domingo, 25 de marzo de 2012

Lo grandes que somos.


Texto por: Carlos Luna.


¿Cómo es que llegué ahí? Lo que puede hacer la soledad. Hice un apunte mental. “La soledad es mala consejera, pero lo mío es desesperación, es peor” Me reí. Voltee de un lado a otro. No sabía cómo era, pero imaginaba que sería lo que fuera menos atractiva. 
     Unos chicos pateaban la pelota en la plaza. No tenía idea de cómo es que alcanzaban a verla, casi no había iluminación pero los chavales seguían dándole, duro, detrás de la bola. 

     Escuché un hola y giré la cabeza. No podía ser ella, era linda, muchos más de lo que esperaba. Algo no me cuadró pero sonreí y ella me miró con extrañeza. Detrás de mí se acercó un chico y ella repitió “Hola” mientras sonreía. No pude contenerlo y solté la carcajada. El chico me miró con odio, no dijo nada. Se acercó a la chica, le tomó por el talle y la besó. Se alejaron caminando de la mano. Alcancé a escuchar que él le preguntaba; “¿Quién es ese pendejo?”, no escuché lo que ella contestó. 

     Miré el reloj, nueve treinta y cinco. “Nueve y media afuera de la estación Tlatelolco”, eso fue lo que escribió el o ella o lo que fuera que fuese. Tenía cuatro teorías: 

1. Travesti o joto, la más probable. 
2. Una mujer nada agraciada, granosa o terriblemente gorda, o fatalmente flaca, o muy vieja, o simplemente fea, también muy probable. 
3. Una chica simpática, guapa o muy guapa, la más peligrosa de las teorías, implicaba probable trampa. 
4. Una tipa de buen ver, que tenía un profundo resentimiento con la sociedad y se dedicaba a engatusar hombres para después asesinarlos en su departamento o simplemente contagiarles una enfermedad mortal. Esta teoría era la más alejaba de la realidad y suponía que era mero producto de mi imaginación, pero no podía descartarla, todo podía suceder.

-¿Ricardo?

     Levanté la vista, la observé, se acercaba. Era gorda, gigantesca,  tan gorda como un elefante que acabara de comerse toda la producción de Mafer. Y por si fuera poco, en cuanto le dio de lleno un halo de luz,  noté que tenía el rostro rebosante de granos. Bajé la mirada, decidí hacerme el loco. Pensé en quedarme con la vista en el suelo, esperar a que ella se acercara, me tocara el hombro y preguntara nuevamente “¿Ricardo?”, para después mirarla extrañado y contestar “No”. Pero no lo hice, estaba ahí y quería llevar las cosas a sus últimas consecuencias, cuando estaba a tres metros de mi la observé directamente a los ojos.

-¿Ricardo?
-Sí.
-Soy Pamela.

     No dijimos más, me levanté y caminé a su lado. Nos internamos por los pasillos de ese laberinto de edificios que hay en Tlatelolco. Yo la miraba de reojo. Ella caminaba con la vista al frente, serena, como si nada pasara, no volteaba a verme, era como si estuviese caminando sola.

-Muchos edificios por aquí, ¿verdad?- pregunté.
-Aja.
-¿Llevas mucho viviendo aquí?
-Algo.
-¿A qué te dedicas?
-¿Te interesa?
-No lo sé…No, sí, sí me interesa. Quiero decir, no nos conocemos, quiero decir, hicimos una cita por el Chat y sólo sé tu nombre. Ni siquiera estoy seguro de que ese sea tu nombre.
-Aja…
-¿Entonces?
-¿Entonces qué?
- ¿A qué te dedicas?
- Muchas preguntas, ¿no?

     Sentí que tenía que huir de ahí, pero misteriosamente me sentía enganchado. Yo era una rata de laboratorio y ella la flauta de Hamelín.

-¿Vamos a coger?- preguntó.
-Sí, en eso quedamos, a eso vine.
-No quiero que me salgas después con que eres gay o que quieres mucho a tu novia o alguna pendejada así.
-No, no te preocupes.
-Me caga la gente que me hace perder el tiempo.
-Este no es el caso.

     Los pasillos por los que caminábamos comenzaron a estrecharse y hacerse más oscuros.

-¿Falta mucho?
-No, no falta mucho, estamos cerca, ¿tienes miedo?
-No, ¡cómo crees!- dije dando un buen trago de saliva.
-Podría hacerte algo, ¿sabes?  Puede ser que aquí en la esquina estén mis cómplices listos para destriparte y vender tus ojos en tres pesos.
-Puede ser,  pero pensé en eso y me vine armado.
-¿Vienes armado?
-¿Están tus cuates esperando en la esquina?
-Tal vez.
-Lo mismo digo.

     Los pasillos eran muy estrechos y la visibilidad casi nula, había que levantar el cuello bien alto para ver un trozo de cielo entre las ramas de los árboles. De pronto, salió de entre los árboles un tipo que pasó trotando a centímetros de mí. Di un respingo y sentí que me daba el infarto. La gorda se dobló de risa y comenzó a toser.

-Te cagas de miedo chavito.
-No soy chavito –dije con el corazón golpeando en los tímpanos.
-¿Cuántos años tienes?
-Ya te había dicho en el Chat que veinticinco.
-¡Perdóname!,  si sientes que se te comienza a dormir el brazo me avisas. Aquí a la vuelta está un hospital, con cardiólogos y toda la cosa. ¿Fumas?
-Sí.

La gorda sacó un paquete de cigarrillos y me ofreció uno, después señaló el edificio que teníamos enfrente.

-Es aquí.

     La seguí, entramos en el elevador y pulsó el piso catorce, salimos al pasillo y metió la llave en la cerradura de una de las puertas. Entonces pensé en que no sabía que es lo que había detrás de la puerta. 

-Pasa- me dijo
-¿Vives sola?
-Ya te había dicho que sí por el Chat. ¡Pasa!
-Está muy oscuro.
-¡Qué señorito tan desconfiado!- Dijo la gorda presionando el interruptor de luz –Le recuerdo que el arco de la puerta tiene detector de metales. Si viene armado tendrá que dejar el arma afuera.
-No vengo armado.
-Lo sé.

     El departamento era un basurero; había un par de sillas de plástico, montones de envases de caguama regados por el piso, todo era una porquería. Daba la sensación de que el piso del lugar tenía meses sin sentir las fibras de la escoba. Probablemente las palabras: escoba, recogedor, jalador, mechudo y jerga habían desaparecido -tal vez para siempre- de la memoria lingüística del departamento. La gorda encendió la computadora portátil y puso música del buen Silvio Rodríguez. Entró a la cocina y regresó con dos caguamas, destapó una y me la dio. Me senté en el piso y comencé a dar tragos de la botella, cerré los ojos y me concentré en la música.

-¿Te gusta Silvio? –Preguntó la gorda
-Me encanta.
-Tengo toda su música.

     La gorda encendió una lámpara y la estancia se iluminó con mayor claridad, se acercó a mí y tomó mi rostro entre sus manos.

-Eres guapo.
-Gracias.

     Intentó besarme pero puse mis dedos en sus labios. En aquella estancia bien iluminada la gorda se veía todavía más fea, era espantosa, un crimen contra la naturaleza. Imaginé a un grupo de soldados caminando por el desierto. Un grupo de hombres acostumbrados a todo tipo de barbarie, combatientes que sufrían de estrés, mala alimentación y cansancio. Hombres obligados por la guerra a guardar celibato. Después imaginé a la gorda acostada en medio del desierto, desnuda, con las piernas separadas en cálida bienvenida. Los soldados comenzaban a rodearla, a olfatearla como hacen las hienas con la carroña. Dos de ellos se excitaban, estaban acostumbrados a todo tipo de atrocidad y harían una más. Se acercaban a ella con los penes fuera de las braguetas, toqueteándose. La gorda se retorcía, les invitaba a penetrarla, de pronto… el soldado más coherente del grupo se adelanta a sus colegas y descarga su M16 contra el cuerpo de la gorda. El cuerpo de ésta realiza la danza de la muerte, la sangré comienza a manar, espesa, grasosa…

-¿En qué piensas?
-Escucho la música.
-Soy abogada.
-Eso está bien.
-¿Qué chingados te pasa?
-Nada, escucho la música.
-¿Vamos a hacerlo?
-Ya te dije que sí.

     Era mentira, comencé a pensar en la forma de largarme de ahí de la manera más decente. La gorda me dio la espalda y comenzó a aporrear el teclado de la computadora.

-¿Qué escribes?
-Cosas.
-¿Qué tipo de cosas?
-Poesía… poesía erótica.
- Además de abogada, ¡poeta!
-Espero que sí.

     Me acerqué por detrás de ella y leí algunas líneas. “¿Qué te parece?” -preguntó volteando a verme sobre su hombro. Pobre mujer, tenía granos incluso en los labios, daba escalofríos verla. Muy buena, mentí. Su escrito era una mierda, decía cosas como: “Me encanta cabalgar sobre tu palo de piedra, ¡sí!, ¡así!, dame durísimo hombre caballo”

-¿Y tú?
-¿Yo qué?
-¿Qué haces?
-Soy escultor.
-¿Y qué tal?
-Bien.
-¿Eres bueno?
-Muy bueno- mentí –están por montarme una exposición en Nueva York- volví a mentir.

     Soy un pésimo escultor, me avergonzaba confesarlo. Me había aferrado a esa profesión, aún estaba a tiempo de dedicarme a otra cosa pero tenía la sensación que no servía para nada. 

     La gorda me miraba con admiración, se había tragado toda la mierda que dije, o… tal vez pensaba en lo rico que iba a cogerme. No sé, supongo que era lo segundo. Tomé un largo trago de cerveza, hasta vaciar la botella. Observé mi reloj y me di un golpe en la frente.

-Casi lo olvido.
-¿El qué?
-Tengo una reunión en el centro de Coyoacán en media hora. -La gorda me dio la espalda y siguió escribiendo

-Bueno, me voy- le dije
-Bien.

     Sentí culpa, no sé por qué, supongo era la cerveza o el pensar que esa mujer era constantemente rechazada o las dos. Miré la mesa sobre la que estaba la computadora, también había allí una botella de mezcal, un par de libretas y una bolsa llena de marihuana. Cogí la botella “¿Puedo?” La gorda afirmó. Le di un largo trago, después otro, y otro más, comencé a sentirme ligero, capaz de hacer lo que fuera. Tomé la bolsa marihuana y arranqué una hoja de una libreta, intenté liar un churro. La gorda me arrebató ambas. Sacó del bolsillo de su pantalón unas sabanas y armó uno grande; lo encendió, le dio una buena fumada y puso el cigarro en mis labios. Di una fumada profunda y contuve el humo en mis pulmones mucho tiempo, después lo saqué lentamente. Me sentí bien, ¡muy bien! Ella volvió ponerme el cigarro en los labios al tiempo que ponía la otra mano en mi paquete, empezó a menearlo y se fue poniendo duro poco a poco. Se me fue encima y metió su lengua en mi boca, la metió tan dentro que sentí náuseas. Me aparté y tosí, para eso la gorda ya me había bajado los pantalones y se había metido mi verga en su boca. Succionaba duro y me estrujaba las bolas con violencia, ¡la muy hija de puta! La golpeé en el rostro con la mano abierta. Eso pareció excitarla más, se arrancó la ropa y guió mi pene a su vulva. Me tomó con violencia por las caderas y me obligó a penetrarla. Comencé a embestirla, a ella le encantaba, a mí comenzaba a gustarme. Su vagina estaba bien lubricada y paradójicamente, teniendo en cuenta el volumen de su cuerpo, estrecha. Comencé a sentir ganas de correrme, quería venirme dentro de ella,  preñarla. Deseaba que ella tuviese un hijo que la cuidara, que la amara. Pero no podía venirme, acariciaba la cima del orgasmo sin llegar a tocarla e incluso, por momentos, me quedaba dormido hasta que ella me golpeaba con los puños en la espalda gritando “¡Sigue, sigue!”. Fue imposible, perdí la erección. Por más que la gorda insistió  chupando y jalando no pude recuperarla. La gorda fue por otra botella de mezcal  y se tumbó junto a mí. Estuvimos  bebiendo y hablando por no sé cuánto tiempo hasta que la ella se incorporó y me levantó tomándome de la mano. Salimos del departamento en ropa interior, tomamos el elevador y subimos a la azotea.

     La gorda daba vueltas sobre si misma con los brazos extendidos. Se veía radiante. Me tomó de la mano  y nos acercamos a una de las orillas de la azotea. Desde ahí podía verse, en toda su plenitud, la Plaza de las Tres Culturas. Los pasillos que la rodeaban estaban desiertos.

-¿Vendrás a verme seguido?- preguntó.
-Sí.

     Ambos sabíamos que mentía pero no nos importaba. La gorda alzó los brazos al cielo, luego se volvió hacia mí y me besó en la mejilla.

- ¡Ey!, ¡Escuchen! ¡Todos deben saberlo! ¡Todos tienen que enterarse de lo grandes que somos!  ¡La mejor poeta y el mejor escultor del mundo!, ¡Sí, señores, la mejor poeta y el mejor escultor!... ¡HEY! ¡QUIERO QUE TODO EL MUNDO SEPA LO GRANDES QUE SOMOS!- gritaba la gorda- Pero allí abajo sólo había un perro que con el lomo arqueado intentaba cagar junto a un arbusto, y espantado por tanto grito se fue trotando calle abajo.


Texto por: Carlos Luna.

11 comentarios:

  1. en verdad no se si reirme, xq hay gordas muy guapas, pero muy bueno el texto, ya no me han enlazado ninguno eh? y los extraño, hasta hoy me meti a la pagina...saludos Martin Petrozza

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  2. Muy bueno el texto... me gusto el personaje del muchacho y todo lo que pensaba jaja... esta curada !!

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  3. Me encanta el pasaje de los militares en el desierto, muy buenas imágenes. ¡Felicidades!

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  4. Hombres!!!
    si por un momento dejaran de pensar en el estuche, se llevarian una sorpresa.

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  5. La sinceridad del personaje es encantadora: no es una máquina de follar ni un súper astro del ligue. Sólo vemos a un tipo que busca una forma de significar algo y lo encuentra en la soledad de esta gorda, que es la pura sabrosura. Buena anécdota con una ciudad de México en penumbra, como escenografía.

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  6. Una pequena historia de mentiras entre dos desconocidos,creyendo q ambos son los mejores y que bajo el influjo del alcohol y la droga hacen de una pesadilla un bonito sueno. Me gusto la historia, pero siento que le falto mas

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  7. Me gustó, buen fina... desolador.

    chido carlitos!!!!!

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  8. Buenas imágenes y el final...Me emocionó. Las gordas en verdad podemos ser grandes!

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  9. Pocos textos me provocan algo en mi memoria personal, que puedan sacudir mi conciencia y sobre evocar lo que a veces escondo y no me atrevo a ser o decir. Este fue el caso. Estoy convencido que este cuento me seguirá provocando sensaciones que ni yo mismo podré entender en mi futuro. Felicidades absolutas!!!! Gracias por compartir.

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  10. Encantador!! Me tuvo entretenida y emocionada. Fue un recorrido por las penumbras del alma… Incluso toco la puerta del desorden mental.

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