viernes, 15 de junio de 2012

Mondadientes.



Despertó sonriente. La imagen que le devolvió el espejo fue de alegría y placidez. Pensó que no existían motivos para estar contento, pero: ¿por qué no? Aún era joven, se consideraba fuerte, no sentía dolor.

 Con una mano recorrió su cuerpo con suavidad, se demoró en el pecho y, en efecto, no había dolor. Era joven y su salud era impecable. Motivos para sentirse bien, se dijo mientras se cepillaba los dientes. Hizo buches de agua, escupió en el lavabo. Se miró nuevamente en el espejo y se preguntó si tener treinta y siete años era ser joven. Sus patillas se hallaban pobladas de canas y las comisuras de los labios, surcadas por arrugas. 

 En la sala su pierna chocó con una pequeña mesa azul. Instintivamente se tomó la rodilla con las dos manos y con la mirada recorrió lentamente la mesa. Le dolía más contemplar la mesa que el golpe en la rodilla. Mañana temprano esa mesa estaría empaquetada y tan pronto supiera la dirección se la enviaría. A fin de cuentas esa mesa nunca le había gustado. Había tantos objetos que ella se había llevado, pero no esa mesa. Él dejó que ella escogiera, que se llevara cuanto mueble u objeto desease, en realidad no le importaban los objetos, y, sin embargo, aun así peleó por el comedor. No sabía, con certeza, porqué lo hizo, ni para qué lo quería, y ella no le discutió, sólo dijo, “está bien, quédate con él”.

 Sujetándose la rodilla con una mano, caminó a la puerta, la abrió, recogió el periódico y comenzó a hojearlo. Se detuvo en los desnutridos clasificados y con rápidos trazos del lápiz encerró en elipses dos ofertas laborales. No lograba acostumbrarse a estar sin empleo, demasiado tiempo de ocio, siempre el mismo espacio, el mismo ambiente; sencillamente abrumador. Era absurdo que lo despidieran por una insignificancia. Era un trabajador eficiente, disciplinado. No lo decía él, lo decían sus jefes y colegas.

 La noche posterior a la partida de Rosa fue tan intranquila que tuvo que salir a comprar una botella de mezcal. Pasó la noche bebiendo y escuchando la música más triste que ponían en la radio. No pudo llorar ni dormir, y al amanecer lo único que se le ocurrió fue vestirse para ir al trabajo. Esa misma tarde lo echaron. ¿Cómo iba a adivinar que al contenedor catorce, el único que olvidó revisar, se le descompondría el frigorífico y se echaría a perder la carga de salmón chileno? En cuanto Miranda lo supo, le importaron un carajo quince años de desempeño irreprochable. Fue una suerte haber contratado el seguro de desempleo. La situación hacía casi imposible encontrar trabajo. Entre el dinero de la liquidación y los cheques del seguro había tenido seis meses de respiro y ahora la aseguradora sólo le enviaría un cheque más. Su única alternativa era enviar solicitudes de lunes a sábado y, con los dedos cruzados, sentarse a esperar que llegara el empleo antes que el último cheque. 

 Fue inevitable pensar en Rosa. “¿Tendrá trabajo?” No debía importarle, pero le importaba y era doloroso. Mejor sería olvidarla, ella no era problema suyo. No fue él quien metió aquel hombre en la cama de Rosa. Sus labios formaron una mueca muy parecida a la sonrisa carmín y triste de una prostituta bajo un aguacero. ¿La cama de Rosa? ¡Pero también le pertenecía a él! Ella la había comprado, era cierto, pero él puso cada centavo. La compartieron diez años y ella cargó con la cama como si sólo fuera suya. Cuando ella se fue, él no derramó una lágrima.

 Dos días después le dieron su liquidación. Compró una cama y frazadas y mandó arreglar el auto: le sacaron todos los golpes, lo pintaron de un inquieto gris cobalto, le cambiaron radiador y caja de velocidades. Después se dedicó una semana entera a beber mirando las sombras, o mejor dicho, las manchas de humedad y polvo que quedaron en las paredes luego de que Rosa se llevó buena parte de los muebles. Donde antes estaba el televisor, había ahora una mancha rectangular con dos pequeños círculos en el centro que daban la sensación de ser ojos. Le gustaba mirarlas e imaginar que eran los ojos de Rosa. A veces llegó a creer que esos círculos húmedos lo espiaban cuando bebía tumbado en el sillón. Sentía entonces cierta opresión en el pecho y su rostro cambiaba de color mientras sus labios temblaban.

 El dinero de la liquidación se fue acabando y comenzó a depender por completo del seguro de desempleo. Al principio decidió no salir de su departamento, se hizo una buena provisión de víveres  y se paseaba en calzoncillos de un lado a otro hasta que tenía hambre, entonces se preparaba cualquier cosa, a veces se ponía a observar por la ventana a las aves volando en el horizonte mugroso de la ciudad, a los perros escarbando entre las bolsas de basura, olisqueándose los traseros mutuamente. Miraba los edificios decadentes, los árboles ponzoñosos o a la gente que transitaba allá abajo: vendedores ambulantes, transeúntes de trajes oscuros que caminan rumbo al trabajo, señoras cargando bolsas de mandado, adolecentes con uniformes de secundaria, cualquier cosa que le hiciera pasar el tiempo. En una ocasión observó a un gato dar un brinco de casi dos metros para cazar un pajarillo en pleno vuelo e instintivamente presionó con el dedo pulgar la botella de cerveza que tenía en la mano esperando ver la repetición del suceso. 

 Un día se puso a observar a sus vecinos, a una pareja en particular: Ella, la mujer, llegaba siempre antes del anochecer con una bolsa de papel de estraza entre los brazos, a la distancia se alcanzaba a ver la impresión del nombre de una famosa panadería en esa bolsa. Él, el hombre, llegaba al anochecer, bajaba de su auto fumando un cigarrillo, se detenía en la puerta del edificio y apagaba su cigarrillo con la suela de su zapato, después entraba al edificio. Los fines de semana, por la mañana, los veía salir juntos, tomados de la mano, ella mirando a su marido con una gran sonrisa que mostraba  claramente el amor y la  ilusión que sentía por su pareja. Él, miraba al enfrente, casi no volteaba a ver a su mujer, después subían al auto y desaparecían. 

 Los estuvo espiando por un tiempo hasta que un día la mujer llegó al anochecer sin ninguna bolsa en sus manos, el hombre no llegó en esa ocasión ni en los días posteriores. Quince días después observó a la mujer supervisando a los tipos de la mudanza mientras éstos subían muebles al camión, al hombre no le volvió a ver. 

 Entonces comenzó a espiar a una pareja de ancianos pero perdió el interés rápidamente. Comenzó a salir.  Empezó a pasar tardes enteras en las tiendas de autoservicio mirando las botellas de vino y leyendo las etiquetas. En una de esas visitas, al atraer una botella para leer el lugar de origen y la fecha de producción, del anaquel resbaló una botellita con palillos de dientes que al romperse desperdigó su contenido. Se inclinó para recoger las piececillas y cuando se dio cuenta estaba echado en el piso con una mano bajo el mentón, construyendo con los palitos una vía de ferrocarril.

 Llenaba solicitudes de empleo por la mañana, y como tenía libres las tardes y parte de las noches, le dio por comprar cajas de palillos, frascos de pegamento y acuarelas.

 Allí, sobre la mesa del comedor, comenzaron a amontonarse infinidad de figuritas modeladas con palillos de dientes. Una reproducción a escala del Templo Mayor de la ciudad de México. Una más, maravillosa, de la Ópera de Sidney en tonos blancos, rosados y marrones, flotando en una bandeja con agua. En la esquina más oscura de la mesa, una pequeña carreta con todo y caballos en madera cruda; los caballos tenían las crines suspendidas en el aire y cruzaban de norte a sur un bosque de verdes árboles de plastilina. La más impresionante de todas era una pista de lanzamiento con el fuselaje del cohete sin terminar. En el centro de una cama de plastilina color arena con pequeñas manchas verdes, se alzaba majestuosa la pista de lanzamiento; un poco más al norte, una detallada torre de mando con una antena satelital.

 Una taza con café humeante aterrizó al este de la cama de plastilina y así se reinició la construcción del cohete. Los palitos eran cortados cuidadosamente y en el ensamblaje de las partes se advertía un gran esmero. Sonó el teléfono. Los labios del constructor permanecieron cerrados y su mente no produjo pensamiento alguno. 

 Subió al auto y condujo por las avenidas de forma mecánica. Era una tarde calurosa y el auto circulaba con las ventanillas cerradas. Dentro del auto se percibía una nube bochornosa, de las que enajenan. Sus manos limpiaron el sudor de la frente y su cabeza soltó la primera idea. “Al menos es posible que llore”. Enseguida se arrepintió, al considerar mezquino su pensamiento. Intentó recordar la última vez que lo había visto. Era una tarde de domingo y su padre le lanzaba con fuerza un balón de futbol americano y él, en vez de atraparlo, lo esquivaba entre las carcajadas de papá, que le gritaba “no seas marica”. Ese recuerdo tenía treinta años. Después le vino uno más reciente, en el cual veía a su padre sentado en su sillón favorito, con el rostro gris y las manos y el cuello amarillentos, con la hepatitis consumiéndole la sonrisa. No, ése ya no era su padre.

 En la funeraria, el tío Efrén le ofreció un cigarrillo y su mamá lo tomó del cuello y lo miró insistente a los ojos.

—Tienes la misma mirada de tu padre. ¿Por qué no se deciden a tener un hijo?
—Tal vez después.
—¿Ella no quiere?
—No, no es eso, mamá —dijo él abrazándola y besándola en la frente.

 El sepelio fue solemne y su madre lloró y su hermana lloró y los amigos y los familiares y los conocidos de la familia lloraron y él sentía como si ese dolor que cargaba fuera ajeno.

 De regresó a casa recordó que nadie sabía que Rosa lo había abandonado, ni tampoco que se hallaba sin empleo. ¿En algún momento le preguntaron por ella? No, no lo recordaba. Trató de evocar la conversación con su hermana y con su madre, pero lo único que llegaba a su mente era el ataúd de papá bajando a esa cavidad en la tierra y una sensación de ligereza, como si sus pies se mantuvieran suspendidos en el aire, balanceándose igual que una balsa en una laguna tranquila. Estacionó el auto y sintió una pequeña sacudida. La defensa había golpeado un árbol. Bajó y su dedo acarició la pequeña abolladura escarapelada.

 El cielo era de un azul infinito y una mujer caminaba sobre la acera con la bolsa de compras en la mano. Dos mariposas se cortejaban sobre unos arbustos, un hombre sentado en la banqueta acariciaba la pequeña abolladura en la defensa de un auto y lloraba.


8 comentarios:

  1. Las manchas de humedad, como ojos en los muros, es una escena conmovedora. Buen relato.

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  2. Me encanto el relato, pero por tercra ocasion el autor me deja con ganas de seguir leyendo la historia.
    De alguna manera me vi reflejado en el relato narrado por el autor.
    Felicidades
    Pavel Anduaga

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  3. Es un relato tan bello, tan sutil. Fuerte como el ron y suave como el aroma del clavel. Felicitaciones al autor

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  4. Mónica Treviño Murguía20 de junio de 2012, 1:50

    Este cuento está bien cute.

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  5. Tu texto me hiso llorar... :(

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  6. Luis Gerardo Arenas25 de junio de 2012, 2:20

    Este cuento se arma con piezas pequeñas, retacería, pedazos de recuerdos, es, al mismo tiempo, un rompecabezas, una figura para modelar hecha con palitos de madera. En fin, me gustó mucho.

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  7. Karina Velázquez Andrade13 de octubre de 2012, 20:02

    ¡¡¡VAYA!!!

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