martes, 17 de abril de 2012

Bubu.


 No soy guapo. Ni siquiera soy lo que se dice un caballero. Si me pidieran describirme me describiría como un tío con suerte. Al menos eso es lo que hubiese dicho en 2004, cuando aún no tomaba consciencia de que la suerte puede ser negativa. Si me lo preguntasen ahora diría que fui un imán de mujeres, pero no estaría precisamente orgulloso. El magnetismo de este imán no atraía a todos los tipos de mujeres. Atraía únicamente la peor clase de mujeres. Invariablemente descubría que la mujer a mi lado estaba loca. Así supe que había dos tipos de suerte, positiva y negativa, y una invariable gama de locuras. 

 La locura de Sandra era la ninfomanía, mezclada con una fuerte tendencia al suicidio. Era una mujer difícil de soportar. Por un lado había que hacer esfuerzos sobre humanos para saciarla. Incluso había que estar dispuesto a que otro hombre nos relevara. Y por otro lado, había que estar dispuesto a ser el padre y el psicólogo eterno de esa mujer. En ocasiones había que ser paramédico. Sobre todo por las madrugadas, cuando llamaba delirando desde su casa, y había que correr con vendas y con paños mojados a revisar las heridas que probablemente se haya hecho en los brazos. 

 La conocí una noche de farra, y después de un viaje a Cuernavaca, comenzamos a salir. El primer mes la cosa fue sobre rieles. Nos mirábamos dos o tres veces por semana, bebíamos whisky y hacíamos el amor en el lugar que nos encontrara la noche o el deseo. Lo hicimos metidos en su coche, en jardineras de parque, en sanitarios públicos de bares, en casa de su madre, en una biblioteca pública, en callejones oscuros de colonias pobres. Suena bonito, pero es más complejo de lo que parece. Con Sandra siempre tuve el sentimiento de ser un delincuente. Todo lo que hacíamos estaba prohibido de alguna u otra manera. Incluso cuando bebíamos, lo hacíamos sobre la vía pública o al tiempo que conducíamos por la noche sin dirección alguna. 

 El segundo mes la cosa fue subiendo de tono. Ya no se trataba de Sandra y yo. Comenzó a presentarme algunos amigos. El primero fue Bubu. Su historia es la siguiente: 

 Sandra llamó y dijo que deseaba verme. No éramos novios, pero nos entendíamos. Dijo que me presentaría a un amigo suyo, que irían a beber un par de copas en un bar, y que terminando ella y yo podríamos irnos a un sitio más adecuado. Con adecuado quería decir que lo haríamos. Siempre era así. Conducíamos por carretera y cuando miraba un llano, decía: este me parece un lugar adecuado. Si íbamos a un bar y el sanitario le parecía adecuado significaba que era un sitio estupendo para follar. Era impresionante la cantidad de lugares adecuados que Sandra podía encontrar. 

 Me encontré con ellos en a las afueras del Metro Camarones, donde Sandra y su amigo quedaron de verse. El amigo, al que me presentó como Arturo González, era un tío de baja estatura, moreno y delgado. Vestía de un modo bastante extraño. Sandra era una mujer extraña y todo su mundo era extraño. Arturo González era la persona más extraña que yo había visto en mi vida. Y no es que fuese disfrazado o vestido como nadie. Iba vestido con una camisa negra y un pantalón negro, pero había algo que lo hacía lucir como ninguno. Alguna especie de halo maldito. Quizá eran sus pestañas. Estaban llenas de rímel. O su cabello. Peinado con un cuidado absoluto. Quizá eran sus dientes. Perfectos. No lo sabría decir con exactitud. 

 Me estrechó la mano y me miró a los ojos unos buenos segundos. Como midiendo el temple con que yo estaba hecho. Recuerdo que apretó muy duro la mano. Que sonrió y que no dejó de mirarme a los malditos ojos, como si él fuese el presidente del mundo. Acto seguido, me guiñó el ojo. Fue un guiño tan sutil y tan presto que incluso pensé que no lo había hecho. Pero no podía engañarme a mí mismo. Sabía que un hombre acababa de guiñarme un ojo, y no tenía el valor de romperle los dientes, porque no estaba seguro de nada. Podía pensar que era marica, lo mismo que era el más macho de los hombres. Había apretado mi mano, pero me había guiñado un ojo. Estaba confundido. 

 Subimos al coche de Sandra. Sandra condujo y Arturo ocupó el asiento copiloto. No tuve más remedio que ir atrás. Condujo por algunas calles hasta que decidimos que iríamos a un bar en Marina Nacional. 

 Durante el trayecto, Sandra contó un montón de cosas a su amigo Arturo. Daba la impresión que llevaban tiempo sin verse. Arturo hablaba poco. Asentía con la cabeza y reía discretamente. Como si la risa se gastara y él fuese un buen economista. Sonreía con esos dientes derechos y esa voz salida de muy adentro. Incluso hablaba sin mover la boca. Como muñeco de ventrílocuo. Y todo el tiempo iba sentado sin encorvar un milímetro la espalda. No era natural. Estoy seguro que había ensayado cada uno de sus gestos. 

 Respecto al viaje, sólo una cosa destacó: en algún momento sentí la mirada de Arturo mirarme por el retrovisor. Llevé mi mirada al espejo y allí estaban sus malditos ojos, fijos en los míos. Hizo esto un par de veces antes de bajar el volumen de su voz (no lo suficiente para que yo no escuchara; quizá lo suficiente para que yo escuchara) y preguntar a Sandra si su amigo era… No, no, dijo Sandra, Petrozza no está en la onda. Arturo me lanzó una mirada por el retrovisor y eso fue todo. No volvió a mirarme ni decir algo que aludiera a mi persona. Incluso dejó actuar con tanto cuidado, y comenzó a hablar sin tanto detenimiento. Le contó a Sandra de la última vez que se encontró con Luis Armando, y se olvidó por completo de mí. 

 Una vez en el bar, que era un bar lleno de universitarios, nos instalamos en una mesa y pedimos una ronda de cervezas claras.

 Aquí pude ver la cara de Arturo a la luz de los focos (no era un bar oscuro sino bien iluminado) y no pude calcular su edad. Lo mismo podría tener veinte que cuarenta. Luego de mirarlo un par de minutos deduje que iba maquillado. Su rostro no tenía una sola imperfección; lucía como un muñeco de plástico, y el carmín de sus labios no podía ser natural. 

 Entonces me dije que era igual, y me dispuse a beber. A olvidarme de Arturo y a disfrutar del trago, al caso que esto iba a durar poco y después… Sandra y yo iríamos a un lugar adecuado. 

 Pero la cosa no sucedió como suceden generalmente los encuentros de este tipo. Arturo era un tío que irradiaba ese sentimiento de lo extraño. Pidió un vaso a la mesera y cuando se lo trajo, vertió dentro una tercera parte de su cerveza. Luego se lo estiró a Sandra y le pidió que hiciera aquello que ella sabía hacer. Otra vez, me sentí fuera de juego. Arturo y Sandra tenían sus secretos. Sandra le pidió tiempo y Arturo estuvo de acuerdo. Mientras tanto, ninguno habló. Yo no hablé tampoco. Me daba la impresión de que hacerlo me expondría ante aquellos dos. No deseaba mostrarme abiertamente a aquel que abiertamente se esconde bajo conversaciones secretas, y polvos pond´s

 Entonces eres amigo de Sandra, me habló Arturo con esa mirada suya que era como clavos en los ojos. Ya, dije, así es. ¿Y desde cuándo?, preguntó. No lo sé, respondí, quizá un par de meses o algo. ¿Desde cuándo son amigos, Sandra?, preguntó a Sandra como si no satisfaciéndole mi respuesta, quisiese que ella corrigiese mi error. Pues sí, dijo Sandra, hace como dos meses, no recuerdo con exactitud. Arturo se pegó un trago directo de la botella, y se calló. 

 Pero no pasaron ni cinco segundos cuando tomó el vaso que había pedido y se lo estiró a Sandra. Le dijo que ya hiciera aquello, que no podía esperar toda la noche. Sandra lo cogió e hizo una mueca. Acto seguido, se fue. Yo no supe a dónde y no tuve tiempo de pensarlo porque en el instante siguiente Arturo me preguntó si yo salía con Sandra. La pregunta me extrañó. Vale, dije, pues sí. No, no, dijo Arturo, quiero saber si tú sales con Sandra. Sabía a lo que se refería pero no supe qué contestar. Es decir, no supe si decir la verdad era lo correcto o metería en problemas a Sandra. No sabía si éste tío que tenía delante de mí era un enamorado de ella, uno de esos que son celosos hasta la médula, o si él conocía a alguno otro que lo estuviera  (enamorado de Sandra) y fuera a soltarlo frente a ese, y me buscara una pelea. No tenía idea de algo excepto que Arturo era peligroso. El instinto me lo hacía saber. El instinto me decía que me anduviese con cuidado. Que todo lo que yo pudiera decir o hacer, iba a ser juzgado. No, contesté finalmente, sólo somos amigos. Arturo asintió con la cabeza y yo asentí también y di un trago a mi cerveza. 

 Sandra regresó luego de lo que me pareció una eternidad. Traía el vaso en su mano, pero estaba lleno. Se lo entregó a Arturo que lo recibió de un contento… como si se tratase de oro. Lo dejó sobre la mesa y a lo largo de la velada se lo bebió. Fue lo único que bebió. No terminó siquiera con el resto de su botella. 

II

 La escena siguiente sucedió durante nuestra estadía en el bar, donde se habló poco pero se hizo mucho:

 Arturo coloca la diestra sobre el muslo de Sandra. Lo soba. Lo soba durante un minuto aproximadamente, y luego hace subir la pierna de Sandra sobre su propia pierna. Estamos sentados sobre una barra y no sobre sillas, lo que facilita la tarea. 

 Entonces continúa sobando pero está vez baja hasta llegar al pie. Sandra calza zapatillas. Arturo le quita la zapatilla. Sandra se deja hacer y yo miro todo desde mi lugar, y finjo no sorprenderme. Doy tragos a la birra y me ordeno una más. Pero no quito la vista de lo que ellos hacen. 

 Noto que Sandra se deja llevar. Cierra los ojos y echa la cabeza atrás al tiempo que Arturo le soba los pies. No me di cuenta, pero Sandra subió la otra pierna y ahora está descalza de ambos pies. Yo sigo bebiendo. 

 Arturo masajea los pies de Sandra y a veces da traguitos a su vaso con cerveza. Lo hace como si bebiera vodka solo, con mucho cuidado y a tragos tan pequeños que da la impresión que nunca terminará con el contenido. 

 Sin embargo, sí que acabará con el contenido.  Coge el vaso y deja caer un chorro de licor sobre los pies de Sandra. Sandra no se molesta, no se asombra. Parece gozar. Arturo chupa los pies de Sandra. No soy el único que está mirando. Las personas de otras mesas también miran. Incluso las meseras miran. Arturo chupa los pies de Sandra con mucha energía, como si chupara un falo. Chupa y a veces coge el vaso y deja caer más de su bebida, y vuelve a chupar. Lo hace con los ojos cerrados. Con mucha pasión. Yo no sé qué decir así que no digo algo. 

 Esto tarda demasiado. Suficiente para que las personas dejen de mirar y yo me pregunté si debo seguir esperando o es momento de hablar, de interferir, de hacerlos volver a la realidad y de decirles que me han traído, que estoy aquí y que me deben respeto. Si quieren hacer aquello pueden hacerlo en otro momento, en una habitación de hotel o dentro del coche de Sandra. 

 Suficiente, me digo. Me levantó y salgo fuera. No miro atrás al hacerlo. Una vez fuera enciendo un cigarrillo. ¿Qué es lo que me pasa? Estoy seguro que no se trata de celos. Por lo que a mí respecta pueden follarse a Sandra. El Sol no brilla menos para ti porque brille para todos. Y el culo de Sandra no sirve menos para mí porque sirva para todos, pienso. Entonces descubro que tengo una erección. Eso es lo que me pasa, pienso. 

 Cuando regreso dentro, han acabado. Sandra me pregunta adónde fui. A por un cigarrillo, contesto. Arturo me mira y sonríe. Sabe que no es cierto. 

 Ordenamos una ronda más de cervezas. La última, dice Arturo, debo irme. Sandra se entristece, pide que no se vaya. Pero Arturo es impecable. Ha dicho que debe irse y lo hará. No importa si es mentira, lo ha dicho y no faltará a su palabra. 

 Terminamos la cerveza y Arturo pide la cuenta. No pregunta si Sandra y yo deseamos continuar. Alza la mano y pide la cuenta. La mesera trae la cuenta. Arturo la mira y la paga. Yo no digo palabra, por mí mejor. 

 Una vez fuera Sandra y Arturo hablan. Lo hacen alejados de mí, pero escucho. Sandra le pide que no se vaya. Arturo mueve la cabeza negativamente. Sandra le pide que entonces, nos lleve con él. Arturo dice que no puede. Sandra pregunta por qué, indignada. Le reclama que nunca la ha llevado a su apartamento. Arturo repite que no puede. Yo miro todo y enciendo un cigarrillo. Sandra insiste. Insiste hasta llegar al llanto. No me lo creo. Sandra está llorando. Arturo no se compadece, su semblante es el de una roca. Sandra sube la voz, le grita: es porque tienes un hombre dentro, ¿verdad? Arturo no responde. Sandra le exige que lo diga. Qué diablos, pienso yo, ¿cómo es que llegaron a esto? Sandra le grita que tiene un hombre dentro y por eso no puede llevarnos a su apartamento. Arturo se la quita de encima, da unos pasos. Tiene la intención de irse, de correr, de dejar a Sandra. 

 Me acerco a ellos con la intención de dejarlos. De decirles que el que se va soy yo, que si lo desean, pueden irse los dos a ese apartamento, por mí mejor. No he gastado un centavo y puedo seguir bebiendo. Pero al verme Sandra me coge, y me dice que Arturo es puto. Ya, digo yo, eso no es de mi incumbencia, ¿no vamos? Arturo me mira, me mira unos buenos segundos. Ya estoy harto de que me mire, le digo: ¿qué miras? Arturo no contesta. Sandra se cuelga de mí y dice que no lo dejemos ir, que hagamos que nos lleve porque desea ver lo que tiene dentro de su apartamento. La gente nos mira al pasar. Algunos se molestan porque bloqueamos toda la banqueta. Con Sandra colgada de mí y Arturo a unos pasos, sin decir algo. 

 Finalmente les digo que me marcho. Se lo digo a Sandra. Sandra grita que no, que no es así. Yo repito que me marcho, que es así. Arturo me pide que no lo haga. Es la primera vez que lo escucho hablar sin ese tono suyo de seriedad. Me lo está pidiendo sinceramente. Dice que me comprara alcohol. De algún modo sabe cómo tratar conmigo. Sandra dice que sí, que Arturo nos comprará alcohol y ninguno se irá a ningún lado. Arturo me mira, pero está vez suplicando. Acepto. 

 Subimos al coche de Sandra, esta vez yo voy delante, junto a ella que conduce. No hablamos. Es una situación extraña, casi absurda, y sin embargo, está pasando, me digo. 

 Sandra aparca en una licorería. Arturo baja y Sandra me grita: ¡baja con él, se irá si no bajas! Bajo. Sandra baja también. Al bajar deja la puerta del coche totalmente abierta. Es el lado donde pasan los coches. Pienso que un coche puede pasar y chocar con ella, y me parece divertido. Miro a Arturo y a Sandra que están empujándose en la licorería y me parece divertido. Pienso en mí, en medio de este mal rollo, y me parece divertido. Pienso que la vida es así, y actúo: 

 Corro a donde están ellos. Los encuentro discutiendo qué bebida comprar. El dependiente espera. Para que no discutan pido un whisky etiqueta roja, no lo pienso dos veces, y el tendero lo trae. Sabe que yo soy el más cuerdo. Arturo se dispone a pagar pero Sandra lo detiene, dice que no es suficiente, que compre más. Arturo me mira y ordeno vodka. El tendero trae vodka. Sandra dice que más, que al menos una botella para cada quien. Estoy a punto de ordenar Bacardi pero Arturo me detiene, dice que es suficiente y paga. El dependiente mete las botellas en una bolsa y me las estira. Las cojo y vamos al coche. 

 Nadie sube. Enciendo un cigarrillo. Arturo dice a Sandra que ha olvidado algo y regresa a la licorería. Sandra no quiere dejarlo ir pero yo le hablo. Le digo que coja las botellas, que iré con Arturo a por cigarrillos. Eso la tranquiliza y coge las botellas. Le pido que las meta al coche y lo hace. 

 Cuando estoy con Arturo le digo que ahora es tiempo, que puede irse. Arturo lo comprende, ha regresado a la licorería para huir y yo también lo comprendo. Miro atrás. Sandra ha subido al coche. Ahora, le digo y Arturo sale discretamente. Sandra no lo mira, me parece que está recostada en el asiento, con los ojos cerrados. Yo sí lo miro. Lo miro alejarse un par de calles y coger un taxi. 

 III

Sandra enloqueció como si se hubiese ido su última oportunidad de ver a Jesús. Me gritó que yo era un tonto, que no debí dejarlo ir. ¿Por qué dejaste ir a Bubu?, me preguntó con el tono de una niña que ha perdido su juguete favorito. Es igual, dije, tenemos el alcohol. Sandra miró atrás, donde ella misma había puesto las botellas y se calmó. Vamos, le dije, es tiempo de irnos. Asintió con la cabeza y me pidió que condujera yo. 

 Conduje hasta que llegamos a casa de Garrison, que nos pareció un lugar adecuado...

Fuente.

7 comentarios:

  1. Don Bartoche Bartoch17 de abril de 2012, 11:09

    Genial, buenísimo relato. Un abrazo amigo Martin Petrozza

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  2. Macrozabeth Moncada17 de abril de 2012, 12:41

    Adecuado... Ja

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  3. Adalberto Javier Nájera Mendoza18 de abril de 2012, 23:26

    Bastante buen texto Martin.

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  4. ups todo un caso.....el de sandra ¡¡¡¡¡¡¡¡

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  5. Irene de Melniboné19 de abril de 2012, 15:21

    A mi me parece especial... como lo es mucha gente "difícil de soportar", con mundos interiores como pasillos entre habitaciones cerradas

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  6. Sergio Arturo Stahl Espinosa20 de abril de 2012, 13:56

    Tuve una novia Ninfo, la Rox, caray, quizà a los 20 años valga la pena una mujer asì, a mis 50 años, francamente, no le puse cianuro a mi "little Jhony" nomàs porque soy creyente y no querìa asesinarla con el chupirul en la boca. Me costò quitarmela de encima, literalmente, què hueva, que agarren un su chucho o su vibrador, yo paso, me gustan calientes no locas sin llenadero. Sorry por este comentario tan pero tan politicamente correcto, jajaja. Saludos

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  7. Seguro dejaste ir a Arturo porque querías llevarte a las botellas y a Sandra, así las disfrutarías ejejejjee, buenísima narración!!!! Un abrazo amigo Martín Petrozza y no vuelvas a permitir que te guiñen ojo!! ejejej

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