lunes, 14 de mayo de 2012

Bueno, ya estábamos allí.


Hay dos maneras de soportar la vida. Una es beber. La otra, ser idiota. Respecto a beber no cabe la menor duda, se bebe, y es todo. Ser idiota es más complejo, hay tantas formas de lograrlo que impresiona. Por mi parte, bebo. Lo que no me exime de la segunda. Quizá, beber sea parte de ello.

2

Caminamos mucho para llegar. Teníamos los pies cansados, y el alma. Salimos del bar a eso de las tres de la tarde, y llegamos a las cinco. Entramos como el que más, aunque nos sabíamos jodidos.

 Teníamos una hora antes de que la cerveza dejara de costar diez pesos. Después de las seis costaría cuarentaicinco. Antes bebimos en un bar donde nos costó veinte, y salimos de allí con la esperanza de llegar a un sitio más barato. Era un centro nudista que conocía mi amigo, en Eje Central. La entrada era la boca de un tigre blanco.

 No quedaba mucho dinero. Eso fue el motivo principal para mudarnos de bar. Sin embargo, teníamos una hora después de la cual lo más sensato sería regresar. Lo más sensato, para ser francos, sería no haber ido al primer sitio. Llegar temprano a éste y aprovechar la oferta antes de las seis. O quizá, lo más sensato hubiese sido nunca llegar aquí.

Bueno, ya estábamos allí. Había que bebernos el resto del dinero antes de las seis, y eso es lo que estábamos dispuestos a hacer. Es lo que hicimos. Llegado el cuarto para las seis, no teníamos un quinto. Curiosamente, a las seis en punto, fue llamada la primera chica a subir y nos quedamos.

 Era una chica buena, tenía todo en su lugar y bailaba desnuda ante nosotros. Es más de lo que puedes esperar de la mayoría. Tenía ganas de quedarme, de beber y de mirar. Creo que fue por eso que no se lo dije a Alberto: estaba en ceros. Ni un centavo más. Bebía la última cerveza despacio, deseando que me durase al menos la mitad del espectáculo. Pero quedaba muy poco. Quizá el último trago. Dos a lo mucho. Y para que se quitase toda la ropa faltaba un par de canciones más.

 Alberto estaba muy callado. Miraba y bebía despacio. Debí sospecharlo pero no lo sospeché. Sobre todo porque terminó con la cerveza y alzó la mano. Un mesero vino y ordenó un par de birras más. Esto me alegró el corazón. Había trago y había mujeres, y eso es todo lo que yo esperaba de la vida. Si hay trago y hay mujeres, la humanidad aún tiene esperanza. Una ciudad sin trago y sin mujeres es una ciudad devastada. Quizá por un huracán. Cuando el hombre tiene algo más importante que hacer o en que pensar que mujeres desnudas y alcohol, es porque algo grave está pasando. Así deduje que nuestra situación, era liviana. Teníamos vida y la estábamos gastando. Antes de irse el mesero avisó a mi amigo que las cervezas ya no entrarían en la promoción. Eran las seis con dos minutos y ahora costarían más del triple. Alberto asintió con la cabeza, despreocupado.

 En menos de treinta segundos llegó a nosotros un par de cervezas bien frías. La puta seguía bailando y nos miraba. En realidad, éramos los únicos dentro. Eran las seis de la tarde y atravesábamos un día que tuvo la desgracia de ser nombrado martes y estar, como otros cinco días más, destinado a la esclavitud de los esclavos.

 Eso fue precisamente lo que hablamos. Le expuse a Alberto que ser empleado es la forma más mediocre de vida que hay. Gastar la vida al servicio de otro, para al final encontrarte viejo, sin sueños ni esperanzas… Más vale ser pobre y tener libertad. Más vale pasar la vida en la lucha de un sueño fracasado, que en el éxito efímero de ser el perro de alguien más. De alguno que sí tuvo sueños. Y también, cité a Benjamín Franklin: “Quienes son capaces de renunciar a la libertad esencial a cambio de una pequeña seguridad transitoria, no son merecedores de la libertad ni de la seguridad”. Así, le dije, los empleados, pobres ellos, entregan su vida y su juventud, sacrifican su libertad esencial a cambio de una mediocre seguridad. Y como dice Franklin, no son merecedores de libertad, y no la tienen. Quitan a la aventura de la vida, toda la aventura. Hacen de su existencia un lastimero punto medio. Es más digno un borracho que ha decidido serlo, que un empleado que lo es, sólo porque le han dicho que así debe ser. Sólo por miedo. Porque no sabiendo hacer otra cosa que lamer, lame las botas de los dueños de las empresas para las que se emplean. No importa cuántos años trabaje un empleado, no importa si es Director de una empresa, yo nunca he mirado a alguno que jubilado sea millonario. Y si al final no lo será, ¿vale la pena haber entregado la vida? ¿Cuánto vale tu vida?, ¿una casa y coche?, ¿una residencia y servidumbre? Mi vida no la puede comprar ningún empleador, le dije. Cualquier sueldo es poco para entregar mi alma y mi cerebro.

 Alberto no dijo nada, él deseaba trabajar para Bancomer. Eso era el sueño de su vida. Al final de mi discurso ambos teníamos media cerveza. El resto lo bebimos despacio. Mirando a la puta que ya se había quitado los calzones.

 Terminé con mi cerveza y regresó la angustia. Conocía mi situación, pero no la de mi compañero. Sin embargo, volvió a ocurrir. Alberto terminó con su bebida y alzó la mano. El mesero se acercó y Alberto ordenó un nuevo par de birras.

 La chica acabó y se despidió de nosotros agitando la mano desde el tubo. Alberto y yo hablamos. Dijo que ser empleado es bueno porque pagan por ello y además te dan seguro. Dijo que al menos es mejor que escribir sin cobrar. Le reclamé no haberme oído nada. Venderte a ese sueldo y a ese seguro es la mediocridad. Siendo hombre y estando vivo, con todos los matices de aventuras que ser hombre y estar vivo significa, con el abanico de posibilidades ante tus narices, pudiendo ser tantísimas cosas… desperdiciar tu vida haciendo crecer un sueño ajeno me parece deplorable. Aplastar las nalgas. Eso es lo que yo definiría como aplastar las malditas nalgas, en todos los sentidos: frente a un ordenador, y metafóricamente hablando. Es como ser pájaro y no volar. Al final seremos viejos y entenderemos que dimos la vida por nada. Por un vale de despensa y un seguro. Por cincuenta mil pavos mensuales; incluso cien mil pavos mensuales es poco. La libertad no tiene precio. Ser tú mismo no tiene precio.

 Cuando las bebidas llegaron, dimos un trago. Alberto se pensaba que ser empleado de Bancomer es lo mejor que puede pasarte en la vida. Para mí, un empleado es un lisiado mental. Un hombre que no sabe qué hacer de sus días en la Tierra y los pone al servicio de otro. Un hombre sin sueños, o con sueños pobrísimos. Un hombre sin imaginación. Yo no tengo tiempo de ser empleado, dije, apenas tengo ochenta años de vida y no pienso gastarlos de ese modo. Tengo más respeto por un mono, que es libre, que por un Director de Recursos Humanos, o lo que sea.

 Alberto se pegó un trago de bebida y ya no siguió. Sabía que yo era así, necio. Yo tampoco seguí, sabía que Alberto era así: normal, como todos: empleado.

3

Salió otra chica, pongamos que Thalía. La llamaron por el altoparlante y finalmente salió. Esta vez sí era una chica que valía la pena ver. Tenía buenas carnes y buena actitud. No como las anteriores que daban la impresión de hacer lo que hacían con tedio. Se movía bastante bien. Incluso se ganó el aplauso de algunos. Faltarían pocos minutos para las ocho cuando ella salió y al antro habrían entrado dos o tres clientes más.

 Definitivamente no era el momento de irse. Si ya habíamos aguantado más de la cuenta, no nos iríamos ahora que Thalía movía las peras. Alcé la mano y llamé al mesero. Yo no tenía dinero pero Alberto había pedido las últimas cervezas, con tanta seguridad, que supuse que él lo tendría. El mesero vino y ordene una ronda más. Alberto sonrió. Esto me hizo confiar.

 Paramos la conversación, nuestras opiniones al respecto del mundo eran poca cosa frente a una mujer desnuda, que además nos mandaba besos con la mano y nos guiñaba el ojo. ¿Es que alguno en un centro nudista es tan imbécil de caer en ese engaño? ¿Es que alguno es capaz de evitarlo? Esta mujer sabía ganarse el pan de cada día. No se había quitado el sostén cuando ya nos tenía a todos comiendo de su mano.

 Para la tercera canción de Thalía ya no teníamos cerveza. Esta situación, la de contar el trago, me tenía harto. No podía beber en santa paz. Sin pensar que ésta bien podría ser la última bocanada. Habíamos ordenado seis cervezas más después de las seis de la tarde, y después que yo me declarara mentalmente en quiebra. No me pregunten por qué, pero las cervezas de promoción tuvieron que ser pagadas al instante de ordenarlas, y éstas, las más caras, no. Esta vez nos abrieron cuenta, lo que en realidad nos hacía perder la cuenta. Daba la ilusión de no haber bebido demasiado. ¿Quién puede acordarse de cuánto se ha bebido y cuánto dinero tendrá que pagar después de la decima cerveza? Y con Thalía encima de la mesa, Dios.

4

La cuarta ronda fue mortal. Las putas comenzaron a salir. Estaban por todo el bar y se sentaban contigo. Con nosotros se sentó Thalía y una chica más. Llegaron de la nada. Era un sitio oscuro y no podías ver si alguien se acercaba, hasta que lo tenías enfrente.

 Bueno, pues Thalía, y su amiga, a la que nos presentó como Paulette (digamos), llegaron a nosotros. Se sentaron con nosotros, y nos contaron el rollo típico de estas situaciones. Reían y guiñaban el ojo al cabo de cada frase. Una cosa cursísima. Es increíble cómo sabiéndolo, no puedes resistirte. Thalía fue la primera en hacerlo. Alzó la mano y viniendo el mesero ordenó una ronda para todos. El mesero nos miró, primero a mí y luego a Alberto, y Alberto asintió, dando el beneplácito a tremendo atropello. La cerveza de las putas costaba setenta pesos.

No quiero eximirme de la culpa de no haber puesto freno a esto, pero Alberto transmitía la seguridad de tener dinero. Y bueno, siendo así, yo no iba a decir que no. No iba a sacar nuestros culos de un sitio con trago y sexo.

 Thalía y Paulette comenzaron a acariciarnos y a proponernos algo más privado. Yo estuve a punto de decir que sí, pero recordé mi situación. Entonces me levanté al sanitario. Tuve que quitármela de encima, a la puta, y cuando finalmente me dejó ir, fui. Era una mujer necia, no quería que yo me fuera. Supongo que era mejor tener dos billeteras que una, y a pesar que prometí regresar (no podía ser de orto modo), insistía en que me quedara. Me jalaba de la mano al tiempo que me acariciaba. Quizá no deseaba que yendo al sanitario se me bajara la borrachera y fuera consiente de mis actos. No lo sé, pero eso es lo que pasó.

 Una vez orinado, me di cuenta que estábamos metidos en un lío. Yo no tenía dinero, eso me quedaba claro, pero Alberto… Recuerdo haberlo escuchado decir que él tampoco, me dije, sin embargo está pidiendo cervezas como un loco. Quizá me jugó una broma con eso andar sin blanca. Quizá no quiso que yo le pidiera prestado, pero una vez estando aquí se compadeció. Quizá lo que no sé es que él me está contando todo y me hará pagárselo después.

 Iba de regreso, pero en la entrada del sanitario me encontré con Alberto. Me hizo pasar. Orinó y al terminar me dijo: hay que ver cuánto dinero nos queda para decidir si le seguimos. Joder, dije, no es en serio, ¿verdad? ¿El qué?, preguntó Alberto. Vamos, dije, sabes que yo no tengo dinero.

 Fue la primera vez que miré a Alberto dudar. Él tampoco podía creérselo. Si es así, dijo, ¿por qué me has dejado pedir y pedir? Ya, dije, pues porque el que pide paga. ¿Es que estabas pidiendo a mi nombre? A nombre de ambos, respondió. Teníamos un trato, pagar la cuenta entrambos, ¿qué no? Bueno dije, así fue hasta que me declaré en ceros. Nunca lo hiciste, se defendió. Yo he pedido todo eso porque pensé que tú tenías dinero. No, exclamé, yo he pedido todo eso porque pensé que TÚ tenías dinero.

 Regresamos a la mesa, pero esta vez compungidos. Había otra mujer en el escenario. La cosa se estaba prendiendo. Había mucha más gente y estaba anocheciendo. Thalía y Paulette habían desaparecido.

 Aún teníamos delante de nosotros los envases de las últimas cervezas. Yo tomé el mío y me lo pegué a la boca. No había nada dentro. Sin embargo, fingí beber. No deseaba que alguno notase mi desasosiego. Alberto hizo lo mismo y estuvimos así un rato, quizá quince minutos, hasta que se acercó un mesero y cogiéndolos, se los llevó. Antes de irse preguntó si deseábamos ordenar algo más. Ambos, mi amigo y yo dijimos que no al mismo tiempo. El mesero debió sospecharlo, porque luego de aquello estuvo insistiendo, hasta que finalmente nos mandó, sin que lo pidiéramos, la cuenta de lo ordenado.

 5

El primero en mirar fue Alberto. No hizo ningún gesto ni expresión alguna que pudiera dejar ver en él la duda. Me la estiró y la miré. Se nos cobraba el monto de las cervezas y un adicional de cien pesos por concepto de variedad. Además, el quince por ciento de propina. Algo así como quinientos cincuenta pesos. Por tres cervezas que tomamos cada quien, Dios.


 El mesero se acercó a cobrar la cuenta. Pedimos tiempo, primero poniendo por excusa que nosotros no queríamos salir. Se nos exigía pagar cuando no lo deseábamos. Es que nos corren, o qué, preguntó Alberto. El mesero se defendió diciendo que eran las diez y que el bar debía hacer corte. Que pagáramos esto y después, si lo deseábamos, podíamos seguir bebiendo. Tragué saliva y dije: vale, vale, eso me parece bien, pero… no entiendo, ¿por qué es que nos cobran todo esto? Particularmente el costo por la variedad no me dejaba satisfecho. El mesero y yo discutimos unos buenos minutos. Al final, resolvimos llamar al Capitán.

 El Capitán desglosó la cuenta ante nuestros ojos: seis cervezas de 45, dos de 70, 100 de variedad. A todo ello se agrega el 15% y nos da 587 pesos. Ya, dije, pero no me parece justo pagar por variedad cuando esto es un centro nudista, y se sabe que aquí la cerveza cuesta el triple de lo normal precisamente porque hay variedad. Es decir, la variedad ya está pagada, ¿o le parece justo pagar 45 pesos por 335 mililitros de alcohol? El capitán era un tío duro, le daba igual. Es lo que se cobra, dijo. Lo sé, dije, pero… ¿le parece justo? El hombre alzó los hombros y repitió: son quinientos con ochentaisiete.

 Alberto sacó la billetera y suspiré. Pero el suspiro se me fue porque de la billetera no salió un solo billete. Estábamos jodidos y tuvimos que aceptarlo. Vale, dije, no tenemos dinero. El capitán hizo un escándalo. No sé cómo pasó, exclamé, perdimos la cuenta de lo bebido. El capitán no se lo creyó. Se pensaba que lo hicimos premeditadamente. La verdad es que yo tampoco me lo creía. No lo hicimos premeditadamente, pero lo hicimos.  Bebimos su cerveza y miramos sus mujeres. Ahora debíamos quinientos ochentaisiete pesos y teníamos que pagarlos.

 Lo primero que hizo fue avisar a todos que no teníamos dinero. Los meseros y todo el personal, incluido los guardas de seguridad, se enteraron. Estábamos fichados. Éramos parias. Éramos cristos en un bar de judíos.

6

El capitán hizo todas las muecas de su repertorio de muecas, y al final, cuándo entendió que no íbamos a pagar, que verdaderamente no podríamos pagar; y esto luego de revisar que tuviésemos algo de valor que dejar en prenda (pero no teníamos más que la ropa barata que llevábamos puesta), nos encaminó a una puerta. Dijo que esta vez nos dejaría ir, pero si volvía a vernos se la íbamos a pagar.

 La puerta a la que nos encaminó, no era la puerta de salida. Al menos, no la salida tradicional. Tras ella (nos obligó a salir por allí) dimos a un pasillo oscuro y lleno de guardas.
 Los guardas nos miraron y nosotros a ellos. Ellos lo supieron y nosotros lo entendimos.

7

Corrimos, corrimos como almas que llevan al Diablo, y cuando estuvimos fuera, seguimos corriendo. Nunca antes habíamos corrido tanto. Corrimos incluso estando en el Metro. Corrimos y sentimos tanto odio el uno por el otro, y al mismo tiempo, tanta paz y tanto amor. Lo habíamos logrado. 



13 comentarios:

  1. ‎..beber es una de las cosas que hace soportable este mundo de mierda. Aunque probablemente como dice el texto sea parte de la segunda tambn. Pero prefiero hacerlo, por que así me conozco un poco más.

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  2. Jose Gerardo Morales14 de mayo de 2012, 13:52

    lo válido en mi caso fue dedicarme a apoyar a mis hijos, de demostrar que aún en los casos mas difíciles emocionalmente se tiene el carácter para salir adelante sin el alcohol

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  3. ‎Martin, me ha gustado ese comienzo....

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  4. Laura Ines Pavese14 de mayo de 2012, 17:26

    a veces es muy bueno y sano pasar por idiota.....

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  5. Alberto Ramacciotti14 de mayo de 2012, 17:26

    Es muy fácil vivir haciendo el tonto. De haberlo sabido antes, me hubiera declarado idiota desde mi juventud y puede que a estas alturas hasta fuera más inteligente. Pero quise tener ingenio demasiado pronto, y héme aquí hecho un imbécil".- Fiodor Dostoievski.

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  6. El primer párrafo es enorme!! el texto es bueno en narración y te mantiene atrapado, me encata leerte pero ese parrafo es maravilloso es sabio y cierto y me ha hecho pensar taanrto!!

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  7. beber mientras miras como caen sus braguitas...

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  8. Yamile Carmona Jaramillo17 de mayo de 2012, 11:54

    Quizá eso somos... la mezcla perfecta de cuanta sustancia, tangible y alucinante o intangible y profunda en el espíritu, subyacen en nuestro existir...

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  9. Ruth Ana López Calderón18 de mayo de 2012, 15:55

    Una conjetura fuera de serie...pero no tan alejada de la realidad

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  10. Una prosa inteligente, suscinta, atrevida, casi cínica y muy buena¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡

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  11. Bebí durante años.Resultado: He vivido menos tiempo que los demás,porque algunos años desaparecieron de mi memoria. Te aseguro que se puede soportar la vida sin beber y sin ser idiota. Pero el bebedor siempre acomoda su pensamiento a sus asuntos. ¿Donde tomaré la próxima copa,cuando termine esta que me acaban de servir?

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  12. Buen relato, narración fluida y envolvente, ademas pienso igualsobre los empleado, saludos a todos

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  13. Tus textos son la hostia, tio, no hagáis caso y no dejes de escribir atte el mago de la montaña

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