miércoles, 4 de abril de 2012

Bendito coraje.


El señor Palafox estuvo todo el día jodiendo con lo mucho que mi trabajo dejaba a desear. Me parece que no estaba de buen humor, que algo le molestaba. Algo que no tuviese que ver conmigo le estaba picando el alma, porque, bueno… es evidente que soy el mejor empleado que ha tenido. Él mismo me lo ha dicho en un par de ocasiones. Me ha tomado de los hombros, orgulloso, y me ha dicho que podría llamarme hijo de no ser porque no lo soy. Soy el único que ha logrado abrir la tienda a las ocho en punto de la mañana, y el único que la ha mantenido impecable, limpia, como trasero de bebé, por más de cinco meses. No se ha visto una sola cucaracha desde que yo llegué aquí. Y según me confesó la señora Palafox, había unas mil. 

 Sin embargo, aquel día el señor Palafox se traía un carácter del infierno. Revisó escrupulosamente (quiero decir: más escrupulosamente que de costumbre) cada rincón de la tienda en busca de la mínima partícula de polvo, de grasa, de suciedad. Inspeccionó, regla en mano, que el jamón y el queso estuviesen a la distancia suficiente para no impregnarse uno con el aroma del otro. Se aseguro que los refrigeradores estuviesen bien servidos de refrescos y aguas, que todos los envases estuviesen dando la cara al frente, y que los niveles de gas no fuesen inferiores al ochenta por ciento de su capacidad. En realidad, buscaba sólo un pretexto para echarme en cara que mi trabajo era deplorable.

 Primero me pensé que la cosa iba conmigo, por algo que Palafox hubiese sabido de mí, por ejemplo, que me beso con su hija dentro de su casa cuando él no está. O que había descubierto que todo el tiempo le he prestado poca atención a sus teorías y en general, me pienso que está algo loco. Pero que lo sepa es imposible, no hay posibilidad… en el primer caso porque la única que lo sabe es Estela y a ella misma no conviene que se sepa. Y bueno, las mujeres siempre son más cuidadosas que uno, así que no creo que haya pista que nos delate, pensé. Y en lo segundo, porque nadie lo sabe excepto yo y no hay modo en que se me pueda leer la mente.

 Luego me convencí que el rollo de su mal humor no era por mí, cuando llegó su esposa y le gritó un par de cosas sobre la pulcritud de la cocina, que según él, no era pulcritud sino un cochinero. Apuesto que esa cocina está limpísima, pensé, Palafox es capaz de llamar cochinero a un palacio.

 Sabiendo que la actitud de Palafox no era una afrenta personal pude respirar tranquilo y dedicarme a lo mío sin dar demasiada importancia a sus imperativos desfachatados, como el de sacar todos los envases de un refrigerador y sustituirlos por los de otro refrigerador, so pretexto de que haciendo aquello lucirían más. Llegados a ese grado me daba lo mismo hacer esa tarea que otra, y si se dejaba algo importante sin hacer a cambio de hacer estos absurdos, no sería mi culpa. Yo podía trabajar en la titánica tarea de cambiar los envases de un refrigerador a otro como Sísifo en su mito, feliz y contento de tener una meta clara en la vida. Incluso podía tararear una canción en la mente mientras lo hacía y poner una sonrisa en la cara, como un bobo que hace las cosas por hacer. Si eso es lo que mi patrón deseaba, no iba a darle el gusto del disgusto porque no era justo.

 Así que tomé aire, me puse el delantal a la cintura y abrí, bien dispuesto la puerta del primer refrigerador. Había que sacar más de cien envases y dejarlos en el suelo… o eso pensé hasta que Palafox me gritó que cómo podía pensar en dejarlos en el suelo… y tuve que meterlos en sus respectivas cajas, Dios, y luego sacar más de cien envases de otro refrigerador y colocarlos en el refrigerador primero. Finalmente, sacar los envases de las cajas y meterlos al refrigerador segundo. Y todo para que luzcan más, según la perspectiva de mi patrón, que no era una perspectiva mucho más inteligente o superior a la de cualquiera. Era una perspectiva de mero capricho.

 Tardé poco a decir verdad, considerando la magnitud de la empresa. Quizá me llevó dos horas y media hacer aquello y atender, al mismo tiempo, a toda la gente que entraba. Sin embargo, cuando terminé, estuve contento. Contento de hacerle ver que no pudo joderme con su mandato absurdo, y que lo mismo me daba hacer esto que aquello, y que ahora tenía un par de refrigeradores mal acomodados. Esto porque, bueno, antes yo los había colocado por número de compras. Estaba primero al primero las cocacolas, que es lo que más se vendía, y luego los tés y los jugos. Al final las leches y los yogures. Ahora, si alguno deseaba tomar una cocacola (y era lo más probable) tendría que pasar al rincón y estirarse demasiado. Además que las cocacolas casi no se veían desde fuera y esto podía hacer pensar que no había.

 Desgraciadamente el señor Palafox no era tan tonto y se percató de su grandioso error. Desgraciadamente, porque el muy hijo de… me hizo cambiar todo de nuevo. Se plantó frente a los refrigeradores y comenzó a reír. Me hizo venir a donde él y colocó su mano en mi hombro. Me dijo: querido Salmo, tenemos un problema. Y yo que lo sospechaba me hice el desentendido. Cuando me lo dijo incluso traté de convencerlo de que así estaba mejor. Le dije que poner las cocacolas al final y en tan incómodo lugar obliga a los compradores a pasar frente a los demás productos y quizá, a comprar algo más. Es lo que hacen los centros comerciales, dije, ponen las mejores cosas en el piso tercero y hasta el final para que tengas que recorrer todo el centro y… No me dejó terminar. Me palmeó la espalda y dijo: regresa todo a su lugar, hijo. Luego agregó un por favor. Acto seguido, desapareció de la tienda. Supongo que se pensó que ya había ido demasiado lejos conmigo y se proponía seguir con su mujer a la que dejó limpiando la cocina.

 Si la primera vez no logró enojarme, la segunda, vaya que lo hizo. Me pasó la cabeza sacar todos los envases y ponerlos en el piso y renunciar una vez hecho esto para que él tuviese que meterlos a los malditos refrigeradores con sus propias manos. Pero recordé que era tan machista que no lo haría él: pondría a su hija y  a su mujer a terminar la tarea y me maldeciría en frente de ellas, haciéndelos creer que su desdicha fue culpa mía.

2

 Bueno, todo lo anterior fue la causa de mi carácter cuando saliendo del trabajo me encontré con Estela y se lo dije… del modo que se lo dije… y también, fue la causa de mi noviazgo. Pero vamos por partes:

 Aquel día, al terminar el trabajo me salí con un coraje de la tienda y un odio hacia Palafox, que no me percaté que de lo que hice. Caminé por la calle de costumbre regreso a casa, pero doble a la derecha contrario a lo acostumbrado. Iba con la cabeza gacha y pensando en el día que iba a renunciar. Aquel día lucía lejano, las obligaciones para con mi abuela me ataban a la tienda al menos hasta que ella muriera, pero… después… las obligaciones para conmigo mismo me atarían hasta que yo… Era como estar encantado por una maldición gitana que me obligase a trabajar el resto de mis días si darme tregua para hacer lo que yo realmente quería hacer: escribir.

 Entonces pasé por la heladería y cuando lo hice caí en la cuenta de que había desviado el camino, y decidí regresar, pero luego, algo, me impulsó a seguir. Tendría que rodear la manzana y sería un tramo más largo a casa pero pensé que mejor, así tendría tiempo para calmar mi ira, respirar, y no llegar con la abuela hecho una furia.

 En aquel momento no lo pensé pero era las nueve de la noche, que es la hora en que regularmente llega Estela del colegio, y estaba caminando por la avenida principal, que es por donde ella llega a casa. No lo pensé hasta que la tuve en frente, a Estela, que casi choco con ella por ir ensimismado en mis pensamientos oscuros de renuncia y asesinato (pensé en asesinar a Palafox).

 Cuando la miré y reaccioné que era ella, me asombré y le pregunté qué hacía allí. Me contestó lo evidente, que regresaba del colegio. Yo no contesté y lo notó de inmediato. Preguntó si yo tenía algo malo. Dije que no, pero no me lo creyó e insistió, y aunque yo insistí en que me dejara tranquilo ella supo que yo estaba al borde de un ataque de nervios. Ahora que lo pienso, aquello de los refrigeradores fue la gota que derramó el vaso porque Palafox ya me había hecho varias parecidas y nunca me había enojado.

 Estela me tomó de la mano y me encaminó por la calle. Le pregunté que a dónde íbamos y me dijo que callara, que ya vería. Entonces, embrujado una vez más por su belleza, que era la belleza de una Galatea, me dejé llevar.

 Me llevó hasta la banca de un parque oscuro y me sentó allí. Ella se sentó a mi lado y me dijo que podía confiar en ella, que le contara mi pesar. Yo no lo deseaba, principalmente porque eso sería hablar mal de su padre, que era mi patrón. Y en segundo lugar, porque me parecía ridículo enojarme tanto por tan poco. Quizá, ahora que estaba mi cabeza fresca, pensaba que no fue mala su intención de acomodar todo de mejor modo. Además, ya estaba harto de darle vueltas al asunto. Así que dije que mi preocupación era otra…

 No sé cómo o porqué, pero es como si Estela hubiese abierto en mí la válvula de mis resentimientos. Teniéndola sentada a mi lado, dispuesta a escuchar, fui capaz de decirle todo aquello que nunca había podido por temor o cobardía. Le oculté con otras verdades el verdadero motivo de mi furia. Le dije que ya estaba harto. Le dije que no podía más y que había pensado en renunciar si no se ponía un alto a esta situación. Y le dije que más le valía darme una respuesta inmediata porque ahora sí, yo sería capaz de todo.

 Estela enmudeció. Me dio la impresión de que habíase arrepentido de mostrarse tan aduladora y comprensiva conmigo. Le salió el tiro por la culata porque queriendo ser buena, terminó siendo mala. La pinté como yo la veía: como una sirena que me embelesaba con sus encantos y me atraía, o como una araña que atrapa a una mosca, y todo para nada. Le reclamé besarse conmigo y salir conmigo pero sin llegar a algo más serio. Le eché en cara darme la esperanza de un noviazgo cuando ella sabía que no había esperanza. Y le reclamé de todas las veces que me había reclamado amar a otra mujer cuando yo mismo le había jurado (y mis juramentos sí son sinceros, dije) que la amaba a ella y a nadie más.

 Se quedó boquiabierta, y luego suspiró, y dijo: ah, eso es lo que te pasa. Sí, dije yo, eso es lo que me pasa. Lo que me pasa, dije, para ponerlo claro, es que te amo ya no puedo más con este sentimiento. Lo que me pasa es que me duele saber que juegas conmigo… Aquí Estala me puso un alto, se defendió diciendo que ella no juega conmigo, que nunca ha querido lastimar mis sentimientos y que siendo así, ella prefería poner un alto, tajante, a la situación.

 Al escucharla decir esto casi muero. Sentí que el corazón se me salía por la boca. Lo último que yo verdaderamente quería era un alto tajante a la situación. Hubiese preferido las migajas del pan que me arrojaba a perderla toda. De ser necesario hubiese aceptado, y firmado por escrito, una relación de juguete con ella, aceptando verla cuándo y cómo ella quisiera y dejando que abuse de mi billetera y de mi buena fe. Prefería por mucho besarla cuando estuviese de humor para besarme, aunque eso fuese una vez al mes, que no besarla nunca. Y prefería, sobre todas las cosas, trabajar y soportar a Palafox con tal de estar cerca de ella, de saber qué es de su vida y de que no me olvidase por completo.

 Cuando se lo dije, rió. Las lágrimas estaban a punto de salírseme por los lagrimales, y temblaba. Maldije en silencio la hora en que nos encontramos en esa oscura calle y me reclamé ser tan imbécil para mentirle respecto a mi coraje, que en realidad nada tenía que ver con ella.

 Y ella seguía riendo, como si mi dolor le causase la más grande de las alegrías, y pensé que las mujeres son así, dichosas con el sufrimiento ajeno, y recordé que Petrozza me había dicho infinidad de veces que las hembras del humano no son diferentes a las hembras de las perras, que su único interés real es el de ellas mismas, y que todas, sin excepción, son unas brujas. Me pasó por la cabeza Wanda de Sacher-Masoch, y la maldije a ella ya toda su raza.

 Pero un segundo después tuve que retractarme de todas mis maldiciones y de mis malos pensamientos sobre la mujer, particularmente sobre Estela, que viéndome en tan terrible estado pegó un brincó y me tomó por el cuello (yo pensando en ella como la serpiente que se decide a morder y brinca, sujetando por el cuello a su presa) y no dejando de reí me besó apasionadamente y me dijo, entre besos, que yo era un tonto. Dijo que era el más grande de los tontos porque no había sido capaz de ver que ella sufría por mí también y que su más grande deseo era que yo me envalentonase y le jurase amor verdadero para así poder dar el paso siguiente, que es el paso del noviazgo.

 Entonces era yo ahora el que no lo podía creer, y mi odio por Palafox se tornó cariño y amor porque de algún modo fue gracias a él que pasó todo esto y que pude romper la tela de araña que me separaba de mi más grande deseo.

 Llegué a casa hecho un mar de ilusiones, y contento hasta la médula…



2 comentarios:

  1. Fabian Marcelo Fernandez5 de abril de 2012, 12:13

    Estas entregas son buenisimas!!

    ResponderEliminar
  2. Lidia rodriguez Garita5 de abril de 2012, 12:13

    A veces lo malo sirve para algo mejor, muy bien logrado!

    ResponderEliminar

Related Posts with Thumbnails

Derechos reservados.

Todos los textos de este sitio son de la autoría de quien los firma y están debidamente protegidos bajo la Ley Federal del Derecho de Autor. Para su reproducción total o parcial, favor de contactarse a: redaccion@whiskyenlasrocas.com