viernes, 20 de enero de 2012

Desborde.


Escritores invitados.
Texto por: Josmar Conde.

Pocos les hablan, ni siquiera desean conocerlos porque están conscientes que ustedes los consideran la nada de la humanidad. Sin embargo, no es esa nada justamente una de sus principales características sino más bien la rebeldía constante en tocarse públicamente. Eso descoloca a los demás. La manera en cómo a ella le gusta declararle abiertamente su obsesión mediante la sexualidad y todas sus formas. A él no le aburre dibujarle cosas  extrañas en la boca y otras partes de su cuerpo. La rebeldía implica llevar con intensidad los deseos, con la conciencia de poder seguir más después del agotamiento, después de supuestamente no tener nada más que hacer y decir. Entonces una desbordante lujuria comparten ellos sin  envidiarles nada de nada a los protagonistas de la película de Coppola: Las Vírgenes Suicidas. Ella está confundida, fuma e imagina el destino de su relación proyectada en el infinito de las paredes del living. Su compañero, perdido de toda lógica, sólo respira y se deja llevar por sus más inquietantes curiosidades sexuales. Desnudos de conciencia y prejuicios  y con el pelo revuelto terminan sin ropa en la bañera. El vestuario está en el piso, arrugado, húmedo, en el olvido de las baldosas. Y ella mientras abre la boca saca su lengua exigiendo algo de mayor tensión. Es necesario hacerlo tomando en cuenta que están solos y no hay consciencia de la realidad en estos momentos porque el hecho es único y de imposible facultad de dominio. Inconscientes de todo lo externo e interno en ambos surge esa complicidad por dejarse llevar hasta concluir, con el sexual desborde de sus necesidades, apoyados en el lavatorio. El acto está terminado pero ella  concibe que no haya llegado al final de su satisfacción personal. Y mientras él intenta tomar agua, su compañera, con la lengua afuera se frota  intensamente la entrepierna  expresando simbólicamente su provocativa necesidad por continuar.

Una vez finalizado el acto hablaron de los obstáculos paternales y de las limitaciones de comprensión. De cómo aún existía cierta complicidad por ocultar verdades que más tarde ellos comprenderían de mejor forma. Pero tal pensamiento reservado no tenía mayor influencia   sobre sus ideas porque en el fondo trataban, en lo posible, por conocer lo oculto. Sólo a ellos, por ahora, les importaba crear una realidad alternativa; sin límites y sin complejidades culturales o religiosas. Lo primordial era construir una vida distinta a la convencional para no terminar pensando y sintiendo lo mismo de los demás. Hacían todo lo inimaginable en aquel departamento, no había ataduras de carácter moral ni prejuicios  al momento de satisfacer las exigencias del cuerpo y las bocas y las lenguas. Cuando alguien los visitaba y luego de una conversación acompañada de tragos e inquietantes confidencias, se percibía en sus expresiones cierto desorden de miedos, ambigüedades ideológicas y sobre todo esa sensualidad propia de sus deseos, insatisfacciones e incertidumbres. Y allí  estaba Elisa, semidesnuda, haciendo el desayuno. Él no la miraba, intentaba concentrase en el diario. Pero Elisa muchas veces no le creía, siempre suponía pensar que su compañero hacía cualquier tontera con tal de evitarla. Su presencia lo complicaba, sobre todo cuando estaba de mal humor o susceptible por algún problema personal. 


- No sé si estás consciente… Pero llevamos dos meses sin pagar el arriendo y mañana ya nos van a echar. Deberíamos mudarnos hoy mismo. No tenemos nada de gran valor, sólo esa estimulación por continuar con lo dispuesto desde un principio. 

- Sí, estoy al tanto de eso. Deberíamos irnos hoy mismo -le respondió sin tomarle mayor importancia. Estaba concentrado en lo suyo, fumando y leyendo.

- Espero que encontremos un lugar más lejano. Ojalá  en otra ciudad. Mira me queda grande este pantalón verde. Se me vería bien si la usara con esta polera negra. Ayer me dediqué  exclusivamente a diseñarla a mi estilo. No recuerdo bien cuánto tiempo tarde en escribir todas esas estrofas de canciones, ni mucho menos cuánto tardé en rayarla y coserle pedazos de otros géneros.


Se miraba en el espejo grande instalado frente a la cama. Luego de probarse la ropa se quitó todo y se dirigió desnuda al baño. Antes de entrar se dio media vuelta y lo miró a él, también estaba sin ropa, leyendo el diario sobre la cama. Ambos cruzaron miradas, pero ella expresaba cierta inseguridad o quizá deseos de confesarle algo. Sin embargo, tales señales sólo quedaban contenidas en la expresión muerta de su rostro. Cuando ella entró recordó la molestia de él al ser observado. No resistía las miradas. A veces, buscaba cualquier pretexto con tal de no ser visto. Se largaba a cualquier parte, pero no era porque careciera de personalidad; sólo era una manía, una de las tantas  complejidades de su manera de ser. Una vez adentro se bañó rápidamente. Estaba atrasada con la hora. A las 9:00 AM debía estar allá con los papeles listos. Tenía que hacer fila. A pesar de estar consciente con la idea de no recibir una solución concreta, creía, en lo posible, de llegar a un acuerdo. Para mañana, cuando se suponía debían irse, no había dinero. Cuando regresó a la habitación vio que seguía recostado, con la mirada perdida frente al televisor mientras se mostraba la publicidad de un programa de moda. Como a él ya no le interesaba mucho apagó el televisor para luego volver a concentrarse en el diario. No parecía importarle su alrededor; sólo estar ahí, acostado, concentrado en la lectura. Ella seguía desvestida, con el pelo mojado y goteando un poco. Caminaba de un lado a otro desesperadamente buscando la polera, el pantalón, los papeles que debía presentar. Era indispensable tener todo preparado. Había demasiado desorden, demasiadas cosas tiradas en el suelo. Mientras recorría todos los rincones del departamento  buscando lo necesario aprovechó de tomar el cenicero que estaba desde hace días en el baño, lo vació en el basurero de la cocina y luego volvió a la habitación. 
Él continuó en lo suyo, leyendo, anotando números en la pared. Dejó así una serie de números, iniciales de nombres, además de notas de lo que debía hacer durante las tardes de toda la semana. Casi toda la habitación estaba rayada de mensajes, sugerencias y expresiones desbordadas por los visitantes. Generalmente las paredes se plagaban de escrituras por las noches, sobre todo cuando realizaban alguna reunión en la cual muchas veces sus visitas, motivadas por el deseo de dejar un registro, plasmaban escrituras sin mayor sentido, una cantidad no despreciable de obscenidades y uno que otro mensaje con profundidad. Después de situaciones en las cuales eran como solían ser verdaderamente, volvían a palpar la miseria de todos los días, la falta de moral en la cual constantemente caían para después, como consecuencia de la incertidumbre y el desencanto de seguir viviendo en las mismas condiciones, encerrarse allí. Estaban las salidas en auto y los recorridos por la ciudad, por las noches en el departamento: el absoluto encierro y la indiferencia. Y nuevamente emergían los diálogos ambiguos, sin tema específico a tratar, pero estaban ahí, debían decirse las cosas e intentar comprender el porqué de las miradas y silencios, el porqué de la sexualidad y las interminables noches sin poder dormir.
Entre miradas y de vez en cuando algunos gestos, el intercambio de palabras emergía de ese silencio establecido cuando el poco entendimiento era asumido por ambos. Sabían de muertes en vida, un ejemplo de aquello era la constante despreocupación en la cual solían sumergirse y permanecer hasta que alguno inevitablemente cedía y daba el paso inicial para volver a comunicar interés. 


- ¿Encontraste algo? ¿Nos conviene? ¿Cuándo nos vamos? ¿Resultará? ¿Desde cuándo comenzaste a registrar todo si nada es duradero en sí? Alguien ayer preguntó si estabas mal… ¿Desde cuándo te obligas cruelmente a disimular la satisfacción de no experimentar nada negativo? Es una mentira, ¿cierto? Ya sé, puede que no quieras contestarme por lo de ayer cuando debía por complacencia tuya acostarme y dormir fingiendo que nada pasa y nada debe acomplejarnos. No debo obligarte a darme explicaciones por esa actitud, pero quizá podrías conocer lo que pienso. Independiente de lo ocurrido ayer,  creo que el sentido está en continuar por ese idealismo el cual nos permitirá salir de la complicación en la cual constantemente perdemos el entendimiento y lo reemplazamos  por el laberinto de las preguntas, las dudas, el encierro en un mismo territorio circular sin entrada ni salida, el desdén y el expresionismo visceral. Las libertades de la farsa tienen su origen  en la misma vida y personaje inventado para el mundo, para convivir con otros personajes en un mismo espacio y tiempo, por naturaleza, también disfrazado. Compartimos la superficie y su historia dejando aparte y muerta la rebeldía más consciente en predilección al materialismo y la locura del yo. Y disimulas estar viviendo y sintiendo cada minuto, incluso cuando a veces terminamos en el mismo silencio el cual nunca nos fue ajeno, es más profundo que nuestro pensar a tal punto que terminamos casi expirando como consecuencia de los horrores de la imaginación y el corazón obligado a hundirse por esa misma causa; limitándonos a morir encerrados. Pero nada. Nada.


- A veces, creo estar con alguien a quien no comprendo o no me comprende… No es mi indiferencia la causa de todo. Y no vuelvas a decir que vivo en la superficie. Sabes de mí, incluso de cosas mucho más secretas como para decir eso. No comprendo ese desenfreno tuyo por buscar y buscar dobles interpretaciones a temas sin tanta importancia.


Dejó el diario y se fue al bañó; se encerró. No salió hasta que escuchó el teléfono como si fuera la señal de volver y encontrarse con ella. Seguía desnuda, al lado del teléfono, esperando a que él levantara el auricular. No le importó contestar. Se miraron. Ambos seguían sin ropa. Durante ese instante el silencio predominaba nuevamente en la habitación. Percibían en sus rostros cierto significado, alguna verdad  oculta en sus gestos. Como nadie iniciaba el quiebre del silencio continuaron con sus quehaceres. Pero Elisa antes de darse media vuelta y olvidar definitivamente el intento de diálogo, habló.


- El hecho te gustó en todo caso. Sabes no asumir el inevitable interés por experimentar y verme tirada en la cama. 

- No podría ocultarlo. Al final, siempre tienes la razón. Es inevitable poder enmascarar una verdad cuando no se tiene la suficiente seguridad como para disimular ante el otro. En este caso, yo no puedo refugiarme en  la indiferencia o la farsa. Conoces todo sobre mí, incluso lo que intento ocultar.

- No creo eso. Al fin y al cabo nadie nos conoce, sólo cierta parte, al menos, la más descifrable. Pero también hay otra compleja y sólo percibida en acciones concretas. Pero qué… Debemos continuar con lo nuestro y dejar estos temas para otro día.

- Es una alternativa, pero no la única. Lo mejor será intentar continuar.

- Así es, aunque ya no tengamos las energías necesarias debemos ejercer la aplicación  y convivir por un tiempo con el desencanto. La miseria humana inspira  a nuestra rebeldía, la enciende hasta el desborde de la voluntad.

- Puede ser… -asintió él mientras se pasó las manos por el rostro. En el fondo, estaba confundido, buscando otra alternativa más viable al idealismo de su compañera.


Seguían desnudos, se besaban y luego se tocaban hasta llegar al baño, mojados, para terminar con el examen de los cuerpos, las bocas y las lenguas bajo la ducha. No temían por el futuro, no querían  vivir convencionalmente, había intensiones como consecuencia del fuego y las ideas. La transgresión era un camino, una forma de desplazarse sobre la superficie de un mundo completamente ajeno y hostil. Debían expresar todo como idealmente lo querían, aunque eso implique muchas veces hacer y decir lo prohibido para los otros. Decidieron alejarse de la represión del sinsentido. A veces, imaginaban a las personas como un enorme conjunto de prejuicios, leyes y tradiciones destinadas a condenarlos a una sola forma de sentir y pensar. Convencidos en poder conocerse más allá de la sexualidad emprendieron nuevas formas para evitar la monotonía en los moteles. Habían recorrido cada uno de los moteles de Valparaíso, desde el más extraño hasta aquel en que no se paga por el hecho de llevar a cabo la experiencia sexual en diversos lugares públicos. En esos lugares se lleva a cabo la primera idea para no perder la satisfacción y evitar el pavor al ser vistos. Sabían que si lo hacían era por desahogarse a sí mismos, por arriesgarse a cuestionar su propia moral. La ciudad y sus edificios estaban de escenario, los excesos también, las personalidades cambiadas ante un mero riesgo eran el complemento de la situación. 
Se hablaban de cosas sucias, se decían lo que nunca se dirían lucidos. Ambos estaban conscientes que después de hacerlo no tenían nada más por  hablar. Esto ocurría cada noche, después de encontrar el amor en los rincones de Valparaíso no habría por qué hablarse. Al llegar al quinto piso del departamento las cosas volvían a ser como siempre habían sido, nuevamente los silencios y la constante duda de sus rostros comunicaban perplejidad, cada uno se descuidaba del otro. Tal distancia generaba cuestionamiento. El enorme sofá rojo y la negra mesita en el living y la cama desordenada de la habitación estaban donde siempre debían estar. El cuadrado espejo en el baño, un poco sucio, seguía sobre el lavatorio en el cual estaban el jabón, los cepillos de dientes, el tubo de pasta dental, shampoo y un frasco de cotones azules. La bañera estaba llena. Había una esponja roja flotando en el agua. Sobre la taza del baño se amontonaban unas cuantas revistas, diarios y la guía telefónica. Frente al excusado y cerca de la bañera también se amontonaban revistas y una no menor cantidad de libros. Al costado izquierdo de la bañera, como recuerdo de situaciones, había un desproporcionado cenicero negro con forma triangular.  Estaba lleno de cenizas, papel picado y boletas de moteles. En ocasiones él se quedaba sentado por largas horas sobre el enorme sofá rojo y se perdía en su imaginación, en suponer lo que vendría después de arreglar las circunstancias. Tomaba un cojín y otro tirando cada uno a la pared como haciendo tiempo a esas tardes y noches en donde  sólo podían escucharse a sí mismos respirar.
Consciente de la indiferencia como un problema constante en su vida, sobre todo cuando Elisa tampoco le decía algo, la situación se intensificaba más aún. Podían pasar por largas horas sin tomarse en cuenta. Cada uno hacía lo que quería en el departamento, desde pasearse desnudos por el pasillo central  hasta embriagarse y fumar como locos sobre la mesita del living contemplando la naturaleza de los objetos sin vida colgados en el techo, después abrían el extenso ventanal y estaba el balcón en dirección al centro de la ciudad, ahí también habían hechos pueriles y sexuales por hacer. Hacia el costado derecho había una residencial pintada de un rojo desteñido por el sol y la lluvia, y a la izquierda la interminable avenida principal  en dirección hacia la playa. Todo esto se podía hacer y ver, eso sí, sin invadir la privacidad esencial en sus formas de vidas personales. Los programas de televisión ya no podían apaciguar las horas cuando ya  no soportaban el tedio de los mismos canales. El tubo fluorescente del living, a veces, parpadeaba. Mucho polvo provocaba tal percance. También había desorden en los adornos situados en los negros muebles. Los floreros, portarretratos, una colección de  vasos y las figuras de negros elefantes y ceniceros con forma de concha de marisco parecían no tener mayor importancia. También estaban cubiertos de polvo. 
Son las once de la noche, intentan iniciar el diálogo. Ella está cansada, el día fue de mucho ajetreo. Realizó una serie de trámites y no le dieron resultado. Sin embargo, ahí está, erguida, como si su dignidad se alzara por sobre todos los problemas y situaciones. Se  miran de vez en cuando y sus semblantes dicen mucho, pero sólo llegan al simbolismo, generalmente no logran establecer una comunicación directa, el lenguaje gestual de ambos es ambiguo, oscuro, de imposible interpretación común. El no decir nada al respecto genera esa incertidumbre interminable. Cuando no hay palabras para comunicar ese algo necesario entonces el lenguaje se vuelve infinito en expresiones  carentes de objetividad y comprensión. Han pasado dos horas y media sin hablarse, tomando en cuenta que están en el mismo lugar, la misma habitación; inevitablemente deben decirse algo para romper el hielo de la indiferencia.


- No me dieron una respuesta… Mañana debemos irnos de cualquier forma. Perdí mucho tiempo allí, esperando como tonta, creyendo en que con mi persuasión podría convencerlos y despertar su interés, contaba grandes historias, sobre oficios nunca ejercidos y algunas  experiencias con algo de verdad.

- Ya lo suponía…

- Al menos lo intenté. Peor hubiese sido cruzar mis brazos. Esperar. Encerrarme aquí, mirando todo el día las paredes. Realizando cualquier pasatiempo con tal de no asumir el problema.

- El trabajo de espera y praxis, en nuestro caso, es el mismo. El resultado es el mismo y no funciona. He estado haciéndome preguntas, ¿por qué mantenemos una relación que nos conduce a ese algo incierto? ¿Qué sentido tiene seguir y seguir fingiendo en creer en tus ideas?

- Es razonable que te hagas esas preguntas. Recuerda el inicio; antes de partir con todo esto.

- No fue pensado,  las cosas se hicieron y nada más. Era parte de la aventura.


Elisa toma conciencia de las palabras de él, se hace la malentendida y se dedica a dar vueltas por el living hasta sentarse en el enorme sofá rojo. Allí intenta elaborar una respuesta para su compañero. Contemplándolo fijamente y con el rostro desajustado después de tanta espera y burocracia absorbida durante el día se dispone a tomar una pronta decisión. Expresa su desencanto. Lo complicado de convivir con él mientras no exista la unión por alcanzar los propósitos desde el inicio. Y después de tal idea no tiene sentido el sexo, las noches de moteles, las locas madrugadas en la ciudad. Deciden no continuar con lo dispuesto desde el comienzo. Ambos buscan sus valijas, ordenan un poco el departamento. Las maletas son lo suficientemente grandes como para guardar lo necesario. Seleccionan lo más importante para el viaje que cada uno emprenderá. Ella no lo mira por varios minutos, arregla sus prendas, limpia un poco el baño. Mientras bota algunos desechos y adornos viejos en una bolsa de basura verdeagua no pierde la oportunidad de mirarse en el espejo que está sobre el lavatorio. Ella sabe sobre la separación de cuando dos cuerpos deben desligarse, considerando aún que ambos cuerpos se conocen por completo, incluso, hasta las intimidades más grotescas. Así, la desunión implica el acrecentamiento del deseo por ese cuerpo destinado a seguir otro camino y el final de la búsqueda y fallida adquisición  toma aspecto de tragedia por el alejamiento inevitable de ambos. Toma el cenicero y cuando lo observa por algunos segundos se da cuenta que la puerta principal se cierra. Lentamente. Ni siquiera un bye o un nos vemos se escucha. Continua botando lo que no sirve, incluso las revistas de música y diseño cuidadas durante varios años y que la acompañaban a cualquier lugar cuando se mudaba de casa. Toma el celular, lo enciende y se sienta en el umbral del baño. Decide enviarle un mensaje de texto. 


Es así… así fue otra vez, así supuse el termino de todo, no creo en un reencuentro en algún bar o motel como fue  en un inicio. Eso es todo.


Ella no tiene  muchas pertenencias de su propiedad. Gran parte de los electrodomésticos y muebles son de su hermana. La llama, le avisa que mande a alguien para trasladar los adornos excéntricos que colgaban por todo el techo del living. Insiste, cuelga. Luego termina con el orden y limpieza de los dormitorios, se pone un suéter negro. Entra al baño; corre la cortina y mira por unos segundos la bañera vacía y seca. Su cabeza se llena de imágenes de lo que fue; imágenes que proyectan situaciones y diálogos generados en esa bañera, la cual ya no tiene ni siquiera las  inscripciones escritas durante madrugadas y madrugadas. Allí, se generaron noches interminables, cargadas de curiosidades y exploraciones de distinta índole. Desde lo puramente sexual a los diálogos con trasfondo psicológico. Fue una época, debía continuar. Saca la cortina, la dobla y la mete a la bolsa de basura verdeagua. Se ordena las mechas con una mano, presiona el interruptor. Se apaga la luz y sale del departamento. Comprende el inevitable final de un periodo como el posible agotamiento de la causa inicial. Pero si bien el desgarro implica la pérdida del entusiasmo, hasta incluso una parte importante de la biografía, lo que nunca sabrá  es si fue culpa suya o verdaderamente las ideas compartidas no funcionaron y por lo tanto debían terminar así. Ahora estaba sola, caminando por la avenida con el rostro completamente desencajado. Cargando las maletas. Como inicialmente había estado antes de convivir por dos años en búsqueda  de la estabilidad y el entendimiento.




Texto por: Josmar Conde.

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