martes, 10 de abril de 2012

Por cierto, me llamo Sandra.



Pongamos que la conocí en un bar de Donceles, o que fue en un bar de Copilco. Lo mismo da. La conocí en un bar. Aunque esto tampoco lo tengo claro, quizá fue una fiesta o una reunión. El caso es que era una mujer tremenda. Su nombre no lo recuerdo, yo estaba borracho hasta la médula, pero en todo caso, pongamos que se llamaba María, o cualquier otro nombre de mujer. Sólo recuerdo, a ciencia cierta, que vestía un vestido rojo, y no llevaba nada debajo. Pero esto último yo no lo sabía; lo supe hasta que se quitó el vestido.

 Entonces tenemos que había una mujer, en un vestido rojo, y que en algún momento se quitó el vestido y no llevaba algo debajo. También había un coche, de ella, que yo conduje por la Carretera Federal a Cuernavaca. El coche también era rojo. Y en algún momento se quitó el vestido, dentro del coche. Dijo que le excitaba ir así. Luego preguntó si yo me sentía excitado de que ella estuviese allí, a mi lado, en el asiento copiloto, desnuda. Respondí que sí y encendí un cigarrillo. Le estiré uno pero lo rechazó, ella no fumaba. Lo que no significa que no fuese adicta.

 En algún varado aparcamos el coche e hicimos el amor. Recuerdo vagamente que ella estuvo encima de mí. Pero también recuerdo haber sido yo el que embestía y daba caña a la maquinaria humana. Me corrí casi al comenzar. No duramos mucho, quizá ni quince minutos. Pero caímos rendidos, incluida ella, como si hubiésemos corrido un maratón. Lo hicimos, dijo ella cuando expresé mi cansancio; corrimos el maratón del amor. Le di una nalgada y le dije que tenía razón. Luego reímos… y luego amaneció.

 Cuando abrí los ojos ella no estaba. Yo yacía en el asiento trasero del coche y tenía los pantalones abajo. Creo que no me he movido mucho en las últimas horas, pensé. También tenía una resaca marca Diablo, y una sed capaz de beberse el río Amazonas.

2

Desayunamos más adelante, sobre la carretera, en un restaurante de quesadillas y antojitos mexicanos. Entonces supe que ayer no llegamos muy lejos. Estábamos más cerca del DF que de Morelos.

 Ya no tenía el vestido rojo. María me llevaba ventaja. Ella era la dueña del coche y en el portaequipaje llevaba un par de mudas de ropa.  Vestía texanos y camisa a cuadros. Incluso, ya no era tan bella; si es que alguna vez lo fue. Era delgada, con un culo tremendo y pequeñas tetas. No era precisamente bonita. Tenía los dientes chuecos y la nariz muy grande.

 Me miraba ladeando la cabeza. Como si me admirase o algo. Dijo que yo era un tío estupendo, que era muy afortunada de haberme encontrado en la pulquería. Entonces recordé que había sido allí, que yo había ido a la pulquería en busca de un pulque. Y que ella se acercó a mí, pero cuando yo ya estaba demasiado borracho. Le di las gracias y me guiñó el ojo al tiempo que se zampaba una quesadilla de chicharrón.

 Yo no lo podía creer, eso de estar allí con alguien, una mujer, camino a Cuernavaca y desayunando quesadillas en la carretera. Sobre todo, no podía creer que ella se pensara que yo soy un tío estupendo. Sentía ganas de preguntar… de saber… que coños le había dicho anoche. Quizá le dije que soy un premio Noble y se lo creyó, pensé, después de todo esta María, o como se llame, no tiene pinta de saber. Es muy probable que yo le haya mentido. Que haya exagerado sobre mí mismo. Principalmente porque la verdad (que soy un escritor que no cobra lo suficiente para mantener a una mujer) es desalentadora, y no anima a alguien.

 Los rayos del Sol caían justo sobre nosotros. No podíamos mantener los ojos bien abiertos. Había que estar siempre con el entrecejo fruncido para no asarse la retina. Yo sudaba como un cerdo y temía oler como uno. Ella lucía muy despreocupada. Creo que estaba viviendo alguno de sus sueños. Me parecía demasiado animada para su situación: acabar borracha y en brazos de alguien como yo, desayunando un desayuno barato en una carretera desolada. Pero la gente tiene sueños muy extraños.

 Entonces, dijo ella, eres escritor. Lo dijo luego de dar un trago a un refresco de cola. Ya, dije, pues sí. Qué bien, exclamó. Sí, dije. No deseaba entrar en detalles. No con alguien que no entendiera. Al final daba lo mismo si le decía que yo era un escritor de endecasílabos, o si me especializaba en la epanadiplosis. Palabras, al final sólo serían palabras. Sin embargo, ocurrió. La pregunta de toda la vida: ¿y qué escribes? Pienso que si vas a preguntar algo, al menos debería ser algo de lo que conozcas la respuesta. ¿Y qué si le decía que escribo arquiloqueas hexametrales? Bueno, contesté, digamos que escribo, y punto. Aquí María (que no se llamaba María) arqueó las cejas y enunció: anoche tenías mejor humor. Supongo que es verdad, dije yo, y di un mordisco a mi taco de cecina enchilada. ¿No te apetece hablar?, preguntó incrédula. Lo único que me apetecía era estar en casa, lejos de María y de todo este rollo. Pero el coche era suyo.

 3

María decidió que iríamos a Cuernavaca. Lo decidió terminado el desayuno, una vez subidos al coche. Esta vez conduzco yo, dijo y se metió por la puerta del piloto. Bueno, dije. Subí al coche y una vez dentro, ella dijo que iríamos a Cuernavaca, que tenía ganas de ir porque hace mucho que no iba. Puso el coche en marcha y avanzó hacia Cuernavaca.

 Le advertí que yo no llevaba un duro encima pero le importó poco. Me habló de su tarjeta de crédito. Dijo que era una maravilla y que en realidad casi no la usaba. Además confesó traer algo de efectivo en la guantera. Me hizo abrir la guantera. Estaba llena de cosas y entre todas ellas había un par de billetes de a quinientos pavos. También alcancé a ver una caja de condones usados. ¿Fueron estos los que usamos?, pregunté. Volteó a mirarme y se quedó mirándome unos buenos segundos. Al final dijo: ¿usamos condón?

 Más tarde, cuando llegamos al Estado de Morelos, encontramos el condón que usamos debajo de un asiento. Lo encontré yo, cuando me agaché a buscar un cigarrillo que se me había caído de las manos. Levanté el condón y lo balanceé delante de ella. Entonces suspiró y dijo que solía ser muy desordenada en su vida.

4

Llegamos directo a un hotel del centro, donde ella se había hospedado antes, y nos registramos. Pedimos habitación sencilla por una noche.

 Lo primero que hice fue pegarme una ducha. Pensé que María entraría conmigo pero no fue así. Aprovechó el tiempo para hacer un par de llamadas. Y luego, cuando yo salí, ella entró. Yo aproveché el tiempo para fumar un par de cigarrillos.

 Desde la ducha me gritó  si recordaba la cara del empleado de la gasolinera. Lo dijo y rió. ¿Cuál gasolinera?, grité. El que se quedó mirandome con la boca abierta, gritó, cuando cargamos el tanque en México y yo iba… Ya, dije, apuesto que ese tío no había mirado nunca algo así.

 En algún momento tuvimos que cargar gasolina, porque cuando se quitó el vestido dentro del coche ya habíamos hablado de ir a Cuernavaca. Así que aparqué en la gasolinera de la salida a carretera y ella iba desnuda. El empleado no se lo podía creer. Y yo no me lo hubiese creído de no ser porque iba bebido hasta la coronilla. Ni siquiera pensé en lo que significa llevar a una mujer desnuda. Quizá no signifique algo, pero… ya sabes… no dejamos de asombrarnos.

 Entonces salió de la ducha. La escuché salir de la ducha. Pero no salió del cuarto de baño. La escuché cepillarse los dientes. La escuché untarse cremas y cosas y también la escuché orinar. Yo estaba recostado en la cama, fumando tantos cigarrillos como me era posible. Estaba recostado y pensaba en cómo demonios se llamaría la mujer que estaba dentro del cuarto de baño. Hasta ahora no me había dirigido a ella por su nombre; lo evitaba. Tampoco deseaba preguntárselo. Ya sabes, las personas suelen ofenderse por naderías como esa. He olvidado tu nombre, joder, eso es todo. No quita lo bien que lo pasamos ni nos hace menos.

 Tardó demasiado. La escuchaba hacer cosas pero no salía. Y por mi parte no podía conciliar el sueño ni estar en paz. Así que le dije que saldría a por una cerveza, que le traería una. Contestó que estaba bien, y que trajera al menos seis cervezas. Bueno, dije… Hice una pausa, no quería decirlo directamente… y ella debió entenderlo porque en seguida dijo: toma dinero de mi bolso, está en el buró.

5

 No me costó trabajo dar con una tienda. Compré un seis de Tecates y una caja de cigarrillos. Ella no fuma, pensé, pero yo sí.

 Supongo que no tardé demasiado, quizá veinte minutos. Me tomé mi tiempo. Caminé despacio y me detuve a contemplar un edificio. Luego miré el Cielo. Atardecía.

 Cuando llegué al cuarto de Hotel, toqué a la puerta y abrió ella. Casi dejo caer las cosas. Se había puesto el vestido rojo. Me saludó como si no nos hubiésemos visto en días. Como si se tratara de otra persona, de otra ella. Y lo era. Metida en ese vestido ya no era la mujer nariguda que me llevó por fuerza a Cuernavaca. Se había maquillado la cara y lucía como una modelo, o como la mujer de los sueños de un enajenado con el porno. Incluso la figura de su cuerpo había mejorado. Llevaba el vestido y un par de sandalias. El cabello se lo había esponjado. Era capaz de ponerte duro con tan solo mirarla.

 La saludé guardando la calma, siguiéndole el juego con lo de ser alguien más, y pasé con las cervezas en las manos. Las dejé sobre el buró y ella no hablaba. Realmente era otra mujer. Supuse que era la mujer que yo conocí en el bar, en la pulquería, y por la que me dejé llevar hasta el varado en la carreta. Comprendí por qué lo había hecho y supuse que cualquiera lo habría hecho también. Además de verse bien, tenía esa actitud de zorra, irresistible. Me miraba con ganas de comerme, pero sobre todo, con ganas de que yo (o cualquiera) se la comiese a ella.

 Destapé una cerveza, guardando el ímpetu, y le pasé una a ella. La destapó y la bebió al hilo. De principio a fin sin titubear. Y además, lo hizo mirándome, con lo que inició un reto. Vacié mi cerveza de un sólo trago dentro de mí y no dejé de mirarla a ella. Ella tomó una segunda cerveza y la destapó. Me miró y se la empinó. La segunda cerveza. Al hilo. Y me retó con la mirada, como la primera vez. Así que tuve que hacer lo mío y me bebí la cerveza entera de una sola bocanada. Y para cuando terminé, ya me estaba ofreciendo la última de las cervezas. La tomé, y ambos bebimos una tercera cerveza más, de un solo trago.

 Al final eructamos y reímos. Las cosas estaban cobrando sentido. Comenzaba a entender porqué ella y yo nos entendimos, y porqué se pensaba que yo era un tío estupendo. Incluso pensé que ella era una tía estupenda.

 Bueno, dijo aún riendo, ahora sí, es hora de la diversión. Acto seguido, me tomó de la mano y me llevó a un bar en el centro que era de su predilección. Yo me dejé arrastrar por esa hembra de carácter fuerte que además era una demoneza.  

 De algún modo había algo entre nosotros. Algo que sabíamos tan sólo ella y yo. Éramos almas templadas con el mismo molde. Éramos el claro ejemplo de que Dios nos hace, y nosotros nos encontramos. Pero en nuestro caso nos hizo Dios, y fue el Diablo quien nos juntó.

6

 Sandra, se llama Sandra. Lo supe cuando subiendo al coche, salidos del hotel, me dijo: hoy lo vamos a pasar muy bien. Yo asentí y ella agregó: por cierto, me llamo Sandra. Volví a asentir con la cabeza, pero esta vez sonriendo. Y ella también sonrió…




12 comentarios:

  1. extraordinario ¡¡ gracias

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    1. Buen relato, contado con la agilidad acostumbrada.

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  2. No lo he leído, pero lo haré ahora mismo!! :D

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  3. Que buen relato, tiene la magia de los grandes escritores! solo espero que continue =)

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  4. Bien hilado, buen final, lenguaje saltarín pero sin perderle respeto al idioma. Buen cuento.
    PIAR ROMANO

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  5. Me ha encantado...por cierto,saludes desde Colombia...;)

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  6. Entretenido. Divertido. Por cierto, quiero conocer a Sandra.

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  7. soy fan d Whisky y d mi querido D.F.

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  8. Fabian Marcelo Fernandez11 de abril de 2012, 20:16

    M. B. ...........COMO SIEMPRE

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  9. muy buen relato!!! me encantó :D

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  10. Alma Beatriz Mendoza17 de abril de 2012, 14:11

    no es la mejor manera de conocer a una mujer

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  11. Humanismo Literario a la Izquierda17 de abril de 2012, 22:34

    Me encantó... gracias

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