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Blog autobiográfico." Cuando escribo no pienso en el lector. Olvido que no todos somos cerdos. Ese es mi gran error. Y el de ellos." Martin Petrozza.

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miércoles, 25 de enero de 2012

El poeta tendero.


Conseguí un empleo en una tienda de abarrotes, cerca de mi casa, en el Estado de México. La paga no era buena pero tuve que hacerlo porque mi abuela se puso mala. 

 Cuando me entrevisté con el dueño de la tienda, me preguntó si yo tenía alguna experiencia. Había mirado el anuncio pegado a un poste de luz; sobre una cartulina fluorescente, a pulso y a plumón, se leía: SE SOLICITA EMPLEADO. Jamás pensé que para un trabajo así se requiriera demasiado. Sin embargo, el dueño me hizo llenar una solicitud a mano, entregar fotocopias de mi credencial, de un comprobante de domicilio, y llevarle tres cartas de recomendación firmadas por cualquiera (de preferencia de otros trabajos), menos consanguíneos. 

 En la solicitud lo dejé claro: yo había trabajado algún a vez como Redactor en un diario de Colima. Así que cuando el dueño me lo preguntó, le dije que no, que yo sabía de letras, pero no sabía nada de litros de leche ni de kilos de azúcar, y que en esa rama no, no tenía experiencia.  Lo que hizo fue rascarse el bigote, examinar mis papeles (daba la impresión que yo solicitaba el puesto de Presidente) y al final, decir: ¿y con las letras, eres bueno? Lo que hice yo fue peor: me ruboricé, y dije que no lo sabía. No estoy seguro, dije. Probablemente no. El tendero siguió con el bigote, y me preguntó: ¿qué escribes? Soy poeta, contesté. No se dejaba el bigote un segundo. Vente mañana, dijo, te traes algo que hayas escrito, y puedes comenzar a limpiar los pisos. Asentí con la cabeza, y le estreché la mano. ¿Para qué quiere algo que haya escrito?, pensé, pero sin darle importancia; tenía un trabajo, ¡qué más quería! 

 Antes de irme, cuando ya había dado unos pasos, me gritó: ¿pasas por avenida México? Le grité que sí, y me pidió de favor que arrancara el letrero del poste. 

2

¿Le estrechaste la mano a un tío que te puso a limpiar sus pisos?, me preguntó Martin Petrozza cuando lo visité en busca de una recomendación escrita. Sí, dije, eso es lo que se hace cuando alguien te da trabajo, algo que no te sentaría mal a ti. Ya, dijo ignorando mi comentario, ahora serás un poeta que vende kilos de huevo y panqué con nuez. Bueno, dije yo, en algo hay que trabajar. No está nada mal, continuó Petrozza, quizá en el futuro te recuerden por ello. ¿Sabías que Faulkner fue cartero? Sí, dije, pero eso no me anima.

 Petrozza encendió un cigarrillo para sí, y me lo dio. Lo tomé y me lo fumé. Él encendió otro cigarrillo, y se lo fumó. Estábamos en casa suya, esperando a los demás. Yo los había citado a todos porque necesitaba esas malditas cartas. No es que la necesitara de verdad, pero suelo ser muy estricto conmigo mismo. Estoy seguro que el señor Palafox me hubiese contratado incluso sin las cartas, pero me las había pedido y yo tenía la buena (?) costumbre de cumplir.

 El primero en llegar fue Garrison. Me reprendió por hacerlos venir a todos sólo para escribir y firmar una carta que cada uno pudo escribir en su casa, mandarme por correo electrónico,  y que yo mismo pude firmar (falsamente) una vez impresa en mi impresora. Aún así has venido, dijo Petrozza, y Garrison se defendió diciendo que en todo caso había venido para hablar con él, y con todos, pero no precisamente por las cartas. Luego se calmó y él mismo se puso a reír. Dijo que estaba bien, que ya vería yo cómo me haría una carta de recomendación como ningún patrón la había visto jamás. Entonces Petrozza rió, y yo supe que estaba en problemas. Que se tomarían el asunto de mis cartas como un juego, un ejercicio literario, y una broma.

 La segunda en llegar fue Verónica, y la última. Con su llegada todo se convirtió en una fiesta. Primero porque ella tampoco sabía (aunque yo se lo había dicho) exactamente por qué estaba allí. La casa de Petrozza no era su lugar preferido, y hubiese preferido cualquier otro lugar. Y después, porque Garrison la puso al tanto, le dijo: Salmoneo se ha empleado en una tienda de abarrotes y al pobre le están solicitando cartas de recomendación… ¿lo puedes creer?, interrumpió Petrozza mientras encendía otro cigarrillo, ¡tres cartas de recomendación para laborar en una tienda de abarrotes mal surtida! Riendo, Verónica dijo: ese señor debe tener complejo de empresario, o de reclutador. Y también, porque ella fue la que trajo la botella de Whisky.

 Petrozza sacó sillas de algún lugar, sillas plásticas, y nos hizo sentar. Luego abrió la botella y sirvió la primera ronda. También repartió cigarrillos. A pesar de su austeridad, era muy compartido. Y una vez acomodados recomenzó con el rollo del poeta trabajador. Se burló de mí por ser tendero, y dijo que si ya me había leído la etiqueta de la leche. Lo hizo burlándose porque ahora yo no tendría tiempo de leer, y lo único que me quedaba era leerme las etiquetas de los productos. Dijo que él sí, y que le gustaba particularmente el pasaje de que habla sobre las grasas monosaturadas. Garrison rió estrepitosamente, y comentó (siguiendo la burla) que ese pasaje no era tan maravilloso como el escrito en las latas de conserva, que va así (se levantó de la silla y lo recitó como si fuese un poema):

 Ingredientes:
 piña, agua y azúcares.
 ¡Sin conservadores!
 Consérvese en un lugar fresco,
 y déjese,
fuera del alcance…
 de los niños. 

 Verónica y Petrozza aplaudieron y rieron, y en adelante ya no dejaron de burlarse. Yo también reí. Las bromas no eran con la intensión de ofender, sino de divertirse.

 Creo que fue aquí donde salió la plática de los oficios y los escritores. Petrozza volvió a decir que no me desanimara, que quizá en el fututo yo sería conocido como el poeta tendero, o el poeta de la tienda, o alguna cosa así. Entonces Verónica, llevando la conversación a un punto más serio, dijo que a pesar de que Petrozza se burlaba, podía ser cierto. Y preguntó si sabíamos que muchos escritores han tenido oficios peculiares, por ejemplo Carlos Onetti fue vendedor de máquinas para sumar. Calculadoras, exclamó Garrison, como si fuese obvio. No, dijo Petrozza, una calculadora suma, resta, divide y multiplica. Sí, afirmó Verónica, Carlos Onetti vendía máquinas exclusivamente para sumar. ¡Sumadoras!, dije yo. Sí, sí, asintió Verónica y todos reímos. También brindamos. ¡En memoria de las difuntas sumadoras!

 Petrozza repitió lo de Faulkner y el correo, y Garrison hizo su aporte anunciando que Roberto Bolaño, cuando llegó a España (a Blanes, si no mal recuerdo), fue basurero. Entonces Verónica rió y dijo que siempre había alguien más jodido que uno, y me dio ánimo con una palmada en el hombro. Y luego agregó que recordaba haber leído que el escritor Jake Arnott fue ayudante de la morgue. Escalofriante, dije yo. ¡Y Kafka, exclamó Garrison, vendedor de seguros para accidentes laborales! Exclusivamente laborales, agregó.

 Petrozza dio una calada al cigarrillo. Y eso no es nada, dijo expulsando el humo del cigarrillo por la nariz, Raymond Carver fue celador, tío, ¡celador!, ¿se imaginan todo lo que pudo observar siendo celador? Estuvo sumergido en el odio y la frustración humana. Verónica se impresionó, sobre todo por lo último que dijo Petrozza y agregó que aquello debe ser interesantísimo, sobre todo el contacto directo con criminales y psicópatas. Además que siendo celador debes ser uno de los blancos del odio de esos criminales, comentó Garrison. Y yo asentí con la cabeza, pensando a qué hora se iban a dignar (si no es que lo han olvidado ya) ayudarme con las cartas. Y es que al día siguiente yo debía llevarlas, y presentarme a limpiar los pisos. Y como la casa de Petrozza está en el Sur… y yo vengo del Norte. Hago tres horas de camino y bueno… en todo eso estaba pensando.

 La velada continuó sobre la misma línea unas buenas horas. Se bebía y se hablaba de los oficios desempeñados por los escritores. Todos parecían saberse más de uno. Estaba Raymond Chandler, que fue vendedor de raquetas de tenis y recolector de melocotones (aquí se bromeó sobre los melocotones de Verónica). Y Roberto Arlt, que soñaba con hacerse rico haciendo inventos estrafalarios (para su época) como unas medias de mujer que no se rompieran, una tintorería para perros, o poner una cadena prostibularia que fincara la revolución social en su país. Y Mijaíl Bulgákov, médico rural.

 Al final les recordé porqué habían venido, y Petrozza dijo que estaba bien, que me ayudarían con esas jodidas (sic) cartas pero únicamente si yo aceptaba la condición de no censurarlas. ¿Qué quieres decir?, pregunté sospechando lo que se avecinaba. Garrison y Verónica estuvieron de acuerdo, dijeron que ese sería el trato. Es decir, que mis tres colegas de letras y de farras estaban dispuestos a escribirme un carta de recomendación cada uno, pero sólo si les otorgaba libertad de expresión. Lo que significaba que yo estaba en aprietos. Ya podía imaginarme a Petrozza recomendarme entre hijosdeputas, mierdas, y gilipollas. A Garrison haciendo un estudio filosófico sobre el hombre, la bondad y la malicia. Y a Verónica describiendo cómo yo era un buen chico, pero un bien chico que la quería llevar a la cama, y lo mucho que necesitaba el dinero del trabajo para pagarme un hotel.

 La idea me pareció estupenda, ¡total! No hay ley que dicte cómo debe redactarse una carta de recomendación, al menos que yo sepa.

Así, acepté el trato y los tres se morían por coger papel y pluma, más cuando lo tuvieron nos dimos cuenta de que ya era de noche, y no había mucha luz. En la casa de Petrozza no hay demasiado de nada. No hay demasiada luz, ni demasiada agua, ni demasiada comida, ni demasiado alcohol.

 3

Por la mañana me levanté contra toda mi voluntad, a las cinco de la mañana, porque según el señor Palafox, la tienda debía abrirse desde las cinco, pero era considerado conmigo y me dejaría llegar a las seis.

 Tomé una ducha con agua fría, me vestí y desayuné un yogur de mango y panqué. Antes de salir avisé a mi abuela que me iría, y ésta, católica de todas sus generaciones, me bendijo y me recomendó andarme con mucho cuidado. Dijo que por ningún motivo hiciera renegar al señor Palafox, que había sido un ángel al darme trabajo. También dijo otras cosas, del mismo calibre, pero las olvidé todas porque cuando ella se soltaba con rollos así, yo no escuchaba. 

 Y cuando llegué a la tienda, ahí estaba el señor Palafox, parado en la acera, tocándose el bigote mientras miraba al cielo. Me pareció que pensaba. Es decir, algo profundo. Era un señor bajito y rechoncho, con un bigote tipo Nietzsche, y unos ojos pequeños y oscuros como canicas. Lo toqué del hombro para hacerle notar que yo ya estaba allí. Dio un pequeño brinco y me saludó con un apretón de manos muy duro. Acto seguido, miró su reloj. Son las seis menos diez, dijo. No pensé que llegarías antes de las ocho. ¿De verdad?, pregunté asombrado, pero si usted mismo me pidió llegar a las seis. Sí, dijo moviendo el bigote de un lado a otro,  he tenido muchos empleados y hasta ahora, ninguno ha llegado antes de las ocho, qué raro. 

 Le entregué un sobre manila con las cartas de mis amigos dentro. ¿Y esto?, preguntó asombradísimo, como si le estuviera entregado un objeto marciano. Válgame dije, pues son las cartas que me ha pedido… ¿las cartas?, preguntó más extrañado aún… las cartas de recomendación, dije, usted mismo me las ha… Sí, sí, sí, dijo haciendo brincar el bigote. Me tomó por los hombros y me arrastró dentro de la tienda. Una vez dentro, me susurró; me confesó, que lo de las cartas era un juego. ¿Es que acaso tú te crees que estás pidiendo un puesto de Director banquero? Me basta con que sepas usar una calculadora y puedas recordar dónde va el queso y dónde las salchichas. No se mezclan, ¿sabes?, por el olor.

 Me sentí como un idiota, pero no lo demostré. En vez de eso, dije: entiendo, es un trabajo menor, bastara con recordar los precios y… ¡Ja!, rió el señor Palafox, ¡ni eso!, dijo, he pegado una lista con los precios en el mostrador, no tendrás que forzar tu memoria. Maldije mentalmente mi manía de hacer las cosas correctamente. A decir verdad, dijo el señor Palafox mirando al horizonte, un simio bien adiestrado podría hacer esto. ¡Le bastaría señalar con el dedo el producto en la lista, y voilé!, exclamó. ¿Lo imaginas?, un simio al que le dices leche, o frituras y te señala en la lista el precio del producto. ¿Crees que alguien pueda entrenar un simio de ese modo? Antes de que yo pudiera contestar, continuó hablando solo: pagaría por verlo, Dios. Lo único es que no se puede confiar en la gente. Quizá se pueda confiar en el chango… pero en la gente… apuesto que no le pagarían correctamente al chango. Maldición, habría que adiestrarlo para sacar los ojos a los cabronazos. Aunque si lográramos que el chango diese cambio… sí, al menos habríamos hecho un avance asombroso en el adiestramiento de animales. Luego habría que adiestrar a las personas…

 Y el señor Palafox continuó su interminable soliloquio sobre aquel tema, y se metió a una puerta que daba (lo supe después) a la casa de la familia Palafox. Y me dejó allí, parado, en medio de la tienda, sin darme ninguna instrucción. Aunque el día anterior había mencionado algo sobre lavar los pisos, yo no tenía las herramientas necesarias para ello. Además, pensé que eso de limpiar pisos quizá, fuese una broma. Con lo bien que se le dan. 

 Pero no lo fue. A los diez minutos más o menos, regresó con una cubeta, una escoba y una jerga. Dentro de la cubeta venía un envase de amoniaco, y me puso a fregar los pisos. Eso sí que no lo había olvidado. 

 Yo sabía que tendría que fregar pisos, pero una vez allí, con la escoba en las manos y el amoniaco entrándome por las fosas nasales, y destrozándomelas, sentí ganas de renunciar. Pero me acordé de mi abuela, y sus consejos, y me puse a fregar como una cenicienta, pero peor, porque ninguna princesa vendría a rescatarme. El señor Palafox, mientras tanto, sacó una silla y la colocó en la banqueta. Se sentó sobre ella, y yo no lo miré, pero él se puso a leer las cartas. 

4

A falta de luz en casa de Petrozza, y para no joderse la vista ellos, decidieron que tomaría la pluma yo, y ellos se limitarían a dictarme (después de todo era cosa mía) una carta en coautoría, y que debía, no por eso, valer menos que tres cartas por separado, cosa que dejaron claro en la carta misma, que es la siguiente: 

 A quien corresponda: 

 Por medio de la presente, hago contar que conozco de buena fuente al Poeta Salmoneo Gutiérrez, éste mismo que usted tiene en frente, y que puedo permitirme decir de él que es excelentísima persona (aunque habría que analizarse fondo, eso de persona), tanto que podría apostar que él se apostaría por mí la vida, que es lo mejor que puede decirse (y esperarse) de un amigo. Y para cimiento de mi juicio, ¿de qué otro modo podría expresarme de un hombre que ha emprendido a mi lado la tiránica tarea de localizar a la perdida francesa de mi vida, la bellísima Alesia, o que se ha mostrado gustoso de acompañarme noche tras noche, y trago a trago, en mis momentos más bajos y de más debilidad, y todo a capricho mío, y sólo porque me sale de los cojones que se quede un poco más a cada velada que vivimos en compañía, yéndose del mismo modo (a capricho de mis cojones) de la casa mía, cuando ya me siento mejor?

 Por si fuere poco, puede decirse del Poeta Salmoneo Gutiérrez, que tiene alma de perro (y cara), es decir, noble, y que día a día e insulto a insulto, soporta la compañía de sus amigos, y no se amedrentar ni es iracundo, ni llega a los golpes por nimiedades por las que otros, se andan matando. 

 Ahora bien, con las mujeres, me consta de primera mano (pero no vaya a pensar mal), es un caballero, y aunque temeroso, respeta a las damas como si fuesen el más valioso de los tesoros; o es que acaso les teme como al más diabólico de los monstruos, pero lo mismo da, pues no se ha sabido de dama alguna que por el Poeta se haya sentido ofendida, o menospreciada. 

 De los vicios, los tiene pocos y pobres, a lo más siete cervezas en una noche, y eso rogándole que siga, para no sentirse uno despreciado, o alcohólico. Fuma, pero fumar no tuerce la mente como lo hacen otras drogas, las cuales, el noble Poeta, sencillamente desconoce. Es tan ingenuo que podría confundir marihuana con perejil, y cocaína con harina. Cosa de la que estoy seguro, porque una vez se me ocurrió experimentarlo, pero no se lo diga, porque el pobre no lo sabe, y hasta la fecha, piensa que todo fue un sueño. De esto modo ya lo sabe, si le requiere un examen de psicotrópicos, y sale positivo, la culpa es mía y no de él. Por favor, absuélvalo de éste pecadillo. 

 De los hurtos, despreocúpese, pues educado en el seno de una familia religiosa, ha sido debidamente condicionado para sentirse una basura, un pecador y un maldito gusano si su mano llegase a tomar lo que no le pertenece; y no hay peor castigo que el que uno mismo se impone, y más si es el del remordimiento de conciencia, que es más doloroso y más cruel, que estacas en las manos. Por el mismo lado, el de la religión, y aunque la verdad es que no cree en Dios, lo mismo se le ha quedado el hábito de la confesión. Son al menos dos veces por semana, que borracho, va y se confiesa a sus amigos, que si no son sacerdotes, lo mismo Dios escucha, él que está en todos lados, y así su alma, puedo asegurar, está libre de pecado. 

  Del trabajo, El Poeta Salmoneo Gutiérrez es entendido. Ha trabajado al menos unos cinco años, sin tregua ni descanso, en la composición poética que le de renombre, y aunque sin éxito, no se puede decir que no lo haya intentado, y ya sabrá usted que más vale morir en el intento que… no haberlo intentado nunca (?). En todo caso, el Poeta Salmoneo no ha muerto, pero no por ello ha dejado de luchar, sino que continúa esforzado en el manejo de la pluma, que es el más excelso de todos los trabajos, pues forja al ser, y da de comer al alma (espiritualmente hablando, porque de pan, nada), y hace llegar al mundo los pensamientos humanos más elevados y profundos. 
 Sin más, si usted no reconoce en todos estos atributos un alma amiga, es porque la suya (el alma) o bien, está podrida, o sencillamente no la tiene. 
 Quedo de usted para cualquier aclaración, 

 Atte: 

 Martin Petrozza.
Guillermo Garrido.
Verónica Pinciotti. 

P.D.

 Por favor, tome esta misiva a favor de tres, que tres han sido los autores, y por no desperdiciar papel, uno a uno han firmado y no por ello con menos fervor.  




6 comentarios:

  1. Amo ha Salmoneo por tener alma de Perro. Amo a Petrozza por tener alma de Diógenes y poder ver la esencia del cariño y la lealtad.

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  2. Gracias por hacerme sonreir. Buen texto.

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  3. Francisco Javier Mireles Alonso26 de enero de 2012, 22:08

    Y faltó Einstein, que sin ser conocido como literato aunque escribía bastante bien, trabajó en Revisión de Patentes. Creo que justamente la incompletud existencial de oficios poco demandantes intelectualmente es el motor en la labor del escritor, que derrama casi con orgasmo las pasiones, aspiraciones y frustraciones que las actividades burdas, mecánicas y repetitivas demandan. El relato me recordó al Círculo de Lovecraft pero menos siniestro. Lo del simio fue hilarante..

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  4. Excelente texto! Nos gustaria saber como le fue a salmoneo en

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  5. Me encantó tu publicación.. todo gracias a goole y sus interesantes sugerencias aleatorias cuando en realidad buscaba algo totalmente distinto.
    :D saludos!

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