jueves, 2 de febrero de 2012

El poeta tendero: Estela.


Al señor Palafox le gustaba la comida, le gustaba el observar el cielo, y le gustaba leer. Era un hombre bastante extraño para ser el dueño de una simple tienda de abarrotes. Además, le gustaba hablar del apocalipsis. Y aunque al principio podía parecer un hombre interesante, acaba por colmarte la paciencia. Sobre todo por su manía con los pisos limpios. Y su manía por los anaqueles bien acomodados. No lo hubiera soportado de no ser porque, curiosamente, el señor Palafox tenía una hija de veinte años, preciosa. Lo curioso del asunto, es que ni el señor ni la señora Palafox eran lo que dice, bien parecidos. Y Estela, bueno… ella era una musa inspiradora de versos alejandrinos, o de tercetos italianos, o de poemas gitanos. 

 La primera vez que la vi llegó a la tienda, y como yo no estaba avisado, le pregunté si podía ayudarle en algo. Entonces sonrió, bellamente. Y yo sonreí, e insistí en ayudarle a las compras. Ella volvió a sonreír, como si lo mío fuese un chiste, y yo no supe qué hacer. Supongo que estaba nervioso, por su belleza, y no entendía que lo que ella deseaba era que yo me quitase de en medio para poder pasar a la puerta de la tienda que da a la casa de la familia Palafox. Tuvo que hacer una seña, con el dedo, y una cara de pena ajena para que yo lo comprendiera. Pero no lo comprendí; el señor Palafox no me había dejado dicho que alguien aparte de él, o de la señora, tendría acceso a esa puerta. 

 La escena acabó cuando el señor Palafox entró a cuadro, y saludando a la niña con mucho cariño, y diciéndole mi amor, e hija, lo entendí todo y quedé avergonzado de mi estupidez. Salmoneo, gritó el señor Palafox, ¿ya te he presentado a mi hija Estela? No pude menos que mover la cabeza diciendo con ello que no, y Estela, que ahora también lo comprendía todo, dijo que yo era un buen muchacho, que al menos podían estar seguros de que hacía las veces de guarda de seguridad y que la puerta de la casa estaría en buenas manos, y bien protegida, y que ni siquiera una mujer podría seducirme para pasar. Lo dijo sonriendo, con tanta soltura, que de inmediato supe que era un alma sensible, joven, y sencilla. Además sonrió con esa sonrisa suya que era un encanto. 

 La segunda vez que la miré yo fregaba los benditos pisos, que según el señor Palafox debían fregarse tres veces al día (aunque gracias al Cielo me hacía hacerlo solo dos, una por las noches y otra llegando, por las mañanas), y ella me miraba desde la acera contraria, sin que yo me percatase. Era por la mañana. Me pegó un susto al acercarse por detrás y tocarme con la punta del dedo en el hombro. Otra vez sonrió, y otra vez sentí que el alma se me salía del cuerpo. Era una niña delgada, de tez blanca y mejillas sonrosadas. El cabello era largo, lacio y castaño, y las gacelas de su pecho estaban dulcemente bien proporcionadas, lo mismo que su trasero. Además, tenía unos ojos bellísimos y un par de labios que incitaban al pecado. Hola, dije tímidamente, y ella me contestó el saludo de buena gana. Dijo que se había olvidado de una cosa y que había tenido que regresar una vez casi llegada al colegio. Era estudiante de Economía en la UNAM y cuando me dijo aquello deduje que en verdad debía ser algo de suma importancia, pues aquella universidad estaba al menos a dos horas de donde estábamos ahora nosotros. Eran las ocho de la mañana. Dijo que estaba en la acera de enfrente esperando que yo acabara de limpiar para no interrumpirme o ensuciarme lo ya trabajado. Le respondí que era muy amable de su parte, y añadí que en adelante no debía tomarse esas molestias, que si de ella se trataba, volvería a limpiar cien veces. Eso dije, y me arrepentí. Ella sonrió una vez más y dijo que yo era muy amable. Acto seguido entró a su casa, y luego ya no salió. Me quedé esperando a que saliera, pero ya no salió.

 El que salió fue el señor Palafox. Supervisó el aseo de la tienda y yo lo odiaba porque parecía un sargento o un inspector de salubridad caricaturesco. Movía el bigote al tiempo que pasaba revista a los anaqueles, a los pisos y a los refrigeradores. No permitía que una sola mancha de polvo (y para ello pasaba el dedo por las superficies) ensuciase la tienda.

 Una vez que estuvo convencido de que todo estaba en orden, sacó una silla y se sentó en la banqueta, fuera de la tienda y se puso a leer. Leía un libro de Ray Bradbury, Las crónica marcianas, y mientras yo llenaba los refrigeradores con refrescos y aguas embotelladas me hacía preguntas, tales como: ¿Oye, Salmo, tú crees en los marcianos? Yo estaba arrastrando una pila de cajas de refresco, y a veces no oía lo que me decía. Tenía que repetirlo un par de veces y eso le desagradaba. Se levantaba de la silla, se ponía frente a mí y con actitud de indignación exclamaba: si no quieres hablar del tema es mejor que me lo digas, te estoy preguntado que si tú crees en los marcianos. ¿En los marcianos?, contestaba yo soltando un bufido por el esfuerzo de arrastrar las cajas, pero el señor Palafox no me tenía ninguna consideración; le importaba poco si echaba el hígado por la boca, él quería la respuesta a su pregunta y no había nada que le molestase más que uno no supiera expresarse. Bueno, decía yo, pues supongo que sí… debe haber vida en otros planetas, aunque no estoy seguro que precisamente en Marte… y antes de que terminara ya había regresado a su silla a leer, y antes de que lo pensara, quizá cuando yo estaba debajo del exhibidor de quesos, limpiando la grasa y la mugre que debajo se acumula, corría hasta mí y me preguntaba si yo creía en el solipsismo. Todo es posible, decía yo harto de que fuera la misma persona la que me pusiera a trabajar y la que me interrumpiera cuando lo hago.

 Sin embargo, debo decir que el señor Palafox tenía sus propias teorías y muchas de ellas eran interesantes. Por ejemplo la de los seres inorgánicos, y la de la granja de humanos, que iba sobre unos seres sin cuerpo que habitan en la Tierra, hechos de pura psique, y que comen nuestras energías vitales como nosotros comemos la carne de los cerdos. Nosotros somos de carne, solía decir, y comemos carne; ellos son de mente y comen mente. Y si uno no le creía o se mostraba abierto al dialogo estaba perdido. Entraría a una conversación apasionante que duraría como mínimo, dos meses. Con sus interrupciones claro, pero dos meses de estar escuchando todo el mundo que el señor Palafox había creado en su cabeza sobre esos seres inorgánicos, las ensoñaciones de los humanos, que son, según dice, una puerta a su mundo, y cómo es que tienen controlado a hombre del mismo modo que nosotros a los animales. Nos tienen contados y numerados, dijo, como nosotros tenemos contadas a las ballenas y algunos animales en peligro de extinción. Conocen nuestros hábitos y costumbres y son capaces de manipularnos poniendo ideas en nuestra mente, o generando emociones en nosotros. Como cuando te sientes deprimido por nada, decía. Esta teoría la basaba en lo siguiente: como es abajo, es arriba, y viceversa. Y según él, así como el humano es la cima de una escala evolutiva; debajo están los animales, y debajo de ellos las plantas y debajo las bacterias y debajo quizá los minerales… hacia arriba del humano debía existir algo. Algo que nos come, como nosotros comemos a los de abajo.

 Y yo le escuchaba, a veces con mucha atención y a veces harto, hablar y hablar y preguntarme cosas al mismo tiempo que limpiaba y atendía la tienda como un histérico o un demente. Comencé a coger las manías de mi patrón. Bastaba una huella de dedos sobre un vidrio de refrigerador para que me lanzara trapo en mano a la eliminación.

2

Estela comenzó a dejarse ver por la tienda con más frecuencia, o al menos eso es lo que me dijo la señora Palafox, que era una señora regordeta, como su marido, rosa como un cerdo y alegre como una gallina. Incluso reía como una gallina. Y reía mucho; reía por cosas con gracias y por cosas sin gracia. Cualquier motivo le bastaba para reír. Dijo que Estela no había pasado tanto tiempo en el local antes de mi llegada. Lo dijo frente a Estela y frente a mí cuando Estela y yo platicábamos sobre nosotros mismos. Es decir, cuando comenzaba nuestra amistad, que comenzó cuando Estela regresó aquel día que olvidó algo del colegio. Regresó pasados dos o tres horas y cuando la mire salir, despreocupada, me anunció que no regresaría a la universidad, que se daría el día libre, total, y que estaba aburrida porque no sabía exactamente qué hacer. Entonces se recargó sobre el mostrador (y yo pensaba que lo estaría ensuciando pero no dije nada) y se puso a cuestionarme en lo elemental. Me preguntó si yo de verdad me llamaba Salmoneo (pregunta con la que he tenido que lidiar mi vida entera) y le dije de buena gana que sí, pero que si lo prefería podía llamarme Salmo, como lo hace su padre, o Salmón, como lo hacían mis compañeros de colegio en la secundaria. Estela rió mucho con lo de Salmón, dijo que era un apodo estupendo porque mi cara es rosa. Al menos mis mejillas. Ambos reímos mucho, yo de nervios y ella de contentura por la broma.

 Luego le pregunté la edad, pero en el instante siguiente me arrepentí porque aunque era una cosa que yo deseaba saber, y mucho, recordé que esas cosas no se le preguntan a una mujer. Pero Estela no tenía ningún complejo y me lo dijo como quien dice su color favorito, que fue la segunda pregunta que ella me hizo. Le dije que azul, aunque no estaba seguro, lo mismo podría ser verde. Ella dijo que su color favorito era el azul también y otra vez reímos. Esta vez no estoy seguro por qué reímos. De lo que sí estoy seguro es que nos gustaba y lo estábamos pasando bien.

 Hasta que entró (o salió) su madre por la puerta y viéndonos tan juntos y divertidos dijo aquello de que Estela no pasaba tanto tiempo en la tienda antes de mí. Ambos nos pusimos colorados. Principalmente porque era verdad. Yo sabía que era verdad, había algo en la mirada y en la manera de hablar de Estela que me decía que ella no estaba allí por casualidad o porque gozara.

 Cuando su madre se fue me confesó que aquello era porque antes de mí estaba contratado otro muchacho pero uno que era malo. Le pregunté por qué era malo el muchacho anterior y dijo que le miraba el cuerpo. Le dije que yo también le había mirado el cuerpo, que la estaba viendo en ese momento, y me explicó que era diferente. El otro muchacho la miraba con malicia. Yo entendía perfecto a lo que se refería, sin embargo deseaba que ella lo explicase con mucho detalle. Le pedí que se explicara. Comenzó diciendo que ella nunca había tenido novio y que le molestaba cómo los hombres miran a las mujeres con malicia. Yo le dije que no le creía lo de no haber tenido novio porque era muy bonita, y ella se sonrojó. Me dio las gracias y luego me juró que era verdad, que nunca había tenido un novio formal. Aclaró que sí había salido o intentado ennoviarse con algunos pero siempre terminaba todo mal porque los hombres que le tocaban sólo querían mirarle el cuerpo. Le dije (recordado todas mis pláticas con Petrozza) que eso no era nada malo, que un hombre puede disfrutar de mirar a una mujer, pero las mujeres también de mirar a los hombres. Ella asintió con la cabeza, la idea de aquello no la menospreciaba ni le temía. Lo malo era, me dijo, cómo algunos hombres (no todos) miran a las mujeres. Como si fuesen cosas y con mucha maldad.

 Más o menos allí fue cuando entró a la tienda una señora, una clienta, y tuve que dejar a Estela para atender mi trabajo. La señora no se decidía entre llevar de cuál jamón y las ansias de regresar al otro mostrador con Estela me comían por dentro. Al final se inclinó por el jamón de pavo, y le corté medio kilo con mucha prisa. Fui torpe, eran pocas las veces que yo había cortado jamón en la rebanadora, y Estela, que se dio cuenta, me ayudó. Ella sabía cortar el jamón muy bien, dijo que antes y en los periodos en que no hay empleado es ella la que ayuda a su padre.

 Cuando se fue la señora entró otra persona. Tomó cosas de los refrigeradores y yo echaba un ojo para ver que no robara. Estela no decía nada. Luego entró otra persona más, y luego ya no dejaron de entrar personas. Salía una y entraba otra, y a veces venían en grupos y yo tenía que atenderlos a todos, cuidar que no robaran y no dejar que ensuciasen demasiado. 

 Al final, no miré exactamente en qué momento desapareció Estela.

3

Al anochecer llegó el señor Palafox. Tomó el dinero de la caja, que no era una caja registradora sino una caja de cartón, contó los billetes, los acomodó por denominaciones; hizo lo mismo con las monedas; anotó cosas en una libreta y cuando terminó me dijo que ya habíamos acabado por hoy, que nada más limpiara los pisos por favor, y podía irme a casa.
 Traté de hacerle ver que limpiar los pisos por la noche y por la mañana no tenía ningún sentido. Si los limpio ahora, le dije, es porque están sucios, de la gente que ha entrado a lo largo del día, y quedarán limpios. Pero al amanecer usted querrá que yo los friegue de nuevo y no tiene caso porque durante la noche nadie entra. Se cogió el bigote y lo pensó un par de segundos. A veces entro yo a la tienda, dijo, a por alguna cosa que necesite en casa, para la cena. Me pensé que no hablaba en serio. De verdad creí que el hecho de que una sola persona entrara a la tienda y una sola vez en toda la noche, no era razón suficiente para limpiar los pisos. Sin embargo el señor Palafox ya no dijo nada. Me trajo de dentro la cubeta y la jerga y tuve que empezar.

 Cuando terminé bajé la cortina de acero del local, dejando la puerta que tiene incrustada en medio abierta, y salí. Allí estaba el señor Palafox, mirando al cielo como lo vería tantas veces más. Bueno, le dije, me voy. Entonces el señor me jaló, me tomó por los hombros y echándome una mano por la espalda me hizo que mirara arriba. Salmo, me dijo, estoy seguro que hay vida fuera de la Tierra. Yo miraba las nubes y me preguntaba por qué de todos los patrones me tuvo que tocar éste. Sí, dijo, llevo años escrutando el cielo y aún no he visto nada… pero algo me dice que pronto todos los veremos. Asentí con la cabeza, más por complacerlo que por otra cosa y comenzó a hablarme de Ray Bradbury, de Carlos Castañeda, de Hawking, de Einstein y de Carl Sagan.

 Yo tenía demasiado sueño y estaba demasiado cansado para prestar atención a su plática, y cuando Estela salió de la casa y acercándose a nosotros preguntó qué estábamos haciendo; y cuando su padre se lo dijo y ella se mostró entusiasmada, yo saqué energía de algún lugar y me puse a discutir con ellos con pasión, con la misma pasión que el señor Palafox. Estuvimos allí unos buenos minutos, mirando al cielo y pensando y creando hipótesis sobre la vida en Marte y en otros planetas, y sobre la existencia de seres inorgánicos y de otros mundos.

 Al final, cuando me fui a casa ya era muy tarde, y al día siguiente debía regresas, fregar los pisos y atender a toda esa gente. 


 Lo único que me animaba era que podría ver a Estela otra vez. 



3 comentarios:

  1. Muy buena narración. Salmoneo tiene buenos recursos de escritor. Narrar así algo que pasa en unos días, paréntesis incluídos. Se entiende el sentimiento de Salmoneo por Estela. Bien hecho Salmoneo.

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