domingo, 12 de febrero de 2012

Juego de espejos.



-Decidiste emponzoñarte las arterias, malgastar tu dudoso talento, dejar gente desparramada por el camino y ahora resulta que tienes complejo de Hanssel y, para reencontrarte con todo lo que abandonaste hace años decides volver siguiendo el reguero de personas perdidas que fuiste dejando, como piedrecitas, como miguitas de pan. Ahora te buscas reencuentros con tus ex mujeres, con tus ex amigos con tus ex calles, con tus ex bares y tus ex camellos… y no pareces darte cuenta de que todo aquello ya no te pertenece ni tú perteneces a ello. Perteneces menos a ello incluso que el lugar tan horrible del que dices que has huido. Así que no sigas tratándonos como reguero de migas de pan. Tus cadáveres no te conducirán a ninguna parte y yo no pienso ser tu  Gretel, encantador de serpientes-

 Steve sabía que el reencuentro con Águeda seguramente sería el más difícil de todos. Aquello era un verdadero ejercicio intelectual de supervivencia. Duch era, al mismo tiempo, la cabeza más privilegiada que Steve había conocido jamás y el mayor desperdicio humano que había visto. Un jeroglífico indescifrable y mortal. Habían vivido algo intenso. Amor verdadero del de hacía medio siglo pero con sexo de puta madre. Después él se marchó porque el peso específico de ella le resultaba agotador. O tal vez  fue ella la que se marchó porque él resultó demasiado insoportable. Desde entonces se habían cruzado sus caminos siempre casi por casualidad. A Duch le gustaba comer un buen menú en un restaurante de Doctor Esquérdo, no sin antes echarse al coleto media docena de martinis. Ella también se emponzoñaba las arterias a su manera, aunque sólo lo hacía con drogas sociales, benzodiacepinas, ansiolíticos y una cantidad de alcohol que te cagas, según recordaba Steve. Steve pidió otra cerveza para digerir el primer chaparrón y para irse acostumbrando a lo que verndría después. Duch era cañera. Cañera de verdad. Aunque sabía antes de verla que ella sería implacable sabia que para aquel encuentro necesitaría dosis King size de anestesia. La lengua de aquella tía cortaba como una puta sierra eléctrica.

 -Bueno, todos nos envenenamos de alguna manera en algún momento de nuestras vidas. Incluso el enamoramiento es un envenenamiento de la sangre que comienza con la visión del otro. ¿Nunca te leí el proceso químico que se produce en la sangre en el momento de la visión de tu otredad? Dijo otredad a medias para confundir, a medias para impresionar pero lo que hizo fue quedar en ridículo con su otredad y su rollo filosófico.

 Al oír aquello Duch soltó una sonora carcajada sonora y se derramó el Martini que estaba bebiendo por la barbilla y el escote de sus dos buenas tetas. El camarero los miró. Y es que Duch no era impresionable en absoluto. No podías acudir a la filosofía para sacudírtela de encima. Si lo hacías y la utilizabas como escudo defensivo o como refugio antiatómico, volvería con un bate de beisbol y te daría golpes metafísicos hasta hundirte en la miseria. Definitivamente el maestro Sloterdijk no estaba invitado a esta comida. Ni él ni ningún otro filosofastro de la vieja República de Weimar. Steve recordó a Heiddeger en ese momento, pero lo descartó de inmediato. Era mejor relajarse y se dio cuenta de que, de alguna manera, siempre la había echado de menos y de que se alegraba de que ella anduviese por los alrededores. Cuando habían sido pareja habían vivido momentos extraños, momentos en el que los fantasmas giran en torno a las lámparas del techo o en los que los muertos eran espolvoreados por las alfombras desde urnas fúnebres. Sin duda momentos extraños de hospitales y de duchas de agua helada y de lavados de estómago pero aquella tía había sido la única que lo había tratado exactamente como lo que era: como un tipo brillante a ratos   o una puta basura en otros ratos, según lo fuese mereciendo. Por eso tal vez la respetaba.

 Se terminó la cerveza de un trago, directamente de la botella mientras hacía un movimiento circular a l camarero con el dedo para indicarle que era hora de rellenar los vasos con más de ,o mismo. No le entraba el aire, como en los viejos tiempos. Se levantó en silencio y se fue al baño. A los cinco minutos volvió y se sentó de nuevo. Sonreía y un hilo de sangre y mocos y agüilla  le corría por los orificios de la nariz.

 -Límpiate, le dijo ella extendiéndole una servilleta.
 -No es nada, peque. Un momento de nervios. Ya está solucionado.

 Ella lo miró tratando de encontrar algo en él. Una molécula de ser humano. Algún resto de corazón. Pero no vio nada. Necesitaba unirse a la fiesta de la anestesia, a la Secta del Perro por un rato. Alargó el brazo y se lo metió en el bolsillo del pantalón. Allí rebuscó mientras le amasaba agradablemente las pelotas. Steve sonreía ante la posibilidad de que Águeda le estuviese tocando los huevos otra vez algunos años más tarde. Ella sacó todas las papelinas de un tirón y se marchó con ellas al baño.

 Eh, nena, vuelve aquí. Sabes que te quiero pero esto es demasiado.  Gritó. El camarero se giró para mirarlos y Steve sacudió en el aire otra vez su cerveza vacía. Al poco rato Duch volvió sonriendo y él se sintió como un pez de ciudad con ganas de saborear a aquella negra flor.
-          ¿Qué harás luego? Le preguntó.

Ella soltó otra sonora carcajada.

- Cualquier cosa menos acostarme contigo. Pienso salir toda la noche y emborracharme y tú no estarás invitado a mi fiesta. Aprendí mucho de tu Secta del Perro.

Vístete de zorra. Me parece bien. Nunca le digo a nadie lo que tiene que hacer. Sólo soy un diplodocus.

El camarero trajo los platos pero Steve ya no tenía ganas de comer. Comenzó a pensar en frases oportunas:

-          Se me está haciendo tarde y empieza a refrescar.
-          ¿Refrescar? Debe haber cuarenta grados ahí fuera.

 Pero Duch había entendido que aquella comida terminaría antes de lo previsto, en el mejor de los casos, o en más incómodo de los silencios, en el peor de ellos. Miró a Steve e intentó buscar algo de ternura hacia él pero tampoco encontró nada. Ella misma, la pequeña Gretell, se había convertido hacía tiempo en otro cadáver y todo resultaba ya demasiado complicado. Sí, se vestiría de zorra aquella noche pero no sería cobarde, nunca lo había sido. Se levantó de la silla y agarró a Steve por el pelo. Tiró fuerte. Él también había comprendido que nada la detendría en aquel momento. Era inútil intentar disuadirla para que no se marchase. Los tiempos en los que terminaban las discusiones follando y tomando licor de molocotón con zumo de naranja habían terminado.

-          Suerte Steve.

Dijo ella,  y se marchó caminando despacio con su falda larga y bebiendo Martini. Los dos estaban seguros que no volverían a verse, eran demasiado parecidos, un juego de espejos demasiado doloroso.


6 comentarios:

  1. Muy buen lenguaje, buen manejo de las circunstancias, como cuando habla de Filosofía. Un buen relato que describe bien la voluntad femenil y el pensamiento del hombre inteligente.

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  2. Hahaha, hace rato que no hallaba tiempo para leer algo por acá … me parece bueno, y solo atino a decir con respecto a tus personajes ¡qué hermoso conjunto! ¡qué falta de humanidad y de dolor! No los quiero formular en términos del relato, me parecen tan reales como increíbles. ¿Resulta algo normal sentir una nausea agradable? Porque los veo desenvolverse entre la basura, el componente primario de la vida, y por demás destacan al ser asquerosamente supremos; es más, se me ocurre que todavía no son lo suficientemente sucios.

    Todos los días vemos las caras de toda clase de gente de éxito, triunfadores y genios, hombrecillos simples y poco auténticos. También son cosa de todos los días esas mujeres que para pretender ser algo tienen que soportar el peso movedizo de algún hombre como esos, es decir, entenderse y desentenderse de los honrosos placeres de la cópula, a conveniencia.

    A mí me da asco pensar que estamos condenados al encogimiento de la consciencia delante de esa gente "real". Me gusta más la idea de esos fastidiosos para los que el desaseo no es una renuncia a la inteligencia, sino una simple inercia ante la falta de buenas razones para tener propósitos definidos.

    :D

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  3. Emilio Faustino Martin Muñoz12 de febrero de 2012, 22:03

    Un genio de los pocos que ay en el mundo eso es lo que era Steve

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  4. Emilio Faustino Martin Muñoz12 de febrero de 2012, 22:04

    Eso es mui difícil encontrar un amor verdadero

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  5. Es una frase que repito a menudo: los seres extraordinarios sólo podrán triunfar, de alguna manera, junto a otros seres extraordinarios. Si no, están abocados al inmundo fracaso. No sé si Steve es un ser extraordinario. Es un ser fuera de lo ordinario. Duch es un ser extraordinario. Como Lu lo es. Como Rossie lo es. Él es sólo el Juan Salvador Gaviota que las sobrevuela y luego se aleja. Pero también es Diógenes y es Hamlet y todas ellas son Desdémonas porculeras...
    Gracias a todos, muchach@s.

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  6. Emilio Faustino Martin Munoz He visitado los desiertos y solamente he recibido espejismos de ilusión he hablado com las montañas de la desesperación y solo he recibido el eco de mi voz e paseando por las calles todo tiene igual color no se lo que echo en falta sin duda será el amor .

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