viernes, 18 de mayo de 2012

Potranca.


Texto por: Moreno Marín.

Fabio conduce su tráiler sin parpadear, un descuido y no la cuenta.  Conduce de noche. Las luces de los autos que vienen en contrasentido lastiman su vista.  La luna platea la carretera.  Fabio, el Potranca, como suelen decirle sus compañeros de trabajo, siempre mira de reojo las líneas blancas de la carretera, hipnotizan –dice– lentamente y cuando menos lo sientes te tumban. Las direccionales de los autos que van delante son del color de la sangre, son los ojos de la muerte, él siempre se mantiene a distancia.

     Habían pasado más de seis meses desde la última vez que había visto a su familia y mientras conducía los recordaba, más de lo normal, en la infinidad de las carreteras. Solía comentar con sus amigos: los viajes en solitario dan tiempo para maquinar, para reflexionar. La soledad es una autopista sin autos y cuando vez uno, quieres subirte para huir. Tenía prisa por llegar a casa. El cumpleaños 6 de su hijo el menor era al día siguiente, le llevaba un par de tenis y su primer balón de futbol. En el tablero de su cabina, al centro, había pegado las fotografías de su esposa y sus tres hijos, para tenerlos presentes; cada vez  que iniciaba un viaje se persignaba acariciando el escapulario colgante pidiendo lo mejor para su prole. Si el traslado era nocturno siempre le pedía a su amigo el chiapaneco que le prepara un par de litros de café para ir bebiendo durante el camino; sin embargo, está vez su café se lo había confiado a las cocineras de la cachimba.

     El potranca dejaba a sus compas en lo más intenso de una lucha sindical; aun así, en la asamblea general le concedieron permiso para ausentarse por tres días. A pesar del permiso, conducía inquieto por su futuro y el de sus camaradas a los que había defendido hasta con su humanidad.  El emplazamiento de huelga de la compañía de transportes en la que trabajaban ya tenía fecha, querían mejores condiciones de trabajo, pero su patrón se las negaba. Durante semanas completas realizaron todo tipo de manifestaciones para ser escuchados, algunos medios de comunicación los tomaron en cuenta a raíz de una huelga de hambre, previa a la huelga general, por parte de unos compas quienes al final fueron hospitalizados por desnutrición. Solo así el dueño de la compañía accedió a  negociar el pliego petitorio. Las reuniones entre sindicato y empresa duraron un par de semanas, el patrón nunca se presentó, mucho menos mandó una carta o algo parecido que indicara su buena voluntad. El Potranca lo consideraba una falta de respeto e indignado llenaba de motivantes discursos a sus camaradas, recordándoles los raros accidentes que habían sufrido otros a manos de las golpizas propinadas por los esquiroles, contratados por el patrón; siempre mencionaba a los mecánicos apodados los chilangos, quienes se habían vendido por una miserable cantidad de dinero repudiando ese camino; mención aparte tenía su mejor amigo el chiapaneco a quien le habían mentido diciéndole que su familia había dejado Chiapas para irse a los estados unidos, por lo que dejo el movimiento para ir tras su familia. El Potranca sabía que el dueño estaba haciendo su trabajo, los estaba dividiendo.

     Después de dejar la cachimba, primera parada casi religiosa para todos los choferes de la empresa, el Potranca recordó lo raro que se había comportado la dueña, temblorosa, como si le quisiera avisar de un peligro próximo. En la entrada chocó con dos tipos a los que reconoció: eran gente del patrón. Pidió el café que había encargado. La dueña con sus pequeñitos ojos de administradora nocturna, casi le arrebata el termo; sin embargo, en ese momento por sus prisas, el Potranca le dio poca importancia y se dirigió al altarcito para persignarse, entonces reinició su viaje. Después de unos kilómetros, ya en la autopista interestatal, le dio el primer sorbo a su bebida, no le supo a café. Al poco rato una rara sensación de abatimiento, de cansancio, lo asaltó. Solía seguir las reglas al pie de la letra, sobre todo cuando se trataba de las reglas para conducir de noche. Una de ellas era salir a carretera completamente descansado. El era un tipo fuerte, robusto, por lo que su debilidad no era normal; además comenzaba a intrigarle la suavidad del motor, era como si las llantas rodaran sobre terciopelo. Jamás en sus 30 años de chofer le había sucedido algo parecido. De pronto, sin darse cuenta, las luces en contrasentido comenzaron a mal planear por todos lados, veía neblina. Las luces rojas a las que siempre veía como los ojos del mal, crecían titilantes. Las líneas blancas de la carretera entraban punzantes en su cerebro. El Potranca comenzó a perder la voluntad rápidamente, se esforzaba demás para mantenerse firme. En otras circunstancias hubiera reaccionado y detenido su máquina; sin embargo, poco a poco sus músculos entorpecían. El sonido alargado de un claxon sonó al canto de una paloma acurrucada, quiso mover sus pies, su cuerpo, pero como si estuviera atado o pegado al asiento no pudo. Sus ojos se cerraban, como pesadas cortinas de acero, rápido, de golpe: cayeron. El chiapaneco intentando sacar el cuerpo de sus hijos, ahogados en el río bravo; los chilangos riendo a carcajadas al lado de los esquiroles, bebiendo aguardiente barato y portando un termo a manera de trofeo; un cerdo rosado y gordo, comiendo desesperadamente dinero; su hijo, feliz corriendo tras el balón. Todas ellas fueron instantáneas antes de perder el conocimiento.

     En algún parque de la ciudad de México un pequeño de seis años corre feliz tras su balón. Es un balón nuevo, también sus tenis son nuevos. Se detiene, mira atrás y le grita a su mamá: ¡Mamá, mamá! ¡Mira voy a meter gol ¡Voy a meter gol! Su madre sonríe, el niño va por su balón para seguir pateándolo, despreocupado. El niño le recuerda a su marido: obstinado, rebelde como un caballo salvaje. También reflexiona sobre su vida, la de su pequeño y la de sus otros dos hijos. Vive bien, no se puede quejar, su esposo no la dejó desamparada. La compañía aseguradora le pagó lo debido, el fideicomiso sindical fue generoso y los compañeros y amigos de Fabio la apoyaron económicamente. Su hijo el mayor, fue incorporado a la empresa en la que laboraba su padre, como socio de la misma. Un sindicato de trabajadores de autotransportes, por otro lado, había conseguido después de seis meses de huelga, la potestad de la nueva cooperativa, la cual denominaron en honor de su amigo y líder “Servicios de autotransportes La Potranca del Norte”.



Texto por: Moreno Marín.




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