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Blog autobiográfico." Cuando escribo no pienso en el lector. Olvido que no todos somos cerdos. Ese es mi gran error. Y el de ellos." Martin Petrozza.

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domingo, 26 de febrero de 2012

El día de San McFlurry.


Escritor invitado: Carlos Salcedo Oklas
Sitio del escritor, aquí

Al argentino. 

Sonaba Michael Jackson por la radio, él ya no se preocupaba de nada, el pobre Michael, ¿o quizás si? Bien podría haber sido un gran montaje, el rollo de su muerte. Teniendo en cuenta de quien hablamos y su cuenta corriente, su carácter excéntrico y esas cosas, bien podría estar ahora mismo tumbado tomando el sol en una isla, como en la novela de Beigbeder. Estaría tumbado en una hamaca estampada con dibujos de dinosaurio, en la mano un zumo de papaya y curuba, tomando el sol, poniéndose moreno otra vez, el cabrón de Michael. En cualquier caso, muerto o no, seguro que no se preocupaba por cosas como el último cigarro arrugado, el agujero en la entrepierna del pantalón o el llanto de la billetera.

-¿Sabes que quieren retrasar la edad de jubilación?
-¿No lo habían hecho ya?
-Sí, pero todavía más.
-Joder, como está el tema.
-Ya te digo.

 Víctor encendió la chusta y aspiró. Tenía un enorme agujero en la entrepierna del pantalón, pero, al igual que Michael, no se preocupaba por él. Expulsó el humo. Se rascó la cabeza y tendió la mano hacia Rafa que estaba sentado en el sofá frente a él.

-Pásate la birra.

 Rafa dio un buen trago y se la alcanzó, intentando no fijarse en el agujero que tenía Víctor en  la entrepierna. Meditó un momento y dijo:

-¿Sabes qué Víctor? En realidad da igual, podrían ponerla a los ciento dos años, lo mismo da, no creo que ninguno de nosotros se jubile, tal cual va el país... Míranos, somos patéticos, una puta generación echada a perder, sin ninguna esperanza o una esperanza de infierno. Maldita sea, ni siquiera podemos tener un curro de mierda, no sé, limpiando retretes, ¿habría algo más bajo? Pues ni eso colega. ¿Quién curra del grupo? Ninguno joder, bueno, el muerte sí, pero ya ves tú, repartiendo propaganda del telepi. Todos  parasitando a los viejos o viviendo del paro.

-¿A ti cuanto te queda de paro?
-Es el último mes.
-¿Se acaba lo bueno eh?
-Ya te digo. -Rafa se reclinó contra el desvencijado sofá. -El fin de una era tío. Bueno, ha estado de puta madre.
-¿Qué cojones piensas hacer?
-No sé, pediré alguna ayuda, la subvención esa, como la que pidió el Willy.
-Pero son solo cinco o seis meses.
-Bueno, da para arrastrarse un tiempo más.
-¿Y luego qué?
-Joder, yo que sé, nunca me había costado tanto encontrar curro, y la cosa está cada vez más negra, si no sale nada supongo que traficar, o prostituirme, o suicidarme, yo que sé.

Víctor dio otro trago a la litrona y bajó la mirada hacia el suelo, intentando trascenderlo, imaginándose a sí mismo en un lugar mejor, en la playa junto a Michael, sonriendo bañado por el sol, con una buena copa de ron en la mano, observando a mulatas en bikini jugando al volibol, observando sus culos prietos como el balón, rodeado de destellos. Regresó de su fantasía y al aterrizar nuevamente en el frío cuartucho dijo:

-¡Mierda, tenemos que hacer algo!
-El qué.
-No sé, ALGO, mierda, no lo aguanto más.
-Pero si tú estás de puta madre con los viejos, te dan mazo de pasta, vives a cuerpo de rey.
-Estoy hasta la polla. Tengo 28 años y no he hecho nada, solo una puta carrera que no me va a servir absolutamente para nada, con la pasta justa para porros, todo el día gambiteando en Internet, haciendo el crápula, en esta mierda de ciudad de León, atrapado en su tela de araña. ¡Joder! Necesito escapar, me despierto por las mañanas, me arrastro por casa esquivando a mi madre que pasa el aspirador, todo el día sin hacer nada, ni siquiera busco curro ya, ni salgo a la calle, no tiene nada que ofrecerme, me he dado por vencido.
-Bueno, al menos es una situación de espera indefinida, a mi me quedan lo que me den de subvención, luego, la incógnita absoluta.
-Deberíamos atracar un banco.
-Claro, claro.
-Joder, no puede ser difícil, no hay seguratas, ni puertas de acero, lo que pasa es que hay que echarle huevos.
-No lo veo.
-Pues una gasolinera. En algunas tienen a una pivilla sola, ahí, en mitad de ninguna parte, de noche, joder, es lo más sencillo del mundo, yo a veces he ido a repostar y he visto a algunas... Ahí solas en medio de la autopista, completamente indefensas. Antes de ahorcarme tengo que ir y violar a alguna.
-No creo que fuese tampoco un gran botín.
-Con que te dé para un mes o dos... Luego cometes otro, y así, mientras tanto en movimiento, en la carretera, viviendo en hostales, gastando en drogas, en putas... Joder, en putas tío.
-No me van las putas.
-Son las mejores mujeres que hay. En cualquier caso, ¿sabes de lo que te hablo no? De vivir, tío, VIVIR.
-Hasta que nos pillen.
-Pues hasta que nos pillen, pero mientras tanto a vivir, luego en la cárcel te dan de comer, además, tampoco nos caerá mucho por atracar gasolineras, tampoco es matar y violar a una menor, cumplimos lo que sea y a la mierda. Además, ¿y si no lo hacen? ¿Y si no nos pillan? ¿Pero que te crees, que no hay gente que vive así? Atracadores profesionales, curran un día o dos al mes, planean el golpe, lo dan, y a vivir.
-La verdad es que yo acabaré haciéndolo, ya te digo, eso o traficar. He intentado seguir el camino, he intentado ser una sombra más del engranaje, pero no me dejan ni ser esclavo, he pedido curro hasta en el puto McDonalds. Sin éxito.
-Pues a la mierda, yo lo hago.
-Las gasolineras tienen cámaras.
-Yo que se tío, pero se planea, se planea bien.
-Bah, tonterías.
-¿Y qué piensas, estar toda la vida así, viéndolas venir?
-No sé Víctor, yo no sé nada.

 Víctor volvió a fijar la mirada en el suelo. Rafael abrió otro litro y se recostó en el sofá. El reloj seguía corriendo hacia delante, era lo único que parecía moverse en la realidad. Estaban en silencio, pensativos. Se había lanzado la piedra. En el suelo quedaba otro litro por abrir y media botella de vino blanco, de lo que andaban escasos era de tabaco. Las paredes observaban en silencio expectantes. Sonaba Santana.

2

Víctor aparcó el coche, era el coche de su madre, aparcó en mitad de la noche y se encendió un cigarro.

-Bien, aquí estamos.

 Rafael miraba a su alrededor, habían aparcado en frente del palacio de los deportes, un poco más allá las putas realizaban su jornada laboral, solo acertaba a distinguir a dos, la más cercana al coche era una negra de buen cuerpo, un glorioso cuerpo de animal salvaje, levantaba su interminable bota blanca cada vez que un coche pasaba ante ella. Rafael se mordía las unas bañado por la luz anaranjada de las farolas.

-Mierda, pásate un cigarro cabrón, estoy nervioso.
-Tranquilo Rafa, ya verás, un par de minutos y estará hecho, llevamos toda la semana planeándolo, no puede salir mal.
-Todo puede salir mal.
-Sí, y ya lo ha hecho, por eso estamos aquí, ¿recuerdas?
-Mierda. Repasémoslo otra vez.
-Cuando sean y media vamos a por esos cabrones, estarán a punto de cerrar, quizás haya una persona o dos, pero no más, entramos a saco a por la caja.
-¿Dónde está el taser? No te lo dejes en el coche.
-Tranquilo.

 Víctor se giró y cogió una mochila del asiento de atrás, la abrió y cogió el taser, era un modelo Power 200, apretó el botón y un rayo azul recorrió su superficie produciendo un ruido chirriante.

-¿Acojona verdad?
-Bueno, entonces entramos y arramplamos cagando leches, nada de estar ahí más de tres minutos, ¿eh Víctor? Tres minutos máximo.
-No, no, a toda hostia, pillar la pasta y largarse, llegamos al puente y echamos la sudadera y el pantalón en la bolsa, tiramos la bolsa al río, cruzamos el puente, nos montamos en el coche y nos largamos a empezar a gastar.
-Joder, si sale todo bien pienso pillarme un pedo de escándalo.
-Ya ves, yo me pienso coger a esa negra de ahí en cuanto salga, ¡maldita puta!

 La negra, ajena a todo, continuaba en medio de la carretera, alzando y bajando su interminable bota en busca de clientes.

-¡Déjate de putas cabrón! Cuando montemos en el coche nos largamos lejos, no conviene quedarse cerca de la escena del crimen.
-Tienes razón, además con pasta fresca y crujiente en el bolsillo no necesito perras de la calle, conozco un lupanar en el centro que ya verás, zorritas de primera calidad.
-Pero primero a por drogas. ¿Qué hora es?
-Y cuarto.
-Vamos preparándonos.

 Víctor metió las manos en la mochila y sacó la ropa. Habían comprado un par de sudaderas y pantalones de chándal negros en un chino la tarde anterior, luego, en otro distinto, habían pillado un par de pasamontañas, negros también. Comenzaron a ponerse el pantalón y la sudadera sobre la ropa de calle.

-Oye tío, mejor dejar la cartera y la documentación en el coche. -Dijo Rafael.
-Sí, joder, tienes razón.
-Solo faltaba que se nos cayera el puto D.N.I.
Dejaron sus respectivas carteras en la guantera, luego cogieron los pasamontañas y se los metieron en el bolsillo. Víctor suspiró y miró a Rafael.
-Bien, es la hora.
-En marcha.

  Al salir del coche el frío leonés les abofeteó el rostro. Ambos miraron el objetivo. Cruzando el río se levantaba luminoso el puto McDonald's. Pusieron rumbo hacia el. Bajaron las escaleras hasta el borde del río. No había ni un alma en los alrededores, en verano era otra cosa, pero ahora, en invierno, el frío a la orilla del río de noche era como ser atravesado por miles de diminutas agujas. La luna y las estrellas los observaban en mitad del espacio, flotando despreocupadas. Atravesaron el puente y llegaron a la otra orilla, la bolsa de basura con las piedras en la que echarían la ropa al salir estaba en su lugar, debajo de un seto, la miraron, se miraron, todo en orden, según lo previsto. Continuaron andando, ya casi estaban allí, solo faltaba subir unas escaleras. El McDonald's estaba al final de la escalera, brillaba como nunca, con sus luces blancas y amarillas, sus logotipos, el olor a carne extraña y fritanga rodeándolos.

-Venga Víctor, pongámonos los pasamontañas.

 Así hicieron. Ya no había vuelta atrás, era la hora D, el día H, sus corazones martilleaban, la respiración se hacía densa dentro de los pasamontañas.
Echaron a correr escaleras arriba, sortearon los columpios de colores y entraron en la tienda. Dentro había una pareja haciendo manitas en una de las mesas, tanto ellos como las tres cajeras dieron un salto al verlos llegar. En un par de dementes zancadas se plantaron delante de las cajas como unos clientes más. Rafael habló.

-¡Venga hijas de puta, abrid las cajas y echaros hacia atrás!
Las chicas estaban paralizadas, temblando bajo su ridículo uniforme color patata frita.
-¡VAMOS COÑO, AHORA!
-Vale, vale, tranquilos.

 Una de ellas, con las manos en alto, se acercó lentamente a una caja, estiró un dedo, pulsó un botón y esta se abrió con un ruido metálico.

-¡Las otras también joder!

 Las otras dos chicas hicieron lo propio, una de ellas, una gordita con gafas, comenzó a llorar.

-Por favor... por favor...

 Otra chica, una rubia con coleta se puso delante de la gordita para protegerla.

-Venga, tranquilos, llevároslo todo, pero no nos hagáis nada, bastante puteadas estamos aquí.
-¡Venga zorras, tirad para la cocina!

 Obedecieron. Víctor y Rafael saltaron el mostrador y se pusieron del otro lado, repararon en un mulato con delantal que estaba en la cocina y al que no habían visto hasta ese momento.

-¡TU, HIJO DE PUTA!

 El mulato echó a correr hacia un lado, abrió una puerta metálica y desapareció en la noche, con delantal y todo. La gordita no paraba de llorar acurrucada en una esquina, las otras dos mostraban más entereza, la parejita que hacía manitas en la mesa había volado hacía tiempo. Víctor y Rafael miraron las cajas abiertas ante ellos, era hermoso, billetes de todos los colores, monedas relucientes, destellos por todas partes. Cogieron unas bolsas de papel con el rotulo “me encanta” y empezaron a llenarlas de billetes. Agarrar esos fajos de forma frenética era una sensación extraña, estrujarlos en la mano, su sonido, no eran más que papeles más duros y ásperos de lo normal, ¿cómo podían significar una diferencia tan grande? De vez en cuando uno se escapaba entre los dedos y caía al suelo.

-Levanta la tapa, debajo hay más. -Dijo Víctor.
-¡La hostia!

 En ese momento se abrió una puerta junto a ellos y apareció un tipo vestido de azul marino, regordete y de cara grasienta, durante un segundo pensaron que era un poli, hasta que distinguieron las franjas en su camisa y la “M” retorcida en su gorra. Víctor dio un salto.

-¡QUIEN COÑO ERES!
-Tranquilos muchachos -Dijo levantando las manos en son de paz. -Calmaos y hablemos, soy el encargado.
-¡ERES UNA MIERDA! -Dijo Víctor mientras le azotaba una descarga con el taser en mitad de la barriga, 200,000 voltios recorrieron su cuerpo, el tipo se derrumbó como un castillo de naipes, esparciéndose por el suelo, su gorra azul rodando, escapando de su cabeza, ya en el suelo comenzó a convulsionarse. Las dos cajeras salieron corriendo y desaparecieron en un santiamén por la misma puerta que el mulato, nunca se las volvió a ver, dejaron allí tirada a la gordita, que se puso a gritar como una histérica.

-¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!
 Víctor saltó por encima del encargado, que se retorcía en el suelo, y se acercó a la gorda.
-¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!
-¡CALLATE PUTA GORDA!
-¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!
-¡QUE TE CALLES JODER!
-¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!

 Entonces Víctor acercó el taser a su papada y le propinó una descarga, la gorda se elevó del suelo unos centímetros y calló de lado, se pudo oír perfectamente cómo se pedorreaba, su grito se había transformado en una especie de ruido robótico cortocircuitado acompañado de las pedorretas. Mientras tanto Rafael había raspado todo lo que quedaba en las cajas, tenían tres bolsas de papel llenas de dinero, “me encanta”, las metió en una bolsa de plástico y salto al otro lado del mostrador.

-¡Vamos cabrón, ya está, larguémonos!

 Víctor continuaba mirando retorcerse a la gorda, se giró y cogió una bolsa de plástico, empezó a meter hamburguesas en su interior.

-¡Pero qué coño haces!
-Tengo hambre.
-¡Yo me largo!
-Espera, espera.
-¡VÁMONOS JODER!
-Espera, espera un momento... ya, la figurita de Darth Vader tío.

 Víctor saltó el mostrador y echaron a correr. No notaron el frío en el exterior, estaban ardiendo, el pasamontañas los ahogaba. Bajaron las escaleras de tres en tres hasta la orilla del río, pasaron el tramo de césped, llegaron junto al puente y cogieron la bolsa de basura que tenían preparada. Rafael se desvistió a toda prisa mientras Víctor sujetaba la bolsa, metió el pantalón y la sudadera dentro y la cogió, Víctor comenzó a desvestirse.

-Toma las llaves del coche, no quiero que se me caigan mientras me quito esto.
-Vamos, corre, Víctor, cabrón.

 Se quitó la sudadera y la metió en la bolsa, mientras se estaba quitando el pantalón vieron las inconfundibles luces.

-¡Mierda, la poli!
-Joder, tan rápido, no puede ser.

 Un coche de policía aparcó junto al McDonald's.

-¡Vamos corre, corre cabrón!

 Víctor se quitó finalmente el pantalón y lo metió en la bolsa, sus manos temblaban, metieron un par de piedras junto a la ropa y la alzaron, la dejaron caer al río, entonces, en ese momento, mientras la bolsa caía al agua, escucharon una voz lejana, proveniente de lo alto de las escaleras, junto al McDonald's.

-¡ALTO, POLICÍA!

 Se giraron. Un tipo en lo alto de las escaleras les apuntaba con una linterna, aún tenían un buen trecho de ventaja respecto a él.

-¡A CORER COLEGA!

 Cogieron las dos bolsas de plástico con el botín y salieron despedidos, el policía salió corriendo a su vez, comenzó a bajar las escaleras mientras ellos atravesaban el puente.
-¡ALTO, POLICÍA!

Rafael estaba al borde de un ataque cardíaco, apretaba con fuerza la bolsa de plástico y en la otra mano la llave del coche de la madre de Víctor, giró la cabeza sin dejar de correr para observar el panorama, detrás de el Víctor corría más lentamente, se le había salido medio pie del zapato, su cara estaba deformada, en ese momento lo odió profundamente, todo había sido idea suya, quizás el habría conseguido un curro antes de que se le acabara el subsidio, un maldito curro, de lo que fuera, podría pasar, ahora en cambio iba a acabar en la cárcel por atracar un puto McDonald's de mierda. La derrota definitiva, la guinda a una vida patética de derrotas. Todo por culpa de ese cabrón que tenía detrás, de sus fabulosas ideas. Observó al policía que corría tras ellos con la linterna, aún le sacaban una buena ventaja, quizás lo conseguirían, si al puto loco no le daba por liarse a tiros, claro. Además era solo uno, SOLO UN POLI. En ese momento el zapato de Víctor salió despedido de su pie y le hizo tropezar, cayó al suelo justo cuando atravesaron el puente. Ya solo quedaba pasar un trocito de césped, subir las escalera y el coche estaba ahí, se le podía distinguir ya. Rafael se detuvo, Víctor continuaba en el suelo, el poli estaba más cerca. Rafael miró a ese cabrón tirado en el suelo, todo por su culpa, sus putas ideas, ¿qué puedes esperar de un tipo que no sale de casa nada más que para pillar porros? El poli estaba más cerca, solo era uno, nunca podría cogerles a los dos, recordó que el llevaba las llaves del coche, las tenía fuertemente apretadas en la mano, también tenía la bolsa con la pasta, Víctor llevaba la de las hamburguesas. Era el momento de dejarle ahí tirado, al fin y al cabo era un cabrón, solo le cogía el teléfono cuando le interesaba, solo pensaba en sí mismo, era un perro, todos lo eran, esto era la jungla, no convenía olvidarlo, you are in the jungle baby, you're gonna dieeeeee, el no dudaría en dejarle tirado en la misma situación, el cabrón del Víctor, estaba claro, se la había jugado un par de veces a lo largo de su amistad, alguna bastante gorda, recordó una en particular, aquella vez Víctor no había dudado en jugársela, sin remordimiento alguno, lo recordó y apretó la mano con la llave dispuesto a huir. Es lo que hay, es la jungla, la jungla de asfalto. Entonces Víctor gimió.

-Mierda... aaah mierda, creo que me he roto el pié.

 Rafael volvió a mirarle, ahí tirado en el suelo, sin zapato, con el sucio calcetín ondeando al viento, en mitad de la noche, con las estrellas riendo. Eran unos perdedores, unos perdedores patéticos, ambos, estaban chapoteando en el mismo caldero de mierda hirviendo. Se acercó a el y lo agarró de la cintura.

-Venga hijoputa, levanta, el coche ya está ahí.

 Víctor gruñía, el dolor al apoyar el pie era intenso, insoportable, pero la adrenalina golpeaba con más fuerza. Comenzaron a subir las escaleras, el coche estaba ahí arriba, el poli atravesaba el puente.

-¡ALTO, POLICÍA!

 Rafael llegó al coche, abrió y lo puso en marcha. Arrancó justo cuando Víctor, cojeando, saltó en su interior, en el asiento del acompañante. Arrancó en medio de una nube de humo, con la mitad del cuerpo de Víctor aún asomando por la puerta, y se precipitó a toda velocidad por la carretera, la negra levantó su alargada pierna a su paso y casi se la arrancan. Rafael miraba por el retrovisor, nadie los seguía, se metió por el polígono, lo atravesó, cambió de dirección y regresó a la ciudad por las afueras. Aminoró la marcha, miraba por el retrovisor constantemente, todo estaba en silencio, las calles oscuras prácticamente desiertas, recorrió un par de callejuelas y aparcó en el primer hueco que vio.

 En el silencio y la quietud pudo notar el bombeo frenético de su sangre, su sistema nervioso al borde del colapso. Con sus manos temblorosas cogió un paquete de tabaco de la guantera y se encendió un cigarro, saboreó la calada y expulsó el humo.

-Mierda, nos han tenido que ver, que grabar.
-Relájate Rafa tío, ha salido bien, ha salido bien.
-Casi nos pillan por tu puto tropezón hijoputa, tenía que haberte dejado ahí.
-Mierda, me duele, me he debido torcer el tobillo.

 Víctor cogió una de las bolsas de plástico, sacó una hamburguesa de su interior, quitó el papel que la envolvía y le dio un mordisco. Rafael lo miraba fijamente, fumando en silencio, lo miraba masticar, al muy cabrón, casi los cogen por su culpa, quizás aun los cogieran por su culpa, maldito perro, lo miraba masticar y deglutir, un trozo de pepinillo le colgaba del labio inferior, le soltó un puñetazo en la barbilla, el pepinillo, junto con otros trozos por ingerir, salieron despedidos de su boca y se estamparon contra el cristal, Víctor se giró confundido.

-¿Pero qué haces, se te ha ido la pinza?
-Eso por follarte a mi ex.
-¿Pero qué dices? ¿Ahora con eso? Joder tío, colega, te pedí perdón en su momento.
-¡Que te jodan!
-Tronco, no hay quién te entienda... Me ha dolido joder.
-Te jodes.
-Joder, lo siento tío, eso fue hace mucho... Arranca anda, vamos a rajarnos, mira, el lupanar que te decía no está lejos, vayamos a celebrarlo coño.
-No me van las putas.
-Pero allí estaremos escondidos, además, seguro que tienen coca y priva, no te las tienes que follar si no quieres, también hablan.
-Venga, vamos.

Rafael arrancó el coche rumbo al lupanar, necesitaba una copa de buen ron. El mundo estaba en silencio, nadie se había enterado de nada, descansaban en sus colchones viscoelásticos a la espera del duro amanecer, para afrontar otro día de mierda en la jungla de asfalto hasta que les comiera el tigre. Había comenzado a nevar, la primera nevada del año, algún mendigo moriría de frío esa noche, eso seguro. Pusieron rumbo al lupanar, huyendo del frío asfalto, de la jungla, en busca del calor de una entrepierna que incubara los huevos de un par de héroes urbanos.

Víctor abrió la bolsa y sacó algo de su interior, una especie de tarro.

-¿Que mierda es eso?
-McFlurry, ¿quieres colega?
-¡Odio el puto McFlurry!



Escritor invitado: Carlos Salcedo Oklas
Sitio del escritor, aquí

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