lunes, 28 de noviembre de 2011

París no es una fiesta: Jacques Préver.



Anoche discutimos. Quiero decir que discutimos de verdad, y que más de uno salió pensando del otro, que es un imbécil. Estoy seguro que el poeta Rubén pensó de Petrozza, que era un engreído y un imbécil. De Petrozza no cabe la menor duda, en algún momento se levantó de la mesa y dejó muy claro lo que pensaba. Verónica tuvo que pedirle que no se agitara, y yo se lo pedí también, principalmente porque me considero pacifista, aunque el sentimiento de vergüenza que sentí, fue lo más cercano al odio. Por su parte, el poeta Rubén fue calmado por su compañero, el poeta Miguel Ángel, quien dijo que no valía la pena mancharse las manos con alguien como él (como Petrozza). Rubén también se levantó, y le dijo a Petrozza que fuera a chingar a su madre, y si no fuera porque Miguel Ángel lo detuvo, se le hubiese ido encima. Entonces Verónica miró a Petrozza y éste recobró la calma. Fue una mirada de esas que te hacen pensar que entre ambos hay algo, como un lazo o un vínculo, y que se entienden tan bien que basta una mirada para decirse las cosas. Acto seguido Petrozza anunció que iría al sanitario. Rubén hizo el intento de seguirlo, supongo que con la intención de romperle la cara, pero Miguel Ángel lo detuvo otra vez, y Verónica ordenó la cuenta. Era el momento de despedirnos. 

 Dividimos la cuenta en dos partes, que aludían a los dos bandos, el nuestro, conformado por Martin Petrozza, Verónica Pinciotti y yo, el poeta Salmoneo Gutiérrez; y el de ellos, conformado por los poetas Rubén y Miguel Ángel.  

 A nosotros nos tocó pagar más de la mitad, porque éramos más, pero sobre todo, porque Petrozza había bebido en serio. Hubo alguna discusión al respecto, Verónica abogaba por que ambos bandos pagásemos la mitad, prorrateando la cuenta como buenos muchachos, pero ellos se negaron rotundamente alegando que ni siquiera bebieron tanto. Al final Verónica pagó la parte proporcional a nuestros gastos. Intenté cooperar con un billete de a cien, pero me dijo que lo dejara, y pagó la cuenta toda, a lo que Petrozza no tuvo nada que objetar. Cuando regresó del sanitario la cuenta estaba saldada y ni siquiera preguntó cómo o quién o cuánto había que pagar. 

 Rubén y Miguel Ángel se despidieron de mí, con apretón de manos, y luego de Verónica, con un apretón de manos y un beso en la mejilla, y Miguel Ángel le ofreció disculpas por el comportamiento de Rubén, y dijo estar muy avergonzado, aunque, agregó, tu amigo es un pesado. Rubén también ofreció disculpas a Verónica, defendiéndose so pretexto de que Petrozza empezó con la discusión y él, lo único que hizo fue defenderse. Verónica les pidió que se guardaran sus disculpas, dijo que le importaba poco lo que un par de seudopoetas pudieran pensar de la poesía, o de Petrozza, y ambos quedaron helados ante la respuesta beligerante, fría, cínica y directa de aquella preciosa mujer, que a la distancia uno pensaría una niña, y una amable persona. En el instante que volvieron en sí, o que digirieron la respuesta de Verónica, volvieron a despedirse de mí, con una seña de salutación, y luego miraron a Petrozza, que estaba un tanto lejos de ellos, y le lanzaron un adiós con la mano, a lo que Petrozza contestó con un: ¡que les den, gilipollas¡

 Ni Rubén ni Miguel Ángel dijeron nada, se fueron con la cola entre las patas, y Verónica, como quien lo ha olvidado todo, sugirió que fuésemos a otro sitio a continuar la velada, entre amigos. Petrozza sacó un cigarrillo de la chaqueta, lo encendió y asintió con la cabeza mientras expulsaba por la nariz el humo de la primera bocanada. 

 Eso fue todo lo que ocurrió aquella vez, la primera que vimos a los poetas Rubén y Miguel Ángel. 

2

Caminaba por la calle de Madero, en el centro de la ciudad, en busca de un café o una lonchería donde pudiera refugiarme a escribir mis poemas, y a comer una torta de pollo, o de queso de puerco. Sin darme cuenta llegué al Zócalo, y fue allí donde encontré al poeta Miguel Ángel, que me dijo que esperaba al poeta Rubén, y a una chica, que era músico. Me saludó sin mucho ánimo, creo que miró a ver si yo venía con Petrozza y al no mirarlo se tranquilizó.

 A los pocos minutos, quizá menos de cinco minutos, llegó una mujer, la músico, y Miguel Ángel me la presentó como Lucía. Era una chica morena y de estatura baja, delgada y con medio cráneo rapado. En la otra mitad de cráneo llevaba el cabello hasta la cintura. Vestía de negro y cargaba un estuche, supongo que con algún instrumento musical dentro. Me saludó con la mano, como un hombre; no intentó si quera pegarme un beso en la mejilla, como lo haría una mujer. Inmediatamente después de saludarme, sacó un cigarrillo y pidió a Miguel Ángel fuego, y preguntó dónde demonios estaba Rubén, y se quejó de que siempre debían esperarlo más de la cuenta. 

 Miguel Ángel encendió el cigarrillo de Lucía y caminamos al asta bandera y la chica y Miguel Ángel hicieron visera con la mano a ver si miraban a Rubén venir, y yo dije que tenía mucha hambre, que deseaba ir a una tortería, y que había sido un placer saludarlos. Pero el poeta Miguel Ángel, cuando escuchó la palabra tortería, se le hizo agua la boca, al menos eso fue lo que dijo, que la boca se le había hecho agua, y pidió que esperara con ellos a Rubén y que una vez llegado éste, iríamos todos a una tortería buenísima que él conocía muy bien. 

 Mientras esperábamos a Rubén, Miguel Ángel se puso a describir todas las virtudes de aquella tortería. Dijo que allí preparan unas tortas tremendas de pierna con quesillo, o de pollo con quesillo, o de milanesa con quesillo, o de jamón con quesillo, y una torta a la que ponen de todo, milanesa, jamón, huevo, queso de puerco, salchicha, chorizo… de todo, dijo, y además le ponen quesillo y la llaman Bomba, y no Cubana, como suele llamarse a la torta que contiene todos los ingredientes posibles, y todo lo que quepa entre dos panes. Lo dijo con tanto ánimo, y jalando saliva tantas veces que a mí también se me hizo agua la boca. A Lucía no, ella dijo que una torta así era un asco, y que por su parte prefería las tortas de jamón. 

 Entonces llegó Rubén, y esa fue la segunda vez que miré a los poetas Rubén y Miguel Ángel. 

 Fuimos al lugar sugerido por Miguel, en la calle de Donceles, y yo pedí una torta de queso de puerco. Los demás también pidieron tortas; Lucia de pollo sin quesillo, y los poetas de milanesa con quesillo. Todos acompañamos la comida con una coca-cola, y hablamos de poesía; del poeta Nicanor Parra, de su antipoesía, la cual admiraban ambos, e incluso Lucía dijo haber leído algún poema; La víbora. Rubén dijo que ese poema era buenísimo y recitó los primeros versos, hasta que Miguel Ángel lo interrumpió, y comentó algo al respecto de Baudelaire, y de Verlaine… y como es inevitable al hablar de Verlaine, de Rimbaud. Lucía y yo escuchábamos asintiendo con la cabeza cada que alguno decía algo que nos parecía cierto o interesante. En realidad no dijeron nada nuevo, más bien todo lo que se dice siempre sobre esos poetas en las tertulias literarias: que eran muy buenos, que Rimbaud y Verlaine eran homosexuales, y que Rimbaud fue traficante de armas en África, y que murió jovensísimo. 

 Al terminar de comer fuimos a una fiesta a la calle Hidalgo, en Coyoacan, a donde me invitaron porque irían muchos jóvenes poetas y músicos. Lucía tenía planeado tocar allí con su banda, y yo pregunté si podía invitar a un amigo. Lucía dijo que sí, que a los que quisiera, pero Rubén preguntó si no sería a mi amigo ese, el tal Petrozza. Bueno dije, es el único amigo que tengo, y el único que estaría dispuesto a venir a una fiesta en martes, a las cuatro de la tarde. Miguel Ángel le pidió a Rubén que no se alarmara, y me dijo que sí, que podía llamarle y podía venir, que por su parte no le guardaba ningún rencor, y agregó que si podía traer a Verónica, mucho mejor. Lo dijo con una risilla de morbo, y me dije que no la haría venir aquí, para que este par de idiotas la violaran mentalmente. Así que saqué mi teléfono móvil y llamé a Petrozza. 

3

Petrozza llegó directo al domicilio de la fiesta, a eso de las seis de la tarde, porque según él hubo mucho tráfico, pero yo sé que se quedó dormido. Lo sé porque le conozco y porque venía con el cabello aplastado de un lado. Aunque quizá también hubo mucho tráfico; Petrozza no mentiría por algo así. 

 El poeta Miguel Ángel se acercó a saludarlo, y Petrozza hizo como quien no recuerda, y lo saludó como a un recién conocido. Luego se acercó Lucía, y los presenté. Petrozza le pidió que se quedara con nosotros, que lo pasaríamos muy bien (vago intento de ligar), pero Lucía dijo que debía irse porque su banda ya estaba por comenzar a tocar, y ella no había instalado su instrumento (que era un teclado pequeñito). Petrozza le preguntó qué música toca su banda y Lucía respondió que eran una mezcla de rock alternativo, gótico, y un poco de heavy metal, pero que debía escucharlos para hacerse una idea, porque no podían definirse en ningún género existente. Aquí Petrozza volvió a abrir su bocota, y dijo: eso es más o menos lo que dicen todas las bandas al respecto de su música: que no encajan en ningún género, y que uno debe escucharlas para hacerse una idea. Lo malo es que una vez que las escuchas, todas son iguales: una mierda

 Lucía no supo qué decir, y yo reí exageradamente, dando a entender que lo dicho por Petrozza sería una broma, pero ni Miguel Ángel ni el mismo Petrozza rieron. Petrozza dio una calada al cigarrillo que fumaba, y Miguel Ángel me miró, como diciendo: es tu amigo, es tu bronca. 

 Lo peor del asunto es que justo en ese momento, en el momento de la tensión, el poeta Rubén se acercó a nosotros, y logró entender que algo malo estaba pasando, y no le costó trabajo suponer que el mal tenía que ver con Martin Petrozza, que estaba allí parado como el que más, fumando, en silencio, y con la mirada casi discretamente posada sobre las tetas de Lucía. ¿Todo bien?, preguntó Rubén, y yo fui el primero en asentir con la cabeza y en decir que sí, y en jalar a Petrozza y llevarlo a otro lado. 

 Una vez aparte le dije que por favor ya no dijera nada, o que nos metería en un problema. A lo que respondió, que qué coños me pasaba. Dijo que él no había dicho nada malo, que lo único que hizo fue decir la verdad, la mayoría de las bandas de garaje son una mierda, y todas creen no encajar en ningún género existente y ser muy originales. En todo caso, continuó, yo no he dicho que la banda de esa chica sea una mierda, sólo he dicho que la mayoría lo son. Tuve que explicarle que la gente no suele saber escuchar, ni entender, que en efecto él no había dicho nada directamente de la banda de Lucía, pero las personas suelen ser un poco tontas a la hora de entender, y suelen tomarse todo personal y muy a pecho. Petrozza alzó lo hombros y dijo: ese no es problema mío. Bueno dije, en eso tienes razón, pero, vamos, no nos metamos en problemas por algo que no vale la pena, ¿quieres? ¿Problemas?, preguntó sarcásticamente, yo no veo ningún problema, dijo, yo no tengo ningún problema… dio una chupada al cigarrillo… los que tienen problemas son esos. Señaló a Rubén y a Miguel Ángel que estaban de pie, cerca del pequeño escenario improvisado a la espera de la banda de Lucía. 

 Los siguientes siete minutos pensé en las palabras de Petrozza. Después de todo tenía un poco de razón, no había dicho técnicamente que la banda de Lucía fuese mala, únicamente habló de un fenómeno general, al que Lucía y su banda estaban expuestos, pero no los sumergió en la mierda. Y la otra noche, siendo estrictos, tampoco insultó directamente a Rubén al decir que sus poemas eran embriones muertos, pues Rubén se consideraba un poeta viceral realista. Petrozza estaba en lo cierto, hacer un poema que intenta ser el reflejo de un género poético muerto hace muchos años, es como un dar a luz a un niño muerto. Con todo esto en mi cabeza me prometí que si Petrozza volvía a decir algo así, esta vez no me avergonzaría y hasta lo defendería porque no hacerlo era traicionar a un amigo, y faltar a la verdad, y a la lógica. 

 4

La oportunidad de demostrar si yo era fiel a mí mismo, y a lo que me había prometido, no tardó demasiado en llegar. 

 A las ocho y media de la noche, Rubén y todos estaban hechos unas cubas, y formaron un grupo para platicar, al que nos integramos con cierta reserva Petrozza y yo. El tema era la literatura, particularmente la poesía chilena, y había quienes estaban a favor de Parra (Lucía y dos integrantes de su banda), de Neruda (un par de chicas, estudiantes de Letras), Bolaño (por supuesto Rubén y Miguel Ángel), Eduardo Anguita (el bajista de la banda de Lucía), y de Federico Schopf (un chico greñudo y borrachísimo que sólo sabía gritar el nombre de su poeta chileno favorito y alzar el puño, como si el poeta fuese una estrella de rock). 

 El problema saltó a la mesa cuando una de las chicas amantes de Neruda, dijo que Neruda era el poeta más dulce y exquisito, y el más prolifero y trascendental de todos los poetas chilenos. Petrozza rió, sinceramente, y exclamó algo que nadie entendió, pero que todos comprendieron como un insulto, o una queja, o una burla. Sobre todo como una burla. 


 Todos voltearon a mirarlo, advertidos por Rubén, de ser un engreído y un imbécil. Entonces uno, creo que el guitarrista de la banda de Lucía, y que estaba a Favor de Parra, le preguntó que qué mierda había dicho. Yo tragué saliva en espera de la respuesta de Petrozza, y dispuesto a defenderlo como buen compinche y compañero de letras. Petrozza respondió: he dicho que sí. Todos quedamos mudos, no es eso lo que esperábamos, pero luego continuó: sí, Neruda es dulce y exquisito, y es el más prolifero y transcendental… Todos asintieron con la cabeza, y la chica que había dicho aquello sonrió… pero Petrozza no había terminado. Agregó: lo que lo convierte en el menos poeta de los poetas chilenos, y en el arquetipo del poeta bonachón y pusilánime. Entonces todos regresaron la vista a mi amigo, y la otra chica que también estaba a favor de Neruda le pidió que se explicara. 

 Bueno, hay un momento en la vida de un hombre en que uno tiene que hacer, lo que un hombre tiene que hacer. Aquí tomé la palabra yo, dispuesto a salvar a mi camarada de sus propias palabras, sin avergonzarlo, y defendiéndolo sobre todas las cosa, y contra toda corriente. Me acerqué al centro del círculo y dije que Petrozza tenía razón, y recité el siguiente discurso: 

 Pablo Neruda es uno de esos hombres cuyos poemas aprendemos en el colegio. Resulta que amaba las flores, los pájaros, los barrios del viejo París, etc. Pensaba que el amor alcanzaba su plenitud en un ambiente de libertad; en general, estaba más bien a favor de la libertad. Llevaba gorra y fumaba Gauloises; a veces la gente lo confunde con Jean Gabin; por otra parte, fue él quien escribió los Los verso más tristes esta noche, etc. También escribió 20 poemas de amor y una canción desesperada, considerado su obra maestra. Todas éstas son buenas razones para aborrecer a Pablo Neruda; sobre todo si uno lee los guiones que Antonin Artaud escribió en la misma época y que nunca se rodaron. Es lamentable comprobar que ese repugnante realismo poético, cuyo principal artífice fue Neruda, sigue causando estragos, y que la gente se lo atribuye a Leos Carax como si fuera un halago (del mismo modo que Rohmer sería sin duda un nuevo Guitry, etc.). De hecho, el cine francés nunca se ha recuperado de la llegada del sonoro; acabará enterrado por su culpa, y bien está.

 En la posguerra, más o menos en la misma época que Jean-Paul Sartre, Pablo Neruda tuvo un éxito enorme; a uno le impresiona, a su pesar, el optimismo de esa generación. En la actualidad, el pensador más influyente sería más bien Cioran. En aquella época escuchaban a Vian, a Brassens... Enamorados que se besuquean en los bancos públicos, boom de natalidad, construcción masiva de viviendas de protección oficial para alojar a toda aquella gente. Mucho optimismo, mucha fe en el porvenir y un poco de imbecilidad. Es evidente que nos hemos vuelto mucho más inteligentes.

 Neruda tuvo menos suerte con los intelectuales. Sin embargo, sus poemas rebosan de esos estúpidos juegos de palabras que gustan tanto; pero es cierto que la canción es, como suele decirse, un género menor, y que hasta los intelectuales tienen que distraerse. Cuando abordan los textos escritos, su auténtico medio de sustento, se vuelven implacables. Y el "trabajo del texto", en Neruda, siempre es embrionario; escribe con nitidez y verdadera naturalidad, a veces incluso con emoción; no le interesan ni la escritura ni la imposibilidad de escribir; su gran fuente de inspiración es, ante todo, la vida. Así que, con pocas excepciones, se ha salvado de las tesis de tercer ciclo. No obstante, ahora ha entrado en la Pléiade, lo cual constituye una segunda muerte. Ahí está su obra, completa y fijada. Es una magnífica ocasión para preguntarse por qué la poesía de Neruda es tan mediocre, hasta el punto de que uno siente a veces, al leerla, una especie de vergüenza. La explicación clásica (porque su escritura “carece de rigor”) es completamente falsa; en realidad, a través de sus juegos de palabras, de su ritmo leve y nítido, Neruda expresa a la perfección su concepción del mundo. La forma es coherente con el fondo, que es lo máximo que se puede exigir de una forma. Por otra parte, cuando un poeta se sumerge hasta ese punto en la vida, en la vida real de su época, juzgarle según criterios meramente estilísticos sería un insulto. Si Neruda escribe, es porque tiene algo que decir; eso le honra. Desgraciadamente, lo que tiene que decir es de una estupidez sin límites; a veces da náuseas. Hay chicas bonitas y desnudas, hay burgueses que sangran como cerdos cuando los degüellan. Los niños son de una inmoralidad simpática, los gamberros son seductores y viriles, las chicas bonitas y desnudas entregan su cuerpo a los gamberros; los burgueses son viejos, obesos, impotentes, están condecorados con la Legión de Honor, y sus mujeres son frígidas; los curas son orugas viejas y asquerosas que inventaron el pecado para impedir que vivamos. Ya sabemos todo esto; podemos preferir a Baudelaire. O incluso a Karl Marx, que por lo menos no se equivocó de diana al escribir que “el triunfo de la burguesía ha ahogado los estremecimientos sagrados del éxtasis religioso, del entusiasmo caballeresco y del sentimentalismo barato bajo las aguas heladas del cálculo egoísta”. La inteligencia no ayuda en absoluto a escribir buenos poemas; sin embargo, puede impedir que uno escriba poemas malos. Pablo Neruda es un mal poeta, más que nada porque su visión del mundo es anodina, superficial y falsa. Ya era falsa en su época; ahora deslumbra por su nulidad, hasta el punto de que toda su obra parece derivarse de un tópico gigantesco. A nivel filosófico y político Pablo Neruda es, sobre todo, un libertario; es decir, fundamentalmente, un imbécil.

 Cuando terminé mi discurso, Petrozza soltó unas terribles carcajadas de emoción, y me palmeó la espalda como a un campeón, y dijo que yo era grande, muy grande; me abrazó y acercando su cara a la mía (pensé que me besaría) me guiñó el ojo, y sonrió en complicidad. 

 Algunos, a pesar de que estoy seguro de que no entendieron un carajo de lo que dije, aplaudieron. Y otros, entre ellos la chicas amantes de Neruda y Rubén, que resultó ser muy amigo de una de ellas, de la que quedó humillada por Petrozza y mi discurso, se enojaron al grado de llamarnos presumidos, falsos intelectuales, petulantes, y academicistas. Sin embargo ninguna de sus acusaciones era verdadera, sobre todo la última. 

 Aquí fue donde lo comprendí, donde comprendí por qué Petrozza actúa así la mayor parte del tiempo, y es que casi todos los poetas que conocemos, todas las personas que dicen amar la literatura, o escribir verso o prosa, o lo que sea, resultan ser como estos chicos, unos asnos. Esto significa que ninguno de ellos dinamitó en las verdaderas grietas de mi discurso, que era un truco lleno de puntos débiles y que cualquiera un poco mas instruido en la poesía o la literatura (cosa de la que se jactaban estos poetas) hubiese deshecho sin ningún problema, y dejándome en ridículo. 

 Y Petrozza se carcajeaba, se reía de ellos en sus caras, y no lo entendían, y por un instante yo también reí, sin miedo a lo que pudieran pensar, y sentí dentro de mí la sensación de la felicidad sin remordimiento de culpa, pues ¿qué culpa tenía yo de que ellos no supieran quién es Jacques Prévert?





La cena, Betty y el polvo de mil pavos.


Aquella vez bajamos las escaleras del edificio, y salimos a la calle tomados de la mano. Era la primera vez que lo hacíamos tomados de la mano, y por su parte, aún demostraba algo de pena. A mí me importaba poco, era una mujer e iba tomada de mi mano, ¿qué me importaba si no era Scarlett Johansson

 Al tiempo que caminábamos, yo cantaba: Betty Bob, Bob, Bob, Bob… Bob, Betty Bob, bom, bón, Betty Bob, Bob, Bob… Hasta que sentí la mirada de Betty, que decía: ya cállate, mierda. Así que entoné el último Betty Bob, y le dije: ¿qué?, ¿no te gusta?, es tu canción. Lo que hizo fue echarme otra mirada, que dejaba claro que no le agradaba su canción. Aunque quizá también dejaba claro que lo que no le agradaba era yo. 

 La situación era la siguiente: yo quería salir con Betty, y ella quería salir conmigo, pero se reprimía porque para ella yo era poca cosa. No me lo tomaba personal, cualquiera era poca cosa para Betty, según Betty, pues no lograba despegarse de su sueño utópico de ser la esposa de un magnate y poderoso señor de barba partida y auto del año. Por mi parte tampoco era la gran cosa salir con ella. Betty era para mí la representación carnal de toda la mediocridad. Yo mismo era la representación carnal de la mediocridad, vamos, Betty, yo y el ochenta o más por ciento de la humanidad representamos en carne viva a la mediocridad, pero eso no importa; Betty era la mediocridad, hecha mujer, y eso es lo importante; la mediocridad con un culo, y eso es lo importante. El último enunciado es duro, pero es verdad. Yo no amaba a Betty, y sabía que no la amaría jamás, y que si yo le había propuesto salir era porque Betty era en ese entonces la mujer que yo tenía más a la mano. Y ella había aceptado salir conmigo porque yo era el hombre, o la cosa más cercana a un Hombre, que ella tenía a la mano. Esa era la situación, y había que afrontarla con entereza. Íbamos cogidos de la mano, y éramos novios… lo que eso signifique. 

 Una vez en la avenida Betty me obligó a coger un taxi. Dijo que por ningún motivo abordaría un camión. Principalmente, dijo, porque no puedo caminar mucho con este vestido. Era un vestido negro, de noche, carísimo, y una cosa así no puede transportarse bajo condiciones normales de transporte, y había que coger un maldito taxi, porque si no fuera poco, el vestido venía acompañado de unas zapatillas particularmente cansadas, y un peinado de salón; cosa que jamás se ha mirado en un camión, y más me valía a mí mantener la cosa así. No es que nadie quiera ver un peinado en el camión, es que ninguna mujer peinada así quiere ser mirada en un camión, me explicó Betty, como si me confesara el secreto del universo. Y bueno, yo era su novio (hace veinticuatro horas), no era la persona indicada para quebrar las ilusiones de toda su educación y moral, y decirle que todos esos rollos sociales me importan un pito. 

 Así que saqué un cigarrillo de la chaqueta, la de piel, que Betty me obligó a utilizar, y lo encendí, y lo fumé en espera de un condenado taxi. Mientras tanto miraba mis zapatos. Estaban atados y recién engrasados. Betty también influyó en esto. Y en la gomina de mi cabello, y en la camisa dentro de los pantalones, y en los pantalones, que eligió ella misma antes de que me los pusiera. Ya, me dije, dale dos minutos a una mujer y acabará contigo, ¿dónde está Martin Petrozza, y qué has hecho con él? 

 El taxi tardó poco en aparecer, tanto, que no había terminado con el cigarrillo. Aparcó junto a nosotros e hice subir a Betty primero, y luego, antes de subir yo, pregunté al chofer si le molestaba en algo que yo fumara dentro. El chofer dijo que no, que podía hacerlo si me placía… pero Betty, Dios, llevábamos menos de cuarenta y ocho horas de noviazgo y ya me estaba rompiendo las pelotas. Dijo que por favor (lo dijo en tono de amenaza), tirara esa maldita cosa. Ya, me dije, dale tan sólo un poco de poder a una mujer, y comenzará la tiranía… Di la última chupada al cigarrillo y lo aventé por la ventanilla del coche. Entonces Betty le dio las instrucciones al chofer y nos fuimos…

 2

El restaurante era un sitio vulgar, que aparentaba no serlo (sin éxito), escondiendo su vulgaridad detrás de sus precios. Un plato de sopa sesenta pesos, Dios. Un plato con carne ciento setenta; camarones, doscientos diez; una cerveza, cuarenta pavos. Era un caso extraño de restaurante; la gente que puede pagar estos precios no visita nunca este lugar porque es demasiado pedestre; y la gente que frecuenta sitios pedestres, no frecuenta éste porque es demasiado pomposo. Supongo que aquí sólo vienen pobres diablos que quieren impresionar a sus vulgares mujeres, o tíos como yo, que son obligados por esas mujeres a pagar cuentas que no valen lo que cuestan. Mierda, pensé, ¿no hubiese sido más sencillo ligarme a una mujer normal, a la jebita del 201, por ejemplo? Apuesto que ella ni siquiera está enterada de la existencia de una cueva como esta. 

 Vale dijo Betty, este lugar está sensacional, ¿qué no? Al menos de fondo tenían a Bach

 Estábamos allí porque ennoviarnos debía ser un ritual, y el ritual incluye cena elegante, y Luna de miel. Yo estaba principalmente por la Luna de miel, que consistía en pasar la noche en un hotel de las afueras del Metro Hidalgo (por ciento sesenta pesos). Betty me lo había prometido; me dijo que si la invitaba a cenar a ese lugar, y que si durante todo eso me comportaba como un hombre decente, después iríamos un hotel, y allí podría follarla. Podía follarla lo mismo en casa pero ella jamás lo permitiría, al menos no la primera vez.

 ¿Qué ordenarás?, me preguntó Betty. Tragué saliva; tan barata que sale, y mirando una vez más los precios de la carta, dije que ordenaría un vaso de vino tinto, y... tosí un poco, para hacerme el interesante… Tenía la mirada de Betty encima, y la mirada de ese camarero gilipollas que me miraba con aires de francés o de británico; con aire de extranjero de gustos exquisitos, y con mucha superioridad, con demasiada superioridad para ser tan solo un camarero. Quiero dije, una crema de zanahoria y el bife. El camarero repitió cada una de mis palabras: un vaso de vino tinto, crema de zanahorias y bife. Ya dije yo, eso. Acto seguido se inclinó hacia Betty, y le tomó la orden. Sopa de la casa, camarones a la vinagreta, rabioles de queso y espinaca, un vaso de vino de tinto y pastel de arándano…, repitió el camarero al tiempo que yo hacía la cuenta mentalmente: sesenta, doscientos diez, ciento cuarenta, veinticinco, cincuenta y cinco... ¡me cago en la puta!

 Y usted, señor, preguntó el garzón, ¿qué comerá de postre? Pero para ese entonces yo ya estaba con un humor de los mil demonios. El camarero interpretó mi mirada y se largó. 

  Sabes, Betty, cariño, estoy muy contento de que al fin hayas aceptado salir conmigo, le dije a Betty mientras esperábamos la cena. Le tomé las manos. Betty sonrió y dijo que ella lo estaba también, que después de todo yo no era una mala persona. Ya dije, ¿cómo es eso de que después de todo? Betty rió, lo hizo como una señorita, Dios, llevándose a la boca la mano, y agregó  una risa aguda y disimulada, y dijo: ya sabes, no es en serio, lo digo por lo que se dice. Vale contesté, y lo que se dice es… Bueno, dijo Betty adoptando un tono más serio, pues en el vecindario se dice que eres un holgazán y un hombre sin futuro. Luego agregó otra risita, y dijo que de todos modos ella sabía que en el fondo yo era bueno; y que no le importaba en absoluto lo que se dijera de mí. Era raro escucharlo de Betty, es decir, de la mujer a la que más importa lo que se diga de uno. Toda su moral estaba cimentada en la opinión pública. Y ahora estaba frente a mí, diciendo que no importa lo que se dice.

 Bueno, la comida llegó. Primero la crema, que no era una crema de sesenta pavos, sino de zanahoria, casi tan buena como la que sirven en el mercado. El vino no estaba mal, ni el bife, y Betty dijo que los camarones estaban my pero que muy bien. Aunque por ese precio supongo que Betty hubiese sido capaz de decir que la mierda estaba muy rica. 

 Me encantan las cenas románticas, dijo Betty en algún momento de la velada. Ya, respondí yo al tiempo que me llevaba un buen trozo de carne a la bocaza. Y también me gustan las noches románticas, como ésta, dijo, y señaló la luna por la ventana del edificio. Era una luna redonda, llena, y con mucha luz. Supongo que era una luna romántica. Ya dije, qué lunaza; y me zampé otro trozo de carne. Luego bebí vino, como agua, y Betty me echó una mirada que me hizo hacer todo más despacio, y darme cuenta de que no me estaba comportando como un marica hombre decente. Bajé el vaso muy despacio, y me acomodé en la silla, ya tenía las caderas a media tabla. Tosí y con un nuevo tono de voz, le dije: Betty, esa luna es hermosa, hace mucho que no miro una luna tan hermosa. Entonces Betty sonrió. Lo sabía, Dios, ella lo sabía: tenía el control de mí. Pon tu vida en las manos de una mujer por un segundo y te encontrarás atado, como un puñetero títere.

 Debo ir al sanitario, dije. En realidad debía ir al sanitario. Me levanté y caminé entre el camino de estrellas que eran las mesas iluminadas por velas. Así las llamó Betty al entrar, dijo que las mesas apenas iluminadas por velas, en medio de la oscuridad general del restaurante, eran como un camino de estrellas. No era un espectáculo desagradable, debo confesar. Quizá si el restaurante estuviese en un barrio más elegante, y ese garzón de mierda no tuviese la cara de perro que tiene…, pensé. 

 Cuando regresé del servicio (como me sugirió Betty llamar al sanitario), me pidió un momento de atención, así lo dijo: préstame un momento de atención, aunque debió decir toda la velada de atención, y me leyó  la cartilla.  Dijo que debía decirme unas cuantas cosas antes de adentrarnos más en la marea de una relación sentimental. Las coas que tenía que decirme fueron, primero, sobre la línea de su moralidad, y de su castidad. Dejó en claro que ella no era una puta (me sorprendió que utilizara la palabra puta) y me advirtió que debía tratarla como lo que sí era: una dama, y cuidado de ti donde me entere que… Aquí la interrumpí, y le dije ya, vale, me queda claro. 

 Lo segundo en la lista de Betty era el cuidado de nuestra reputación. Ahora que yo era su novio, no podía, no debía y no permitiría, que yo fuese visto como un mamarracho o un holgazán. Y para ello tenía pensado algunas cosas, por ejemplo, que dejara de beber durante el día (ella también lo dejaría), que cuidara de mi aspecto personal, y por último, y no por ello menos espeluznante, que cogiera un empleo. Mierda dije, no estarás hablando en serio. Claro que hablo en serio, dijo Betty echándose un ravioli a la boca.

 La cosa era que yo no deseaba coger un empleo, y se lo dije a Betty, le dije: ya tengo un empleo. ¿Ah, sí?, ¿cuál?, preguntó sarcásticamente. Vale dije, pues soy escritor. Escribo.

 Hasta la fecha no había logrado convencer a nadie de que ser escritor es un empleo, mi empleo, y Betty no fue la excepción.  Dijo que por el amor a Dios fuese serio, y que me dejara de gilipolleces y sandeces. Dijo que necesitaba un empleo de verdad, uno que procurara plata (talló el pulgar y el índice), y que me exigiera vestir formal. Puedo escribir trajeado, dije, si quieres. Betty no rió de mi chiste, que a decir verdad no fue un chiste, sino la desesperación que me inundaba. Ya dije, hablando en serio (fingí hablar en serio) tengo unos cuantos textos que pienso vender a las revistas latinoamericanas, y… Mira, me paró Betty, eso está muy bien, y puedes hacerlo, de verdad, no me molesta en lo absoluto, pero mientras tanto, no puedes pasar el día bebiendo y fumando, escribiendo y soñando que alguien comprará todo eso… Aquí dejé de escuchar, me sabía el cuento de memoria, me lo habían recitado cada una de las mujeres con que había salido, incluyendo mi madre. Yo sostenía que un escritor debe enajenarse con su literatura, vivir su literatura, respirar, comer, pensar, soñar y alucinar su literatura; como el primero de los pasos al éxito. Cundo se trata de escribir parece un pretexto para holgazanear, pero eso es lo que hacen todas las personas con éxito en algo… el zapatero sólo sabe de zapatos, habla de zapatos, vive de zapatos; el vendedor de coches caga cotizaciones y estadísticas; el cantante canta a la menor oportunidad; el taquero suda tacos; etc. Se lo expliqué de la mejor manera a Betty, pero al final dijo que yo necesitaba un empleo, y que debía cogerlo si quería salir con ella. Menos de dos días de relación y ya sentía ganas de largar a Betty. 

 El postre de arándanos era tan pequeño, y yo estaba tan alterado, que casi le hago regresar aquella mierda y pedir mi dinero por tan poca cosa. Las mujeres no se miden, ella misma sabe que necesito un maldito empleo, y come como si el mundo se fuese a acabar. Al menos exclamó que estaba riquísimo, y me ofreció una prueba, con su cuchara, que era lo menos que podía hacer. El postre estaba bueno. 

 Al final arreglamos que beberíamos con la puerta cerrada (solíamos beber en casa mía con la puerta abierta y a la vista de todos), que usaría gomina en el cabello, y que intentaría, al menos eso, coger un empleo. Según Betty yo tenía muchas cosas que cambiar, pero ella… Siempre es el mismo rollo con las mujeres, se creen perfectas y merecedoras de todo el amor, y juzgan la espiga que tienes en el ojo, sin ver el tablón que ellas se cargan. Yo también podía pedir de Betty que fuese menos boba, que leyera algo más que el tevenotas, y que dejara la televisión. Que no se oxigenara el cabello, o que se oxigenara también las cejas, que se dejara de cuentos y de ilusiones, que pusiera los pies sobre la Tierra, y que dejara de mascar ese maldito chicle que mascaba como una adicta al crack. 

 Pero no lo hice, le sonreí, y le dije que lo haría, que intentaría apegarme a sus normas, y que por su parte era una lindísima mujer, y estaba feliz de tenerla. En parte era verdad. 

 La cuenta fue de casi mil pesos, y yo traía en la bolsa exactamente mil pesos, que eran el capital de toda mi vida. Apenas me sobró para coger un taxi e ir al hotel. Es como si lo adivinaran, pensé, las mujeres; es como si adivinaran lo que uno trae en la billetera. 

3

Betty entró primero, con sus zapatillas y su vestido. Luego entré yo, y adentró había un hombre y una mujer, delante de nosotros, pagando la cuota. La mujer era una prostituta, y llevaba un vestido negro, y un peinado alto. Entre ella y Betty no había mucha diferencia, incluso ambas mascaban chicle. Dejé escapar una sonrisa, y Betty miró a la prostituta un segundo, y luego se volteó, con los brazos cruzados, y no volvió a mirarla directamente, aunque yo la vi echarle un par de miradas de reojo. 

 La prostituta y el señor subieron a su habitación, y fue mi turno. Pagué la bendita cuota de ciento sesenta pavos el cuarto, con televisión de paga y canales pornográficos, regadera y vista a la ciudad. Me dieron el cuarto 202, y se lo dije a Betty, riendo, pues el 202 era el número de mi apartamento. 

 Cogí a Betty de la mano, y la jalé a subir las esclareas. Estaba muy seria. Dentro del cuarto le pregunté si todo estaba bien, y asintió con la cabeza. 

 Si me sale con alguna chorrada, alguna cosa que nos impida el sexo, ¡la mato!, pensé, este polvo ya me ha salido en mil pavos, y nadie me lo va a arruinar…




sábado, 26 de noviembre de 2011

Delirio de un novel escritor.





De nuevo tuviste que armar tu cama. Te sorprendes de que cada vez que lo has hecho, se te aparece en la cabeza en cascada rápida y diáfana, todo lo acontecido por su simple armazón. Por ejemplo, recuerdas la primera vez que tuviste que dormir en una casa ajena, en una ciudad ajena, sabiendo que empezabas un viaje cuyo fin desconocías. Lo que nunca te imaginaste, es que tendrías que trastear tus pocas cosas en diferentes ocasiones, conforme avanzaba tu carrera profesional, razón por la cual dejaste el caluroso pueblo que te vio nacer. Tu corazón enamoradizo y patético nunca se imagino que se vería obligado a hacer varios lutos, por dejar las paredes, el piso, la luz de la ventana, las personas de cada casa que te dio hospedaje a cambio de una moderada remuneración monetaria, con cuyo pago siempre hiciste alarde de ser fuerte, pudiente. Nunca se imaginó tu corazón que se podía encariñar con lo que le rodeaba, con lo que había en cada habitación en la que tuviste que armar tu cama, con la misma parsimonia presente en esta ocasión, parsimonia causada por los rescoldos cariñosos, residuales del sitio de hospedaje anterior, que te impusieron sobre los músculos una resistencia a desempacarlo todo, a terminar de armar tu cama, como cuando se resiste el corazón de los humanos a cambiar de amor de repente y de manera abrupta, aun cuando es imperiosamente necesario.

 Mientras armas tu cama, cada etapa del proceso te trae ineludibles recuerdos placenteros y dolorosos.

 Cuando le pones los tornillos, recuerdas las veces que soportaron el peso de otro cuerpo además del tuyo. Recuerdas las veces que el armazón de madera se agitó bajo el estrépito sin riendas del amor, o del simple sexo, desaforado en ocasiones por la premura de la novatada, en ocasiones por la excitación flagrante producida en el vientre bajo por la acumulación allí de sangre reverberante, desatada por la indomable, intima y húmeda fricción, en medio de jadeantes y sentimentales palabras que sólo pueden salir de alguien con un corazón como el tuyo. 

 Pones las tablas y recuerdas las veces que estuviste sentado leyendo y releyendo los documentos recomendados por los profesores de la universidad, luchando siempre contra la distracción producida por el recuerdo de alguna sonrisa, limosna con la que sólo puede alegrarse un corazón como el tuyo. O el incremento de tu miserable ego, al recordar lo macho que te mostraste con una hembra de tu especie. O recordar la sonrisa coqueta que te lanzó la vieja buena de la clase, a sabiendas que lo hizo sólo para beneficiarse con la vaga habilidad que dices tener con las matemáticas. 

 Ahora descargas el colchón sobre las tablas y se viene a tu cabeza el montón de remembranzas relacionadas con las horas de insomnio que sufriste cuando te aquejaron preocupaciones que sólo pueden afectar un débil carácter como el tuyo. Recuerdas el dinero que derrochaste en el bar de la esquina y que te hará falta para comer, o el esperar una llamada de una mujer que nunca volverá, o el hecho de sentirte minúsculo ante el arrume de documentos en inglés, que no mas por su tamaño te hace sentir que no serás capaz de entender, o la ocasión en la que la dueña de alguna de las casas en las que viviste te amenazó con echarte porque violaste la medieval regla que prohíbe las visitas femeninas. Sabes que tener sexo con la mujer que amas no es pecado, ni siquiera lo es para el Dios que mezquino está sentado en su trono celestial mientras te cuestiono, y sin embargo te avergonzaste y agachaste la cabeza, porque eres patético, porque tienes el corazón ridículo y estrafalario. 

 Cuando en esos momentos la preocupación y el insomnio se trastocaron en angustia, entonces lloraste nombrando a tu Dios que sólo te observó, que no te ayudó, y que sin embargo tienes como tu ser superior y absoluto benefactor. Ahora, mientras recuerdas, gimoteas, emites sollozos a los que le quitas calibre para no sentirte avergonzado contigo mismo. Al recordar piensas que no has hecho nada útil, que no haces nada útil.

 Recuerdas todas las advertencias de tu padre, todos sus consejos, y la manera en la que uno a uno los has olvidado, o pisoteado, pensando que toda la cantaleta de tu progenitor es sólo ruido. Entonces intentas darte consuelo; piensas en todos aquellos que se han embebido en un cubil de licor, al punto de beber antisépticos alcohólicos por el hecho de ser más económicos. Piensas en todos aquellos que no tienen en donde meter la cabeza, que duermen en la calle, o que la bondad de algún familiar sólo les permite improvisar una cama en el suelo, en algún rincón, en las noches, y desmantelarla al otro día para que no estorbe por ahí. Piensas en todos ellos para sentirte afortunado, para darle una migaja a tu conciencia que indomable te reclama por tu despilfarro, por ser irresponsable, por impulsivo. Sin embargo, de inmediato notas dolorosamente que tu conciencia hace caso omiso de tus miserables esfuerzos, que no se satisface con las mentiras que con minúsculo talento inventas, que te muestra la radiografía del estado enflaquecido en el que está tu alma. Pero no se queda ahí. Va más allá. Sin medirse en lo más mínimo, te muestra la vida de varias personas que teniendo todas las dificultades en su camino, sufriendo las más terribles iniquidades que a la vida se le pueda ocurrir, siempre mantuvieron sus corazones florecientes y lustrosos, y su entereza firme y eterna como una montaña, sin dejar ninguna posibilidad para que ingrese el quejumbre en sus personalidades. Entonces te vuelves a sentir pésimo. Entonces retoñan otra vez gruesas y saladas lágrimas de tus ojos, vuelves a nombrar a tu Dios, como si se fuera a bajar de su magnificencia para secártelas. Llorando, con los gimoteos estúpidos que te caracterizan, terminas de arreglar tu cama. 

 Extiendes las sabanas, cubres el colchón con meticulosa metodología, dándole la importancia que nunca le diste, como presintiendo que va a ser la última vez. Entonces, sientes otro embate de recuerdos que dejas llegar con algo de temor, con algo de escozor, pero sobre todo con total resignación, pues no te queda en tu patético y enamoradizo corazón, ni una pizca de dureza, ni una pizca de tesón; como siempre te sientes como un desposeído del reino del amor, como siempre te menosprecias y sientes lastima de ti, sientes tristeza de ti. Sin embrago, también algo te dice que en esos inevitables recuerdos habrá algo que te dará alegría. Entonces recuerdas que enredado en esas sabanas, mientras encontrabas una excusa para quitarte de encima tu eterno lastre de pereza, imaginaste historias inverosímiles que rayan con la repugnancia. Recuerdas que de verdad creíste que escribiendo esas cursilerías cambiarías algún corazón ¿de verdad te lo crees? Piensa en la infinidad de personas que recibió tu montoncito de lecturas y que nunca te dio lo único que pediste a cambio: una simple opinión. Y si la recibiste, notaste en muchas ocasiones un tufillo a simple contentillo.

 Piensas ahora, parado junto a tu cama, ya lista para dormir, en las horas que perdiste pensando en que serías un famoso escritor, que ganarías mucho dinero; se inflamó en alguna medida tu orgullo por algo que no tenías, que no tienes y tal vez no tendrás. Se inflamó tu orgullo por las mujeres, muy pocas, que lograste llevar a tu cama con semejantes ridiculeces. Es risible como se dejaron impresionar con tus letras ¡Son unas ignorantes! Y tú ¿Quién te crees? ¿Neruda, Benedetti? Por lo mismo eres tan mediocre, por la complacencia dañina que han tenido muchos de tus semejantes ¿Por qué no leíste a Nietzche? Creíste que con tu Cristo lo lograrías todo, que te daría fortaleza, y lo único que aprendiste de él, fue a tener lastima de ti mismo.

 Recuerdas, mientras caes ante mis asedios, mientras te pones de pie sobre tu cama ya terminada, el tiempo que perdiste imaginando que recibías algún honor, algún premio por tus letras, y mientras lo haces también recuerdas que cuando estabas a punto de iniciar tus estudios en la universidad, creías que ibas a ser un gran científico. Al fin y al cabo, caíste en el delicioso pecado de la vanidad, dos veces, por dos cosas que nunca has tenido.

 Mientras lo recuerdas, te decides, para mi complacencia, a subir a tu cama la única silla que te ha acompañado desde el inicio de tus estudios universitarios. Sientes algo de terror hormigueando por tu cuerpo, porque piensas en lo que vas a hacer. Agarras una de tus sabanas, la trenzas, te aseguras de haber hecho un lazo bien fuerte, y siento delirio porque avanzas un poco para entregarme el trofeo que baila triste en tu pecho, que tu Dios puso en tu cuerpo, entregarme tu alma, para demostrar así que le estamos ganando la carrera al cielo.

 Amarras el lazo recién construido a la viga que está a unos centímetros de tu cabeza, de tal manera que una argolla queda precisa a la altura de tu rostro, mientras estás parado sobre tu silla, asentada sobre el simple armazón de tus recuerdos, una argolla de diámetro preciso para tu robusto cuello. No puedo evitar la emoción por ser inminente que me entregues tu alma, por tu virtual suicidio. Aunque las reglas infernales dicen que debo permanecer oculto aún, el entusiasmo que me produce tan suculenta escena me dificulta cumplirlas. Por eso ves sombras donde no debería haberlas, sombras inexplicables que en tu situación ignoras. Intentas ponerte la horca, quisiera ayudarte para acelerar el proceso, pero no se me permite…

 ¿Qué haces? ¿Por qué te detienes? No tienes porque contestar esa llamada. Mira el número, lo conoces ¿Le vas a contestar a esa mujer? ¿Le vas a contestar cuando ella muchas veces te dejó plantado a la bocina? ¿Le vas a contestar cuando rompió tu corazón en incontables pedazos? Deja el teléfono sobre la mesa de noche, déjalo sonar como hizo ella muchas veces cuando sabía que tú la llamabas ¿Qué haces? No te bajes de la silla ¡Estúpido! ¿Acaso es tanto el amor que todavía le tienes? Dame mi trofeo ¡Cuélgate por todos los demonios!

***

—Hola Jenni —contestó el potencial suicida— ¿Cómo estás? ¿A qué debo el milagro?
—José, se que tal vez no quieres escucharme, que me quieres tener lejos. Por eso te llamo con una excusa…
—No necesitas ninguna excusa, mi Jenni —interrumpió José—, siempre estarán abiertos mis oídos para tu voz.
—Lo tendré presente. —Dijo. Después añadió—: Tengo en mis manos la revista de cultura y arte de la universidad. Salió publicado el relato que enviaste, “El puente”, y viene acompañado de muy buenas críticas.
—¿Me estás hablando en serio? 
—Si quieres te lo muestro. Como te dije, lo tengo aquí mismo.
—¡Por supuesto! ¿Dónde estás? Iré a buscarte de inmediato.
—No. Yo voy a tu casa, espérame. Tenemos que celebrar —dijo Jenni, sin poder evitar una pequeña y picara risotada, que José casi por reflejo respondió con otra igual, como sucedía en los momentos más fulgurantes de la relación con su interlocutora.
—Está bien —dijo—. Aquí te espero… si supieras todo el bien que puede hacer una simple llamada.
—¿Por qué lo dices?
—Por nada. Sabes que divago con frecuencia. No te demores, por favor —dijo José, con el celular puesto al oído sostenido con ayuda del hombro, mientras desamarraba la que antes de la llamada era su arma suicida, mientras el demonio que le habló directo al cerebro se alejaba, resignado por haber perdido un alma en tan sólo unos segundos, por haberse dado cuenta que su anhelado trofeo ya tenía dueña.







martes, 22 de noviembre de 2011

Inés no se ha tragado el cuento.



Francis mete a casa la última bolsa de supermercado. Inés, su mujer, y él, han ido a comprar la despensa. Francis coloca la bolsa junto al resto, sobre la mesa, mientras Inés separa las cosas que irán a la nevera, de las que no. Francis está exhausto. Durante el trayecto han discutido y al parecer Inés no ha tenido suficiente. Al tiempo que coge un paquete de carne, le dice: mira Francis, una cosa es segura y es que ese maldito asiento no se ha movido solo. Francis suspira, es la quinceava vez, sin exagerar, que Inés le dice aquello. Francis coge unas latas de conserva y las coloca en la alacena sin contestar. Lo que ocurrió fue lo siguiente: 

 Inés sube al auto, por el lado del copiloto, y al sentarse se queja de que el asiento está muy por delante de lo acostumbrado. Francis, su marido, que ya está al volante y con el coche encendido, dice que probablemente Jorge lo haya arrastrado atrás. Jorge es un compañero de trabajo de Francis, al que suele dar aventón saliendo del curro, y es tan alto como una jabalina. Pero Inés dice que no, que es imposible, pues el asiento está hasta adelante. Bueno, dice Francis alzando los hombros, entonces no lo sé, ¿qué más da? Inés hace correr el asiento mientras Francis hace avanzar el coche. 

 Jorge tendría que echarlo hacia atrás, no hacia adelante, dice Inés. Francis ya no dice nada, pero Inés continúa especulando al respecto. Todas las mañanas sale Francis al curro, y al salir, da aventón a Jorge, quien por su altura suele echar el asiento hacia atrás. Llegado a casa, Francis regresa el asiento a la mitad, para que Inés no tenga problemas al subir. Pero esta vez Inés ha subido y el asiento está adelante. ¿Por qué habría de estar el asiento adelante?, pregunta Inés, y Francis vuelve a decir que no lo sabe, que así es la vida, que a veces pasan cosa así. Nunca pasan cosas así, replica Inés, el asiento está movido y alguien lo tuvo que mover, y Jorge está descartado. Vale dice Francis, quizá lo movió el valet. Lo dijo sin pensar. ¿El valet?, pregunta Inés escandalizada. Francis ha cometido un error y lo sabe. En los nueve años de matrimonio entre Francis e Inés, él jamás ha hecho nada sin que ella estuviese enterada, y hasta donde Inés sabía (y Francis también sabía), no tendría por qué dejar el coche en algún valet, a menos que… ¿Cuál valet?, pregunta Inés conteniendo la furia. 

 Aquí es donde todo se fue a la mierda; una mentira lleva a la otra… Francis, harto, responde que sí, que eso debe ser. Se inventa que ha ido a cenar a un restaurante la tarde de ayer, y que seguramente el valet ha movido el asiento sin que él lo notara. Eso debe ser, dice despreocupado. Inés lo mira extrañada. La tarde de ayer Francis llegó a casa a la hora acostumbrada, no hay posibilidades de que haya ido a algún restaurante, a menos que… ¿A qué hora fuiste a ese restaurante, Francis?, pregunta dejando que su marido se hunda más y más. 

 Francis se percata del error y lo resuelve con otra mentira: oh, dice, olvidé decírtelo, ayer salí temprano del trabajo y pasé a cenar a Charlies. Por un momento Inés olvida lo del asiento y pregunta por qué o cómo demonios olvidó decírselo. Bueno, responde Francis fingiendo naturalidad, no lo consideré importante. Inés mira a un perro que cruza la calle, están a punto de llegar al supermercado, y dice: mientes, Francis. Lo dice afectada. ¿Cómo?, pregunta Francis al tiempo que vira la calle. Ayer llegaste a cenar a la hora de siempre, dice Inés, y ahora resulta que se te olvidó decirme que ya habías cenado en Charlies. Francis entra al supermercado y traga saliva. Es verdad, ayer cenó en casa como todos los días, e incluso recuerda que pidió a Inés doble ración de estofado. ¿Cómo puede ser tan malo mintiendo? 

 Francis apaga el motor, se ha estacionado, y baja del coche. Se apresura a abrir la puerta a Inés, pero cuando llega al otro lado ésta ya ha bajado, y no permite que Francis la toque. Está enojada, piensa Francis. ¿Crees que tengan buenas ofertas el día de hoy?, pregunta tentando la situación. No lo sé, contesta Inés pero es evidente que no piensa en las ofertas. 

2

Francis anuncia que tomará una ducha. Han terminado de acomodar la despensa. Inés ni siquiera le contesta. 

 Francis se desnuda en el cuarto de baño, no quiere encontrarse con Inés en la habitación, y abre la llave de agua caliente. La tienta con la mano y abre la llave de agua fría, ha salido demasiado caliente. Espera unos segundos y vuelve a tentar. Cuando está a la temperatura adecuada, entra. Lo primero que hace es tomarse la frente con ambas manos y echar la cabeza atrás. Siente el agua correr por su cuerpo y se pregunta cómo ha podido ser tan gilipollas. Es evidente que ha quebrado la confianza entre él y su mujer. ¿El valet? ¿Por qué tuvo que decir lo del valet? El asiento estaba corrido hasta adelante, y había una explicación para ello. Nunca pasan cosas así, dijo Inés y tenía razón. El asunto era muy sencillo: Francis había corrido el asiento porque tuvo que hacer un favor a su jefe. Le pidió que le echara una mano a transportar unas cajas pesadas que había sacado de su sótano, y que ya no cabían en su coche. Francis no pudo echarlas en el portaequipaje porque eran muy grandes y decidió echarlas en la parte trasera. Eso era todo. Sin embargo, el coche de Francis estaba sujeto a un crédito. Crédito que el padre de Inés paga porque el salario de Francis apenas alcanza para los gastos básicos, cosa que Inés le recuerda a la menor oportunidad. Por este motivo, Inés es muy cuidadosa del coche, y sabiéndolo, Francis no quería decir a Inés que había metido cajas en la parte trasera. Los asientos están forrados de piel e Inés armaría un escándalo si se enterase.

 Francis se enjabona al tiempo que piensa que aún así, hubiese sido más sencillo decir la verdad. Inés le hubiese reclamado por maltratar el coche, que legalmente pertenece a su padre, y eso era todo. Quiso no embrollarse en ese lío y le salió el tiro por la culata. Había cometido muchos errores y ahora tendría que pensarlo todo muy bien antes de actuar. Eso, tendría que pensarlo y actuar. La situación era que Inés ya no le creería nada. No podía salir con la verdad ni con ninguna otra mentira. Tendría que mantenerse en lo ya dicho, costase lo que costase y hacerle pensar a Inés que después de todo, quizá Francis dice la verdad.

 Cuando Francis salió de la ducha Inés estaba en cama, con el televisor encendido. No lucía molesta, es como si ya no recordara nada de lo ocurrido. Así que se metió a la cama, a su lado, y pasados unos minutos, dijo que lamentaba no haberle dicho lo de Charlies. No debí decirlo, pensó en el instante siguiente, cuando Inés se levantó de la cama y amenazó con sacar a Francis del cuarto si decía una sola palabra más. Sólo quería dejarlo claro, dijo Francis, olvidé decirte lo de Charlies, espero que puedas perdonarme la vida por ello

 El sofá no estaba tan mal después todo. Pudo mirar el televisor antes de dormir sin que Inés le reclamara cambiar el canal, o apagarlo. Miró un programa con tías buenas y se preguntó por qué carajos no se casó una así. 

 Al final durmió tranquilo, mañana sería otro día y quizá Inés estuviese de mejor humor. 

3

Supongo que esto también lo hicieron en el valet, ¿no es así?, preguntó Inés al borde de un ataque. Francis estaba rojo. A la mañana siguiente Inés cogió el coche para ir a la farmacia. Como era costumbre suya se maquilló durante el trayecto. En algún momento dejó caer el rímel al suelo, y éste fue a rodar a la parte trasera. Echando leches Inés se orilló para buscar el maldito rímel, y allí fue donde lo miró. Una raspadura en el asiento trasero, justo detrás del asiento copiloto. Francis quedó de una pieza, y tardó muchos segundos en decir algo. Lo que dijo fue: es probable. ¡Es probable!, gritó Inés. Una cosa era clara y es que el cuento del valet era mentira. Francis miente y es tan obvio que miente, que defender lo indefendible sólo puede ser consecuencia de alguna verdadera desgracia, pensó Inés. La verdad detrás de todo esto sólo puede ser algo catastrófico, pues de lo contrario, ¿por qué tanto empeño en mentir? 

 Por un momento Francis recobró los ánimos, se dijo a sí mismo que si quería salir airoso de ésta, debía ser firme y actuar. Okey, dijo, ya está bien; antier fui a cenar a Charlies y eso es todo lo que sé, gritó. ¡Es probable que el valet haya corrido el asiento y que haya rasgado la vestidura, no lo sé, esas cosas pasan!, si no lo quieres creer, ¡es cosa tuya! 

 Mira, Francis, querido, dijo Inés, tienes razón en una cosa: ya está bien. Pero ya está bien de tanta mierda. Francis enmudeció, Inés no era la clase de mujer que usa la palabra mierda. Si te empeñas en mentir, tus razones tendrás, y no deseo saberlas pero… No miento, interrumpió Francis, indignado. Estaba actuando el papel de digno y no podía retractarse. Quizá debió pedir perdón, explicar el asunto… Pero no. Después de todo él era el Hombre.

 ¿Así que no mientes, eh?, dijo Inés. No, dijo Francis tajante. Vale dijo Inés, te creo. Por un momento Francis recuperó el aliento, por un instante pensó que lo había logrado. Al instante siguiente se encontró en peor situación. Así que como yo te creo, continuó Inés, no tendrás problema en demostrar que cenaste en Charlies. ¿Cómo?, preguntó Francis asustadísimo. Sí dijo Inés, si es verdad lo que dices tendrás el comprobante de pago del restaurante. Ahora sí, Francis sentíase desfallecer. No lo tengo, dijo aprisa, casi delatándose. ¿Por qué no lo tienes?, pregunto su mujer, que se había convertido en un terrible vicefiscal del Bronx. Vamos dijo Francis alzando las manos, ¿quién demonios guarda el comprobante de pago de una cena? Inés lo pensó un segundo y se dijo que en eso Francis podía tener razón, ella misma no lo hacía. Está bien dijo, eso sí te lo creo, pero no te salvas. Francis ya no sabía qué pensar, todo esto había ido demasiado lejos. Al menos había ganado puntos con eso del comprobante. Sin embargo no sirvió de mucho, Inés le propuso ir a Charlies y preguntar a los empleados si su marido había visitado el establecimiento la tarde de antier.

 Francis lo dudó demasiado, al menos lo suficiente para que Inés reforzara sus sospechas y el asunto acabara siendo un reto. La cosa se convirtió en algo personal. El orgullo y la hombría, todo el honor y toda la confianza de Francis estaban en juego. Quizá es por ello que aceptó ir a Charlies y preguntar al encargado si cenó allí la tarde de antier, a pesar de todo lo absurdo del asunto. 

 Francis, dijo Inés sinceramente asombrada, no sé qué es lo que te pasa, pero sea lo que sea, es grave. 

 Preguntaron al encargado de Charlies, y a todos los empleados, pero ninguno dijo estar seguro de que Francis hubiese cenado la tarde de antier en el restaurante. Hubo algunos que incluso estaban seguros de que Francis NO cenó aquella tarde en Charlies. Inés llegó a sentir lástima por Francis; éste se empeñó en asegurar que él había cenado allí, más o menos a la seis de la tarde, y señaló la mesa que supuestamente le asignaron. Nadie recordó haberle visto cenar en aquella mesa, y para colmo de su desgracia, una mesera recordó atender a un par de argentinos en la mesa señalada por Francis, más o menos a eso de las seis de la tarde. Pero Francis no cedió, no dio el brazo a torcer y se mantuvo necio en su verdad, que es lo mejor que podía hacer, y su única esperanza, según su pensar. 

4

Inés hace las maletas, dice que irá a vivir con sus padres, que no puede soportarlo más. ¿Qué es lo que no puede soportar exactamente? El problema no es que mientas, le dice a Francis con el tono de voz que se emplea para hacer entender a un crio de cinco años que lo que ha hecho ha lastimado el alma de mamá. El problemas es que ya no puedo confiar en ti. 

 Francis, sentado al borde de la cama, mira cómo su mujer, ella es mi mujer, piensa (lo que eso signifique), coge un vestido, lo dobla con minuciosidad, y lo mete dentro de la maleta. ¿Por qué está pasando todo esto?, se pregunta Francis. Es cierto que ha mentido, pero no es para tanto, y además, ella le ha obligado a mentir. Si no fuera tan necia, si no se tomara las cosas tan en serio. El asiento está corrido hacia adelante, ¡qué más da¡ Pero no, Inés no es de las que piensan qué más da; tiene que sumergirse hasta el fondo del abismo.

 Vale, dice Francis al tiempo que coge la mano de Inés, que está a punto de coger un vestido más, vale, dice, no tenemos qué llegar a esto, ¿qué dirás a tus padres?, ¿qué te has ido porque un buen día subiste al coche y el asiento estaba corrido? Inés se zafa de la mano de Francis, y llevando el vestido a la cama, donde o extiende para doblarlo, y contesta que no, que por supuesto no dirá eso, porque eso sería mentir. Subraya la palabra mentir, y dice que lo que hará será decir la verdad: se ha largado porque a su marido le ha picado no sé qué jodido mosco, y ya no puede confiar en él. Okey, dice Francis, está bien, si el problema es ese, dame una oportunidad de remediarlo. Lo dice sinceramente, lo dice con el corazón, que se le estruja al mirar a su mujer meter todos esos malditos trapos a la maleta. Y además lo hace con una lentitud, piensa, cómo si disfrutara torturándome de ese modo.

 Inés, sin embargo, también sufre. No desea dejar a Francis, no desea irse con sus padres, no desea sentir lo que siente, y en el trayecto entre la cama y el armario, para, en seco, y se planta en medio de la estancia.

 Francis se levanta, sabe que éste es su momento, camina a dónde ella, y tomándole las manos, le dice: vale, Inés, he cometido muchos errores, pero es tiempo de que los enmiende. Inés le mira a los ojos, a la expectativa, no sabe qué pensar y espera lo peor. Te contaré la verdad sobre ese… ese maldito asiento de los mil demonios, dice Francis. Inés quita las manos de dentro de las de Francis y cruza los brazos, como diciendo más te vale que esta vez sea algo bueno.

 Entonces Francis le cuenta lo de su jefe, y de cómo le echó una mano con las cajas. La temperatura de Inés sube. Francis continúa contando de su miedo al regaño de Inés por poner las cajas sobre la piel de los asientos, y de su sentimiento de impotencia ante el hecho de que sea su padre y no él quien paga el crédito del coche. Dice impotencia pero en realidad es un sentimiento de inferioridad. Inés le escucha sin decir una sola palabra, y Francis ya no sabe qué decir, después de todo eso es el asunto, y no hay nada más que decir, aunque sabe que debe decir algo más, así que se sincera, y dice que ha sido muy estúpido al inventarse lo del valet, y ríe al recordar cómo se aferró al maldito hecho de que él ceno en Charlies frente a los empleados. Debieron pensar que estoy loco, dice entre risas, y luego, tranquilizado, exorcizado, se acerca para besar a Inés en la mejilla.

 Inés recibe el beso en la mejilla sin moverse un centímetro, y luego estalla. No se ha tragado el cuento del jefe de Francis, que le ha pedido cargar unas cajas. 

 Quizá si le dijera que se ha follado a una secretaria en la parte trasera del coche, lo creería, y podría perdonarlo, esas cosas pasan... 






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