jueves, 16 de febrero de 2012

De bailarinas y putas de ballet.


Malena comenzó por arrodillarse. Era la parte que más le disgustaba, ¿por qué esos hijos de puta lo querían siempre de pie? La primera vez nunca pensó que arrodillarse fuese tan complicado, tenía trece años y comprendió porqué los sacerdotes obligan a los feligreses a arrodillarse ante el altar. Estar de rodillas ante alguien o ante algo te pone en un plano tan inferior como una cucaracha. Había hecho esto antes pero ya comenzaba a cansarse del asunto. Después de todo ninguno de estos trabajos le había abierto la puerta al estrellato.

 Malena tenía veinte años y un cuerpo espectacular. Toda su vida tuvo un sueño y ese sueño, se quebró hace poco por… bueno, Malena no sabe exactamente a quién culpar. Culparía a Dios, pero no cree en Dios. Dejó de creer en ese Señor cuando murió su padre. Así que lo primero que hizo fue culpar a su madre, que es una señora de baja estatura. Y su madre, culpable en cierto modo, pero a la vez, inocente, no supo cómo tomar la reacción de Malena, que fue dejar la casa e irse a vivir con un hombre que se decía su novio, pero del que ella, su madre,  no conocía ni el nombre.

 El sueño de Malena era ser una profesional del modelaje. Y su sueño fue quebrado porque en la Asociación Profesional de Modelaje no aceptan creaturas inferiores a la estatura de 1.70 metros. Y Malena no mide eso, mide 1.66 metros. El golpe emocional de medir cuatro centímetros menos fue tremendo. Toda su vida lo había planeado, toda su vida lo había deseado y había encaminado su existencia a ello. Había tomado clases de modelaje a los doce años, y nadie le había advertido que algo así podía pasar. Todas las horas de ejercitar los glúteos, minimizar la cintura, aplanar el abdomen… fueron en vano. Estaba destinada a ser eternamente la edecán de la marca de algún producto. O en ocasiones especiales, por mucho, lograba colocarse en una pasarela de ropa interior para un supermercado… y todo por una mamada.

 Después de arrodillarse tuvo que desabotonar el pantalón ella misma, con la boca, porque sabía que así lo preferían. Les gustaba que hiciera el papel de gatita. Si no era buena modelando, al menos era una experimentada feladora. Sentía el frió del piso en sus rodillas; llevaba el vestido azul, y sabía que desde arriba podían vérsele todas las tetas. De todos modos se bajó el vestido y se sacó las tetas. De inmediato pudo sentir las manos que le acariciaban con brusquedad, como si fuese la última mujer sobre la faz de la Tierra. Y pensaba que está sí sería la última vez…

 Randy Coleman, un norteamericano entrado en años fue el que se la llevó. Randy fue también el que la introdujo al oscuro mundo de la prostitución. Primero, so pretexto de alguna pasarela, de alguna fotografía en alguna revista de mierda, donde ni siquiera salía su cara… y luego abiertamente, por una buena cantidad, eso sí. Y ella, Malena, cayó enamorada de ese hombre que podría ser su padre, o su abuelo, porque fue el único que le brindó esperanza cuando la vida misma se la había arrebatado. A su lado, siendo Randy un pez gordo de la industria del modelaje, podría ayudarle para que el impedimento de los cuatro centímetros no fuera tal.

 El sabor del semen en la garganta la trajo de regreso a la realidad. Estaba en el despacho de Henry Coleman, hermano de Randy Coleman, arrodillada sobre un frío piso de mármol, con las tetas al aire y manchando de saliva el vestido azul que su madre le había regalado antes de salir de casa.

 Henry la retiró y se abotonó el pantalón. Pasada la emoción se volvían unos cretinos. Ni siquiera volteó a mirarla antes de irse. Además, Henry tenía esa manía de tragarse los gestos de placer. Como si no aceptara que esa niña, esa gata, esa chiquilla, fuese capaz de producir en él tanto placer o más, como el de su esposa Rachel, que era una dama y una Señora en toda la extensión de la palabra.

 Los años pasaron, primero felizmente porque Malena pudo mudarse de su pequeño apartamento en el centro de la ciudad, a una residencia en los suburbios, en medio del campo, bellísimamente amueblada, y eso, sencillamente respondía muy bien a los anhelos de la pequeña. Si no podía ser una estrella del modelaje, al menos vivía como una. Y Randy era un caballero, la trataba como a una mujer (aunque esto significase follarla como a una puta). Si ahora se veía sobajada al grado de darse a casi cualquier amigo de Randy que lo quisiera, ella no sabía muy bien cómo o por qué terminó así. Randy sí, joder, él lo sabía muy bien. Randy era capaz de dominarla a tal grado, a ella y a… bueno, ya es tiempo de aceptarlo, se decía Malena, su docena de chicas, su harem occidental de putas veinteañeras sedientas de fama.

 Malena se acomodó el vestido, se limpió la boca y se levantó del suelo. Con toda la dignidad que aún conservaba recibió en el despacho a uno de los hombres de Henry, un moreno regordete que le entregó una bolsa de papel con trescientos gramos de cocaína dentro. Se hizo adicta en el noventaisiete, poco antes de conocer a Randy. Para Randy la adicción de Malena fue un paso ya dado; siempre es más fácil manipular a un adicto. Sin embargo, los últimos meses Randy le había prohibido consumir. Una contradicción que es técnica de manejo. Más o menos lo que hace el gobierno al inclinarse en contra del tabaco: prohíbe, pero vende. ¿Qué le importa al gobierno la salud del ciudadano, si nunca le ha interesado? ¿Qué le interesa a Randy la salud de Malena, si continúa sangrando su alama, sacado de ella todo lo bello que le queda a esa joven veinteañera? Y resulta que le ha prohibido drogarse, por su bien, al mismo tiempo que la vende a sus amigos, y a su hermano.

Esta vez el favor no fue con la intención de coger algún trabajo de modelaje, sino de conseguir algo de polvo. Lo había hecho tantas veces y la verdad, por menos. ¿No era mejor la droga que una sesión fotográfica que no sirve de nada? Le tomaban las fotografías, como a una supermodelo, con la diferencia que Malena no aparecía en ninguna revista de moda. Se acostaba con alguno (o algunos) para que le tomasen esas fotografías y al final, no pasaba nada. Es como si la estuvieran engañando. Como si la trataran como a un bebé. Le engolosinaban la pupila con fotos suyas posando en la playa, en un yate, en un manantial de hermoso paisaje… como las malditas supermodelos de verdad… pero sin llegar nunca a ser una de ellas. Eso es tener nada. Con Henry al menos tenía trescientos gramos de polvo de hada. Por una mamada, no estaba mal.

 2

Llegada a casa Randy Coleman la recibió como a una hija; como a una niña malcriada. Malena pasó la noche en un centro nocturno de la zona centro de la ciudad, dándose a un par de gamberros que esa noche tuvieron la suerte de cruzar sus vidas con las de ella, que a veces bajaba a los barrios bajos con las narices llenas de polvo. Randy lo sabe porque esa misma noche, en ese mismo bar, estaba uno de sus hombres, enviado por el mismo Randy, vigilando las acciones de la querida princesa de papá.

 Le abofeteó la cara, como a una niña o como a una puta (Malena siempre sentíase de ese modo: como niña o como puta, nunca declarándose a sí misma como una u otra cosa) y la mandó a su habitación, a donde la subieron arrastrándola dos hombres de servicio. Uno de ellos, un pelirojo extranjero (probablemente ruso), aprovechó el estado de Malena para darse un taco de trasero, bien servido. Malena ni siquiera lo notó, y en todo caso, le importaba poco. Se sabía merecedora de un castigo, y generalmente, los castigos (y los premios) iban sobre la línea de la sexualidad. Éste era otro rasgo importante de la dominación por parte de Randy. Una vez que estuvo encerrada en su cuarto, Randy subió a hablar con ella. Le hablaba como a una niña de doce años, le decía que lo que ella hizo le dolía a él en el fondo de su corazón. Le hacía prometer que no volvería a hacerlo, y le dejaba en claro que el castigo siguiente era por su bien; que ella se lo había buscado. 

 Al mismo tiempo, le daba la noticia: habría una sesión de fotografías en conjunto con unas chicas para una revista de moda y él, que era su representante oficial, su salvador y su Dios, la había colocado en dicha sesión. Esta sesión incluiría desnudos, y algunas penetraciones. Por su puesto, se trataba de porno duro, Malena lo sabía. No habría paga para ella porque, bueno, ya mucho hacía Randy dejándola vivir en casa y soportando todo esto, le dijo haciendo un ademán con las manos para que se mirase a sí misma. Y para que Malena no pensase demasiado en el evento hasta el día de su realización, también le daba la buena nueva de que si estaba a punto mañana por la mañana la llevaría al ballet. El ballet era el espectáculo favorito de Malena, y ante una cosa así se comportaba realmente como una niña de doce años. Se limpió las lágrimas y asintió con la cabeza. Haría todo lo posible por poner su cuerpo a punto para mañana a primera hora. No sería fácil, habría que beber litros y litros de leche, darse duchas de agua fría, quizá tomar algún analgésico y todo la parafernalia de una resaca de cocaína, marihuana y alcohol. 

 Mientras tanto, Randy hacía algunas llamadas delante de ella. Llamadas que le recordaban a Malena el trato que había aceptado, el de las fotos pornográficas. Randy decía cosas como: sí, todo está muy bien, Malena estará lista para el martes. Y etc.

 Malena aspiró los mocos de su llanto y se dispuso a olvidarse de todo. Mañana iría al Ballet y era lo único por lo que valía la pena alzar la cara y salir a un nuevo día. Era su método de autodefensa, pensar que había algo en su vida por lo que valiera la pena vivir, y olvidar el resto de su infierno. En realidad, era el método de autodefensa que Randy le brindaba a través de sus infinitos chantajes. Es increíble cómo un hombre, una persona, puede controlar de tal modo a otra, y es que… a decir verdad… Randy conocía a Malena mejor de lo que ella misma se conocía a sí. Sabía todo de ella, desde sus más banales deseos, sus pesadillas, su pasado, sus emociones, sus reacciones psicológicas y emocionales a casi cualquier acción…  hasta sus más intrincados anhelos. Randy era un hombre (honora quien honor merece) increíblemente inteligente. Llevaba grabado en su memoria cada dato de Malena, y de sus demás doncellas. Y eso no era todo, también sabía tratar con hombres, con los más duros hombres y con viejos lobos de la industria del modelaje y el porno. Su trabajo: conseguir jovencitas que se dejen explotar a cambio de la mínima paga, o sin paga. En resumen: ¡un hijo de las mil putas!

3

Malena enciende un cigarrillo, tiene ganas de algo más fuerte pero un cigarrillo es lo único que Randy le aceptaría en un día de Ballet. Está en el jardín de su casa, en espera de Randy. Se ha maquillado y da la impresión de ser una joven princesa: rubia, nariz respingada, delgada casi hasta los huesos y con un par de senos que estallan dentro de ese diminuto escote de vestido blando. El cigarrillo, en todo caso, le da un toque de princesa del mal.

 Detrás de Malena está Hugo, el chofer, también en espera de su patrón. Le mira el culo a Malena. Le mira la diminuta cintura. Le mira las piernas, las pantorrillas. En general le mira y se pregunta cómo una joven tan hermosa puede ser lo que ella es: una puta de mierda, una arrastrada. Una drogata. Una perra del infierno. Y además, una niña.

 Luego sale Randy, que va vestido elegantísimo, con frac a la antigua y un sombrero de bombín. También lleva un bastón, cosa que a Malena vuelve loca. Ha llegado a pensar que se enamoró de él por ese bastón. La primera vez que se miraron, en un casting de adolescentes para un comercial de Disney México, él llevaba ese bastón. Un bastón hermosísimo, de caoba, con punta en oro en forma de serpiente.

 Todos suben al coche, que es un Jaguar S-type del año. El chofer se pone al volante y Randy y Malena suben a la parte trasera. El coche se pone en marcha y salen a la ciudad.

 Durante el trayecto Malena y Randy sostienen una conversación superficial sobre el ballet. Malena opina que una bailarina de Ballet es algo así como una diosa, aunque en realidad quiere decir: algo así como una libélula, o como una mariposa, pero teme que Randy pueda pensar de ella que es una boba. Randy opina, sin embargo, que una bailarina de ballet es algo así como puta, pero más fina. A fin de cuentas, dice, ambas sirven para entretenimiento del hombre, las unas sexual, y las otras artístico. Piensa que una bailarina es una marioneta, una cosa que se maneja, a la que se le pone una rutina y debe seguirla, y no tiene el mínimo talento en cuanto a creación o proposición artística. Es un peón. Una pieza menor (aunque indispensable) de la que se sirve un creador (el compositor del ballet). Y además son lesbianas, exclama como si las bailarinas de ballet le jodiesen la vida, o fuesen lo peor de ella.

 Malena baja la mirada, no puede evitar pensar que Randy siempre tiene razón. A los once años ella misma cursó unos meses en un instituto de ballet y ahora que lo analiza, todas eran entrenadas para hacer los movimientos básicos y complejos con los cuales, otra persona les diría cómo combinarlos y crear un ballet. Las bailarinas no sabían música, ni tocar los instrumentos al compás de los cuales se movían, ni sabían el nombre de los compositores de las piezas que bailaban. Eran ignorantes. Y también, unas muñecas que otro movía a capricho y placer con el único fin de entretener a un público que no tenía mejor cosa que hacer que ir al ballet infantil que daba el instituto (en su mayoría los padres de las alumnas).

 Llegados al ballet bajan Malena y Randy y caminan hacia la entrada. Randy es amigo del encargado del lugar donde se representa la obra, así que le basta saludar a algunos que reconoce e irse directo a los palcos, donde se instala junto a su pequeña novia, y miran el ballet. Es El lago de los cisnes, de Tchaikovsky, por el Ballet de Kirove.

 4

A la mitad de la obra Randy se inclina hacia Malena, y le dice: ¿sabes cuál es la única diferencia entre una bailarina de ballet, y una puta? Malena mueve la cabeza negativamente y Randy contesta: que al menos, la bailarina es libre. Acto seguido le abraza y le coloca sin que ella lo note doscientos gramos de la blanca dentro de su bolso de mano. Necesita mantenerla satisfecha al menos hasta que se haga la sesión de fotos, que le supondrá unos buenos miles de pesos a Randy papá.


22 comentarios:

  1. Porque son hijos de alguna generala alemana

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  2. Muy buen manejo de lenguaje para describir una realidad muy cruda. Bien narrado. Muy buen texto.

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  3. Adalberto Javier Nájera Mendoza16 de febrero de 2012, 16:57

    ¡Exelente...felicidades!

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  4. Ricardo Arnaldo Gonzalez Barduena16 de febrero de 2012, 17:22

    Muy bueno todo; los invito a echarle una ojeda a este proyecto.

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  5. Mejor dedicate a putear.

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  6. Cada vez son mejores tus escritos Verónica Pinciotti este en especial me pareció magnífico, sobre todo cuando describe la labor de las bailarinas. ¡Enhorabuena!

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  7. Es bueno el tema, bien Malena y Randy, pero algo lato el relato. Se hace un poco aburrido, pues no mantiene la tensión. Bien el final!!!

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  8. sufren las rodillas,se cansan los labios sobre suelos que sollozan
    Maravilloso escrito!

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  9. Carlos Salcedo Odklas17 de febrero de 2012, 11:50

    me ha gustado mucho Verónica Pinciotti, muy bien escrito, nada pesado, crudo y nada efectista... buen trabajo!!

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  10. me gusta ese blog, lo recomiendo

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  11. Excelente relato.

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  12. excelente!!!

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  13. Muy duro el texto, muy duro...

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  14. La historia va bien, pero una narración de varios estilos, presente perfecto, participio y algo más...

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  15. Me gusto mucho esa frialdad sardonica, esa tristeza que emana de la lectura de una vida sin amor, muy bueno Veronica

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  16. visceral, rutinario y por el bien de las mujeres. saludos y excelente relato.
    pd: tal vez conozcas a Zoé Valdés

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  17. Excelente, muy facultado el relato, Veronica Pincioti, esperamos la segunda parte, jajajaja

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  18. me pareció buen relato, bien proyectado...también espero la segunda parte ;)

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