lunes, 18 de junio de 2012

Frank Miller.


Conocí a Frank Miller en la sala del aeropuerto. Tenía pinta de extranjero pero era mexicano. Más o menos el mismo caso que yo, que provengo de un padre italiano. En su caso, Frank tenía pinta de norteamericano. A decir verdad, odio la apariencia de los norteamericanos. Ya sabes, con sus pieles blancas y sus caras pálidas y esos ojos claros, enfermos. Por si fuera poco, con esos peinados de pelos cortos y parados. Frank Miller no era el tipo de hombre que me provoca fantasías sexuales. Sin embargo, cargó mis maletas. Literalmente me cargó las maletas.

 En aquel entonces tenía diecinueve años y aún creía que una mujer y un hombre pueden enamorarse a primera vista. La idea de enamorarse de un hombre que le carga a una las maletas en la sala del aeropuerto me parecía encantadora. Además, por aquel entonces yo ya gozaba de una vida sexual suficientemente abierta para saber que el sexo con desconocidos es más excitante que hacerlo con los mismos de siempre. Entonces, me dije: Verónica, esta es la oportunidad de enamorarte de un desconocido en la sala de un aeropuerto. Frank Miller medía un metro con ochenta, era delgado y amable y tendría unos treinta años. Todo lo que yo necesitaba para dar rienda suelta al cumplimiento de mi fantasía.

 He dicho que a los diecinueve años aún creía en el amor a primera vista pero no es verdad. Nunca he creído en el amor a primera vista. En ninguna clase de amor. Sin embargo, aprendí a temprana edad a construirme el mundo. El amor no existe pero la idea del amor es bella y yo sabía cómo crear en mi vida la imagen de lo que quería. Desgraciadamente, había moscas que quedaban atrapadas en las redes de estás ilusiones.

 Frank preguntó si iba lejos y respondí que no, sólo al estacionamiento. Iba camino al estacionamiento. Recién llegaba de un viaje a Francia y Frank se ofreció a llevarme las maletas hasta el aparcamiento. Supongo que me miró caminar, sola,  y decidió probar suerte conmigo. Otra hubiese pensado que ninguna oscuridad se escondía en las ingenuas y nobles intenciones de un hombre de treinta años abordando a una adolescente; pero yo aprendí rápido que las nobles intenciones de los hombres (levantarte lo caído, cederte el asiento, recomendarte un libro) nunca son tan nobles (a menos que seas una mujer fea). Camino a nuestro destino y con las maletas en las manos me contó que en un par de horas él abordaría un avión con dirección a Ohio. Le pregunté si era de allá y dijo que no, que era mexicano. Después de un silencio agregó que los padres de su padre eran los americanos. Hubo otro silencio y Frank comenzó con esto, dijo: tienes una sonrisa muy hermosa. Entonces sonreí y expresé que me parecía curioso. ¿El qué?, preguntó Frank al tiempo que salíamos. Que hables así de mi sonrisa, si nunca me has visto sonreír, dije. Era verdad, hasta ese momento no había sonreído de nada. Frank rió, apenado sinceramente y se excusó diciendo que no hacía falta mirarme sonreír para saberlo, que yo era un ángel y los ángeles siempre sonreían hermoso. Asentí con la cabeza y me recargué en él para darle las gracias.

 Estaba hecho, eso era todo. Ahora podíamos comenzar a hablar de amor. Era el principio de algo. Una vez llegados a donde mi coche teníamos por delante un abanico de posibilidades. Habíamos reído juntos y firmado un acuerdo tácito entre nosotros. Frank se pensaba que tenía el control, que yo había cedido con mi inexperiencia e ingenuidad el control de mi vida. Estaba muy equivocado. Si yo quería podíamos subir a mi auto e irnos a follar. Por un momento lo consideré, sería un buen reto. ¿Podría usar el encanto de mi sonrisa para hacer que Frank abandone su vuelo a Ohio?

 No subimos al auto, lo que pasó fue lo siguiente: dejamos las maletas en el portaequipaje y nos fuimos a cenar. Frank se ofreció a pagarme la cena y cenamos en un restaurante dentro del aeropuerto. Preguntó si en realidad debía marcharme ahora y luego de que yo lo pensara un par de segundos y preguntara por qué, me lanzó la invitación. Uno no siempre tiene la oportunidad de platicar con un ángel y me gustaría aprovechar, dijo. Ya comenzaba a cansarme que me llamara ángel. La situación era la siguiente: Frank tenía menos de dos horas para enamorarme, y yo me dejaría enamorar. A menos que realmente metiera la pata, todo iba a salir como él lo deseaba… porque yo lo deseaba.

2

Nuestra primera e improvisada cita no estuvo nada mal. Me llevó a Barba roja y ante un plato de carnes frías y un par de sodas, después de halagar cada parte de mi rostro, me contó que en México era dueño de un par de franquicias de comida rápida. No queriendo entrar al oscuro y aburrido (sic) tema de los negocios, me preguntó cómo es que una niña tan preciosa andaba viajando sola por el mundo. Cuando eres la hija única de un padre divorciado que vive pensando en negocios, diecinueve años de edad son suficientes para hacer lo que te dé la gana, dije. A Frank le pareció estupendo. Ahora yo era un sueño hecho realidad: diecinueve años, despierta y libre para hacer una vida de adulto. Si le hubiese advertido que en la sala del aeropuerto se encontraría conmigo no lo hubiese creído.

 A la segunda soda el arroz se había cocido. Frank me contó que estaría en Ohio tan solo un par de semanas y regresaría a México donde radicaba para no volver a salir en al menos en dos años, que era el tiempo con que frecuentaba a sus abuelos. Me pidió que regresando nos volviésemos a ver. Sonreí y mirándolo a los ojos respondí que por supuesto. En realidad, ahora que lo pienso no sé exactamente por qué hice aquello. Yo sabía que Frank no me interesaba en absoluto. Ni siquiera era capaz de mirarlo sin sentir repulsión a su piel blancuzca. Y mirarlo a los ojos era como mirar los ojos de un gato. Eran unos ojos grises, multicolores, como un experimento fallido de hacer ojos biónicos. Sin embargo, lo hice. Apunté en una servilleta mi nombre y mi número de móvil. Se lo estiré y le pedí que no dejara de llamar. Acto seguido, me levanté y lo dejé con la boca abierta. Iba a decir algo y no esperaba mi salida abrupta, pero le recompensé con un guiño y un beso lanzado desde la puerta del local. Aunque Frank no era mi tipo, debo confesar que había algo en todo esto que me excitaba.

 Caminé los pasos que quedaban para salir del campo de visión de Frank con mucho estilo, algo así como el estilo de una lolita que acaba de encontrar a su Harold, y una vez fuera corrí del alcance de este teatro, corrí. Llevaba más de una hora de retraso y mi libertad de señorita de diecinueve años no daba para librarme de un sermón echado por mi padre recordando que justo por esta actitud mía de desinterés a su preocupación era que no le agradaba que yo viajase sola. Podría matarlo de un infarto, etc.

3

Para cuando Frank llamó yo ya lo había olvidado. Por aquel entonces mis deseos eran tan fugaces y efímeros como los deseos de una princesa, o de una niña. Cuando me dijo su nombre y quién era estuve a punto de colgar. Desgraciadamente (para él) habló tan rápido que no tuve tiempo de hacer otra cosa que aceptar, y cuando terminamos la llamada ya estaba comprometida a encontrarme con él el sábado siguiente en el restaurante de un hotel del centro de la ciudad.

 El caso es que nos vimos y ya no pude hacer otra cosa que actuar mi papel de enamorada. Actuar estos papeles era una forma de aprender. Hacer el amor con un desconocido es como filosofar sobre el comportamiento humano. Darte cuenta que la vida es un intercambio, un comprar y un vender infinito incluso en los planos que consideramos más sagrados. El sexo se vende,  es bien sabido, pero también se vende el cariño. Puedes vender tu cuerpo y puedes vender tu alma. Hay quien vende ideas, y hay quien compra ideas. La vida de las personas está en venta. Compras un lugar en el Cielo. Las religiones venden palcos en el Cielo. Satanás compra almas. Los políticos compran votos. El pueblo vende su libertad. El amor, por ejemplo, es algo que puede venderse, pero jamás comprarse. Yo era la vendedora y Fran Miller mi cliente.

 La primera vez que nos besamos fue en el coche de Frank. Dijo que ya no podía contenerse y se lanzó. Nos besamos unos buenos minutos. El pez había picado el anzuelo, ahora había que jalar el sedal. Continuamos besándonos hasta que finalmente se lo propuse. Era la segunda vez que nos mirábamos. Me separé de él y le dije: hagámoslo. Frank se puso al volante y condujo. Entramos a un cuarto de hotel.

 4

Fue por la quinta semana que no pudo más. Habíamos mantenido una relación intermitente entre el amor y el sexo. Por las tardes nos tomábamos de la mano y caminábamos juntos por el parque, como un par de enamorados,  y por las noches corríamos a cuartos de hotel. Sin embargo, aquella tarde lucía conmocionado. Y lo estaba. Me llamó para invitarme a comer y cuando estuvimos cara a cara, me lo soltó: estaba casado y tenía dos hijos. Intentaba venderme su compasión, pero la compasión es algo que nunca he valorado. Contrario al espectáculo que aquí cabría hacer al respecto de todo este tiempo de mentiras y engaños, me metí a la boca un bocado de lasaña y masticando, dije: felicidades, ¿cómo se llaman tus hijos? Frank no se lo tomó adecuadamente. Repitió que era casado y tenía dos hijos. Volví a decir que me parecía fabuloso, que debían ser buenos muchachos y… Frank no podía creer que yo tomase esto con ligereza. Te estoy hablando de niños, exclamó, no de gatos. Al mirar que mi reacción no cambiaba en absoluto preguntó si acaso estaba loca o estúpida, y que si no miraba el daño que esto causaba a nuestro amor. Aquí estallé, Dios. Le pedí que no volviera a llamarme estúpida y que por el amor de Cristo, sus hijos no alteraban en nada nuestro destino: no íbamos a casarnos. Daba lo mismo si tenía dos o cinco, o si era viudo.

 Esto fue nuestro primer malentendido. Todo este tiempo Frank se tomó las cosas demasiado en serio. Compró el juego de los pecaminosos enamorados y se estampó con pared cuando descubrió que para mí, no había pecado. Sin pecado, nada de esto vale la pena. Además, descubrió que mi amor por él era falso. Me importaba poco su vida fuera del tiempo que me dedicaba. No le celaba y además, no estaba dispuesta a luchar por él, a arrancarlo de las garras de esa arpía que supuestamente era su esposa. Ya que se daba por sentado que si engañaba a su mujer, es porque ésta sería una arpía o algo.

 Tuve que terminar con la misma rapidez con que empecé este juego sucio. Ya que estábamos para confesarnos, me confesé. Dije a Frank lo que sentía por él: nada fuera de lo normal. Nada más allá de lo que siente una por un amigo, y en su caso, ni siquiera un amigo de verdad. En cuanto lo miré a los ojos supe que debía arrancar esto de tajo. Confesé además, que nunca me gradó el color de su piel. Y comencé a hablar en pasado. Fue bueno mientras duró, querido, pero… Pasamos momentos agradables después de todo… Fue mejor así…

 Después de unas cuantas lágrimas pagó la cuenta y se fue. Supuse que no volvería a saber nada de Frank Miller el amante blanco, pero…

5

Siempre me costó trabajo entender la mente de los hombres enajenados con una mujer. Yo misma era de la idea que en el mar hay peces, y que entregarte a una que no te quiere es desperdiciar tiempo de estar con la que sí lo hace. Incluso si la que sí lo hace aún no llega.
 Frank no era de esta idea. Frank era como la mayoría de los hombres que se enajena. Me llamaba por las mañanas y por las noches, y a pesar que le dejé claro que lo nuestro había llegado a su fin, pensando él que sí me afectó lo de saber de su matrimonio, me rogó perdón y prometió pedir el divorcio. Aquí también dejé mucho que desear, le recomendé hacerlo porque era evidente que no estaba siendo feliz con su mujer, pero que no lo hiciera por mí. Dijo que se rendía, que yo era un caso para quitarse la vida.

 No se rindió, estuvo más de dos meses rogando que regresara. Pero Frank Miller no era el tipo de hombre con el que yo deseara estar. ¿Es que no hay uno al que puedas decir: seremos amantes y cumpla con su palabra sin enamorarse? Si me dieran un centavo por cada hombre que he visto pronunciar estas palabras y fallar… Ya estaba Frank para contar uno más a lista de aferrados.

 No iba a resolverle la vida a nadie, tenía diecinueve años y me acostaba con hombres para conocer mis límites y mis capacidades.


37 comentarios:

  1. desde mi umilde opinion , el que no creas en el amor no , sera que persona alguna en ningun momento te hizo sentir la necesidad de vivir con ella y para ella crear la ilusion de que sin ella la vida no tiene sentido ( aunque por desgracias a veces descubres que no es asi) que el tiempo se te hace eterno cuando no estas estas a su lado , que con ella vives como en una nube como en una ilusion y que en algun momento tuviste miedo de sentir esa necesidad , y te forjaste como proteccion un castillo inccesible a tu alrededor , es malo vivir sin una ilusion aunque a veces inalcalzable

    ResponderEliminar
  2. Longina Ruiz Pereira18 de junio de 2012, 12:28

    comparto todo lo que dices.. aunque si es verdad que vivir sin ilusion es malo ,pero tampoco es bueno vivir de ilusiones porque moririamos de desengaños!!

    ResponderEliminar
  3. pero no me negaras que bonito mientra existe esa iluion en la vida todo esta a tu mano cerca para puderlo alcanzar cuando te la matan lavida se torna insipida sin alicientes , prefiero una ilçusion aunque sea en el aire que morir de languidez

    ResponderEliminar
  4. Juan Román El pájaro18 de junio de 2012, 12:29

    Pobre Pancho Miller Snif!!.. Seguro que esta experiencia le sirvió para inspirarse y escribir La ciudad del pecado...¡Que bueno!...Me gusto tu historia fue interesante.

    ResponderEliminar
  5. Pobre Panchito Miller... quedo Sin city... perdona quise decir quedo Sin corazón.

    ResponderEliminar
  6. Longina Ruiz Pereira18 de junio de 2012, 12:32

    Es cierto..solo es cuestion de medidas.. mientras la tengamos tenemos que vivirla al maximo, siempre es bueno tener algo que contar , y no tener una hoja en blanco!

    ResponderEliminar
  7. Hacer el amor con un desconocido es como filosofar sobre el comportamiento humano. Veronica Pinciotti.

    ResponderEliminar
  8. se me hizo muy buena síntesis social el penúltimo párrafo de la tercera sección, y por supuesto, el retrato anímico de una joven abierta que a los diecinueve años vende un amor que no se puede comprar jajaja

    ResponderEliminar
  9. Muy auténtico! tan simple como eso.
    Sin quererlo y sin creerlo. Yo sí me enamoré a primera vista, me enamoré hasta los huesos. Nunca me eligió , pero nunca me dejó ir. Yo estaba creciendo, y como efecto residual de mi propia frustración, jugué a venderles el amor a todos los demás de la misma manera. Me encantó la frase de cierre.
    Después veremos quién paga los platos rotos al final..
    M

    ResponderEliminar
  10. No entendí el texto, quiero suponer que debe de tener un tinte literario si este espacio está dedicado a la literatura y como la autora se describe, pues señala que es escritora y parece más el texto de un blog que una pieza de literatura. No pretendo ofender a Verónica Pinciotti, pero cuando escribimos, debemos volcar lo que leemos. Hallé muchos lugares comunes y frases sin sentido. Además de que hay un claro abuso de adjetivos y una carencia de descripción. Las palabras no recrean ningún lugar. Es como si la historia se desarrollara entre dos personajes sin espacio físico. Ojalá la autora no desista de la letras, que a pesar de que a veces lucen indomables, la pluma puede, en ocasiones, domesticarlas.

    ResponderEliminar
  11. *-*
    super identificada !!!! ♥♥♥ lo ame hasta la ultima letra!

    ResponderEliminar
  12. La hostil batalla con el amor demuestra frustracion, al final todo tiene que terminar, no somos eternos bueno ciertos ideale peor es la idea de quedarte solo, y morirte del aburrimiento.

    ResponderEliminar
  13. Gibrán García Fts18 de junio de 2012, 22:10

    tengo tantas preguntas acerca de esta historia, pero creo que prefiero quedarme con las dudas como parte del encanto...

    ResponderEliminar
  14. Alberto Vargas Iturbe19 de junio de 2012, 1:28

    yama la atencion las primeras lineas y las que sigen tanvien aveces es un agasago sabroso.

    ResponderEliminar
  15. Excelente reflexión!!! justo ahora que retomo a Nervo, aunque Nervo es mucho más optimista con los amores pasionales, voraces e inesperados que, pese a sufrir su fugacidad, se goza de su sensualidad explosiva :-)

    ResponderEliminar
  16. " moscas que quedaban atrapadas en las redes de estás ilusiones."

    ResponderEliminar
  17. Antonio Pérez Vicu19 de junio de 2012, 8:06

    Personalmente creo que Verónica Pinciotti escribe bien, muy bien. Me gusta su estilo, su lenguaje y su manera de relatar la realidad cotidiana llena de sentimientos, emociones e intereses. En una sociedad sin ética ni estética, el realismo literario de Verónica Pinciotti, es un aliento de vida en un mundo de muertos vivientes...

    ResponderEliminar
  18. deliciosamente bello y cierto.

    ResponderEliminar
  19. Me importaba poco su vida fuera del tiempo que me dedicaba. No le celaba y además, no estaba dispuesta a luchar por él, a arrancarlo de las garras de esa arpía que supuestamente era su esposa. Ya que se daba por sentado que si engañaba a su mujer, es porque ésta sería una arpía o algo. Tuve que terminar con la misma rapidez con que empecé este juego sucio.

    ResponderEliminar
  20. Javier Morales Hernández20 de junio de 2012, 14:38

    ESTUPENDO Y DIVERTIDO. TODA UNA FEMME FATALE. ME ENCANTÓ DE VERAS. FELICIDADES. RESUMES MUY BIEN. NO HAY PALABRAS DE MÁS! MEJOR QUE LOLITA!

    ResponderEliminar
  21. Manuel Delgado Solis20 de junio de 2012, 14:41

    Yo opino que el amor es abrazar al mundo, saber que hay bajas y altas el amor deve ser un sentimiento salvador que no se convulciona al menor desvario o desilucion, deviera ser constante y sobrio siempre lleno de goso y no pasajero.

    ResponderEliminar
  22. ME FASCINO! GRACIAS!

    ResponderEliminar
  23. Mariano Mario Bochesnki23 de junio de 2012, 14:46

    Si existe el amor a primera vista, pero gracias a dios el amor no es perfecto.

    ResponderEliminar
  24. Hector Estrada Parada25 de junio de 2012, 22:55

    He dicho que a los diecinueve años aún creía en el amor a primera vista pero no es verdad. Nunca he creído en el amor a primera vista. En ninguna clase de amor. Sin embargo, aprendí a temprana edad a construirme el mundo. El amor no existe pero la idea del amor es bella y yo sabía cómo crear en mi vida la imagen de lo que quería. Desgraciadamente, había moscas que quedaban atrapadas en las redes de estás ilusiones.

    ResponderEliminar
  25. Hector Estrada Parada25 de junio de 2012, 22:55

    Cierto amiga... es ilusión. amor verdadero es el de la sangre... hijos especialmente.

    ResponderEliminar
  26. No me impactó, pero es bueno. Odio cuando la gente te dice que es bueno...tienes que buscar un relato que impacté...que haga la diferencia. yo como escritor busco eso y no lo he logrado. Roberto

    ResponderEliminar
  27. Jaime Ysmael Quelopana Mondoñedo17 de julio de 2012, 22:19

    Decir que el amor no existe es decir que no existe el acto supremo de la creación y la procreación lo que me indigna es que tenemos esa ventaja o desventaja de la libertad, del libre albedrío...

    ResponderEliminar

Related Posts with Thumbnails

Derechos reservados.

Todos los textos de este sitio son de la autoría de quien los firma y están debidamente protegidos bajo la Ley Federal del Derecho de Autor. Para su reproducción total o parcial, favor de contactarse a: redaccion@whiskyenlasrocas.com