jueves, 29 de marzo de 2012

La hembra de Lucifer.



Mi abuela Lourdes (a la que jamás llamé abuela, sino Lourdes) tendría sesenta o sesentaicinco años cuando la miré por última vez.  Vivía en un viejo apartamento de la colonia Hidalgo, sola, pero sin hacerse olvidar; al menos dos veces por mes era capaz (sólo ella era capaz) de hacer reunir a la familia toda, so pretexto de una sarta de mentiras, verbigracia: que la noche anterior la había visitado el Diablo.

 Desde su baja estatura te miraba, a pie juntillas, enajenada, y con los ojos almendrados llenos de miedo te juraba haber hablado con Satanás, o (no estaba segura) alguno de sus compinches endemoniados.

 Esta relación entre mi abuela y el Diablo no era casual. Si es verdad que todos tenemos un ángel que nos guía, el de ella tenía que ser por fuerza un ángel de oscuridad. Toda su vida, toda su juventud, se la pasó haciendo diabluras. Ahora ese Señor del báratro, Satanás, reclamaba un alma suya. ¿Qué de raro hay en esto?, pensaba yo a los nueve años.

 La primera vez que me tocó a mí, contaba con siete años y tuve mucho miedo. Principalmente por su aspecto. Lourdes no era, por qué mentir, lo que se dice: una abuela encantadora. El cabello, otrora castaño, ahora encanecido, lo llevaba suelto y enmarañado; como nido de cuervos tocados por la mano del Maldito. Los dientes, deshechos ya por su adicción al tabaco, asomaban por el hocico, pervertidos, como los dientes que yo habría mirado a las brujas en mis más oscuras pesadillas. La piel marchita, los pechos flácidos y caídos; esas uñas podridas de los pies que jamás cubría con zapatos… Y querían que yo la abrazara, le besara la frente y le dijera abuela querida. Dios santo, una rata hubiese inspirado en mí mayor deseo.

 Haciendo acopio de tofo mi valor infantil, llenándome el corazón de sangre y apretando los puños, me acerqué al lecho mortuorio, donde yacía Lucifer, con su aspecto de perra rabiosa, de herida sangrante, o de la hembra de más horrible monstruo… y bajando la mirada para mirarla directo a los ojos, entrando por mis jóvenes fosas el fétido aliento de la muerte indigna, me susurró en lengua gutural: hijo… mío…

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Lourdes, mi abuela Lourdes, estaba loca. Así es como los pariente la referían, porque eran ignorantes del estudio humano; cosa curiosa, que siendo hombres, no sepan lo que el hombre es. Yo mismo lo pensé durante mucho tiempo, hasta que descubrí que yo también estaba loco, y todos a su manera, y que en todo caso, Lourdes no fue un monstruo, sino un alma arrepentida sin tiempo de arrepentirse. Una hija de Eva que buscaba el perdón y el amor que le fue negado por un pecado heredado de mucho tiempo atrás. Porque si bien era hija de la madre del género humano, descendía sin embargo, por línea directa de Caín.

 Para cuando lo supe, era demasiado tarde. No tuve tiempo de decirle que todo iría bien, y que estaba perdonada; que podía morir en santa paz, y que no nos debía algo. Pero sobre todo, era demasiado tarde para mí: habíase desarrollado en mí el gen podrido de una mala sangre. Yo era hijo de su hijo, y mi hijo de mí, en enfermedad continua y sin remedio… Un cáncer testado, de síntomas físicos y psicológicos, vampírico, contra el que nada puedo hacer… excepto…




9 comentarios:

  1. me encanta como escribes, la verdad tienes algo que lo haces muy bien
    felicidades¡¡¡¡¡¡

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  2. Joel Cuevas Téllez1 de abril de 2012, 23:32

    ‎"...eran ignorantes del estudio humano; cosa curiosa, que siendo hombres, no sepan lo que el hombre es...

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  3. ¡No acabas la historia de la abu Lourdes...!

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  4. me encanto, muy crudo pero lo vivistes que alo mejor pases por eso tambien...

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  5. uff, no puede ser más horrible... bueno, sí, pero

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  6. Fernando Christian Rodriguez Besel2 de abril de 2012, 14:42

    da miedito! leyendo...

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  7. La segund parte se me hizo un poco aguada, como que se perdió el enlace con lo anterior. La idea es buena

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  8. Nilton Chaupis Garcia9 de abril de 2012, 14:44

    un angel de oscuridad...

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  9. creo q si daba miedo la abuela Lourdes, afortunadamaente la mia es una ternura, mmm aunq a veces un poco diablilla para ser sinceros

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