lunes, 25 de junio de 2012

¿Es esto vivir?



No acostumbro andar en grupo, pero uno fue llamando a otro y acabamos siendo más de diecisiete. Entre ellos estaba Sara. Todos estábamos metidos en casa de Sara. Sara me llamó al móvil y dijo que aquella noche no podríamos salir juntos; daba una reunión. Dijo que el único modo de vernos sería que yo fuese a esa maldita reunión. Lo dijo con cuidado, se sabía la aberración que tengo a las reuniones. Soy un tío solitario. Pero principalmente soy un tío al que le toca las bolas el bullicioso cuchicheo que la gente llama conversación.

 La cosa era en sábado y yo tenía dos opciones: pasar el sábado acariciando botellas, o soportar el gentío de los amigos de Sara y al final, como premio, acariciarla a ella. Tardé mucho tiempo en decidirlo. Al final lo hice: llamé a Sara y le anuncié que estaba de salida a su casa. Para consolarme exclamó que serían tan solo un par de amigos o dos, y que el telón caería temprano. Incluso pensaba que yéndose todos ella y yo podríamos hacerlo. Claro, exclamé, claro. Aquello no se ponía en tela de juicio; no iba a desplazarme desde Tlalpan Centro hasta La nuevo México para… para nada, Dios. Me puse la chaqueta, cogí los cigarrillos y me salí.

2

Todo lucía bastante bien para ser verdad. Estaba Sara y una un pareja de amigos suyos lo bastante aburridos como para pasar de la media noche bebiendo y hablando de política. Daba la impresión que se irían en cualquier momento. Sara los escuchaba entre bostezos y ellos lo sabían: la cosa no podía extenderse más. Habían agotado la conversación en menos de tres horas porque a decir verdad, no tenían conversación. Repetir las cosas que transmiten en televisión, esa era toda su conversación. Algunas veces estaban a favor o en contra, y eso era todo. Apuesto que la misma Sara se arrepintió de haber invitado a estos. Por mi parte bebía sin pensaren ellos. Si se dirigían a mí asentía con la cabeza aunque no hubiese escuchado lo que decían. Obtuve algunas exclamaciones por esto; en algún momento asentí que yo estaba a favor de la Derecha, y todos brincaron. Mi declaración fue lo más estimulante de la velada. Luego, cuando Sara me aclaró lo que sus amigos quisieron decir, me retracté y todo regresó a su lánguido cause original. Bebía y rogaba a Dios que esto acabara.

  Fue cuando el chico, Roberto, se levantó de la mesa con intención de irse, que sonó el móvil de Sara. Era Fernando, todos lo escuchamos, Sara exclamó: ¡Fernando!, ¿qué pedo?, ¿cómo has estado? Entonces Roberto sonrió y le dijo a su pareja, que era una chica bastante vulgar: es Fernando, un tipo increíble que siempre tiene la mejor música y la mejor… Aquí se cayó pero todos lo entendimos, este hijo de las mil putas se creía que yo era pendejo. Ya me sabía la clase de drogatas que frecuentaba Sara y no me sorprendía. Yo mismo le había cambiado los calzones cuando se orinó sin darse cuenta por meterse tanta droga.

 En silencio, escuchamos la conversación entre Sara y  el tal Fernando. La escuchamos decir que estaba en casa, con Roberto y su novia Adela, bebiendo. No me mencionó. No dijo: además está mi novio. La escuchamos decir, sí, sí, y aquí te espero… Tan cerca que estaba de la tranquilidad de acostarme con Sara y ahora esto, pensé.

 Cuando Sara nos lo anunció, Roberto y su novia dieron un brinco y se pusieron de ambiente. La venida de Fernando significaba drogas. Y todos en ese grupo de Sara amaban las  drogas.

3

Fernando no llegó solo, venía con un grupo de tres o cuatro, y llegaron tan prendidos que puede decirse que aquí la reunión se tornó fiesta. Sara los hizo pasar e inmediatamente pusieron música y se pusieron a bailar. Además de drogatas eran marica. Bailaban esa música electrónica de bar gay. Yo estaba que me cagaba del coraje. Todo lo que deseaba era follarme a mi novia en la calma de la intimidad. Y sobre todo, que no se drogara porque aquello le hacía ponerse de un humor… Muchas fueron las veces que no pudimos hacerlo porque tuve que cuidarla. Bajo el efecto de aquellas drogas era capaz de salir en bata a la calle y gritar All you need is love. Alguien debía ir tras ella, joder, al menos para evitar que la violaran.

 Sara no se tomó la molestia de presentarme. Supongo que ella lo sabía y prefería evitar el choque. Esa gente y yo éramos un choque. Incluso llegué a pensar que Sara y yo también. ¿Cómo es que salgo con esta mujer?, me pregunté. No podía creer que aquel viaje a Cuernavaca hubiese dejádome esto. Una jebita tremenda en todos los sentidos. Sara era guapa y era una bomba. Ambos teníamos menos de veinte años, pero ya se veía que íbamos por caminos muy diferentes.

 Una cosa lleva a la otra, y una llamada lleva a la otra. Uno a uno los amigos de Fernando, y Fernando mismo, aprovechando la situación fueron llamado a más y más personas. Era como un llamado de la selva: amigos, hemos encontrado un oasis en el desierto, vengan todos, joder. Hay música, hay drogas, hay sexo. Y vaya que hubo sexo, pero lo que es yo…

 La casa se pobló de gente de todas las edades. Incluso llegó uno que tendría pasados los cincuenta. Era calvo y era torpe de motricidad. A pesar de ello, miraba el culo de las mujeres como el más joven de los imberbes.

 También llegaron los homosexuales, que siempre eran mayoría en las fiestas de esta clase de gente. Yo fumaba cigarrillos en el patio de la casa, alejado del bullicio, y preguntándome qué pecado cometí para merecer esto. Había hombres besándose en el sofá de la sala, y maricas llamando a otros maricas por celulares. Podías escucharlos hablar en esos tonos gangosos y melosos que hacen cuando hablan con uno de los suyos, y decirse que estaban calientes y fugases. Podías oírlos hablar e invitar a más y más gente. Podías verlos, Dios, arrastrase unos a otros hasta el cuarto de baño y entrar en parejas y en tríos y… podías verlos drogarse y bailar y gritar que eran las reinas de este carnaval…

 A la que no podías ver es a Sara.  En medio de tanto ruido y de tanta gente la perdí de vista. Primero no me importó demasiado, aún tenía mi tabaco y mi alcohol y podía soportarlo. Era cosa de beber y de fumar al tiempo que pensaba en otra cosa. En que todo esto debía terminar algún día. Que toda esta gente no podía permanecer aquí el resto de sus vidas. Y que incluso así, siendo homosexuales y drogatas, el resto de sus vidas no podía ser mucho tiempo. Incluso me sorprendería poco que uno de ellos muriese aquí, justo ahora. De un paro cardiaco, de una hemorragia interna, de tropezarse en las escaleras.

 No hablé con alguien y nadie intentó hablarme si quiera. Yo debía ser para ellos el molesto novio de Sara. Y todos debían preguntarse como ella, siendo bonita y siendo como era podía ennoviarse con alguien como yo. Con alguien que abiertamente prefiere pasar la noche en un bar de mala muerte, en un bar solitario, bebiendo y leyendo, que en una fiesta como esta. Alguien que incluso prefiere pasar la noche leyendo en una celda que en una fiesta como esta. Con alguien, al que, escándalo para ellos, la moda le importaba un rábano y podía salir a la calle con pantalones caqui y zapatos de cuero negro. Yo mismo no lo sabía, el cómo, y no me interesaba descubrir el hilo negro de nuestra relación. Sara tenía un buen culo, era menor a mí, y estaba conmigo, es todo lo que yo necesitaba saber para sonreír en medio de esta tormenta.

 Recuerdo que la vi un par de veces.  En la primera se acercó a mí, me tomó de la mano y me besó en la boca. Yo le tomé el culo y le pedí que fuésemos a su habitación, que nos olvidáramos de todo esto e hiciéramos el amor. Pero movió negativamente la cabeza y exclamo que no todos los días se vive algo así. Ya, dije, por fortuna no. Pero Sara pensaba diferente, se alejó de mí con una sonrisa y desapareció.

 No me abatí, me dije: ella vive su vida y no puedo evitarlo. Si Sara fuese a una velada con mis amigos lo pasaría igual de mal. Sí, me dije, lo pasaría igual de mal… Y me embuché un trago de cerveza. Es todo lo que podía hacer en una situación así. Emborracharme y olvidar que dentro de mí existía el deseo de follar. Si lograba olvidarme de ello quizá comenzaría a ver las cosas de otra manera. Si quería que todo el mundo se largase era principalmente porque deseaba follar. Que me devolvieran a mi novia y que me dejaran hacer con ella lo que Dios manda: poblad la Tierra.  

 Estuve a punto de lograrlo, eso de olvidar mis deseos. Decidí jugar al zen. Tomé una silla del comedor y la saqué. La instalé en el centro del patio y me senté allí, a fumar. Serían las tres de la madrugada y había una luna llena. Me hubiese gustado tomar a Sara de la mano y mirar la luna. Decirle: no es tan bella como tú. Me hubiese gustado recitar un poema. Pero definitivamente Sara no era ese tipo de mujer. Sara estaba dentro de la casa, bailando y haciendo quién sabe qué. Y yo estaba allí, en medio de la oscuridad del patio, sentado en una silla, fumando un cigarrillo y tratando de arrancarme los instintos.

4

La segunda vez que la miré fue la última de aquella noche. Si me lo hubiesen advertido, Dios… No pudiendo mantenerme más en aquella silla, decidí darme por vencido. Sara no sería mía hasta el amanecer o el atardecer del siguiente día, y no había modo en el infierno de sacarla de aquello y llevarla a la cama. Al menos no para mí. Yo era su novio pero no estaba en el juego. Me levanté y me metí a la habitación de Sara. Una vez dentro me confesé derrotado y ebrio. Me acosté sin quitarme la ropa e intenté dormir.

 Al poco tiempo entró Sara. Sin embargo, no lo supe hasta que la vi. Escuché el ruido de la puerta abrirse y me levanté. Ella no se enteró que yo estaba dentro, hasta que se lo pregunté. Le pregunté: ¿Sara, eres tú? Aquí hubo un brinco de su parte. La cosa no es que fuese Sara, la cosa es que era yo. Sara había entrado pero no lo había hecho sola. Cuando la enteré de mi presencia, casi se muere. Sara estaba engañándome de dos maneras. Había entrado a la habitación cogida de la mano de otra persona, y esa persona era mujer. Yo lo había mirado a pesar de todo, de la oscuridad y de la embriaguez. Estaban cogidas de la mano y no iban a mentirme. Habían entrado allí para acostarse juntas.

 Sin embargo, dijeron que no. Sara, una vez pasado el susto, me presentó a su amiga y se excusó diciendo que la había traído aquí porque sentíase mal y requería dormir un poco. Vale, dije, si quieres salgo de la habitación... No es necesario, dijo la amiga. Yo me acostaré acá. La habitación de Sara estaba amueblada con un par de camas y en una estaba yo. En la otra, se acostó la amiga de Sara siguiendo con el juego del dolor de cabeza. Lo hizo como un robot. Supongo que le apenaba que yo supiese que ella… Sara quedó de pie, en medio del cuarto. Vale, dije, esta casa es tuya y ya me voy. Acto seguido, salí de la cama y caminé a la entrada de la habitación.

 Pensé que lo haría, pensé que Sara me detendría y me ofrecería disculpas. Pensé que no iba a dejarme ir antes de la salida del sol y estando tan lejos de casa. Pensé que al final se acostaría conmigo. Pero no lo hizo. Se quitó de en medio para que yo pasara. Sin voltear a mirarla, le dije: adiós. Sara no contestó.

 5

Bueno, otra vez estaba en esa maldita fiesta. Mientras tanto, mi novia se acostaba con una mujer. Supongo que eso es para pegarse un tiro, pero… vamos… Sara nunca fue mía. Sara tenía dieciséis años y estaba jugando al juego de la vida. Experimentando en carne propia lo que significa vivir. Yo no podía detenerla, decirle esto es bueno y esto malo, ni hacerla cambiar de parecer. Yo mismo no sabía a ciencia cierta qué sentía por ella. Podían quitármela y no lloraba, ¿es eso amor?,  ¿es eso deseo sexual? Podían quitármela y no luchaba, ¿es eso valor?, ¿es eso cobardía? Podían quitármela y al instante siguiente ya comenzaba la búsqueda, ¿es eso cinismo?, ¿es eso capacidad de adaptación?

 Entré a la sala de la casa, que era el ojo del huracán, y me senté en un sofá. Allí, encendí un cigarrillo, y todos me miraban como mirarían al padre de Sara. Con la pierna cruzada, dejándoles ver mis zapatos feos, me planté allí, sabiendo que todos sabían que mi Sara estaba con otra mujer, y que a mí no me importaba. ¿Es esto libertinaje?, ¿es esto coraza del corazón?

 Después de impresionarse por mi llegada, la fiesta siguió su ritmo porque el mundo gira, con o sin nosotros.


11 comentarios:

  1. Alejandro Toribio Sánchez26 de junio de 2012, 0:58

    Excelente!!
    Muchas gracias!

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  2. Elli Castillo Torres26 de junio de 2012, 0:59

    gracias muy lindo

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  3. efectivamente, eso no es vivir: hay que sentir algo

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  4. Excelente!!! ♥

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  5. Ruth Ana López Calderón26 de junio de 2012, 13:25

    Tan veraz como la vida misma....gracias por compartir ese texto de Martin Petrozza

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  6. no es vivir, .... es beber... jajaja

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  7. Muy bueno, lo lei completo, entretenido.

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  8. Joel Cuevas Téllez27 de junio de 2012, 22:14

    pues sí..."el mundo gira con o sin nosotros".

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  9. órale que intenso…..

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  10. Vladimir Olinobich27 de junio de 2012, 22:17

    Buen relato...

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  11. Fluye con mucha naturalidad. Su franco discurso hermana al lector con el protagonista. Enhorabuena. Las palabras finales redondean muy bien el relato. !Que giren la vida y la ficción!

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