viernes, 9 de marzo de 2012

Pero eso es imposible.



Albert toma Calzada de Guadalupe y entra por La joya a la Colonia Estrella. Lo hace en un viejo volsk del ochenta y cuatro. Allí baja la velocidad. La reduce a menos de veinte kilómetros por hora y recorre la avenida con un eco de nostalgia y al mismo tiempo, cierta felicidad. Coge un cigarrillo de la caja y lo enciende con una cerilla. Expulsa el humo de la primera bocanada por la ventanilla y saca el brazo. Lo reposa en la puertezuela y conduce pausado, añorando los días en que vivió en la calle de Granate. Hace más de veinte años de aquello. Conduce muy despacio. Un coche detrás le pita el claxon. Albert le hace una seña y lo deja pasar. En otra situación se hubiese bajado del coche a romperle la cara al conductor de atrás. Al menos a fingir que tiene la intención de hacerlo. Pero hoy le importa un cuerno. Este es su momento y nadie se lo va a arruinar. Es el momento en que, después de veinticinco años de no ver a su hijo, se reencontrará con él. Es un momento importante, a sus sesenta y siete años, tiene que serlo, piensa Albert.

 Siempre pensó que el muchacho se las traía con él. Era verdad, en cierto modo, pero había motivos. Albert jamás entendió la personalidad de Henry. Por ese entonces Albert era muy duro. Tendría cuarentaitantos años y se negaba a envejecer. Levantaba pesas y solía gritar todo el tiempo. La última vez que lo miró hubo una disputa y luego una pelea. Fue porque Henry le llamó hijo de puta. No iba a permitir que un hijo suyo lo llamara hijo de puta, ¿o sí? Así que le pidió que se retractara, pero Henry era muy orgulloso. Tan orgulloso como Albert. Entonces comenzaron a empujarse. Fue Albert el que comenzó. Y Henry ya tenía sus buenos años. No iba a dejar que alguien le empujara, incluido su padre, al que ni siquiera consideraba su amigo. Si un amigo suyo lo hubiese empujado, un amigo de verdad, quizá hubiese reaccionado diferente. Pero Albert simbolizaba todo lo que Henry odiaba en el mundo: el macho, el chuloputas, el rey del barrio. Así que alzó la mano y la dejó caer en una bofetada al viejo.

 Albert mira el paisaje. No ha cambiado demasiado. Han pintado algunas líneas de calle, y han cambiado el suelo del Parque. Luce como un parque decente, no como cuando él lo dejó. Lucía como una especie de Bronx. Quizá aún sigan vendiendo hierba, pero ahora debe estar más controlado. Al menos esa es la impresión que da: que el narcomenudeo ha sido controlado. Y también hay gente nueva, o eso parece. Quizá se trate de los hijos de los viejos que han crecido, piensa Albert. Esta es una colonia a la que no llega gente nueva. Las personas aquí echan raíces. Las casas son viejas y los abuelos han nacido y han muerto en ellas. Él mismo no se hubiese ido de Granate de no ser porque su mujer le echó a la calle. Hace ya tanto de eso. El niño aún iba al colegio. Recuerda que cuando se marchó el niño le abrazó pero él, que estaba deshecho y furioso, le quitó los brazos de encima y le dijo que no fuese marica, que no llorase, y que se aguantase como los hombres. Le dijo que un hombre no da abrazos a otro hombre y que todo estaría bien, que él, Albert, no necesitaba de él ni de su madre para mantenerse a flote.

 La bofetada le cayó como un rayo del Cielo, como un trueno lanzado por Dios. Nunca pensó que Henry, que era un chico delgado y retraído se atreviese a… Albert tenía en aquel entonces cuarenta y dos años y estaba conservado. Había perdido poco de la musculatura que le caracterizaba y continuaba vistiendo camisetas sin mangas. Fue el puño de uno de esos brazos desnudos y quemados al sol el que se estampó contra la cara de Henry. Le partió la nariz y parte del labio. El muchacho cayó al sueño y la madre corrió a detener a Albert, pero el dorso de la  misma mano fue ahora a estamparse contra la boca de la mujer. La mujer también cayó al suelo, y Albert rió. Dijo que no habían dejado de ser unos jodidos mierdas. Que no habían entendido en todos esos años que él era el amo. No sabe, nunca supo, qué fue exactamente lo que detonó en Henry la ira, si haber pegado a su madre o llamarlo mierda. En realidad, si se le preguntase a Henry, contestaría que nada de eso, que lo realmente doloroso fue que se autoproclamase amo. Todo ese tiempo Albert había sido el amo, ciertamente, pero había que matar al padre, y había llegado el momento. Henry se levantó del suelo lleno de sangre y lleno de ira.

 Luego de sacarse aquel sucio recuerdo, enciende otro cigarrillo y detiene el coche. Aparca en la calle de Turquesa. Baja del auto. Revisa que el coche esté bien aparcado, no desea un problema con la policía el día de hoy, y cuando se asegura que lo está, camina hacia la iglesia. Para cuando llega el cigarrillo aún no se consume. Debate entre tirar el cigarrillo o esperar a fumarlo. Da una calda, no quiere aceptar que desea fumarlo, así que da una calada y se toma un tiempo falsamente para pensar. Para decidirse a echarlo al suelo y aplastarlo. Al pobre, piensa Albert. Da otra calada, le gusta pensar que el cigarrillo no tiene la culpa de nada, ¿por qué habría de asesinarlo de ese modo? Y después de nueve bocanadas (Albert las ha contado porque le parece que esta vez el medio cigarrillo está durando demasiado) finalmente queda una colilla sin más por fumar y la catapulta con los dedos hacia la avenida. Entonces entra a la Iglesia.

 El muchacho se le fue encima, con una fuerza salida de no sabe dónde, y le tiró al suelo. Tenía a esa fierecilla encima de sí y no pudo hacer otra cosa que gemir y lloriquear. Sobre todo del susto. No lo podía creer. Jamás pensó que Henry, el muchacho, el flaco y el sensible Henry… Nunca sabrá que estuvo debajo de su hijo enloquecido menos de un minuto, cuarenta y ocho segundos para ser exactos. La cosa le pareció un infierno y una eternidad. En cuarenta y ocho segundos Henry puso fin a una tiranía de diecisiete años. La escena fue patética. El amo, el señor de la casa y del universo, lloriqueando en el suelo mientras Henry, llorando también, se levantaba y corría a brazos de su madre que no podía sacar la cara del delantal. Todos llorábamos, recuerda Albert. Henry lloraba de ira, de coraje y de arrepentimiento. A pesar de todo, no había querido hacer lo que hizo. Le disgustaba haber usado la fuerza porque usar la fuerza era lo que más odiaba. Lo odiaba precisamente porque este tipo de escenas eran las que representaban a su padre. La madre de Henry lloraba porque sabía que en adelante nada sería igual. Sabía que había llegado el momento de acabar con el problema de tajo. Se tardó doce años en envalentonarse pero al final lo hizo: denunció a su marido por maltrato físico y sicológico. Y Albert… Albert lloraba porque sabía, él sabía, que su reinado había terminado. Le apenaba la situación. En aquel momento ambos lo supieron. Henry y Albert supieron que Henry podía hacer daño a su padre. Que si lo deseaba, podía…

 La iglesia tampoco había cambiado demasiado. Hace quince años que no entraba a esa iglesia, ni a ninguna otra, pero algo le decía que no había cambiado mucho. Quizá el polvo sobre las estatuas de los santos, o los viejos que estaban allí, arrodillados ante Jesús. Quizá el sentimiento de que Dios lo había estado esperando, y que llevaba allí todos esos años sin mover nada de su sitio, para que Albert al volver… ¿He vuelto?, se pregunta Albert ante el altar. La verdad es que no sabe muy bien por qué demo… por qué diantres está allí. Se dedica a ver el decorado, dándose un pretexto. He entrado a mirar el decorado, se miente, pero sabe que es mentira. Hay algo más, alguna fuerza externa que le ha guiado a esa maldita iglesia. Mira el decorado, que incluye algunos viejos y se dice que él no es uno de ellos. Siempre pensó que la religión es para los ancianos, y cada que se abría en él la veta del sentimentalismo, se decía que él no. Que a él aún le quedaban unos buenos años. Sin embargo, cada vez era más difícil convencerse a sí mismo de que eso era verdad. Y de la nada, como siempre que le ocurre, le llega esa nausea y ese asco por sus congéneres, que en realidad es un asco por sí mismo. ¿Qué hace él en este antro de gilipollas que no pueden ya limpiarse el culo por sí mismo?  Él aún puede con su culo, así que se lo lleva de allí a un sitio mejor. Si me dieran la oportunidad, piensa, aún podría cepillarme a una lolita.

 Luego de aquella discusión y aquella pelea Albert se fue derrotado, con la cola entre las patas, y no regresó a la calle de Granate, ni volvió a ver a Henry ni a telefonearlo. Se enteraba por los conductos más indirectos, algún compadre, que el muchacho había conocido a una chica y se había enamorado. Se rumoraba que iba en serio, y Albert imaginaba a su hijo de la mano de una mujer. Imaginaba a la mujer y la imaginaba muy bonita, principalmente porque no iba a concebir que su hijo, la sangre de su sangre, se liara con una mujer que no fuese un encanto. A veces sonreía al pensar en Henry y en cómo luciría el día de su boda. Seguro que le temblaran las piernas, pensaba y reía. Hasta ahora nadie le había corrido el chisme de una boda, pero él estaba seguro que la habría, y que sería estupenda. Incluso pensaba que a una cosa así sí asistiría, y que sería un bello momento para reencontrase. Pero la boda nunca llegó y Albert se quedó esperando el gran día. Hoy por hoy Henry tendría cuarenta y dos años, y ya no es edad para una cosa así. Al menos no si se trata de la primera vez.

 Albert enciende un cigarrillo más y sube al volsk modelo ochentaicuatro. Antes de encenderlo piensa en qué dirá a Henry cuando abra la puerta de su casa. Piensa en irse sobre él con un abrazo pero le parece demasiado empalagoso. Además, se dice, quién sabe si Henry desea un abrazo de su viejo. Es probable que se haya hecho tan duro como yo, piensa y sonríe. Eso le daría orgullo. Saber que su hijo dejó de ser ese jovencito sensible y aletargado. Se promete a sí mismo que si descubre que no, no le hostigara con ello. Piensa que es mejor tener un hijo lento que no tenerlo. Sobre todo con esta nostalgia que me entra, joder, piensa Albert, de verme muerto y desamparado. No desea que el día de su funeral no vaya alguien. Y es que la verdad, es muy probable que algo así suceda. Luego de la madre de Henry se enredó con dos mujeres más pero ahora no le queda ninguna. Tenía antecedentes penales de maltrato físico y psicológico y ya le habían advertido que una reincidencia más le costaría demasiado. Se lo advirtió su compadre James el día que pegó a Becky, su segunda mujer. Becky le abandono por el noventa y siete, y luego de ella vino Aline, una mujer entrada en años que lo mismo que Albert llevaba dos fracasos amorosos en su haber. Era la madre de dos niñas de veintitantos años y fue una de ellas la que lo llevó al juzgado. Se libró de las rejas porque al final la niña, tras la suplicas de Aline retiró los cargos: acoso sexual. Y una vez que Albert quedó fuera de peligro, Aline le abandonó. No iba a permitir que lo encerraran pero tampoco iba a arriesgar el culo de su hija con un depravado que además era un jodido macho.

 Henry tampoco hizo gran cosa por buscar a su padre, de hecho, no hizo nada por buscarle. Le importaba un cuerno la situación del viejo que siempre andaba metido en rollos penales. Luego de aquella disputa se olvidó de asunto y pudo hacer una vida en la tranquilidad de su conciencia. Sabía que viejo no le molestaría nunca más, y eso es todo lo que quería. No le reprochaba haberse marchado. Quizá, eso se lo aplaudía. Era lo mejor que había hecho: abandonarlo. A estas alturas, a sus más de cuarenta años, qué iba a importarle. Lo perdonó hace mucho tiempo. No le costó trabajo, realmente no sentía por él odio ni desprecio. Sentía, a lo más, compasión. Vivió con si madre los últimos dos años, hasta que se mudó con Nicole, la mujer de su vida. Se mudó a la calle de Malaquita, dentro de la misma colonia, a un apartamento pequeño en el número noventaiuno. Había vivido allí los últimos catorce años, y jamás había pensado en su padre demasiado. Si le hubiesen dicho que ese viejo estaba a menos de diez cuadras de su casa, que pensaba darle una sorpresa y que había venido en son de paz, no lo hubiese creído. Principalmente porque a veces pensaba (le gustaba pensar) que su padre estaba muerto. No podía imaginarlo de orto modo.

 2

Bueno, piensa Albert, llegó el momento. Está parado frente a la puerta del edificio de apartamentos número noventaiuno de la calle Malaquita. Es un edificio amarillo y una puerta café. Ha dejado el volsk dos metros más allá, aparcado entre un bote de basura y un coche azul. Se sacude las manos y luego de un suspiro presiona el botón del timbre del número interior cuatro.

 Albert está que le tiemblan las piernas. No sabe cómo reaccionará el muchacho. Quizá ni me reconozca, piensa. Quizá tenga que darle santo y seña de quién es su padre. Seguro que me ha enterrado vivo, piensa y se balancea un poco. Trata de sacar su mejor sonrisa. Trata de ser natural. Piensa que no es la gran cosa, es como si se tratase de un viejo amigo. El tiempo lo borra todo, piensa, el tiempo ha apagado el fuego de su ira. Después de todo soy un viejo y uno siempre tiene compasión por los viejos.

 Albert deja de pensar en todo lo anterior y piensa que ya ha pasado demasiado tiempo desde que tocó el botón del timbre. Repasa la dirección en su cabeza: Malaquita número noventaiuno, interior cuatro. Sí, eso es lo que le ha dicho su exmujer. Ella no mentiría. No en algo así. Si no quisiera que viese al chico se lo habría dicho. No es una mujer que tema decir la verdad. No a estas alturas, cuando ambos han estado separados más de treinta años.

 Albert toca de nuevo. Esta vez mantiene el botón presionado por más tiempo. Una cabeza asoma de una de las ventanas. Es un muchacho, como de diez años a lo más. Le pregunta al viejo que qué desea. Ya, dice éste, busco a Henry Marsh. ¿Henry Marsh?, pregunta el muchacho. Yo soy Henry Marsh, dice, ¿quién es usted? Albert sonríe, una felicidad lo inunda hasta la coronilla. Soy Albert Marsh, contesta y las lágrimas casi se le salen, tu abuelo. El muchacho regresa la cabeza dentro y grita que hay un señor que dice ser su abuelo.

 Henry abre la puerta. Mira a su padre de pies a cabeza. ¿Albert?, pregunta como quien no reconoce a un desconocido. Albert asiente con la cabeza y no dice nada. No se abrazan ni sonríen. Esto está muy lejos de ser como lo imaginó Albert camino acá.

 Henry se queda un par de segundos sin hacer nada. Albert sonríe y le dice: ¿es que no vas a invitar a pasar a tu viejo, eh? Lo dice en el tono más carismático que le es posible. Es decir, en un todo carismático mezclado con reproche y con lamento. Henry asiente con la cabeza y hace un ademán para que entre.

 Entran por un pasillo estrecho. Henry va detrás y le guía. Dice que tomen las escaleras. Luego le dice que suban al cuarto piso. Albert obedece sin decir algo. Henry va detrás y le mira los zapatos. Son un par de viejos zapatos de cuero negro. No serán… no, no puede ser, piensa Henry. Pero está seguro que al menos, son el mismo modelo que usaba su padre hace treinta años. Los recuerda bien.

 3

Una vez dentro Henry lo presenta con su hijo. Le dice que este hombre es su abuelo. El chico le saluda sin mucho ánimo y luego se larga a su cuarto. Dice que hará los deberes, pero es mentira. Su padre sabe que es mentira. Sencillamente no le agrada el viejo. Será por la camisa, da la impresión de que no la ha mudado en meses. ¿Y dónde está la afortunada?, pregunta Albert. Ah, Mary, dice Henry. No está, se queda con Madre los fines de semana. Ya sabes, la pobre está muy mal y necesita de alguien que la cuide, y aquí… no cabe, dice Henry estirando los brazos para que Albert note que el apartamento es muy pequeño.

 Albert sabe que debe decir algo. Algo que lo salve del absurdo, pero no encuentra las palabras. Lindo cuadro, exclama. Henry da las gracias. En la pared cuelga un cuadro. Es una naturaleza muerta pintada por un artista desconocido. Nada espectacular, incluso Henry siempre ha pensado que es muy sobrio. Aunque Mary fue la que lo trajo tampoco ella parece amarlo. Es un cuadro mediocre.

 ¿Y bien?, pregunta Henry, ¿qué te trae por aquí? Albert intenta explicarse. Pero él tampoco sabe muy bien qué lo trae por aquí. Todo este tiempo han permanecido de pie y esto lo hace sentirse peor. Ni siquiera le ha ofrecido asiento. Desea decirle que quiere hacer las paces. Ya sabes, dejar el pasado atrás y olvidarse de todo. Sobre todo Albert desea olvidar. No ha olvidado desde hace veinticinco años.

 Albert se rasca la barbilla, y dice: se me ha parado el auto, ¿sabes? Henry lo mira extrañado. Bueno, continúa Albert, me paseaba por aquí y el coche se paró a media calle. Henry frunce el ceño, ¿qué tiene que hacer su padre aquí paseándose en su coche? Entonces recordé que alguna vez tu tío Herb mencionó que vivías en la calle de Malaquita, y… Henry lo deja hacer, quiere ver hasta dónde es capaz de llegar. Además, piensa que probablemente sea cierto. Así que pensé que quizá… no sé… podías echarme una mano con el viejo trasto, y… Bien, dice Henry despreocupado, vayamos a ver ese coche.

 4

Albert abre el cofre del volsk. Henry se inclina para ver mejor el motor. Luce como una cueva de arañas. No han metido mano al coche en años. No te puedes quejar, dice Henry, este coche lo tenías cuando yo era muy pequeño, si ahora mismo se cayera en pedazos, no te puedes quejar. Ha durado más de la cuenta. Sí, sí, dice Albert. Bueno, dice Henry, échalo a andar.

 Albert sube al coche y lo enciende. Curiosamente (de verdad que nunca lo hace) el coche enciende al primer intento. Bueno, dice Henry acercándose a su padre que está al volante: pues ya está. Albert asiente con la cabeza. Acelera un poco, sin meter velocidad, como si estuviese probando que en realidad el coche está muy bien. Henry regresa al cofre y lo cierra. Albert siente el coche tambalearse al cerrar del cofre. Incluso siente el coche temblar al zumbido del motor. Le parece que por un instante es capaz de percibirlo todo. La gente que pasa, el ladrido de un perro, el respirar de Henry que le dice: pues ya está. Quisiera detener el tiempo. Quisiera poder decir que no tiene intención de irse. Que ha venido para quedarse, para entablar amistad con su hijo. Siente el viento en el rostro e incluso siente una gota de sudor bajarle por la frente. Nunca se había sentido tan vivo y a la vez tan muerto.

 Henry le empuja la puerta y la cierra. Albert queda dentro, con las manos al volante y la vista al frente. Pero no ve. Imagina, piensa, sueña. Se aferra a ese instante tanto como le es posible. Estaría dispuesto a pasar los últimos años allí,  atrapado en ese segundo que lo mantiene, de alguna manera, cerca de su hijo. 

 Pero eso es imposible.


9 comentarios:

  1. Joel Cuevas Téllez9 de marzo de 2012, 20:33

    Es verdad el tema que manejas, Martin Petrozza . Cuántas barreras infranqueables de pronto aparecen en nuestras vidas.... Cuántos "muros" impenetrables e infranqueables...Sin darnos cuenta que la mayoría de las veces, la vida puede ser...posible.

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  2. Muy bien usados los tiempos, el lector se hunde en el texto y llega al sentimiento del personaje. Muy bien escrito... lobo©...

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  3. Directo y al grano, sin circunloquios, y del mundo interior qué...El 9 de marzo de 2012 16:18

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  4. Alejandro Toribio Sánchez9 de marzo de 2012, 20:49

    Excelente!!!

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  5. leìdo...intenso.- Saludos Cordiales

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  6. Diego Serrano Cubillos11 de marzo de 2012, 23:22

    Son muy entretenidos estos cuentos , pero vamos a los 40 y tantos no se es viejo , muy pór el contrario

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  7. lindas anecdotas te felicito

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  8. me dio nostalgia esta lectura, aunq mi padre tiene algo de Alber orgulloso y en sus buenos tiempos tambien sintió ser el amo y señor jeje, pero es un gran hombre, responsable conmigo y mis hermanos, lo amo y no se que haria sin él... saludos Martin Petrozza, hace varios dias q no habia podido leer sus textos...

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  9. Entretenido,elocuente en la lectura,solamente algo que debes cuidar,o no se por que les agrada meter nombres anglosajones,si estas hablando en un tiempo y en un entorno cultural diferente,no seria mejor llamarse pedro, juan, jose etc(tanto el hijo como el padre).Imaginate que un japones escribiera en su entorno cultural y el protagonista se llamara Manuel o Jose,Pedro etc.bueno pero al final de cuentas tu lectura si mantiene al lector con la esperanza de saber que más sucedera... saludos.

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