Siempre pensé que el día que yo
me hiciese escritor celebraría con todo. Pensaba constantemente en ese día, e
imaginaba que ser escritor sería algo así como ser una estrella de rock pero de
las letras. Me pensaba que las mujeres se irían sobre mí sólo porque sabía
conjugar el verbo venir. Se dice viniste,
no veniste. Sin embargo, aunque siempre hubo alguna mujer, nunca fue por algo
que tuviese que ver con verbos. Ni con letras, ni con textos de mi autoría. Las
mujeres incluso despreciaban esa parte mía, la de escribir, a la que solían
denominar como mi lado más raro, más extraño y más oscuro. Podía salir con
ellas, beber con ellas, reír con ellas, follar con ellas, caminar con ellas,
comer con ellas… hubo una con la que podía cagar con ella, pero nunca, jamás,
por ningún motivo, podía hablar de mi literatura con ellas. Eso las amargaba.
Las alejaba ipso facto.
Otra cosa que yo me pensaba
de ser escritor es que conocería a muchos otros escritores. Por ejemplo, a RobertoBolaño. Por supuesto, estoy hablando del día en que Bolaño no era un escritor
famoso. Pero Bolaño se hizo escritor, se hizo famoso, y se murió… y yo… bueno,
yo seguía luchando. Era increíble pensar que Bolaño había nacido en Chile,
había publicado más de diez libros, se había marchado de esta vida, y que yo
todavía no hacía la primer novela. Y lo mismo me pasó con Julio Cortázar, y
muchos otros. Pero el más impactante fue Bolaño. Principalmente porque yo tenía
quince años y estaba leyendo a Roberto cuando nadie lo conocía. Y de pronto se
muere y le llega toda esta fama. Pero si éramos amigos, si ambos éramos
escritores desamparados de Dios, y Perros locos.
Así que me quedé solo otra vez y tuve que
empezar de nuevo. Es decir, tuve que volver a la idea de que yo, un día, sería
escritor. Olvidarme de Bolaño y de conocer a escritores latinoamericanos,
cuando yo aún no lograba escribir un solo párrafo. Y esta idea me rondaba la
cabeza todo el tiempo. Esperaba el día como quien espera Navidad. Con la
diferencia que Navidad es cada año y lo mío…
Me hice escritor cuando supe que no podía ser
de otro modo. Aun en el caso de que yo no escribiera seguiría siendo escritor.
Y un escritor que no escribe es un absurdo que lleva irremediablemente a la
locura. Si yo no me hubiese convertido en escritor, hubiese acabado siendo un
obrero escritor, o un borracho escritor, o un banquero escritor. En el peor de
los casos, un loco escritor que no escribe.
La situación era la siguiente: estaba solo. No
conocía a alguien aparte de mí que pensara que escribir fuese su vida. Por el
contrario, toda la gente que me rodeaba no había leído más de diez libracos el
último año, ni concebían siquiera que esos libros hubieran sido escritos por un
hombre que es escritor, y que ser escritor es escribir. Yo mismo no sabía muy
bien en qué consistía el oficio de escritor. Sabía una cosa: había que
escribir, pero eso era todo. Desconocía el mundo y la mafia de las editoriales,
de los agentes editoriales, de la grilla editorial y en general, desconocía la
existencia del mundo llamado industria
editorial. Era como una balsa en mar abierto. No importa hacia dónde
mirase, no lograba vislumbrar un solo pedazo de tierra. Cualquier dirección era
mi dirección. Todas significaban para mí, un paso adelante.
2
Entonces me puse a escribir, y a
leer. Sobre todo a leer porque escribir era tan cansado como correr un maratón.
Principalmente por mis demonios. Cosas
que deseaba contar pero no podía contarlas. No podía sacarlas de dentro de mí
porque estaban bien pegadas a mi alma. Escribir era luchar, y luchar
escribiendo era tan complicado como luchar. Si al principio me pensé que
escribir era un gusto, algo que me daba felicidad, estaba muy equivocado.
Escribir no me daba felicidad. En todo caso, evitaba el desasosiego. Evitaba el
desamparo, controlaba la angustia, atenuaba la soledad, amortiguaba el
embotamiento, pero no evitaba el fracaso, no el sentimiento de fracaso. Escribir
era nadar en mar abierto. La literatura era el tablón al cuál aferrarse, pero
era al mismo tiempo el mar y la marea, furiosa, y la noche y la soledad.
Escribir me daba ánimos para escribir más. Únicamente para continuar sobre la
misma línea. No me animaba a seguir con vida, a sonreír o a llegar a la
felicidad. Escribir era como cavar el hoyo de mi propia tumba.
A medida que me sumergía me encontraba en peor
estado. Como ya dije, si bien escribir me mantenía a flote, era escribir
también lo que me hundía. Dejé el trabajo por escribir,
como el borracho deja el trabajo por beber, y también comencé con el trago.
Si alguna vez tuve virtudes, las perdí todas.
Si no tenía vicios, los adquirí todos. Si me quedaba alguna simpatía por mis
congéneres, se esfumó. Si alguna vez amé, comencé a odiar. Comencé a sentir
nausea por ser quien soy, porque comencé a tomar conciencia de mi existencia.
Me percaté de mis errores humanos, de mis errores adquiridos y de los errores
de mi gen. Comencé a despreciar al ser humano, y a despreciar a Dios, o lo que
sea que lo haya creado. Y si descendíamos de un homínido, comencé a maldecir el
día en que el gen se trastornó dando forma a esto que llamamos inteligencia.
¿Qué inteligencia hay en destruirlo todo, en comerlo todo, en explotarlo todo,
en matarlo todo?, pensaba. Esto que llamamos la cúspide de la evolución no es
más que una sima.
Y leí a Schopenhauer, a Nietzsche, a Kafka.
Leí a otros que pensaban como yo, y llegué a pensar como ellos, y supe que yo
era un escritor de su misma clase. Y que hay dos clases de escritores, a saber,
la clase que denomino: Torre de Babel,
que incluye a los pensadores positivos, a los escritores bonachones y contentos
de ser ellos mismos. A los amantes de mujeres como mariposas, a los que no
juzgan, los que no se quejan y por el contrario permanecen pasivos y dichosos
en sus mieles de fama efímera, los que escriben poemas de amor y canciones
desesperadas. Los que están orgullosos del género humano y lo glorifican en
versos de colores brillantes, y que jamás preguntan de dónde vinimos y a dónde
vamos, ni quiénes somos. Los que no hablan de la muerte, y si lo hacen, la
miran desde un ángulo metafórico y hasta bello. Los que creen en Dios y en el
paraíso. Los que posan sus miradas al cielo y que permanecen en la luz. Los
escritores que jamás llamarían perra a una mujer, porque jamás han amado a una
que los haya abandonado aún cuando le dieron el corazón y el alma. Ellos jamás
entregan el alma. Se la guardan en el bolsillo, junto a los Gauloises.
Y también están los otros, lo que
se hunden. Los que escriben por necesidad y no por gusto. Los que se quitan la
vida porque ya no pueden más con la desdicha de haber nacido humano. Los que
gritan a todo pulmón que lo estamos haciendo mal. Los que juzgan los actos de
sus antepasados y que no inclinan la cabeza ante alguno. Los bandidos. Los que
no temen pecar porque no creen en el pecado. Los que permanecen en la
oscuridad. Los que tutean al Diablo. Los que saben que las mujeres son sirenas. Los que no están conformes ni satisfechos con nada, comenzando por sí
mismos. Los que tuercen la boca a Dios. Los que se rebelan. Los que descienden
a las antípodas en busca de la verdad. Los que no temen decir hijo de puta a
los hijos de puta. Los que beben y gritan y a los que internan en clínicas
porque a su visión del mundo la llaman locura. Los que no encajan. Los
marginados. Los escritores que escriben la verdad aunque nadie quiera saberla. Los
escritores que escriben porque deben hacerlo, porque algo dentro de sí los
obliga a hacerlo, y que no buscan la fama ni el reconocimiento, sino sacarse
de encima la mierda. Los escritores que no buscan ya la felicidad porque la
desaprueban. Los que a pesar de todo lo anterior aman con todo su ser, y si
odian, es por el dolor que siente al saber que todo su amor se verá menguado
por un imaginario que llamamos moral. Maldicen la moral. Maldicen la moral y la
ética y toda la construcción abstracta en que descansamos nuestras nalgas de
homínido bípedo, spiensado.
A esta clase la llamo: El pozo de Babel, y yo pertenezco a
ella. Lo supe el día que deje de interesarme por ser escritor. Si al principio
comencé por desear el gran día, al final, terminé por aborrecerlo.
Y, curiosamente, el día menos
pensado, o el día que dejé de buscarlo, la gente comenzó a llamarme escritor. El
primero fue mi padre, quien fue el primero en echarme en cara que escribir era
un acto de holgazanes y de fracasados. Y después los amigos, que comenzaron por
reírse de mis vagos intentos de escribir algo de valor. Algunas revistas
comenzaron a coger mis textos, porque yo se los envié, y mi nombre se publicó
en impresiones de bajo presupuesto. Al parecer, el tablón en el vasto mar se
encaminaba a tierra.
Las mujeres comenzaron a llegar
también. Si hubo algunas que me ignoraron porque se pensaban que yo no era
alguien, leyeron mis textos y comenzaron a buscarme. Incluso Carolina empezó a buscarme. Sin embargo ya era tarde, yo había empezado a cavar
mi Pozo de Babel. No deseaba saber de alguien, ni algo. Lo último que quería
era tener contacto con alguien. Necesitaba aislarme, pensar. Cavar, cavar,
cavar. Pero no era un acto voluntario, o en todo caso, era un acto salido de la
voluntad de una fuerza superior a mí. Mi mano era el vehículo de esa fuerza que
demandaba. Demandaba que lo dijera, que lo expresara, que tomara cartas en el
asunto. Demandaba que yo me entregase a ello con toda mi alma. La literatura.
La literatura demandaba todo mi ser y toda mi alma. Porque para nosotros, los
que cavamos el Pozo de Babel, la literatura es un monstruo. Escribir no es un placer, y al tiempo, es lo único que nos mantiene
vivos. El único sentido diáfano de nuestra vida. Lo único a lo que aferrarnos
en una existencia vacía y sin sentido. Hemos dejado de buscar el sentido. Nos
importa poco el sentido, porque al final no se llegará al Cielo con la Torre,
ni al lado contrario con el Pozo. Estamos condenados a la mediocridad.
Descendemos de un primate pero no
evolucionamos, retrocedemos. En lo único que mejoramos es en odiar. Hemos
llegado a crear métodos y motivos de odio tan finos cómo sólo una mente humana
sería capaz. Odiamos a nuestros padres, a nuestros hijos. Odiamos a nuestro
hermano y a nuestro vecino. Odiamos a los que no viven donde nosotros, como si
los países fuesen países. Hay una vereda en el campo y si yo la sigo, ¿me
detienen? ¿Me piden un visado? ¿En qué momento sucede que traspaso la línea imaginaria
de un país imaginario donde gobierna un rey imaginario? Odiamos a los que
hablan otro idioma, o a los que son de otro color. Odiamos la naturaleza. Los
hombres odian a las mujeres. Las mujeres odian a los hombres. Odiamos a los
homosexuales. Los homosexuales nos odian a nosotros. Odiamos a Dios por
habernos abandonado. Quizá Dios nos odie. Odiamos al Diablo por diablo. El
Diablo nos ha odiado desde siempre. Nos hemos convertido en el Diablo.
3
Entonces, dejé de desearlo. Ser escritor ya no era mi deseo. Ser
escritor era mi destino. Pero un destino es como una cadena, o una condena, o
un riel sobre el que un tren debe ir, sin libertad. No podía ser de otro modo,
yo sería escritor, incluso si no escribiera.
te has rayado con esta!! genial!
ResponderEliminarExcelente propuesta literaria!!!
ResponderEliminarLo he leído como se toma un capuchino. Excelente! En ciertos puntos has puesto el dedo en la llaga mediante una buena y profunda reflexión sobre algunos fenómenos sociales que surgen espontánea y arbitrariamente...Bueno, como odiar o prejuicios.....En su totalidad es divertido y tiene un carácter realista. Un abrazo amigo Martin Petrozza
ResponderEliminarMuy buen texto ! Sincero, profundo, impactante.
ResponderEliminarescrito en la misma linea de los Detectives Salvajes...bien
ResponderEliminarExcelente!!!
ResponderEliminarEl texto expone muy bien el sentimiento del escritor que Petrozza ha hecho ver en otros escritos: querer escribir. Muy bien, Petrozza... lobo©...
ResponderEliminarNo me gusta, ¡me encanta!
ResponderEliminarExcelente!!!!
ResponderEliminarHonesto
ResponderEliminarEstá buenísimo, pero aun no comprendo del todo. ¿Qué es lo que son? o quizás lo que no entiendo es cómo funcionan.
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