viernes, 6 de enero de 2012

De vulgaridades y bayetas. Crónica sobre cómo joder una relación.



A Rossie no le gustaban las manchas de café sobre la encimera de la cocina ni las bolsas del supermercado cumpliendo funciones de bolsas de basura ni los pelos en el baño ni los libros en el bidé. Rossie era algo burguesita y no le gustaba ver a Oli beber cervezas a una hora imprecisa entre el desayuno y el aperitivo, una franja horaria amplia donde cabían muchas cervezas que Oli sorbía lentamente. Oli escribía cuentos. Relatos. Había conocido a Rossie en una red social de internet, sin muchas pretensiones, casi por casualidad. Le había escrito una larga carta de presentación más por hacer un ejercicio estilístico que por conquistarla, una pomposa colección de palabras donde aparecían MacBeth, Freud y Maria Dolores Pradera sin el menor sentido pero a ella le gustó y le pidió que siguiese escribiéndole y como para él eso no significaba ningún esfuerzo continuó haciéndolo unos días más, hablándole del Perú, de sus pequeños viajes por Europa y de vez en cuando de Heidegger o hasta de Beatriz Preciado y sus dildos fantásticos tamaño XXL. Mezclaba realidad con cosas que jamás le habían sucedido y a menudo se le iba la mano pero a Rossie, que no era tonta, no parecía importarle observar toda aquella agudeza psicológica un poco sin ton ni son. Lo que Oli le mandaba a Rossie chirriaba por todos lados, era un inmenso desafine en si bemol pero lo cierto es que sentía mariposas en el bajo vientre cuando encontraba un correo de Oli en el buzón. Y un día él decidió llevarla a una taberna irlandesa de un barrio de moda de Madrid que él había frecuentado cuando aún se sentía joven y enérgico. Por aquel entonces ya sentía algo más que una simple atracción por Rossie y esa cosa innombrable había comenzado a aparecer en ambos. Ella, mientras, le mandaba por correo títulos de canciones, grupos de música que él casi ni escuchaba pero que guardaba con la esperanza de tener algo de tiempo de hacerlo algún día.

 Rossie y Oli comenzaron a salir el primer día de conocerse. El ambiente irlandés los inspiró lo suficiente como para besarse y agarrarse las manos el uno al otro casi nada más encontrarse. A la semana Rossie ya pasaba el fin de semana en casa de Oli en sesiones de mañana y tarde de sexo desaforado, contorsionista y multiorgásmico y durante los primeros meses todo fue, lo que se suele conocer como un nido de amor, una luna de miel o algún que otro tópico que, de pastelero, es mejor no mencionar. Y así fue como Rossie comenzó a pasar la mitad de su vida en la casa de Oli.

 Pero a Rossie no le gustaban ciertas cosas. Rossie era creativa, sin duda. Pero no le gustaban ciertas cosas. A Rossie no le gustaban ni las manchas de café en la encimera ni las lavadoras con camisas y alfombrillas de baño todo junto. Y, sobre todo, lo que si que no le gustaba, era que Oli fregase el suelo de la casa con gel de ducha o que jamás, jamás hiciese una cama. Rossie quería unas cortinas, un sofá y un microondas.

 Las cosas me distraen. No me dejan pensar, Rossie. No quiero tener cosas. Compréndeme. Mi pensamiento funciona mejor así. Es mi teoría de la simplificación. No sé si te hablé alguna vez de ella.

 Oli le había hablado muchas veces de la teoría de la simplificación.

 Oli echó un buen trago a su San Miguel. Estaba apoyado con la espalda en la nevera y Rossie lo miraba detrás del ventanal. El efecto del contraluz impedía ver la cara de ella y eso hacía que Oli se sintiese inquieto. Era como discutir contra una máscara.

Te gusta hablar de tu pensamiento y de tu vida intelectual pero yo lo único que quiero hacerte entender es que tener una casa bonita y con las mínimas comodidades no es incompatible ni con tus reflexiones, ni con escribir. No tienes porque vivir en una caverna para poder crear lo que tú quieres crear. Por ejemplo. Me dan asco tus bayetas. Están sucias. Y huelen.

 Rossie había decidido ser clara. Y era cierto. Las bayetas de Oli, como sus calcetines, eran más tóxicos que la central de Chernobil al día siguiente del desastre. Aún así, a Oli le parecía una vulgaridad no sólo la palabra bayeta sino la conversación en sí.

 ¿Te refieres a esas cosas que sirven para tener en el fregadero y que en algunos casos son amarillas por un lado y verdes y rasposas por el otro?

 Me refiero a la comodidad. Sí, tus cosas azules y verdes rasposas, me refiero a las bayetas, a las putas bayetas que hay en cada casa y que aquí no encuentro por ningún sitio porque no existen. Me refiero a que no vivas como un cavernícola prehomínido. No entiendo que todas las mañanas no te importe calentar agua para el café en un cazo viejo y no prefieras tener un microondas.

 No es que Oli no quisiera tener un microondas. Es que ni siquiera había pensado en ello. Echó otro trago de cerveza, la terminó y sacó otra de la nevera. Optó por el disimulo.

 ¿Te refieres a esas cajas metálicas con ruedecitas donde metes alimentos que se calientan? Rossie... cariño, sé que todas esas cosas existen y, de hecho, podría tenerlas pero, saber y poder son los dos modos por los que se llega al más allá del bien y del mal y yo aún no estoy preparado ni para los ingenios verdes y ásperos ni para las cajas metálicas calentadoras de cosas ni para poner nada que cuelgue delante de la ventana y me nuble el pensamiento. Esto, brillantemente expuesto. Reconócelo. Necesito algo así como un incesante uso de mi libertad amoral para poder obtener una visión clara de mi entorno. Glup.

 Rossie llevaba un pequeño camisón blanco y detrás de su escote el horizonte te llevaba de Hong Kong a Taipei pasando por el Ciudad del Cabo. Oli quería terminar la conversación y dedicarse a viajar por el mapamundi de Rossie. Pero ella no había dicho la última palabra. Ni mucho menos. Aquello que para Oli era un juego dialéctico se había convertido en un mano a mano para ella. En cualquier caso Oli se conjuró para no mencionar la palabra “bayeta”. No pasaría por aquella vulgar humillación.

Lo siento Rossie pero no daré calabazas a mis grandes objetivos.

 Ella lo miraba seria. Quería agarrar sus bayetas sucias y metérselas en la boca, ponérselas en la nariz hasta que se asfixiase. Quería bajar a la calle y comprar todas las bayetas que encontrase, todos los trapos de cocina, detergente, lejía. Y un microondas. ¿Por que mi teoría de la disputa debe ser disputada? ¡¡No disputamos sobre tus teorías!! ¡Disputamos sobre tus bayetas! ¿Es que todo tienes que estar basado en tus teorías? Le gritó ella, por fin enfurecida. Oli echó otro buen trago de su San Miguel.

 No viviré en una casa así, Oli. Ahora te escudas en tus antiguas costumbres y tus miedos y los disfrazas de estúpidas reflexiones filosóficas. Yo también soy capaz de hablar como tú y te digo que sólo las verdades desnudas y los hechos desnudos deberían tener vigencia para nosotros y lo cierto es que te has creado un modelo de vida que no encaja con la vida en pareja. No conmigo. Y yo te quiero pero no viviré así. Rodeada de tu mugre metafísica.

 Mugre metafísica. Aquello era grande, si señor. Efectivamente, Oli era creativo y tan sólo Rossie podía llegar a ser tan creativa como él si se lo proponía. Pero Oli, con la práctica, se había terminado convirtiendo en un genio de la improvisación del caos en los demás, sobre todo en sus parejas, posiblemente un don nacido de su propia devastación ontológica y existencial.

 Aquella noche Oli y Rossie hicieron el amor. Lo hicieron varias veces seguidas y Oli pensó en Desdémona y se sintió un poco Otelo. Hicieron el amor con la conversación de la mañana en el olvido. Lo hicieron apasionadamente y utilizando la imaginación como nunca antes. Lo hicieron inspiradamente y hasta el agotamiento y, al terminar, Rossie se durmió encima de Oli, hermosa en toda su desnudez y él, poco después, mirándola dormir y con su pelo sobre la cara, por contagio y por fatiga, cayó también dormido. Aquella noche Oli sintió que quería a Rossie y no volvió a recordar la conversación de la mañana. Y soñó. Soñó con bayetas, con trapos y detergentes.





13 comentarios:

  1. Santiago Gonzalez Orjuela6 de enero de 2012, 17:09

    Magnifico! Realmente muy bueno!

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  2. Genial! tienes tanta facilidad para torcer la cosa como para "estocarla". Te invito y a todos los de aquí, a nuestro espacio Rincón de la Salamandra.

    http://rincondelasalamandra.blogspot.com/

    Buen año y la mente: ¡bien enferma!

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  3. ¿La mente bien enferma? Creo que se puede llegar a ser un gran artista sin necesidad de tener una mente enferma. En cualquier caso, el texto es muy ingenioso.

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  4. Ina Pozuelo Gimeno7 de enero de 2012, 22:05

    MUY BUEN RELATO EL DE MIGUEL COLUCCELLI

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  5. Grandeee!!! Jajaaja.

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  6. Alberto Vargas Iturbe8 de enero de 2012, 23:50

    esta chingona la narracion un buen tropel de potro.

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  7. jajaja, Oli esta igual que yo, me la paso soñando con vestidos, desde que me exigen ponermelos jejeje

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  8. Bello texto como siempre, sus historias suelen atrapar y por mi parte gustar mucho
    Saludos

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  9. Hola, Oli... Lo de limpiar el suelo con gel de ducha, pase, pero en toda cocina DEBE existir una bayeta de algún color eléctrico, y alguna que cosa verde rasposa con la que limpiar el cazo en el que te has calentado la leche del desayuno. Si tuvieras un cómodo microondas, no haría falta la cosa verde rasposa para fregar luego el cazo...

    Rossie

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  10. Me ha encantado el relato. Describe a la perfección una relación de pareja sin perder el sentido del humor.

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  11. El excesivo deseo de ser creativo ahoga , frecuentemente , la originalidad y apunta brotes de vulgar pedantería .El texto es divertido ....una pasada de bayeta espontanea no le iría mal .

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