lunes, 16 de enero de 2012

Helen tiene razón.


Este texto fue publicado en El escarabajo literario.

Le mostré un par de textos míos a Helen. Helen era estudiante de Letras en la universidad. Cuando la conocí me dijo que era estudiante de Letras y que deseaba escribir. Sin embargo, hasta ahora no había escrito nada que se atreviese a mostrar. Por mi parte le dije que era escritor, y me pidió que le mostrara algo de mi trabajo. Cuando leyó mis textos dijo que eran malos. Dijo que yo era demasiado vulgar. Yo no dije nada, estaba acostumbrado ese tipo de comentarios. 

 Luego de aquello comenzamos a salir. Helen era una chica guapa. Delgada y con un culo respingado. Suficiente para que yo deseara follarla. Escribí un par de textos a su honor, y dijo que no estaban tan mal. Aunque supongo que lo dijo porque ella era la protagonista. Los textos que le escribí iban sobre lo mucho que la deseaba. Eran declaraciones de amor. Pero Helen lo dejó claro: de amor, nada. 

 Continuamos saliendo un par de meses. Nos íbamos de copas y yo no dejaba de insistir. Le tomaba de la mano, le abrazaba y le susurraba al oído que era un encanto. Helen no cedía. Estaba bien segura de eso: no iba a costarse conmigo. Principalmente porque yo era un borracho, un roto, y un mal escritor. Si a Helen se le hubiese acercado Faulkner, no lo hubiese dudado. Era amante de William Faulkner

 ¿Sabes lo que dijo que Faulkner de Hemingway?, le pregunté en alguna ocasión. Estaba harto de que se pensara que Faulkner es Dios. ¿Qué dijo?, preguntó sin demasiado interés. Bueno dije, pues el señor Faulkner dijo sobre Hemingway: que no había sido “nunca conocido por usar una palabra que remitiese al lector a un diccionario” ¡Eso es verdad!, exclamó Helen. Ya, dije, pero… ¿sabes qué le contestó Hemingway? Le contestó: “pobre Faulkner, ¿de verdad cree que las grandes emociones las provocan las grandes palabras?” Helen enmudeció un par de segundos y luego se soltó con una apología de Faulkner que carecía de todo sentido. Entonces yo supe que jamás amaría a Helen. Lo que no significa que no la deseara. Incluso comencé a desearla más que nunca. Acostarme con ella era una obsesión. 

 Helen y yo mantuvimos una relación oscura. Salíamos, bebíamos, conversábamos. Discutíamos sobre literatura. Reíamos. Incluso llegamos a besarnos, pero nunca más de cinco segundos. Llegué a pensar que algún día pasaría… pero nunca pasó. Helen se mostraba tajante en su decisión. Incluso llegó a tratarme como a un payaso. Salía conmigo cuando no tenía con quien salir, y yo pagaba sus cuentas, y le escribía poemas, y me enteraba que se había acostado con tal o con cual, a la primera cita. La situación se estaba volviendo injusta, y tormentosa. A cada chismorreo de su promiscuidad yo me preguntaba qué estoy haciendo mal. Helen tenía diecinueve años, y yo veintiséis. Siete años menor a mí. Distancia suficiente para que yo me obsesionase. 

 Llegué a gritarle a Helen. Luego de alguna borrachera, ya no podía más. Le gritaba que era una maldita zorra de mierda, y que no me parecía la manera en que jugaba conmigo. Helen lloraba. Decía que yo era injusto, y que no estaba jugando conmigo, y que yo era un hijo de puta. Probablemente tenía razón. Aun así yo tenía el sentimiento de que ella no jugaba limpio. Y al mismo tiempo me dejaba siempre con un mal sabor de boca. El sentimiento de culpabilidad y arrepentimiento. Cuando… vamos, ella se reía por dentro. 

 Pasados los primeros dos meses, dejé de frecuentar a Helen. Podía meterse sus opiniones de mí por el ojete. No iba a dejar de escribir, ni a dejar de beber por ella. Después de todo ella era estudiante de Letras, y yo era un escritor. Un escritor escribe, no hay que darle más vueltas. Bien o mal, pero escribe. Y ella, con su licenciatura, no había escrito una sola línea de la que no se avergonzase. 

 Fue la última riña con Helen. Discutimos por la tarde sobre el uso del guión largo en los diálogos de una narración. Yo no era partidario de usar el guión largo, y ella… bueno… sus maestros le habían dicho que se debe usar el guión largo. Ya le dije, pero tus maestros nos son escritores, tus maestros son algo así como tú: gente que piensa que las escuelas se puede enseñar a escribir. Pero nadie puede enseñarte a escribir. El que nace para escribir, escribe. Es todo. Y además, le dije, me sorprende que no lo sepas: una de las facultades del escritor, y su deber, es dinamitar el lenguaje; llevar el idioma por lugares insospechados, y no detenerse por lo que un grupo de buitres puedan decir. 

 Helen no quiso saber más de mí. Le dolió la parte donde le auguraba un futuro de crítica del arte, o de maestra de literatura. 

2

Entonces conocí a Lucía. Estudiaba en la misma universidad que Helen, y creo que eran amigas. No muy cercanas, pero algo se conocían. Comencé a salir con Lucía, que incluso era algo más guapa que Helen. Le mostré mis textos y dijo que estaban llenos de magia. Dijo que no podía parar de leer luego de haber comenzado. Y dijo que yo sería un gran escritor si me lo proponía. Lucía tenía veintiún años. No estaba mal. Por aquel entonces yo busca a mi lolita. Y veintiún años no estaban nada mal. Podías oler la juventud en cada sonrisa suya. 

 A diferencia de Helen, Lucía no se hizo del rogar. Le escribí un par de cuentos y se entusiasmó con la idea. Me presentó a sus amigos, y comenzamos a salir tomados de la mano. Nos íbamos de copas, y lo pasábamos en grande. Visitábamos algunos museos y a veces mirábamos películas en la Cineteca. 

 Sin embargo Helen me seguía poniendo a tope. En ocasiones le llamaba y la invitaba a salir. Me rechazaba. Esto, contrario a alejarme de ella, hacía que yo la deseara con más fuerza. Y la buena de Lucía estaba allí, esperando dentro de algún bar mientras yo salía, ebrio, a telefonear a Helen. A decirle que por amor a Dios me gustaría verla una vez más. Luego regresaba con Lucía, desanimado, y ella me besaba y me sonreía, y me decía que mi último texto era un bombazo. Y yo la compadecía en silencio. 

 Sin embargo, Lucía y yo continuamos saliendo. Helen se enteró de nuestra relación, y dijo que le importaba bien poco. Que yo podía hacer lo que me viniera en gana. Creo que fue allí donde me olvidé de Helen. Ya podían darle por culo. 

3

Con Lucía de mi lado, con su juventud y con toda su confianza deposita en mi literatura, comencé a mandar textos a las revistas. Fueron muchos los que rechazaron pero al final cogieron algunos. Los publicaban revistas latinoamericanas de bajo presupuesto. Pocas eran las veces que pagaban, pero ya era algo. Sólo un par me enviaron ejemplares. Las demás no tenían presupuesto para pagar los envíos.  

 Pero una cosa lleva a la otra, y después de algunos meses, las revistas mexicanas voltearon a verme. Me ofrecieron publicar en sus ediciones, y Lucía estaba vuelta loca. Lucía era estudiante de Letras, pero no quería ser escritora. Lucía era amante de la lectura y eso era todo. Que yo me volviera escritor le fascinaba. Sin embargo no era gran cosa. Revistas menores. Mis publicaciones compartían lugar con escritores que no sabían tildar las palabras, o que se creían que escribir dos textos les hacía merecedores del premio Nobel. 

 Fue un ejemplar de la revista Niebla el que cayó en manos de Helen. Niebla era una publicación bimestral editada por estudiantes de la Universidad. Era una publicación nueva, y nunca dejó de serlo. A penas salieron cuatro tomos de la revista, y luego, sencillamente, desapareció. 

 El caso es que el Director de Niebla, quien me contactó y me invitó a participar, era amigo de Helen. Y fue él quien dejó caer sobre la mesa de la biblioteca el ejemplar donde se anunciaba en letras de molde, y de gran tamaño, que dentro venía un texto del escritor Martin Petrozza, una joya del relato corto en lengua hispana. 

 Cuando Helen lo miró ocurrió algo. Algo dentro de la cabeza de esa mujer, que estaba loca, y que era una engreída y se pensaba que yo no era suficientemente bueno para acostarse conmigo, ni para escribir. ¿Sabes?, yo salía con Martin Petrozza, le susurró a Francisco, el Directos de la revista. ¿En serio?, ¡qué guay!, exclamó éste. Helen asintió con la cabeza y ya no dijo nada más. 

 Recibí la llamada a eso de las once del día. Yo estaba en cama. Lucía estaba a mi lado, dormida, y el teléfono sonó taladrándome el cerebro. La noche anterior habíamos bebido. Lucía estaba tan cansada que ni siquiera se enteró. Cogí el teléfono del buró, y dije: sí, ¡bueno?

 Era Helen. Me saludó con mucho ánimo. Espero no interrumpir nada, dijo. Luego hubo un silencio. Tuve que hacer un esfuerzo para digerir la información. Helen, sí. La bella, joven y sensual Helen. La estudiante de Letras. Aquella que me llamó hijo de puta, y que me rechazó hasta el hartazgo. Helen, sí, dije, no pasa nada; no interrumpes nada. Me alegró, dijo ella por el auricular de su teléfono. Sonaba realmente entusiasmada. Como si hablar conmigo fuera la fuente de toda su felicidad. 

 Comenzó con el rollo de hace mucho que no sé de ti, etc. Realmente no lo escuché. La cabeza me estallaba y el ruido de su voz por el auricular detonaba la explosión, así que me alejé el teléfono del oído. De vez en vez lanzaba un o un ajá, y no prestaba atención. Hasta que lo soltó. Lo de citarnos y vernos para platicar. Le dije que por favor repitiera aquello. Me levanté de la cama, y salí de la habitación. Antes eché una mirada a Lucía. Seguía durmiendo como una roca. 

 4

Me encontré con Helen en el bar donde nos citamos. No había pasado mucho desde la última vez, a lo más diez meses. Helen llegó radiante. Iba con falda corta y una blusa con escote. Llevaba el cabello suelto, muy sugestivo. Era una espesa cabellera negra, quebrada. Todos los hombres del bar la miraron entrar. Iba vestida para quela mirasen entra, y salir, y para que la mirasen todo el maldito tiempo. 

 Se sentó a mi mesa y me saludó con un beso en la mejilla, muy cerca de los labios. Olía a perfume. No era precisamente la Helen a la que yo estaba acostumbrado. Incluso llevaba zapatos y no sus viejos tenis. Es como si hubiese crecido cinco años en los últimos meses. Lucía como una mujer, y no como la niña que era. 

 Lo primero que hizo fue felicitarme por mi texto en la revista Niebla. Le di las gracias, tratando de pasar a otro asunto, pero dijo que el texto era fabuloso (sic), y que yo era un escritor estupendo (sic).  ¿Es que acaso se ha olvidado de sus verdaderos pensamientos?, pensé. No me creía que ella pensase eso. Principalmente porque tenía razón. Yo mismo no me consideraba un buen escritor. 

 De su bolso sacó un ejemplar de la revista y lo colocó sobre la mesa. Allí estaba mi cara en toda la portada. Anunciando que Martin Petrozza era una joya del relato corto en lengua hispana. Me parece un detalle dije, pero no me lo creo. Vaya que lo eres, dijo Helen, me leído éste texto y todo lo que has publicado recientemente. Te lo digo en serio, me dijo bajando la voz y colocando la palma de su mano, sobre el dorso de la mía, eres un buen escritor. Acto seguido me guiñó el ojo. Estaba claro: ahora yo tenía el control. Y todo por una publicación a dos tintas, y cinco mil caracteres contados los espacios. 

 Ordenó una cubeta de cervezas y dijo que no me preocupara, que esta vez la cuenta corría por parte suya. Alcé los hombros y dije: bueno. Lo segundo que hizo fue contarme que había sido de su vida. No tardó demasiado. Había comenzado un nuevo semestre en la Facultad, y eso era todo. La vida no le había cambiado demasiado. Yo la escuchaba bebiendo de mi cerveza, despacio, y tratando de no mirarle demasiado las tetas. Aunque me daba la impresión de que ella deseaba que yo le mirase las peras. Movía los hombros y con ellos las bolas al hablar, como si estuviera bailando merengue. Era un movimiento injustificado. De verdad, estaba actuando muy pero que muy raro. Y yo no quería mirarla porque de algún modo quería ser fiel a Lucía. 

 Lo tercero fue preguntarme sobre mi vida. Ya le dije, pues tampoco ha pasado gran cosa. Cogieron algunos textos míos en algunas revistas y eso es todo. No es algo para morirse. Pero Helen pensaba que sí. Tenía diecinueve años, y supongo que aparte de mí no conocía a nadie más que publicase en Latinoamérica, aunque se tratase de revistas y fanzines de la más baja calaña. 

 Finalmente, como si dudase hacerlo, o como si le costase el alma, me preguntó que cómo iba con Lucía. Bueno, le dije, pues voy estupendo. Lucía es fantástica. Ha creído en mí desde el principio, y es una gran chica. Helen bajó la mirada, dijo que estaba seguro de ello, y que era genial (sic) que yo encontrara a alguien. Eso fue lo que dijo, e inmediatamente después levantó su envase de cerveza, y me hizo brindar por nuestro reencuentro. No quedaba claro qué tipo de reencuentro sería, pero lo mismo brindé, y reí, y me dejé llevar. 

 5

No puedo creer que le hayamos hecho esto a Lucía, susurró Helen a lado mío, sobre la cama de un hotel de paso, al día siguiente al amanecer. ¿De verdad no lo crees?, pregunté sarcástico. Las mujeres son así. Son capaces de preguntar las cosas más elementales. Todo esto había sido idea suya, un plan maquiavélico salido de sus genitales de mujer, y ahora resulta que no sabe cómo pasó, o cómo pudimos; y no lo creen. 

 Tomamos una ducha juntos, y por vez primera tenía frente a mí, en la sobriedad, a esa hermosa mujer, y ese hermoso culo respingado al alcance de mis manos. Así que lo amasé unos buenos minutos, y ella me besaba. Y yo no lo podía lo creer, al tiempo que pensaba que no podía ser de otro modo, y que Helen era mía; había nacido para mí; y moriría por mí. 

 Luego de la ducha nos fuimos a desayunar. Helen dijo que conocía un lugar, no muy lejano (estábamos a las afueras del Metro Hidalgo), y que me invitaría si yo prometía escribir un texto acerca de nosotros. Entonces alcé los hombros y dije que contara con eso, y pensé que de algún modo ese sería el texto más caro que había cobrado. Un texto por un desayuno en una cafetería elegante, en Reforma. 

 Sentados a la mesa del establecimiento elegante, donde nos ordenamos un par de americanos y desayunos de doscientos pavos cada uno, Helen me confesó que últimamente había pensado mucho en mí, y en todo lo que habíamos vivido juntos. Por su puesto estaba exagerando, no habíamos vivido demasiado. Apenas dos meses de salir, algunas peleas y una ruptura abrupta. Pero Helen hablaba como si hubiésemos sido marido y mujer. Si ni siquiera querías acostarte conmigo, pensaba yo. 

 Y al final me propuso comenzar una relación, algo serio (sic). Dijo que no podía sacarme de su cabeza, y que yo era todo lo que ella necesitaba. Dijo que no volvería a tratarme del modo que lo hizo (claro que sabía lo que había hecho), y que por favor, le diera la oportunidad de demostrarme lo mucho que me quería.

 Sí, Helen, la puta de mierda, que se había acosado con todos menos conmigo, venía ahora; ahora que yo tenía una relación estable y con una mujer maravillosa, que me había impulsado, etc., a decirme que ya estaba bien, que podíamos hacer las paces, y recomenzar. Y además proponía comenzar desde una relación de pareja. Y todo porque yo había publicado un texto en una revista de mierda. Posiblemente no me quería de verdad a mí. Quizá estaba harta de decir a sus amigos yo solía salir con Martin Petrozza. Quizá alguno de ellos le metió la idea de que si no me tomaba ahora, el día que yo fuese famoso se arrepentiría. Quizá todo se trataba del capricho de una niña de diecinueve años. Quizá, sí… pero… 

6

 Regresé a casa y le dije a Lucía que debíamos hablar. Ella sonrió, me abrazó, y sin sospecharlo dijo que sí, que claro. Lo dijo de una manera muy cariñosa. Dijo que anoche me había extrañado.  

 Entonces tuve que hacer acopio de todo mi valor, o de todo mi cinismo, y darle la notica: lo nuestro se acabó. Conocí a otra mujer. ¿Qué si es Helen? Bueno… pues sí, sí, es Helen. 

 Quizá Helen tenía razón cuando me lo gritó. Ya eran dos las que estaban de acuerdo. ¡Hijo de puta!, fue lo último que escuché decir a Lucía. 


6 comentarios:

  1. magnifico colega

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  2. Formidable manera d escribir!

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  3. un auténtico placer pasearse por estas letras...

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  4. Ufff maravilloso.

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  5. me encanto tu texto saludos

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  6. Excelente! Pero te hubieras quedado con Lucia!

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