jueves, 3 de mayo de 2012

El acto psicomágico.



Probablemente la gente esté dividida en personas de diferentes humores. Cuatro humores. O dividida en colores. Cuatro colores. O en personalidades. Cuatro grandes personalidades. Sin embargo, aquella vez fuimos dos personas divididas en dos polos. Yo, Salmoneo, en el polo de la introversión, la calma y la razón; y Petrozza, colocado y bien cimentado en el polo de la extroversión, la euforia y la locura.

 Decir que uno de esos polos es mejor que otro, sería decir demasiado. Adentrarse a la oscura caverna de la subjetividad. Es posible que un polo funcione mejor en ciertas circunstancias que en otras, o que cada uno sea bueno para metas específicas. Y contrario a la lógica, que supondría que ambos polos no pueden arrojar beneficios a una meta sola, Petrozza y yo, los polos opuestos, logramos un objetivo común sin dejar de ser cada uno, lo que cada uno es.

 Llegamos a alrededor de las siete de la noche a nuestro destino, que fue la casa de Estela Palafox. Una vez llegado, Petrozza daba la impresión de haber perdido todo el entusiasmo. Como un potente fuego que ha menguado sencillamente existiendo. No lo culpo, el viaje fue un viaje largo.  

 Bajamos del último autobús y caminamos algunas cuadras. Entonces, le dije: he aquí la casa de Estela. Petrozza la miró como si el fin nuestro fuese inspeccionar la casa. Dijo que era grande y que los colores le recordaban al pueblo de San Cristóbal de las casas. También dijo que toda la colonia, en general, le recordaba a un pueblo, aunque no al de San Cristóbal, sino a uno de Tlaxcala o de Puebla. Dijo también que su lugar favorito es Tlalpan, el centro, porque también es un pueblo, pero uno bonito. Lleno de magia. Aquí, dijo, se siente un ambiente de hostilidad, y si hay magia en este pueblo, deber ser negra. Petrozza siempre detonaba en mí el siguiente pensamiento: si no se tratase de mí, alguien más ya le hubiese partido la cara. Solía ser descuidado al hablar, opinaba sin mirar si su opinión podía ofender a alguno.

 Bueno, le dije, ¿y ahora qué? Ambos estábamos de pie, frente a la casa, que tenía las ventanas cerradas. Era una esquina, y nosotros estábamos del lado que tiene una puerta que da directamente al hogar. Del otro lado, estaba la tienda. Improbablemente Estela estaría en la tienda, que era la tienda donde yo trabajaba. Su padre, el señor Palafox era mi patrón. Yo estaba jugándome el trabajo y el amor. Sin la influencia de Petrozza jamás habría hecho lo que hice.

 Petrozza no respondió. Dio unos pasos y tocó el timbre. En aquel instante yo me sentí morir. En segundos, Estela estaría allí delante, sorprendidísima de verme a mí, de ver a Petrozza tomado (aunque nunca lo ha visto de otro modo) y de saber que vinimos a pedirle resolución inmediata y absoluta al respecto de nuestra relación. Metí la mano al bolsillo y agarré el poema. Sin sacar la mano. Lo apreté bien fuerte, y me aferré a él. Si todo salía mal, al menos podía darle el poema; apaciguar la ira de este yegua. Porque dentro de mí, no había esperanza de algo positivo en esta tarea.

 Abrió la puerta la señora Palafox. Me saludó con ánimo, pues me quería, y saludó a Petrozza, al que ya conocía y tenía por loco y bebedor. Lo saludó rápido, sin muchas ganas, y al final se dirigió a mí para preguntar qué quería. Antes de que le respondiera lo dedujo, y dijo: ahorita le llamo a Estela, está en su habitación. Petrozza dijo: sí, sí, eso. La señora lo miró, extrañada, y se metió dentro a avisar a su hija que afuera estaba Salmoneo y ese amigo suyo.
 Redoble de tambores en mi cabeza. El tiempo de espera se hace eterno. Lo acompaña un sentimiento de dolor.

2

Estela sale y sonríe. Me saluda como a un mejor amigo, y luego saluda a Petrozza. Lo hace estupendamente. Como si se conociesen de años o se llevasen bien. No se llevan mal, se han visto poquísimas veces, y solo yo sé que Petrozza piensa de ella que es boba, y ella no piensa algo de Petrozza.

 Estela no pregunta qué hacemos allí ni se sorprende. Me ha pedido tiempo y ha dicho que no desea verme, para aclarar las ideas y los sentimientos, pero no luce enojada. Pienso que debe ser por Petrozza, que está fingiendo. Que sería ridículo hacerme un teatro como los que suele hacerme, en presencia de un tercero. Solo yo aguanto sus juegos.

 Petrozza no dice algo, no actúa como el héroe que ha prometido ser. Entonces hago algo yo: pregunto a Estela si desea acompañarnos. ¿Adónde?, pregunta ella. A la heladería, respondo. La heladería es el único lugar al que ella y yo vamos; quizá sea el único lugar que existe en estas tierras. Estela lo piensa, estoy seguro que le molesta la idea de salir conmigo porque ha pedido tiempo. Pero está Petrozza. No quiere verse como una mala persona. Estela es como todos, le importa la opinión ajena tanto o más que la propia. Petrozza pregunta si no habrá otra cosa, un bar, por ejemplo, dice. Estela lo mira, esta vez deja entrever una veta de odio. Ella odia beber. Tratando de complacerlos a ambos, digo que él puede comprar una cerveza en la tienda y llevarla a la heladería. Estela opina que no, que es más sencillo comprar un helado y traerlo a la tienda, donde él podría beber su cerveza sin problemas. Petrozza está de acuerdo, expresa que no le llama la idea de ser detenido por un policía de este pueblo, ya que los policías están conformados por una de las castas más bajas del intelecto, y estando aquí, dice, debe ser mucho peor. Estela lo mira feo; está enojada solo por el hecho de que estemos allí, lo sé, y no importa cuánto empeño ponga en fingir.

 Estela pide tiempo, debe entrar por un suéter, pues es de noche y hace frío. Entonces lo noto, ¿un helado a esta hora con este clima? Pero ha dicho que sí.

 Cuando estamos solos, Petrozza enciende un cigarrillo y me dice: ya lo ves, no es tan difícil. Sí, respondo, pero aún no resuelvo nada. Ya lo resolverás, dice y me palmea la espalda. Esto me deja muy asustado, porque… lo hace, y dice: ya lo resolverás de un modo que me parece sumamente sospechoso.

 Desgraciadamente, mis sospechas son ciertas. Estela sale y Petrozza anuncia que ya podemos ir nosotros (ella y yo) a la heladería. Lo que es él se quedará. A beber. En la tienda. Con mi suegro Palafox, al que Petrozza agrada porque están igual de locos. Y por si fuese poco, suelta el comentario como guillotina sobre mi cogote: Salmoneo tiene algo que decirte y no quiero interferir. Estela pregunta qué, yo trago saliva y Petrozza dice: ya te lo dirá. Estela me echa una mirada peligrosa. De duda, extrañamiento y una mota de odio. Acto seguido me coge de la mano, con fuerza, y comienza a caminar. Petrozza nos dice adiós y se va a la tienda.

 3

Estela ordenó un helado de vainilla y yo uno de chocolate. Como siempre, con la diferencia de que esta vez no lo mezclamos ni comimos el uno del otro. Fue como comer un helado con un desconocido.

 Caminamos al parque y nos sentamos. Fue allí donde supe que lo que yo pensaba odio era miedo, y que Estela era buena. Al menos, sus intenciones eran sinceras y su indecisión verdadera. Preguntó qué era lo que deseaba decirle y respondí que ese Petrozza era un bromista, que no se trataba de algo serio. Que él hablaba por hablar. Sin embargo, Estela insistió, porque dijo creer conocerme lo mínimo para saber que había algo que inquietaba mi alma. Así, tuve que confesárselo.

 No queriendo enfrentarla directamente al rollo que me traía aquí, le conté poco a poco todo lo acontecido. Le expliqué el origen de mis pensamientos al respecto de su indecisión, y de cómo terminé en la Selva contándole a Petrozza lo pensado y lo sucedido en nuestra relación intermitente. Lo hice de tal modo que rió. Lo conté todo con gracia  y sin herir los sentimientos de ella, que como cada que la veía me hechizaba y me mantenía en un estado de aletargamiento, o de embobamiento, o de imbecilidad tan grande que si hubiese sufrido por culpa de ella un mal físico, verbigracia, quemaduras de tercer grado en la cara, la hubiese perdonado. Le platiqué del plan de Petrozza, con la intención de ejecutarlo ahora, pero de manera sutil y poco escandalosa. Le dije: Petrozza me hizo venir con la intención de pedirte una respuesta absoluta, pues le parece que yo he sido fuerte y amoroso al darte un sí irrevocable, y tú injusta al darme respuestas que se lleva el viento.

 Aquí Estela aguzó el instinto. Dejó de reírse (antes le conté de cómo Petrozza tenía encendida la llama de la pasión y me había hecho venir para esto: dejarme solo) y tragó saliva. Lo había entendido, el plan de Petrozza no había sucedido como él o yo lo imaginábamos, pero estaba pasando, y yo no había dejado de venir a ello. Quería una respuesta clara y absoluta.

 Frunció el entrecejo y dejó caer la mirada al suelo. El momento de la verdad había llegado. Yo estaba que me orinaba en los pantalones. Creía saber la respuesta, creía verla venir. Una negación rotunda y absoluta empujada por la fuerza de mi temeridad (en realidad la temeridad de mi amigo). Entonces alzó la mirada y la posó en la mía, y dijo: no, lo siento. Si lo pones así, debo decir que no.  

 No hace falta mencionar lo que sentí. La muerte es poco. Esas eran las palabras que supuse diría. Lo que afirmaba dos cosas, a saber, que la conocía y que no debí venir sabiendo lo que pasaría. Estela no es de las que se deja presionar. No cede. Además, presionar es negativo. ¿Por qué habría de hacerle algo así a ella que no había dicho no, sino pedido tiempo? Tiempo, me dije, eso es lo que ella quería y yo le he dado esto.

4

 Regresamos a la tienda, yo descorazonado y ella afligida. Allí estaba Petrozza. Bebiendo y platicando a lo grande con Palafox, que había desatendido la tienda con tal de exponer su nueva teoría sobre la inexistencia de Tiempo. Sí, sobre ello. Decía que el tiempo es falso, una ilusión medida por los movimientos, y que es la precepción exclusiva del ser humano por tener el cerebro que tiene, etc. Yo no quería escuchar hablar del Tiempo.

 Estela y yo entramos y Petrozza exclamó: venga, ¿y qué pasó?, ¿ya son novios de verdad? Hubo un silencio incomodísimo. Estela y yo sentimos helarnos la sangre, principalmente porque su padre no sabía algo al respecto de todo esto. Ella jamás le había contado de mí como su novio, ni imaginaba que un día su hija y yo lo fuéramos. Desconocía las veces que nos besamos en su casa y de las salidas los sábados.

 Palafox enmudeció y nos miró, sobre todo a mí, como si fuese uno de esos seres extraños de que tanto habla. Estela enmudeció y miraba a su padre, luego a mí, luego a su padre. Petrozza nos miraba a todos, uno a uno sin entender nada. Además, Estela se puso colorada. Esto, porque Petrozza la miró, buscando en ella la respuesta que no pudo decir con la voz. Y cuando la encontró, Estela enrojeció, apenada, pues sabía que él estaba de mi lado, y que al decirme a mí que no, Petrozza la juzgaría por dañar el corazón de un hermano.

 Petrozza fue el primero en romper la tensión, le siguió la plática a Palafox una vez entendiéndolo todo, es decir que Estela no regresó conmigo y que no debió abrir la boca. Le dijo: bueno, pues mírelo por usted mismo, da la impresión que se paró el tiempo. Palafox se llevó los dedos al bigote y dijo que sí, pero que ya debía ponerse a trabajar. Estala y yo suspiramos. Al menos esta noche su padre no haría algo.

 Petrozza, que sabía lo acontecido, saltó fuera de la tienda y tomó a Estela de la mano, y la sacó, casi la arrastró, hasta una esquina, dejándome a mí que lo seguí hasta donde paró. Estela estaba sobre excitada por ello. Si yo no logré sorprenderla, Petrozza sí, porque se mostró violento, aunque sin agredir. La tomó de la mano y la sacó, y se plantó frente a ella y la encaró. Yo les di alcance cuando Petrozza ya le había preguntado. Fue directo. Le dijo: ¿qué es lo que te impide ennoviarte con mi amigo? Por el semblante de Estela supe que Petrozza fue asertivo, pero no grosero. Estela respondió en automático, como si no pudiese resistirse a la pregunta, y como si no pensase. Contestó sinceramente, lo primero que pensó. Tajante, exclamó: ¡sí quiero!

 Yo no lo podía creer, es decir, no podía entender el sentido de todo esto. Hace menos de una hora que me había dicho que no, y ahora, a la pregunta de Petrozza respondía ilógicamente que sí, lo quería. Para cuando llegué y me vio, se apenó. Entonces Petrozza, viendo un rayo de luz en la oscuridad, comenzó a cuestionarla y a encajonarla. Le dijo: ¿tienes novio, amante, u alguno otro? No, respondió Estela, casi con vergüenza. ¿Es Salmoneo un buen amigo tuyo, una buena persona? Sí, sí, respondió Estela. ¿Te gusta?, preguntó Petrozza y aquí sentí miedo, quizá era eso, quizá ere mi físico el que le disgustaba y por lo que no podía decidirse. Sí, respondió tímidamente. Lucía como una niña de doce años. ¿Crees que no es sincero cuando dice que te ama?, preguntó Petrozza y Estala contestó que no, que por supuesto que creía en mí. ¿Te molesta que sea tendero?, siguió Petrozza, esta vez con una pregunta que tanto Estela como yo pensamos fuera de lugar. No, respondió ella, extrañada, claro que no. ¿Es violento, te pega, es alcohólico, ratero o un falso enamorado? No, no, no, respondía Estela ya casi cansada de seguir con esto. Petrozza no se rendía: ¿es malo?, ¿le huele la boca?, ¿no crees que es suficientemente bueno para ti? Estela, no pudiendo más, le puso un alto. Vale, dijo, está bien. No hay nada malo con Salmoneo, creo que es guapo (aquí enrojecí), es trabajador, un buen chico y no dudo que me ama como me dice amar. Incluso… yo… lo quiero, dijo ella. Petrozza alzó los brazos y estalló: ¿ENTONCES CUÁL ES EL PROBLEMA?, ¿CUÁL ES EL MALDITO PROBLEMA Y POR QUÉ LO LASTIMAS Y TE COMPORTAS COMO UNA VELETA?

5

 El acto psicomágico fue un éxito. Enfrentar a Estela con preguntas resultó una maravilla. Sobre todo que Petrozza le gritara. Es probable que nadie le hubiese gritado antes. Así logro ver el absurdo de su actuar. Ella misma confesaba quererme, no había un solo defecto que ella vislumbrara en mí, sin embargo, no podía darme el sí definitivo. No podía darme el sí sin arrancármelo la semana venidera. Dudas atormentaban su cabeza. Dudas sin pilares sólidos, sin bases. Sabía que yo la amaba y hasta deseaba estar conmigo, pero esas dudas…
 Luego que Petrozza gritó, se le salieron las lágrimas. Hubiese golpeado a mi compañero por hacerla llorar, de no ser porque el llanto no fue de dolor sino felicidad. Acto seguido, corrió a mí y me abrazó y dijo quererme, y dijo ser una tonta. Se disculpó por indecisa, porque no había podido ver, decirse a sí misma, convencerse a sí misma de que me quería y de que ser mi novia era su deseo. Confesó ser atormentada por la indecisión, pero una vez expuesta ella en el mundo de la materia y no de las ideas como hasta ahora había sucedido, es decir, dándole Petrozza ese golpe de realidad, de objetividad, pudo decirse a sí misma que esto es lo que quería, y no dudar. Me dio un beso en los labios y dijo que sí, que sería mi novia si yo aún estaba dispuesto a ello.

 Por si no quedase claro, Petrozza, luego que yo asentí con la cabeza, se acercó a nosotros, que ahora éramos pareja, y dijo dirigiéndose a ella: yo soy testigo de esto, Estela, y más te vale que la semana que entra no haya… No, no, interrumpió Estela, esta vez estoy segura. Y me pegó otro beso.

 No sé si lo hizo por estar Petrozza allí, pero su presencia le dio una seguridad que nunca antes había tendido.

 Luego de besarme con ella, la solté y fui a abrazar a mi amigo, y decirle gracias por estar tan loco, y por ser tú mismo. También, le di el poema. Le dije, es para ti, amigo. No sé por qué lo hice, pero contrario lo que se podría esperar de Petrozza, lo tomó sin decir algo, y lo guardó en la bolsa, y asintió con la cabeza. Como si él fuese capaz de entender algo que yo no. Como si mi inconsciente y el suyo se estuviesen comunicando a través de un acto, psicomágico (?).


8 comentarios:

  1. Alejandro Toribio Sánchez3 de mayo de 2012, 11:42

    Excelente!!!

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  2. Norma Stella Grimaldo Whittingham3 de mayo de 2012, 13:01

    Genial relato, felicidades. Una vez lo comienzas a leer te entra la duda de que va a suceder y te absorbe plenamente. Gracias.

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  3. Me impresiona, algunos textos que he podido ojear de la página whisky en las rocas. Sin lugar a dudas, alguno de estos escritores pueden pensar en vivir de su letra, de su discurso, de sus cuentos. Otros, por el contrario están tan verdes como el campo en primavera. Saludos y besos incondicionales.

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  4. Abel Guzmán Rospligliosi4 de mayo de 2012, 23:11

    Percibo mucho Detectives Salvajes de Bolaños como influencia... por lo demás interesante.

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  5. a qué se referirá el tipo de arriba cuando declara ´algunos de estos escritores pueden pensar en vivir de su letra / dará buen resultado morfarse una letra o comprar una casa con varias de ellas ? /, de su discurso, de sus cuentos...etcetera

    me pregunto por qué no le pusiste salmón a salmoneo y salmoneo a petrozza. hubiese sido divertido jugar con la variante de suplantación de identidad en lugar de darle rosca al desdoblamiento filo cristiano de los dos tipos viviendo en uno solo.por lo demás, me pareció fantástica la tendencia al yoyoismo de salmoneo porque parece apelar a petrozza todo el maldito tiempo y eso es tremendamente aburrido.digo yoyoismo de salmoneo porque es obvio que petrozza invento a salmoneo para halagarse a sí mismo a partir de la reiteración de su apellido.claro, salmoneo es una extensión de petrozza y petrozza un tipo que se da rosca a si mismo al utilizarlo como loro parlante que repite y repite el apellido de su otro yo que no es su otro yo sino el yo que fabrico el otro yo.dios santo! parece que este tipo tenia ganas de boludear.

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  6. Yo conozco personalmente a los autores, y el comentario de arriba me da muchisima risa!!!!!!!!!!!!!!!!!

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