martes, 21 de febrero de 2012

El poeta tendero: a tu rival, la viruta.


Llegué puntual a la tienda, fregué los pisos, acomodé los refrescos, limpié los refrigeradores y sacudí de polvo los anaqueles. También di de comer a Horacio, que era un perico del infierno que compró el señor Palafox  e instaló en la tienda. Por las mañanas había que sacar la jaula, perico dentro, y colgarla de la pared. Esto con la finalidad, según Palafox, de que todos lo miraran y dentro de poco identificaran su tienda como la tienda del perico. Ya verás, me dijo, cómo todos los niños de la colonia no querrán comprar (y obligarán a sus madres a no comprar) en otra tienda que no sea la del periquito. También dijo que se llamaría Horacio, y que le enseñaría a hablar; a decir frases que fuesen palíndromos como: Ana, la tacaña catalana. O: luz azul O: ¡ojo!, corre poco perro cojo. O: se es o no se es. O: yo de todo te doy. Y su favorito: échele leche. Y al anochecer había que meterlo dentro y tapar la jaula con una sábana para que pudiese dormir. Y por la tarde, a eso de las dos de la tarde, llegó Petrozza. Apareció como en un mal sueño. Sobre todo porque a esa hora, y siendo sábado, era el tiempo en que podía estar allí con Estela, que era mi sol y mi luna, y la mujer que más me gustaba en esa época.

 ¡Venga, Salmo, qué gusto encontrarte por acá! Eso fue lo que exclamó Petrozza cuando me miró recargado en el mostrador, platicando con Estela, como si fuese una casualidad. Petrozza vivía en el Sur y yo estaba en el Norte, y Petrozza jamás venía al Norte, pero aquella vez juró que lo nuestro fue un encuentro casual. Se acercó a mí que estaba estupefacto, me estrechó la mano, me abrazó y me palmeó la espalda y dijo que el mundo era muy pequeño. Pero yo pensaba que estaba fingiendo, que no podía ser una coincidencia que él estuviese aquí. Petrozza también saludó a Estela, pero lo hizo como si ella fuese la Peste, o como si la menospreciara. Apenas le dirigió la palabra y cuando ella le preguntó cómo estaba, él simplemente le sonrió asintiendo la cabeza, como si no hubiese escuchado la pregunta y ahora le siguiera el juego a un loco o a un indeseado. Y Estela, que era una mujer dulcísima, no se ofendió y le invitó a beber una soda o comer algo de la tienda. A esto, Petrozza sí que escuchó, y aceptó, como si le costase, beber una, si no es mucha molestia, dijo casi llegando al sarcasmo, una cerveza bien fría porque hace mucho que había caminado y venía sediento hasta el cansancio.  

 Entonces yo fui al refrigerador de cervezas y le estiré una de mala gana, deseando explicarle en privado que su presencia no me era grata porque este era el único espacio que yo podía pasar con Estela, y a demás, él había dejado claro que Estela le desagradaba por considerarla una boba, y nada tenía que hacer él en el Norte, en el Estado de México y en la tienda donde yo laboraba. Pero todo esto no pude decírselo.

 Petrozza cogió la cerveza y la destapó con un encendedor que sacó de su bolsillo  y dio el primer trago con muchas ganas; parecía que estaba bebiendo agua y cuando colocó el envase sobre el mostrador, estaba más vacio que lleno. Estela lo miraba sin decir palabra, ella jamás había bebido y consideraba a los bebedores… no sé muy bien qué penaba Estela al respecto de los bebedores pero no sería algo bueno. Yo tampoco hablaba. Y cuando la cerveza llegó Petrozza también dejó la conversación. El resto del alcohol se lo bebió despacio. Incluso encendió un cigarrillo para acompañarlo, y yo eché una mirada a Estela, por si quería que le pidiera que saliera a fumar fuera. Estela me respondió con otra mirada y un gesto que me decían que no importaba, que lo dejara hacer. Ingenuamente creímos que se bebería aquello y se largaría por donde sea que hubiese venido. Lo que ocurrió en lugar de eso fue lo siguiente:

 El señor Palafox entró a la tienda, saliendo por la puerta que da a la casa, y nos miró a los tres, y cuando se percató de que Petrozza estaba bebiendo (ya iría por la segunda cerveza) llamó a Estela aparte y la sacó del local. 


 Aproveché para preguntarle a Petrozza por qué había venido y qué demonios estaba haciendo. Bebiendo una cerveza, qué más, respondió  y yo pensé que estaba mintiendo, es decir, que algún plan se traía entre manos, pero luego recordé que a Petrozza yo jamás lo había traído al trabajo, ni a mi casa ni a mi colonia, y que era improbable que llegase con intensión. Y antes de que se lo pudiese comunicar, entró Estela con su padre detrás, y éste dijo: ¿Qué significa esto, Salmoneo? Yo no tuve tiempo de contestar, él siguió: ¿quién es este amigo tuyo que viene a mi tienda y bebe mi cerveza? ¡Esto no es una cantina! Yo no supe qué responder, y si no fuese porque Petrozza no conoce la vergüenza, quizá hubiese perdido mi trabajo.

 Petrozza lo miró, al señor Palafox, se acercó a él cerveza en mano y le dijo: usted debe ser el señor Palafox, el hombre que paga a Salmoneo por desperdiciar su juventud fregando pisos y cortando lonjas de jamón. Hubo un silencio expectante (al menos lo fue para mí). Acto seguido, el señor  Palafox soltó una carcajada y dijo: bueno, no lo veamos de ese modo. Y se rascó el bigote, y luego le estrechó la mano a Petrozza, quien se presentó como Martin Petrozza, y le dijo a Palafox que era un viejo amigo mío, y compañero de letras. Y cuando dijo esto, al señor Palafox, que era un asiduo lector y que estaba un poco loco, le brillaron los ojos y no dejaba de rascarse el bigote mientras pronunciaba las siguientes palabras: ¡Ah!, tú debes ser ese amigo suyo, el borracho y fumador… Otro silencio expectante. Y Petrozza soltó una risilla y dijo: bueno, no lo veamos de ese modo. Y entonces todos reímos, incluida Estela que continuaba detrás de su padre. Y Petrozza había dicho aquello al tiempo que alzaba las manos, una ocupada por la cerveza y otra por el cigarrillo, que nos hizo reír unos buenos segundos.

 Ahora que todo estaba claro, y con tanta contentura por parte de todos excepto yo, el señor Palafox sacó un par de sillas y las instaló fuera de la tienda, sobre la banqueta, donde él mismo acostumbraba sentarse a leer o a mirar pasar la gente. Allí sentó a Petrozza, pues dijo que tenía muchas ganas de hablar con él porque estaba seguro que siendo escritor, y siendo como es (como yo le había contado que era), lo iba a entender. Le dijo que tenía un par de teorías y que deseaba contarlas a alguien que lo comprendiera y no solo a alguien que le dijera que sí a todo. Este último comentario fue una alusión a mí, que solía decirle que sí a todo con tal de no perder el empleo. Y Estela los siguió, porque se sintió interesada por todo el interés que su padre depositaba en Martin, y se sentó en el escalón de la entrada de la tienda, junto a ellos, a escuchar.

 Yo me acerqué también pero en el momento que comenzaron a hablar, o mejor dicho, en el momento en que Palafox exponía la primera de sus teorías, que era la teoría de los seres inorgánicos, entró a la tienda un par de señoras que venían a hacer las compras, y tuve que entrar con ellas y atenderlas. Y esto me pasó con las señoras y con un montón de gente que entró después.

 2

 A pesar de toda mi incredulidad Petrozza se estuvo allí unas buenas horas, y se bebió al menos doce cervezas, corridas todas por cuenta de la casa, y el señor Palafox y Estela no paraban de asombrarse de todo lo que él decía. Y es que yo ya le había contado a Petrozza de las teorías de mi patrón, y éste había dicho que gran parte de ellas estaban escritas en los libros de Carlos Castañeda, y como se los había leído todos dejó boquiabierto a Palafox, que creía que sus investigaciones y descubrimientos eran muy originales. Al escuchar que Petrozza no sólo las entendía, sino que además, las había pensado antes y tenía sus aportaciones personales, Palafox quedó anonadado. Sobre todo porque ese señor no solía hablar con alguien, y no estaba enterado que el mundo gira, y que las cosas se saben antes en otros lados que en su tienda o en su cabeza, y que los seres inorgánicos son algo pasado de moda, y escritos y explotados por Castañeda.

 Y Estela también estaba asombrada porque hasta ese día no había conocido a alguien, ni en su escuela ni en otro sitio, que no pensase que su padre estaba loco, y que supiera y confirmara sus teorías, pero con algo más de coherencia, y citando autores, escritores, científicos y filósofos que solidificaban todo lo que hasta ahora había sido nada más que especulaciones (locuras) de su padre.

 Y otro que estaba entusiasmado era ese maldito perico Horacio, que ante las exclamaciones de ese trío, y ante los gritos (la plática estaba caliente, llena de entusiasmo), comenzó a graznar o a trinar o como se le llame a los gritos que pega uno de esos pajarracos.

 Petrozza, que es un farol nato, se levantó de la silla y se acercó al ave, y desde fuera metió el dedo a la jaula, entre los pequeños barrotes y se puso a platicar con Horacio. Y aunque esto lo hizo en medio de una conversación particularmente importante para el señor Palafox, y aunque lo hizo sin pre-aviso, deliberadamente y dejando a Palafox con la palabra en la boca, encantó a mi patrón porque el muy suertudo de  Petrozza le dijo a Horacio: sisa la ave y Eva al asís Entonces Estela se levantó y se puso junto a él, y cuando Palafox estaba por reclamar de dejarlo en medio de una plática interesante (cosa que odiaba con toda su alma), se detuvo porque se dio cuenta de que sisa la ave y Eva al asís… ¡Es un palíndromo!,  exclamó Palafox como si Petrozza hubiese descubierto la cura del cáncer o algo así.

 ¿Sabes hacer palíndromos?, preguntó Palafox asombradísimo de que alguien aparte de él supiera o tuviera intención de hacerlos. Petrozza (que era un mamón) negó  con la cabeza, echando el humo de su tabaco (que por ese entonces sería el número dieciocho) y dijo: no deseo yo ese don. Entonces Estela y Palafox repasaron la frase en su cabeza y lo notaron: esa frase también era un palíndromo. Estallaron en risas y en alegría, y Palafox abrazó a Petrozza y le dijo que era un genio. Estela le preguntó a su padre cómo se hacen los palíndromos, y éste le dijo que son frases que se leen por igual al derecho y al revés. Ella le contestó que eso ya lo sabía, que no era tonta, y qué deseaba saber cómo hacer uno, ¿es que hay alguna manera fácil, una fórmula o algo?, preguntó. Entonces Palafox (que también era un mamón), le respondió con otro palíndromo: la ruta natural. Alzó los hombros para enfatizar la naturalidad y la obviedad. Petrozza encendió otro cigarrillo y dijo que ese era muy bueno, el de la ruta.

 Yo estaba cerca, escuchando y viendo como se divertían. Tanto que entró una persona a la tienda y yo no lo noté. Petrozza sí, y me dijo: te hablan. Estela, que no miró que yo estaba detrás de ella y pensando que las palabras de Petrozza iban dirigidas a ella, preguntó que quién, y éste le contesto, una vez más, con un palíndromo: a ti no, bonita. Y Palafox, que estaba atento a todo lo que decía Martin, exclamó: sé reconocer eso. Que también es palíndromo, y como yo estaba harto les dije, entrando a tono con el comentario de Petrozza sobre la persona que entró: yo voy. Y todos rieron porque eso también podía leerse al derecho y al revés, y la conversación se estaba volviendo una lanzadera de palíndromos que daba gusto. Incluso cuando Estela le dijo a Petrozza que no debería fumar tanto, éste respondió que en efecto el médico se lo prohibió. Dijo: no me deja fumar: ni nicotina, ni tocinín. Y cuando Estela dijo que qué era tocinín, Petrozza dijo que era lo de menos, que el caso era hacer juego de palabras. Palafox estuvo de acuerdo con sonoras carcajadas. Y  para rematar a Petrozza se le ocurrió uno muy bueno, que fue el parte aguas de la borrachera. Exclamó: ¡arriba la birra! Lo dijo, por supuesto, alzando su cerveza al aire y pegándose un trago.

 Digo que esto fue el parte aguas de la borrachera porque al decir esto, Palafox se contentó tanto (estaba fascinado con Petrozza) que me pidió, como quien al fin se convence que no es malo, que trajera cerveza para todos. Así que todos (excepto Estela que se negó a beber) nos sentamos en la banqueta y brindamos entrechocando nuestros envases de cerveza. 

 Lucíamos como un cuarteto de vagos bebiendo a luz y cobijo de una tienda de abarrotes, en una colonia popular, pero en vez de lanzar albures, hacíamos palíndromos.

3

 Pero después de estos juegos de palabras el señor Palafox guió la atención de todos al cielo, del cual era un ferviente observador, y dijo, sin dejar de mirar al cielo, que estaba convencido que ya pronto llegarían seres del espacio a conquistarnos.

 Estela miró a Petrozza (yo miré cómo lo miraba) en espera de su respuesta, que consideraba acertada, sabia y erudita. Este tema, el de la conquista extraterrestre es el que más avergonzaba a Estela de su padre, y esto era la prueba de fuego. Petrozza había soportado al señor Palafox sin inmutarse o sorprenderse de sus tonterías, pero esto, lo de los extraterrestres, le parecía demasiado. Era tiempo de ver si Petrozza estaba siendo honesto, o si sencillamente era un falso lame traseros que al final, también decía que sí a todo.

 Petrozza tosió, alzó su mano y con ella el cigarrillo que sostenía y dijo, sí, sí, efectivamente. Yo lo creo también. Dio una calada al cigarrillo y continuó diciendo que las probabilidades eran muchas, y que él mismo había estado mirando de cerca las noticias de la NASA. Y aquí, cuando Petrozza mencionó a la NASA, Estela dibujó una sonrisa de felicidad, y también su padre, porque éste último jamás había escuchado decir nada a la NASA y una vez más, Petrozza traía noticias de que la gente seria, los científicos, etc., pensaban todo aquello que su padre pensó solo, y confirmaban así (ambos; padre e hija) que no estaba tan loco.

 ¿Ya ves?, me codeó Palafox, yo te lo había dicho, Salmoneo, los extraterrestres no están lejos. Bueno, sonreí nervioso, yo nunca dije que no fuera cierto…

 4

 Al final, al anochecer, Petrozza se había robado la tarde y Palafox y Estela lo amaban. Incluso ese maldito perico parecía simpatizar con él, porque a la hora de meterlo dentro, Petrozza se ofreció para ello y Estela dijo: mira, papá, mira, no está chillando como cuando Salmoneo lo mete. Y es que Horacio solía hacer una serie de ruidos infernales a la hora de meter la jaula, como si le doliera no estar fuera. Y esta vez el muy… no gritó ni hizo nada. Se dejó hacer como si Petrozza fuese especial. Al menos así lo hizo notar Estela con su comentario que mí me dolió en hasta el alma.

 Y luego de meter al perico Palafox me hizo a mí recoger todas las botellas de cerveza que se habían acumulado y tras llevar él las sillas a su casa, me hizo barrer el rincón donde estuvimos. Estaba lleno de colillas de cigarro, y todas eran de ese… Petrozza.

 Cuando acabé de hacer todo eso Palafox dijo a Petrozza que debía entrar a casa, pero lo invitó a pasa (¡a mí nunca me había invitado a pasar!). Petrozza se excusó diciendo que vivía muy lejos, pero prometió volver en mejor ocasión y continuar la velada dentro.

 Entonces Palafox me dijo que ya podía irme a casa, que él mismo se encargaría de recoger la tienda y de cerrar (esto tampoco había pasado nunca; nunca me había dejado ir sin antes fregar los pisos). Le estreché la mano, le di las gracias y me despedí de su hija con un beso en la mejilla, frío. Y Petrozza se despidió también, con abrazo del señor Palafox y con beso y abrazo de Estela, y ella le sonrió y le dijo que por favor no dejara de venir a platicar con su padre.

 Una vez despedidos Petrozza y yo dimos los primeros pasos y una vez dádolos, Palafox gritó desde la tienda: ¿te piensas ir caminando? Esto me hizo enojar mucho porque si Palafox se ofrecía dar aventón en su coche a Petrozza, me ofendería pues a mí nunca me lo había dado, por más tarde y cansado que saliera del trabajo. Pero Petrozza ni siquiera le dio oportunidad de ofrecerlo, simplemente le regresó el grito, gritando: ¡nota épica: nací peatón! Palafox sonrió y agitó la mano en salutación, y nos fuimos.

 Antes de doblar la esquina Petrozza me dijo: ¿lo notaste?, eso también fue palíndromo. Y rió, y yo le dije: ¿cómo piensas regresar hasta tu casa? Y él me contestó que pensaba que quizá yo pudiera darle asilo… Entonces le dije que no, que mi abuela jamás permitiría a un borracho en casa. Y él dijo, no creyendo que yo de verdad lo estuviese rechazando, que no era un borracho sino un amigo. Yo dije, sí, sí, pero un amigo borracho. Petrozza insistía en que yo no podía dejarlo en la calle, en el Estado de México, él viviendo en Tlalpan centro. Y decía: ¿somos amigos, no? Y yo decía que sí, pero no me escuchaba, decía: ¿somos o no somos? Y repetía aquello hasta que lo entendí, y le dije: vale, es un palíndromo, pero aún así no te llevaré a casa. Y entonces lo comprendió y dijo: no seas así, Salmo, yo soy tu amigo fiel. Y como miraba que yo estaba muy seguro de lo que hacía y  continuaba caminando hacia mi hogar sin ninguna intención de dejarlo entrar, y él siguiéndome y alejándose cada vez más de la ruta que podría llevarlo a la suya, se calló.

 Y en algún momento lo escuché jalar los mocos (seguramente por el frío o por la borrachera) y le dije, para rematar y porque ya estaba harto, el último de los palíndromos de aquella noche: amigo, no gima.


6 comentarios:

  1. Mondrigo Petrozza...*-*

    ResponderEliminar
  2. Muy bien extendido el tiempo en que se pasa una tarde, los diálogos son excepcionales. Y la anécdota es muy buena. Petrozza es formidable. Bien escrito.

    ResponderEliminar
  3. Petrozza: Soy espejo y me reflejo XD!!!

    ResponderEliminar
  4. Un texto maravilloso, lleno dem agia, de fluidez y de erudicción. Los juegos de palabras son geniales!!! bien hecho esto es literatura de la buena!!!!

    ResponderEliminar
  5. ¡Buena fecha para publicación! Capicúa y palíndroma 21/02/2012. Saludos, Salmo.

    ResponderEliminar
  6. Venga, que Filloy habría de estar encantado, que somos o no somos... escribanos al fin.

    ResponderEliminar

Related Posts with Thumbnails

Derechos reservados.

Todos los textos de este sitio son de la autoría de quien los firma y están debidamente protegidos bajo la Ley Federal del Derecho de Autor. Para su reproducción total o parcial, favor de contactarse a: redaccion@whiskyenlasrocas.com