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Blog autobiográfico." Cuando escribo no pienso en el lector. Olvido que no todos somos cerdos. Ese es mi gran error. Y el de ellos." Martin Petrozza.

Héroes

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lunes, 9 de enero de 2012

El perro, Betty y el acabose.


Betty estaba en la cocina. Fregaba los trastos. Se había ofrecido a fregar los trastos. Un par de vasos y un plato pero ya era algo; Betty había cortado una flor de su jardín. Por mi parte barría la estancia. Éramos lo que se dice, una pareja feliz. Al menos durante cinco minutos. Al menos el tiempo que la casa durase libre de cagada de perro… o de meados de perro… o de vómito de perro. Sí, compramos un maldito perro. ¿Por qué? Bueno, básicamente porque lo necesitábamos… 

 Dábamos un paseo por Coapa  y entramos al Bazar Comercial Pericoapa, y allí fue donde lo vimos. Betty fue la primera en verlo. Un cachorro dentro de una jaula. Solo, tímido y acongojado. 

 Nos acercamos  a él (Betty me cogió de la mano y me arrastró). Entonces, una vez frente al animal, sentenció que lo necesitamos. Nena, le dije, hace sólo un segundo que desconocíamos la existencia de este ser. Puedes explicarme, ¿cómo es que ahora impera sobre nosotros una necesidad de poseerlo? ¡Es hermoso!, exclamó agachándose para mirarlo mejor. El perro también la miraba a ella. Parecía que había un vínculo entre los dos. Pero vamos, esas son chorradas. Ya dije, eso no explica absolutamente nada. Un Vermeer también es hermoso y no por eso… Nos ayudará, dijo, nos hará madurar. Será como criar un niño. 

 El vendedor salió de la nada. Dijo buenas tardes y sacó al cachorro de la jaula, y lo colocó sobre los brazos de Betty, que ya le esperaban. ¡Hijo de puta! Betty lo alzó hasta la altura de su cara y llevándoselo a la nariz comenzó a hablarle como a un bebé de humano. Como si ella y él hablasen el mismo puto idioma. ¿Cuánto cuesta éste precioso?, preguntó al vendedor, al tiempo que lo zangoloteaba. Dos mil quinientos, dijo éste, con una sonrisa en la cara. Sabía que ésta era la buena. De algún modo sabía que Betty no saldría de allí con las manos vacías. 

 Recién, yo había cobrado algunos giros postales provenientes de una docena de textos que envié a revistas latinoamericanas, y Betty lo sabía. Que ella lo supiese significaba que yo no saldría limpio de allí. Me obligaría a gastarme toda la plata en ese jodido instante, en ese jodido perro. Sin embargo, aun juntando toda la plata de todos los giros, no llegaba a dos mil quinientos pesos. Suspirando, dije: lo siento, amor, no me alcanza (gracias a Dios). Pero Betty no se rendiría tan fácil. Era una mujer encaprichada, y a eso, no hay quién le gane. Se puso a dar brinquitos y jalarme la manga. Exclamaba que yo nunca le había regalado algo. Era verdad, pero, vamos… a mi parecer no era el mejor momento, ni el mejor regalo. 

 Después de algunos regateos (no muchos, a decir verdad), salimos del Bazar con un cachorro de San Bernardo en los brazos. ¡De San Bernardo, mierda! Y ese fue el principio… del final. 


2

 Ya, dije ante la plasta de vómito (el perro resultó estar enfermo o algo; el caso es que vomitaba cada treinta minutos, y ésta era la tercera vez) la idea de comprarlo fue tuya, así que te toca

 Betty vino de la cocina con una jerga húmeda en las manos. Ya se lo imaginaba. Ten paciencia dijo, el pobrecito está enfermo. Cómo tú, dijo, cuando tienes resaca. A esas alturas todavía se daba el lujo de bromear. El perro seguía siendo encantador. ¿O es que acaso te comportarás igual cuando tengas un hijo?, agregó. Vale, contesté, por eso no pienso en tener un hijo. 

 Betty se agachó para comenzar a limpiar. Yo me largué a la habitación. Lo último que miré fue a Betty cargar al cachorro y ponerlo a un lado, para que no se manchase las patas, y con ellas, toda la maldita casa. 

La primera semana fue dura, pero la segunda fue insoportable. La casa se convirtió en el sanitario oficial de aquella bola de pelos con patas, o de aquel sistema excretor con patas. 

 Lo único que sabe hacer es cagar, le dije  a Betty en una ocasión, parados frente al perro. Estaba allí, cagándose en la cocina, y volteaba a vernos mientras lo hacía, con esa cara suya de inocente palomilla. Ni siquiera sabe dar la pata, dije. Si al menos fuera de esos perros que te traen las pantuflas...

Y ni siquiera ella, Betty, que se había mostrado tan entusiasmada con la idea de tener un perro… ni siquiera ella, que pregonaba paciencia, pudo con aquello…

3

Betty propuso llamarlo Beethoven. Le dije que definitivamente no. Que no podíamos llamarlo de ese modo. Betty preguntó por qué. Pues porque es un San Bernardo, dije. Pero Betty dijo que precisamente por eso, porque se trataba de un San Bernardo, debíamos llamarlo así. Verás dije, cualquier gilipollas llamaría Beethoven a un San Bernardo. Es por esa maldita película; la gente se llena el cerebro de esa mierda y luego ya no pueden pensar. No pueden pensar por sí mismos. Llaman Beethoven a todos los San Bernardo; Micky a todos los ratones; Gardfield a todos los gatos, etc. Betty dijo que yo era un amargado. Probablemente lo sea dije, pero al menos yo no llamo Nemo a un guppy o a un charal en una pecera.  

 Al final le llamamos Chopin. Chopin, no hagas esto; Chopin no te comas aquello; Chopin no babees lo otro; ¡Chopin, no te cagues en la sala! Pero Chopin no era un buen entendedor. Nos miraba con esos ojos suyos, de piedad, y bueno… era difícil no ceder a algo así. Aunque al instante siguiente levantara la pata y con ello desapareciera toda nuestra piedad, y todos nuestros deseos de no echarlo… 

 Betty fue la primera en proponer eso de echar al perro. Recién terminaba de recoger algunas heces, con la mano metida en una bolsa plástica. Sin embargo la mierda aún estaba fresca y fue un batidillo. Tuvo que usar agua y jabón, y además, el muy cabronazo, lo había hecho en la parte alfombrada. Así que también usó un cepillo, y cepilló como nunca en su vida. Y cuando terminó llevó al perro a la azotea, lo encerró, y se sentó a mi lado, sobre el sofá. Yo fumaba un cigarrillo, para ahuyentar el olor a mierda. Entonces me lo dijo. Primero no sabía muy bien cómo, pero yo me lo esperaba. Con la eterna cantinela de: fue idea tuya, la pobre de Betty se había esclavizado. Había que limpiar los desechos, alimentarlo, pasearlo, vacunarlo, revisarlo, etc. Y las más de las veces yo me lavaba  las manos con eso de fue idea tuya. Increíblemente Betty mordió el anzuelo. No podía resistirse a aquellas palabras, y malhumorada, hacía lo que tenía que hacer mientras yo sonreía y fumaba un cigarrillo. Creo que en el fondo la pobre de Betty aceptaba su culpa, y reconocía que la idea de traer un perro a casa, no era precisamente encantadora. 

 Se mordía los labios, no sabía cómo lo iba a tomar. Se pensó que la gritaría porque, bueno, la idea fue suya. Dijo que Chopin era un perro estupendo, y que en verdad sentía por él una gran estima, pero… Me lo estaba soltando como si yo no fuese a comprenderlo, o como si yo amara al hijoputa de Chopin. He notado, continuó, que tenemos menos tiempo para nosotros desde que el cachorro… Vale, pensé, ahora utilizará el chantaje de que todo esto es por nuestro bien. ¿No se supone que el perro nos ayudaría a asentar mejor nuestra relación de pareja? Quizá no estamos preparados, siguió al tiempo que yo la dejaba que se ahogase en sus propias palabras, quizá no fue el mejor momento… Vamos, cabrona, dilo, no puedes con ese perro y yo tenía razón. No sé, dijo, estuve pensando, ¿sabes?, mi tío tiene una casa, con jardín y todo, y bueno, Chopin crecerá y… Ya, interrumpí, quieres que nos deshagamos del perro. Betty asintió con la cabeza, mordiéndose un labio, y con los ojos apretados. 

 La cosa estaba resuelta. Yo odiaba la idea de quedarnos con ese maldito perro, y ahora Betty también lo odiaba; estaba dispuesta a sacarlo de nuestras vidas, y todo regresaría a la normalidad. Sin embargo, no sé, al ver a Betty allí sentada, arrepentida de algo que yo le advertí no sería benéfico… sentí ganas de darle una lección. Ya sabes, el orgullo o algo. Así que le dije que estaba loca, que cómo podía, que qué clase de persona era. Que un perro es como un hijo. ¿Es que te comportarás así si tenemos uno?, exclamé, ¿regalándolo porque orina la cama o llora mucho? 

 3

El perro se quedó en casa, y en adelante, yo adopté una actitud de consentimiento con Chopin, que ni yo me la creía. Adopté la filosofía de que el mejor amigo del perro, es el hombre. No habría mejor amigo para Chopin que yo. Le mimaba, le daba de comer, le paseaba, le bañaba y le daba masaje craneal mientras leía alguna novela. Lo único que dejé hacer a Betty, fue servir a sus esfínteres. Si el perro se orinaba o algo, todavía surgía efecto señalarla con el dedo y recordarle que si ese perro estaba allí, en nuestra casa, era porque ella… El peor amigo de Betty, es el perro. 

 Las discusiones comenzaron porque según Betty, yo prefería pasar más tiempo con Chopin que con ella. Y según Betty (eso sí era verdad), yo estaba exagerando en mi amor por el perro sólo para joderla. La primera acusación era falsa, al menos al principio. Luego se hizo verdad. Era bastante más agradable pasar el día con Chopin, que con Betty. 

 Le compré una correa. Lo sacaba por las tardes y lo llevaba al bar. Nadie decía nada de que un perro así entrara. Quiero decir, de que un cachorro así entrara. Incluso tenía una ventaja preciadísima: todas las mujeres que me miraban pasar camino al bar, y las que estaban en el bar; todas las mujeres, se detenían a preguntar por el nombre del perro. Lo acariciaban y decían que estaba monísimo. Y mientras ellas se agachaban a tocarlo, yo les miraba las tetas o el culo. A veces intentaba ligarlas, y Betty lo sabía. Me miró hacerlo una vez, sin que yo lo notase…

 Iba camino a casa, de regreso del paseo vespertino de Chopin, cuando una morena buenaza me detuvo. Dijo que mi perro era un bombón, y se puso a tocarlo. La dejé hacerlo mientras le miraba las tetas. Llevaba una blusa con escote y enseñaba más de medias peras, y yo estaba hipnotizado. Eso fue lo que dijo Betty cuando me reclamó; que yo estaba allí, como idiota, hipnotizado por los senos de esa puta de mierda (sic). Entonces ella, la morenaza, me preguntó por el nombre del perro. Beethoven, le dije sonriendo. No puedo creer que le hayas dicho que el perro se llama Beethoven, exclamó Betty, ¡y todo únicamente para agradarle! Bueno, pues dio resultado: la morena de fuego rió, dijo que era genial, y que no podía ser de otro modo. Yo sonreí también, y me agache para tocar al animal, y al hacerlo, puse mi mano sobre la suya, que también lo acariciaba. Ella, al sentirlo, llevó en un segundo su mirada a la mía, y yo seguía sonriendo… como un bobalicón, dijo Betty. Pero la morena no se asustó, me sonrió también. Se burlaba de ti, dijo Betty, por la cara de maldito pervertido que tienes. Como sea, estuvimos mirándonos a los ojos unos buenos segundos, hasta que Chopin dobló las patas y comenzó a mojarlo todo. Dimos un salto, y en un instante estuvimos de pie. Y nos miramos otra vez. Y soltamos la carcajada. Miramos a Chopin, que inocentemente se orinaba en un arbusto, y reímos a lo grande. Sin saber exactamente por qué. Supongo que hubo algo, ya sabes, una conexión y pavadas, o simplemente nuestras calenturas estaban alineadas. El caso es que podría jurar que esa morena hubiese sido mía, que la hubiese logrado follar, de no ser porque atrás de mí estaba la bruja de Betty, escondida detrás de un teléfono público, mirándome y escuchándolo todo. Justo en el momento en que pregunté su nombre, ella, Betty, saltó de su escondite y pegándome un beso en los labios me arrastró a casa. Y la morena se quedó mirando, Dios, puede verla por el rabillo del ojo cómo se quedó mirando… Por más que intenté dar con ella, encontrarla cerca de donde la encontré la primera vez, no volví a verla.  

 4

El perro crecía muy rápidamente, y a medida que lo hacía, exigía más cuidados. No podíamos tenerlo en casa por mucho tiempo, el apartamento apenas le procuraba espacio. Tendríamos que sacarlo por las noches y por las mañanas, y quizá por las tardes si no querías un perro con problemas psicológicos, y cardiovasculares. Y la alimentación, Dios, yo definitivamente no podría pagar su alimentación y la mía, que consistía en unas buenas cervezas y unos buenos whisky en las rocas. Tuve que pedirle a Betty que me echara una mano con la manutención del muchacho; después de todo el perro habías sido… idea tuya, amor, traer a esa cosa a casa fue idea tuya y solo tuya. ¡Cómo!, exclamó Betty, pero si ese perro es tu mejor amigo, ¿no?, y es perro, ¿no?, y es injusto echarlo, ¿no?; ¿es que acaso así te comportarás si tenemos un hijo? No, dijo Betty, sé un hombre, y hazte cargo de tu progenie.    

 Bueno, Chopin, le dije, temo decirte que aquí habrá algunos cambios. En adelante tendrás que procurarte lo tuyo, como yo he aprendido a procurarme lo mío. Es hora, muchacho, de que te hagas responsable de tu vida, y que tomes tus propias decisiones. Así es la vida, hijo; es duro, pero justo. Pero antes de partir, te daré un par de consejos. Primero, búscate un mercado, allí no le faltará comida a uno de tu especie. Segundo, no confíes en las mujeres; no confíes en la hembra de ninguna especie. Te sacaran hasta la última tripa. Y tercero, no te olvides de tu padre, que te lo ha dado todo. Acto seguido, abrí la puerta para que Chopin saliera solo, a enfrentar su destino, cualquiera que éste fuese…

 Bien, pues el maldito perro no se movió de la puerta. A los pocos minutos lo escuché rascar la madera. Quería que lo dejara entrar. Vamos, le grité desde dentro, vuela, cachorro, vuela. Haz tu propia vida. Encuentra tu camino, y sobre todo, ¡ya no me jodas! Pero Chopin era un perro de casa, Dios, ¿cómo iba a saber lo que significa cazar un ave o una rata con el feroz hocico? 

 Al atardecer llegó Betty, y al abrir la puerta entró Chopin, como loco, moviendo el rabo y dando de brincos. ¿Qué le pasa?, preguntó Betty extrañada, ¿Por qué estaba afuera? Parece que está hambriento, dijo, ¿le has dado de comer? Ya dije, posiblemente. ¿Posiblemente?, preguntó adivinando por dónde iba la cosa. Bueno dije, el día de hoy lo he dejado en libertad. Ya es tiempo de que sea independiente. ¿De qué diablos estás hablando?, preguntó Betty entrando a la cocina y buscando en el estante la comida para perro. ¡No compraste la comida de Chopin!, exclamó Betty al notarlo. Ya dije, te estoy diciendo que hoy las cosas han cambiado, ahora Chopin aprenderá a alimentarse por sus propios medios. ¿Qué?, preguntó Betty sin poder creerlo. Sin poder creer que yo fuese tan… tan… tan hijo de puta, gritó. No puedes dejarlo morir de hambre sólo porque te duele pagar por su comida. Ya dije, pues págala tú, porque te recuerdo que si ese maldito perro está aquí, es porque… Esta vez el hechizo no surgió efecto. Betty dijo que ya estaba harta de mi patanería, que no era posible que yo tuviera los huevos de dejar al perro fuera, sin darle de comer. Dijo que eso era inhumano y cruel. Me estaba volteando las cosas, joder. 

 Vale dije, es perro, y lo sabes. Me obligaste a regalártelo, y es cosa tuya. No pienso continuar haciéndome cargo de perro. ¿Mi perro?, preguntó llevándose el índice al pecho. Daba vueltas por la estancia y se llevaba el índice al pecho repitiendo una y otra vez, ¿mi perro?, ¿mi perro? ¡Pero si el que quiso quedare con él fuiste !, gritó. ¿O es que ya no lo recuerdas? Te dije que lo mejor sería llevárselo a mi tío. ¡Pero no! Me tachaste de un monstruo y quisiste que el perro se quedase, porque según tú el perro es el mejor amigo del hombre. 

 Estaba metido en un buen lío. Ahora es ella quien tiene razón, pensé. Debí dejar que lo echara cuando estuvo dispuesta a ello. Es demasiado tarde. No lo echará. No permitirá que yo lo lleve a casa de su tío. No bajo estas circunstancias.
  
 No sé exactamente cómo pasó. Me parece que inevitablemente, una cosa lleva a la otra. Comenzamos con el perro, pero pasamos a cosas más personales. Betty dijo que yo siempre era así, un maldito bocafloja. Que todo en la vida me parecía tan sencillo, pero nunca medía las consecuencias de mis actos, y que al final, siempre, enjaretaba mis problemas a otros. Dijo que echar al perro a su suerte era siempre mi manera de resolverlo todo. Como la vez que…, dijo Betty. Y de allí, ya no paramos. Me defendí diciendo que ya estaba harto de cumplir sus malditos caprichos. Tenía caprichos por todo. Era un capricho suyo que yo me peinara con gomina. Que metiera la camisa dentro de los pantalones. Que saludara a su madre. Que fingiera ser alguien que no soy. Y por supuesto, había sido un jodido capricho suyo comprar al perro. Betty dijo que ya estaba bien, que okey, que el perro fue idea suya, pero que yo no había puesto de mi parte. Se supone que ambos cuidaríamos del cachorro, como se cuida de un crio. Sin embargo, dijo, tú te lo pasaste quejándote de todo al principio, y dejando que yo llevara el asunto por mi cuenta. ¡Jamás te miré limpiar una sola mancha de suciedad, exclamó, y cuando estuve harta y sugerí regalarlo, tomaste la batuta y me dejaste fuera! Y aún así, fui yo quien siguió limpiando la maldita mierda. Y hablando de mierdas, dijo, ¡tú eres una! 

 Mientras tanto, Chopin nos miraba en medio de la estancia, con la lengua de fuera, escurriendo toda esa maldita baba. Es increíble la cantidad de baba que puede soltar un cachorro de San Bernardo. 

 Vale, amor, dije, vale, está bien. Sólo hazme el favor de limpiar esa puñetera baba, y es lo último que te pediré respecto al perro. Joder, no debí decir aquello. No debí pedirle aquello. Betty explotó como nunca la había visto explotar. Creo que era verdad: había tenido suficiente. Había puesto de su parte cuando compramos al perro y yo no. 

 Caminó hasta Chopin, lo cogió por la correa, y lo arrastró fuera. Está bien, gruñía, está bien; si eso es lo que quieres, estoy de acuerdo. En adelante Chopin se las arreglará por su propia cuenta, porque lo que es a mí, ¡ya me tiene hasta la coronilla! Betty jalaba al animal, que instintivamente se resistía. Supongo que lo sospechaba: Betty no era una buena madre. Y ella, Betty, jalaba y jalaba para sacar al perro. Llegó hasta la puerta, y la abrió. Luego, costándole el hígado, logró ponerlo fuera. Yo estaba que me cagaba de risa. Era una escena muy graciosa. Betty tratando de sacar a un cachorro de San Bernardo, pero a un cachorro que ya pesaba sus buenos kilos, y el perro, con esa cara de bobo que tienen los San Bernardo, resistiéndose sin entender nada. Incluso llegué a ponerme de buen humor. Estuve a punto de coger a Betty, de arrastrarla hasta la habitación o al sofá, de quietarle las bragas y hacerle el amor, y de arreglar el asunto de nuestra discusión. Pensé poner de mi parte, tratar a Chopin como a un crio y en crecer y madurar de la mano de Betty. Todo ello hasta que Betty…

 5

Largué a Betty de mi casa. Le dije que no deseaba saber más nada de ella, y que podía irse al infierno porque si alguien en esta casa era una mierda, sería ella. Lo hice impulsivamente. Pero lo hice con seguridad, y con pasión. No sé exactamente cómo pasó, pero al mirarlo, sentí ganas de largar a Betty, y no me contuve. 

 Betty pegó una patada a Chopin. No fue una patada cariñosa, por supuesto, ni una patada de desesperación. Fue un puntapié con todo el odio del mundo. El perro chilló, estoy seguro que todo el edificio le escuchó chillar, y yo miré sus ojos estrujarse, y el cuerpo retorcerse al recibir el golpe en el costado, donde debía estar alguno de sus órganos vitales. Siendo un San Bernardo bien pudo pegar un mordisco a Betty, pero no lo hizo. No lo hizo, joder, y bien cerca tuvo las piernas de su victimario, y pudo arrancarle una pierna con facilidad, pero Chopin no lo hizo. Betty sí lo hizo. Le pegó a un cachorro de San Bernardo con alevosía y ventaja, en un costado. Y yo sentí tantas ganas de pegar a Betty, y tampoco lo hice. 

 Le dije que se largara de inmediato. Me acerqué a la puerta y la tomé (a la puerta) para poder cerrarla en sus narices. Le repetí que se larga de inmediato, con tanta firmeza, que sin decir una sola palabra, se marchó. Para ello tuvo que pasar junto al perro, y cuando lo hizo, éste soltó un gemido y se enroscó, esperando un nuevo puntapié o algo. Acto seguido, le hice un ademan para que entrase, y entró con la cola entre las patas. Betty también se fue con la cola entre las patas. 

 6

 Al día siguiente Betty llamó pidiendo perdón, pero había causado algo en mí la cara del perro, sorprendido por recibir un golpe de la nada, de lo que podríamos considerar su madre; algo tan fuerte, que no pude perdonarla. Algo dentro de mí sabía que en Betty había algo que no iba bien. Alguien que golpea de ese modo a un cachorro, por el motivo que quieras, no puede estar bien. Es como si su alma estuviese podrida, o algo. 




13 comentarios:

  1. Interesante propuesta literaria!!

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  2. Chispas!!!!!!!!!!!.interesante..me cambiare el nombre en el primer chance que tenga ..jajjaajajaj..un abrazo para ti..gracias por compartir

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  3. Jajajajaja
    Gracias estos de Betty que no es nuestra Betty me han encantado
    muchas gracias

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  4. Juan Alvarez Vilela9 de enero de 2012, 21:34

    conozco de estos perros... son como indispensables para mantenernos en una caricatura de pareja, porque sus ojos incendian nuestras almas. habreis de saber como mi madre siempre me puso en guardia contra ellos: Tu padre era un maldito perro errante, herré en casármelo... mirame hoy, ya nunca más volveré a ser la de antes... él me ha convertido en un cajón abierto... Maldita suerte.

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  5. Una madre que golpea a sus hijos, o un adulto que maltrata a un desvalido, o un adolescente que golpea a un parvulito es una persona que tiene muchos problemas, no es una gente decente ni es un buen ser humano.

    Dios! "necesito" un San Bernardo!!!!!!!

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  6. Diógenes de Sinope10 de enero de 2012, 1:12

    No me llaméis perro no merezco tan alto calificativo no soy tan fiel, ni tan leal sólo soy un ser humano.

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  7. Hasta que no hayas amado a un animal, una parte de tu alma permanecerá dormida.
    El perro es el único ser vivo que tiene un objetivo obsesivo en su vida: entregarse incondicionalmente.#amordeperroamordelbueno

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  8. Muy divertido, pero pesimistaaaaa...

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  9. Pablo Alberto Calónico10 de enero de 2012, 22:49

    Muy Bueno!

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  10. Muy bueno lo de Chopin, te matas de risa y de pronto quedas con un sabor amargo, los seres humanos podemos ser lo peorcito en cualquier momento y alli es cuando uno se reconoce o reconoce al otro

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