martes, 28 de febrero de 2012

Beso en el velorio.


El señor Pinciotti, que es mi padre, prefería por mucho la presencia de Salmoneo, a la de Martin. Sobre todo porque Salmoneo no solía fumar en la sala de la casa, u orinarse fuera del excusado, en el baño. Esto último lo sabía porque Martha, la empleada doméstica, siempre lo gritaba. Una vez salido Martin del cuarto de baño, entraba Martha, que ya le conocía, y salía gritando que cómo era posible. Y mi padre, que andaba por allí (y Martha procuraba que el señor Pinciotti anduviese por allí cuando lo gritaba), le pregunta que qué ocurría, y entonces ella lo metía al sanitario  para que mirase con sus propios ojos. Aunque yo no creo que orinar fuera de la taza sea un motivo de odio, el señor Pinciotti sí.

 Por eso, al que llevé al velorio fue a Salmoneo. Principalmente por lo anterior, pero también porque estaba segura que Martin Petrozza no sabría comportarse en una cosa así.

 La que se había muerto era la esposa de un amigo del señor Pinciotti, y como mi padre odia los velorios (de la gente que no es su gente), y como me ama (aunque yo pienso que es por lo contrario), me invitó (obligó) a asistir. Y como yo no amo a Salmoneo, lo obligué (invité) a ir conmigo.

 Primero había que vernos en mi casa, desde donde partiríamos a la sala funeraria. Allí llegó Salmoneo, y cuando lo recibí, estallé en risa. Él dijo que no me burlara porque si estaba así, era por un favor mío. Pero verlo vestido de negro, era cosa de risa. Sobre todo porque el traje negro que vestía, no era de su talla, sino de una talla más chica. Llevaba los tobillos y los antebrazos desnudos. La corbata le llegaba a media panza, y era evidente que la camisa le ahorcaba.

 Bueno, Pinciotti, dijo él, ¿qué querías? El traje es de mi primo Roberto, tiene quince años. Vale, dije yo, ni hablar. Pero también pensé que era todo un detalle, eso de ponerse el traje chico y todo porque yo se lo había pedido. Petrozza jamás hubiese cedido a algo así.

 Por mi parte iba vestida con un vestido negro, entallado. Medias negras y zapatos negros. Y un bolso y un sombrero negros. Y Salmoneo también se rió de mí porque dijo que yo lucía como la viuda de un marido que no murió en un accidente, o sí, pero provocado por la esposa. Reí del comentario, y le dije que ese esposo bien podría ser él si no cerraba la boca.

 Y cuando el señor Pinciotti nos miró, también dejó salir un par de sonrisas. Quizá en realidad lucíamos como esa mujer y ese marido. Nos hizo subir al coche, y partimos.

 Camino al salón funerario Salmoneo me contó que para estar aquí debió decir a su patrón que había muerto un pariente suyo. Sólo así le excusó del trabajo sin quitarle la paga. Y yo le dije que ese patrón era un cabrón, y que le agradecía mucho lo que hacía por mí. Él sonrió y asintió con la cabeza. Yo sabía que Salmoneo estuvo o estaba enamorado de mí. Así que no lo agradecía tanto, porque los favores que hace un enamorado no los hace por una, sino por sí mismos. Por el bien de un interés personal, generalmente, acostarse contigo.

2

Una vez llegados al salón nos metimos dentro y mi padre nos presentó con un montón de gente que ni él mismo conocía. Gente que estaba allí por lo mismo que mi padre, o por lo mismo que yo o que Salmoneo. Porque alguien los invitó (obligó).

 Yo saludaba como si me muriese de ganas de estar allí, o como si me doliera la muerte de esa mujer, o como si los intereses sociales de mi padre, fuesen los míos. Salmoneo lo hacía como alguien que teme ser descubierto. Con mucha timidez y un poco de extrañamiento. Con una sonrisa falsa y a la vez vindicadora.

 Maldición, Pinciotti, me susurró al oído, no sé por qué estoy aquí. No debí venir. Me siento como un payaso. Ya, contesté el susurro, no es para tanto, lo payasos gustan a la gente. Sí, sí, dijo, pero si algo no se lleva son los payasos y la muerte. Aquí no pude evitar una risa, y todos voltearon a verme. Yo también me sentí fuera de lugar. La muerte es una cosa importante sólo si se trata de ti. Se lo  dije a Salmoneo y asintió con la cabeza, pero agregó que también es importante si la que se muere es tu mujer. Y que debíamos guardar silencio y respetar porque el marido debía estar deshecho. Y yo le debatí que la muerte de tu mujer es importante porque eso también se trata de ti. No dije que la muerte es importante sólo si eres tú el que se muere. Quizá, cuando tú te mueres, esa muerte no se trate de ti. Sino de los que quedan vivos, dije. Entonces Salmoneo asintió con la cabeza. Caminábamos por un pasillo lleno de gente vestida de negro, y de gente llorando. Y dijo que eso era muy cierto, que las muertes son para los vivos, y no para los muertos… hizo una pausa y se preguntó dónde había escuchado eso. Riendo, le dije: eso es el fragmento de un texto de Petrozza, el de: Delmundo sujeto y la soledad que esto conlleva (en una plática de café con unaseñorona). Y sonrió y dijo que ese Petrozza era un maldito genio. Yo le dije que no, que sencillamente tomaba en serio su trabajo de escribir, y eso era todo. Salmoneo me dio la razón, y llegamos a una sala, con un cuerpo muerto dentro de una caja.

 El señor Pinciotti, que todo ese tiempo caminó detrás de nosotros, nos adelantó y se acercó a la caja, donde yacía el cadáver de la señora Betancourt, y se inclinó para verlo. Pensé que lloraría, pero no lloró. Se inclinó, persignó la frente de la difunta y dejó paso a otro que venía detrás, y que hizo exactamente lo mismo, con la diferencia de que se tardó menos. Y éste último dio paso a otro, que también se inclinó, susurró algunas palabras, y la persignó. Y todos, después de persignarla, alzaban la cara, orgullosos, y se largaban a platicar con alguno que había pasado antes, y que ya reía, y se estrechaban las manos y se abrazaban. ¿De qué ríen?, preguntó Salmoneo. Alcé los hombros y dije: ve tú a saberlo.

 Fue nuestro turno. No supimos cómo pero acabamos formados en una fila que llevaba al cuerpo. Y fue nuestro turno de pasar y mirar. Primero pasé yo, porque Salmoneo me cedió el paso, y entonces estuve allí, frente a la señora que estaban muerta. Si antes tuve risa, en ese momento se me esfumó. No era una señora. Quiero decir, el cuerpo tendría a los más treinta y cinco años. Y sentí calofríos al pensar que una mujer tan joven pudiese estar muerta.

 Luego pasó Salmoneo, y lo miré inclinarse a mirar mejor y me dio la impresión de que también se asombró de que fuese una mujer tan joven la esposa de un viejo, y que fuese ella la que estuviese dentro del ataúd.

 ¿Por qué no me dijiste que se trataba de una mujer joven?, me reclamó Salmoneo cuando pasó su turno. Caminamos hacia otra puerta, que daba a otra sala. La sala estaba llena de personas. Y todo estaba a media luz y predominaba el color ámbar.  Porque no lo sabía, contesté. También predominaba en esa sala un ambiente de alegría. Era como si todos, una vez dada la bendición al cuerpo, les importara un carajo. Incluso como si estuviesen contentos. La gente reía y se abrazaba, pero sobre todo reía y se estrechaba las manos como cuando se cierra un trato, un negocio. El señor Pinciotti estaba entra ellos, y también reía y palmeaba hombros y estrechaba manos. Pero siempre, sin dejar de sonreír.

 Vamos, le dije a Salmoneo, ayúdame a encontrar un sanitario dentro. Sí, dijo y caminamos por otro pasillo, que nos arrojó a una escaleras, y allí había mucho aire fresco. Pregúntale e ese, le dije a mi amigo, y le preguntó a un joven que llevaba un uniforme. Le indicó que bajando a la derecha. Salmoneo le dio las gracias, y yo miré al empleado dibujar una sonrisa, de burla, pensé, por la apariencia del pobre que llevaba el traje de su amigo.

 Bajamos y llegamos al sanitario. Entré y Salmoneo esperó fuera. Y dentro, inspeccioné los excusados, y aunque lucían limpios, dudé en hacerlo. Principalmente porque jamás podía hacerlo en los públicos, y no quería intentarlo si no iba a llegar al final. Lo mismo podía pegarme una venérea haciéndolo que intentándolo, así que me decidí por no hacerlo.

 Me miré en el espejo, y no sé por qué, pero pensé en la señora Betancourt. Me miré, y pensé en qué pasaría si yo estuviese muerta. Mejor dicho, pensé en que yo podía morir en cualquier momento. No solía pensar en la muerte, y si lo hacía, me creía que eso es algo muy lejano. Pero ver allí a una joven de treintaitantos años, y aunque yo tenía veinticinco, fue como un flechazo. Sobre todo porque a los quince yo solía decir que deseaba la muerte temprana, para no sufrir de las incomodidades de envejecer. Y ahora, bueno… ahora tenía frente a mí mi sueño, mi deseo… y no me alegraba. Una mujer había muerto sin conocer la vejez, y no me inspiraba envidia. Envidia era lo único que no me inspiraba.

 Cuando salí estaba allí Salmoneo, recargado en la pared, con sus calcetines blancos asomándole por los tobillos. Era todo un caso, y por un instante me pregunté si no hubiese sido mejor venir acompañada de Petrozza… o, de Scott. No había traído a Scott porque en los próximos meses seríamos marido y mujer, y de por sí, ya no lo aguantaba. Evitaba a toda costa pasar tiempo con él. Lo que no significa que ni pasase tiempo con él. Por el contrario, pasaba demasiado tiempo con él. Tanto que Petrozza me reclamaba haber cambiado. No soy yo la que ha cambiado, le decía, es mi vida la que ha cambiado. Pero le daba igual, al final Martin tampoco hacía demasiado por buscar mi compañía.

 ¿Todo bien?, me preguntó Salmoneo porque saliendo del sanitario estuve muy callada. No sé dije, creo que estoy pensando muchas cosas hoy. ¿Cómo qué cosas?, me preguntó, y yo le respondí: como en mi boda, en Petrozza, en el amor… Entiendo, entiendo, se apresuró a decir Salmoneo cuando mencioné mi boda, Petrozza y el amor, que eran tres cosa que no alcanzaba a comprender. No es su totalidad. Y supongo que es por eso que eran las tres cosas a las que más me entregaba. Siempre era una de esas tres, o las tres, la que detonaba mis momentos más bajos. Mis momentos de sensibilidad. Mis depresiones. Y paradójicamente, era una de esas tres, olas tres, siempre, las que detonaban también, toda mi felicidad. Mi boda, Petrozza y el amor podían lo mismo joderme que elevarme.

 Salmoneo me tomó de la mano y me llevo fuera, a un jardín precioso donde estaban todos fumando. Entonces yo saqué un cigarrillo, y le ofrecí uno a Salmoneo, pero se negó. Yo encendí el mío, y me puse a fumar y a pensar.

 ¿Sabes?, le dije a Salmoneo una vez sentados en una banca que encontramos desocupada. Hay otra cosa en la que he pensado. ¿En qué?, pregunto. En mi muerte, dije. Y le conté aquello de morir joven, etc.

 3

No sé muy bien cómo ocurrió, pero saber que Salmoneo me escuchaba atentamente, y sinceramente, me puso en un estado vulnerable, y sentí por él el deseo de besarlo. No hablo del deseo físico de besarlo, porque yo había tenido muchos amantes y lo había pasado muy bien con ellos, pero esta vez estoy hablando del deseo sincero y profundo de besarle.

 Pero yo no supe de este deseo, y no lo hubiese sabido de no ser porque Salmoneo me robó un beso. Fue hasta que nos besamos, que supe que quería besarlo.

 Cuando dejamos de hacerlo, Salmoneo estaba rojo y estaba apenadísimo. Pero yo estaba ardiendo en deseo, y lo jalé hacía mí y lo besé mucho tiempo, porque además, era un buen beso. Si todo comenzó por un motivo sincero y noble, por un sentimiento de comprensión… el sentimiento se estaba volviendo deseo.

 Nos besamos en la banca, pero luego tuvimos ganas de más. Yo tuve muchas ganas de más, y había trabajado tantos años en cumplir mis deseos, que no me iba a aguantar. Aunque me tuve que aguantarme porque el Señor Pinciotti se acercó a nosotros, y dijo que era tiempo de marcharse.

 Salmoneo se levantó de la banca, como un Soldado ante un General, y dijo que sí, que lo que él dijera, y se apresuró a ponerse en marcha hacia la salida. Y yo sonreí porque supe que Salmoneo estaba ardiendo. Y también supe que todo esto se había acabado, y que no podía ser. Principalmente porque yo estaba a punto de matrimoniare, y aunque Scott no era el hombre del que estaba enamorada, Salmoneo tampoco lo era.

 4

Durante el viaje de regreso Salmoneo no dijo una palabra. Me tomó de la mano, y me dejé tomar de la mano, y no hablamos algo hasta llegados a casa.

 Una vez en casa, dijo que debía despedirse, y se despidió de mi padre. Acto seguido se encaminó a la puerta, yo lo acompañé, y una vez fuera, me dijo que por favor no jugara con él. Asentí con la cabeza y le pedí se despreocupara, pues yo sabía que Salmoneo era un hombre sensible, y no jugaría con un alma que podía desquebrajarse por una mujer que no vale la pena.

 A esto, él dijo que yo no era una mujer que no valiera la pena, sino todo lo contrario. Y yo le debatí que en el caso suyo sí, yo no valía la pena, o en todo caso, no valía la pena que él perdiera la cabeza por algo que no podía ser. Asintió, y dijo que lo tomaría en cuenta, pero que de todos modos podía contar con él. Lo invité a que se quedara, a pasar más tiempo juntos, pero dijo que ya era suficiente, y se fue…

 Nos despedimos un con beso de medio minuto, y eso fue todo.


11 comentarios:

  1. Buen cuento, bien trabajado, bien relatado, bien rematado.

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  2. Qué manera más sencilla, interesante... atrapante de narrar, sós de lujo mi Verónica hermosa!... me fascinó tu historia: accesible, sencilla y bellísima!

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  3. Jesús Nicolás Luna Arteaga28 de febrero de 2012, 15:48

    Wow.... en serio wow... me encantó... y la forma de describir el sentimiento de querer besar descubierto al momento de besar... wow

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  4. Alberto Ramacciotti28 de febrero de 2012, 16:34

    Hermoso cuento, atrapante en la trama y con sus aristas que punzan en el querer saber más, el seguir leyendo, y lástima porque terminó. Un final de alta escuela que lo dice todo, sin ser explicito. Realmente felicitaciones.

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  5. Alberto Ramacciotti28 de febrero de 2012, 16:53

    Reitero mi comentario aquí, hermoso Verónica, una trama y desenvolvimiento digno de alguien que sabe lo que hace, felicitaciones.

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  6. Patricia Gloria Oyola Bertolo28 de febrero de 2012, 18:49

    muy buenooooo estimada Veronica, retratas los gestos usuales y me vi identificada en ellos en la epoca de mi niñez...

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  7. Alejandro Toribio Sánchez28 de febrero de 2012, 19:03

    Excelente!!
    ya se te extrañaba Verónica Pinciotti

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  8. Hay quien tiene el don de narrar.

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  9. Muy buen cuento. Toda la trama del beso es excepcional, lo que siente una mujer ante un beso. Bien escrito... lobo©...

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  10. Sinceramente,creo que en esta ocación no te envuelve la lectura y hasta se vuelve tediosa y pesada, eso que son solo 4 capitulos,trataste de llevar una narrativa versatil pero esta resulto confusa y nada atractiva como para promover continuar leyendo,de todas formas a muchos si les agrado y puede ser que este equivocado en mi persepción.(soy el anonimo JERCEDU).

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