuese pecado, pero bajo la mira de la normatividad de la sociedad Sandra era una machorra la mayor parte del tiempo. Incluso ella misma me había confesado que durante un tiempo se relacionó con mujeres exclusivamente y le gustó y volvería a hacerlo.  

 Verás, dije, creo que usar camisas a cuadros y botas vaqueras te deja en tan mal estado como a mí el no saber reparar el auto, ¿sí?, así que sencillamente pienso que estamos a mano y que no puedes juzgarme, o no debes juzgarme por no saber lo que un chimpancé venido a humano podría hacer en dos minutos. Nunca me ha interesado aprender las cosas mecánicas porque las considero infrahumanas. Prefiero ejercitar el cerebro, ¿sabes?, leyendo, resolviendo ecuaciones, escuchando a Sebastian Bach. No pienso dar mi respeto y admiración a uno que arregla un coche porque cualquiera puede hacerlo, pero no cualquiera puede componer los conciertos de Brandemburgo, ¿okey?

 Sandra me miró con la boca abierta. Exclamó que yo estaba cada vez más loco o más pendejo. Dijo que ella nunca me había visto a mí como a un hombre en el sentido estricto, en el sentido más estricto y social, sino como a un amigo y un amante con el que se puede beber y charlar. Y se sorprendió de saber que todo este tiempo yo la había mirado a ella como a una machorra o a un monstruo que no es normal. Dijo que si pagaba mis cuentas era precisamente porque no me consideraba un hombre sino una persona, justo como yo lo había dicho antes, y que no miraba mal ayudar a un amigo; lo mismo había hecho ya por muchas amigas suyas y el hecho de que yo tuviese un pene no cambiaba en absoluto las cosas. En resumen, dijo que el hijo de puta y machista era yo y no ella, y que era cosa mía si me amedrentaba por no saber ni qué es una bujía. Estaba que echaba humo, más o menos lo mismo que el coche, pensé, y yo no era bueno arreglando coches ni mujeres.

 Tuve que pedir perdón, explicarle que si dije aquello es porque yo pensaba que ella… Pero no quiso escuchar razones y dijo que yo era un idiota. Que me creía muy libre y muy liberal pero en realidad no había avanzado nada en el progreso de mi pensamiento. Podía saber mucho de literatura y de arte pero seguía siendo un maldito chimpancé. Acepté aquello de buena gana, al fin y al cabo era verdad. Ella no era la que me juzgaba. Era yo el que no soportaba la idea de no poder con una máquina. Yo que entendía los ensambles de una pieza de Mozart, que podía deshilvanar una obra de Kandinsky y decir por qué era mala. Yo que me jactaba de haber leído toda la mitología griega y romana, de saber exactamente dónde radica el talón de Aquiles de la democracia, de entender a ciencia cierta la filosofía de Kant, y desaprobarla, y de alentar a las personas a leer a Hegel. Yo, que podía construir y desconstruir conceptos abstractos, no era capaz de entender el funcionamiento básico de un objeto hace tiempo dominado por las castas más bajas del intelecto. Y eso es lo que me jodía, Santo Dios, además que mi padre tuviera razón al decirme que un día, un día iba a necesitar los consejos que me dio.

3

Finalmente nos rescataron. No podía ser de otro modo. Ante una situación así éramos como dos náufragos cuya balsa se hizo mierda por la tormenta o algo. Y como náufragos, lo habíamos perdido todo, excepto lo que la tormenta podía arrebatarnos. Habíamos perdido el auto y el dinero porque el coche tuvo que llevarlo una grúa y hubo que pagar por ello. Bueno, le dije a Sandra, después de todo un hombre no posee lo que puede perder en un… Sandra me paró en seco. Estaba hasta la coronilla de mí. Desde mi perspectiva era sencillo, yo no había pagado por ese coche ni pagaría los daños ni la grúa ni estaría a pie todo el tiempo que tardaran en repararlo. Para mí, todos los coches eran el coche. Viajaba en coche pero nunca era mío. Para mí, todos los coches eran el coche: una caja de metal sobre cuatro llantas que me llevaba gratis a todos lados.

 Lo que no perdimos fue el orgullo. Sandra me mandó al carajo y yo no lo evité, podían darle por  culo.


9 comentarios:

  1. Alberto Vargas Iturbe23 de julio de 2012, 11:50

    megusta el relato lei algunas partes y meencanto

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  2. Charro Salmantino Catalan23 de julio de 2012, 12:28

    No hace falta,imaginarse la escena,todos y cada uno de los conductores del mundo ,se han visto ,en ese trance,,ridículo ,por demás,pero, que todos ,lo podemos REIVINDICAR, como propio

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  3. Un texto sinigual!! maravilloso!

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  4. Alejandro Toribio Sánchez23 de julio de 2012, 13:18

    Excelente!!!

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  5. Como siempre un placer leerlo. Saludos.

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  6. muy buen escrito... se disfruta bueno, bueno, bueno...

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  7. Paco Moreno Estela25 de julio de 2012, 23:31

    Gracias por este bellisimo escrito esta muy interesante

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  8. Ana Beatriz Velazquez3 de agosto de 2012, 0:15

    ME GUSTO MUCHO. EXCELENTE!

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