martes, 31 de julio de 2012

Afuera de ese pueblo existe un mundo.


Ana María mordía una manzana roja mientras observaba el camino de tierra que conducía a su casa. Habían pasado cinco meses desde la última vez que yo estuve ahí. Tlaxcala me parecía, ya en ese momento, un lugar lejano y olvidado; como un viejo sueño que se repite constantemente en la memoria. Regresé al pueblo para continuar con la investigación lingüística que tenía entre manos. Durante los cinco meses pasé prácticamente todas las tardes analizando el corpus proporcionado por José; haciendo transcripciones fonéticas y organizando una breve gramática. Ana María sabía que ese día llegaba. Había telefoneado dos días antes a Remedios, la dueña de una tienda de abarrotes, para avisarle a José que mi visita estaba prevista para dos días después.

            Durante los cinco meses no tuve contacto alguno ni con Ana María, ni con José, ni con nadie del pueblo. A decir verdad, los hubiera olvidado de no ser por su lenguaje. Cuando vislumbré la casa, Ana María estaba allí, comiendo aquella manzana. Estaba sentada en una vieja banca a lado del corral. Las gallinas, otras dos, me enteré después, picoteaban la tierra y caminaban de un lado a otro, como afirmando con la cabeza. Ana María llevaba un pantalón de mezclilla nuevo, una blusa roja, roída, y unos huaraches de media vida. Su cabello negro y lacio colgaba por todos sus hombros. Yo, por mi parte, llevaba unos viejos vaqueros marca Calvin Klein y una guayabera yucateca, blanca. También llevaba unos zapatos negros y llevaba a Luciano.

            Luciano, el viejo amigo con quien formé hace ya tanto tiempo un círculo literario a lado de Martin Petrozza, Verónica Pinciotti y Salmoneo Gutiérrez, había decidido acompañarme al pueblo en esa ocasión. Luciano trabaja de Director de algo en una organización de derechos humanos. Tiene, como principal objetivo, resguardar los derechos de los pueblos indígenas. Yo, por mi parte, tengo como principal objetivo resguardar las lenguas de los pueblos indígenas; así que nos complementamos. Luciano quiso ir conmigo para dar asesoría jurídica a los indígenas de esa zona. Yo, que en ciertas ocasiones necesito un poco de ciudad en aquellos pueblos, acepté gustoso que fuera conmigo.

            Cuando acepté que Luciano me acompañara al pueblo también asumí que esta ocasión no podría usar la casa de José para hospedarme. Esto equivalía, entre otras cosas, a no estar cerca de Ana María. Decidí olvidar la situación; ya habría tiempo para pensar en eso.

            Llegamos a la casa de José cuando sólo quedaba el corazón de la manzana. Ana María aventó los restos al corral del becerro. Se levantó tranquila, como con miedo, y nos abrió la puerta tímidamente. Yo noté algo raro en su actitud, parecía como si se alegrara de verme. Nos hizo pasar al patio y nos dijo que José no estaba en casa. Ese día, como todos, tuvo que salir a trabajar. José trabaja de asistente de albañil para ganarse la vida. Gana 60 pesos al día y la mitad lo malgasta en la cantina del pueblo. Ana María dijo que llegaba a eso de las ocho de la noche. Apenas eran las cuatro. Luciano me propuso salir a caminar mientras llegaba José. Yo acepté gustoso. Invitamos a Ana María pero por alguna razón no aceptó ir.

            Este pueblo de Tlaxcala, como la mayoría de los pueblos cercanos a Ixtenco, es muy pequeño. Ignoro el tamaño pero hay una cantina, un pequeño parque, dos tiendas de abarrotes y unos campos de cultivo enormes. Viven al rededor de doscientas personas en pequeñas casas (algunas no mayores a los 20 metros cuadrados), y todos se dedican a la albañilería y a las siembra. Las mujeres cuidan niños y hacen distintos tipos de tortillas.

            Luciano me hizo caminar a la escuela primaria. Al otro día, él iría a hablar directamente con el encargado para proponerle sus cursos de asesoría jurídica y derecho. La escuela es una casa que, a simple vista, no tiene pies ni cabeza. Tiene un piso y otro a medio construir. Le faltan ventanas, cortinas y puertas. Las ventanas, cortinas y puertas son sustituidas por sábanas. Está situada a lado de la cantina y de la casa de Meche, una comadrona que más bien la hace de prostituta. Con quince pesos puedes tirártela por donde quieras.

            Para nuestra sorpresa, ese día había mucha gente en la calle. Niños, hombres, mujeres y perros callejeros andaban de un lado a otro del pueblo. Los hombres llevaban zapatos sucios, las mujeres huaraches y los niños iban descalzos. Se veían felices. Se veían de fiesta. En la esquina de casa de Meche y de la escuela está un centro comunitario. El centro comunitario es una vieja casa mitad de madera y mitad de cemento. Había una lona amarilla colgando del techo. Dentro había una fiesta. Luciano y yo nos acercamos a ver qué se celebraba. Al llegar encontramos, bebiendo, a Agustín Sánchez Sánchez; el viejo amigo de José, ahora enemigo, y uno de los dos únicos hablantes de la lengua que formaba parte de mi investigación lingüística.

            Agustín me conocía porque era de todos sabido que yo iba al pueblo a robarme su idioma para prostituirlo en las instituciones culturales mexicanas. En ese pueblo nadie me odiaba porque sólo Agustín y José lo hablaban. Sin embargo, también me tenían cierto respeto. Era de todos sabido que José, conmigo, ganaba 150 pesos al día; es decir, casi tres veces más que en un trabajo ordinario. Me acerqué a Agustín y le pregunté que por qué había tanto alboroto del pueblo. Es que cumple años Josefa, la nieta del alcalde del pueblo, contestó Agustín entre hipo. En ese pueblo de Tlaxcala, como en prácticamente todos los pueblos de México, un día de fiesta equivalía a toda una semana de inactividades cotidianas. Por ser el cumpleaños de alguien “importante”, por ser la fiesta de la iglesia o porque nacía el hijo de algún político de poca monta, los hombres no iban a trabajar, los niños no iban a clases y los maestros escapaban de su tétrica labor docente. Le comenté esto a Luciano entre burlas. Seguramente ni hoy ni mañana ni pasado abrirían la escuela.

            Nos quedamos un rato en la fiesta. Tomamos pulque, comimos arroz y tortillas de tres tipos. Luciano platicó con Agustín, después se cansó y se fue a seguir a una niña como de veinte o veintiún años que paseaba sola por el centro comunitario. Yo me quedé con Agustín, tomando pulque y pensando en Ana María.
            A las ocho en punto regresamos a casa de José. Del centro comunitario a la iglesia se hacen alrededor de diez minutos. José vive a lado de la iglesia. Cuando llegamos a la casa, Ana María no comía una manzana ni nos esperaba en la puerta. La luz del patio y las velas de la casa estaban encendidas. Grité fuerte para que José pudiera oírme. Salió y nos recibió muy animosamente. Estaba tomado pero no lo suficiente para hablar sin coherencia o perder el sentido. Le presenté a Luciano y lo saludó con gusto. Pasamos a la casa e inmediatamente después nos invitó a prender una fogata para contar historias. Llamó a Ana María para que prendiera la fogata y pronto todos estuvimos en el patio, sentados en círculo, dispuestos a escuchar una historia.

            Cuando José toma le da por contar historias en su lengua natal. Comenzó su historia de esa manera. En ese momento lamenté no haber sacado mi grabadora portátil de la maleta para poder grabar todo lo que decía. No quise moverme porque, de hacerlo, hubiera tenido que dejar el lugar privilegiado que tenía; Ana María se había sentado a mi lado. Cuando José se dio cuenta de que nadie entendía nada y que todos comenzábamos a aburrirnos, decidió replantear la historia y contarla en español. La historia trata, más o menos, de lo siguiente:

            La noche en que José se casó con María hubo una gran fiesta en el pueblo. Todas las personas asistieron a la iglesia y el padre, que ya había perdonado a José por el asunto del mural, accedió a casarlos. María era la mujer más deseada del pueblo. Cuenta José que tenía unos grandes senos y una piel muy suave, como si acariciaras un pedazo de tela. Era morena y tenía un lunar grande en el pezón izquierdo. José disfrutaba morderlo todas las noches. Esa noche en particular, cuando descubrió el lunar, José había tomado como nunca. Cuenta que María también había tomado como nunca. Después de la misa y la fiesta se fueron solos a la cama de su nueva casa, la cual estaba a lado de la iglesia. Naturalmente, en cuanto llegaron, hicieron el amor. José le quitó torpemente la ropa y ella se abrió de piernas  y se dejó penetrar, torpemente, en el gran cuarto (en esa época aún no estaba dividido por dos cortinas). José terminó en muy pocos minutos y después, antes de dormir, comenzó a explorar su cuerpo. Sintió sus senos y sintió el lunar y ahí se quedó dormido, tocándolo.

            Dos horas después el frío lo despertó. Eran las seis de la mañana y el sol ya estaba casi en lo más alto. Vio cómo dormía María, se vistió y decidió ir a caminar al bosque. Ya adentrado en el bosque le dieron unas ganas inmensas de ir al baño. Se quitó el pantalón para no ensuciarlo. Hizo sus necesidades y cuando intentó coger el pantalón para volvérselo a poner, sintió que dentro de él había una serpiente. José, que no quería morir el día de su boda, tiró rápidamente el pantalón y regresó, encuerado, a la casa. Pasó corriendo por las calles del pueblo y todo mundo se le quedó mirando. Desde ese día todas las personas del pueblo, incluyendo a su mujer, le apodaron pito flojo.

            José contaba esto y se le salían las lágrimas de los ojos. Recordaba a su mujer, recordaba su infidelidad y también recordaba cómo había muerto. Ana María, por su parte, se mostraba muy seria, como si hubiera oído la historia un millar de veces. Yo estaba contento y Luciano estaba contento. Juan es un gran contador de historias, platica las cosas mientras las actúa, sube y baja los tonos de voz y a veces hasta hace caras. Eran como las diez de la noche y José se quedó dormido. Entre Luciano, Ana María y yo lo llevamos a su cuarto, lo tumbamos en el piso y volvimos a salir al patio. Luciano propuso, de pronto, que fuéramos a la cantina. La chica con la que había hablado unas horas antes en el centro comunitario le había dicho que ahí la podría encontrar después de las diez. Ana María intentó despedirse de nosotros pero Luciano, no sé bien cómo, la convenció para ir. Partimos los tres rumbo a la cantina.

            La puerta de la cantina se constituye de dos pedazos de madera que se abren empujándolos, como si fuera una puerta de cantina de vaqueros. Luciano empujó la puerta y entramos. No había mesas disponibles. Ana María nos dijo que en ese pueblo uno podía sentarse en la mesa de quien sea siempre y cuando hubiera lugar. Había tres tipos que estaban solos, platicando. La mesa era para ocho personas. Decidimos sentarnos junto a ellos. Uno de los tres, que parecía el jefe, le hizo plática a Ana María. Ella no le contestó y entonces se dirigió a nosotros. Especialmente se fijó en Luciano. Le preguntó que a qué se dedicaba. Su tono de voz, lejos de sonar amigable, parecía incitar a la pelea. Luciano, espantado, contestó que trabaja en la PGR. Así que vienes  a resolver ese caso, yo te puedo ayudar a darte toda la información que necesites, dijo el jefe del trío. Mi nombre es Mateo, agregó. Luciano, más espantado, contestó que esa noche no estaba trabajando, que venía con dos amigos, Ana maría y yo, a tomar al bar. Mateo se dirigió a todos en la cantina y le pidió al camarero que sirviera una nueva ronda, pues el fresita de la PGR pagaba las copas. El cantinero, sin rechistar, fue a servir alcohol para todos. Mateo, para confirmar su invitación, volteó a ver a Luciano quien no dijo nada y se limitó a seguir con el juego. Chingados, yo se las pago pero este vato, Mateo, mañana mismo me da la información importante, gritó Luciano para que todos lo escucháramos. Mateo, cansado del juego, le pidió a Luciano que le enseñara su placa. Luciano argumentó que no quería tener problemas y que ese día no estaba de trabajo así que se podía tranquilizar y sentar. A mí, en lo personal, me impactó la actitud de Luciano, en cada momento se mostraba más seguro de sí mismo, como actuando muy bien su papel. Y qué hace un maestro con un judicial de la PGR, preguntó Mateo a Luciano. Al decir maestro se dirigió a mí  con una mueca de cabeza; acto seguido, uno de los otros dos hombres se paró justo detrás de mí. Ana María escuchaba todo sin decir nada, no se notaba espantada pero tampoco cómoda. Sin embargo, no se movía y no expresaba sentimiento alguno. El hombre me tomó de los hombros y me sostuvo fuerte. Si en este momento mi hombre le vuela los sesos al maestrito qué vas a hacer, ¿meterme a la cárcel? Preguntó Mateo a un Luciano cada vez más confundido. Le llamo a dos amigos y en dos horas están refundidos en la mierda, contestó Luciano. Mateo y los otros dos se rieron. El que me tenía sujetado de los hombros me soltó poco a poco y regresó a su lugar. Mira judicial, agregó Mateo mientras tomaba un sorbo de tequila, si yo te doy la información que quieres mañana mismo estás muerto. Te la puedo dar ahorita y entonces te chingas, concluyó. No nos hagamos mensos, ni tú eres judicial, ni trabajas en la PGR, dijo Mateo mientras sacaba una pistola y la ponía en la mesa. Lo que no me gusta es que tú y el maestrito este vengan a robarse a nuestras mujeres. Cogió la pistola y señaló a Ana María. Nomás porque hoy estoy de buenas y vas a pagar las copas, los voy a dejar ir. Tienen dos minutos, en lo que voy al baño, para largarse. Deja el dinero y vete de aquí, si los veo no la cuentan. Acto seguido guardó la pistola en su bolsa y se fue al baño. Miré a Luciano, consternado, miré a Ana María y miré que Luciano sacaba de su cartera un billete de 500, lo ponía en la mesa y me decía que nos largáramos cuanto antes de ahí. Tomé, por reflejo, a Ana María de la mano y salimos muy tranquilos, sin miedo. Cuando cruzamos la puerta de vaqueros salimos corriendo, sin parar, rumbo al bosque.

            Nos detuvimos en la entrada del bosque, cerca del lugar donde anidan las serpientes. Ana María y Luciano tenían la cara pálida y las manos temblorosas. Según ella, jamás había visto a aquellos hombres. Argumentó que no eran del pueblo y que nada más querían molestarnos. Yo creo que mañana no estarán por el pueblo, concluyó.

            En vez de entrar al bosque volvimos al centro comunitario porque la fiesta seguía en grande. Al llegar, Luciano buscó a la chica de veinte años para ir a platicar con ella. La encontró y nos dejó solos. Al poco rato, Ana María me dijo que quería regresar a la cueva para estar conmigo. Salimos del centro, caminamos tranquilamente por las calle y nos adentramos en el bosque.

            Ana María me contó que en todo este tiempo no había dejado de pensar en mí. Pidió disculpas por el episodio de la cueva y acto seguido se desnudó en medio del bosque. Yo la tomé de las manos y la besé. Me quité la ropa y la tomé fuertemente y le hice el amor, torpemente, en poco tiempo. Cuando terminamos nos volvimos a vestir. Antes que nada me fijé en los pantalones para ver si no había llegado ninguna serpiente. El resultado fue satisfactorio y caminamos largo rato por los alrededores del bosque, cerca del pueblo para que hubiera luz.

            Ana María me contó que José, al no ser su padre biológico, había intentado violarla en varias ocasiones. Siempre la había tenido desnuda y la había tocado, pero cuando veía en uno de sus senos aquel lunar grande, paraba de inmediato, pedía perdón y regresaba a su cama. El lunar había sido para Ana María el mejor regalo de su madre. También me contó que apenas sabía leer, que sólo había estudiado la primaria y que vivía con José porque no tenía otro lugar a dónde ir. En varias ocasiones habían ido a pedir su mano pero José, celoso, nunca había accedido a entregarla. Me dijo que conmigo era lo mismo, que tuviera cuidado porque José era vengativo.

            Regresamos caminando al centro comunitario. Al llegar, vi a Luciano platicar alegremente con Mateo. Había pasado poco tiempo y ahora ya eran compadres. Nos acercamos a ellos no sin antes tomar un tequila de la mesa improvisada para bebidas alcohólicas. Me senté y escuché la plática. Mateo y Luciano conversaban sobre el secreto como dos buenos amigos. Yo me tomé el tequila y tomé a Ana María de la mano. Decidí olvidarme, por un momento, de José, del mundo y de la ciudad. La madrugada en ese pueblo era fría pero se veían las estrellas. Me quedé mirando a Luciano y pensé que mañana tendríamos mucho trabajo por hacer. Me sentí feliz porque estábamos ahí, en ese pueblo, olvidándonos de que afuera existe algo que llamamos mundo.


7 comentarios:

  1. Verdaderamente hermoso, sentido, muy bien cohesionado,atrapante desde el comienzo con un extraordinario final. Gracias por compartirlo.

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  2. La serie cada vez me gusta más, Dónde estará ese lugar?

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  3. EXCELENTE AMIGO E

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  4. Elsa Nieto Mendoza31 de julio de 2012, 12:09

    me dejé atrapar por cada uno de los personajes y del entorno pueblerino.

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  5. Me gustó, sobre todo los textos que me tiñen la mente de descripciones que me hacen estar y sentir, pero para ser honesta, creo que se le pasó un poquito la mano.

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  6. esta muy bueno el texto siento q se puede desmarañar mas la historia sin caer en el exceso . saludos

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