viernes, 30 de diciembre de 2011

Lluvia.


Texto por: Pepe Pereza.
Blog del autor, aquí


Era por la mañana. Su mujer dormía cuando él salió de la casa acompañado de su hija de diez años. La rutina de los últimos meses. Llevar a la cría al colegio y, horas más tarde, pasar a recogerla. Vivían en una casa prefabricada a las afueras de una pequeña ciudad, rodeados de campo y vegetación. Por allí no pasaban autobuses. Si querían que la niña asistiera a la escuela no tenían más remedio que llevarla ellos mismos. Padre e hija montaron en el coche y se pusieron en marcha. La niña, como es natural, viajaba en el asiento de atrás con el cinturón de seguridad puesto.

- ¿Papá?
- Dime.
- ¿Qué es ser puta?
- ¿Por qué quieres saberlo?
- Para saberlo.
- Aun eres muy joven para hablar de esas cosas.

 De pronto empezó a dolerle la rodilla.

- Va a llover. Me duele la pierna. 
- Pon música – pidió ella.

 Él conectó la radio. Se escucharon los acordes de un tema de David Bisbal.

- Cambia – ordenó la niña.

 Cambió de emisora. Sonó Mago de Oz.

- Cambia. 

 Volvió a cambiar. The Cure.

- Deja eso, por favor.

 No hablaron mucho más. Cuando llegaron al colegio, la niña se apeó del coche y se despidió hasta unas horas después, cuando pasase a recogerla. Luego, él se dirigió a su bar preferido. 

 Entró en el local arrastrando la pierna dolorida. Jacinto y tres más estaban sentados alrededor de una de las mesas. A pesar de ser temprano ya estaban bebiendo cerveza. Daban la impresión de haber estado de juerga toda la noche y que hubieran empalmado con la mañana actual. Jacinto era un gilipollas y un bocazas de los grandes, así que evitó la mesa y se dirigió directamente a la barra. Jacinto no dejó pasar la ocasión.

- ¿Qué pasa? ya no saludas.
- Buenos días  –  dijo él sin detenerse.
- Le decía a mis colegas que este viernes en cuanto cobre me voy a ir al club donde trabaja tu mujer le voy a dar a base de bien – incorporándose de su silla y moviendo las caderas adelante y atrás.

 Los colegas de Jacinto se rieron a carcajadas. Uno de ellos escupió el último trago entre toses y risas.
- Le voy a dar hasta que se me caigan las muelas. ¿Qué te parece?- añadió sin dejar de mover las caderas.

 Él siguió hasta la barra sin hacer caso. Detrás del mostrador estaba el dueño del local. Un tipo amable que se llevaba bien con casi todo el mundo. 

- ¿Cómo lo llevas?- se interesó el barman a la vez que accionaba la cafetera para prepararle un cortado.
- Me duele la pierna, así que si tienes ropa tendida será mejor que la recojas.
- Ese accidente que tuviste en el trabajo, mirándolo con perspectiva, no fue tan malo. Si analizas el lado positivo verás que te ha dejado una buena paga y un barómetro que ya quisiera el más prestigioso de los meteorólogos. 
- Te equivocas. Ese puto accidente me ha dejado tullido de por vida y al borde del alcoholismo. En cuanto a la paga, te diré que es una mierda. Con ella no pagamos ni los gastos de mi hija. Así que no me vengas con perspectivas ni lados positivos.
- Hasta que se me caigan las muelas –  insistió Jacinto desde su mesa.
- No les hagas caso. Son una panda de cretinos –  aconsejó el barman poniéndole el cortado delante.

 Cogió la taza y bebió un trago. Después sacó el paquete de tabaco y se encendió un cigarro. El barman intuyó que era mejor dejarle a solas con sus pensamientos y se retiró al fondo para limpiarle el polvo a unas botellas. Él se sentó en uno de los taburetes y estiró la pierna entumecida. Fumó el cigarro con rabia, absorbiendo el humo en grandes y repetidas caladas. Las risas de Jacinto y sus colegas sonaban por encima de la música del local. Intentó obviarlas pensando en otras cosas. En un momento dado recordó la breve conversación que había mantenido con su hija. Sonrió. Tenía suerte de tenerlas a ellas. Su mujer era la más hermosa y entrañable de la ciudad. Y su hija tenía todo lo que un padre deseaba: era guapa, inteligente, trabajadora, sacaba sobresalientes en todas las asignaturas y tenía un gusto excelente para la música. ¿Qué más podía pedir? Después de esa reflexión se sintió mejor y todo le pareció más llevadero. Aprovechó el momento de ánimo para pagar el café y dirigirse a la salida. Jacinto habló de nuevo.

- ¡Ey! Ven y siéntate con nosotros.
- Tengo prisa.
- Tómate una copa, yo invito.
- He dejado de beber.
- Por una copa no pasa nada.
- Te equivocas, sí pasa.
- Bueno, pues pídete una tila o una de esas mariconadas que bebes ahora.

 Los colegas de Jacinto hicieron grandes muecas para aguantarse la risa.

- No, gracias. Ya he tomado un café y no quiero más.
- ¡Joder! Siéntate con nosotros aunque no bebas nada.
- ¿Qué coño quieres de mí?
- Nada, solo que… mis amigos y yo nos preguntábamos cómo haces para llevarlo tan bien.          Ya sabes a qué me refiero.
- No. Habla claro.
- Lo que quiero saber es… ¿cómo lo haces?... Yo me cortaría las venas antes de que mi mujer fuese una puta.

 Los colegas no pudieron aguantarse más y estallaron en carcajadas. Él miró de reojo una de las botellas que estaban sobre la mesa. Por un segundo estuvo tentado de cogerla y estampársela en la bocaza y con los restos rebanarle el pescuezo. ¡Oh, sí! Con gusto lo hubiera hecho. Pero era un lujo que no se podía permitir. Él tenía que mirar por su mujer y su hija. Ellas eran lo primero. Así que no le quedó más remedio que tragarse el orgullo junto con las ansias de beber. Antes de que el imbécil de Jacinto se arrancase con otra de las suyas dio media vuelta y salió del local.  La pierna le dolía más que nunca. Se dirigió cojeando al lugar donde había aparcado. Al pasar junto a la camioneta de Jacinto sacó una llave y fue rayando todo el costado derecho de la carrocería. Después montó en su coche y puso rumbo a casa.

 Entró en el dormitorio con cuidado de no despertarla. La observó desde los pies de la cama. Era tan hermosa. Esa mujer le había obsequiado con un amor a prueba de todo. Si no hubiera sido por ella ahora seguiría bebiendo sin control. Con su ayuda había conseguido dejar la bebida. Esa deuda era algo que siempre le tendría en cuenta. Sin duda era una mujer admirable. Tenía suerte de tenerla como compañera. Se acercó y posó sus labios sobre los de ella en un beso apenas perceptible. Luego salió de la habitación con cuidado de no hacer ruido.

 En el porche se encendió un cigarro. Por el norte venían nubes negras. Se frotó la rodilla y notó un ligero alivio. Siguió fumando. Un minuto después cayeron las primeras gotas. Segundos más tarde empezó a diluviar. Con la llegada de la lluvia el dolor de la rodilla desapareció. 

 Cuando cogió el coche para ir a recoger a su hija, seguía lloviendo. Condujo con la ventanilla abierta para disfrutar del olor de la tierra mojada. A la altura del parque la rueda izquierda delantera reventó.

 Cuando llegó, su hija le esperaba bajo la lluvia a la entrada del colegio. Estaba empapada y con cara de pocos amigos. La niña montó en la parte trasera del coche y se ajustó el cinturón de seguridad.

- He tenido un pinchazo. 
- Genial.
- No te enfades, no ha sido mi culpa.
- Estoy empapada.
- Yo también estoy empapado. He tenido que cambiar la rueda bajo este chaparrón.
- Podías buscarte una excusa mejor.
- No es una excusa.
- Lo que tú digas papá.
- Yo no te mentiría.
- Ya.
- Nunca te mentiría.
- Antes lo hacías.
- Antes bebía. Ahora ya no lo hago.

 Por un momento permanecieron en silencio rememorando aquellos días turbios donde todo era infelicidad.

- Entonces ¿Si te pregunto una cosa me dirás la verdad? 
- Bueno, sí.
- ¿Seguro?
- Seguro.
- ¿Mamá… es una puta?
- ¿Quién te ha dicho eso?
- Los chicos del cole.
- No les hagas caso.
- Vale… pero, no has respondido. 
- Cariño, eso son cosas de mayores…
- Recuerda que me tienes que decir la verdad. 
- Cariño…
- ¿Es mamá una puta?
- Sí, lo es.
- Comprendo.
- Tu madre lo hace por nosotros. Por el amor que nos tiene. ¿Lo entiendes?
- Sí.
- Cuando tuve el accidente y me quedé sin trabajo ella tuvo que hacerse cargo de la situación. Buscó empleo pero no encontró nada. Cuando las deudas… Bueno, tu madre siempre ha sido muy guapa y no hubo más remedio que…
- ¿Qué es lo que hace una puta?
- Tener sexo con hombres a cambio de dinero.
- Me lo imaginaba, pero no estaba segura.
- Tienes que comprender que…
- A mí no me importa que mamá sea puta. Yo la sigo queriendo igual.
- Yo también la quiero. Os quiero mucho a las dos.
- Y yo a ti, papá.

 Tenía suerte de tenerlas. Sin ellas estaría perdido.

- Pon música. 

 Él conectó la radio. Se escucharon los acordes de un tema de Marta Sánchez.

- Cambia.

 Cambio de emisora. La Pantoja.

- ¡Agggggggg! Quita, quita eso.

 Cambió de emisora. Radiohead.

- Deja eso.

 La niña se recostó en el asiento y disfrutó de la música. Él siguió conduciendo con la ventanilla abierta, aspirando el olor de la tierra mojada.



Texto por: Pepe Pereza.
Blog del autor, aquí


domingo, 25 de diciembre de 2011

La noche en que los poetas tuvieron miedo… Y un secreto inasequible.



1. La decisión.

A las dos de la tarde caminaba a lado de Martin Petrozza y el Catalán por los pasillos de Gran Sur. El Catalán había asegurado que dentro de ese lugar vendían cervezas baratas. Martin y yo no llevábamos un centavo en los bolsillos; el Catalán seguramente tampoco llevaba nada pero unos días atrás había adquirido su primer tarjeta de crédito. Cuando llegamos a Gran Sur, el Catalán aún no nos confesaba que su tarjeta de crédito no pertenecía a ninguna institución bancaria y que, en vez de eso, una promotora mediocre logró convencerlo de adquirir una tarjeta de C&A. “Mire joven, que sólo se necesita un comprobante de domicilio y una identificación oficial y ya está. Asunto arreglado”. El Catalán era un tipo blando. Vivía en Cuautitlán Izcalli y nunca tenía dinero, ni mujeres ni talento ni dignidad. Por esa razón , cuando una muchacha en pantalones cortos y blusa negra le ofreció la tarjeta de crédito, él no pudo decir que no.  Lo primero que hizo cuando le entregaron la tarjeta fue llamarme. “Oye Drizzt, te invito a chupar, tengo pasta en los bolsillos. Yo invito”. Yo le dije que no había ningún problema pero que esa tarde quedé con Martin para arreglar un asunto pendiente.  “No pasa nada, invítalo también, tengo pasta”. Contestó.

Cuando el Catalán me habló, yo no tenía ganas de salir a ninguna parte. Pasé toda la mañana y toda la tarde anterior pensando en una treta que me jodió el día. A las siete de la mañana habló Verónica a mi casa. Dijo que tenía algo que contarme pero que no podía verme hasta el otro día por la noche. “Todavía no sé dónde ni a qué hora pero nos veremos”, dijo. “Yo te llamo más tarde”, y colgó.  Una hora después recibí una llamada de Martin donde me contaba lo mismo. “Mierda, ya nos engatusó otra vez”… nos lamentamos. Quedamos de vernos al otro día para intentar adivinar su secreto y recibir la llamada juntos.

Como no tenía ganas de ver al Catalán ese día, le dije que podíamos ir a tomar unas cervezas pero en el sur de la ciudad. Como el Catalán vive en el norte, jamás pensé que accedería a venir hasta acá. “Vale pues”, dijo. “Los veo en un centro comercial”. “Ya está”, dije. “Nos vemos en Gran Sur a las dos de la tarde”. 

Cuando recibí la llamada del Catalán eran las ocho de la mañana. Había quedado con Martin a la una de la tarde así que tenía tiempo para leer un tratado de María Zambrano sobre los sueños y el tiempo, escuchar una de Beethoven y bañarme lentamente. Mientras leía a María Zambrano recordé que prometí ir a casa de Mariana por la noche. De pronto todo se complicó, no supe qué hacer y me puse a pensar en el Catalán.

El Catalán era un tipo de 30 años que había llegado a México cuanto tenía 29. Hace menos de un año. Llegó a México porque se enamoró de una chica que conoció en la Universidad de Barcelona. La chica se llama Priscila y fue mi compañera en la universidad. En esa época era mi amiga y nos llevábamos bien. Priscila me contó que el Catalán solía ir a la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Barcelona a vender panfletos baratos con poesía hippie. En un principio ella se enamoró del Catalán y quedó prendada de su timidez y de sus ojos marrones. “Mierda”, dijo Verónica la única vez que habló con Priscila; “pero si este cabrón está bien pinche feo”. Priscila no dijo nada ante ese comentario, pero al día siguiente el Catalán se quedó solo, lejos de su tierra y con un departamento que mantener. Priscila estuvo cuatro meses en Barcelona estudiando una Maestría. De esos cuatro meses, dos los vivió con el Catalán en un viejo departamento de una provincia llamada Cabrils. Cogían, jugaban ajedrez, leían a Lord Byron y volvían a Coger. Cuando Priscila regresó a México, el Catalán estaba tan enamorado que dejó sus panfletos y su idioma y se vino a vivir a Cuautitlán Izcalli con ella.  Mes y medio después, Priscila conoció a Verónica. Al día siguiente huyó de su departamento y no hemos vuelto a saber nada de ella. Antes del día de hoy, el Catalán me había visto un par de veces en fiestas de la facultad.  A Martín sólo lo conocía de oídas. No era mi amigo pero, a raíz de lo sucedido, tengo cierta compasión por él.

A las doce treinta de la tarde, media hora antes de lo acordado, sonó el timbre de mi casa. Abrí la puerta y encontré a Martin vestido con una vieja camisa militar y su clásica maleta negra colgando del hombro izquierdo. Pasó. Yo llevaba el libro de María Zambrano y me preguntó que qué leía. “Un libro sobre la vigilia”, contesté. “Lo que Proust erróneamente hizo en cuarenta páginas, ella lo complicó más en doscientas”. “Mierda”, contestó Martin. No dijimos nada más al respecto. 

Cuando entramos en la sala, Martin corrió directamente a la cava donde suelo guardar el whisky, el vino y el ron (que rara vez tomamos). Se sirvió un etiqueta negra y me invitó uno. Yo saqué unos Delicados sin filtro que había conseguido la noche anterior en la tienda de la esquina. Le invité uno. Martin cogió el cigarrillo con sus manos sucias, sacó unos cerillos de su maleta negra, prendimos los cigarros y comenzamos a fumar lentamente, como quien no tiene ninguna prisa. Aunque fumábamos sin prisa yo sí tenía mucha; faltaba menos de hora y media para nuestra cita con el Catalán y yo todavía no convencía a Martin de que fuera conmigo. Nos sentamos en un viejo sillón negro donde siempre solemos fumar cigarros, beber whisky y platicar sobre filosofía. Por esas épocas yo estaba muy impresionado de la filosofía existencialista francesa y Martin de la filosofía china. Como siempre, nunca llegamos a ningún acuerdo. Yo le comentaba a Martin que en la filosofía china había una mariposa que soñaba con ser humano y que había un humano que soñaba con ser mariposa. “Tú cuál crees que sea la realidad”, le pregunté. “Mierda”, contestó. “Seguro el humano, las mariposas no piensan”. Argumentó. “El chino que dijo eso da a entender que la mariposa tiene el sueño”. Concluí. Como ya no quería perder más tiempo en conversaciones banales, le solté a Martin de golpe la propuesta del Catalán. “Me habló el Catalán por la mañana. Nos invita a tomar a Gran sur” "¿Va a costarnos algo?", preguntó Martín. “Ni un centavo, dice que tiene una tarjeta nueva y que él paga”. Añadí.  No tuve que decir nada más. Subí a mi estudio a coger la cartera mientras bebía el whisky que me sirvió Martin. Bajé al cabo de dos minutos. Martín llevaba ya dos tragos. “Vamos pues”, dije. Y salimos de la casa.

El trayecto lo hicimos a pie. Yo vivo cerca del centro de Tlalpan y Gran Sur queda a escasos veinte minutos a paso medio. Nosotros solemos caminar un poco más lento de lo normal porque vamos fumando y platicando. Atravesamos la avenida Las Fuentes y llegamos a Periférico. Cruzamos un puente peatonal y al cabo de media hora ya estábamos en Gran Sur.  Faltaban veinte minutos para ver al Catalán. Como no solemos ir a centros comerciales, nos sentamos en la entrada del hotel Fiesta Inn a terminar con los cigarrillos que aún quedaban de la caja de Delicados. A las doce cincuenta y cinco saqué el celular y le hablé al Catalán por teléfono. Ya estaba en el centro comercial, enfrente de Mix Up. “No te muevas, nos vemos ahí”. Confirmé. Y salimos hacia Mix Up.

     A las dos de la tarde caminaba a lado de Martin Petrozza y el Catalán por los pasillos de Gran Sur. El Catalán había asegurado que dentro de ese lugar vendían cervezas baratas "¿Vamos a Beer Factory?", pregunté un poco compungido. “Para nada”, contestó el Catalán. “Aquí hay un C&A y en ese lugar venden cervezas”. Ni Martin ni yo creíamos que en C&A pudieran vender cervezas y se lo hicimos ver al Catalán; “por qué no mejor vamos a Beer Factory o nos largamos de aquí de una buena vez y vamos a cualquier otro lado”, preguntamos. “Porque mi tarjeta es de C&A y sólo ahí la aceptan”. Contestó. Como era demasiado tarde para echarse para atrás y regresar a mi casa a beber tranquilamente y escuchar algún son jarocho o algún Beethoven, caminamos a lado del Catalán hasta el C&A. Entramos. Al principio creímos que sí iban a vender cerveza porque en el centro de la tienda hay una fuente de sodas donde venden papas fritas  y coca colas.  El Catalán se acercó al mostrador y pidió una cerveza con su acento petulante. “Aquí no vendemos cervezas, es una fuente de sodas y solo vendemos comida para niños” . Contestó la vendedora. La vendedora tenía unas buenas tetas. El uniforme las cubría mucho, sobre todo por el delantal, pero aún así le sobresalían y por eso deduje que tenía unas buenas tetas. Llevaba el pelo amarrado con una red y no llevaba aretes. Era fea pero tenía unas buenas tetas. “Me largo de aquí”, dijo Martin y salió por patas. Yo salí tras él.  A los pocos pasos el Catalán estaba a lado nuestro, intentando convencernos de que en algún otro C&A sí vendían cervezas. “Miren que yo he ido a alguno y sí venden, deberíamos probar”, intentó convencernos. “Vamos a Mundo E, ahí hay un C&A y sí venden cervezas”. Dijo como última opción. 

Ir a Mundo E a probar una cerveza improbable era la última de nuestras opciones esa tarde. Por un lado, el hecho de ir hasta allá nos iba a joder el día porque representaba como mínimo dos horas de camino. Por otro lado, iba a joder la cita que tenía programada con Mariana en la noche. Por otro lado, ni Martin ni yo teníamos en realidad gran cosa que hacer. “Venga”, contestó Martín. “Por qué no le creemos a este tío y vamos a Mundo E. Al fin y al cabo son cervezas gratis”. Me dijo. Lo pensé dos segundos y accedí. De cualquier forma ya estaba metido en ese lío.

Regresamos caminado a mi casa y para cuando llegamos ya eran las tres de la tarde. Cogimos el Argos marca Volks y salimos rumbo el norte; a Mundo E. 

En el C&A de Mundo E las cosas fueron diferentes. El Catalán tenía razón, ahí sí vendían cervezas. Llegamos como al anterior C&A y nos sentamos en la barra de la fuente de sodas. En este C&A no atendía una chica de buenas tetas sino un lamehuevos pelón. “Dame tres cervezas”, le pedí malhumorado. A los pocos segundos regresó con tres Indios. “No tienes otra cerveza”, preguntó Martin. “Lo siento amigo, aquí sólo vendemos Indio”, contestó el lamehuevos. Los tres tomamos la cerveza muy rápido y a los pocos minutos, sin apenas hablar nada, pedimos otra ronda. El lamehuevos dudó en traerlas porque era muy rápido y ahínoeraunbarsólosetomancervezasparaelantojo. A fin de cuentas nos llevó nuestras cervezas porque también le pedimos unas papas para cada quien. Total, la tarjeta de crédito pagaba. Esta vez tomamos la cerveza muy lento. Hasta parecía que realmente disfrutábamos el momento. Empecé a platicar con Martin y el Catalán se quedó perdido en su cerveza. Era poco lo que podíamos platicar con él. Apenas si lo conocíamos y no sabíamos gran cosa de su vida. 

Sigo intrigado por lo que nos dijo Verónica por la mañana. Qué jodidos tendrá que decir. Le pregunté a Martin.
Mierda, tío. No lo sé y me importa un huevo. Vamos a tomarnos estas cervezas y después vemos.
Vale pues, pero después no te estés quejando si sale con una chorrada.
Mierda, tío. Sigamos bebiendo cervezas.

     Generalmente, las conversaciones entre Martin y yo cuando bebíamos alcohol nunca llegaban a nada. A Martin sólo le interesaba beber más cervezas y yo siempre estaba preocupado por algo. Ese día me preocupaban dos cosas. 1) Qué carajo querra Verónica. 2) NovoyaveraMarianadiosmeampare. Para no preocuparme de más, decidí sacarle conversación al Catalán ¿”Sabes ya algo de Priscila”? Pregunté porque no tenía otra cosa para preguntar. “Da res”. Contestó. A mí me cagaba que el Catalán nos contestara en Catalán. No tanto porque no me gustara el idioma (que de hecho me gusta y disfruto hablar), sino porque era precisamente un Catalán el que pronunciada su idioma. “Mierda”, dijo Martín. “Priscila es la tipa de las tetazas que vimos el otro día con Verónica, ¿cierto?” Preguntó. “Sí”, contesté. “Verónica se pasó de mierda, por eso te dejó, compadre.” Dijo Martin. A los pocos segundos Martin ya le contaba la historia de cómo Verónica le había dicho feo y que Priscila se había quedado callada. El Catalán empezó a llorar. A Martín pareció no importarle y siguió contando y hablando de las tetas de Priscila. Yo me reía para mis adentros y mejor pedí otras tres cervezas. 

Para ese entonces ya le caíamos bien al lamehuevos. No nos pidió que pidiéramos otra cosa y nos llevó las cervezas sin rechistar. Es muy probable que nosotros fuéramos los primeros clientes en ver al C&A como un bar y no como una tienda de ropa. El lamehuevos estaba atento para ver qué hacíamos y cómo quedábamos en ridículo. Para ese entonces ya eran las seis treinta. Sonó mi teléfono. Era Mariana para preguntarme por qué coño no había llegado. Le inventé cualquier excusa. Se encabronó conmigo pero aún así me dijo que se iba para Cuernavaca y que si quería verla fuera para allá. “Vale”, dije. “Te hablo al rato”. Y le colgué.

A las siete de la noche pedimos la quinta ronda de cerveza. Faltaba poco tiempo para que nos echaran del lugar. El Catalán estaba borracho, Martin comenzaba a parecer borracho y yo estaba más que mareado. A la barra llegó una mujer con cara de puta y cuerpo de adolescente. Habló con el Catalán. No se qué cosa le dijo porque yo estaba enfrascado en una conversación con Martin. Discutíamos sobre la importancia de Proust en la literatura. “A la mierda con Proust”, dije. “Los tabiques decimonónicos suelen ser somníferos mortales si no están escritos en verso”. Para mi sorpresa, Martin estaba completamente de acuerdo conmigo. Una semana antes, Martin había llevado un ejemplar de En busca del tiempo perdido que compró en una librería de viejo, cerca del parque de Los venados. Ese día le comenté que le sería casi imposible leerlo y él dudó seriamente en que así fuera. Para el día del C&A apenas había logrado pasar de las primeras doscientas páginas. Cuando hablábamos sobre el aspecto físico del señor Swann (para mí un tipo alto, delgado, con sombrero y bastón; para Martín un regordete elegante con traje negro), la puta con cuerpo de adolescente se levantó del banco y comenzó a insultar al Catalán. El Catalán le soltó una serie de improperios en su idioma y le arrebató su bolsa. Cuando la tuvo, buscó dinero y como no encontró nada la aventó hacia el mostrador. El lamehuevos, molesto, amenazó con sacarnosdellugarquesinolellamoalapoliciaymeimportaunpitoloquelespase“Venga, Catalán”, dijo Martin. “Mejor nos largamos de una buena vez”. El Catalán, a regañadientes, aceptó irnos de ahí. Sacó su tarjeta de crédito, se la entregó al lamehuevos y le cargaron a su cuenta 315 pesos.

Salimos del C&A tambaleándonos. Mientras caminábamos por Mundo E se me ocurrió la idea de seguir a Mariana hasta Cuernavaca. Por un momento pensé en dejar ahí, botados, a Martin y al Catalán y salir disparado hasta allá. Después lo pensé bien y mejor inventé una treta para que ambos me acompañaran. A Martin le dije que Verónica había hablado y que nos estaba esperando en Cuernavaca, en casa de Enrique. Al Catalán le dije que Priscila estaba en casa de Enrique, esperándonos junto con Verónica. Como ninguno de los dos tenían nada que hacer, aceptaron ir. Sólo me quedaba arreglar una situación: hacer que Verónica también llegara a Cuernavaca.

Antes de llegar al estacionamiento, me separé de Martin y el Catalán con el pretexto de ir al baño. Cuando los tuve lejos, saqué el teléfono y yo mismo telefoneé a Verónica. “Vero”, le dije. “Martin y yo tenemos un tremendo problema y estamos en Cuernavaca. Me urge que vayas, estamos en casa de Enrique”. Mentí. Para mi sorpresa Verónica se convenció rápido y quedo de vernos a las once en la entrada de casa de Enrique. Más aliviado regresé junto a Martin y el Catalán y emprendimos el viaje hacia Cuernavaca.

Continuará…



jueves, 22 de diciembre de 2011

Whisky en las rocas: Eme.



Queremos agradecer a todos nuestros lectores, que han hecho esto posible. 


Whisky en las rocas,

ahora en papel.



Ya está a la venta el primer libro escrito por los autores Whisky en las rocas. 





 Título: Whisky en las rocas: Eme
 Precio: $120.00 MXN


Nueve relatos contundentes y apasionados, escritos desde polos opuestos que siguen una misma línea: la búsqueda inasequible del sexo. En ellos, Martin Petrozza nos sumerge en un mundo lleno de vicios, donde el personaje principal tiene un único fin: acostarse con toda mujer que esté al alcance de su vista. Para lograrlo es capaz de elaborar los más extraños planes de captura de su presa. En el lado opuesto, Guillermo Garrido (Mr. Garrison) nos transporta a un mundo de amores platónicos e idealistas, llenos de gracia y erotismo; donde las mujeres son niebla o silencio.

 Nueve magníficos relatos escritos por los autores de Whisky en las rocas, con todo el tono y el humor que los caracteriza.



Formas de pago:

1. Para México, D.F.  y área metropolitana.

Envía tu pedido al correo electrónico: redacción@whiskyenlasrocas.com 

Una vez que tu pedido haya sido confirmado vía correo electrónico, puedes recoger el libro en:

a) Av. Álvaro Obregón s/n  Col. Roma. Entre las calles de Jalapa y Orizaba. Muy cerca del Metrobus Álvaro Obregón, o del Metro Insurgentes. Frente al Hospital Álvaro Obregón. De lunes a domingo, de 1:00 p.m. a 8:00 p.m. (hasta el 6 de enero. Posterior al 6 de enero, únicamente sábados y domingos de 10:00 a.m. a 8:00 p.m.)

b) Café La Selva Centro de Tlalpan. De lunes a domingo de 1.00 p.m. a 8:00 p.m.

*Antes de recogerlo haz una cita al correo arriba mencionado. Gracias.

c) Entrega domicilio con un costo adicional de $50.00 MXN

 Para más información realiza tu pedido o pide informaciòn al correo antes mencionado.

2. Para Interior de la República Mexicana.

 Pay Pal.

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 Costo de envío $100.00 MXN 


3. Ventas al extranjero. 


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Anexa los siguientes datos: 


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viernes, 16 de diciembre de 2011

París no es una fiesta: Wanda de mi vida y de mi amor.



Me encuentro en La selva, el Café del Centro de Tlalpan. Espero. Mientras espero garabateo en la libreta un nombre: Verónica. Lo hago como un acto reflejo, no presto demasiada atención al hecho. Me dejo llevar. Los garabateos se convierten poco a poco en bien intencionados trazos. Pasan al menos veinte minutos en los que no dejo de dibujar el nombre de Verónica. Entonces me percato de lo que estoy haciendo. De lo que he hecho. He dibujado su nombre decenas de veces, y he dibujado un corazón. También he dibujado mi nombre: Salmoneo, y un lazo le une al nombre de ella. Me siento estúpido. Desde la secundaria que no me permito algo así. 

 Cuando la mesera se acerca escondo la libreta. No quiero que la mire. Pero la ha mirado, lo sé. Me pregunta si todo está bien. Lo hace con una charola en las manos. La miro reír. Seguramente ríe de mí, pienso. Lo ha hecho descaradamente. Quizá no ría de mí, nadie ríe de un desconocido descaradamente. Sí, todo bien, contesto. Acto seguido se marcha. Entonces abro la libreta y arranco la hoja donde he dibujado mi vergüenza. 

 A los dos minutos llega Verónica, con un retraso de media hora, a la cita que acordamos. Me alegro de haber arrancado la hoja, porque lo primero que hace (incluso antes de saludarme), es coger mi libreta y ponerse a leer. Llega, se sienta a la mesa, coge la libreta y se pone a leer. ¿Nada nuevo el día de hoy?, pregunta. Hola, le digo sarcásticamente, y sólo así acerca su mejilla a la mía en salutación. No, respondo a su pregunta. No he escrito nada nuevo en tres semanas. Me pregunta por qué, y no le digo la verdad. Le digo que no lo sé. La verdad es que no he podido pensar en otra cosa que en ella. ¿Tú has escrito algo?, pregunto. Mueve la cabeza afirmativamente. Le pregunto qué, y me responde que un texto sobre el principio de la vanidad. No le preguntó más, pienso que ya lo leeré luego. ¿Has ordenado algo?, me pregunta, a lo que respondo que sí, que unas enchiladas y un par de cafés. Verónica hace una mueca. Dice que es lástima, que desea irse de allí lo antes posible. Luego se corrige. Quiso decir que ambos (ella y yo) nos fuésemos de allí lo antes posible. Entonces suspiro. No hay problema digo, ya me he comido las enchiladas y los dos cafés. Menos mal, exclama. 

 Levanto la mano para llamar a una mesera, o a un mesero (lo que sea), y pedir la cuenta. Pero no lo logro. Al parecer todos los meseros están ocupados, o me ignoran. Es algo que suele ocurrirme siempre que deseo llamarlos de verdad. Verónica alza la mano y en un segundo está un mesero delante de nuestra mesa. Le sonríe y le pregunta qué es lo que desea. Verónica pide la cuenta y en dos minutos la cuenta esta sobre la mesa. Dos minutos es demasiado para traer una cuenta, pienso.

 2

Petrozza, el viejo lobo Petrozza, ya me había advertido, y me recordó que ya me había advertido cuando se enteró, cuando se lo conté. Me advirtió que uno no pude enamorarse de una mujer porque las mujeres no son piezas únicas en el engranaje de la vida de un hombre, sino piezas sustituibles, y piezas a montones. Dijo que pensar que una mujer va a estar ahí para siempre, es como pensar que cualquier cosa va estar ahí para siempre. Las mujeres sobre todo, enfatizó, nunca están ahí para siempre. No sé, le dije, hay parejas que envejecen juntas. Ya, dijo Petrozza, el cuerpo de una mujer puede estar ahí hasta la muerte, pero la mujer… amigo, eso es otra cosa. Las mujeres pueden estar a miles de kilómetros de distancia, incluso cuando su cuerpo está a tu lado.  

 Y así fue. El cuerpo de Verónica estuvo a mi lado pero su alma, o su espíritu, o sus hormonas, no. Saliendo del Café la Selva nos fuimos a un bar en Insurgentes, que era un bar donde Verónica se había citado con un par de amigos suyos (cosa que me dijo una vez allí), sacados de ve tú a saber dónde, los cuales yo nunca había visto o escuchado hablar de ellos, pero saludaron a Verónica como si fuesen amigos de toda la vida. A mí me saludaron como si tuviese sarna. Apenas y me dieron la mano, y en toda la velada, si me dirigieron la palabra un par de veces, fue mucho. La primera vez fue para preguntarme quién era y a qué me dedicaba. Les dije que yo soy Salmoneo Gutiérrez, amigo de Verónica, y que me dedico a la poesía. Después de eso no volvieron a hablarme. 

 Nos sentamos en una mesa en el centro del lugar. Un sitio incómodo, pues por allí pasaba todo el mundo, y me llevé algunos empujones. Sin embargo ellos parecían muy contentos de estar en ese sitio, en medio de todos. Quizá reflejaba sus personalidades extrovertidas, al mismo tiempo que mi molestia reflejaba mi personalidad introvertida. Quizá sea esto por lo que lo nuestro, es decir, lo que quiera que exista entre Verónica y yo (algo tan delgado y tan enteléquico), no pueda llegar a más. Quizá no puede llegar a más. Quizá estoy batallando una batalla perdida de antemano. Todo esto no lo pensaba sino hasta aquel día, cuando miré a Verónica desenvolverse con esos amigos suyos. Yo conocía una parte de ella, la parte que pertenecía a Petrozza y a Garrison, la parte de Verónica que la incluía en el grupo Whisky en las rocas.  La parte humana e intelectual de Verónica. Desconocía la otra parte, o una de las otras partes. La Verónica de mundo, la Verónica de antros y de bares. La Verónica interesada. La Verónica zorra. La Verónica que ella misma describe en sus textos, me era ajena. Y quizá por ello pensé que yo, ja, ¡yo!, sería capaz de conquistarla. 

 Hablaron de viajes a lugares que yo jamás habría imaginado ir, como Egipto o Argelia. Obviaron lugares como París, a los que consideraban básicos, y casi no podían concebir que hubiese personas que no han pisado jamás suelo francés, o suelo español. Y hablaban de tal modo que te hacían pensar que si tu familia no tiene unos buenos millones en el Banco, eres un idiota. Una Verónica elitista asomó ante mis ojos. 

 De ese ser yo había leído, y había escuchado. Martin Petrozza me confesó alguna vez que no llegó a vincularse sentimentalmente, al menos no profundamente, con Verónica por ese motivo. Por esa parte oscura y desagradable de un ser angelical. Verónica podía ser bellísima y culta; podía ser el sueño de todo intelectual, o de todo escritor, y también, su peor pesadilla: una mujer frívola,  superficial e interesada. Algo así como una sirena, me dijo Petrozza, que es un encanto, y es un monstruo. Que te llama y te atrae, al tiempo que te come. Y como Petrozza siempre ha mirado a la Literatura como a una sirena, también dijo que Verónica era una mujeraza, porque era como la Literatura: una trampa donde podía perderse el más habilidoso de los hombres. Una droga. Algo que te procura placer antes de matarte. 

 Pero todo esto me lo dijo después de mi desgracia, de la desgracia que me ocurrió en aquel bar de Insurgentes cuando Verónica, a la que había confesado mi amor, y que había estado dispuesta a acostarse conmigo en un par de ocasiones frustradas por causas situacionales, y con la que según yo mantenía una relación un paso delante de la amistad, me hizo ver mi suerte. 

 Había un tal Ruvalcaba, o un tal Betancourt, creo que era Betancourt. Alejandro Betancourt, dentro del círculo de amigos ocasionales de Verónica, que estaba allí, y que era blanco, rubio y alto. Y además, podías notarlo en las ropas que vestía, y su actitud, adinerado hasta la médula. Me recordé a mí mismo dibujando en mi libreta barata el nombre de Verónica. Yo mismo desentonaba tanto en ese ambiente, que todos mis sueños de poesía se desvanecieron. ¿Qué era un poema bien logrado contra una cuenta millonaria en suiza, o contra un BMW aparcado en el valet? Nada. ¿Qué muestra de amor podría yo darle a Verónica?, ¿los garabateos de su nombre en mi libreta? ¿Y qué eran esos garabateos parvularios contra un recorrido por el Oriente? ¿O contra un saco de pieles colgado de un perchero de caoba, en el recibidor de una residencia en las Lomas de Chapultepec? Cualquiera de ellos hubiese podido comprar toda mi producción poética, por mucho menos de lo que contenían sus billeteras, y hacer con ella lo que le viniera en gana, verbigracia, prenderle fuego y largarse con Verónica Pinciotti a las Bahamas. 

 Todos estos pensamientos de mediocridad rondaban mi mente como moscas sobre la mierda. Moscas sobre la mierda, ¿de dónde habría yo sacado tal expresión? Tengo que dejar de influirme por ese Petrozza, pensé. Pero no estoy exagerando, la situación no era para menos: Verónica reía y se pegaba al cuerpo de ese HIJO DE PUTA (cada día que pasa comprendo más a Petrozza, que de algún modo pasó por lo que yo pasaba en ese instante, cuando él mismo se enamoró de Verónica). Reía de sus chistes, que eran chistes sin una pizca de ingenio, y todos imitados de los programas cómicos de televisión. Era evidente que ella reía sobreactuando; el más tonto se hubiese dado cuenta, pero Alejandro Betancourt no se daba cuenta, o no le importaba con tal que Verónica continuase pegando los senos a su tórax. 

 Hubo otro intento de comunicación entre ellos y yo. Alguno mencionó la palabra hipótesis, que yo confundí con la palabra hipóstasis. La confundí porque alguno otro preguntó que qué quería decir esa palabra, y yo supuse que se refería a hipóstasis, pues cualquiera sabría lo que significa hipótesis. Se lo preguntaron a Verónica, a la que consideraban super-erudita, o conocedora de todas esas cosas. Entonces Verónica explicó que significaba, según la RAE: suposición de algo posible o imposible para sacar de ello una consecuencia. Y que en la ciencia se establece provisionalmente como base de una investigación que puede confirmar o negar la validez de aquella. Entonces Alejandro Betancourt afirmó con la cabeza, unas mil veces, y dijo que eso era muy cierto. Aunque era claro que Alejandro no tenía idea de nada, y que simplemente quería no pasar como un ignorante ante Verónica. Y aquí fue donde yo metí la pata. Dije que quizá la persona que preguntó aquello, no se refería a la palabra hipótesis, sino a hipóstasis, que como todo el mundo sabe proviene del latín hypostăsis, y este del griego ὑπόστασις, "sustancia". La hipóstasis, continué, se emplea de forma habitual en religión para referirse a las tres personas de La Trinidad, dogma central de la esencia de Dios según la mayoría de las iglesias cristianas, que afirma que Dios es un ser único en el que se funda la verdad, pero que existe con simultaneidad como tres personas o hipóstasis distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Además, cambiando de contexto y ámbito de aplicación, la filosofía neoplatónica o neoplatonismo (escuela que destacó en los primeros años del cristianismo en Alejandría) tenía como base la teoría de las tres hipóstasis: la Inteligencia, primera hipóstasis que estaba por encima de todo; las Ideas, segunda hipóstasis que contenía los tipos eternos y el Alma, la tercera hipóstasis que producía el mundo sensible según la Inteligencia y las Ideas.

 Luego de terminar mi explicación, el que preguntó dijo que no, que en realidad sí se refería a la palabra hipótesis, que había explicado Verónica, y que de lo demás (o sea de lo que dije yo) no entendía nada. Aquí todos rieron, y me tomaron por una especie de bicho raro, que Verónica había sacado de quién sabe dónde. 

 La velada fue, desde mi perspectiva, aburrida hasta el hartazgo. Sentados todos a una mesa, bebiendo bebidas de más de setenta pesos la copa, y hablando una y otra vez de lo bello de París por la mañana, o de la incomodidad de viajar por ciertas aerolíneas. De la preferencia mayoritaria a cierta marca de ropa italiana, o de las delicias de la gastronomía oriental. No dudo que cosas interesantes, pero… ¿qué interesante puede ser un guisado popular del lejano Japón (interesante para todos menos para los japoneses) comparado con el interés de la gramática, de la morfología, la sintaxis o la fonología de la palabra hipóstasis? Desde mi perspectiva no hay comparación. Basta con ir a Japón para probar cualquiera de esos platillos, servidos por el más mediocre de los japoneses: un camarero; análogo a un camarero mexicano que sirve enchiladas a un japonés extasiado con la comida latinoamericana. En cambio aquí o en Japón o en China, la palabra hipóstasis, y toda su etimología, son y serán siempre cosa interesantísima y emocionante.

 La velada fue aburrida hasta que se volvió insoportable: Verónica y Alejandro Betancourt desaparecieron de escena. ¿Adónde fueron? Nadie lo sabía a ciencia cierta, y todos estábamos seguros de adónde (o / y a qué). Un hombre y una mujer sólo desaparecen en una velada de bar por una razón. 

 Me sentí presa del pánico. Primero por imaginar a Verónica en brazos de otro, haciendo lo que yo no había logrado hacer. Segundo porque lo estaría haciendo con alguien a quien considero intelectualmente inferior a ella, cosa que me dolía en demasía. Y tercero porque me encontraba solo  en medio de esas personas de apellidos rimbombantes. 

 Me preguntaba cómo era posible que Verónica, la misma Verónica que se mostró cálida conmigo, interesada en mi persona y con la que una vez confesado mi amor se creara un vínculo especial, fuese capaz de llevarme hasta allí y de dejarme solo mientras ella… Sobre todo, me preguntaba cómo es que aceptó verse conmigo y verse con ellos el mismo día a la misma hora, y haciéndolo, ¿por qué los prefirió? Era evidente que había preferido a ellos que a mí, y que en esta situación yo era algún pequeño mal del que no podía librarse.  Incluso la imaginé ofreciendo disculpas a sus amigos por llevarme allí con ellos, en alguna llamada telefónica secreta. Secreta para mí. 

 A cada minuto de su ausencia, yo desesperaba. Incluso tuve los pensamientos más machistas, por ejemplo, ir a buscarla y traerla del brazo. Reclamarle su bajeza y su liviandad. Hacerle ver que a mí no podía tratarme de ese modo. ¡Pegarle una buena surra por golfa! ¡Uxoricida! Sí, consideraba en el mundo fantástico de mi mente a Verónica, como mi mujer. ¿Con qué derecho? Era una batalla. Una parte de mí quería someterla, como a un objeto, o como a una presa. Y otra parte, la racional, sabía que me estaba volviendo loco. Que aquello era demencial e imposible. Sin embargo aquellas charlas en el jardín de su casa, la vez que confesé sentirme enamorado de ella, y la vez que dormí en su casa, ¿me daba todo eso derecho a poseerla? Y ellos, bueno… yo no los conocía, lo que no quiere decir que verónica no los frecuentara. Quizá eran más amigos de ella que yo, posiblemente ese tal Alejandro Betancourt tuviese más derecho a ella que yo. Pero yo sabía que no era así, que si el derecho se mide por las cosas que ya dije, yo tendría más derecho. Más derecho pero menos acción. ¿Iba a quedarme cruzado de manos mientras alguno se besaba con mi mujer? 

 Sí, iba a quedarme de manos cruzadas mientras… 

3

Bueno, dijo Petrozza, en algún momento, tarde o temprano te la tenía que hacer. Si no se la hiciera a todo el mundo no sería Verónica Pinciotti, y la amaríamos menos, porque, lo quieras aceptar o no, en adelante la amarás aún más, serás su esclavo. Tendrás que aguantar todas y cada una de sus puterías, y te sentirás tan agradecido del tiempo que te dedique, como desdichado del que dedique a otros. Son pocas las mujeres que pueden tener ese poder sobre uno, y Verónica es una de ellas, tío, así que vete acostumbrando

Pero yo no deseaba acostumbrarme. Yo deseaba poner un alto. Un alto a todo esto, que me parecía la cosa más descabellada y más terrible de la vida. 


 Cuando Verónica regresó a la mesa, lo hizo tomada de la mano de Alejandro, y sin importarle un pepino lo que yo pudiera sentir. Al parecer se había transformado. Le importaba poco la literatura cuando se sumergía en ese ambiente, y hasta lucía como una de ellos. En ningún momento habló de algún escritor, como lo hacía todo el tiempo que estaba con nosotros. La desconocí totalmente, y sentí por ella odio, mucho odio. La sentía capaz de ridiculizarme si yo salía con alguna teoría gramatical o literaria; la sentía capaz de darme la espalda y de dejarme hundido en el fango. 

 Las acciones de Verónica no deben afectar las acciones tuyas, dijo Petrozza haciéndose el sabio. Dijo que no debía permitir que su vida y sus acciones me perjudicaran directamente. Que debía entender que ella y yo somos dos seres completamente diferentes y que todos los vínculos que podamos crear entre nosotros, son superficiales, incluido el amor verdadero. Las personas nacen solas, y están solas todo el tiempo, cada una en su burbuja, y cuando se aman es como dos burbujas que han decidido permanecer estáticas, juntas, pero no por ello son una las dos, no dejan de estar solas. Dijo que nada debe alterar mi vida, porque de lo contrario seré esclavo de todas las situaciones, y de todas las vidas. 

 Para acabar de matar al toro, Verónica, cuando salimos del bar de Insurgentes me dijo, me advirtió, o me confesó; una mezcla de todas esas cosas, que no regresaría conmigo. Que no se iría conmigo. Se iría con… Alejandro Betancourt. Y además, me pidió que esperara allí a un empleado de su casa, que pasaría a recoger el auto en el que llegamos, para que ella pudiera partir en el coche de Alejandro. Yo debería esperarlo allí, al empleado, y éste tenía órdenes de llevar el coche de Verónica a su casa, y en el trayecto podría botarme donde más me conviniera. Pero no de llevarme hasta casa, o desviar el rumbo del bar a casa de Verónica. Me dejó las llaves del coche para dárselas al empleado, que ya venía a toda prisa en un taxi, y se despidió de mí como si finalmente se librara de ese pequeño inevitable mal. 

 Debiste decirle que se metiera las llaves por el culo, me dijo Petrozza, es la única forma de parar a zorras como aquella. Lo dijo con cierto rencor que me hizo suponer que Verónica alguna vez le hizo algo parecido, o alguien le hizo algo parecido. Luego dijo que de todos modos es muy difícil no hacer lo que te ordena una mujer así, una Wanda. Entonces asentí con la cabeza, pues me cogí las llaves con temor a perderlas, y me despedí de ella con un ligero y rápido beso en la mejilla. Dejándola partir cogida del brazo por el macho Alfa...

 Y me quedé a esperar a Carlos, el empleado, quien desobedeciendo las órdenes de su ama, desvió el rumbo para dejarme sobre Periférico, pero un poco más cerca de mi casa. Sólo un poco más cerca, no mucho, porque yo vivo en el Estado de México, y Verónica en Tlalpan. 

 Mañana, me dije, mañana me las va a pagar. Voy a poner un alto a todo esto cuanto antes… 




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