viernes, 11 de mayo de 2012

Es lo que se merecen.


Texto por: Carlos Luna.


Efraín aceleró. Al calcular que no alcanzaría a cruzar la avenida con la luz del semáforo a favor  aminoró la marcha. Se detuvo al costado de un kiosco de revistas. Lola, sentada en el asiento del copiloto, introdujo la mano en su bolso de mano buscando el lápiz labial.

-Es lo que se merecen. 
-¿Perdón? 

     Lola siguió con la mirada el dedo de Efraín que señalaba el titular de un periódico. “JUDICIAL MATA A DELINCUENTE” Lola observó  la fotografía de  media página que había debajo del encabezado. En ésta, un microbús estacionado como fondo y en primer plano el cuerpo inerte de un joven. Un brazo extendido empuñaba un arma y el otro reposaba doblado junto al pecho. Lola pensó en la muerte, en el dolor que produce la muerte en los que siguen vivos. “Es lo que se merecen”, repitió Efraín poco antes de que la luz del semáforo cambiase y su pie presionara el acelerador. Por la ventanilla, Lola observó el cielo repleto de nubarrones. “Caerá un aguacero”, pensó. 

-¡Esos hijos de puta! -soltó Efraín- ¡Cristo!, ¿es que no pueden ganarse la vida decentemente? 
-Con esta crisis, cualquiera…
-¡Y una mierda la crisis!, nosotros también la sufrimos pero no agarramos una pistola para joder a la gente.

     Lola giró el rostro hacia la ventanilla. Observó las nubes, ninguna de ellas coincidía en forma y sin embargo lo hacían en espesor y grisura. El sol no se veía. Ella sabía que ahí estaba, aunque escapara a su vista debía estar por algún lado. En ocasiones tenía la sensación de que con Dios era igual, -claro, jamás lo había visto-, pero tenía la sensación de que al igual que el sol, Dios se escondía detrás de algunos fenómenos meteorológicos.

     Efraín viró un par de cuadras antes para evitar las obras viales de Anillo Periférico con sus segundos pisos y sus ejércitos de obreros arrastrando vigas de acero, con sus grúas levantando enormes ballenas de concreto, con su  escándalo de taladros hidráulicos.  Tendrían que dar un largo rodeo por avenida Gustavo Báez, allí también había obras, pero aún no eran tan caóticas. Toda la maldita ciudad estaba en obras. El gobierno tenía la seguridad de que invirtiendo en obra pública reactivaría la economía; acrecentar la deuda interna y gastar el erario público en varillas y concreto era su brillante solución. 

-Llegaré un poco tarde -dijo Efraín.
-¿Horas extras?
-Sí.
-Supongo que será igual que las otras veces.
-Ya sabes.
-¡No puedes estar regalando tu trabajo!
-¡Jesús, Lola!, ves cómo está la tormenta y aún así…
-¿Al menos prometieron pagarlas?
-Sí.

     Efraín detuvo el auto y accionó las intermitentes. Lola miraba su rostro en el espejo de bolsillo, guardó el lápiz labial y el rímel. Le dio un rápido beso en los labios a Efraín.

-¿Tendrás? -preguntó Lola.
-Pensé que tú.
-No, tampoco, aún no.
-Ya tiene más de dos semanas.
-Lo sé. Veré que hoy puedan adelantarme algo. ¿Seguro?
-Sí, no tengo…, espera -Efraín bajó la visera y extrajo un billete del espejo de vanidad.
-No, déjalo ahí.

     Efraín miró el cuerpo de su mujer alejándose. Le gustaba como se le ceñía el vestido a la cadera. Después observó el medidor de gasolina, la aguja estaba cerca de llegar a la reserva.


-¡Pero qué frío hace! –masculló la gorda detrás del mostrador de recepción.
-Sí, es terrible, es probable que llueva -dijo Lola, observando su reloj.
-No te impacientes, no tarda en recibirte. 

     Sonó el teléfono y la gorda tomó la bocina. Lola regresó a la lectura del libro; le gustaba la trama, la forma en que el autor desarrollaba sus  personajes. “Si la vida fuera así. Sería maravilloso que una pudiese manejar su vida como lo hacen los escritores con sus historias”, pensó.

-¿Gustas? -preguntó la gorda extendiendo un sobre con galletas.

     Lola alzó la vista y negó con la cabeza. Regresó a la lectura pero le distraía la gorda. Escuchaba clarísimo como crujían las galletas al ser masticadas. Podía ver por encima del libro las mandíbulas de la gorda subiendo y bajando, aún no terminaba de comer una galleta cuando introducía la siguiente, cada que entraba una nueva galleta Lola podía ver la oscura masa de galleta impregnando los dientes: Saliva, pasta de galleta, encías, lengua, dientes. “¡Es repugnante!, es como si toda ella estuviese diseñada para tragar”, pensó.

-¿Sabes?, me caes bien, a leguas se ve que eres una buena persona- comentó sonriendo la gorda. Lola le devolvió la sonrisa.

     La oficina tenía un aroma desagradable, igual al del agua estancada. Lola estaba acostumbrada a ver una computadora nueva en el escritorio. El ingeniero cambiaba todos los años su computadora, cada dos años había un nuevo escritorio ahí. Ahora no; el escritorio y la computadora eran los mismos de tres años atrás. Objetos y personas tenían un aire de decadencia, y sin embargo: los políticos, los directores, los dueños de las empresas y todos aquellos que llevan las riendas del país se mostraban optimistas, no pagaban a tiempo e incluso no pagaban pero se mostraban optimistas. Hablaban de la recuperación, de que todo era una gripita sin importancia. El ingeniero abrió una gaveta del escritorio, extrajo un montón de documentos y se los ofreció a Lola.

-Necesito que me hagas los análisis de costos.
- ¿Ingeniero? -el Ingeniero la interrumpió alzando una mano, extrajo un cheque de otra gaveta y se lo entregó.
-Tiene fecha del siguiente lunes.
-Sí. Por favor, no lo cobres antes.

     Lola subió los cuarenta y cinco escalones que conducen de la puerta del edificio a su departamento en el tercer piso. Los contaba en forma descendente: “dieciséis, quince, catorce, trece” Era absurdo seguir repitiendo una dinámica infantil. Antes le parecía que tenía sentido; veinte escalones para salir al patio de recreo, cinco para acceder a la heladería, quince para llegar cargada por los brazos de Efraín al cuarto nupcial. Ahora sólo los contaba por contar, por hacer algo.   

-¡Mamá, mamá! -gritó José en cuanto Lola abrió la puerta del departamento- Diego rompió sus zapatos jugando futbol.
-Eso no te importa -chilló Diego, dándole un puñetazo en el hombro a su hermano.
-¡Basta!- dijo Lola y observó los zapatos de Diego. La suela estaba desprendida a la mitad – ¡Cámbiatelos!
-Voy a matarte- le susurró Diego a su hermano.
-¡Basta ya!

     Lola encontró a Jacqueline tumbada en la cama, el televisor parloteaba a todo volumen. En la pantalla unos chicos caminaba por el malecón de una playa californiana, llevaban el torso desnudo y musculoso, uno de ellos observó directo  a la cámara: un close up reveló unos rasgos perfectamente simétricos. Lola apagó el televisor.  

-¿Todo bien?, ¿te entregaron la lista de útiles de los niños?
 - Sí, tía. Y también encontré esto debajo de la puerta cuando llegamos -dijo Jacqueline entregándole las facturas del teléfono y el gas. Después tomó su chamarra y una libreta de la cama. –dice mi mamá que si puedes esperarla una semana con el dinero que te debe.
-Dile que está bien.
-Tía…
-¿Sí?
-¿Tendrás dinero?, el domingo salimos de excursión y necesito comprarme un traje de baño.
-Te doy mañana, ¿está bien?
-¿No podrás adelantarme algo?
-No, no tengo, te doy mañana.

     En la recamara los niños veían las caricaturas a todo volumen. Lola metió un par de zanahorias en el extractor de jugos,  el pequeño televisor de la cocina estaba encendido y en la pantalla aparecía el Presidente con su traje inmaculado; daba un discurso alentador en el que pronosticaba el fin de la crisis económica, después la imagen se disolvió y apareció el Secretario de Economía confirmando las palabras del Presidente. Llevan tres años diciendo lo mismo, pensó Lola. Después observó nuevamente al Secretario en la pantalla, se veía tan obeso, tan próspero. Apagó el televisor y accionó el interruptor del extractor, el jugo de la zanahoria se deslizó con pereza hasta caer en un recipiente. Una gota de agua golpeó el hombro de Lola. El techo de la cocina estaba hinchado de humedad y empezaban a hacerse constantes las goteras: necesitaba mantenimiento. Todo necesitaba mantenimiento, el departamento se estaba cayendo a pedazos. Lola estiró el brazo para tomar un vaso del estante superior y el botón de su suéter se atoró con el cable del extractor ocasionando que éste cayera al suelo y se despedazara con un golpe sordo. Lola dio un brinco hacía atrás y se recargó en la pared, miró los restos del extractor y el jugo de zanahoria deslizándose por el piso, caminando lentamente como una premonición. Lola puso una mano sobre su boca para evitar que se le escapara un grito. Pensó en el discurso del presidente y en los zapatos de Diego. Pensó en el dinero que necesitaba Jacqueline para el traje de baño. En las facturas por pagar. Pensó en las tarjetas de crédito saturadas. Efraín necesita un traje nuevo, había que pagar la tenencia del carro y la verificación, las letras del departamento sus hijos necesitaban útiles y ropa, ella necesitaba unas zapatillas e ir al dentista la computadora necesitaba actualizarse los artículos de limpieza se estaban agotando el cheque es posfechado a Efraín no le pagaban las horas extras el Secretario de Economía es gordo y opulento el traje del presidente es nuevo e inmaculado…“Es lo que se merecen”, pensó en el cuerpo del joven, en su brazo plegado sobre su pecho, en la pistola que aferraba inútilmente  su mano muerta, en la posibilidad que la familia de éste no tuviera dinero ni para comprar un ataúd.

-Si tuviera un arma –Susurraba Lola mientras recogía los restos del extractor- ¡Dios!, no sé qué haría si tuviera un arma.



Texto por: Carlos Luna.

9 comentarios:

  1. Esto esta bueno, podria decir que es parte de una nueva corriente de nouvelle roman latinoamericana muy a doc con la crisis existencial mexicana. Con el placer de conocer al escritor proclamo que este tipo de pensadores mas que pesimistas empedernidos son optimistas que tiene fe en despertar lectores con mentes prestas a mejorar. Felicidades Carlos.
    Guillermo Salgado (Mino)

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  2. WOW, MU BUENO, MUY CRUEL, MUY REAL...........

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  3. Me gusto, buena historia que nos ayuda para la reflexion en estos tiempos electorales. Nos invita a reflexionar lo que queremos y lo que nos merecemos como pais.
    Sigue escribiendo....
    Pavel Anduaga

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  4. descarnado, buen hilado ... el autor llegará a ser un escritor cojonudo

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  5. Anirak Louie Lome13 de mayo de 2012, 22:29

    Delirante ...

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  6. crudo... muy real... cruel...

    yo con la pistola, !se las metería por el culo a todos los políticos!

    buen cuento Carlos.

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  7. Disfrute mucho tu texto, que ingenio para enlazar en una historia a la política con una gorda; la frustración con los fenómenos meteorológicos y a dios con la grisura de las nubes
    Leticia CR

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  8. Un final muy poderoso!! Todavía siento un hueco en el estómago.
    Chido, Carlitos.
    Besos. Kat

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  9. Poderoso!!!!!!!
    Así es como los escritores jóvenes hacen que nos enfrentemos a nuestra realidad, y a través de los personajes cometamos errores para no cometerlos en el plano que afecte a otros.
    Por eso le urge leer a Peña!

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