miércoles, 13 de junio de 2012

Háblame de de tus...


El polvo sobre los mostradores era una lata contra la cual luchar. Se luchaba desesperadamente. El señor Palafox era un asiduo guerrero en esta guerra contra la suciedad. Sin embargo, el que batallaba era yo. Jamás lo vi coger un trapo; lo vi siempre; lo escuché siempre, decir: Salmoneo, limpia esto.

 Pues bien, aquella tarde los dioses de la guerra me habían concedido una victoria.  Todo el mostrador estaba limpio, impecable. Todos los mostradores, que eran dos, y todos los refrigeradores, que eran cuatro, semejaban espejos. Además, si un hombre bajaba la mirada al piso podía encontrarse con su cara, mirándose extrañado. Había pulido los pisos y las repisas de las ventanas, y todo milímetro cúbico lo había limpiado a conciencia. Incluso había pasado trapo a los artículos y éstos estaban brillantes y pomposos dentro de sus estantes brillantes y pomposos. Quité del azúcar suelta los granos morenos y del arroz expurgué las piedras. El cuarto de baño no era público pero si un usuario tuviese oportunidad de entrar, muy probablemente, si se tratara de una persona agradecida, aplaudiría el grado de higiene allí dentro. Me tomé la libertad de tallar con piedra pómez y de usar una máquina pulidora para pulir el excusado, cosa que no quedó mal, sino todo lo contrario. Lavé y tallé por fuera y por dentro la caja del agua. En pocas palabras, había convertido la tienda de mi patrón en un palacio. Supuse que al menos merecía las gracias…

 Por la tarde, cuando terminé de asear el local, entró Palafox como el que más, sin tener cuidado siquiera de ensuciar el piso con las suelas de sus zapaos, a pesar de haberlo visto relucir, y yo salí a su encuentro, como perro fiel en espera de su hueso. Me conformaba con un: Dios mío, Salmoneo, no lo puedo creer, ¡cómo hiciste para llegar a tal grado de limpieza! O al menos, un: Gracias, Salmoneo, te ha quedado maravilloso. Y es que no era para menos, en realidad, el trabajo de limpieza que realicé bien pudo ser cobrado por alguna empresa a montos exorbitantes. Y yo lo hice gratis y no recibí siquiera un halago.

 Esto hizo nacer en mí un sentimiento de inconformidad con el mundo tan elevado que estuve a punto de renunciar en el acto, y de jurarme a mí mismo no volver a poner un pie sobre la faz de la Tierra en calidad de empleado.

 Pero en el instante siguiente entró a la tienda Estela, que era mi novia hace menos de mes y medio y aún era capaz de cautivarme al grado de hacerme olvidar mis más oscuros pensamientos. Lo hizo. Inmediatamente dejé de fomentar mi odio a Palafox y lo único que me interesó fue pegar mis labios a los suyos y estrechar su cintura con mis manos, tal como lo habría hecho ya unas catorce veces en cuarenta y dos días. Llevaba la cuenta de los besos, de los abrazos, apapachos y estrechamientos que dedicaba a mi musa, y de los que ella dedicaba a mí, porque siempre me pareció increíble el hecho de que yo estuviese realmente haciendo aquello con ella. Así, me decía que lo había hecho ya tal cantidad de veces, y ese contar las acciones me devolvía a la realidad. También, llevaba un diario al que nombre el Diario de Estela, donde intentaba guardar con letras, como quien guarda con fotografías, cada instante de mi vida compartido con ella. Un diario que retrataba exclusivamente mi vida en pareja, comenzando del día en que la vi y me enamoré de ella…

 Estela me saludó con un beso en la mejilla, muy discretamente. Su padre era Palafox y conociéndolo, no deseábamos hacer alarde de nuestra relación bajo sus narices. Mas cuando entró a la casa, por la puerta que conecta su casa con su tienda, Estela se me fue encima y me besó y yo sentí sus pechos apretarse contra mí, y de no ser porque era bueno conteniendo mis deseos, hubiese sufrido una erección. Hasta ahora sólo he dicho que Estela era un mujer bella, pero debo agregar, dejando a un lado mi pudor, que era bella y tenía los pechos grandes. Esto viene al caso porque por ello que comenzamos el rollo siguiente:

 Estela notó que enrojecí al contacto de sus senos y dijo que me amaba porque yo era diferente. Ya antes me había contado que no le gusta cómo los hombres miran a las mujeres. No puede evitar mirarla a los senos y reímos. Llevaba una blusa con escote discreto pero suficiente para hacer a más de uno pensar libidinosamente. Eran dos círculos blancos y simétricos, y en realidad no eran enormes. Eran lo suficientemente grandes, y lo suficientemente pequeños para hablar de ellos como un par de perfectos senos.

 Me lo contó. Dijo que le salieron a los doce años y a esa edad fueron un tormento. No le crecieron gradualmente. Fue como si de la noche a la mañana… como si me durmiese siendo yo y despertase siendo otra, dijo. Y por supuesto, todos comenzaron a tratarme diferente. Incluso en la calle, dijo, comenzaron a llamarme señorita. Los hombres no dejaban de mirar. Me sentí como si tuviese monos en la cara… en el pecho, corrigió, pues allí es adónde miraban.

 Estela se recargó sobre el mostrador; recargo sus pechos sobre el mostrador, queriendo ocultarlos, pero como estaba limpísimo se encontró con el reflejo de ellos.

 Hubo un silencio interrumpido por el graznar de una señora que entró a la tienda pidiendo urgentemente una caja de aspirinas. La idea de esta señora, que venía tocándose la cabeza para enfatizar el dolor que le aquejaba, era la de hacer conversación. Lo supe cuando, al tiempo que yo buscaba la caja de aspirinas, ella expresó su dolor a Estela que continuaba sobre el mostrador. Dijo que la cabeza le estallaba porque era alérgica a la contaminación y viviendo en una ciudad tan contaminada… Me miró para que me diese prisa. Estela le dijo que se relajase, que lo mejor era guardar la calma, pero la señora comenzó una perorata sobre los hábitos terribles de la ciudad y de cómo el ciudadano es tan irresponsable. También culpó al gobierno y terminó por desaprobar al ser humano. Le estiré la caja y la pagó, pero no se fue. Estela preguntó si deseaba algo más. La señora no supo qué decir y se fue, no sin antes decir que regresaría por más cajas. Yo le di las buenas tardes y eso fue todo.

 Esta señora terminó con lo que bien pudo ser nuestra primera confesión de pasado. El momento en que tu novia te confiesa que de pequeña era rara o fea o despistada. En el caso de Estela, la confesión de que sus pechos le desagradan. No terminó de hacerlo pero la cosa me interesó demasiado. Siempre pensé que las mujeres estarían orgullosas de tener volumen en esa parte de sus cuerpos. Quise decirle a mi novia: cuéntame. Pero la vergüenza fue más grande. ¿Cómo debía formular la pregunta para que no pensara que tiene por novio un pervertido? No quería ser el que trajera al tema los senos de Estela. No deseaba decir: y luego, ¿qué pasó con tus pelotas? Pero al mismo tiempo me moría de ganas por saber. Supongo que saber, escuchar a Estela hablar de su cuerpo respondía a un deseo más oscuro: al de imaginarla desnuda.

 En mes y medio de relación no la había mirado desnuda. Ni siquiera había intentado hacerlo. Pensaba que eso llegaría cuando tuviese que llegar. Sin embargo, soy humano y soy hombre y mi cerebro no puede evitar pensar.

2

 En un inconsciente intento por hacerla pronunciar las palabras mágicas: mis senos, reanudé la conversación luego que la señora salió diciendo que yo recordaba también algo de mi infancia. Estela se entusiasmó, me confesó que siempre imaginaba como fui de niño; pensaba que yo había sido un ángel. Tuve que contenerme la risa, ¿un ángel yo? En realidad siempre fui terco, dije. Cuéntame, dijo ella, pronunciando las palabras que yo moría por pronunciar.

 Bueno, le dije, por ejemplo con aquello de la Navidad. Mis padres y los padres de mis primos me contaron el rollo de la Navidad y de cómo Santa Claus entra por las noches a dejar regalos a los niños. Yo era un niño que especulaba demasiado y me aferré a la imposibilidad de la existencia de un ser como aquel. Sobre todo por lo de poder volar en un trineo jalado por renos mágicos. Sencillamente no me lo creía. No es que no fuese ingenuo, lo era, pero… eso de Santa Claus era demasiado.

 Estela me abrazó y dijo que justo así me imaginaba, como un pequeño Descartes. Me sobó la cabeza y dijo que por cierto, la tienda había quedado muy limpia. ¿Cómo lo lograste?, preguntó. Yo no deseaba salirme del tema de las infancias por miedo a no poder regresar a él y a lo que me interesaba. Así nomás, dije y alcé los hombros demeritando mis arduas horas de trabajo. En realidad había costádome mucho dejar la tienda como la dejé. Si Palafox hubiese preguntado lo mismo hubiera dado una lista detallada de lo que hice para que valorase mi trabajo. Pero de Estela yo no quería el reconocimiento. Yo deseaba saber qué piensa una mujer de sus senos, particularmente mi novia.

 Recuerdo, continué sobre mi relato, que cuando niño espiaba a mis padres cada Navidad. Fue hasta que tuve ocho años que lo descubrí… ¡Nooo!, exclamó Estela. Sí, dije, yo estaba en la sala de la casa de mi abuela donde se llevó a cabo la celebración y…

 Entró a la tienda un niño. Estela lo miró y dejó de prestarme atención. Tuve que callar. El niño se acercó a uno de los refrigeradores y tomó de él una lata de coca-cola. Al cerrarlo dejó la huella de su mano en el cristal y yo corrí por un trapo. Estela cobró la lata y yo limpié el cristal. Cuando volví al mostrador miré que también estaba sucio. Limpié con sumo cuidado y cuando estuve en mí de nuevo, me percaté que lo había hecho: había perdido el hilo de la conversación, otra vez.

 Estela fue la primera en hablar, dijo: en la universidad me da clases un maestro que es buenísimo. No, pensé, lo he perdido; cada vez me alejo más del tema objetivo. Es buenísimo explicando y no se cree la octava maravilla, dijo. Nos deja pensar y tener ideas propias. Vale, dije yo, eso está muy bien. Lo dije con cierto tono de duda. Estela iba a contestarme algo pero entró un cliente más a la tienda y tuve que atender. Esta vez se trató de una señora que deseaba un cuarto de queso blanco y dos cuartos de jamón. Tuve que sacar la lonja de jamón y el queso, y partir y pesar y envolver. Todo esto hizo que ensuciara la máquina rebanadora, el cuchillo y el mostrador. Atendí el pedido y limpié.

 Cuando regresó la tranquilidad me di por vencido. No intenté siquiera hablar. No tenía caso, no había otro modo que preguntar y me conocía: no lo haría. Además, ¿por qué de buenas a primeras me venía esa maldita curiosidad por pensar en Estela con doce años de edad y un par de tetas? Sí, eso eran: tetas. Aunque jamás las había llamado así en realidad, no dejaban de serlo por ello. Me hubiese gustado que Petrozza apareciera y con su cinismo exacerbado preguntara por mí lo que yo quería preguntar. Él sabría llevar la conversación. Pero lo que más me preocupaba era encontrar en mí la preocupación por  el cuerpo de Estela.

 En adelante dejé de interesarme en hacerla hablar. Mi interés cambió de blanco. Me avergüenzo de ello y me retracto de llamarlo mi interés. En realidad se trataba de un interés ajeno a mi voluntad.

 Estela hablaba, esta vez lo hacía sobre su padre al que tenía por loco y no soportaba. Yo asentía con la cabeza y trataba de mirarla a la cara, aunque la vista se me iba, se me escaba… No sabiendo muy bien que sucedía traté de no verla más. Ni a la cara ni a ningún otro lado, y me puse a hacer tareas absurdas con tal de no pensar, de distraerme. Tomé una lata de conservas y la coloqué en el mostrador. Luego tomé otra e hice lo mismo, y una más. Estela hablaba. Cuando por fin tuve todas las latas de un estante sobre el mostrador, las coloqué de nuevo en el estante. No hice algo útil con ellas. Y Estela, que lo notó me preguntó si todo andaba bien. Dije que sí, pero no era verdad. Sentía en mí el calor del verano en pleno invierno. Las piernas me temblaban y las manos comenzaron a sudarme.

 Entonces, de la nada, me acerqué al oído de Estela y le pregunté cuando íbamos a… Me quedé con la boca abierta, iba en contra de mi personalidad ser un macho y presionar. ¿El qué?, preguntó Estela y ya no dije nada. Sin embargo, me culpé por ser tan lento en las cuestiones donde los hombres corren. Me dije: el momento llegará cuando tenga que llegar.

 Acto seguido, me puse a limpiar las huellas de zapatos que Estela, los clientes y yo habíamos acumulado. Limpiar, limpiar, limpiar. Era todo lo que me importaba. 



7 comentarios:

  1. Llevaba una blusa con escote discreto pero suficiente para hacer a más de uno pensar libidinosamente

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  2. Interesante texto!!!!

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  3. Un texto erotico...Gracias y bendiciones...

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  4. diferente, original

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  5. Jose Alberto Avalos Perez14 de junio de 2012, 11:13

    ÉXITOS , A LA ORDEN

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  6. Llegara cuando tenga que llegar, el problema es el mientras... Me encanto Salmoneo nos muestra su lado "salvaje".

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