jueves, 15 de marzo de 2012

El lunes que resultó domingo.



Aquella mañana olvidé que era domingo. Me levanté a la hora de un lunes o de un martes, de cualquier otro día de la semana, y me metí a la ducha. Saliendo de ella me vestí y me fui a la cocina, donde estaba mi abuela (que no duerme) y me preguntó: ¿a dónde vas? Primero pensé que eso era una pregunta idiota, llevaba más de cinco meses saliendo a la misma hora, hacia el mismo lugar… Pero luego entendí que el idiota era yo. Lo entendí cuando exclamó: ¡es domingo! Un balde de agua me cayó encima. Un malestar, pero seguido de una gran alegría y un gran descanso que me inundó. Saber que hoy era un domingo cuando yo lo pensaba lunes me dio más felicidad que un domingo de verdad.

 Una cosa era clara y es que ya no podría dormir. Cogí La Nausea de Sartre y me senté en el sillón de la sala. Intenté leer pero no pude. Saber que existía un hombre capaz de emprender la tarea de leer toda una biblioteca por orden alfabético, y que había tardado seis años en llegar a la letra L, me impresionaba, al tiempo que me dejaba muy mal ante el juez de mí mismo. Sobre todo porque yo no había leído, probablemente, ni trescientos libros. Además, era muy de mañana para ponerse existencial.

 Me había picado la mosca de la ansiedad. Tenía ganas de salir, de platicar, de hacer algo. Era domingo y era el único día en que yo podía hacer algo. Así que cogí el teléfono y revisé la agenda. No eran demasiados los que estaban en mi agenda, y además, eran las seis de la mañana.

Hice algunas llamadas y  el único que contestó fue Petrozza. Qué raro, pensé cuando escuché su voz. Petrozza duerme hasta bien entrada la tarde y cuando está despierto, y son las cuatro de la tarde, no suele coger las llamadas. ¿Qué posibilidades había de que un domingo a las seis de la mañana… ¿Ya?, preguntó a mi llamado. Vale, vale, dije, soy yo, Salmoneo. Ya, contestó él. No pudiendo con el asombro, lo primero que dije fue: ¿qué haces levantado a las seis de la mañana? No estoy levantado, respondió como si fuese obvio. ¿Entonces?, pregunté asombrado. Lo escuché lanzar el humo de una bocanada de cigarrillo, y decir: no me he acostado. Bueno dije, eso si me lo puedo creer. Acto seguido, le pregunté qué diantres estaba haciendo. Dijo que leyendo, y le pregunté que qué, y dijo que La nausea de Sartre. Entonces sí me asombre. Yo también, le dije, pero a él no le asombró. Dijo: ya.

 A todo esto, yo hablaba por teléfono y acariciaba con la mano el libro de Sartre. Pensar que Petrozza y yo estábamos en nuestra respectiva casa, al mismo tiempo, a las seis de la mañana de un domingo extraño, haciendo la misma cosa: leer, y leyendo el mismo libro, me dejaba un sentimiento de fantástico cerrado. Se lo dije, lo de fantástico cerrado, y contestó que hace tiempo dejó de leer a Julio. Lo dijo con su característico tono apático. Como si nada le asombrase, o como si todo le importarse un cuerno. Contrario a mí que estaba excitadísimo del sentimiento de lunes en domingo, y de la coincidencia. Andaba patafísico.

 Sí, eso fue lo que le dije a Estela cuando me preguntó que cómo andaba. Patafísico, le dije. Y luego le conté lo de Petrozza, pero a ella tampoco le impactó. Me daba la impresión de que este día yo estaba de un asombro… o estaba en la Dimensión desconocida, porque otra cosa fantástica es que luego de colgar con Petrozza, de quien no pude sacar nada, me llamó Estela. No era la primera vez que llamaba, quizá la sexta, pero la sexta en cinco meses. Y generalmente llamaba después de que yo se lo pidiera en un mensaje, o que se lo encargara mucho por algún motivo especial.

 Yo acostumbraba mirar a Estela en mis días laborales, en la tienda, y algún sábado, cuando ella no iba a la escuela, salíamos por un café o hacíamos algo. Hasta aquel día jamás la había mirado en domingo, porque los domingos eran para ella un día especial. Eso solía decir, que los domingos eran suyos y no los compartía. Entonces se entiende que a mi ya asombrado ser, le asombró  aún más que Estela llamara para hacer algo. Dijo que estaba aburrida, y yo le dije: ¡pero si son las seis y media de la mañana! Entonces río y dijo que con la rutina de la escuela ya le costaba dormir más los días en que podía hacerlo. Reí y dije que eso era muy cierto, y que si yo estaba levantado ahora era precisamente por ello.

 Platicamos al menos hora y media. Le conté de Sartre y del autodidacto, y ella exclamó que eso de leer todos los libros de una biblioteca era descabellado. Lo dijo quitando toda la magia y todo el valor del acto. Y yo estuve de acuerdo, porque si bien es un acto poético, titánico, es también un acto absurdo. Sobre todo porque olvidará mucho de lo que ha leído, y sería como llenar la memoria de una computadora, atiborrarla, con datos poco prácticos. Leer es importante, pero sólo lo que se quiere realmente leer, y no todo, como un enajenado. Sin embargo, Estela distaba mucho de pensar como yo. Para ella era simplemente descabellado. No se detenía a profundizar en todos los ángulos del acto, en examinar con lupa lo bueno y lo malo, lo que realmente significa. Quizá sólo signifiqué un trastorno psicológico, una manía, una neurosis. Pero a Estela no le importaba. Consideraba descabellados todos los actos que ella misma no sería capaz de hacer. Si fuese vecina de Edison antes de ser famoso, y éste le hubiese dicho que inventaría una bombilla, Estela lo hubiese tachado de loco. Es por eso que Petrozza la considera boba, porque tiene ideas y juicios, pero muy poco profundos.

 Por su parte me contó de Pamela, una amiga suya de la universidad, que está saliendo con un hombre mayor. Estela no aprobaba esto. Y lo expresaba diciendo que esa Pamela estaba muy pero que muy mal. Yo le dije que el amor no distingue edades pero ella se defendió diciendo que algo así no puede ser amor. Le dije que era cierto que en la mayoría de los casos no es amor, o al menos, no de las dos partes, pero que tampoco podíamos asegurar que este caso fuese uno de ellos. Quizá esta vez sí es amor. Estela dijo que no, que cómo me atrevía a pensar siquiera que un señor de cuarenta años se iba enamorar de Pamela, que tiene veintiuno. O en cómo Pamela, que tiene veintiuno, se iba a enamorar de un señor de cuarenta años. No estoy diciendo que realmente estén enamorados, dije yo, sólo opino que podría ser verdad. Lo mismo que podría ser mentira. No estoy seguro de que lo estén ni de lo contrario. De lo que sí estoy seguro es que ni tú ni yo, quizá nadie excepto ellos, puede saberlo. Pues yo sí lo sé, dijo Estela: no puede ser amor.

 No queriendo discutir más con ella, que era una mujer como un ángel y estando yo enamorado de sus ojos y del perfume de su piel, cambié la conversación y la dejé que pensara lo que deseaba pensar, y haciéndole creer que tenía razón, le dije: bueno, ¿y entonces qué? Aludiendo, claro, al supuesto motivo de su llamada que era su aburrimiento y sus ganas de hacer algo. Entonces qué de qué, preguntó y tuve que recordárselo.

 Cuando lo recordó me dijo que no lo sabía a ciencia cierta, pero no usó la frase a ciencia cierta. Solo dijo: no lo sé. Dijo que tenía ansiedad, y que tuvo ganas de hablar con alguien y de salir a algún lado, pero que no había planeado nada.

 Lo primero que sugirió fue ver una película, en el cine. Bueno dije, pero para eso tendríamos que esperar que fuese mucho más tarde. Dijo que no importaba, que valía la pena. No lo entiendo, dije, se supone que si me hablas a las seis y media de la mañana diciendo que estás aburrida… Rió y dijo que solo hablar conmigo la divertía. Que ya no estaba aburrida. Bueno dije, te propongo algo: demos un paseo por el parque. Lo pensó un par de segundos y no aceptó. Dijo que estaba cansada, con mucho sueño. Pero se supone que no tenemos sueño, dije yo, porque ya estamos acostumbrados a despegar el ojo temprano. Sí, dijo bostezando, pero ya me ha dado sueño otra vez. ¿Estás vestida?, le pregunté. No, dijo, no me he cambiado aún. Pues hazlo, dije, y salgamos a caminar o por un helado. Riendo dijo que no, que eso era imposible hasta haberse duchado y cambiado y peinado y maquillado y visto en el espejo decenas de veces. Lo último no lo dijo, pero lo supuse. Me estaba cansando de hablar con ella. Quizá Petrozza tenía razón, Estela no era diferente a alguna, ni más inteligente. Era más bella, pero eso era todo.

 De pronto se soltó con un rollo de su padre. Me contó que estaba molesta con él porque le prohibía llegar tarde los sábados por la noche. Yo le dije que no desesperara, pero sobre todo, le pregunté si solía salir los sábados, pues nunca me lo había contado. Generalmente los sábados yo salía temprano del trabajo y en ocasiones me iba con ella a tomar un helado o un refresco. La regresaba a casa temprano, a eso de las ocho o nueve de la noche. Nunca imaginé que después de aquello se fuese de nuevo, a fiestas o antros. Y así era, porque me dijo que sí, que solía salir con amigos suyos a fiesta y antros. Pero si tú no bebes, dije. No hay que beber para salir, dijo. En eso estaba de acuerdo, pero no del todo. No hay que beber para salir, pero sí para disfrutar de fiestas y antros. Hay que estar bien borracho para encontrarle chiste y gusto a una cosa así. Sin embargo, Estela decía que no, que yo era un payaso, que en realidad divertirse no tenía nada de malo. No, dije, divertirse no, pero escuchar esa música a más de cien decibeles… Como sea, dijo, el caso es que mi padre no me deja en paz. Bueno dije yo, el señorPalafox es un poco estricto, ¿no lo habías notado? Ella río y dijo que sí.

Tuve que insistir de nuevo. ¿Entonces qué?, ¿vamos a algún lado? Estela mugió, y dijo que sí pero al rato, más tarde. Para ese entonces yo ya estaba emocionado con la idea de salir con ella desde temprano, pasar el día juntos, todo el día juntos, etc. Anda, dije, no seas floja, vamos a leer al parque. Aquí se quejó sobremanera, como si mi idea fuese la idea de un loco. ¡A leer!, en domingo, a las siete y media u ocho de la mañana, ¡jamás! ¿Es que no vas a la universidad?, pregunté. Sí, contestó ella, ¿por qué? Bueno dije, siempre me creí que la gente de la universidad es asidua a leer, que lo disfruta de verdad. Estudiar. Y para estudiar leer. Buuueno, dijo Estela un poco apenada… ¡precisamente por eso!... Nos hacen leer tanto entre semana que lo último que deseo es leer en domingo. Entonces es mentira, dije. ¿El qué?, preguntó ella. Que a la gente de la universidad le gusta leer. Es verdad, se defendió ella, pero nos dejan tanto de leer que… pero si te gustara no sería un fastidio sino una felicidad que les dejaran tanto que leer, la interrumpí. Se quedó callada. Como el autodidacto, dije, ese hombre era feliz leyendo, leía y leía y no se hubiese amedrentado ante mi propuesta de ir a leer al parque.

Al final Estela se molestó de que yo la tratase como a una boba. No la traté como a una boba, pero ella sintió que sí. Tampoco expresó que yo lo había hecho, pero lo dio a entender. Dijo: ay, pues discúlpame por no ser una gran lectora. Y luego, dijo que ya debía colgar. Y cuando le pregunté que si habíamos quedado en algo, dijo que no. Que me llamaba después y ya veríamos. Yo sabía que no llamaría.

2

Entonces colgué el teléfono y tenía la oreja roja y caliente y me dolía de haber hablado tanto tiempo. Me levanté del sofá, y me llevé conmigo el libro de Sartre. Me salí a dar un paseo. Dije a mi abuela que daría un paseo y me sugirió llevar un paraguas. No le hice caso porque me lo dijo una vez en la puerta de la calle, y me dio pereza regresar a por uno.

 Fuera, la mañana estaba nublada. Hacía frío y las calles estaban vacías. Había gente pero muy poca y pasaba de largo. Una señora envuelta en una cobija; un hombre caminado aprisa hacia su casa. Daba la impresión de que no pensaban. Que iban embotados en su existencia rutinaria.

 Me fui al parque porque pensaba allí leer, pero antes sentí ganas de comprar un helado. Así que doblé dos calles antes, para llegar por la calle de atrás del local de helados y no irme derecho, y salir por la calle de enfrente, que era dar más vuelta.

 Caminé pensando en todo lo raro que me había sucedido hoy. Y cuando llegué a la heladería… estaba cerrada. La cortina metálica estaba echada abajo, y no había un alma. Ni cerca ni lejos, y desde allí podía verse el parque, que también estaba vacío. El domingo se estaba volviendo domingo. Caí en la cuenta de ello. No habría heladería y la biblioteca del pueblo (donde yo vivía, en el Estado de México era un pueblo), tampoco estaría abierta. Me gustaba meterme allí a leer mis propios libros. A veces cogía uno de la estantería pero era una biblioteca tan pobre que si me propusiera acabar con ella no tardaría ni un año.

 Me instalé en una de las bancas del parque, y me puse a leer.

 No pasaron ni veinte minutos cuando cayó la primera gota de agua. Todo se estaba echando a perder. No podía creerlo. Sobre todo porque mi abuela me lo había advertido y yo no hice caso. Así que de castigo me dije que no me movería. Que dejaría que el agua me mojase y permanecería sentado allí sin irme, porque hoy era un domingo cualquiera y no un lunes, y aunque me costara trabajo entenderlo, me lo haría entender a la fuerza.

 Metí a Sartre bajo el brazo porque él no tenía la culpa de nada, y me quedé allí, empapado, disfrutando de mojarme. Era rico mojarse. Tanto que no podía entender porque cuando llueve corremos a techarnos. Si la gente se permitiera una vez, tan solo una, mojarse… la industria de los paraguas se vendría abajo. Hemos estado tanto tiempo evitando la lluvia, pensaba.

 3

 Pero cuando volví a casa mi abuela me dio la regañiza de mi vida, y dijo que me iba a morir de pulmonía y todas esas cosas que evitan que uno se moje.


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