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Blog autobiográfico." Cuando escribo no pienso en el lector. Olvido que no todos somos cerdos. Ese es mi gran error. Y el de ellos." Martin Petrozza.

Héroes

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viernes, 30 de diciembre de 2011

Lluvia.


Texto por: Pepe Pereza.
Blog del autor, aquí


Era por la mañana. Su mujer dormía cuando él salió de la casa acompañado de su hija de diez años. La rutina de los últimos meses. Llevar a la cría al colegio y, horas más tarde, pasar a recogerla. Vivían en una casa prefabricada a las afueras de una pequeña ciudad, rodeados de campo y vegetación. Por allí no pasaban autobuses. Si querían que la niña asistiera a la escuela no tenían más remedio que llevarla ellos mismos. Padre e hija montaron en el coche y se pusieron en marcha. La niña, como es natural, viajaba en el asiento de atrás con el cinturón de seguridad puesto.

- ¿Papá?
- Dime.
- ¿Qué es ser puta?
- ¿Por qué quieres saberlo?
- Para saberlo.
- Aun eres muy joven para hablar de esas cosas.

 De pronto empezó a dolerle la rodilla.

- Va a llover. Me duele la pierna. 
- Pon música – pidió ella.

 Él conectó la radio. Se escucharon los acordes de un tema de David Bisbal.

- Cambia – ordenó la niña.

 Cambió de emisora. Sonó Mago de Oz.

- Cambia. 

 Volvió a cambiar. The Cure.

- Deja eso, por favor.

 No hablaron mucho más. Cuando llegaron al colegio, la niña se apeó del coche y se despidió hasta unas horas después, cuando pasase a recogerla. Luego, él se dirigió a su bar preferido. 

 Entró en el local arrastrando la pierna dolorida. Jacinto y tres más estaban sentados alrededor de una de las mesas. A pesar de ser temprano ya estaban bebiendo cerveza. Daban la impresión de haber estado de juerga toda la noche y que hubieran empalmado con la mañana actual. Jacinto era un gilipollas y un bocazas de los grandes, así que evitó la mesa y se dirigió directamente a la barra. Jacinto no dejó pasar la ocasión.

- ¿Qué pasa? ya no saludas.
- Buenos días  –  dijo él sin detenerse.
- Le decía a mis colegas que este viernes en cuanto cobre me voy a ir al club donde trabaja tu mujer le voy a dar a base de bien – incorporándose de su silla y moviendo las caderas adelante y atrás.

 Los colegas de Jacinto se rieron a carcajadas. Uno de ellos escupió el último trago entre toses y risas.
- Le voy a dar hasta que se me caigan las muelas. ¿Qué te parece?- añadió sin dejar de mover las caderas.

 Él siguió hasta la barra sin hacer caso. Detrás del mostrador estaba el dueño del local. Un tipo amable que se llevaba bien con casi todo el mundo. 

- ¿Cómo lo llevas?- se interesó el barman a la vez que accionaba la cafetera para prepararle un cortado.
- Me duele la pierna, así que si tienes ropa tendida será mejor que la recojas.
- Ese accidente que tuviste en el trabajo, mirándolo con perspectiva, no fue tan malo. Si analizas el lado positivo verás que te ha dejado una buena paga y un barómetro que ya quisiera el más prestigioso de los meteorólogos. 
- Te equivocas. Ese puto accidente me ha dejado tullido de por vida y al borde del alcoholismo. En cuanto a la paga, te diré que es una mierda. Con ella no pagamos ni los gastos de mi hija. Así que no me vengas con perspectivas ni lados positivos.
- Hasta que se me caigan las muelas –  insistió Jacinto desde su mesa.
- No les hagas caso. Son una panda de cretinos –  aconsejó el barman poniéndole el cortado delante.

 Cogió la taza y bebió un trago. Después sacó el paquete de tabaco y se encendió un cigarro. El barman intuyó que era mejor dejarle a solas con sus pensamientos y se retiró al fondo para limpiarle el polvo a unas botellas. Él se sentó en uno de los taburetes y estiró la pierna entumecida. Fumó el cigarro con rabia, absorbiendo el humo en grandes y repetidas caladas. Las risas de Jacinto y sus colegas sonaban por encima de la música del local. Intentó obviarlas pensando en otras cosas. En un momento dado recordó la breve conversación que había mantenido con su hija. Sonrió. Tenía suerte de tenerlas a ellas. Su mujer era la más hermosa y entrañable de la ciudad. Y su hija tenía todo lo que un padre deseaba: era guapa, inteligente, trabajadora, sacaba sobresalientes en todas las asignaturas y tenía un gusto excelente para la música. ¿Qué más podía pedir? Después de esa reflexión se sintió mejor y todo le pareció más llevadero. Aprovechó el momento de ánimo para pagar el café y dirigirse a la salida. Jacinto habló de nuevo.

- ¡Ey! Ven y siéntate con nosotros.
- Tengo prisa.
- Tómate una copa, yo invito.
- He dejado de beber.
- Por una copa no pasa nada.
- Te equivocas, sí pasa.
- Bueno, pues pídete una tila o una de esas mariconadas que bebes ahora.

 Los colegas de Jacinto hicieron grandes muecas para aguantarse la risa.

- No, gracias. Ya he tomado un café y no quiero más.
- ¡Joder! Siéntate con nosotros aunque no bebas nada.
- ¿Qué coño quieres de mí?
- Nada, solo que… mis amigos y yo nos preguntábamos cómo haces para llevarlo tan bien.          Ya sabes a qué me refiero.
- No. Habla claro.
- Lo que quiero saber es… ¿cómo lo haces?... Yo me cortaría las venas antes de que mi mujer fuese una puta.

 Los colegas no pudieron aguantarse más y estallaron en carcajadas. Él miró de reojo una de las botellas que estaban sobre la mesa. Por un segundo estuvo tentado de cogerla y estampársela en la bocaza y con los restos rebanarle el pescuezo. ¡Oh, sí! Con gusto lo hubiera hecho. Pero era un lujo que no se podía permitir. Él tenía que mirar por su mujer y su hija. Ellas eran lo primero. Así que no le quedó más remedio que tragarse el orgullo junto con las ansias de beber. Antes de que el imbécil de Jacinto se arrancase con otra de las suyas dio media vuelta y salió del local.  La pierna le dolía más que nunca. Se dirigió cojeando al lugar donde había aparcado. Al pasar junto a la camioneta de Jacinto sacó una llave y fue rayando todo el costado derecho de la carrocería. Después montó en su coche y puso rumbo a casa.

 Entró en el dormitorio con cuidado de no despertarla. La observó desde los pies de la cama. Era tan hermosa. Esa mujer le había obsequiado con un amor a prueba de todo. Si no hubiera sido por ella ahora seguiría bebiendo sin control. Con su ayuda había conseguido dejar la bebida. Esa deuda era algo que siempre le tendría en cuenta. Sin duda era una mujer admirable. Tenía suerte de tenerla como compañera. Se acercó y posó sus labios sobre los de ella en un beso apenas perceptible. Luego salió de la habitación con cuidado de no hacer ruido.

 En el porche se encendió un cigarro. Por el norte venían nubes negras. Se frotó la rodilla y notó un ligero alivio. Siguió fumando. Un minuto después cayeron las primeras gotas. Segundos más tarde empezó a diluviar. Con la llegada de la lluvia el dolor de la rodilla desapareció. 

 Cuando cogió el coche para ir a recoger a su hija, seguía lloviendo. Condujo con la ventanilla abierta para disfrutar del olor de la tierra mojada. A la altura del parque la rueda izquierda delantera reventó.

 Cuando llegó, su hija le esperaba bajo la lluvia a la entrada del colegio. Estaba empapada y con cara de pocos amigos. La niña montó en la parte trasera del coche y se ajustó el cinturón de seguridad.

- He tenido un pinchazo. 
- Genial.
- No te enfades, no ha sido mi culpa.
- Estoy empapada.
- Yo también estoy empapado. He tenido que cambiar la rueda bajo este chaparrón.
- Podías buscarte una excusa mejor.
- No es una excusa.
- Lo que tú digas papá.
- Yo no te mentiría.
- Ya.
- Nunca te mentiría.
- Antes lo hacías.
- Antes bebía. Ahora ya no lo hago.

 Por un momento permanecieron en silencio rememorando aquellos días turbios donde todo era infelicidad.

- Entonces ¿Si te pregunto una cosa me dirás la verdad? 
- Bueno, sí.
- ¿Seguro?
- Seguro.
- ¿Mamá… es una puta?
- ¿Quién te ha dicho eso?
- Los chicos del cole.
- No les hagas caso.
- Vale… pero, no has respondido. 
- Cariño, eso son cosas de mayores…
- Recuerda que me tienes que decir la verdad. 
- Cariño…
- ¿Es mamá una puta?
- Sí, lo es.
- Comprendo.
- Tu madre lo hace por nosotros. Por el amor que nos tiene. ¿Lo entiendes?
- Sí.
- Cuando tuve el accidente y me quedé sin trabajo ella tuvo que hacerse cargo de la situación. Buscó empleo pero no encontró nada. Cuando las deudas… Bueno, tu madre siempre ha sido muy guapa y no hubo más remedio que…
- ¿Qué es lo que hace una puta?
- Tener sexo con hombres a cambio de dinero.
- Me lo imaginaba, pero no estaba segura.
- Tienes que comprender que…
- A mí no me importa que mamá sea puta. Yo la sigo queriendo igual.
- Yo también la quiero. Os quiero mucho a las dos.
- Y yo a ti, papá.

 Tenía suerte de tenerlas. Sin ellas estaría perdido.

- Pon música. 

 Él conectó la radio. Se escucharon los acordes de un tema de Marta Sánchez.

- Cambia.

 Cambio de emisora. La Pantoja.

- ¡Agggggggg! Quita, quita eso.

 Cambió de emisora. Radiohead.

- Deja eso.

 La niña se recostó en el asiento y disfrutó de la música. Él siguió conduciendo con la ventanilla abierta, aspirando el olor de la tierra mojada.



Texto por: Pepe Pereza.
Blog del autor, aquí


jueves, 22 de diciembre de 2011

Whisky en las rocas: Eme.



Queremos agradecer a todos nuestros lectores, que han hecho esto posible. 


Whisky en las rocas,

ahora en papel.



Ya está a la venta el primer libro escrito por los autores Whisky en las rocas. 





 Título: Whisky en las rocas: Eme
 Precio: $120.00 MXN


Nueve relatos contundentes y apasionados, escritos desde polos opuestos que siguen una misma línea: la búsqueda inasequible del sexo. En ellos, Martin Petrozza nos sumerge en un mundo lleno de vicios, donde el personaje principal tiene un único fin: acostarse con toda mujer que esté al alcance de su vista. Para lograrlo es capaz de elaborar los más extraños planes de captura de su presa. En el lado opuesto, Guillermo Garrido (Mr. Garrison) nos transporta a un mundo de amores platónicos e idealistas, llenos de gracia y erotismo; donde las mujeres son niebla o silencio.

 Nueve magníficos relatos escritos por los autores de Whisky en las rocas, con todo el tono y el humor que los caracteriza.



Formas de pago:

1. Para México, D.F.  y área metropolitana.

Envía tu pedido al correo electrónico: redacción@whiskyenlasrocas.com 

Una vez que tu pedido haya sido confirmado vía correo electrónico, puedes recoger el libro en:

a) Av. Álvaro Obregón s/n  Col. Roma. Entre las calles de Jalapa y Orizaba. Muy cerca del Metrobus Álvaro Obregón, o del Metro Insurgentes. Frente al Hospital Álvaro Obregón. De lunes a domingo, de 1:00 p.m. a 8:00 p.m. (hasta el 6 de enero. Posterior al 6 de enero, únicamente sábados y domingos de 10:00 a.m. a 8:00 p.m.)

b) Café La Selva Centro de Tlalpan. De lunes a domingo de 1.00 p.m. a 8:00 p.m.

*Antes de recogerlo haz una cita al correo arriba mencionado. Gracias.

c) Entrega domicilio con un costo adicional de $50.00 MXN

 Para más información realiza tu pedido o pide informaciòn al correo antes mencionado.

2. Para Interior de la República Mexicana.

 Pay Pal.

 Compra con el botón en la página principal. 
 Costo de envío $100.00 MXN 


3. Ventas al extranjero. 


  Envía tu pedido a: redaccion@whiskyenlasrocas.com y te enviamos una cotización.

Anexa los siguientes datos: 


 País.
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 Municipio o localidad. 
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4. Ventas de mayoreo.


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jueves, 15 de diciembre de 2011

Viaje a Civitavecchia.



—Si me fuera a suicidar—dijo la chica de cabellos trigueños mientras jugábamos a las cartas en el crucero a Civitavecchia—no escribiría una carta de suicidio.

 Para ese entonces ya lo habría comunicado de varias formas: lo habría dicho entre dientes y bromas a mis amigos, lo habría informado en cuentos cortos, lo habría posteado incluso en las redes sociales, de una forma u otra ya lo habría estado diciendo por mucho tiempo y de diversas maneras que si ninguno de mis amigos o familiares se hubiera dado cuenta no valdría la pena confirmarlo en una carta de suicidio. Si nadie se percató de ello no tendría caso. Y podrían irse todos al carajo… Cheater—escupió al ver cómo acomodé mis cartas frente a ella y le gané la partida.

 Era una chica agradable, de nombre Sarah procedente de Estados Unidos, la había conocido en la fila esperando el ferri en el puerto de Barcelona.

 Estaba parado en la salida de la estación, aunque no sabía exactamente si era la salida de la estación al puerto o la entrada al ferri estacionado en el puerto. Sea lo que sea había más de 30 personas a mi alrededor con la misma pregunta.

 Todos viajábamos a Civitavecchia y ninguno tenía una idea exacta de cuál era el procedimiento. Todos suponíamos que ahí nos recibirían el billete y nos indicarían hacia donde ir para encaminarnos al ferri.

 Pero al haber más de tres entradas o salidas a diferentes partidas nadie sabía con exactitud si donde nos encontrábamos era efectivamente la correcta a nuestro destino.

—¿Esta en la salida a Civitavecchia?—escuché una voz en perfecto inglés y cuando giré la cabeza la vi parada frente a mi cargando una gran mochila a su espalda. De pantalones cortos, con chanclas negras, una playera blanca por donde resaltaban un traje de baño debajo de su ropa y una gorra que le cubría la cabeza y su larga cabellera trigueña.

 Le respondí en un inglés torpe siendo yo de español como lengua natal.

—En la taquilla me dijeron que sí, yo también voy para allá.

 Bajó su mochila al suelo y descansó su cuerpo, se veía muy agotada. Aspiró un poco de aire y exhaló de buena gana.

—Me llamo Sarah—dijo, pero yo no recuerdo haberle dicho mi nombre. Supongo que lo hice ya que respondí amablemente a su saludo, sin embargo no recuerdo haberle dicho nunca: “me llamo tal”. Empero tres horas después ella hacía bromas con mi nombre mientras jugábamos a la baraja.

 Colocaba un naipe en la mesa junto al montón y cantaba: “Alejandro”.

—¿Conoces a Lady Gaga?—preguntó y siguió cantando.

 Ella era maestra de primaria en su país y de vez en cuando daba clases a alumnos de la minoría, especialmente salvadoreños. Le gustaba hacerlo y se sentía muy cómoda, le agradaban los niños y jugaba con ellos entre clase y clase.

 Ya se sentía muy grande a pesar de su corta edad, sólo tenía 25 años, pero al ya tener un trabajo estable como profesora y con alumnos de sólo la mitad de su edad se sentía muy grande y un día pensó que no había hecho nunca un viaje.

 En su país es muy común que los jóvenes de entre los 15 a los 20 y tantos años salgan de su casa, mochila al hombro y con preparativos para campamento con intenciones de viajar. Algunos van a América del sur y otros cruzan el océano con dirección a Europa.

 Ella ya se sentía muy grande, a veces sentía que rebasaba la edad estipulada y un día, pensando que ya dentro de poco tendría un novio estable con un compromiso formal de pronto matrimonio y posibilidad de hijos, sintió que si no lo hacía en ese momento difícilmente lo haría después. Así que en sus vacaciones se había armado de valor: se consiguió una mochila lo suficientemente resistente para un viaje de un mes, utensilios necesarios para irse de campamento incluyendo una bolsa de dormir, y unos boletos de trenes para viajar 15 días flexibles durante tres meses por toda Europa.

 Lo único de lo que se arrepentía era de no traer ropa y zapatos necesarios para el frío.

—Yo no lo sabía—dijo—. Yo pensé en Europa en medio del verano, no creí necesitar ni zapatos ni chamarra.

 Por lo mismo había pasado mucho frío en los países bajos. Pero no se sentía mal con ello, lo contaba con gracia y aseguraba que sus chanclas eran muy cómodas.

 Cuando la conocí ya tenía tres semanas viajando, había empezado por el norte, su viaje había sido Estados Unidos a Irlanda y de ahí pasar a Inglaterra, cruzarse a Europa y comenzar por el norte para terminar en el sur. El último país que visitaría sería Italia, y justo en ese ferri de Barcelona a Civitavecchia se acercaba irremediablemente al final de su travesía. En cambio yo apenas empezaba.

 Había llegado hacía unos pocos días al viejo continente. Yo venía de la ciudad de México a Madrid con escala en Ámsterdam, había pasado una noche en Barajas y puesto que ya conocía Madrid en un viaje anterior que había hecho hace unos años cuando cursaba la preparatoria sólo pasé una noche en el pueblo de Barajas y me fui a Barcelona donde después de pasar unos pocos días decidí hacer un viaje por mar, cruzar el mediterráneo y llegar a Roma a través de Civitavecchia. Entonces la conocí. Me agradó desde el principio y desde ese momento platicamos. Pasamos la noche juntos.Había mucha gente de todas partes y pudo hacer amistad con cualquiera, pero algo vio en mí y algo vi en ella que de pronto nos encontramos en medio de la noche platicando cuando ya todos dormían.

 Jugábamos a las cartas en el bar cerrado, en la popa del ferri, a cubierta, a lado de la piscina. El viento cruzaba nuestros cuerpos y la oscuridad llenaba todo nuestro ser.
No se escuchaba más que el viento resoplando en el mar y el barman hacía rato se había ido a dormir.

 Todo se sentía apagado, no sólo las luces o la música, sino todo a nuestro alrededor.

 En medio del mediterráneo, sin tierra a la vista y sin reconocer los puntos cardinales, parecíamos ser las últimas almas vivas o despiertas en ese instante.

 Ella sacó su paquete de cartas compradas en el algún país del norte y comenzamos a jugar mientras conversábamos de nuestras vidas.

Le hablé un poco de la mía y la halló interesante aunque a mí me importa poco hablar de quién soy.

 Y en cambio ella se mostró un poco apagada con respecto a la suya.

—No le veo sentido a escribir una carta de suicidio—dijo—. Si para cuando una persona decide quitarse la vida sus amistades o familiares no se han dado cuenta de ello no vale la pena confirmárselos con una carta explicatoria. Si han estado muy ocupados para notar el dolor de una persona que se supone que quieren, entonces pueden irse a la mierda— y golpeó la carta en la mesa indicando que había ganado.

El juego era nuevo para mí y tardé dos partidas en descubrir exactamente cómo se jugaba.

—Si quisieras hacerlo—dije—, ¿cómo lo harías?
—De un balazo no, ni tampoco cortarme las venas, es muy agresivo y la idea de morir llena de sangre me da miedo.

»También se me hace muy cruel dejar el cuerpo ahí tirado para que lo encuentren Dios sabe cuántos días después. No podría hacerle eso a nadie. Al final de cuentas ellos no tuvieron la culpa.

»Tengo un amigo que un día llegó a su casa y descubrió a su hermano colgado del techo en su propia habitación.

»Mi amigo era muy chico y por más que quiso simplemente no pudo levantar el cuerpo para evitar que siguiera ahorcándose y ahí enfrente de él, su hermano respiró sus últimos segundos y murió ante sus ojos.

»La imagen aún lo persigue y desde entonces camina lento.

»La vida como que ya no la satisface y siento que hacer algo así es demasiado egoísta.

»El suicidio debería de ser secreto, sin envolver a los demás, sin hacerles daño. Si se ha decidido tomar ese camino entonces es un camino de soledad que no necesita involucrar a más gente. A veces, creo, que ni siquiera deberían de comunicarlo. No necesariamente deben de saber que murió, simplemente que ya no está a la mano. Conozco personas que hace mucho tiempo que no he visto, que ya se marcharon a vivir a otra ciudad, que quizá no vuelva a ver, pero siento que están ahí, viviendo sus vidas, teniendo una familia y siendo felices. No los pienso muertos y cuando suceda, tal vez ya ocurrió, ni siquiera lo notaré.

»Un suicidio debería de ser así, ni siquiera un adiós, ni un chocar de manos, o un beso de despedida, sólo irse a otro lado sin involucrar a nadie en un asunto netamente personal.

La dejé hablando y la escuché claramente mientras trataba de ganarle a las cartas.

Se veía bonita a la luz de las estrellas y su cabello largo jugando con el viento era agradable a la vista. En su rostro había perforaciones, una en la nariz, otra más en el labio inferior izquierdo y tres más en las orejas.

No tenía la pinta de una maestra de primaria y su hablar no parecía tener relación con su persona.

—¿Tú cómo lo harías?—me preguntó cuando ganó a las cartas e hizo una expresión de molestia ya que odiaba barajar y repartir las cartas.
—No lo sé, en realidad no lo había pensando—dije mirando su tosco repartir de baraja y cómo golpeaba las cartas sobre la mesa—. Podría vivir un poco antes de hacerlo.
—¿Vivir un poco?
—Sí, tratar de hacer algo que no había logrado hacer y siempre quise, o degustar algo que nunca había probado.
—¿Cómo qué?—entregó la última carta y cada quien tomó su paquete para comenzar el juego.
—Quizá drogarme.
—¿Nunca te has drogado?
—Yo no, ¿tú?
—Sí, un par de veces—dijo y levantó una carta del mazo.
—Yo no, así que quizá podría drogarme. O emborracharme hasta perder el aliento.
—¿Tampoco has hecho eso?—preguntó sorprendida.
—No, tampoco. Yo no fumo, no me drogo, no tomo tampoco.
—Una vida muy diferente.

»¿Y tienes ganas de hacerlo? Digo, como para que sea lo último que hagas en la vida.

—En realidad no. Si no lo he hecho no es porque no haya podido, no es que tenga ganas de hacerlo y esté frustrado por no haberlo hecho. Oportunidades he tenido y muchas, si no lo hago es simplemente porque no me gusta, no me interesa.

—Ah, entonces está evadiendo la respuesta correcta con simples frases emotivas.
Pensé un momento en lo que dijo y después asentí.
—Tienes razón.

»Pero la verdad es que no sé qué haría si me suicidara. Supongo que ya nada, porque no importaría. Si decidiera hacerlo es porque estaría vacío. No habría nada en mi corazón, ni en mi alma que me hiciera vivir. No habría motivación y nada me sería suficiente. Ni una persona, ni un juego, ni un proyecto laborar o amistades. Simplemente sería un vacío tal que sería imposible caminar erguido.

»Mi pasos serían huecos, mi vista seca, con los ojos fríos sin una mirada fija en alguna parte, sin palabras salir de mi boca o letras escribirse en un papel.

»No tendría nada, por lo que no importaría qué pudiera hacer ni qué ropa traería puesta.

»Por lo que simplemente lo haría, supongo.

 Y gané la partida.

Me tocó a mí repartir y ella se sintió satisfecha con mi repartición.

—Sí, supongo que tienes razón. Pero, ¿involucrarías a alguien más?
Me quedé callado. Dudé un poco.
—¿Qué alguien lo notara, dices?
—Sí, dejar el cuerpo cerca, escribir una carta, o quizá hacerle saber a alguien crucial en tu vida que te importa por última vez.

Pensé un poco antes de responder y asentí un poco.

—Sí, tal vez sí.
»Una vez me despedí de alguien en un viaje que haría en autobús. Ella me mandó un mensaje diciendo: “buen viaje”. Yo le respondí: "Si me estrello te marco para hablar contigo mientras estoy muriendo".
—¿Qué te respondió?
—“Asegúrate de tener crédito suficiente”.
—Jeje—rió suavemente y siguió jugando.
—Esa imagen de mí, muriendo entre la volcadura del autobús, lleno de sangre, con cadáveres a mi alrededor, con metal de los asientos atravesados en mi cuerpo mientras hablo con ella por teléfono diciéndole lo mucho que la quiero y lo tanto que disfruté estar a su lado, aún se me hace agradable.
—Sí, es buena imagen—dijo—, pero es involucrar a alguien. No creo que ella se haya sentido bien si ocurriera. Me la imagino con lágrimas en el rostro y los ojos cerrados, tal vez la mano en la frente y sin poder hablar sólo escuchando tus últimas palabras. Y lo peor de todo, lo más horrible de ese instante no sólo es cuando finalmente fallecieras, sino el tener que colgar el teléfono.

»Por mucho que estuvieras del otro lado del auricular, muerto, ella sólo escucharía el vacío, quizá el sonido del ambiente del accidente, unos gritos a los lejos, movimiento de la gente, qué se yo. Pero tú ya no estarías, ya no oiría tu voz, ni tu respirar agotado. Ya sería un vacío, y tendría que colgar. Colgar quizá para marcar a la policía e informar del accidente, o colgar para conservar el crédito en el celular o colgar porque simplemente ya no tendría caso seguir con el celular junto a la oreja.

»Y cuando ella colgara, todo su ser se desvanecería.

»Lo peor sería eso. Oprimir el botón de finalizar llamada y convertir el celular en un aparato más para recibir llamadas y enviar mensajes. Y todo se borraría como un suspiro.

»No, yo no lo haría.

»Y no sé qué podría hacer.

—Yo tampoco respondí—y pensé en lo que dijo.
Pensé en la chica y aunque me gustaría hablar con ella en mis últimos momentos de vida, consideré que Sarah tenía razón y sería demasiado dolor para ella estar a mi lado aunque sea de manera virtual.

Así que decidí no hacerlo.

Pasara lo que pasara, nadie debería de enterarse al momento de mi muerte.

Mi muerte debería ser algo personal y no debería involucrar a nadie. Justo como Sarah lo había estipulado.

Pero Sarah no lo hizo.

En cambio, me miró a los ojos, dejó las cartas en la mesa, y me besó. Me besó en medio de la noche, debajo de las estrellas, con el ruido del mar como único sonido y me dejó tocarle los senos. Hicimos el amor ahí mismo, en la mesa, en el piso, en la parte del alta del crucero y pasamos la noche en su bolsa de dormir con nuestros cuerpos desnudos pegados el uno junto a la otra.

—¿Y qué fue de ella?—me preguntó—De la chica de quien querías despedirte.

—Ya no la veo, nos separamos finalmente. Ella se fue por su lado, y dejó que yo me fuera por el mío.
—¿Pasó algo malo entre los dos?
—Al contrario—dije y no volví a tocar el tema.

 Cuando desperté me encontré solo en la bolsa de dormir. Los rayos del sol me molestaban, recién amanecía el día y el sol del mediterráneo me despertaba a golpes en el sol.
Comenzaba a llegar la gente del barco, unos pocos trabajadores para limpiar el bar y comenzar la rutina diaria del crucero. Yo giré la cabeza buscando a Sarah pero no estaba a mi alrededor.

 Busqué mi ropa y me la puse para levantarme, cuando descubrí la suya a en el suelo. Sus calzoncillos, su sostén del traje de baño, su playera e incluso sus chanclas. Su mochila estaba cerrada y no había indicios de que la hubiera abierto para tomar otro vestuario. Me vestí enseguida y supuse que estaría bañándose, pero no fue así.}

 El baño estaba cerrado y no había manera de que hubiera bajado completamente desnuda al interior del barco.

 No me la imaginaba en los casinos, en los restaurantes o en las pasillos de los camarotes desnuda deambulando sin rumbo fijo. Aún así la busqué en todos lados.

Pasé por los 10 pisos del barco, crucé todos los pasillos, entré en todos los establecimientos y la busqué en todos los baños.

Sarah no apareció y permanecí en la popa esperando a que regresara. La gente comenzó a acumularse. Llegaron visitantes de todos los países, los había de Dinamarca, de Corea del sur, de Francia, de Bulgaria, de Canadá y de países que en mi vida había escuchado.De pieles oscuras, amarillas, bronceados, o de tonos rosados.Unos rubios, y otros morenos. Mucha gente que se divertía en el bar, comían alimentos preparados, galletas compradas días antes o pedían a la carta del restaurante. Otros más se bañaban en la piscina o se tostaban dormidos en el piso en las sillas de la popa.

 Mucho ruido, música ambiente y conversaciones en varios idiomas. Yo no hacía nada, sólo esperaba a lado de su mochila, con su ropa en mis brazos y tratando de ver cada uno de los rostros de todos esos turistas su mirada y reconocerla entre el gentío.
Pero Sarah no llegó. El sol cruzó el cielo hasta que la noche cayó y anunciaron el arribo a Civitavecchia. Aún así permanecí a lado de su mochila y me obligaron a caminar hacia la salida del barco. Transportaron a toda la gente a la puerta y nos sacaron del barco anunciándonos un autobús particular con dirección a la estación de tren donde podríamos tomar la siguiente salida a Roma. Pero yo pasé la noche en el puerto, esperando su llegada cargando su mochila y su ropa en la mano izquierda.

 Aún olía a ella. Todo olía a ella, incluso sus chanclas que se detenían de mis dedos anular y meñique sin dejar que se cayeran.Pero no llegó. En cambio la noche pasó y llegó el día. Ante mí sólo estaba el gran puerto de Civitavecchia, y entre los barcos a diversas direcciones, alcanzaba a vislumbrar el mediterráneo a lo lejos y lo sentía. No quería decirlo pero lo sentía.
Podía imaginármela desnuda danzando entre las olas del mar y haciendo exactamente lo que dijo que no haría. Dejé la mochila en el suelo, ni siquiera guardé la ropa o acomodé las chancla en el piso, sólo me di la vuelta atrás y caminé sin pensar en ella. No quise buscar una carta, sabía que no había, ni quise revisar su maleta para hallar nada, era un asunto personal.
Sólo me despedí de ella, pensé en su rostro sonriente al jugar las cartas y como se mordió el labio cuando hicimos el amor. Nada más.

 Caminé a la estación de trenes, tomé el próximo a Roma y me encaminé a la Basílica de San Pedro.

 Pagué el cuarto de una pensión por tres días de estancia, me di una ducha y me eché a dormir por cinco horas antes de salir a la calle y mezclarme entre los cientos de turistas que se trasladan a Roma a conocer la Capilla Sixtina.

 Parecía cualquier cosa menos una escena de película.



viernes, 9 de diciembre de 2011

Perros de la calle: Mucho odio en el corazón.



Debo tener mucho odio en el corazón, dijo Alberto al tiempo que se daba puñetazos en el pecho. Mucho odio dentro de mí, dijo. Lo decía apretando los dientes, como si realmente sintiera dentro de sí todo ese maldito odio. Supongo que lo sentía. Entonces comenzó a llorar. Fue un llanto seco, como si se resistiera a soltar las lágrimas, como si cada lágrima quemara dentro de sí, y al mismo tiempo, purificara su alma. Era la primera vez le veía llorar. Alberto no solía hacerlo, era, digamos, un tíoduro. Había estado en la cárcel por más de siete años en dos ocasiones diferentes. La primera por robo a mano armada; la segunda por pandillaje. Me había enseñado a pelear, y me había enseñado que en la calle hay que estar bien despierto. Me había mostrado dónde comer, donde dormir, y donde cagar. Sin embargo, ahora me estaba mostrando su ser. Un ser lleno de rencor. Un alma ensangrentada. 

 Alberto era un tío de calle al que conocí luego de una farra monumental en Las Escaleras, un antro de mala muerte en la calle de Donceles, en el centro de la ciudad. Aquella ocasión terminé hecho una cuba, sin un centavo, y rondando la ciudad. Recuerdo que caminé mucho, y no supe cómo o cuando llegué a la Glorieta de los Insurgentes, por la madrugada. Entonces me topé con Alberto. Le dije que andaba sin blanca y hambriento hasta los huesos. No sé por qué se lo dije. El caso es que me llevó bajo uno de los puentes de la Glorieta, y me alimentó con las sobras de comida que uno de los restaurantes cercanos regala cada noche a los indigentes. Había trozos de huevo y arroz, algunos frijoles, salchichas y tortilla molida. Todo en una charola de unicel. Comí con las manos, y cuando estuve satisfecho agradecí a Alberto, que me ofreció una birra. Le dije mi nombre pero no le importó demasiado. Y cuando le pregunté el suyo, dijo que depende, que para la policía es Alberto González, pero aquí, le llaman Sanino. Le pregunté por sus ocupaciones. Alzó los hombros, y dijo: soy libre, es todo lo que sé. Me preguntó por las mías, y le dije soy escritor. En adelante, Sanino y la pandilla cogieron la costumbre de llamarme el Escritor. Cada que me llamaban así soltaban una risilla. Creo que se pensaban que yo estaba loco. 

 Dejé la birra a un lado, sobre la banqueta, y rodeé con los brazos a Alberto. Le dije que no se preocupara, que todas las personas están llenas de odio. Le dije que los policías están llenos de odio. Que las mujeres están llenas de odio, y que los padres  y los hijos están llenos de odio. Que el ser humano en general, está lleno de odio. Pero ya no me escuchaba, se apretaba a mí y decía que deseaba morir pronto. Que no soportaba tanta mierda dentro de sí. Era un caso embarazoso, Sanino, el líder de una pandilla de callejeros, el tío más duro de la colonia, estaba en mis brazos, llorando, y deseando la muerte. Estábamos solos, pero sabía que bastaba que llegara alguno para que se hiciera el pleito. En la calle, cuando uno llora, y sobre todo cuando el líder llora, hay que secarle las lágrimas a puñetazos. Es parte de la ley. Aquí nadie llora (eso es mentira, aquí todos lloran), aquí todos somos Hombres, y el que no, debe hacerse Hombre cuanto antes. 

 Además del Sanino estaban Adrián, un indigente homosexual que se ganaba la vida jineteando en la Zona Rosa; Pancho, un Oaxaqueño que llegó al D.F. con la esperanza de un mejor futuro, y que por alguna extraña razón que nunca supe a ciencia cierta, no hablaba. Tenía una guitarra y tocar la guitarra era todo lo que hacía. No era precisamente bueno, y no tocaba por unas monedas, tocar era su medio de comunicación. Y también estaba el Lepra, un niño de doce años que nació en la calle. Nadie sabía su nombre (dudo que tuviera un nombre), y le apodaban el Lepra por su mal aspecto. Llevaba la cabeza rapada. Incluso él me llamaba Escritor, y se reía. Se reía sin saber por qué. Una vez le pregunté si sabía qué es un escritor y dijo que no. Acto seguido se echó a correr. Y también había otros que llegaban y se iban esporádicamente.

 Cogí la cerveza y le ofrecí un trago a Alberto, para calmar el llanto. Le palmeé la espalda y le dije que todo iría mejor en adelante. Era mentira. Sin embargo se lo dije porque no tenía otra cosa que decir, y porque eso es más o menos lo que se dice en estos casos. Le estaba diciendo que no había problema, que podía estar lleno de odio, y aún así, no había ningún problema. Que más vale estar lleno de odio que de mierda. Eso dije aunque supongo que no hay mucha diferencia… cuando se acercó a nosotros un tío lleno de cadenas. Un punk. La pandilla del Sanino tenía problemas con los punks. Todos tenían problemas con los punks. Incluso otros punks. Estos hijos de la gran puta guerreaban por territorio. Se decían dueños de la calle. Hasta cierto punto era verdad, lo eran. Pero Alberto y yo (sobre todo Alberto), teníamos tanto derecho como ellos a estar allí. El punk nos miró desde su altura (nosotros estábamos sentados en la banqueta) y cuando miró el rostro de Alberto empapado en lágrimas, adoptó un aire de superioridad. Llorar es un símbolo de debilidad. Entonces aparecieron otros punk detrás del primero. Blandían sus malditas cadenas. Venga, tíos, dije yo, no queremos problemas, estamos por irnos, ¿qué no?, le pregunté a Alberto. Alberto se levantó y echó una mirada a todos esos pelos parados. Jaló los mocos con la nariz, y se secó las lágrimas con el antebrazo. No pasó un segundo cuando el Sanino se abalanzó contra el primero de los punks. Lo tiró al suelo. En un instante lo tenía bien sujeto y le daba en la cara como una máquina de golpear. Los otros punks, que eran dos, trataron de quitárselo de encima. Para cuando llegaron a él, el Sanino ya había acabado con el primero. Uno de los otros lo cogió por la espalda, deteniéndole los brazos. Yo no tuve tiempo de reaccionar, y de haberlo tenido me hubiese cagado en los calzones. El tercero se acercó a Alberto, que estaba cogido por el segundo, y cuando estuvo suficientemente cerca, el Sanino le pegó tremenda patada en el estómago. Esto bastó para dejarlo fuera de combate. A decir verdad los punks no eran buenos peleadores. Eran buenos para pegarte en grupo pero solos no eran la gran cosa. En el segundo siguiente, el Sanino se zafó de su contrincante y le abofeteó la cara. ¡A la mierda, le gritó, a la puta mierda! ¡Largo, hijos de su perra madre¡ ¡Largo o los mato a todos! Incluso yo tuve miedo de que me matara. Los punks se levantaron y echaron a correr. ¡Vámonos!, me gritó el Sanino cuando estuvieron lejos, vámonos de aquí, van a regresar.

 Todos me aceptaron porque el Sanino me aceptó. Cuando le pregunté por qué lo había hecho me dijo que porque sabía que yo era un tío noble. Le dije que yo no era un tío de calle, que nunca había estado en prisión y que mi última pelea fue en la preparatoria, hace muchos años. Contestó que daba lo mismo, y que no me preocupara, que él se encargaría de enseñarme la calle. Entonces me quedé con ellos un par de semanas, que fueron como una travesía por el Infierno, y una lección de supervivencia intensiva. Por ese entonces yo estaba a punto de perder mi apartamento por falta de pago de alquiler, así que la propuesta estuvo muy bien. Regresé a casa a sacar algunas cosas (muy pocas cosas) y a llevarlas a casa de mi abuela, donde planeaba instalarme hasta mejores tiempos. Sin embargo boté las cosas en su casa, y regresé a la calle. Había algo allí que me atraía mortalmente. 

 Caminamos a la calle de Tonalá, donde solíamos estar, y dormir, sobre un colchón de desperdicio, todos juntos, como perros. Allí estaban Pancho y los demás. Al vernos llegar nos recibieron con envases de aguardiente y churros de marihuana. Alberto preguntó si habían tenido problemas con los punks, y Adrían dijo que no. Bueno, dijo Alberto, pues los tendremos. Recojan las cosas. Nos vamos. Pancho corrió a coger su guitarra y tocó algunos acordes desesperados. Alberto dijo que ya les contaría, pero que ahora debíamos darnos prisa. Caminando y meando pa´ no hacer charco, dijo, y todos partimos. No había mucho que recoger. El colchón lo cargamos entre dos, por turnos. 

 Lo primero que me enseñó Alberto fue dónde comer, y cómo ganar algunas monedas. La cena la patrocinaban algunos restaurantes, como ya dije, y el dinero provenía de recorrer la línea 1 del Metro, la que va de Observatorio a Pantitlán, acostándose sobre vidrios, o simplemente pidiendo una moneda por el amor a Dios. Es un negocio redondo. En una hora cada uno de la pandilla sacaba al menos setenta pesos. Lo que equivale a decir que en una jornada de ocho horas se obtienen ganancias mínimas de cuatrocientos sesenta pesos, que es más de lo que gana un empleado mediocre. Es lástima que el vicio no deje tiempo a trabajar esas ocho horas. Todos trabajan una hora o dos a lo más, y se gastaban la plata inmediatamente en cerveza y en drogas. Se vive al día, me dijo Alberto, y nunca sabes qué te depara el día siguiente. Por mi parte jamás me acosté sobre vidrios ni pedí una sola moneda. Alberto me lo impidió, dijo que no era necesario, que yo únicamente me dedicara a escribir. Sí, a escribir. Y esto es lo que nos lleva a todo esto. Alberto, que curiosamente sabía muy bien lo que significa ser un escritor me pidió que escribiera sobre ellos. Dijo que yo debía decir la verdad sobre sus dos encarcelamientos, que fueron injustos. Y que debía hacer saber a la gente que los tíos de la calle también tienen sueños. El sueño de Alberto era estudiar Antropología. Tenía treintaitantos años (él mismo no estaba muy seguro), y no tenía un sólo papel. Acta de nacimiento, etc. 

 Nos fuimos hasta el Ángel de la Independencia, rodeando por Praga. Recorrimos avenida Chapultepec hasta Praga y luego Praga hasta Reforma. De ahí, al Ángel. No estuvimos en el monumento, sino en una de las calles. La más oscura (creo que Estocolmo). Esa noche no dormimos, estuvimos alerta, aunque es sabido que los punks no visitan el Ángel. 

   Lo segundo que me enseñó Alberto fue dónde dormir cuando andas solo. Hay un pasaje en Insurgentes, no recuerdo a qué altura, por donde pasa el Metro debajo, y sobre la calle hay unas rendijas que cada que el Metro pasa avienta aire caliente. Alberto me dijo que les llaman Los hornos. Vimos algunos indigentes encartonados, sobre las rendijas. Allí se pasa menos frío. Otro sitio acogedor son las cabinas de los cajeros automáticos de los Bancos. Por la madrugada son poco visitadas y son cálidas. Las mejores son las de Scotiabank; nadie las utiliza. Estos sitios hay que usarlos cuando no vas acompañado, de lo contrario la policía puede levantarte por pandillaje. Todo el tiempo la policía te levanta por pandillaje si te ven acompañado, dijo. No importa si no has hecho nada. Ir acompañado es un delito. 

 Al día siguiente no regresamos a la Glorieta. Los punks nos están buscando, dijo Alberto. Pancho comenzó a tocar una melodía triste, algo así como La marcha fúnebre de Chopin (pero no La marcha fúnebre), a modo de sarcasmo y enfatizando nuestra desgracia. Adrián, el indigente maricón, dijo que él tenía que regresar a la Zona rosa, que si no lo hacía podía perder a sus clientes. Era prostituto de baja calaña. Sus clientes eran viejos homosexuales a los que gustaba follarse jóvenes o niños de la calle. Adrián no era un niño. Tendría unos diecinueve años. Entonces le dije que yo regresaría con él. Mientras tanto el Sanino pagaría un cuarto de hotel, de a setenta pesos cinco horas, para que él y el Lepra pudieran pegarse una ducha. Esto lo hacían una vez cada dos meses o más. Así, estarían ocultos de los punks. Y cuando le preguntamos a Pancho qué haría él, hizo sonar unos acordes alegres, un Re y un Si, y dimos por entendido que se las arreglaría solo y sin problemas. 

 Durante los primeros días no tuve necesidad. Luego, aguanté lo más que pude. Y cuando no pude aguantar más, le dije a Alberto que necesitaba cagar. Riendo, dijo que por qué no se lo había dicho antes. Me llevó a un camellón, y me dijo que podía hacerlo allí, bajo la sombra de un árbol. Hasta ese entonces yo jamás había mirado a nadie hacerlo allí ni en ningún otro lado sobre la calle. Pero ellos lo hacen todo el tiempo. No sé, dije. ¿Qué no sabes?, preguntó adelantándose y bajándose los pantalones. No le importaba que yo y todo el mundo (aunque la calle era más bien solitaria) le mirásemos el culo. No sé… si pueda… dije. Si no puedes no lo hagas, dijo sabiamente. El caso es que yo me estaba cagando, y tendría que hacerlo. Miré a Alberto arrojar un trozo de mierda. Lo miré cortar el trozo con el ano, apretando las nalgas, y me dije que más me valía darme prisa y dejar de ver aquel espectáculo. Me coloqué a lado de Alberto, para evitar que nos mirásemos el ojete. Me bajé los pantalones con todo y ropa interior (Alberto no llevaba ropa interior) y con todo el pesar del mundo, lo hice. Primero me salió sólo un pedo, y Alberto río. Pero luego la cosa fluyó y no estuvo tan mal. Se sentía bien hacerlo allí. Estar allí, con el aire rosándote el culo, Dios, todos deberían hacerlo al menos una vez. Sin embargo, en adelante opté por entrar a los centros comerciales. Ellos no lo hacían porque les negaba el acceso, pero yo aún no estaba tan jodido. 

 Regresamos Adrián y yo por la calle de Florencia, y luego avenida Chapultepec. Acordamos separarnos en Génova para que él pudiese trabajar, y reunirnos por la noche en Tonalá, donde siempre, y si la cosa no estaba caliente, ir a por los demás e instalar el colchón en su lugar, que era a las afueras de un establecimiento público abandonado. El colchón se lo había llevado Alberto. Lo cuidaban como a la niña de sus ojos. 

 Las primeras veces que Alberto me enseñó a pelear, acabé con hematomas en el cuerpo y en la cara. Su método era duro. Consistía en pelearse conmigo, casi en serio, y en darme una tras otra paliza. Le encantaba hacerme la China, una llave donde te aprietan el cuello con el brazo al tiempo que te inmovilizan. Alberto decía que con eso se puede desmayar a alguien y siempre trataba de desmayarme, pero yo se lo impedía con gritos de piedad. En ocasiones también practicaba con Pancho o con Adrián, y todos eran muy buenos y amantes de esa maldita llave China. Incluso el Lepra, con sus doce años, era mejor que yo. Era un escuincle escurridizo, hábil y muy rápido. Nunca sabías de dónde te vendría el golpe de su pequeño puño mortal. Y tenía una manía por pegarte en los cojones, el muy hijoputa. Sólo una vez pude derrotar a Alberto y estoy seguro que se dejó ganar. 

 Por mi parte rondé la Glorieta cuidadosamente, en busca de eso malditos punks, pero no vi a uno sólo. Luego me fui al Parque México. Era un lugar que yo odiaba porque estaba infestado de perros. Perros con mucho glamur y de razas de nombre impronunciable, muy alzados. Había una biblioteca y yo solía meterme allí. Me leía a Hemingway, y a Juan Rulfo. A José Agustín, y a Manuel Altamirano. Leí todo lo que pude aquel día. Recuerdo que fue un libraco de Carlos Fuentes, La región más transparente, que me pareció malo, como todo Carlos Fuentes, y pretencioso. Luego leí unos poemas de César Vallejo que me parecieron estupendos, y luego me fui a comer unos tacos de carnitas cerca de la Glorieta. Junto a un bar. Los tacos costaban cuatro pesos; los tacos de carnitas más baratos que he probado, y la verdad no eran tan malos. Alberto solía correrme un poco de pasta, de la que sacaba mendigando y acostándose sobre vidrio trucado para no cortar. Unos veinte o treinta pesos al día, y con eso me pagaba alguna comida barata. A veces compraba cigarrillos sueltos, pero las más de las veces los pedía regalados a los fumadores. A quien sea. Nadie te niega un cigarrillo en la ciudad de México. 

 En una ocasión le pregunté a Alberto qué prefería si yo le hacía un obsequio: un libro, o una botella de ron. Increíblemente elegiría el libro. Fue allí donde me contó sus dos sueños. El de ser antropólogo; dijo que le gustaría tener un libro de antropología. Le dije que podía tenerlo si quería, si no gastara todo su dinero en alcohol y en marihuana, podría ahorrar para un libro. Contestó que era verdad y que no sabía por qué no lo había hecho. El otro sueño de Alberto era tener un espacio, así lo dijo: me gustaría tener mi espacio, con mis cosas. Se refería a un apartamento o algo, y tener un estéreo y discos. Dijo que le gustaría llegar a casa, y pegarse un baño. Cocinar y hacer fiestas para sus amigos. Esto era más complicado de lograr. Nadie sería el fiador de un indigente, y nadie le rentaría un cuarto a un expresidiario. Principalmente por prejuicios, y por su facha. Ningún vecino lo aceptaría. Y muy probablemente, con los vicios de Alberto, no podría pagar el alquiler al primer mes. Si trabajara ocho horas al día, podría pagárselo. Pero no basta con poder pagarlo. Hay que ser socialmente aceptado, lo mínimo, para una cosa así. Entonces me dije que yo era muy afortunado, y que si estaba tan roto era porque quería. Yo mismo podía tener una vida mejor, como Alberto podía tener una vida mejor, pero hay veces que uno mismo es autor de su propio Inferno. Y de uno mismo no hay quien nos libre. 

 Por la noche llegué a la calle de Tonalá, me encontré con Alberto en una de las esquinas. Estaba espiando. Justo en nuestro sitio habían pintado con pintura en aerosol el símbolo del anarquismo. Sobre la cortina del local abandonado. Le dije a Adrián que nos acercáramos con mucho cuidado. La pintura estaba fresca. Nos estaban buscando y no debían estar muy lejos. No volverán esta noche, dijo Adrián, saben que nos escondemos y que no seremos tan idiotas de pasar la noche allí con esa pinta que nos advierte. Entonces podemos pasar la noche aquí, dije, pero Adrián opinó que no debíamos arriesgarnos. 

 El primer arresto de Alberto fue una injusticia (según él, no me consta) porque no atracó a nadie. Simplemente le cogieron caminando, y para su desgracia, portaba un desarmador. La herramienta fue considerada arma blanca (y lo era en el caso de Alberto), y se le acusó de haber asaltado a una anciana, cosa que Alberto me juró ser falsa. Sin embargo nadie abogó en su defensa. Nadie aboga por nosotros, dijo. La policía tiene que justificar su trabajo y para eso estamos nosotros. Si un joven de veinte años, de casa, conduce borracho, sus padres le sacarán de la bronca sobornando. Lo mismo si un narcotraficante es detenido, o si un asesino a sueldo mata. Pero a nosotros nadie nos defiende, y somos presa fácil, dijo. Los policías saben que hay que meter gente a la cárcel y se aprovechan de nuestra situación. Las cárceles están llenas de inocentes y de mendigos. Le dieron cinco años pero cumplió condena por tres. Le sacaron por buen comportamiento. La segunda vez lo detuvieron por pandillaje. Andaba con el resto de la pandilla pero todos lograron escapar. Alberto no. Alberto se quedó para salvar al resto. Sobre todo para salvar a el Lepra. Le acusaron de vandalismo. De pintarrajear las calles con latas de aerosol. Yo nunca he tenido una lata de pintura, dijo, pero la cosa sucedió del mismo modo: nadie le defendió. No había pruebas en contra, ni a favor. Y en un caso así, más vale no arriesgar y encerrar al supuesto culpable. El delito fue menor pero le dieron cinco años por reincidencia. Logró salir a los cuatro años y medio por el mismo motivo. En la cárcel fue muy trabajador. Hacía esculturas con material de reciclaje (basura) y no se metía en líos. 

 Adrián y yo queríamos regresar por el el Sanino y  por el Lepra pero se nos atravesó un bar, con sus luces oscuras, y su cerveza. Aquel día Adrián había sacado cuatrocientos pavos de hacer tres mamadas a tres señores, y dijo que podía regalarse unos tragos, e invitarme. Adrián no tenía pinta de indigente, a lo más, de clase media. Vestía lo mejor que podía y solía ducharse en las duchas de los hoteles a los que llevaba a sus clientes. O en todo caso, pagarse un hotel. Sus ingresos eran considerables. Cobraba a ciento cincuenta la mamada, y a doscientos cincuenta el polvo. Aunque a veces hacía descuentos, según me confesó aquella vez en el bar. Se hizo homosexual cuando un albañil lo violó en la casa que sus padres construían. Se lo dijo a sus padres pero no lo creyeron, o no les importó, que es lo mismo, y sintiendo un gran odio hacia ellos, se marchó de casa, a los nueve años. Sus padres vivían en Veracruz. Se vino al D.F., y desde entonces ha hecho la calle. Irónicamente, hizo de su tortura y el motivo por el que abandonó su casa, su sustento. Jamás ha estado con una mujer, y no le interesa estarlo. Si por mí fuera, me corto el pito, dijo. Pero hacerlo implica mucha sangre, agregó, y no me gusta la sangre. 

 Del Lepra nadie conoce la historia a ciencia cierta. Se cree que nació en la calle. Al menos, allí lo encontró Alberto cuando tenía tres años. Andaba vagando, casi desnudo, y lloriqueando, me contó. Tenía hambre. Así que lo llevé a comer unos tacos y desde entonces no se ha separado de mí, dijo. Es como un perro, rió. Casi no hablaba, y cuando lo hacía sólo sabía decir puto o chinga tu madre. Esto último lo hacía levantando el brazo exageradamente, haciendo el ademán de la mentada de madre. También sabía decir sí o no, y era muy obediente. Alberto solía mandarlo a conectar. O sea, a comprar droga. Le apodaban Lepra porque tenía innúmeros raspones por todo su pequeño cuerpo. Costras. Nunca se le quitan, me dijo Alberto. En efecto, daba la impresión de tener lepra. Además llevaba el cráneo rapado; se lo rapaban constantemente en las peluquerías para indigentes, porque se le pegaban los piojos y era una lata para él estarse rascando, y eso implicaba más costras, en la cabeza. 

 Bebimos hasta bien entrada la noche. Nos acabamos todo el dinero de Adrián y más. Adrián era cliente asiduo de ese bar, que no era un bar abiertamente gay, pero iban muchos homosexuales, como en toda la Zona rosa, y pedimos fiado unos cuantos litros de cerveza más. Nos olvidaos por completo del Sanino, y de el Lepra,  y de Pancho…

 Pancho era un chico de unos veinte años, pero no estoy seguro. En la calle nadie está seguro de la edad de nadie. Ni uno mismo. Era moreno como lo sugiere su nombre, y de aspecto indígena. Labios gruesos, nariz gruesa y chata, y ojos color obsidiana. Le pregunté por qué había dejado de hablar. Intenté hacer conversación. Insistí mucho. No logré arrancarle una sola palabra. Sí muchos rasgueos de guitarra. Le pregunté de dónde había sacado el instrumento. Nada. No hablaba nada. Entonces Alberto me dijo que lo dejara en paz, y eso hice. No quería llegar a perturbar las cosas. Posteriormente le pregunté a él, a solas, por el extraño caso de Pacho el de la guitarra. Fue parco al respecto. Me dijo que Pancho había salido recién de prisión, y que había vuelto tocado. Se llevó el dedo a la sien e hizo círculos con él. ¿Por qué lo ingresaron?, pregunté. Alberto me miró como si ya me lo hubiese contado. Por lo mismo de siempre, dijo, por vandalismo. Es decir, por nada. Ya dije, qué pena. 

 Salimos a las tres de la madrugada, lo sé porque antes de salir escuché decir al tío de la mesa de al lado que eran las tres de la madrugada y que debía irse. Caminamos hasta Reforma, hasta el Ángel, hasta la calle de Estocolmo,  o esa calle oscura donde pasamos la noche anterior. Allí estaban todos, y nos reprendieron por llegar a esa hora, y por haber bebido sin ellos. Nos reprendieron en broma. Acto seguido nos presentaron a Lucas, un tío que yo no sé de dónde salió, peor venía cargado con una botella de Bacardi blanco, de las que les dicen patona. No traía vasos ni soda, así que tuvimos que beber directo de la botella pasándola por rondas. 

 En algún momento de la velada, Alberto González me llevó aparte, a un rincón alejado de los demás, y comenzó con la perorata del odio dentro de sí, y con los puñetazos al pecho. Esta vez no lloró pero no por ello sentía menos odio. Creo que yo era al único al que se atrevía a confesar sus sentimientos más oscuros, o sus sentimientos, su único sentimiento: el del odio. Quizá porque yo no era parte de ellos. Quizá porque en el fondo sabíamos que yo acabará por largarme de allí, y podía llevarme su secreto. El secreto de su alma. Y sobre todo, me dijo, porque tú tienes que escribir esto. Alberto confiaba en mí como escritor, mierda. Ese indigente confiaba en mí como testigo de la podredumbre de su alma y de su mundo. Y él depositó en mis manos el mensaje, y toda su esperanza. ¿Esperanza de qué? De ser escuchado. De expresar su maldito odio a través de mí, y de la literatura. No podía fallarle. Alberto debía exorcizar su demonio, y yo, era el exorcista, y la literatura el hechizo y el medio.

2

No pasó mucho tiempo, así que calculo que ocurrió a eso de las cuatro de la madrugada. Un montón de punks llegaron a la calle Estocolmo, todos con palos y cadenas, y con mucha sed de venganza. Quizá eran quince punks. O quizá eran diez, pero eran más que nosotros, y esta vez, no podíamos correr, ni podríamos escondernos. Esta vez tendríamos que pelear. Y yo tenía mucho miedo. Todos teníamos miedo. Incluso Alberto tenía miedo. Alberto tenía mucho odio pero también mucho miedo. Lo miré de reojo, y él me miró. Con los puños levantados, me dijo: no hay pedo, ellos son punks, pero nosotros ¡PERROS DE LA CALLE! Acto seguido se abalanzó sobre ellos... Si al menos hubiese aprendido a hacer esa maldita China, me dije…  





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