jueves, 23 de febrero de 2012

Whisky en las rocas, el origen.


Cuando me dijeron que me echarían del trabajo, me importó bien poco. Esto supondría pasar frío y pasar hambre. Estábamos en la mitad del invierno y ya debía el monto del alquiler pasado. Y cuando me dieron la noticia, no me importó. Incluso sentí satisfacción. Ahora tendré tiempo para escribir, pensé. Tenía veinticinco años, y estaba loco. No me importaba algo excepto la imposibilidad de escribir.

 Firmé algunos papeles, una declaración en la que aceptaba darme de baja sin derecho a liquidación, y mi renuncia. Ellos me echaron pero yo tuve que firmar que dimitía por mi propia mano. Algo así como hacerse el harakiri: te obligan a suicidarte. Esto me exentaba de recibir el pago proporcional a los años de trabajo… que en realidad eran menos de dos.

 Lo que hice saliendo de aquel edificio que fue mi cadalso, fue meterme a un bar. El primero que encontré; y ordenarme una botella de whisky. Me pasó por la cabeza compartir la botella con alguna mujeraza, o al menos una mujer. Ya sabes: emborracharla y llevármela a casa. Pero era lunes y el bar estaba vacío. Quiero decir, que no había un solo ser que fuese la hembra del humano, ni alguien con quien yo pudiera correr el riesgo de reproducir a esta especie.

 Así que cuando se lo dije a Luz, estaba borracho. Luz era mi ex mujer. Los últimos tres meses se había mantenido al tanto de mí, y ahora se había enterado de mi despido. Eso fue la gota que derramó el vaso. Si aún sentía algo por mí, o si había esperanza de un reencuentro, con esto ibáse todo al carajo. Dijo que no podía creer que yo bebiera en una situación así. Dijo que lo último que yo necesitaba era beber. Sin embargo, beber es lo que más necesitaba.

 Me preguntó si tenía algún plan y alcé los hombros. Sacó una caja de cigarrillos y me ofreció uno. Lo tomé y ella tomó uno también, y luego sacó un encendedor con el que encendió los cigarrillos. Primero el mío. Después dijo que podría sobrevivir con el monto de mi liquidación, al menos el tiempo que me costase encontrar otro empleo. Por eso, cuando le di la noticia de que no habría liquidación, casi me cuelga de los cojones. Se puso a gritar cómo era posible que yo aceptase firmar mi renuncia si eran ellos los que me echaban. Dijo que sólo un idiota haría algo así, que lo primero es resistir, demandar, de ser necesario, y litigar para que se hagan valer mis derechos. Pero para mí, mis derechos se estaban haciendo valer por primera vez: era un hombre y estaba luchando por mi derecho a la libertad. Rompiendo las cadenas de la esclavitud moderna. Luz opinaba diferente, ella se pensaba que un hombre tiene derecho a estar encadenado a un sueldo y a un horario, y que nadie puede quitarle ese derecho. ¡Y qué harás!, exclamó como si el mundo (mi mundo) se estuviese acabando.

 Si hubiese hablado en ruso me hubiese entendido mejor. Luz no podía concebir que un hombre dedicara su vida a escribir. No conocía uno solo que escribiera. Escribir era algo así como… como…, trataba de decir Luz, pero no pudo decir nada. Escribir era inaudito. ¿Quién paga por escribir?, preguntó. Ya dije, pues que yo sepa nadie. ¿Entonces?, gritó echando el humo de su cigarrillo. Entonces nada. Escribo. Es todo, dije yo. Luz aplastó el cigarrillo contra el encendedor. Lo apachurró con saña y se levantó de la mesa.

 La miré ir al sanitario y luego salir. Ni siquiera dijo adiós.

2

Lo primero que hice fue mudarme de apartamento. Abandoné. Quedé a deber dos meses de alquiler y me mudé a uno más pequeño. Pensé que no podría encontrar uno más pequeño, pero lo hice.

 Con el poco dinero de mis ahorros compré algunas provisiones: whisky, tabacos, lonjas de jamón y pan. Queso, salami, aceitunas y una bolsa grande de frituras.

 Pensé que escribir sería cosa sencilla. Pensé que si uno quiere escribir lo único es sentarse y escribir. Pero una vez sentado a la mesa, encendí el primero de los cigarrillos. Una cosa estaba clara, y es que si yo iba a escribir algo, lo haría con el alma. Sin andarme con rodeos y directo al asunto. Pero pasé al segundo cigarrillo, y continué en espera de algo que decir. Entonces pensé que el alcohol me ayudaría a aclarar las ideas.

 Me levanté y destapé la botella. Me serví un whisky en las rocas y me lo bebí. Miraba por la ventana. No había mucho que mirar; la ventaba daba a un campo abierto, pero no a un campo bello, sino a uno que bien podría ser un basurero. Esto fue la delegación Tláhuac.

 Me serví otro whisky y me senté de nuevo. Encendí otro cigarrillo. Luego me levanté. Caminé en círculos al tiempo que fumaba un cigarrillo detrás de otro. Hasta que llegué al veintavo cigarrillo y al quinto whisky. Estaba acabado. Estaba ebrio. Y de texto, aún no tenía nada. Decidí que era mejor dormir, y me dormí.

 Al día siguiente me levanté temprano, el sol y el frio que entraba por la ventana (la cual dejé abierta por la noche) me despertó. Cerré la ventana y me recosté. Pensaba en cómo escribiría, lo que fuese que iba a escribir.

 Había mucho que decir, tanto, que no podía concentrarme en algo. Pensaba en el trabajo, en cómo odié trabajar allí, y en general, cómo odiaba el trabajo. Pensé en Bobby, el hijoputa que me había robado a mi novia Deby (que no fue mi novia nunca pero yo la amaba). Sentía ganas de explicarle al mundo cómo Debby había sido una tonta al irse con Bobby, al cambiar todo el amor que yo le daba por un par de zapatos bien boleados y una camisa de marca. Y estaba Carolina, el amor de mi vida, y que yo había perdido. Había tantas cosas que contar. Y también estaba Luz, claro. De la que nunca estuve realmente enamorado. Empezar a escribir no sería tan fácil.

 3

A la semana siguiente llamó Luz. Preguntó si continuaba empeñado en echar mi vida por el retrete, con ese sueño mío de escribir. Tuve que decirle que sí, al cabo era verdad. Entonces me citó en un café del centro de la ciudad, y fui porque no tenía otra cosa que hacer. Además porque dijo que si iba, ella pagaría la cuenta. Y en ese entonces yo ya no podía negarme a una cosa así. El jamón se había podrido.

 Cuando llegué al lugar, que era un café en la calle de Madero, me encontré con que Luz había llevado a sus padres.

 Su madre vino para decirme más o menos lo mismo que Luz: que escribir es una mierda. Ella tampoco comprendía que uno se dedicara a escribir sin hacer otra cosa. Pensaba que no hacer nada y escribir, es la misma cosa. Le parecía que yo había perdido el juicio. Sólo en eso estábamos de acuerdo; por momentos yo también lo pensaba.

Su padre no opinaba diferente, vino con la suegra en el mismo viaje, y dijo que ya vería cómo hacer para defenderme de la empresa que me había echado sin goce a liquidación. Dijo que sería difícil puesto que yo había firmado. No se podían creer que yo hubiese sido tan ingenuo.  Se creían que me habían engañado, y que me habían hecho firmar con base en mentiras y manipulaciones. Quizá debió de ser así, quizá es así la mayor parte del tiempo… pero en mi caso, yo fui quien los engañó a ellos: me hice pasar por incompetente para que me echaran del trabajo. No había otro modo en que yo pudiese lidiar conmigo mismo. Tenía que engañarme y hacerme creer que ellos me habían largado, y que no tenía oportunidad de regresar.

 No me dieron oportunidad de decir algo. Estuvo bien porque así pude comer tranquilo, zamparme dos trotas de pierna con quesillo, y no tener que discutir con gente que no tiene oídos.

 Al final nos despedimos. Me parece que se largaron con la impresión de que yo había entendido.

4

Regresé a casa y tomé una ducha caliente. Al mismo tiempo fumé un cigarrillo. Es una habilidad y una manía que cogí desde chico. Fumar en la ducha. Y hay otras cosas que me gusta hacer en la ducha, por ejemplo, rasurarme. Lo hago sin mirarme en un espejo y en dos minutos. O cepillarme los dientes. Me gusta despreocuparme por escupir dentro de un lavabo. También me gusta follar en la ducha. Y orinar en la ducha. Leí que había un escritor que leía en la ducha. Yo no he llegado a tanto. Pero a veces bebo en la ducha. Reposo el vaso de whisky en el espacio de la ventana, y le voy dando traguitos. Aún así pienso que lo más lejos es fumar en la ducha.

 Y cuando salí, pensé que estaría como nuevo. Fresco y con ánimos de escribir. No fue así. Tenía ánimos, sí, pero de habilidad nada. Cogí el whisky y los tabacos y me senté frente a esa maldita hoja en blanco.

 Al menos esta vez escribí un par de párrafos, pero me parecieron malos. No decían lo que yo quería decir. Fuera de eso eran terribles. Lo único importante era expresarme. Si eran malos o eran buenos, me era indiferente. Pero si no lograban expresar mis ideas, me cagaba en ellos.

 Pasé así al menos unas cuatro horas. Fumando, bebiendo, y tratando de decir algo. Entonces paré. Cogí un libraco que había leído hace muchos años, uno de Salinger, El  guardián entre el centeno, y lo leí. Ese Salinger sí que sabía hacerlo. Narraba que daba gusto. Es como si las palabras le salieran por la boca, a raudales. Fluido. Sin tropezones y sin mucho esfuerzo.

 Leí algunas páginas y regresé a lo mío con nuevos bríos. Pero otra vez no pude satisfacer al juez de mí mismo, y me dediqué a leer. Era todo lo que podía hacer. Leer, leer, leer. Porque de escribir, nada.

5

Entonces llamaron del curro. Era Carlos, el jefe de recursos humanos. Dijo que llamaba porque sentía estima por mí. Eso dijo, pero fue él mismo quien me hizo firmar mi renuncia y mi carta rechazando el pago.

 Se dedicaba a los contratos, es decir a los contratos y a los despidos, y como estaba en el medio se enteraba de muchas cosas. Y llamaba porque se había enterado que Roberto abandonaría. Roberto era el jefe de la sección para la cual yo trabaja. Era el Director de ventas. Y próximamente abandonaría. Ya, le dije. Carlos pensó que eso bastaría para darse a entender y se tomó unos segundos de silencio. Luego, como yo no dije nada, él dijo: pensé que te interesaría la noticia, ya sabes, si Roberto sale tú tienes oportunidad de entrar.

 Roberto me odiaba a muerte porque yo era un vendedor que no vendía. Dejé de vender para que me echaran, pero el despido tardó demasiado. Roberto trató de comprenderme, de acercarse a mí y de echarme una mano. Pero yo lo que quería era una patada. Así que al final se hartó, cansado de excusarme y de comprender mi situación, e hizo que me echaran sin liquidación. Dijo que yo era un mal agradecido y un hijo de puta. Por supuesto, él jamás permitiría un reingreso mío.

 No sé, dije a Carlos por el auricular. Carlos no podía creerlo. Preguntó si ya tenía otro empleo y cuando le dije que no, preguntó si todo marchaba. Todo marcha, le dije. Sin embargo, no me creyó. Dijo que podía confiarle mi situación. A él… joder, al mismo que me negó el pan estando en sus manos dármelo. Bueno, dije, pues la situación es que ahora soy escritor. Carlos no supo cómo tomarlo. Primero se rió. Pensó que yo estaba bromeando. Tuve que repetirlo un par de veces para que lo digiriera. Sí, dije, soy escritor. Escribo. Y entonces se botó de la risa, dijo que me dejara de pendejadas y que me presentara mañana a primera hora porque iba a meterme a un curso de capacitación de ventas mientras Roberto se iba. Y cuando le dije que no, exclamó que estaba loco. Y también me llamó mal agradecido, e hijo de puta.

 6

El casero descubrió que yo había mentido. Miré el anunció en el diario, decía: se renta cuarto para estudiante. Setecientos al mes. Así que me planté allí, en la dirección que ponían, y les dije que yo era estudiante. Me pidieron credenciales pero me excusé diciendo que las olvidé, y me creyeron. Sobre todo porque llegué con el dinero en la mano, y dije que me quedaría al menos dos años, que es lo que supuestamente debía cursar en la universidad.

 Pero la vecina era amiga del casero y ésta le había mencionado que yo no salía jamás. Muy pocas veces en todo caso, y que siempre estaba allí, bebiendo y fumando.

 Me defendí diciendo la verdad. Le dije: vale, soy escritor, pero… si lo hubiese dicho desde el principio, ¿me hubiera dado el cuarto? El casero movió la cabeza negativamente. Bueno dije, pues es igual, usted ya tiene su dinero y yo ya tengo mi cuarto. Al fin, es lo que deseábamos en el fondo, ¿no? Asintió con la cabeza pero no estaba satisfecho. ¿Y dónde escribe usted?, me preguntó. La pregunta me cayó por sorpresa, no pensé que el casero de un cuarto en la colonia Nopalera me fuese a cuestionar la vida personal. Ya dije, pues aquí, en este cuarto. Sí, sí, dijo, pero quiero decir, ¿en qué revista o en qué periódico? Saqué un cigarrillo y lo encendí. Le ofrecí uno al viejo pero lo rechazó. En ninguna, respondí al fin. ¿Y ha escrito muchos libros?, continuó él cuestionando mi carrera literaria, que la verdad, llevaba dos semanas de empezada. Tosí un poco y luego dije que no, que ninguno. Entonces frunció el ceño. ¿De dónde gana dinero?, ¿qué hace aparte de escribir?, preguntó y yo estaba que me cagaba en dios. ¡Nada dije, no hago otra cosa que escribir y de dónde saque yo dinero es cosa mía! ¡Así que ahora sea tan amable de dejarme en este cuarto, que tengo el mes pagado, y usted me roba tiempo de creación!

 Comenzó a correrse el rumor de que yo vendía droga.

7

Todos parecían empeñados en quitarme de encima la idea de escribir. Como si ser escritor fuese la lepra. No había uno solo que estuviese de acuerdo. Todos sabían decir una sola cosa: ¿cuánto? Cuanto pagan es lo único que interesa a las personas. Podrían comer mierda si pagaran bien por ello. 




9 comentarios:

  1. Macrozabeth Moncada23 de febrero de 2012, 11:38

    Fumar en la ducha, yo lo hacía a los trece años, ja.

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  2. Sería interesante continuarlo hasta la gestación del whisky.

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  3. Asi es el origen de muchos grandes escritores, hay que dejarlo todo por un sueño...

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  4. ‎"Podrían comer mierda si pagaran bien por ello" Eso lo resume todo. No es distinta la vida de un pintor que de un escritor, pero se és libre. Muy bueno.

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  5. Drogas: la respuesta para cualquier comportamiento extraordinario en estos días.

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  6. Muy entretenidos, francos, llenos de gozo y reflexión...

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  7. Me gusto.. este si me gusto...

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  8. Fernando Rosas Rodriguez24 de febrero de 2012, 2:22

    Desde muy niño, siempre anhelé alcanzar mis sueños, pero cada vez que perseguia uno y que estaba en camino de lograrlo, surgia un cambio inesperado, el cual, también cambiaba el rumbo que tenía que buscar para alcanzar el nuevo anhelo, y así uno tras otro, hasta que meditando me di cuenta que somos el producto de nuestra lucha y víctimas de las propias experiencias que modifican día con día el rumbo que buscamos para bien o para mal, por lo que volteo hacia atras y me pregunto ¿que pasó con mis sueños primarios, a donde se fueron? y veo mi presente sin embargo, intentando lograr el sueño de mi interés actual.

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  9. A mí me pasó algo similar, sólo que tomé un camino diferente al tuyo. Típico, primero calientan motores; te preguntan dónde has publicado y luego, el zarpazo, ¿cuanto te pagan? Lo más probable es que nunca reconozcan tu trabajo, pero sabes qué; no me importa. Igual hay que escribir.

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