martes, 27 de marzo de 2012

La guerra de nadie.


Estaba Simona, y yo estaba en medio de todo ese mal rollo.

 Me parece que la cosa empezó cuando dejé el trabajo. Pero eso fue hace mucho. Antes incluso de conocer a Simona. Comenzó el día en que decidí que yo sería escritor. Gracias a ello llegué a Simona, pero fue por ello también que me vi en medio de esta situación.

 Simona se enamoró de mí porque mi nombre había salido en algunas publicaciones latinoamericanas. Se enamoró de mí porque había algunos que conocían mi nombre. Y yo me enamoré de ella porque era un ser noble y alegre. Un alma limpia, pura. Fuera de la vulgaridad de las masas. Una tía con criterio suficiente para ver el pájaro azul dentro de mi pecho. Es decir, una tía con seso. Y un ángel. Si tan solo se tratase de Simona…

 Sin embargo, estaban otros. Estaba la madre de Simona en primer lugar. No tengo algo en contra de la madre de Simona, pero… joder, ella tenía todo en contra mía. Y no hablo de un caso típico de suegra, sino de un caso del Diablo. Podía pensarse lo peor de mí con tal solo verme. Podía adivinar mi fatídico destino, quizá hasta mi muerte, con tan solo echarme un ojo. Podía saber que yo le disgustaba con tan solo mirarme. ¿Cómo podía? Supongo que por algún poder sobre natural; alguna bola de cristal o consultando los caracoles. Vamos, quiero decir: no había modo de que lo supiera. Básicamente: prejuzgaba.

 También estaba la hermana de Simona, que al menos era una buena hipócrita y me saludaba de estupendamente. Y el primo de Simona, que era un gilipollas enajenado con hacerse millonario de la manera más absurda que he visto a alguien intentar hacerse millonario: una pirámide. Yo no creía en mierdas así. Y él, bueno… sencillamente odiaba a todos los que no pensaban que comprar jugos milagrosos era idílico. Y sobre todo, me odiaba a mí, que salía con su prima y que era escritor y que me importaba bien poco toda su verborrea financiera, y era capaz de decirle que no a todo lo que él consideraba elemental. ¿Es que no te gustaría ser millonario?, me decía y yo le contestaba, tajante y sin demasiado animo que no, que no me gustaría. Y también discutíamos sobre los verdaderos efectos (efectos que yo consideraba placebos) de ese jugo milagroso, jugo de merolico, que cura todos los males habidos y por haber porque lo consideraban pansistémico. Se habían inventado la palabra pansistémico para justificar la magia. Era un cuento de nunca acabar. Quería hacerme parte de esa secta a cambio del beneplácito para liarme con su prima. Si yo hubiese trabajado con él, él hubiese sido el primero en darme la mano de Simona. Pero yo no iba a ganarme el corazón de mi mujer de ese modo. Eso hubiese sido venderme al peor postor.

 Y esto era tan sólo la primera línea. En la segunda estaban los compañeros de trabajo de Simona. Oscar, un homosexual obeso que se pensaba que yo era poca cosa para Simona porque no soy guapo. No soy guapo, pensaba, pero al menos no me da por picarme el ojete. No sé cómo un hombre que desobedece las más elementales reglas de Dios y de la naturaleza puede tener cara para juzgar una relación que ni le va ni le viene.

 Y Linda, una tía con cuerpo de señora y cerebro de chica de doce años que no dejaba de entrometerse en nuestra relación. Me hubiese gustado decirle un par de cosas pero se esforzaba por ser amiga de Simona y Simona me había pedido que le tuviera consideración. Linda llevaba una relación que iba en picada hacia el desastre. Aún así, se daba el lujo de juzgar con lupa nuestro caso. De dar consejos, de suponer y de argumentar. De decir lo bueno y lo malo de mí a Simona a mis espaldas. Aunque de bueno creo que no decía algo.

 Eso no era todo, había una línea más: los vecinos de Simona. E incluso el portero del apartamento de Simona. Ese hijo de la gran puta, que me miraba como si yo estuviese debajo de él. Ni siquiera se dignaba a abrirme la puerta del edificio cuando yo llegaba a recoger a mi novia. Se creía mejor que yo porque estaba acostumbrado a tener amos de cincuenta años y con Mercedes aparcados en el garaje. Yo llegaba, le saludaba cordialmente, y le sonreía. A cambio, recibía su desprecio. Era un imbécil. Los señores de Mercedes ni siquiera le miraban. Le trataban como a una cucaracha, y era a mí a quien despreciaba. Eso es no tener cerebro, Dios. Yo fui el único en su puta vida que le ofreció un cigarrillo, y el muy pedante lo rechazó. Solo porque llegaba a pie.

 Y en otra línea más lejana, en un círculo casi atmosférico, pero no tan alejado como para no meter las narices en lo que no le importa, estaba el cuñado de Simona, que me saludaba sin siquiera mirarme a los ojos. Como si yo tuviese la lepra, y todo porque la madre de Simona había envenenado hasta la médula la situación. Fue ella la que se encargó de contaminar mi imagen. Fue ella quien solía correr el chisme de que yo era un don nadie. Al menos, soy el donnadie que hace feliz a su hija, pensaba yo.

 De todos, este era el único que no lograba joderme las pelotas. Principalmente porque yo lo sabía: este tío es noble en el fondo. No me odia. Le han enseñado a odiarme y es obediente, pero no lo hace desde el fondo de sus entrañas, como la madre, o como todos los demás. Incluso yo sabía que podría llevarme bien con él. Es lástima que se deje manipular, pensaba. Podría ganarse un amigo, y vaya que le falta.

 Y bien, Simona no tenía perro, pero de haberlo tenido, seguro estaría en una línea más, en la burlesca e irrisoria línea animal. Si tuviese perro, se mearía encima de mí.

 Todas esas líneas eran líneas de guerra, un pelotón completo, solo con la misión de joderme. De alejarme de Simona. Comandados por mamá Hitler, que era racista de mi raza.

2

 Mi pecado era amar a Simona, pero me odiaban, principalmente, porque yo no encajaba en ninguno de los conceptos sociales de toda esa gente. Esto no quiere decir que yo fuese diferente, realmente diferente a ellos. No lo podían ver, pero todos esos que alzaban el dedo para juzgar mi vida tenían los mismos sueños que yo. Buscaban en la vida lo mismo que cualquiera puede buscar: seguridad, confort, estabilidad. Yo lo buscaba también, pero a diferencia de ellos había emprendido un camino mucho más aventurado. Un camino menos diáfano que trabajar en una empresa. Un camino que era arriesgar el pellejo, jugarse el todo por el todo. Así, era yo por mucho más cercano a sus ideas de lo que ellos mismos pensaban.

 Por ejemplo, Linda, la compañera de trabajo de Simona, en algún momento de este rollo desertó del trabajo porque se le metió la idea de hacerse empresario. Montó un negocio pequeño y se puso a darle duro. Sí, dejó el curro por un negocio donde no había algo seguro, con el sueño de forrase y dejar de ser el esclavo de alguien ¿No es acaso lo mismo que he hecho yo al dejar el trabajo por la literatura? Y a ella se lo aplauden. La llaman aferrada, cuando yo he sido más aferrado. La llaman empresaria cuando el empresario soy yo. La llaman luchadora cuando el que más ha luchado en esta vida soy yo.

 Mario, el cuñado de Simona, decicábase a vender artículos por Internet. ¿No es eso un trabajo de holgazanes, lo mismo que escribir? Este tío vende artículos por Internet y es un ejemplo a seguir, y yo escribo y mando mis textos a los editores, que es prácticamente lo mismo que vender un artículo por Internet (mis textos también se hacen llegar vía la Web) y resulta que soy la encarnación de Barrabás. Tengo menos surte en colocar mi producto, es cierto, pero también es cierto que la dificultad entre una actividad y la otra es abismal. El día que Mario coloque un artículo en el New York Times, me callaré la bocaza.

 Incluso el primo de Simona, aquel que soñaba con ganar cuatrocientos mil pesos mensuales vendiendo jugos-milagro, incluso él,  no distaba tanto de mí como se pensaba. Quizá era él el más cercano a mí. Quizá estaba tan loco como yo, que pensaba hacerme escritor escribiendo textos autobiográficos.

 La madre de Simona, Linda, Mario, el primo de Simona, todos, hasta el portero y el perro que no tenía Simona… Todos ellos y yo, con sus diferencias de edades y de sueños, de actividades comerciales o empleados. Todos, Dios, teníamos la misma cosa: nada. Ninguno era dueño de una casa o de un cuarto siquiera. Ninguno había labrado, incluyendo a la madre de Simona, un hogar hecho y derecho, con un padre y una madre y algún hijo. Ni siquiera los que más, digamos la madre de Simona o Linda que habían laborado durante muchos años tenían algo que yo no tuviese. Pero de todos, yo era el que debía bajar la cabeza porque se me había ocurrido la idea de escribir. Yo era de todos ellos el que estaba loco, cuando eran ellos los que se ponían a juzgarme.

 Para que quede claro: Mario era padre de un niño pero no lo mantenía. Una mamarrachada que a mí jamás se me hubiese perdonado. Me hubiesen cortado los cojones antes. Me hubiese desollado vivo.

3

Ahora bien, sí existía una diferencia  radical entre todos ellos y yo, y era que yo estaba viviendo mi vida verdaderamente. Haciendo lo que realmente quería. Luchando por un sueño que me había impuesto yo mismo, y no haciendo lo que todos hacen: ganarse el pan como y cuando pueden, haciendo lo que la vida les ha puesto a hacer, en vez de tomar el timón de sus destinos.

 Me miraban escribir y se pensaban que estaba jugando a ser niño. Me miraban leer y creían que perdía el tiempo, cuando leer era mi escuela y era mi entrenamiento y escribir mis horas de trabajo. Y si no ganaba muchos pesos con esto, ¿qué podía esperarse? Roma no se hizo en una sola noche y mi meta en la vida era tan larga como llegar a dar la vuelta al mundo nadando. Había apuntado mi flecha al Sol, cuando ellos tan solo apuntaban a la copa de un árbol. Se llega antes cuando la meta es corta: pagar la renta de un apartamento, comprar un coche, eso es algo que todos hacen. Pero escribir, Dios, es la cosa más dura que me impuesto hacer. Escribir es como querer subir el Everest, pero más complicado. No hay modo hecho, no hay guía ni instrucción. Escribir es escribir, y se acabó. Lo mismo puedes llegar o no. Es como caminar en medio de un oscuro bosque buscando la salida a ciegas y a gatas. Puedes pasarte la vida entera dando vueltas en círculo, lo mismo que salir pronto o tarde.

 Y si cada uno de ellos sentíase mejor que yo, estaban equivocados, y también tenían razón. No hay una sola persona a la que al examinársele con lupa, como a mí, hasta la raya del culo, y no le salga algún defecto, algún vicio, algún error… o muchos. Quien esté libre de pecado que tire la primer piedra, dicen, y estos sentíanse santos.

 4

Valer la pena para Simona, de eso iba todo este rollo. Juzgaban si yo valía la pena o no, si era digno de esa mujer, de esa hija, de esa prima, de esa hermana, de esa amiga, de esa vecina, de esa patrona. Me encontraba ante un tribunal kafkiano que me había arrestado y sometido a un proceso de inspección imaginario. Absurdo. Miraban en mí el pecado sin mirar que pecar es mirar como ellos miran.

 Yo estaba seguro que Simona valía la pena para mí, y que me amaba. Simona me amaba, lo que quiere decir que Simona era capaz de apreciarme, lo que significa que ella podía ver en mí algo. Todos se preguntaban cómo era posible que Simona, siendo guapa y siendo un ángel pudiese ver en mí algo. Pero ninguno se preguntó jamás: ¿qué es lo que ve Simona? Y ninguno tuvo la decencia de acercarse a mí y para averiguarlo, ni de preguntárselo a ella.

 En una ocasión Simona me confesó que a veces sentía que ella no era digna de mí. Lo que son las cosas, pensé, ¿cómo es posible que todos esos gilipollas de mierda se anduvieran con el cuento de que yo no soy alguien? Si al menos me conocieran, si fuesen mis amigos, si hubiésemos pasado más de quince minutos en conversación sincera… solo así, quizá, hubiese aceptado por cierto alguno de sus juicios. Pero yo no aceptaba juicios de ninguna autoridad. Si alguno se pensaba que yo era poca cosa, podía pensarse lo que quisiera. Yo no tenía ojos para cualquiera. Yo no tenía ojos para alguien excepto Simona, y mi competencia no era con alguien excepto yo. Nada les debo y nada me deben.

 No miraban que yo realmente quería estar con Simona, y que Simona realmente deseaba estar conmigo. Construir un futuro juntos y labrar tomados de la mano un destino y un pasado. Incluso estaba dispuesto a jubilar a la suegra, a pedirle que dejase de trabajar si ella estaba dispuesta a acogerme en la familia. Simona y yo trabajando para ella, progresando para beneficio de nosotros tres, porque yo jamás la descartaba. Ella era parte de Simona y yo la amaba y aceptaba todo lo que de ella viniera. Construir, en pocas palabras, un futuro para ella y después, un futuro para nosotros como pareja. Pero esto estaba muy lejos de la verdad porque yo no podía poner si quiera un pie en el hogar de Simona sin ser cruelmente juzgado e intimidado. Y Simona, que me amaba a pesar de la opinión de su madre, quedaba atada de manos, entre la espada y la pared, sin poder ayudarme, ni ayudarse ni ayudar a su madre. Quedaba sumergida en esta guerra que la madre había iniciado en favor de nadie…

 No me cabe en la cabeza que la madre de Simona no mirase, no fuese capaz de ver, que estaba a nada de perder una hija, cuando bien podía ganar un hijo.




  

5 comentarios:

  1. pufff la gente es taaan tonatq eu solo mirta lo de afuera! genial el texto me ha encantando porque esta muy bien narrado y la vdd que me identifico un poco! pero genial pinche petrozza!! nunca me desepciona leerte!! parece que vives mi vida! saludos y dile a esa simona que aguante que ya vera como te hacesgrande!!

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  2. magnifico, expresas muy bien lo que es la gente entrometida me encanta leerlos

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  3. Marmocali. abril 02 16.40
    Aguanta muchacho, aguanta. Estoy en mi quinta mujer y recién he vuelto a escribir después de muchas mujeres anteriores. Porqué? Pues simplemente porque ésta ha sido la primera que realmente comprende el valor de un hombre que tiene por arma una pluma fuente( ahora un teclado), y cuya madre es una lectora empedernida. Quién sabe si le regalas un buen libro a la madre de Simona, le tome el gusto a las letras y te comprenda. Felicidades. Buena historia.

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  4. Bueno. ¿leés los comentarios de todos tus relatos?

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  5. guau encantada de leer este texto, ojala yo encontrara alguien como tú Martin Petrozza, me fascinan tus textos q suerte la de Simona

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