miércoles, 25 de abril de 2012

Indecisión.



La indecisión. Si tuviese que culpar a alguien o algo, culparía a la maldita indecisión. Aunque sería injusto, pues ella, la indecisión, ¿qué culpa tiene si es Estela la que gobierna? Es Estela la que puede acabar con la indecisión. ¿Cómo? Pues decidiendo.

 No te pido que decidas por mí, que decidas amarme, le dije, sólo te pido que de una buena vez, decidas algo. Dame vida o dame muerte, pero no me dejes pendiendo del hilo de tu telaraña. Estela se ofendió. Dijo que yo entendía poco. Pero lo dudo. La que no entiende es ella, pensé. Por primera vez se me antojó pequeña. Quizá Petrozza tenga razón, es boba. No puede ser tajante en sus decisiones, no puede decir: haré esto, y hacerlo. No puede decidir: lo amaré, y amarme. En todo caso, tampoco puede decidir matarme, y darme muerte.  Primero se ennovió conmigo y luego me dejó. Pasada una semana, Dios. Sin embargo, volvió. Dijo extrañarme y pidió perdón. No nos ennoviamos pero se disculpó.

 Ahora le he pedido ser mi novia y ha dicho que no; no puede. Otra vez pide perdón, pero por la causa contraria a la anterior. Estoy harto, no puedo más. Al mismo tiempo, no cedo. No desisto, no pierdo la fe. Quisiera decirle que puede irse, que ya no la quiero. No puedo hacerlo; sería como tragar veneno.

 2

No, no ha dicho que no, dije a Petrozza que fumaba un cigarrillo y bebía una cerveza en la Selva. Yo estaba frente a él pero no fumaba ni bebía. Apenas podía contener las lágrimas. Pero tampoco ha dicho que sí, agregué. Petrozza dio un trago a la cerveza, lucía como siempre: tranquilo, sin preocupación de algo. No puedo creer que viva así, como el que más, no teniendo un peso de ingresos ni siendo guapo o famoso. No debes joderte la vida por eso, Salmoneo, me dijo. El problema es suyo y de nadie más. Es boba, y no hay algo que tú puedas hacer para remediarlo. Si fuera inteligente sabría controlar sus emociones y no haría los disparates que hace, joder. Olvídala, es mi consejo. No llegarás a ningún lado con una mujer así. Hacen falta pantalones para el amor, y ella no los tiene. Tú sí, tío, así que búscate una mujer que esté a la altura de tus cojones.

 Una mujer a la altura de mis cojones. Yo estaba dispuesto a amarla, a entregarle mi alama, a darle mi vida. Y ella… ella no podía hacer lo mismo. Quería… pero de poder, nada. Lo mismo sentía por mí amor que no, todo cambiando de un día para otro. Si al menos fuese fuerte tomaría una decisión y se aferraría a ella. Incluso el más fuerte a veces pierde la noción. Sin embargo, no cede. No se deja llevar y no actúa como Estela, haciendo teatros de Romeo Julieta un día, y de Wanda al otro.

 Te ama, no te ama, te ama, no te ama…, exclamó Petrozza en tono de burla. Luego dijo: a la mierda con esa mujer, tío, búscate una que te ame con pasión y que no tenga miedo de quererte, de follarte y de darte su vida y su alma como entregas tú la tuya. Una que beba de tu sangre, lo mismo que de tu alma. Que se amalgame a ti como el mercurio a la plata.

 Tomé un cigarrillo de la mesa. Petrozza los había vaciado todos. Siempre era así, le gustaba coger las cajas y vaciarlas a la mesa, para que todos pudieran coger a gusto. No importa si la caja era nueva, no duraban nunca lo largo de una charla. Lo encendí. Lancé el humo de la primera bocanada y asentí con la cabeza. Dije que tenía razón, no podía seguir así. Debía hablar con Estela y pedirle resolución. No escuchas, dijo Petrozza, no debes hablar con ella. Debes dejarla ir. Es más, dijo, quizá así regrese a ti. Quizá dejándola se dé cuenta que te ama y ya no debata en su cabeza. Imposible, dije. Luego me arrepentí. No podía pensar en olvidarla, en dejarla partir. Un día sin saber de ella podía dolerme demasiado. Saber que no me quería era doloroso, verla partir sería doloroso, pero alejarme yo… imposible. Venga, tío, dijo, estás tirando perlas a los cerdos. Le estás dando tu alma a una que no vale un centavo. Será guapa, pero por dentro, corriente. No es capaz de mirar al macho que tiene en frente. Yo sé que sí ella acepta, tendría Salmoneo para siempre. Es lástima pero no se puede decir lo mismo de ella.

 Alcé la mano y me pedí una cerveza, total, esto iría para largo. Hablar de mujeres es contar la sal: nunca acabaremos.

 Pongamos que Estela te da el sí, comenzó Petrozza a especular. Pongamos que te la follas un par de veces y son felices. Dime, ¿qué harás si luego de aquello decide partir? Y es muy probable que suceda. Antes de que yo respondiera, él continúo: entiende, si te da el sí y te la follas… joder, si hoy que no lo has hecho lloras, luego de probar las mieles de la gloria (porque lo que sí es que Estela es un bombón)… Entiendo, entiendo, interrumpí. Nunca me gustó escuchar a Petrozza hablar de sexo. No cuando lo hacía de mí o de mis novias. Le quitaba todo el sentimiento. No podía comprender que él follase y amase al mismo tiempo. Me parecía muy frío para hacerlo. Si le preguntabas qué es el amor, salía con una teoría de la química en el cuerpo. Juraba poder enamorarse y desenamorase a voluntad y en poco tiempo.

 El caso es que no tengo valor, dije, quizá Estela y yo sí somos del mismo acero. Es probable que me queje de ella cuando yo mismo no puedo ser tajante y decidir. No puedo decir me voy, e irme. Es porque no quiero, ¿o por que no puedo? Ya, dijo Petrozza, puede ser cierto. Probablemente ambos quieran amarse pero no se atrevan a hacerlo. Incluso tú, es posible, que no te atrevas a hacerlo. Que la alejes. Que te sabotees con el pensamiento. Es probable que goces en la incertidumbre de este cuento. Posiblemente, el culpable eres tú.

 Vaya, ahora resulta que yo tengo la culpa, pensé. Di un trago a la cerveza, estaba fría. Le puse limón y medité. Es posible que yo no sepa cómo montar a esa yegua. Si no puede decidir amarme es por que no le he dado motivos. Motivos con la fuerza suficiente para no dudar. Soy blando. La amo, pero no canto al pie de su ventana. No me entrego con la pasión que le reclamo. No soy capaz de tomarla y darle un beso, de decirle eres mías, entiéndelo. A las mujeres les gusta así. Un hombre seguro. Si ella dice no, yo no repelo. Le doy su lugar. La respeto. Es mi forma de decirle que la quiero, pero ella no lo ve. En este momento otro hombre podría llegar. Uno que le hiciera ver su suerte, y engancharla. Uno que no le pidiera amor, que se lo arrebatara. Con mucha pasión.

 Petrozza ordenó una cerveza más. Eran más de las que podía pagar. Comencé a hacer cuentas porque sabía que al final yo tendría que correr con los gastos. Era el precio de escucharlo, de hablar con él, de ser su amigo. Él mismo me había comprado trago cuando yo no tenía un centavo. Ahora tengo trabajo, es mi turno de ayudar.

 Vale dije, pues no lo sé, no sé qué estoy haciendo mal. Petrozza me miró a los ojos, buscaba la descompostura en las ventanas de mi alma. Me miró un par de segundos, luego echó el humo de la bocanada, y tardó dos segundos más en comentar: nos vamos por Estela. ¿Cómo?, pregunté incrédulo. Sabía que Petrozza era así, aventurado, entregado, pasional. Aún así no lo podía creer. Estábamos en Tlalpan y Estela vivía en el Estado de México. Eran las cinco de la tarde de un sábado cualquiera, y Estela no quería saber de mí. Había pedido tiempo. Que nos vamos a por Estela, joder, repitió Petrozza, porque ya estoy harto de escuchar de ella. O todo o nada, le dirás, y que decida ya. No sé, dije… no me parece buena idea… Petrozza aplastó la colilla de su cigarrillo y con mucha energía se levantó. Ordenó la cuenta y cuando llegó hizo que yo la pagara. No era mucho, ni trescientos pesos.

3

Abordamos un pesero en Periférico y nos sentamos. Tuvimos la suerte de ir sentados. Hasta Cuatro Caminos.

 Durante el trayecto Petrozza me contó sobre el funcionamiento de la mente, y los actos psicomágicos. Dijo que nosotros, que yo, haría un acto psicomágico presentándome ante Estela repentinamente y señalándola con la espada de mi pasión, exigiéndole una resolución inmediata. Estela es una mujer que no está acostumbrada a nada fuera de lo común y de lo normal. Nadie la ha sacado de su cotidianidad. Esto será para ella como un golpe. Un porrazo al inconsciente.

 Yo asentía con la cabeza. Estaba nervioso. Sobre todo por tener que golpear a Estela en el inconsciente. Me decía a mí mismos que debía haber otra manera. Más pacífica y menos contundente. ¿No era mejor esperar?, ¿dar el tiempo que pide y ella sola llegará?

 Petrozza hablaba aceleradamente. Lucía como el actor principal de este psicodrama. Daba la impresión de que era él el que se presentaría ante la mujer amada y blandiría frente a ella la espada, flamígera, de la verdad. O de la estupidez. Algo dentro de mí decía que esto era ilógico, estúpido. Que Estela podría decir si lo pones así, entonces debo decir que no. Pero Petrozza no temía al no. Tampoco deseaba el sí. Para él, el simple hecho de actuar valía. No importa qué respuesta obtengas, me dijo, lo importante es que lo sepa: que tú no estás para pendejadas. Que si te acepta, es para ya no partir, para quedarse contigo. Y si se niega, es para siempre. No hay vuelta atrás.

 Lo decía con cierto orgullo. A mí no me hacía bien. Temía la respuesta negativa. Si no cedía, yo estaba dispuesto a esperar. Pero Petrozza no opinaba igual. Si no cedía, debía alejarme yo, para siempre.

 Un hombre debe tener cojones, Salmoneo, ¿me escuchas?, ¡cojones! Debe ser capaz de amar o de olvidar según convenga a su mente. No puede sufrir por amor, porque eso es cosa de mujeres. Un hombre debe dominar su inconsciente, saber cuándo, dónde y cómo. No andar del tingo al tango como Estela, que no sabe ni qué pasa por su cabeza. No sabe dar crédito a lo bueno de ti, ni sabe valorar un alma noble. No sabe ni cómo se llama, ni lo que pasa dentro de sí. No es capaz de controlar sus emociones.

 Controlar sus emociones, santo Dios, y me lo dice el mismo que sentado en la Selva, tranquilo, corre a la pelea. No me lo creo, pensé. Que estemos aquí, en este camión y camino a casa de Estela Palafox. Si me dieran tiempo de pensar, regreso. ¿Qué es esto que voy a hacer?, ¿confrontar los sentimientos de una bella mujer?, ¿y todo por qué?, porque tengo la desgracia de ser amigo de la pasión encarnada.

 Petrozza se calló un momento y yo lo agradecí. Tuve tiempo de pensar. Pero a los pocos minutos volvió a hablar. Dijo: ¿tienes dónde apuntar? Primero no lo comprendí y luego dije que sí. Acto seguido, saqué papel y lápiz y le pedí cuentas. Escribe, dijo, un poema. ¿Un poema?, pregunté. Sí, joder, un poema, respondió. ¿Un poema, ahora?, pregunté incrédulo. Venga, dijo, un poema, tú eres poeta, ¿qué no? Sí, sí, dije, pero… Ya, dijo, pues haz lo tuyo. Escribe un condenado poema de amor… por si la cosa se pone dura. ¿Por si la cosa se pone dura?, pregunté. Ya, dijo, siempre es bueno tener un plan alterativo de acción. Si ves que Estela no va a ceder, le das el maldito poema. Eso calmara su irá y si no logras arrancarle el sí, al menos tampoco tendrás que dejarla enfadada contigo por el resto de sus días.

 No dije más. Cogí el lápiz y me dispuse a escribir. Esto me daba ánimo. Dejaba ver que Petrozza no estaba tan loco como parecía. Un plan alternativo de acción, qué cosa. Yo hubiese propuesto la alternativa de volver al café La Selva y beber con dignidad, antes de perderla toda haciendo estos dramas.

 No pude escribir demasiado. Estaba nervioso y acongojado. Me reclamaba ceder ante las ideas mi amigo, y al mismo tiempo, de no tener ideas por mí mismo. De no ser tajante. Fuerte. Decidido. Si al menos este plan hubiese salido de mi cerebro y no del suyo… si uno comete un error propio es menos doloroso que cometerlo por idea de otro.

 Para colmo de mis pesares, Petrozza dijo: no escribas como sueles escribir tú, escribe como si fueses otro. Neruda, quizá. A las mujeres les gusta ese discurso poco masculino. Ya sabes, poemas de amor y tristeza. Das y quitas. Amas pero sufres. Sí, sí, dije, entiendo. Ahora resulta que no debo ser yo, pensé. No debo pensar como yo, ni actuar como yo, ni escribir como yo. ¿Es que acaso Estela no se ennoviará conmigo?

 Cogí el lápiz y escribí. Dos versos. Pero los borré de inmediato, eran demasiado míos. Empecé de nuevo, esta vez tratando de no ser yo. Escribí: puedo escribir los versos más tristes esta noche. Borré de nuevo, me había pasado.

 También puedes poner algo sobre una mariposa, dijo Petrozza al tiempo que miraba por la ventana. A las mujeres les gustan las mariposas, agregó. O una flor, habla de flores. Tienen el cerebro floreado. Lo mismo puede ser la Luna, nunca falla. Habla de la noche, las estrellas y la luna. Ya sabes, melancólico pero romántico. No fatídico, no les gusta. A ninguna le agrada la idea de un hombre fatídico y extremista. Mejor pones mariposas, esas cosa les encantan. A ver, escribe: Estela, bella flor, plataforma de mariposas y dueña de mi amor. Joder, ¡eso! ¿Lo apuntaste? Deja ese verso y te sigues sobre la misma línea. No olvides la Luna y la marea.
 Vale dije, ¿por qué no escribes tú el poema, te plantas tú frente a ella y le dices por mí que la amas? Lo dije indignado. Petrozza estaba haciendo por mí más de la cuenta. Me miró sorprendido y muy callado. Dijo, vale. Y no habló más en lo que llegamos… 


6 comentarios:

  1. ¡Está increíble !¡ Lo amé! ='(

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  2. pero, ¿qué pasó después cuando llegaron ? !!!

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  3. Alejandro Toribio Sánchez27 de abril de 2012, 14:38

    Excelente!!

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  4. Ahora estoy leyendo esta composición.

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  5. Angélica Samano8 de mayo de 2012, 1:22

    me gusto mucho

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