lunes, 13 de febrero de 2012

El canto de la sirena.



Yo estaba en casa, había bebido algunas cervezas y fumado algunos cigarrillos, y me disponía tomar un libro, uno de Chomsky, cuando Salmoneo llamó a la puerta. Me tuve que levantar, con mucho pesar, del sofá y abrir la puerta y hacerlo pasar, como si me diese gusto que me visitara. Si hubiese llegado un minuto antes, quizá me hubiese dado gusto. Pero llegó en el momento exacto en que yo tenía planeado comenzar con los Aspectos de la teoría de la sintaxis, del bueno de  Chomsky. Y si hay algo que me jode, es que me interrumpan en mi educación. 

 Pero Salmoneo, el poeta Salmoneo Gutiérrez, era mi amigo y había hecho tanto por mí, que me tomé a broma su interrupción, y luego de un gesto de aberración, dibujé en el rostro una sonrisa, le palmeé la espalda y le ofrecí asiento en una silla. También le ofrecí un vaso con whisky, y un cigarrillo. 

 Luego, me dijo: Petrozza, creo que estoy enamorado. Ya, dije yo, ¿otra vez? Bueno, dijo él, pero creo que esta vez sí es de verdad. Encendí un cigarrillo. ¿Acaso puede uno enamorarse y no ser de verdad?, pregunté al aire, expulsando la primera bocanada de mi fiel compañero el tabaco, y Salmoneo alzó los hombros y expulsando el humo de su cigarrillo, contestó que no lo sabía. Verás, le dije, me parece que en realidad uno nunca está enamorado, o en todo caso, siempre está enamorado; depende del concepto de enamoramiento que se maneje, y hay que decantar perfectamente otros conceptos camuflados en el amor, como la obsesión, el capricho, la necesidad, la dependencia, el embelesamiento, el deseo sexual, etc. Salmoneo asintió con la cabeza, y yo comenzaba a ponerme a gusto, pero Salmoneo, otra vez, interrumpió mis planes de comodidad (disfruto debatir hasta el cansancio cualquier tema) y me pidió que parara, dijo: sí, sí, pero en todo caso, esta vez estoy enamorado. Lo dijo con unos ojos de borrego manso, mirando al horizonte y en un tono tan calmo, que le creí. Vale, le dije, ¿y quién es la desafortunada? 

 Mientras Salmoneo me echaba encima la perorata poética de los encantos de su musa inspiradora, yo me empinaba unos buenos vasos de whisky en las rocas y fumaba cuantos cigarrillos me era posible, y pensaba en si a todo esto, la susodicha, tendría un buen culo. Porque eso es importante. El amor no puede prevalecer en un cuerpo de mujer anodino. El amor entra por la vista, lo que equivale a decir que el amor, que el primer paso al amor, es el deseo carnal. El parte aguas de una aventura de indecible felicidad, o de inmensurable pasión comienza, siempre, se quiera aceptar o no, por un deseo que responde a los deseos de nuestros genitales. 

 Y al final, es decir, después de tanto parloteo y tanta sensiblería, Salmoneo sacó de su billetera una fotografía de la víctima, llamada Estela. Y bueno, Estela era un biscocho. Me solté con un montón de preguntas, y obtuve por respuestas que Salmoneo la conoció en su nuevo curro, el de tendero, que es la hija del patrón y que tiene veinte años. Estudia Economía en la UNAM y le gusta leer a Pessoa. Es tierna, cursi, y noble. Ya, me dije, tengo que conocerla. Aquí Salmoneo titubeó. Yo lo miré dudar, y él me miró mirarlo dudar, y ambos lo supimos. Le dije: no jodas, tío, ¿es que acaso me crees capaz de hacértela? Salmoneo volvió a dudar. No es eso dijo, es sólo que… Es solo que qué, insistí ante su mutismo. Es solo que no estoy seguro de que tú y ella… bueno, de que tú y ella puedan llevarse bien. Ya dije, ¿y por qué no habríamos de llevarnos bien? Bueno, dijo Salmoneo, digamos que ella es una buena persona y tú… Me planté frente a él, cigarrillo en mano, y expulsando el humo del tabaco por la nariz, le dije, mirándolo directo a los ojos: y yo qué… no es que tú no seas buena persona, dijo, es sólo que eres… un poquito diferente al resto de las buenas personas. Mira, le dije, no quiero que entremos en detalles sobre mi persona, sencillamente, dime cuándo la puedo ver.

 Salmoneo tragó saliva, y dijo que ya veríamos eso. Dijo que era complicado, por el horario de la universidad y en particular, por su horario de tendero. Además, agregó, ella vive en el Estado de México, ¿cuándo va a querer venir hasta acá, al Sur? Lo hace diario, dije yo despreocupado. ¿Cómo?, preguntó Salmoneo. Ya dije, para venir a C.U., a estudiar, diario está en el Sur. Pasa más horas en el Sur que en el Norte. Quizá yo pudiera visitarla en la universidad, dije maliciosamente, para medir la reacción de mi compañero. La reacción fue un intermitente pestañeo, un suspiro y el pronunciar de la palabra no rápida y secamente. ¿No, qué?, pregunté haciéndome el desentendido. No sé, dijo Salmoneo, no sé si sea buena idea. Vamos le dije, ¿qué puede pasar, no puedo ser tan malo?

2

 Bueno, la cita fue en la Facultad de Economía de la UNAM, y yo llegué puntualísimo, incluso antes, con tanto tiempo antes que me permití pegarme un trago o dos antes de llegar. Lo hice en uno de los bares de Copilco, y cuando miré en el reloj de la muñeca de un capullo de veinte años, un hippie estudiante de música en la G Martell, que ya era cuarto para las dos, pagué la cuenta y me salí. 

 Y cuando llegué a donde nos citamos, que era en la entrada propiamente dicha de la facultad de Economía, no había nadie. Quiero decir, ni Estela ni Salmoneo. Así que me recargué en las escaleras, saqué un cigarrillo y me lo fumé con la esperanza de que el hijo puta de Gutiérrez, no me la haya jugado a mí. 

 Pero no iba ni a la mitad cuando la vi llegar: una princesa, una diosa, una mujer que en cada poro era belleza y cada cabello suyo era de oro, o de algo semejante al oro en valor y brillantez. Y entendí que lo poético del asunto no nacía de Salmoneo, sino de ella, que en realidad era, joder, una maldita musa inspiradora. Si hay algo que represente al concepto de musa inspiradora, debía ser ella, Dios. Y dejé caer el cigarrillo al suelo, idiotizado.

 ¿Es que ya no lo quieres?, me preguntó sonriendo, bella y encantadora, y no hubo en sus palabras juicio ni redención. Era sencilla y pura y a pesar de no fumar, me preguntaba si es que yo ya no quería la mitad del cigarro que se me cayó… sonriendo… y cautivándome con el más simple de los gestos. Vale dije, se me cayó. Acto seguido levanté el cigarrillo y me lo llevé a la boca. Tú debes ser Petrozza, ¿no? Ya dije, él mismo. Pues mucho gusto, dijo estirándome la mano, yo soy Estela, la amiga de Salmoneo.  Saliendo del embelesamiento le estreché la mano y le pregunté por el poeta. Respondió que no lo sabía. Alzó los hombros y mirándose el peluco en la muñeca, agregó que ya debería estar aquí, y que si no estaba o no llegaba a tiempo sería porque su padre le habría puesto a fregar los pisos. Lo dijo y sonrió. Y cada sonrisa suya te desnudaba el alma. Te dejaba en un plano existencial diferente al acostumbrado. Te sacaba de tu realidad, y te mantenía sedado.

 Vale dije, pues da igual, ¿a dónde quieres ir tú, muñeca?, le dije rompiendo el hielo, y por supuesto, haciendo acopio de todo mi valor. Ella rió, rió mucho y dijo que en realidad prefería esperar por Salmoneo, que no le parecía justo irnos a los cinco minutos de retraso. Y también dijo que yo era tal como Salmoneo me describió. Y eso le daba mucha risa. Incluso comencé a pensar que se burlaba de mí. Porque era bella, pero eso no la desligaba de sus instintos mujeriles, que son los instintos de un reptil.

 A los cinco minutos más llegó Salmoneo, vestido con un suéter rojo y pantalones color caqui. Llegó echando el hígado por la boca y diciendo que lo disculpásemos (más a Estela que a mí) pero que encontró tránsito en el eje tal, o algo así. Yo le dije que no importaba, y Estela le abrazó, como si lo esperase con mucho cariño, le pegó un beso en la mejilla y le dijo que se despreocupase, que al menos no estuvo sola sino conmigo. Me dio la impresión de que Estela realmente se interesaba por Salmoneo, cosa difícil de creer.  

 Fuimos a comer a Burger King, principalmente porque era el mejor sitio al que Salmoneo nos podía invitar. Por mí estaba muy bien, con excepción que después quería ir a beber alcohol, a donde sea, y ya me sospechaba que ellos no deseaban la misma cosa. Sobre todo Estela, que era abstemia.

 Entramos a Burger King, con todos sus colores, y nos pedimos tres grandes hamburguesas, y refrescos de cola ilimitados, con papas fritas y jalapeños cubiertos de queso crema, y la conversación giró en torno a los estudios de Estela, y a los compañeros de colegio de Estela, y a lo bonito y maravilloso del año nuevo que por ese entonces se avecinaba. Y yo no podía creer lo bello de los ojos de esa mujer, de sus labios y de su cabello. De su nariz, y de todo su maldito rostro angelical, y al mismo tiempo no concebía que de ese sagradísimo rostro de diosa virgen, o de princesa virginal, saliera tanta mierda. Por ejemplo, Estela creía que la música de moda era la mejor música del mundo, que las series televisivas del momento eran lo mejor del mundo, que el mejor escritor era García Márquez, y que Salmoneo era un poeta al que faltaba algo para llegar a ser bello.

 Casi escupo la soda al escucharla decir tantas cosas, que a mi parecer, distaban mucho de dejarla como a una mujer inteligente. Y cuando salimos de allí, toda la belleza se le había ido, excepto la del culo, que tenía de a diez, y el sentimiento de rechazo lidiaba con el sentimiento carnal de follarla en cualquier sito, de preferencia ¡ya!
   
 En realidad, no hay mucho que decir. Salimos del restaurante y los despedí en la esquina, porque ellos irían al Estado de México y yo al centro de Tlalpan. 

 3

 La semana siguiente, cuando Salmoneo regresó a mi casa, yo estaba leyendo un libro de Pavese, El camarada, y esta vez no me enojó que su llegada interrumpiera mi lectura, porque, a decir verdad, le esperaba. Quería decirle un par de cosas, a saber, que su Estela era una boba, y que no podía creer cómo él, poeta y escritor de prosa, lector empedernido, etc., pudiese vérselas con una mujer así. 

 Pero no pude decirle nada, porque el muy cabrón venía cogido de la mano de esa sirena, y tuve que hacerlos pasar y darles asientos en sillas y whisky y tabacos. Y todo para que Estela rechazase mi bebida y mi tabaco, y dijera que no le agradaba la manera en que me pasaba las horas, encerrado y leyendo y bebiendo y fumando. También escribe, dijo Salmoneo en un vago intento por salvar mi alma del juicio de la reina de corazones. Ya dije yo, si no les gusta podemos salir. Pero curiosamente estaba lloviendo y no tenían otro antro donde refugiarse, y pasamos la velada en casa mía, casi en silencio total. 

 Es increíble cómo una mujer tan bella, puede parecerme tan monstruosa luego de que ha abierto la boca, pensaba yo. La cuestión era si Salmonero realmente estaba enamorado de ella, o de su belleza. Salmoneo no es idiota, pensaba, él debe saber que una persona, sea hombre o mujer, que se piensa que los poemas de Sabines son bellos, y sobre todo, que piensa de Blake que es un diablo, no demuestra el mínimo grado de criterio, de juicio, ni de talento. Salmoneo había encontrado una joya preciosa, carente de alma.

 Y una musa inspiradora, me queda claro, porque luego de salir con Estela Salmoneo llegaba con unos poemas que te partían en dos tan sólo llegados a las primeras líneas. Pero no eran poemas de amor, sino poemas sobre la crisis existencial, o la crisis ontológica, o la crisis filosófica, o la dualidad entre la belleza externa y la inteligencia humana.

 Salmoneo sí que me la había jugado, porque no era tonto, y había encontrado en Estela una fuente de inspiración poética, pero sin perder la consciencia del grado que esto representa.

 Por eso, la próxima vez que le miré sin su joya, le abracé luego de leer el último poema que había escrito, y le dije: ¡cabronazo!, por un momento pensé que te habías perdido en el canto de la sirena… 




6 comentarios:

  1. Luis Bernardo Rodriguez13 de febrero de 2012, 19:15

    que manera de producir textos, que envidia me da, jaja. Muy bueno y segui compartiendo en el muro, saludos a Verónica Pinciotti

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  2. Emilio Faustino Martin Munoz yo no entiendo de esto pero parecen mio buenos ya les echare un vistazo cuando tenga tiempo

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  3. Buen texto, bien escrito, el manejo de las situaciones es fuerte y claro, uno lo lee de golpe disfrutando. Bien por Petrozza. lobo©...

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  4. Adolfo Rey Acosta Franco13 de febrero de 2012, 21:39

    es muy bueno el manejo de las palabras en este texto que nos compartes, sobre todo, esos instintos mujeriles...

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  5. Buen texto. La inteligencia se desliza desde el principio hasta el final en un deleite. Aunque Petrozza no piense en sus lectores cuando escribe, lo que me parece buena idea.

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  6. bella narracion, inteligente y audaz y hace pensar...

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