viernes, 22 de junio de 2012

El visitante del dormitorio.


Texto por: Rodrigo Revilla

A la una de la tarde, Eugenia regresa a casa. Su marido Pepe ve un programa de televisión con una bandeja repleta de palomitas de maíz en su regazo, la cara cuadrada y sumida en la negrura de la barbilla en el cuello, sus dedos gruesos y miembros, tanto inferiores como superiores, cortos.

_Al fin estás aquí- dice Pepe.

Los ojos caoba de Eugenia se posan directo en su esposo, desparramado en el sillón.

_Mucho trabajo, amor- responde la mujer.
_ ¿Sí? No te creo-

Pepe se aproxima a Eugenia, le rodea, le huele, un aroma de perfume masculino.

_ ¿Un hombre, cierto?, ¡¿Quién es?!- Pepe exclama.

 Eugenia se cubre los oídos, quiere refugiarse en la cocina, ella corre, entra a su dormitorio, ya no en la cocina, pone cerrojo a la puerta y retrocede, agitada, deja en la cama su bolso de mano, rebusca entre la parafernalia su teléfono móvil, en eso, un golpe en la puerta, luego otro y otro.

_Abre, o te mato, maldita.

 Un segundo y deviene un golpe, Eugenia tiembla, sostiene el móvil, marca un número, la casa de su amiga Carmen, tal vez podría dormir unos días en su residencia en la Molina, otro golpe, más fuerte, Pepe encolerizado, derrocado por la fluidez de su irritación, la rabia de un mamífero retribuido.

_Anda, abre.

 Carmen no contesta la llamada. Eugenia deja el teléfono, maldice por lo bajo, acto seguido, extiende un cajón de su velador de noche, lanza unos papeles al aire y debajo de todo, los documentos de oficina, las fotografías, reluce el metal de un revólver, el peso del arma, el frío del calibre, tiene ahora dos balas. “Piensa, querida Eugenia, piensa, si Pepe no logra tumbar la salida, no dispares, puede que se tome su tiempo y se mansee. ¿Pero si no? ¿Si destroza la puerta?” Dios santo, otro golpe, en un instante, el silencio previo y la calamidad a la cual se le da la bienvenida. Pepe ingresa, se excede en unos pasos, Eugenia apunta el cañón, sin mirar, presiona del gatillo, dos veces, el sonido de la bala que produce la pérdida de audición por unos segundos, Eugenia contempla el cadáver de Pepe, los hoyos de sangre, el pronto hedor de la putrefacción. 

 ¿Qué hará? Empacar un libro edición de bolsillo, una navaja, un repelente, el ladrillo móvil, un sobre con billetes verdes y el monedero cargado de centavitos, mil quinientos soles en efectivo en billetes de a diez, el revólver y sale. El adiós al muerto, ella ni siquiera se motiva, no llora, ni se lamenta. En la calle deambula, dobla en la esquina, dos niños jugando a los carnavales, una pareja que tal vez se irían a la playa, a la costa verde. Eugenia descansa en un paradero frente a un parque y detiene un bus, llévenme a la avenida Arequipa, pasaje señorita, bajo avenida Aramburú, un caos resuelto, un número de gente reducido, un edificio gigante en la esquina, entra a la recepción, el elevador al piso doce, el apartamento 1203, las luces amarillas en el techo del pasadizo, una ventana al final, toca la puerta con los nudillos, alguien abre, un hombre caucásico, ojos verdes y cuello largo, de pecho y espalda agrandados, su voz monocorde, habla lento, presenta sus cuarenta y pico y en compañía de una joven como Eugenia, se siente afortunado, la lotería en sus manos.

_Lo maté.- dice Eugenia, no distingue las palabras, el artículo y el verbo de modo pasado- lo maté.

Se desploma en los brazos del hombre.

_Eduardo, no debí, no tenía otra opción.
_Hiciste bien, pequeña, venga, almorcemos juntos.- la invita Eduardo.

 Después del banquete de cerdo en trozos y ensalada de col con bebida de extracto de maracuyá, un racimo de uvas y Eugenia le relata el infierno.

_Me persiguió, quería hacerme daño.

A las siete, el avance del noticiero, un hombre encontrado muerto en su domicilio, se escucharon disparos. Eduardo trae una copa con champán, brindan, por el muerto, chocan los cristales.

_Iré al trabajo, querida, olvidé unos documentos en la oficina.- le informa Eduardo.
_Descuida, dormiré en unas horas, veré un programa en National Geographic, ese James 
_Cameron le apasiona el océano.- responde Eugenia.

 A las nueve se da una ducha rápida, lo acogedor del cuarto de servicios, el jacuzzi espléndido, el agua que adormece sus sentidos, Eugenia, desnuda, se mira al espejo, sus ojos castaños, su cabello negro, ondas en sus hombros, se cubre su intimidad con la toalla, afuera en la sala sobresalen unos cigarrillos, una cajetilla roja, al lado un encendedor, dispara el humo del tabaco al aire moribundo del exterior, mira la ciudad de Lima en la noche, los puntos encendidos que son autos que aún se maravillan en el espectáculo macabro de la metrópoli, el color del cielo en el horizonte oeste, cuando el sol se ausentaba, en una estela cálida, morada, amarilla, y finalmente, un azul recóndito.

 Se ahuyenta de las turbaciones de su mente, se entrega a la frigidez de las sábanas, no concilia el sueño, al principio, un recuerdo de su madre antes que falleciera, le decía que no jugara a ser la niña atractiva, que hay muchos hombres con malas intenciones, jamás le hizo caso, incluso ahora, en el presente, Eugenia es una de aquellas mujeres de tanta codiciada reputación, dinero estable, hombres a sus pies rogándole su cuerpo intacto. Sabe que eso está mal.

 Cuando por fin ilusionaba entre el mar del inconsciente, un tañido bajo le destruye su paraíso ficticio, es el despertador, marca las tres de la mañana. ¿Y Eduardo? Eugenia intenta erguirse un tanto, se aferra a las sábanas como si fueran estas un escudo ante el grito de la oscuridad que en la cual se enreja. Descubre una sombra, la silueta de un hombre sentado en una silla, pegada a unos centímetros de la cama.

_ ¿Eduardo?, ¿Eres tú?- pregunta Eugenia.
_No sabes cuánto me encanta verte dormir. Incluso hablas. Es tan… provocador.
_ ¿Eduardo?, por favor, no me asustes.
_No, no soy Eduardo, mi amor, soy otra persona, Eduardo todavía no ha regresado, y tampoco creo que lo haga, a menos que…- el sujeto muestra un arma, mediana, cabe en la palma de su mano- a menos que…

_Espera un momento- suplica Eugenia- no me mates.
_No mi amor, no te asesinaré, si eso es lo que piensas, yo no mato así con balas, ni pistolas, ni nada por el estilo. Lo que a mi gusta es examinar a mujeres como tú, tan bellas y apasionantes, sin juzgarlas y conocerlas para así experimentar con ustedes.
_ ¿Cómo entraste aquí?- interroga Eugenia, su voz entrecortada por el miedo que engulle.
_Que curioso- el ser comienza a dar vueltas en la habitación- nadie me había preguntado eso, querida. No concluyas, es claro, en que te vaya a dar la respuesta exacta, ¿verdad? Es preferible que ni intentes mover un dedo para defenderte. Si no- mueve el arma- ¡pam!

Eugenia no responde. Parece notarse el amago de una sonrisa en el hombre.

_Bien, si no hay más que hablar, este humilde compañero de dormitorio se retirará. Que te va… nos veremos algun día, cariño, hasta luego.

 El individuo se ausenta del apartamento, toma el ascensor, presiona el botón uno, cuando se abren las puertas en la recepción, una mujer de uniforme le asiente con la cabeza, el hombre le devuelve el gesto con un guiño de ojo, continúa evadiendo el lugar, abre la puerta del edificio, le ofrece unas monedas al guardián de la entrada, este le agradece, espera un automóvil, uno frena con delicadeza, el conductor tiene un sombrero negro, el fulano se sube al asiento trasero, cierra la puerta, el coche toma una ruta placentera en la avenida Arequipa, luego doblaría a la derecha en Angamos con dirección al corazón de San Isidro.
En el apartamento, Eugenia bebe una taza de café caliente, enciende la televisión, reportajes matutinos, más muertes y suicidios. Se paraliza antes de oprimir el botón rojo del control remoto. Luego… lo hace.

 En el taxi, el hombre escucha el estruendo de una detonación, hueca, el auto se mece un segundo. El hombre le dice al chofer que continúe el camino, que si era mejor acelerar, y devorar el tiempo, tendría todo el derecho de cometerlo. En un maletín de cuero, el sujeto extrae la fotografía de una mujer de labios pequeños pero que, sin duda, eran un bocado para machistas como él. Al pie de la imagen se revela su nombre: Romina. Vive a tres cuadras al sur del hotel Los Delfines. Iría a visitarla esta noche. 


Texto por: Rodrigo Revilla

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