viernes, 20 de abril de 2012

El edificio de la calle Dieciocho.


Texto por: Paco Nihil

Hacia ya varios días que nadie veía salir a Romano de su departamento. Nunca, que yo recuerde, se le vio mucho, pero ahora no se le veía casi nunca. Lo más que llegaba a desaparecer eran dos o tres días, y nunca más. Ahora habían pasado cinco días y todos en el edificio rumoraban sobre su desaparición. A simple vista parecía un tipo sin ninguna importancia, tan insignificante como cualquier sujeto sobre la tierra. Pero su extraña desaparición nos tenía a todos con la cabeza llena de morbo e intriga.

 En la parte de abajo, frente a Romano, vivía Manuel con un par de afeminados de doble moral. La mayoría de la gente dice que son “putos”. A mí, en lo personal, no me importaba si se cogían entre ellos o les gustaban las mujeres. Como sea, no me caían tan mal, tampoco me caían bien. De los tres, sólo con Manuel entable una amistad. Últimamente pasaba mucho tiempo con él, estaba triste porque su novio Alberto lo había dejado.  Necesitaba compañía, y los otros dos -son bien “putos”- decía – nada mas me hablan por el dinero y hablan de las mujeres como si fueran algo ajeno a la humanidad, y solo sirvieran para follarselas. Son unos maricotas-  él pagaba la mitad de la renta del lugar y por si fuera poco, la luz y el gas, porque el otro par de inútiles, nunca tenían dinero y a duras penas pagaban la cuarta parte que les correspondía. 

 Arriba vivía Mauricio. Viva aquí desde que se construyo el lugar. Era amigo del dueño y siempre le dejo muy barata la renta. Cuando Manuel y yo no estábamos viendo películas, o en mi balcón platicando, íbamos con Mauro (así nos pide que le llamemos) y fingíamos un amistad intercambiándole compañía por alcohol y cigarros. No es desagradable, incluso suele ser simpático, pero después de un rato te aburres de escuchar historias viejas, y preguntas sobre lo que es obvio para la gente de la época. Para platicar de alguna cosa siempre resultaba anacrónico.  En ocasiones Mary nos acompañaba y todo se volvia mas alegre. Todos reíamos mas cuando Mary estaba presente.

 Mauro es quien esta mas consternado por la extraña desaparición de Romano. El edifico es viejo, Romano se instalo en los últimos soles de su juventud y ahora era un señor que nunca tuvo hijos. Mauro le conocía muy bien, eran muy amigos en antaño. Ya borracho hablaba mucho de él.  –Es un artista- decía con emoción – pero no se bien cual es su arte – terminaba un tanto decepcionado – siempre fue raro. 

 “Cuando llego era como cualquier otro joven, salía con chicas, iba a fiestas, trabajaba entre semana. Aunque su trabajo no era cualquiera. Al principio vivía de una beca que la universidad le proporciono, después empezó a vender sus obras y siempre tuvo bastante trabajo. Para él era como no hacer nada, decía que le pagaban por divertirse y procurarse su propia felicidad. Se esforzaba en su trabajo, pero en vez de verse cansado como en una jornada laboral, parecía que su esfuerzo le deba mas energías. ¡Y vaya que sudaba! Yo siempre entraba con él a platicar y verlo trabajar, a él no parecía incomodarle. Veía como traía fierros, plásticos, tablas, pinturas, lápices, lienzos y toda clase de instrumento para crear una obra de arte. Muchas modelos muy lindas venían a verle con frecuencia. Muchas de esas chicas se volvieron modelos gracia a sus fotografías, pero él nunca fue un gran fotógrafo.  Como dije, nunca supe bien a que se dedicaba. Todas sus obras estaban incompletas. No bien había terminado una cosa cuando empezaba otra. Sabía hacer de todo, lo mismo esculpía que actuaba, o pintaba que escribía, pero no bien daba forma a algo cuando empezaba otra cosa. Escribía sobre las esculturas o pintaba sobre su cuerpo y se tomaba fotografías actuando. 

 Yo no entendía nada de lo que él hacia, ni de lo que decía. ¿Cuál era el propósito de sus fotos? Le preguntaba. Lograr una bella composición con el cuerpo y al mismo tiempo lograr capturar una emoción o sentimiento por medio de la expresión corporal, decía. Ah, le contestaba sin comprender nada.  Pero me gustaba escucharle, se perfilaba tan seguro que su pasión parecía razón. Enlazaba los conceptos con tanta belleza y elocuencia, que sin saber lo que significaba cada uno de ellos por separado, me parecía muy coherente todo lo que decía en conjunto. Una vez me llego a convencer de que ni nosotros, ni nada de lo que veíamos existía, y sólo éramos un reflejo de luz en la materia. ¡Venga! Creer esa estupidez ya era demasiado. Pero saben, él tenía talento para comunicar lo que percibía. Tenía tacto.

 Vendía sus obras así, sin terminar. Les inventaba cualquier nombre, les afinaba cualquier detalle “ de cajón” decía él, y recibía su paga a cambio inventándole alguna justificación metafísica. De nada sirve revelar la verdadera intención, decía, al final los críticos la destruirán y tu obra significara lo que ellos quieran que signifique. Eso sí, jamás revelo su verdadera identidad. Siempre mantuvo muy bien el secreto, no le interesaba la fama. Era muy ambicioso consigo mismo, decía que la fama sólo le distraería de su verdadero objetivo. Lograr una verdadera obra de arte, bella y perfecta. Era sumamente ambicioso con sus ideales, y tan perfeccionista que eso mismo le llevo a no concluir nada. Se exigía tanto que a pesar de ser el mejor o progresar rápidamente en algo nuevo, nunca era suficientemente bueno para sí mismo, se decepcionaba, se deprimía y dejaba de trabajar. Jamás hizo algo por y para sí que lo hiciera sentir satisfecho, aunque a todos les encantaba su trabajo. Quisiera alimentarme de ambrosia divina para volverme eterno, gritaba cuando se desesperaba de su frustración. 

 No le interesaba hacer muchas y grandes obras, le interesaba hacer una sola obra, LA OBRA. Esa idea le empezó a obsesionar, empezó a hablar de la obra pura, la expresión pura, el gran arte, la intención sin intencionalidad… todo eso fue el motivo de que perdiera la cabeza.

 Empezó por encerrarse cada vez mas en su dormitorio, cada vez salía menos. Movido por su propia pasión, se aisló del mundo exterior.  Cada vez más, hasta dejar de salir por días enteros. En ocasiones subía  a beber y cada vez se notaba más triste, hablaba menos,  hasta que también dejo de venir. 

 Yo también deje de visitarle. Antes, todo el tiempo se escuchaba música salir del lugar. Desde las 7 de la mañana, señal de que se paraba a trabajar, hasta muy entrada la noche, cuando se quedaba dormido en algún sillón. Pasábamos largas horas escuchando discos de jazz, un tal Billy May era su favorito. Desde adentro siempre se escuchaba música. Tenías que tocar muy duro para que saliera o cazar  aquellos silencios entre canciones para que te oyera. Rara vez su habitación permanecía en silencio. Pero ahora siempre estaba callada, ni una nota, ni un ritmo, ni un solo ruido. No se necesita tocar muy fuerte para que alguien te escuche dentro, sin embargo, nunca sale a abrir.”

 Manuel y yo nos sentíamos borrachos, nos acabamos entre los tres, dos botellas de ron barato y doce cervezas. Nos despedimos y fuimos escaleras abajo. El alcohol se convino con nuestros impulsos y la curiosidad latente sobre Romano nos hizo quedarnos en su puerta  al terminar la escalera para tocar a su puerta. Ya era más de una semana completa que no salía de ahí. La luz estaba apagada. Me pare frente a la puerta y simule una gravísima voz mientras decía, “buenas noches señor Romano. Es la policía, tenemos un permiso para inspeccionar su casa, creemos que comete delitos contra la salud”. Mi pésima actuación éxito las carcajadas de Manuel. Después se fue a postrar frente la puerta haciéndome a un lado de un empujón. Empezó a tocar con mucha fuerza la puerta, la pateo y comenzó a gritar el nombre del susodicho artista. Nos quedamos un buen rato ahí y hasta usamos su puerta como tambor para hacer una melodía, pero no hubo señal alguna de vi. Nos fastidiamos después de un largo rato, ya habíamos hecho todo un concierto. Decidí acompañar a Manuel hasta su puerta.

 -¿Qué tal que ha muerto? – me dijo y me reí. Él no se rio. “estoy hablando en serio, qué tal que algo le paso y sólo esta su cadáver allá dentro” me cuestiono. No, cálmate, le dije, “quizá sólo salió de vacaciones por algunos días y nadie lo vio salir. Todos pensamos que esta ahí dentro cuando en realidad puede estar placenteramente en alguna playa. O quizá, este en N.Y. revelando su verdadera identidad en una magnifica exposición”. Mi explicación era exagerada, pero aún así, pareció tranquilizar mucho a Manuel, quien de verdad estaba alarmado con la idea de que pudo haber muerto. Aunque también lo pensaba yo pudo haberse ahorcado. Este tipo de gente, los artistas, hacen ese tipo de cosas.  Nos despedimos en su puerta y acordamos vernos al día siguiente para ver una película con Mary.

 El silencio paseaba solemne en todo el edifico y yo flotaba de borracho. Encendí un cigarrillo roto que siempre guradaba, en secreto, en mi bolsillo trasero. Era la señal de que, al menos para mí, la fiesta había terminado.  Le tuve que quitar el filtro para poder encenderlo y fume caminando hacia las escaleras. Pero no bien hube llegado a la puerta de Romano cuando pude sentir mi presión arterial bajar drásticamente.  Mi vista se nublo, todo me daba vueltas y seguramente estaba pálido. Perdí el sentido de orientación y del espacio por completo. Intente alcanzar las escaleras para sentarme. Como deseaba que Romano abriera esa puerta para auxiliarme. Ni siquiera podía gritarle a  Manuel, las condiciones no me permitían emitir ni un alarido con fuerza. Perdí el equilibrio y sentí mi nariz estrellarse con el filo de un escalón. Estaba más mareado que antes. Como pude me recobre y me senté. Así me quede por un buen rato, no se cuanto fue, pudieron ser unos segundos o unas horas, para mi fue un largo rato. Tenia la cara llena de sangre, me empezaba a tranquilizar pero el mareo no pasaba del todo. Alce la vista para ver mis manos  y detrás de ellas pude ver algo que atraía mi atención. Por debajo de la puerta de Romano algo parpadeaba en brillantes destellos de luz blanca. Abrí y cerré los ojos varias veces para dejar de ver eso, pensé que era un efecto del “pasón” que me estaba dando. Pero no cesaba. A eso se sumo un denso olor a quemado, era como carne. ¿Y mi cigarro? Posiblemente provoque un incendio. Intente gritarle a Manuel pero sólo pude emular al triste alarido de un perro convaleciente. Me levante como pude, era un gusano plegado a la pared intentando llegar a la puerta de enfrente para evitar una catástrofe que yo mismo había comenzado. Todo el edifico estaba en riesgo.  Tan pronto estuvo la puerta a mi alcance golpee con todas mis fuerzas como si quisiera romperla…

II

Sentí la puerta abrirse y mi cuerpo caer pesadamente de espaldas. No abrí los ojos hasta que mi cráneo reboto con la alfombra. Levante la cara y lo primero que vi fue la cara de Manuel lleno de sombro.

Yo lo mire con el mismo asombro. Lo ultimo que recuerdo es que le llevamos serenata a Romano. 

- ¿Qué haces aquí? ¿no te habías ido a tu departamento?
- No lo se. Eso creí haber hecho.

 Me busque el cigarrillo que siempre guardo para el final, no lo encendí ayer. ¡Oh no, el cigarrillo! Esto indica que estaba sumamente borracho, yo nunca lo pierdo.

 Manuel me ayudo a levantarme y me invito a desayunar pero le tuve que rechazar. No me sentía muy bien y quería ir a descansar. Aun así, se ofreció a acompañarme hasta mi puerta. Cuando pasamos por la puerta de Romano, Manuel se recargo en un movimiento natural para ayudarme a subir las escaleras, y esta se abrió con un crujido de madera. 

 Todo el lugar era una nube de ceniza blanca y un fétido olor a carne quemada. Nuestras miradas se cruzaron en un símbolo de complicidad, nos pusimos las playeras sobre la nariz y nos adentramos en ese departamento donde obviamente, cosas inhóspitas estaban sucediendo. No se alcanzaba a distinguir casi nada, la ceniza lo cubría todo. Empezamos a buscar a Romano, pero no encontramos a nadie ahí. Sin embargo había pintura fresca y esculturas que aun no secaban, escritos con fecha reciente. Todo indicaba que Romano estaba ahí antes del percance. Había obras de toda clase, tendederos con fotos y poemas, sabanas montando escenarios. Desde basura reciclada hasta material muy costoso. Aunque era evidente que algo se había quemado, todo estaba en perfectas condiciones, a excepción de los muebles y algunas cajas de plástico.

Desconcertados salimos y afuera encontramos a Mauro sentado en los escalones con la cara bañada en lágrimas. “se ha ido” repetía una y otra vez entre llantos, “se ha ido”.

Tuvimos que informar del suceso a las autoridades. Nos dijeron que mas delante seriamos informados, pero supusimos que nunca nos llegaría ninguna información. Un día, mientras Manuel y yo charlábamos en mi balcón, Mary subió con una carta que habían dejado en el correo. 

Seria ocioso reproducirla tal cual, pero decía algo como:

"20/01/2012
A quien corresponda.

Nos apena infórmale que su compañero de edificio, el señor Romano S.J. ha sido victima del suceso conocido como “electromagnetismo imaginativo”. Es un fenómeno actual que se ha venido  dando con frecuencia en fechas recientes. Es producto del moderno estrés, el cual a su vez, es producto de la presión social que se ejerce sobre los individuos en la actualidad. 
Algunos sujetos, dotados de un gran talento, pero imposibles de insertar dentro del aparato social, evaden la realidad buscando otro tipo de felicidad basada en la sensación de libertad que la creación artística les brinda.

 Algunos, como Romano, se obsesionan tanto con esa libertad, que el proceso cerebral encargado de la imaginación se sale de control, y tienen, por decirlo de alguna manera, un desborde imaginativo acompañado de un fluido que recubre toda su masa cerebral y llenando su cuerpo de impulsos eléctricos. Se vuelven de alguna manera, una imaginación encarnizada. No necesitan alimento, ni dormir para seguir vivos. Su mente produce su propio alimento a partir de la imaginación, se alimentan de pensamientos. Y esto, como pueden saberlo, podría alargarse hasta la inmortalidad de estos artistas. Pero el fuego los incinera por completo con la más leve chispa.

 Creo que no será sorpresa comunicarles que todos estos sujetos fumaban. Cuando se disponían a encender su cigarro todo su cuerpo ardía en una fría llama. No quemaba ni una hoja de papel, pero expuesta a largos periodos, arruinaba los plásticos y la madera. La combustión duraba alrededor de una hora y estaba acompañada por fuertes destellos eléctricos. De los sujetos sólo queda una fina ceniza blanca y el olor a carne de cerdo quemada.

 Les pedimos total discreción, pues este fenómeno podría alertar a las autoridades y terminar con nuestra tranquilidad y la suya. Nos hemos sentido comprometidos a comunicarles lo sucedido por ser participes del suceso. Pero este tipo de eventos podría instar a jóvenes talentos a combatir con su arte a las corrientes canonícas. Como sabemos, el sistema no busca verdaderos artistas, ni expresiones sinceras, sino engranes para completar su gran maquinaria socio-política. Los artistas que despiertan conciencias y hacen arder sus ideales hasta consumirse en cuerpo y alma con su obra son superfluos para la sociedad actual.

Atentamente
Doctores X, Y y Z. La parte médica.”


Una banda de música moderna que le gustaba a Manuel sonaba al fondo. El Instituto Mexicano del Sonido. Veíamos pasar las muchachas desde las alturas mientras Mary nos leía la carta. Pero Romano no fumaba, recordé.





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