domingo, 18 de marzo de 2012

Sinfonía para un hundimiento.



Aquella mañana, al despertar, decidí de una vez por todas que dios no era un buen tipo. Y además fascista. Aquella era mi primera semana sin trabajo. Algunos días atrás me habían despedido por bajo o bajísimo rendimiento y aquel despido había sido la culminación de una serie encadenada y sumarísima de calamidades que me habían venido sucediendo en los últimos meses. Había estado bebiendo los últimos cinco días. No. Bebiendo no alcanza la verdadera dimensión del asunto. Había estado completa y absolutamente borracho, arrastrado como un gusano y dándome baños de mis propios vómitos durante los últimos cinco días. Me había mantenido perpetuamente pedo de alcohol y lo demás por pura sabiduría porque en la obra de teatro demente de mi vida estar sobrio sería estar más loco que los más locos. En cualquier caso mi conclusión final fue que no estaba loco sino que vivía en un mundo rodeado de gilipollas. Así que me tomé unas vacaciones de la realidad, más que nada para hacer un inventario del desastre y, finalmente, para decidir dónde encontrar un sicario al que encargarle mi asesinato por una módica suma.

 Salí de casa a ver a quién me encontraba en el boulevard. La zona peatonal era amplia, flanqueada por altas acacias y bancos mugrientos y detrás por pequeños bares con mesas y sillas fuera para tomar una cerveza si no hacía ni demasiado frío ni demasiado calor. Aquello era agradable. Al fondo , a la derecha, convivían los yonkis y los vagabundos. Se reunían en su propio reservado, un rincón al que los setos que lo rodeaban daban al lugar incluso cierta merecida suntuosidad.
  • ¿Tú sabes algo de arquitectura? Preguntaba uno. Yo estaba sentado en el banco siguiente y los oía hablar mientras bebía a morro de mi botella de JB. Raspaba al pasar por la garganta pero me daba igual. También lo hacía el Bisolvón y de chinorri mis padres me lo hicieron tragar hasta cuando tenía una vulgar carraspera.
  • Claro. Contestaba el otro. Si hubiese tenido algo más de suerte hubiese sido edificio, amigo italiano.
 El amigo italiano no era ni italiano ni era amigo pero les gustaba mantener cierta familiaridad, cierta camaradería, un abismo de interioridad mutua aunque el alcohol ingerido frustrase cualquier intento de entrada en la conciencia de ninguno de ellos.
Aquellos eran los vagabundos. Enfrente se sentaban los yonkis. No confraternizaban mucho los unos con los otros pero habían llegado a un acuerdo para repartirse el rincón y las jeringuillas. Aquellos eran más chungos. Intentaban engañarte. Engancharte de alguna manera y si tenían el mono y no tenías cuidado podían meterte en un lío no muy agradable. Los vagabundos no. Los vagabundos se limitaban a pedirte dinero.
  • ¿Hermano, podrías darme unos acortantes?
  • No voy a darte dinero pero si quieres puedo conseguirte algo de beber. Le contesté.
  • Puedo ir a alguno de los chinos y comprar unas cervezas.
 El barrio estaba lleno de tiendas de chinos y de moros. Los chinos tenían pequeños supermercados donde vendían casi de todo. Los moros tenían carnicerías que apestaban a carne pasada. Se podía afirmar sin temor a equivocarse que en mi barrio convivía la parte más selecta y distinguida de la ciudad y yo, un intruso, tenía el privilegio de convivir con tan aristocráticos vecinos. Ellos, y no la purria como yo mismo, eran los que le daban su auténtica personalidad a mi barrio plateado por la luna.
  • Te quiero brujita.
 En la pared de uno de los edificios colindantes a nuestro selecto lugar de reunión, un grafitero hacía tan inteligente pintada con su spray verde fosforito. Aquel muchacho iba para filósofo, pensé.
No sin esfuerzo me levanté y me acerqué a los distinguidos yonkis. No repararon en mi presencia hasta que me tuvieron delante de sus narices. Estaban sentados en sus bancos, esperando a que llegase el mono o ideando algún trapicheo de jaco.
    • Queridos señores. Me preguntaba si alguno de ustedes tendrá casualmente una pistola a mano o, en su defecto, conoce a alguien que la tenga y que esté dispuesta a dispararla contra un servidor. Sería generosamente recompensado y agradarían el paladar de mi apetito y necesidad. No hay duda, queridos señores: debemos obedecer al tiempo y el mío ha llegado ya.
II

Si el Marqués de Sade hubiese sabido escribir bien hubiese una engendrado una obra maestra con la vida sexual que mantuvimos Rossie y yo durante el breve lapso que en que nuestras vidas se entrecruzaron. Pero el problema del Marqués era que escribía abominablemente y nunca hubiese conseguido aproximarse a lo que Rossie y yo perpetramos en nuestras noches de pasión y, confesémoslo, de sadismo. Rossie era una seductora profesional camuflada, disfrazada, que me redujo a su vulgar aprendiz para terminar abandonándome a mi suerte con mis vecinos los yonkys. Su abandono, o sea, el mío, fue el inicio de esta sinfonía para un hundimiento bíblico, también el mío. Vestida de novicia, utilizando siempre el inocente diminutivo entre su vocabulario infantil, terminó convenciéndome con sus habilidades y técnicas que provenía no de un convento sino de un lupanar. Y es que si mis teorías existenciales pasadas de moda eran superficiales vulgaridades, las de Rossie eran mefistofélicas. Rossie era heterosexual los días pares del mes y homosexual los impares.

    • La crianza de hijos, el cuidado de enfermos, las labores del hogar de nuestras madres, los servicios sexuales dentro del matrimonio... Eso no va conmigo, querido. Antes que pasar por esa degradación preferiría entrar en la industria de la prostitución.
 Oli la miraba como a una apisonadora. Él no sabía qué ocurría con Rossie los días pares, no hacía preguntas. Se limitaba a ser su dildo orgánico los impares, pese a que ella aseguraba que lo amaba pese a su primitivismo.

  • La gente, tú mismo, confunde el género, es decir, el rol social femenino o masculino y la sexualidad, es decir, los modos de producción de placer sexual. Yo aprendí la lección y ya no la olvido.
  • Pero los roles existen, no sé si es bueno o malo pero existen.
  • Existen, existen.. ¿dónde existen? En nuestra sociedad degenerada. La sexualidad malinterpretada. Me gusta ser una monja, me gusta ser una puta. ¿Por qué no puedo serlo todo? Cuando me follaste la primera vez me corrí como una adolescente... Fue tan infantil...
 Miraba a su cocacola y se concentraba en el agujero de la lata como si fuese el túnel hacia otros mundos, otras galaxias existenciales. Oli tomaba su cerveza en cualquier cafetería, junto a ella, cuando no estaban en su casa haciendo el amor.

    • Mi pequeño Oli. ¿No te gustaría acaso tenerlo todo? Ser hombre y ser mujer al mismo tiempo. Actualmente no es más que una decisión médica y jurídica. No hay limitaciones.
 Y, la verdadera ironía fue que su frialdad inicial e incluso su racionalidad fue lo que me excito hasta volverme loco y a ceder a sus juegos de bayetas y haikus improvisados.

 Rossie se largó una tarde de abril. Quizás era el día de su cumpleaños. No lo recuerdo bien porque estoy muerto y los muertos van perdiendo la memoria más rápidamente que los vivos. De hecho, teológicamente la memoria es más importante que el alma. Es el alma. Rossie agarró su abrigo de cuero negro, su bolso de imitación Prada y, mientras mandaba mensajes con el teléfono a izquierda y derecha, cerró la puerta de mi casa con gélida indiferencia. Nunca pudo ninguna ramera, con todo su doble vigor, arte y naturaleza, alterar una sola vez mi templanza pero esta virgen sinuosa e insinuante, esta bella mentirosa logró subyugarme por entero al más céntrico de los círculos concéntricos del infierno tan temido y, ahora sé, disfrutó haciéndolo, siendo su premio el más cruel de todos: el del autodeleite.

 Después de aquello tardé horas en salir de mi estupefacción. De hecho no salí realmente: primero terminé con el vino y las cervezas que había por casa y después me zambullí en una aventura autodestructiva que sólo podía tener un final posible.



2 comentarios:

  1. Buen texto, tiene ritmo de crónica.

    ResponderEliminar
  2. CONTROVERTIDO ESCRITO AMIGO, GRACIAS

    ResponderEliminar

Related Posts with Thumbnails

Derechos reservados.

Todos los textos de este sitio son de la autoría de quien los firma y están debidamente protegidos bajo la Ley Federal del Derecho de Autor. Para su reproducción total o parcial, favor de contactarse a: redaccion@whiskyenlasrocas.com