lunes, 9 de julio de 2012

Ana María, el mural y un pueblo de Tlaxcala



En algún lugar de Tlaxcala hay una cueva. En todas las cuevas hay oscuridad y pasadizos secretos. En esa cueva de Tlaxcala, además, hay una pintura misteriosa que muestra a dos guerreros (posiblemente mayas), blandiendo tremendas lanzas y viendo hacia el horizonte, como apuntando su vista y sus lanzas hacia el pueblo mexica.  La historia de la pintura es curiosa, no quiero decir con esto que la pintura esté llena de misterio, pero vale la pena contar cómo fue descubierta.

            José me contó que tiempo atrás, no sé bien cuánto, una banda de pobres criminales asaltaron la iglesia del pueblo. Se llevaron todo, desde la copa donde se bebe el vino en misa hasta dos o tres figuritas católicas hechas de oro. También se llevaron unos cuadros y el dinero de las limosnas. Los pobres criminales, poco expertos en temas de asaltos, salieron por patas de la iglesia. Cargaban los cuadros, el dinero y las reliquias como quien carga un juguete nuevo. Corrieron calle arriba. Pasaron las pocas casas que hay entre la iglesia y el bosque y pronto llegaron a una cueva. La cueva era oscura y misteriosa, pero les pareció el lugar ideal para guardar su botín. Se dice que contaron cuidadosamente cuánto habían robado. Juan jura que de las limosnas sacaron como trescientos  pesos y entre el oro y las pinturas su tesoro podía costar unos tres mil. Los pobres criminales estaban felices con su hazaña. Después de contar todo y dejarlo oculto entre la oscuridad de la cueva, fueron al pueblo a comprar una botella de ron.  A su paso nadie sospechó que ellos hubieran asaltado la iglesia. Agustín Sánchez Sánchez, el más viejo del grupo, ahora sé que de unos 60 años aproximadamente el día de hoy, pagó la botella con lo que algún lingüista, unas horas antes, le había dado a cambio de mencionar palabras en su lengua natal durante ocho horas seguidas. Regresó con el grupo y todos juntos volvieron a la cueva. A su llegada, José Hernández Techachal, otro longevo de 60 años, abrió la botella y tomó ron primero que nadie. La pasó de mano en mano y a los pocos minutos todos los integrantes del grupo (más o menos de la misma edad), estaban ebrios.

            En esa época no tenían sesenta años sino cuarenta o treinta y estaban necesitados de billetes. Agustín Sánchez Sánchez, hablante natal de alguna lengua nahua, se paró ebrio a inspeccionar la cueva. Como el lugar estaba muy oscuro y él sólo tenía una pequeña vela, se apoyaba de las paredes para no caer por culpa de alguna roca. De pronto, un ligero color azul que se reflejaba en la pared llamó su atención. Agustín acercó la luz de la vela y miró, incrédulo, cómo la pared tenía un ligero tono azul que sobresalía sobre los grises de las piedras. Regresó corriendo con el grupo y gritó muy fuerte para que todos lo oyeran. Los demás, cansados por el efecto del alcohol, no le hicieron mucho caso. José Hernández Techachal, que era su mejor amigo, decidió, por un momento, ir a ver de qué hablaba Agustín. Tomó una vela más grande y se dirigió al lugar. José también notó el color azul y, ávido de atención, comenzó a rascar la pared para ver qué más encontraba debajo de las piedras. Pronto descubrió que la pared caía fácilmente y que detrás de cada piedra había más azul. Agustín lo ayudaba a romper la cueva. Como jamás iban a terminar de romper la pared ellos solos, decidieron ir por sus amigos y éstos, cansados de tanta insistencia, contribuyeron con la destrucción. Dos horas después la pared estaba casi destruida. De pronto, los ojos de todos se postraron ante una escena que cambiaría su vida para siempre. Un ángel azul, armado con una lanza, asomó su rostro por detrás de la pared. El grupo quedó petrificado y salió corriendo de la cueva.

            La escena los paralizó, ya en el bosque, durante varios minutos. Fue José Hernández Techachal quien sugirió que ese dibujo era un mensaje de Dios que, enfurecido por el robo a una de sus iglesias, había decidido mandarles al arcángel Gabriel para darles una lección. Los demás del grupo asintieron a tal aseveración y decidieron, entre todos, tomar los objetos robados y regresar a la iglesia para devolverlos. Como era muy de noche y estaba borrachos y Gabriel patrullaba la cueva, decidieron volver al día siguiente por las cosas.

            Agustín Sánchez Sánchez y José Hernández Techachal son casi vecinos. Agustín vive en el extremo derecho de la iglesia y José en el extremo izquierdo. Sus casas y sus vidas son iguales, lo único que los separa es aquella iglesia que habían ultrajado. Muy temprano, José atravesó la iglesia y tocó la puerta de Agustín. Ambos partieron rumbo a la tienda de abarrotes San Ignacio para verse con los demás del grupo y así regresar a la cueva por las cosas.

            Entraron a la cueva rápidamente, sacaron las cosas y volvieron a la iglesia. En la iglesia los esperaba el padre quien escuchó la historia con mucho interés. Decidió perdonarlos, en parte porque habían regresado las cosas y en parte porque les tenía algo más que lástima. Eso sí, los obligó a confesarse y a rezar una veintena de padres nuestros en español. Todos quedaron tranquilos y siguieron con su vida como si nada.

            Unos años después, ahora que me ha tocado conocer a José, a Agustín y al pueblo en general; José me contó que el padre, que no era nada idiota, no creyó para nada que fuera el arcángel Gabriel quien apareció en esa cueva. Él mismo fue a investigar para enterarse de qué arcángel hablaba el grupo. El resto es historia: lo que parecía un arcángel no era una figura cristiana sino un gran guerrero maya con un gran penacho en la cabeza que bien podía pasar por un par de majestuosas alas. Tenía un arma, sí, y también tenía un compañero. Ambos veían el horizonte. El padre anunció el descubrimiento con todas las fiestas que uno se pueda imaginar. Había encontrado un mural prehispánico en medio de una cueva perdida en Tlaxcala. De arqueólogo y aventurero nadie lo bajó en mucho tiempo. A nadie le contó la verdadera historia del hallazgo.

            Yo conocí a José Hernández Techachal primero que a Agustín. Había ido al pueblo a realizar una investigación lingüística. La lengua y el lugar llamaron mi atención por dos motivos: primero porque era una lengua en peligro de extinción, al día de hoy quedan dos hablantes. Uno de ellos es José Hernández Techachal y el otro es Agustín Sánchez Sánchez. Los únicos dos hablantes de la lengua viven en el mismo pueblo, de extremo a extremo de la iglesia, y además, segundo punto por el que me animé a ir, no se dirigen la palabra desde hace muchos años. Agustín se acostó con la esposa de José y de ahí nació Ana María, hija de Agustín pero familia de José; quiero decir que José siempre la ha visto como su hija y aún vive con ella. La esposa de José, la esposa de Agustín y todos los demás hablantes ya están muertos. El chiste es que ya nadie habla esa lengua salvo ellos dos. Ana María, según me ha contado ella misma, decidió no aprender la lengua un poco por vergüenza y un poco porque ya no sirve para nada.

            Cuando toqué la puerta para ofrecerle a José 250 pesos por día, a cambio de que hablara para mí durante ocho horas, fue Ana María quien abrió la puerta. Ana María tiene la tez morena, los ojos grandes, las piernas carnosas y los pies muy sucios. Tiene como veinte o veintiuno o veintidós años. José, después de muchas insistencias, aceptó trabajar conmigo pero con una condición: que no fuera con Agustín Sánchez Sánchez, símbolo de la perversión, me dijo, a pedir su ayuda. Yo acepté gustoso en parte porque por el momento con él me era suficiente y en parte porque no tenía ganas de tocar la otra puerta y convencer a alguien más de que trabajara conmigo. Además estaba Ana María, que no era guapa pero tampoco fea y eso me bastaba.

            Trabajamos durante tres semanas unas jornadas muy largas. Los primeros días me quedaba a dormir en el hotel del pueblo. Después de una semana, José Hernández Techachal confió tanto en mí que me invitó a vivir en su casa el resto de mi estancia de trabajo. En la casa sólo vivían José, Ana María y un trío de gallinas que nos daban huevos casi todas las mañanas. También había un becerro en un corralito nauseabundo, pero jamás vi que alguien hiciera algo con él. Le daban de comer, lo alimentaban y Ana María le cantaba canciones de Alejandro Fernández mientras limpiaba su corral. La casa tenía un solo cuarto separado por tres cortinas. En la primera separación estaba la cocina y la sala, en la segunda el cuarto de José y al final el de Ana María. Yo dormía en la cocina, tumbado en el piso, casi de tierra, porque estaba menos incómodo que la sala. Afuera había un patio y el corral. En el patio estaban las gallinas y en el corral el becerro. Desayunábamos, comíamos y cenábamos tortillas. Ana María prepara unas tortillas deliciosas, de siete formas distintas. Mi tortilla favorita es una que en ese pueblo llaman “parada”. Es una tortilla gruesa que primero se calienta en el comal y después se para y se le pasa fuego. Queda dorada y lista para comer con frijoles.

            José trabajaba para mí de lunes a sábado de 8 de la mañana a 5 de la tarde. Después se iba con los 250 pesos a tomar a la cantina. Tomaba mezcal. Lo llegué a acompañar un par de veces aunque prefería quedarme en la casa con Ana María. Ana María limpiaba el patio y limpiaba el corral y limpiaba la casa y cantaba canciones de Alejandro Fernández. Cómo me gustaría vivir en México e ir a un concierto de Alejandro, me decía. Yo en algunas ocasiones le prometía que la llevaría conmigo al Distrito Federal y que la invitaría a un concierto de Alejandro Fernández en su próxima gira. Ana María no sabía qué era una gira y tampoco le importaba. Tampoco creía en mí.  Platicábamos muy poco pero me gustaba verla con su falda sucia y  su blusa roída limpiar la casa y cantar canciones de Alejandro. Mientras tanto yo analizaba todas las palabras que su padre me había dicho durante el transcurso del día y que había guardado en mi grabadora personal. Hacía apuntes y pensaba qué corpus extraer de José el día siguiente.

            Cada día veía más a Ana María y olvidaba el corpus. Me fui enamorando de ella secretamente. Le veía las nalgas y los pechos y sus pies sucios. Tenía tantas ganas de estar con ella, a solas, que dos o tres días le pagué a José sin que trabajara para que se largara a la cantina desde la mañana. Le inventaba cualquier pretexto: que ese día tenía que analizar los datos de ayer o que necesitaba tiempo para leer. Él se iba feliz y yo me quedaba con Ana María. Ella nunca salía de casa, sólo iba al mercado o a la tienda o a comprar cosas de su aseo personal. Lo demás lo compraba José o lo compraba yo.

            La última semana de esa, mi primera instancia en el pueblo, fue un calvario. Pasaba ocho horas al día con José, trabajando la lengua. Después tenía poco tiempo para estar con Ana María. A ella, en realidad, yo no le importaba en lo más mínimo y si me hablaba era sólo porque no tenía otra cosa por hacer. Además, yo cada día tenía más trabajo, menos dinero y más ganas de cogerme a Ana María. Sabía que eso podría traerme mucho problemas pero ya a esas alturas me importaba poco.  Las tardes eran un calvario aunque no estaban del todo mal. José me contaba muchas historias, entre ellas la de la iglesia, y me divertía con sus anécdotas de juventud. José sólo hablaba, además de mezcal y de la aventura de la cueva, sobre serpientes. Les tenía tanto miedo que un día se cagó en los calzones cuando vio a una entrar por el patio de su casa. Primero se cagó en los calzones y después la molió a palos. Ya después se fue a cambiar, según él. Ana María también se reía de las historias. En las noches cuando José regresaba temprano de la cantina, nos sentábamos en el patio de la casa, prendíamos una fogata y contábamos historias. Quiero decir que José y yo contábamos historias, Ana María no contaba nada porque dudo que tuviera alguna. José hablaba de serpientes y yo de mis aventuras en México. Ana María y José no podían creer que yo, un hombre de mundo como ellos me decían, me interesara tanto por lenguas de las que ellos mismos se avergonzaban. Yo ocupaba parte de mi tiempo en convencerlos de la utilidad de toda lengua, pero nunca tenía resultado. También intentaba convencer a José de que hablara con Agustín, si quiera un día, para grabar una conversación real entre dos hablantes de una misma lengua. En esa ocasión no pude convencerlo.

            Una de las tres gallinas, la Carlota, me tenía algo de afecto. Las noches que nos sentábamos en el patio a contar historias ella se subía a mis piernas y se quedaba ahí, tan tranquila. A veces me cagaba el pantalón, pero en ese pueblo una cagada es lo menos importante de todo. El becerro me daba un poco de lástima. Lo veía casi enfrente de nosotros, encerrado en su corral, tan flaco y tan triste. Parecía un esqueleto de becerro. Sin embargo, yo recordaba a Ana María, por las tardes, cantándole canciones de Alejandro Fernández y entonces me ponía contento y el becerro también se ponía contento.

            Un día antes de mi partida, cuando José salió rumbo a la cantina, tomé a Ana María de la mano y la llevé a caminar por el pueblo. Ella, acostumbrada a obedecer órdenes, no dijo nada y me siguió naturalmente. Caminamos durante una hora, tomados de la mano, pero sin decir gran cosa. En un momento se me ocurrió llevarla a la cueva de la que tanto había hablado su padre. Me encaminé hacia el bosque y ella me siguió sin rechistar. Llegando a la cueva me armé de valor y la besé en la boca, en el cuello y en un pecho. No me dijo nada, no aprobó ni negó mis besos. Ni siquiera se puso roja. La volví a besar, esta vez en la frente, y la metí a la cueva. Ya en la oscuridad comencé a besarla más eufóricamente. Toqué sus piernas, sus pechos y sus nalgas. Intentaba desvestirla pero no me dejaba hacerlo. Estuvimos forcejeando un tiempo hasta que cayó rendida. Hazlo, pues, me dijo. Para ese entonces, entre forcejeo y forcejeo, ya estábamos muy lejos de la entrada de la cueva. Ana María se había rendido y había aceptado que le quitara la blusa, cuando de pronto volteó la vista y vio un inmenso arcángel  de grandes alas observando la escena. Espantada, salió corriendo de la cueva y regresó al pueblo.

            Yo regresé a su casa una hora después. Ana María hacía la cena y José caminaba de un lado para otro de la casa. Cuando entré, creí que lo primero que haría José sería golpearme o reclamarme o golpearme y reclamarme por la historia de su hija. Sin embargo, ni el reclamo ni el golpe llegaron. José estaba como siempre, medio borracho y dispuesto a contar historias. Me sugirió que fuéramos al patio a beber mezcal y a cenar, todo esto mientras me contaba una nueva historia de serpientes. Yo acepté gustoso porque era la última historia que escuchaba en ese mes y porque Ana María, después de todo, no se había avergonzado tanto de nuestro encuentro.

            Esa noche me platicó una historia algo absurda. Según él, una noche caminaba por el bosque cuando de pronto se le apareció una serpiente. La serpiente, al verlo, cambió de rumbo y lo hizo seguirla un tramo. Cuando se dio cuenta, tanto la serpiente como él ya estaban en la cueva. Entraron. José no pudo contarme más porque lo último que recuerda es eso; después tiene el cerebro borrado.

            Esa noche Ana María también estaba con nosotros, sentada. Llevaba el cabello suelto, la misma falda sucia de siempre, la blusa roída que casi le había quitado. Llevaba los pies sucios y tenía su cuerpo atento a todo lo dicho. Sin embargo, a pesar de su atención, yo sabía que no escuchaba nada. Tal vez estaba muy lejos, en el Distrito Federal, presenciando un concierto de Alejandro Fernández.


6 comentarios:

  1. Nelson Nataniel Cornejo Jones9 de julio de 2012, 10:47

    Como no fui Inka para compartir en la cueva, esa lid maya, impregnada de gallardía precolombina. Históricamente:Nelson.

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  2. Me encanta que este texto rompe con la cotidianidad de la ciudad y se impregna de lugares místicos mexicanos. Es una narración tranquila, casi poética.

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  3. Alejandro Toribio Sánchez9 de julio de 2012, 21:48

    Excelente!!!

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  4. Ana María Lorenzo10 de julio de 2012, 16:30

    Aunque un poco largo, me ha gustado mucho. Incluso los nombres de los personajes, resultaban familiares. Un popurri de mezclas. Gracias por presentarlo. Ah, hasta el mural en casa tengo uno parecido. Ni que hubiera venido tu fantasma a visitarme.

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  5. Ana, puedes mandarnos foto de tu mural para imaginarlo :)

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