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Blog autobiográfico." Cuando escribo no pienso en el lector. Olvido que no todos somos cerdos. Ese es mi gran error. Y el de ellos." Martin Petrozza.

Héroes

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domingo, 30 de octubre de 2011

Dios, Betty y el imperio romano.



Le dije a Betty que por favor se largara de aquí. Aquí quiere decir, de mi casa. Se lo dije porque la muy cabrona no se callaba, y yo le había pedido ya decenas de veces que se callase. Estaba leyendo un libraco, uno de Fustel de Coulanges, La ciudad antigua, que como todos saben es su obra más famosa, e iba por la parte del panteón romano, es decir, del conjunto de dioses en los que ellos creían,  cuando Betty me pidió un cigarrillo, por enésima vez, y por enésima vez le contesté que lo tomara por ella misma, Dios. No le costaba nada cogerlo por ella misma. Pero al parecer su intención era romperme las pelotas. 

 Yo estaba sentado en el sofá y ella en el suelo, sobando con los dedos mi pierna, haciendo como una hormiga que camina por mi pierna, y hablando un montón de cosas, y pidiendo que le pasara un maldito cigarrillo. Entonces me levanté, caminé dos pasos hasta la mesa, que estaba evidentemente más cerca de ella que de mí, cogí un cigarrillo y se lo estiré a Betty al tiempo que le gritaba que por amor a Dios se largara de aquí. Betty tomó el cigarrillo y se largó, no sin antes gritarme que yo era un hijo de puta. Ya, pensé, uno sólo quiere un poco de santa paz, y termina siendo un cabrón, y el villano de la película. 

2

 ¿Ya estás de humor?, me preguntó Betty al día siguiente. Yo estaba en el sofá, fumando un cigarrillo, pero como tenía la costumbre de dejar la puerta de mi casa abierta, Betty tenía la costumbre de meter sus narices, y pasarse de vez en cuando a saludarme. Vale dije, ¿qué hay de nuevo? No debí preguntar aquello, mierda. Uno jamás debe preguntar aquello a Betty, pensé. Se soltó con el rollo de siempre, el que va sobre cómo un maldito día un magnate multimillonario se enamorará de ella. Ya ni siquiera la escuchaba. Me lo sabía de memoria, todo el tiempo fantaseaba sobre cómo, según ella, el día anterior o algo, un hombre apuesto y adinerado la miraba en el supermercado, en la calle o en cualquier sitio. Sin embargo, esto siempre ocurría, casualmente,  en momentos donde estaba sola, y nadie podía atestiguar aquello. Pero ella lo juraba y estoy seguro que hubiese apostado el alma a que era verdad, cuando es claro que era mentira, porque Betty no era precisamente bonita. Dudo mucho que un hombre, el que sea, la mirase más de dos segundos seguidos, o que pensase en ella como se piensa en Jenna Jameson

 Vale dije, ¿quieres una cerveza? Betty asintió con la cabeza; la bocaza la tenía ocupada en contarme sobre el nuevo corte de cabello que pensaba hacerse. Lo importante para ella no era el tipo de peinado, o si lucía bien o no, sino el precio. El cambio de apariencia le costaría, según sus cálculos, unos mil doscientos pavos. Carajo, exclamé al tiempo que daba un trago a mi bebida, ¿cómo alguien puede gastar ese dinero en semejante chorrada? Betty se defendió diciendo dos cosas, primero, que no era una chorrada, que era algo muy importante, y segundo, que hay personas que tienen mucho dinero, y eso no es nada. Ya dije, pero tú no tienes mucho dinero, ¿de dónde sacarás la plata? Betty era vecina mía, y vivía en el mismo barrio de mierda que yo, aunque lo negara hasta el cansancio. Solía decir que vivía al Sur de la ciudad, pero no exactamente dónde. Betty ignoró mi pregunta, cambió de tema. Miró algunos de mis libros esparcidos por el suelo, cerca del sofá, y dijo que dejara de leer, que eso no lleva a nada bueno. Coño, exclamé, ¿de dónde sacas tantas tonterías, Betty, querida?, ¿de la tevé? Vaya que tenía el seso lleno de mierda. Dijo que si yo continuaba leyendo, me volvería loco. Dijo que leer es bueno, pero sólo si se lee poco, y noticias o tevenotas. Dijo que estudiar era perder el tiempo y sobre todo, un pésimo camino para hacer dinero. Carajo pensé, ahora resulta que esta rubia teñida me va a dar consejos de vida. Al menos en algo tenía razón, la literatura no es el mejor modo de hacer fortuna. 

 Vale Betty, dije, dime una cosa, ¿alguna vez has leído un libro? Betty no se ofendió, por el contrario, y para mí sorpresa, dijo que sí. Ya dije, ¿cuál? Supuse que habría leído algún cuento vaquero que ella suponía libro, pero la respuesta que dio tampoco me asombró demasiado. Dijo que había leído algunos libros de Paulo Coelho. Era de esperarse, y se lo dije. Le dije que en ese caso sí era mejor no leer absolutamente nada, y que dejara esa mierda, que si quería leer algo, al menos leyera un libro de verdad. ¿Y cuál es un libro de verdad?, preguntó tomando algunos de los libros que había en el suelo y en el sofá. No sé dije, podrías comenzar por leer a Huxley, o algo así, algo ligero y a la vez contundente. Betty miraba las portadas de los libros como si se tratase de cosas de otro mundo. ¿De qué trata este?, preguntó con La ciudad antigua en las manazas. Es el que leías ayer, ¿no?. Sí dije, va sobre los usos y costumbres de la antigua Roma, es un libro de historia. ¿Y qué dice de los romanos?, preguntó. Bueno dije, pues muchas cosas, por ejemplo de su gobierno y de sus dioses. 

 Aquí fue donde se jodió la cosa. Donde empezó todo el maldito rollo de Dios. Estoy harto de tener que lidiar con las personas sobre Dios. Le expliqué a Betty cómo los griegos y después los romanos, fueron politeístas, y adoraban a sus muertos por medio de estatuillas que colocaban en sus casas. A todo esto Betty respondió, ofendida, como si la hubiese insultado, o como si yo hubiese escrito el puñetero libro  o fuera culpable de las creencias antiguas, que eso era una mierda, y que sólo hay un Dios, y es: Señor Dios. Carajo, sí, Betty creía en Dios, al que llamaba Señor. Desconocía su nombre, que por supuesto es Jehová, y desconocía prácticamente todo sobre su religión (la de Betty), que era la católica. Jamás asistía a la iglesia ni sabía de memoria los rezos del Padre nuestro. Desconocía conceptos como excolmulgado, diócesis, apostólico, sacristán, eucaristía, etc. En pocas palabras, Betty era una católica que ignoraba todo sobre el catolicismo, más o menos como todos los católicos, que son ignorantes de las chorradas en las que creen. 

 Tuve que explicarle cómo el rollo de Jesús, etc., es un invento, precisamente romano. De cómo Roma logró vencer y conquistar gracias al concepto de unidad, que pretendía unificarlo todo en un imperio, un emperador, y un dios. Contrario a lo que se venía haciendo antes, que era un abigarrado panteón de deidades, y se gobernaba entre varios. Le conté de cómo Constantino fue el primer emperador romano en utilizar el estandarte con la cara de Jesús impresa, y del impacto que esto causó en sus adversarios, que desconociendo dicho dios, se creyeron ante un ser superior. Y desde entonces, le dije, existe esa cosa que se llama Iglesia apostólica católica romana, que es una mierda, la gran mierda, y con la que se ha logrado hasta la fecha, dominar al pueblo. 

 Betty quedó impresionada, alarmada, y se largó de allí, confirmando que yo era un hijo de la gran puta, ateo, borracho y sin un centavo. 

3

 Ahora bien, en aquel entonces yo me encontraba en un lapso de soledad. Quiero decir que no tenía alguna mujer, y Betty, aunque se me antojaba despreciable por representar al vulgo en carne viva, era mejor que nada. Así que tuve que ir hasta a su casa, llamar a la puerta, y pedirle que no se ofendiera, que yo no tenía la culpa de que le hayan metido en la cabeza una mierda falsa, los españoles cuando conquistaron México. Que en todo caso ella no debía sentir afecto o apego por la religión católica, que a fin de cuentas ni nuestra es. Hubo un tiempo en que tú misma, le dije, te hubieras reído de la virgen María, cuando un Fray español te la estampaba en la cara y te obligaba a rezarle y a hincarte ante ella a punta de látigo. Y que además, en pleno siglo XXI, uno no podía ponerse así, pues ya es sabido que a la virgen le pueden dar por culo, y que ya nadie cree esas pavadas, a excepción de algunos indios que aún hacen peregrinaciones, pero esos ni hombre son, dije, son más parecidos a homúnculos o bestias que hacen las cosas por costumbre y sin pensar una mierda. 

 Entonces Betty me azotó la puerta en las narices. Resulta que una tía suya es de las que hacen esas peregrinaciones a Chalco, y reza y se arrodilla ante un pedazo de tela que es el estandarte, impreso con la imagen de una niña que parió sin que se la follasen, y que no hizo nada a excepción de eso. Sin embargo se le cree milagrosa, pero no ha sacado de la pobreza a ninguno de sus adeptos, ni les ha dado mejor vida. 

 Llamé de nuevo a la puerta porque aunque Betty no me gustaba del todo, el simple hecho de saber que había perdido cualquier oportunidad de follarla, me intranquilizaba. Vamos le dije, no quise decir nada de lo que dije, eres libre de creer en un mojón si te da la gana, yo no estoy en contra, sólo no estoy a favor. Pero eso no ayudó demasiado. 

 Volví a llamar. Carajo, nena, no te pongas así, Dios, no vale la pena pelear por algo como la religión, que después de todo, todas llevan a lo mismo: a nada. O en todo caso, a la dominación de masas, la manipulación y al fomento de la estupidez humana. Eso tampoco fue de gran ayuda. 

 Vale dije, es la última vez que llamaré a la puerta, si no sales, ¡te puedes ir a la mierda!, grité. Esto sí que funcionó. Aunque no le gustara aceptarlo, yo era el único hombre que tocaba a su puerta, y eso es mejor que nada. Abrió y salió. Me dijo que la siguiera. 

 La seguí. Y en el camino me ofreció disculpas por ser tan necia. Dijo que los minutos que pasó encerrada detrás de la puerta, los utilizó para rezar por mí, y pedir que se ablandara mi corazón y en él entrara el Señor. No me lo podía creer. Que alguien fuese tan gilipollas. De verdad, no lo podía creer. Caray dije, por favor, dime que eso es mentira. No, dijo Betty, es en serio, lo hice. Betty, querida, dije, ¿alguna vez has leído la Biblia? Sí, contestó dubitativa. Ya dije, pero quiero decir, toda la Biblia. No, contestó como si fuese obvio. ¡Entonces, exclamé, si no has leído la Biblia, no vas a la iglesia, desconoces el noventa y nueve por ciento de los preceptos católicos y ni siquiera sabes cómo se llama tu dios, por qué le rezas y cómo es que crees en él y lo amas! Betty respondió que no es necesario asistir a la iglesia o saber todas esas cosas, que Dios nos ama y podemos confiar de todos modos en él. Vale dije, esto sí que es lo más estúpido que he escuchado. Estás diciendo que amas y confías en algo que desconoces en su mayoría, sólo porque te han dicho que hay que amarlo, ¿pero qué sabes tú y la gente de Dios?, ¿aparte de que supuestamente es bondadoso y de que es una máquina de cumplir deseos? Betty ya no dijo nada, llevó la mirada al cielo y dijo: perdónalo, Señor, no sabe lo que dice. Sé perfectamente lo que digo, me defendí, porque para tu sorpresa, yo sí he leído la Biblia completa, y conozco la historia de las religiones, y he pertenecido a muchas de ellas, desde los testigos de Jehová, hasta los brujos Yoruba, y he aprendido cómo va la cosa con ellas. Bueno dijo, si es así, no has aprendido mucho, porque es claro que el Señor está en todos lados. Betty me estaba cansando en serio. 

 Después de seguirla por más de veinte minutos, entramos a un barecillo y nos sentamos a una mesa, donde continuamos la conversación durante más de cuatro horas, sin llegar a nada, como siempre que se habla de religión. Al final, salimos de allí más peleados que al principio, ella con ganas de curarme de mi ateísmo, y yo con ganas de matarla, pero sospecho que ella, detrás de su supuesta bondad, también sentía ganas de matarme. 

 4

 Pasaron dos semanas de mutismo. En esas semanas Betty no se apareció por mi casa, y yo no la busqué en lo absoluto. Debo confesar que por mi parte, la extrañaba un poco, ya sabes, más o menos como cuando extrañas la costumbre de la presencia de una persona que no te agrada del todo, pero es peor nada.

 Luego dejé de extrañarla, me estaba acostumbrando a mi soledad y mis lecturas, cuando de la nada, apareció con una botella de whisky en las manazas. La recibí con gusto y serví un par de whisky en las rocas para celebrar. Dijo que no había venido a verme porque estaba ocupada, y luego me contó, Dios, cómo esta vez estaba segura de que un doctor muy adinerado, el doctor que llevaba el caso de su gripe, estaba tratando de seducirla. Vale dije, cuéntamelo todo. Esta vez tenía un poco de ganas de escucharlo. Betty aseguraba que en sus chequeos médicos, este doctor, que era guapo y adinerado, recalcó, le tocaba la mano de una manera peculiar, y el cuerpo. Y que le hablaba con un tono casi encantador, y la miraba directo a los ojos, sugestivamente. Estoy seguro que todo esto era en gran parte la imaginación de ella, pero te lo contaba con una pasión que por un momento llegabas a creer que sería cierto. Vale dije, pues ya está, ¿qué esperas para ligarlo? ¡Ay no, exclamó Betty, si no soy puta! Vamos dije, ¿que no se supone que has estado esperando esta oportunidad toda tu vida?, ¿el momento de liarte con un hombre guapo y adinerado que te saque de la pobreza? Sí dijo, pero… no sé, quizá no sea tan rico, es un doctor y tiene dinero, pero yo quiero algo mejor, no sé, quizá un productor de cine, o un empresario… Ya, la interrumpí, claro, se me olvidaba, tú no te conformas con poco, tú quieres todo el oro. Sí, confirmó riendo, con una de esas risitas estúpidas de niña bien. Lo malo es que no haces nada para merecértelo, apunté. ¿Cómo?, preguntó. Nada dije, olvídalo. No deseaba discutir otra vez, pero era obvio que Betty quería el oro, pero no hacía nada para merecerlo. No podía entender que tener dinero exige un esfuerzo muy grande, incluso si eres una zorra interesada. ¿De verdad espera que de la nada se aparezca un hombre millonario a rogarle (porque estoy seguro que Betty se haría del rogar) para casarse con ella?, me preguntaba. 

 Fue por la quinta copa, cuando Betty entró al sanitario, que me dio por esculcar su bolso. Lo dejó en el sofá, a mi lado, y como no queriendo la cosa, metí la mano al bolso, y lo sentí. Me pensé que sería un libraco de mierda, de Coelho, pero lo saqué de todos modos, y me llevé una enorme sorpresa. Era un libro de Fuste, La ciudad antigua, en una versión vieja de la editorial Porrúa, que seguramente habría comprado en una librería de viejo, pero estaba forrado con papel de colores. Para que nadie mirase la portada, o más específicamente, el título del libro y al autor. Lo abrí y dentro había un separador en la página doce. Mierda, pensé, todo lo que dije le caló hondo. 

 Escuché a Betty gritar que la maldita palanca del excusado no quería funcionar, y como ya la conocía, yo tendría que llenar un cubo de agua, y verterlo con fuerza para que se llevara la mierda. Guardé el libro en su lugar, y me levanté a llenar el cubo. Cuando estuvo listo lo llevé al sanitario, donde fuera estaba Betty, tapándose la nariz con los dedos y mirándose en el espejo del lavabo. Vale dije, dame permiso, echaré el agua. Betty asintió con la cabeza y regresó a la sala, desde donde me gritó que si deseaba que me sirviera otro whisky en las rocas. ¡Claro que sí!, grité en respuesta, al tiempo que vertía el cubo y pensaba en Betty y en el libro de Fuste, y  vislumbraba en ella una esperanza. En el fondo Betty no era tan estúpida, anidaba en ella el óbolo de ambición intelectual, y quería asegurarse por sí misma que todo mi discurso anticlerical, no era una mentira. La imaginé leyendo secretamente las primeras líneas del libro, y quedando maravillada y confundida por la luz de la verdad. Es una buena chica, pensé. 

 Regresé a donde Betty y le di un abrazo, y le dije que estaba lindísima esta tarde, y que me encantaría follarla, como a la que más. Betty me abrazó también, y dijo que ya me había explicado muchas veces que entre ella y yo no había otra cosa que la amistad. Dios, pensé, quizá realmente se crea bonita y merecedora de todo el oro del mundo. Entonces Betty me dio un beso en la mejilla, y eso fue todo. Quizá se crea que yo no la merezco, pensé, y probablemente sea verdad. 



sábado, 29 de octubre de 2011

Manuel Fernández, célibe y putero.



Manuel Fernández era uno de los hombres más admirados de la ciudad. Decía que era célibe porque ya había abandonado el deseo de enamorarse, y pretendía vivir sus últimas décadas sumido en la más profunda espiritualidad. En realidad, Manuel Fernández era célibe porque no tenía dinero para frecuentar a sus más queridas y apetitosas prostitutas. Quizá si la situación cambiaba en el futuro, podría abandonar el celibato. Pero su historia comenzó muchos años antes.

Cuando era un adolescente, Manuel Fernández se consideraba un perfecto revolucionario. Escribía y distribuía panfletos en contra de los Estados, lideraba manifestaciones populares y dormía largas horas en las casas ocupadas. Comía carne como un bellaco y repudiaba a los vegetarianos, pero cuando su causa estuvo repleta de ellos, se venció por su sensibilidad y dejó definitivamente la carne. Discutía con los carnívoros y les tildaba de asesinos sin escrúpulos. Esto sólo ocurría en público, ya que el congelador de Manuel Fernández estaba lleno de higadillos, filetes y pollos congelados. Cuando alguien le descubría, argumentaba que su conversión era paulatina. Debía cuidarse en salud. Años más tarde, cuando ya apenas tenía dinero para subsistir, le ofrecieron presentarse a la alcaldía de su ciudad por un partido político comunista. Al ser su popularidad notoria, decidió aceptar el reto. Abandonó pues el ataque al Estado y comenzó a defender la estabilidad de un estado sólido y solemne, pero formado por el pueblo, pueblo comenzado y terminado en él. Sus seguidores trabajaron con ahínco en su campaña, mientras Manuel se erigía como el adalid de los nuevos tiempos. No consiguió ser alcalde, pero hizo buenos amigos. Vendió droga durante casi una década hasta que conoció a una mujer profundamente espiritual. Fue así como Manuel Fernández se dejó crecer una barba hirsuta y comenzó a predicar los caminos mágicos del karma y reformuló, según sus propias ideas, la auténtica naturaleza de los chakras. Combatía el ego de los demás juzgándoles. El dedo de Manual se transformó en un mazo inevitable; un dedo que a sus seguidores les encantaba chupar. Siendo ya un hombre maduro le llegó la aventura de la mística. Impartía talleres sobre esoterismo, pero cuando la mujer espiritual le abandonó, regresó a un empirismo exagerado, asegurando que los psicólogos, los chamanes y los videntes eran todos unos estafadores. Lo que importaba era la lucha por la revolución social, como así lo aseguraban los miles de jóvenes que comenzaron a comprar los panfletos y libros que Manuel Fernández tan bien escribía. 

Su relación con la prostitución fue ambigua. Siendo joven decía que las prostitutas eran asquerosas porque vendían su dignidad a cambio de unas pocas monedas. Luego su crítica pasó a los hombres, que hacían uso de esas pobres mujeres enfermas para saciar su lascivia animal, desprovista de moral alguna. En sus años mozos, Manuel solía frecuentar locales nocturnos e hizo las veces de relaciones públicas. Invitaba a las chicas a copas, las seducía, e incluso les prometía alcohol gratis a cambio de pasar la noche sólo en su local. Cuando descubrió que las prostitutas son invitadas a champán en los prostíbulos y que gran parte de sus honorarios lo conseguían bebiendo, cambió de parecer. Lo descubrió una noche, en un prostíbulo. Tuvo curiosidad por ir. Con los años, comenzó a apoyar al colectivo de las prostitutas, ya que escribió un libro sobre ellas que le enriqueció notoriamente. Conoció a chicas suecas, asiáticas y negras, pero sin duda las que más le gustaban eran las asiáticas. Les veía muy aniñadas y se sentía todo un macho dominante con ellas. Aquellos grititos le hacían sentir un auténtico semental. 

Manuel Fernández perdió la dentadura tras sufrir una enfermedad periodontal. En aquella época fundó su ONG para recaudar fondos para los niños indios. Vendían baritas de incienso y captaban socios en la calle. Muchos jóvenes, nuevos revolucionarios, estaban a la orden y servicio de Manuel Fernández. También cayó en sus redes un hombre maduro y empresario medio, que subsistía gracias a su empresa de distribución publicitaria. Manuel consiguió su caridad para guardar en su oficina todos los productos de su ONG. Un día veraniego ambos hombres se encontraron en plena calle. Su amigo pensó que Manuel era libre para no llevar dentadura, ya que decía que los dientes sólo son necesarios si los tienes, y si no los tienes, ¿para qué gastar tanto dinero en dientes protésicos si tantos niños necesitan cuidados? Su amigo comprendía esto, pero no podía comprender por qué Manuel Fernández nunca se duchaba. ¿Acaso ahorrar en agua podía hacerle algún bien? Lo cierto es que Manuel Fernández no tenía dinero para una dentadura postiza. Vivía en la vieja casa de su madre y comía en restaurantes de amigos.

Con la ONG en pleno funcionamiento, Manuel Fernández declaró su celibato. Organizaba eventos donde él, el ya maduro sabio, ofrecía abrazos espirituales a docenas de personas a cambio de un modesto precio. La suerte le llegó el día en que un adinerado empresario concedió una considerable suma de dinero a su ONG. Manuel contó los billetes, uno tras uno. Esa noche, Manuel Fernández perdería su celibato, salvo para los ojos de sus amigos, trabajadores y admiradores. Aquella noche, Manuel Fernández, el célibe, revolucionario y espiritual adalid, iba a visitar a una joven asiática. 




martes, 25 de octubre de 2011

París no es una fiesta: el primer beso.



Comencé a escribir poemas a los quince años, dije. Sin embargo, en ese entonces no pensé que me dedicaría a la poesía. Escribía algún poema y luego lo olvidaba. Los escribía en la parte de atrás de algún cuaderno de colegio, o en papeles sueltos que perdía y jamás pensé que alguno de ellos pudiera valer algo. No quiero decir dinero sino algo, lo que sea que pueda valer un poema. Casi todo iba sobre la playa, el mar, el bosque. Me gustaba escribir paisajes así como un pintor los pinta. Luego me pasé a los animales. Hice un librito que intitulé: Bestiario poético. Aún lo conservo pero no sé exactamente  en donde. 

 Verónica asintió con la cabeza y dio un trago al whisky. Le estaba contando mi carrera literaria, que era una carrera más bien personal y no la gran cosa. A los veinte años, continúe, leí al poeta Roberto Bolaño, cuando todavía no era lo que hoy es, y me involucré tanto que llegué a considerarme un poeta real visceralista. Pensé que eso haría reír a Verónica pero no fue así. Me  pareció, por el contrario, que se aburría. Deseaba parar pero no pude, ya había comenzado y una fuerza ajena a mí  me obligaba a seguir y contarle, y contarme a mí,  la historia de mi vida. Era algo así como una confesión y una muestra de cariño. Aunque por otro lado se me antojaba un acto de egoísta vanidad. Una lucha interna por parar y por seguir se libraba en mí, lo que interfirió haciendo de mi monólogo un montón de enunciados tautológicos y sin sentido. Me sumergía en un pasaje que yo consideraba importante, y al finalizarlo, y al comenzar otro, me parecía que había olvidado algún detalle de lo anterior, y regresaba más veces que avanzaba, y no pude detenerme hasta que Verónica se levanto al sanitario dejándome con la palabra en la boca.

  Verónica regreso del servicio y me preguntó que entonces qué. Entonces un día lo supe, respondí estúpidamente, supe que sería poeta y encaminé mi vida a ello. Para empezar dejé el colegio, mi educación académica estaba interrumpiendo mis estudios poéticos. Me volví autodidacta. Leía a los griegos, los Himnos homéricos, la Batracomiomaquia, y… No, exclamó Verónica impaciente, ¿entonces qué?, repitió. Yo no entendía la pregunta, o más sinceramente, no quería entenderla. Por supuesto se refería a nosotros. Yo le había confesado mi amor y ella había… confesado (?), una atracción física hacia mí. Este era el momento que había anhelado desde el primer instante en que la vi. El momento decisivo, donde mediría mi talento seductivo. Tenía a la mujer de mis sueños, bella e inteligente frente a mí, dispuesta a comenzar un romance, y yo estaba nervioso y muerto de miedo. Bastaba una palabra mía para que fuésemos a mi  casa, o a la suya, y… bueno, hiciéramos eso que se supone yo deseaba hacer, y para lo que Petrozza me había entrenado recién. Sin embargo yo tenía veinticinco años y ninguna experiencia sexual. 

  Se dice que los poetas son expertos seductores, bohemios, y rodeados de mujeres apasionadas. Se dice que verbo mata carita pero yo soy la excepción a la regla, y mis versos jamás han matado a alguien, ni enamorado a alguna, y ninguna se ha interesado en mí como poeta. Una vez tuve una novia pero jamás lo hicimos porque hacerlo me parecía un acto salvaje, bajo, y yo la amaba demasiado, lo suficiente para no mirarla como un trozo de carne. Por su puesto, harta de mi amor descomunal, me dejó, y se fue con otro, que la embarazó a los pocos mese de noviazgo y convirtió  su vida en un infierno. Todavía la recuerdo, como un recuerdo grato, y me pregunto qué hubiera sido de nosotros si el padre hubiera sido yo. Quizá eso hubiese frustrado mi carrera de poeta,  o quizá no, pero eso es algo que nunca sabré, y no vale la pena pensar en ello. No se llamaba María pero a mí me gusta pensar que sí. Y cuando pienso en María pienso en el mar. Aunque a veces también pienso en la tierra. En tierra mojada y en sembradíos de maíz. Cuando me enteré de su embarazo pensé en María como una gran madre, el gran útero engendrador de la Tierra, y de todo ser humano. Como algo cálido y maternal. Le sugerí que nombrara a su hija María, pero la nombró Kelly. Entonces dejé de amarla, a Jessica (así se llamaba), aunque continúo enamorado de María, secretamente.

  Ante mi mutismo Verónica preguntó si pensaba ordenar algo más, o podíamos irnos a un lugar mejor. No sé a qué se refería con eso de un lugar mejor, pero intuía que en ese lugar yo  podía morir de un ataque al corazón. ¿Te parece, dije tartamudeando, si nos bebemos una ronda más de whisky en las rocas, y luego nos vamos? Verónica estuvo de acuerdo y ahora fue ella quien no paró de hablar. Habló de su padre, de lo mucho que lo ama, y de todo lo que ambos sufrieron con el divorcio de su madre. Por su parte no sufrió con la partida de ella, eso lo gozó; sufrió por el sufrimiento que la ruptura causó en él, en su padre. Yo la escuchaba con verdadera atención. Me pareció que era su turno de hacer alguna confesión de vida, pero recordé que ella misma había publicado un texto al respecto, así que de confesión, nada. Lo mismo pudo hablar de su madre o del clima; además había en ella cierto placer al hablar de sí misma, que deduje egotismo. Hablaba de temas que para cualquiera serían delicados, como quien habla de banalidades sin importancia. Me recordó a aquellos poetas que pueden escribir los versos más tristes esta noche, pero sin ningún sentimiento verdadero. Las palabras son palabras después de todo, y una palabra triste será siempre una palabra triste, verbigracia, desesperanza o enfermedad. Sin embargo, las palabras pueden estar muertas o llenas de vida. Incluso la palabra muerte, puede estar llena de vida. Esas son cosas que sólo un poeta entendería, así que me guardé mis pensamientos, y dejé que se explayara. Después de todo, las palabras son palabras y el sufrimiento que experimentó Verónica al ver sufrir a su padre, debió ser sincero, aunque ahora esté superado. 

 Cuando terminamos las bebidas Verónica preguntó que a dónde me gustaría ir. Este era mi momento. El clímax de todos mis esfuerzos. No habría vuelta atrás, y si fallaba, sería culpa mía y de nadie más. A dónde tú quieras, dije, y me arrepentí como nunca en la vida. No estaba frente a una niña de quince años, y yo tampoco tenía quince años, aunque los pareciera. Estaba frente a una mujer decidida, con mucha fuerza y con mucha paciencia, que me ofrecía libremente llevarla a la cama, porque ella lo deseaba, y se supone que yo también lo deseaba. No, de verdad, dijo ella, donde tú quieras está bien. Una cosa es segura, y es que Verónica estaba jugando conmigo. Porque sabía, cómo no iba a saberlo, que yo jamás lo propondría directamente. Eso pensé. Es cierto también que yo solo me había metido en esto, y que yo era el hombre (lo que eso signifique) y el que debía dar el primer paso a la consumación de nuestro amor. Todo hubiese sido más sencillo si Verónica fuese fea o si yo no la amara tanto. Incluso llegué a pensar que todo esto sería una broma. Yo no me consideraba un hombre guapo, ni tenía dinero, cosas que Verónica pregonaba buscar en el sexo opuesto, y era casi imposible que ella se fijase en mí. Había leído tan sólo un par o poco más de poemas míos, por lo que se descartaba la idea de que yo la hubiese conquistado con mi poesía. De hecho, yo no la había conquistado en absoluto, y eso es lo que no terminaba de entender. Quizá si Verónica se hubiese mostrado interesada en mí sinceramente, interesada siquiera en el mínimo detalle de mí, la fuerza de la seguridad me hubiese ayudado a dar el primer paso, y no como sucedía, que la fuerza de la inseguridad me apoderaba. La incógnita del por qué Verónica se tomaba la molestia de salir conmigo me atormentó tanto en ese instante, que casi pierdo el sentido de la realidad. 

 El sentido de la realidad lo recuperé en seguida, cuando llamaron a mi teléfono móvil. Era Petrozza, que de algún  modo sabía que yo estaba allí, con Verónica. Me disculpé y me levanté para atender la llamada, que fue para mí, el respiro que necesitaba. 

 Le confirmé que estaba con Verónica, y dijo: vale, no la vayas a cagar, ¿cómo va la cosa? Aquí reconocí que Petrozza es un fiel amigo que hace suyos los intereses de las personas que estima. Creo que va bien, dije, me ha propuesto ir a otro sitio. Excelente, exclamó, ya la tienes, ¿a dónde la piensas llevar? Ese es el problema, contesté, no sé a dónde. Mierda, dijo, pase lo que pase no la lleves a un hotel de menos de seiscientos pavos, ya lo he intentado yo y no da resultado. No te preocupes dije, no tengo ni doscientos, tendrá que ser en su casa. No, no, dijo Petrozza, a su casa no, ese es territorio suyo y estarás en desventaja. Bueno dije, ¿y entonces a dónde? No podía llevarla a la mía porque ahí vive mi abuela, y definitivamente no podría hacer nada. Mi abuela suele meter las narices en lo que no le importa. Petrozza lo pensó un segundo y dijo: devuélveme la llamada, estoy en un público y se cortará en dos seg… La llamada se cortó.

 Regresé la llamada al móvil de Petrozza y dijo que lo había pensado. Bueno dije, ¿a dónde?  ¿Cuánto tienes exactamente?, preguntó. ¿Cuánto qué?, pregunté. Cuánto dinero, tío, Dios, ¿qué más?, respondió. Inspeccioné la billetera, y consté: descontando la cuenta me quedarán unos sesenta pesos. Carajo exclamó, no, deja que ella pague la cuenta. Estás loco dije, no puedo hacer eso, no soy tú. Vale, vale, dijo Petrozza, inténtalo, si lo logras puedo rentarte mi habitación por doscientos. ¿Qué?, exclamé, ¿para eso me llamas? No, no, dijo, se me acaba de ocurrir. No es verdad dije, llamaste porque te lo imaginabas. Mierda, respondió, vale, es verdad, pero… piénsalo, tú necesitas un cuarto y yo… bueno, yo necesito el dinero para desaparcarme toda la noche. Es justo, agregó. En verdad era justo. Así que contra todo mi pesar, acepté. 

 ¡No lo puedo creer!, exclamó Verónica cuando le confesé la jugada. Tenía que hacerlo, de lo contrario, ¿cómo le explicaría mi deseo era ir a cada de Petrozza? Lo que no podía creer, para mi fortuna, es que el mamarracho (sic) me cobrara por el cuarto. Si eso es lo que quiere, ya verá, dijo, no le darás un centavo. No sé dije, después de todo es justo. No dijo, no es justo, si tú supieras todo lo que yo he hecho por él, infinidad de veces le he pagado el trago, le he prestado para el alquiler, le invito a comer, y que ahora quiera cobrarnos por su casa, me parece inaudito. Cuando Verónica dijo cobrarnos, me estremecí. Se estaba involucrando en el pago y no parecía afectarle la bajeza de la situación. Verónica Pinciotti, haciendo el amor conmigo, un poeta anónimo, y sin un quinto, en el cuarto del hijo de puta de Martin Petrozza. Era yo quien no lo podía creer. 

 Verónica pagó la cuenta y me hizo subir al auto, de prisa, y condujo rápido hasta el domicilio de nuestro amigo. Sentía ganas de reír, y de llorar al mismo tiempo. La humillación y el sentimiento de triunfo eran uno en mí. 

2

 Lo que sucedió en casa de Petrozza fue patético, y a la vez encantador, y por mucho mejor de lo que yo esperaba. Después de pasar por la terrible escena donde Verónica echó a Petrozza de su propia casa, pues es lo único que se merecía, según ella, entramos, y maliciosamente se propuso acabar con todo lo que encontró. No encontró mucho. Media botella de ron y media botella de whisky. Algunos cigarrillos y un trozo de jamón. Pero el jamón no lo tocó. Yo la miraba hacer todo eso con placer. Como una niña que se venga de un amigo. 

 El proceso de inspección, como decidimos llamarlo Verónica y yo, entre risas y alegría, comenzó cuando, sin querer, me topé con una revista tres equis que estaba en el cuarto de baño. No fue difícil dar con ella. Descansaba en el suelo, junto al retrete. Era una revista vieja, un número del año noventaitantos, y se la mostré a Verónica, como un chiste. La tomó y dijo: ese cabrón. Eso fue todo lo que dijo, pero enseguida se puso a hurgar en todos los rincones de la casa. Acto seguido me puse a hurgar con ella. No encontramos mucho, a excepción de unas fotografías. Eran fotografías de verdad, impresas, y de mujeres. Verónica puso atención a ellas. Fue quien las encontró en una caja junto a la cama. Esta es Carolina, me dijo pasándome una fotografía. Vaya dije, la mítica Carolina, la mujer que domó a Petrozza con la fuerza del látigo, estaba allí, en una foto, y lucía como una inocente princesita. Y esta no sé quién sea, dijo, y se sentó en el borde de la cama, junto a mí. Me pasó la fotografía, y si ella no sabía de quien se trataba, yo menos. Era una mujer delgada, de tez blanca y cara bonita. Supongo que alguna novia suya, opiné. Sin embargo volteé la fotografía y estaba escrito un texto, a mano. Maldición, dijo Verónica, ¡a ver! Me arrebató la fotografía y leyó el texto. El texto comenzaba así: apenas miro tu fotografía… y Verónica expresó que nunca pensó que ese texto fuese real, es decir, que la fotografía a que alude el texto, fuese real. Luego se olvidó de la foto y pasó a otra más. Viendo las fotos de Petrozza observé que todas las mujeres con las que ha salido, o al menos todas las mujeres con las que ha salido y de las que posee alguna fotografía, son del mismo estilo: delgadas, de tez blanca y cara bonita. Incluso Simona es así, pensé. Incluso Verónica es así, pensé después. 

 Estuvimos con eso de las fotos un buen rato. A cada foto verónica intentaba recordar o deducir de quién se trataba. Pero las fotos terminaron antes que nuestra curiosidad. Aparte de ellas había en la caja algunas cartas, de amor por supuesto, y no pudimos evitar leerlas. No nos decepcionamos cuando descubrimos que las cartas no estaban escritas por Petrozza sino por ellas. Por las chicas de las fotos, o de otras más que no estaban en las fotos. Pero ninguna por Petrozza. Las cartas iban sobre lo mucho que lo amaban y lo poco que podían vivir sin él. Lo felices que las hacía, y todas esas cosas. Sentí una ligera envidia por Petrozza, a mí ninguna mujer me había necesitado o escrito una carta siquiera. 

 Entonces ocurrió. Tomé una carta, la que venía en seguida de las demás, la abrí, y antes de que comenzara a leer, Verónica me la arrebató, como si se tratase de un objeto envenenado. ¿Qué pasa?, pregunté. Rió y dijo que era mejor que yo no leyera esa. ¿Por qué no?, pregunté, y sin muchos rodeos, y francamente, me confesó que esa carta la reconocía perfecto porque ella misma la había hecho. Era una carta en papel perfumado, y metida en un sobre (era la única metida en un sobre), con letras cursivas y elegantes. No pensé que Petrozza conservara todo esto, dijo. Bueno dije, ¿por qué no habría de conservarlo? Nunca habla de conservar estas cosas, dijo ella, ya le conoces, es como si nada le importara, es como si una mujer pudiese cortarse las venas por él, en sus narices, y a él no le importara en absoluto. Asentí con la cabeza. Acto seguido Verónica pidió que trajera para acá las botellas que encontramos y eso hice. 

 Bebimos y reímos. Comenzamos riendo de Petrozza. Imaginábamos el lío que armaría cuando se diera cuenta que aparte de echarlo de su casa, habías terminado con su reserva de alcohol. Eso sí le enojará, dije. No importa dijo Verónica, ya le repondré las botellas cuando pida perdón. Bueno dije, como sea. 

 Sin notarlo y muy gradualmente, Verónica y yo terminamos recostados en la cama, muy cerca uno del otro. Y en algún momento, sin notarlo, mis labios… mejor dicho, sus labios, terminaron pegados a los míos. Creo que lo último que escuché decirle antes de aquello, fue una risa sobre lo imbécil que yo había sido al aceptar pagar por el cuarto. Dijo que en todo caso pudimos ir a casa suya, y que a Petrozza hay que tratarlo con mano dura o es capaz de robarnos el alma, abusando. Luego agregó que yo era un ingenuo e inocente, y un tierno. Sí, eso fue lo último que dijo, que yo era un tierno, antes de besarme en los labios, tan despacio y a la vez tan rápido, que no tuve tiempo de pensar en nada más…



domingo, 23 de octubre de 2011

Steve.


Lo que se conoce como el desgaste natural de las cosas era algo absolutamente cierto y no sólo una teoría o una frase. Las relaciones de cualquier tipo se desgastan, las suelas de los zapatos se desgastan, los libros se desgastan y hasta las pollas se desgastan, la uses o no. Y lo que a Steve le había asustado y no comprendía era cómo podía ella permanecer tan impasible ante la brutalidad y la indiferencia  que él le mostraba e incluso follar eventualmente y hasta con cierto apasionamiento. La realidad, la verdad oculta de aquella situación era un algoritmo encriptado indescifrable pero, la verdad, como concepto, acaso no es una mujer que tiene razones para ocultar todas sus razones? Ella era una mujer y a partir de ahí todo se vuelve más explicable y más inexplicable. El coche dejó el gran arco a la izquierda y tan sólo entonces percibió el delicioso aroma de la mugre cuando empieza a endurecerse y a fosilizarse. Lo mires por donde lo mires las mujeres son visiones, luces rojas con polos de atracción repulsión. Bajó Princesa y luego Gran Vía y pasó por Montera, que ahora era peatonal para facilitar todos los trapicheos, el de jaco, el de farla y el de rumanizas de minifalda de plástico imitación cuero que van enseñando el chichi por la menos casual de las casualidades. Madrid, definitivamente, se había convertido en el lugar perfecto para que el más idiota pudiese sacar partido del caos y Steve era ese idiota.

 Mario no era una mujer ni una luz roja ni una sinfonía en do menor pero tenía algo de todo ello. No tenía tetas pero se las tragaba dobladas. Trabajaba en una bastante próspera empresa de contratación de personal técnico informático de alta cualificación y alto rendimiento, sector al que se suponía que pertenecía Steve cuando no tenía resaca y el aliento no le olía a la garrafa infecta de las Noches del Kwai y sus Pechugas de Vilaroi. Se habían conocido en una entrevista y Steve le había calado la pluma nada más estrecharle la mano. Se habían caído bien. De eso hacía varios años. Desde entonces se habían encontrado casualmente en bares maricas de Chueca y tomaban unos tequilas juntos para celebrar que la empresa en la que trabajaba Mario se estaba forrando con los servicios de Steve. De lo que realmente se trataba era de una empresa de compra venta de carne humana y Steve lo sabía pero le daba para sus vicios y pasaba de cuestionarse nada más allá de su nómina a fin de mes. Él era sólo un mercenario y se hubiese vendido al puto Opus Dei si hubiese hecho falta. A las reuniones aparecía con sangre en la nariz o en la corbata o ni siquiera aparecía pero era demasiado alto el precio que los clientes pagaban por él como para despedirlo. Él era un chinorri y caía bien hasta que la cagaba. Y Steve siempre la cagaba.

 Mario era realmente un buen maricón, como los que quedan pocos y Steve era algo homófobo aunque en el caso de Mario hacía una excepción y le daba lo mismo si daba por la proa o si le daban por la popa o si la chupaba en dos tiempos a un negro mandingo. Mario era un buen tío, capaz de tomar tequila con un par de cojones de toro y cuatro hígados destilando a toda hostia. Steve sabía que podría encontrarlo en el Escueto o pillando un gramo en el Mala Fama y no fue allí para encontrarlo pero sabía que si iba lo encontraría y encontrarse con Mario era algo que no le importaba porque jamás se le ocurrió arrimarle la cebolla. Mario no juzgaba a nadie y era un marica respetuoso. No hacía reproches como otras mariconas y… también leía a Sloterdijk como si fuese la mismísima Sagrada Biblia. Sloter y Shakespeare eran sus dos grandes pasiones, a parte del tequila y los orificios sexuales y era capaz de recitar Falstaff como si fuese el matarilerilerile.

 Cuando lo vió le dio un abrazote sincero, sin julandronadas. De tío a tío. Steve se había enchufado ya tres tequilas y andaba con una San Miguel. Mario estaba deseando empezar porque también era otro vicioso. Un vicioso de la hostia. Como no había nadie cotilleando empezó a currarse un par de buenos tiros sobre el mostrador.

-Has vuelto. Le dijo, mirándolo de reojo con la tarjeta de crédito dando golpecitos en el mostrador.
-Mi mujer me echó de casa. Ya no me aguantaba más. No se lo reprocho. Me había vuelto un tío insoportable. Nada fuera de lo habitual, pero insoportable para ella. Quería garantías. Pero yo no tengo de eso. Eso sólo lo dan cuando compras una lavadora.
-Supongo que has vuelto para quedarte. Tienes curro? Necesitarás uno.
- No de momento. Me liquidaron bien. Creo que podré aguantar algunos meses tomando tequilas en bares de maricas. No tengo intención de trabajar por algún tiempo. O a lo mejor cambio de sector.

Mario sonrió a Steve y le hizo una seña a la camarera queed, que trajo una botella de Cuervo que dejó sobre la barra junto a dos vasitos vacíos. Se enchufó uno de los tiros.

-Upppaaaa!! Dijo, echando la cabeza patrás. El sabor metálico y amargo bajó por la garganta. Cualquier sensación de la lengua desapareció en el acto.
Echó tequila en los vasos, le dio uno a Steve y brindaron. Los rellenó y volvieron a brindar. Steve se endiñó su tiro, no sea que se lo llevase el aire acondicionado.
-Tú no sabes hacer nada que no sea trabajar con ordenadores. Para eso eres un mago. El Harry Petas… pero para lo demás eres un inútil. Y sólo juegas para perder. Perdona que te diga esto nada más verte después de cinco años pero es así. Eres un pequeño diablillo cachondo, preparado siempre para explotar. Llevas en la frente tatuado “tipo chungo” y no tienes suficiente jamás. Cuando ya lo tienes todo vuelves a por otra hostia y ahora nos encontramos con que el tipo duro ha vuelto con su rollo metafísico y yo me tomo una copa con él, hasta le ofrezco un curro en el que no tenga que hacer nada, le invito a unos tiros y encima me trata con arrogancia. Como si fuese el puto Falstaff buscando a sus alegres comadres. Me pregunto si te has curado ya las liendres o las purgaciones o si fue sífilis lo que tuviste porque eso ya no se quita jamás, hermano y me parece que la fiebre te volvió un poco loco. Deberías ir a que te miren como estás de lo tuyo.

Steve sonrió. Mario le hablaba duro con su deje de marica en estado de inspiración pero no se lo tenía en cuenta. Digamos que lo hacía cariñosamente, no todo lo cariñosamente que le gustaría pero, cariñosamente al fin y al cabo.

-Diablillo cachondo? Me has llamado diablillo cachondo? Muchacho, me parece que has tragado demasiado esperma morito últimamente. Deberías cuidar un poco más de quién te la mete. Por cierto, traje en una caja las obras completas del profeta y encuadernadas en plástico adhesivo. Deberías verlas. Las tengo llenas de recortes de artículos que encontré por la web. Ya te lo enseñaré.
-Dónde tienes las cosas, diablillo cachondo?
-En el coche. Es mi queli por ahora.
-Vives en el coche? O sea que cambiaste el útero materno por un coche? No está mal como microesfera. Muy íntimo, desde luego.
- No hables de úteros. Si mi madre me agarrase me volvería a meter en el suyo. Siempre fue muy protectora.

 El amigo Mario le arreó otra vez a la botella de José, esta vez a morro y al terminar, el tequila se le desparramó por la barbilla como si fuese leche. Entonces se la puso en las pelotas a Steve, que la agarró por el cuello y, como si fuese una gallina, se le terminó de un trago. Mario sacó el sobrecito de la cartera y comenzó a currarse otro par de rayajos, por si acaso se terminaba el mundo por orden de Donald Runthsfeld. En lugar de Tamiflú había llenado la nevera de cajas de éxtasis, que parecía que iban baratas ahora en el mercado y empezaba a estar colocado de todo ello.

-Hemos cambiado y los que no lo han hecho están perdidos. Morirán de gripe A, por lo menos, o de ver tantos programas de corazón en la televisión. La tele pudre el cerebro. Eso es cierto hasta que se demuestre lo contrario. O a lo mejor no y lo digo sólo por llevar la contraria. Preguntarse quiénes somos está anticuado, amigo. Sóo somos un reflejo. Lo innovador ahora es saber dónde estamos y esa pregunta tiene difícil respuesta. Como bien sabemos, no es cierta la división entre cuerpo y alma, entre espíritu y materia. Vamos unidos y si se corrompe lo uno lo hace lo otro. Es la exposición más brillante que puedo hacerte para que lo entiendas, y supongo que ni aún así. En realidad, sólo lo cercano cuenta, pero no te lo tomes al pie de la letra, no te estoy diciendo que te arrimes a mi silla. A lo mejor es que echo de menos la caverna de mi madre. Siempre me lo he preguntado. Otra birra? Siempre me pregunté a dónde me traían cuando me parieron esos cabrones de mis padres. Fue un drama que no he superado y de ahí el resto de mis problemas pero mi mujer tampoco lo entendió por más que me molesté en explicárselo. Lo de las otras mujeres tampoco lo entendió nunca pero supongo que eso son detalles prescindibles. Parte de su herencia cultural. Ella sigue en la caverna de su madre, un lugar espantoso.
-Tú lo que no soportas es la multipolaridad del adulto, las responsabilidades o cualquier otra cosa que no sea estar pensando en tu propio ombligo. Los cachorros de perro miran fascinados su propia mierda y tú haces lo mismo. Apesta, pero te quedas a mirarla y te entristeces cuando observas que entre el cielo y la tierra hay muchos muertos valiosos y eso provoca un shock en ti. En realidad tu verdadero drama es que nunca llegaste a despedirte del regazo infantil y tienes miedo, pero eso es otro tema.
-No hay muertos valiosos, amigo, sólo muertos, fiambres. Yo he dejado varios de mí mismo a lo largo de mi vida. Y apesta bastante más que tu caca de chucho.
La camarera bollera se les acercó y puso los codos en la barra, frente a ellos. Tenía un buen par de tetas.
-De que hablan, chicos? Era argentina, además de bollera y llevaba piercings hasta sabe dios donde. Había dejado un dildo tamaño XXL en el guardarropas minutos antes. Aberraciones de la homosexualidad femenina. La silicona se le salía por los costados de su camiseta de tirantes y Steve le hubiese arreado bien, bollera o no.
-De úteros. De trompas. De placentas. Todo círculos, todo esferas. Vos sabés algo de eso? O no tenés ni puta idea. No, no tenés ni puta idea. Tenés puta idea de traerme otra botella de mi amigo José Cuervo, s'il vous plaît? Así podré ver como mueves tu culo.

Ella lo miró.

-Cuando volvió el hijo de puta bastardo? Te podías haber quedado en tu madriguera.
Y se giró en busca del tequila…
-Espera, espera… Le gritó Steve. Ella se giró dudando y dio unos pasos hacia ellos.
-Perdona. Juré que a mi vuelta me portaría como un buen tipo y que no ofendería a nadie ni por su raza ni por su condición sexual ni religiosa. Te pido disculpas. Eres modelo? Hmm, precioso pelo… Eres el polo positivo o el negativo de la comida del conejo? Te sulfatas? Que tú me quieras hoy me basta, nena.

En pocos minutos Steve estaba tirado en el suelo de la calle San Mateo, entre dos cubos de basura, viendo brillar las luces del King Creole en algún punto inexacto de la acera de enfrente. Dos gorilas con más bíceps que cerebro lo lanzaron volando tres metros y fue allí donde aterrizó. Luego se ganó una patada en el estómago y un escupitajo. Parapente por la cara, lo llamaron los pre homínidos.

-Steve, cariño. No eres nuevo en esto y sé que estás acostumbrado pero… me pregunto si nunca vas a aprender a tener la bocaza cerrada.
-Ufff. Hola, Desmond. Cómo estás, hijo de la revolución cubana? No te preocupes, me caes bien y no te guardo rencor. Arrrggg. Cómo van tu mujer, tus hijos y tus amantes? Sigues teniendo el mismo rabo de siempre?
-El mismo, amigo. El mismo.
-Enhorabuena. Eres todo un negro mandingo. Un reventador de chochos.
Steve se levantó del suelo. Desmond lo miraba desde la puerta del Escueto y Mario, que venía desde dentro, se paró a su lado.
-Estás bien? Preguntó mientras sonreía en plan junlandrón.
Steve se sacudió el polvo de Madrid, y se enderezó un poco.
-Bueno, ya no hay un ser humano entero frente a un mundo entero. Me muevo en un líquido nutricio humano universal que a veces nos conduce a aterrizar entre dos cubos de basura. Alguien podría cocinarse unos tiros? Vámonos de aquí. Hasta pronto, Desmond.

 Mario y Steve giraron hacia Hortaleza rumbo a la plaza de Chueca o de Malasaña. Era alguna hora imprecisa de la noche, tal vez las dos, tal vez más. El verano y agosto hacían que Madrid estuviese medio vacío y no habría podido llegar en mejor momento a la ciudad.







domingo, 16 de octubre de 2011

La mujer de mi vida.



Yo creía en muy pocas cosas. Por ejemplo, en la física, o en el absurdo, que al caso es casi lo mismo. Se podría decir que yo no creía en nada. No creía en Dios, ni en la felicidad. No creía en las ofertas de supermercado, ni en los paraguas. No creía que la vida tuviera un sentido. A veces incluso, dudaba de mi existencia. 

 Pero si había algo en lo que yo creyera menos que nada, era en esa cosa que llaman: la mujer de tu vida. Para mí, vamos, las mujeres eran todas iguales, putas y cabronas, o retrasadas. Por supuesto eso no evitaba que yo me enamorar de alguna puta cabrona de vez en vez. Me enamoré de muchas, Dios, de decenas de putas de mierda. Y cada vez me convencía más de la chorrada que era eso de la mujer de tu vida. Simplemente no me lo tragaba. Una mujer mítica, que es como la mujer perfecta, y la mujer que amarás por siempre. De sólo escucharlo me daba risa. Lo mío era andar de chica en chica, sacando a cada una de ellas lo mejor de su alma. Pero siempre me topaba con almas podridas. Con hipócritas o histéricas. Con dementes. 

 Sin embargo, otra cosa que se medaba bien, era equivocarme. Me equivocaba en casi todo. La cagaba a diestra y siniestra en absolutamente todo. No importa si me lo ponías en bandeja de plata, yo me las arreglaba para echarlo a perder. Así que debí suponer que mi hipótesis de la maldad de las mujeres, no podía extenderse a todas. Al menos una debía salvarse. La mujer de mi vida debía estar por ahí, en algún lugar del mundo, esperando a que yo la encontrase. Vaya si la encontré. Si me hubieran dicho que ya la tenía, no lo hubiese creído. Si me hubiesen dicho que esa mujer era mi novia, no lo hubiese creído. 

 La cosa sucedió más o menos así:

 Vale, dijo Simona por el auricular, ¿nos vamos a ver o no? Yo tardé en contestar. En aquel momento atravesaba una de mis frecuentes depresiones. Solía deprimirme dos o tres veces por semana, pero aquella vez era serio. Simona sabía de mis cambios bruscos de ánimo; podía ser el hombre más feliz del universo y al instante siguiente, una mierda. No lo sé, contesté, la verdad que no tengo ganas de salir, de ver a toda esa gente y de escuchar a toda esa maldita gente. También estaba enterada de mi misantropía y de mi odio por el puto mundo, y por casi todas las cosas. Sin embargo me amaba y yo no sé cómo o por qué. Quiero decir que en mi estado depresivo yo no lo entendía, ¿cómo es que alguien puede amarme a mí, que soy un hijo de puta y un cabrón? Cosas así me venían a la mente. Vamos dijo Simona, ánimo, ya verás que salir te hace bien. No lo sé, dije y colgué el teléfono. Yo tenía esa manía, de colgar el teléfono sin decir adiós o dar explicaciones. En medio de una conversación, colgaba sin preaviso. Sin motivo. Por supuesto, la cosa cabreaba a Simona hasta el hartazgo. 

 El aparato volvió a sonar. Alcé la bocina y pregunté tajante: ¿qué? Era Simona. Insistió en vernos, en salir, en ayudarme con la mente. Pero yo insistí en que todos me dejaran en paz, y se fueran al carajo. No quise decir que Simona se fuese al carajo, para mí ella estaba fuera de todo; si yo decía que las mujeres son todas unas putas, no pensaba en ella; si decía que todos son unos lame culos, hipócritas y bestias, no pensaba en ella. Pero Simona, Dios, le encantaba embarrarse de todos mis disgustos y se ponía el saco de las cosas que yo odiaba y de todo lo que yo decía. Comenzó a reclamarme a gritos, y a advertirme que calmara la cosa o ya vería. Yo no estaba para discutir, no en ese momento, aunque generalmente sí lo estaba, así que colgué de nuevo, sin decir adiós o algo. 

 Encendí un cigarrillo, quizá el quinceavo en una hora, y preparé un whisky en las rocas, quizá el sexto en una hora, y me eché al sofá. Comencé a pensar, que era lo mejor que sabía hacer, pensar y divagar y hundirme. Muchas cosas pasan por tu cabeza cuando estás así. Demasiadas, y todas, siempre, vinculadas con la muerte, Dios. Con el fracaso y la desesperación. Es como si todo dependiera del próximo instante. Quizá sea verdad, pero, vamos, en un estado así uno no puede cambiar su vida en el próximo instante. Esa es la cosa, cambiar tu vida. Lo que significa que estás harto de la que llevas, y no es lo que esperabas si es que esperabas algo. Por mi parte no esperaba gran cosa. Estaba contento con mi vida, tenía tiempo de sobra para escribir y para ir de putas. Para beber y para vivir. Sin embargo había algo, como una opresión en el pecho que me impedía ser feliz. Y por otro lado, no creía en la felicidad, y me importaba dos cojones ser feliz, con tal que todos me dejaran en paz. 

 ¡Ya te he dicho que no, no pienso salir con toda esa gente fuera!, exclamé cuando el teléfono sonó por tercera vez. Pensé que sería Simona. No lo fue. Y cómo desee que hubiese sido ella. Llamaban de cobranza. No hay nada peor que una llamada de cobranza en medio de una depresión. Es como la gota que derrama el vaso. Una llamada así puede hacer que te pegues un tiro, de verdad. Vale dije, lo siento, pensé que era otra persona, ya sabe, ha estado llamado mi novia y… Vale, sí, ese soy yo… Caray, no me diga… Sí, sí… Ya… Bueno, en ese caso… No, no, todo está bien, es sólo que… me quedé sin empleo y… Bueno, no lo consideré pertinente, avisar, esas cosas pasan y… Vale… No, no quiero agravar la situación, deme unos días y quizá pueda tener la mitad... Ya… Vale… Sí, vale, gracias… Sí, sí, para el jueves… Vale, vale, que Dios le bendiga (Hijo de puta).

2

 Me serví otro whisky en las rocas, y lo bebí al hilo. Cogí la chaqueta y me disponía a salir, iría a algún barecillo de la ciudad, cuando llamaron a la puerta. Dios, pensé, no serán los de cobranza, ¿o sí? Apagué la luz en un segundo y me descalcé. Caminé despacio, sin hacer ruido, creando la ilusión de que no hay nadie en casa. Tocaron de nuevo, más fuerte. Mierda, pensé, si son los de cobranza estoy jodido. Recién llamaron pero hay muchos tíos de cobranza, de todos lados, buscándome. Me acerqué a la mirilla de la puerta, con mucho cuidado. Antes encendí un cigarrillo. Justo cuando tenía el ojo en la mirilla, tocaron a la puerta, muy fuerte. Di un brinquito pero alcancé a verlo: era Simona. Entonces abrí la condenada puerta. 

 Se lanzó a mí con una serie de preguntas: ¿por qué me cuelgas?, ¿qué te pasa?, ¿por qué estás con la luz apagada?, ¿por qué no abres?, ¿qué demonios te pasa? Yo tenía un cigarrillo en la diestra y los zapatos en la zurda. Llevaba la chaqueta encima pero iba desfajado y despeinado. Supongo que lucía ridículo, como una de esas escenas donde a uno lo cogen con las manos en la masa. Simona lanzó una risilla y preguntó por qué tenía yo esa maldita cara de asombro y los zapatos en la mano. Riendo dije, mierda, es que me pensé que serían los de cobranza. ¿Los de cobranza?, preguntó pasando a la sala. Sí dije, ya sabes… ¿es que no te he dado dinero para que les pagues?, me interrumpió. Simona había pagado una parte de mis deudas, la parte que yo pagué (con el dinero de Simona), pero quedaba la otra parte, la parte que no pagué porque necesitaba echar un trago. Ya dije, sí, pero no sé, la costumbre es más fuerte que el amor y ya tiemblo a cada llamada de puerta y a cada llamada telefónica, por mera costumbre, no importa. 

 Simona inspeccionó el lugar. No le agradaba en absoluto mi forma de vivir. Se quejó de que tuviera la ropa en el suelo, las cobijas de la cama sobre el sofá, el cenicero en la cama, el sanitario sin servicio de agua, la ventana tapiada, los libros sobre la mesa y sobre el librero, zapatos y fruta. Revisó todo en dos minutos y gritó que por el amor a Dios, ya podía encender la luz. Encendí la luz y dijo que esto estaba muy mal. 

 Entonces pensé que se me iría encima con un sermón maternal sobre el modo de mi vida y sobre lo cerdo que podía ser. Pero lo que hizo fue preguntar a dónde pensaba ir, porque era evidente que pensabas salir, dijo, y cuando se lo dije, no se cabreó. Dijo que iría conmigo, y fuimos. 

 Fuimos a un barecillo del centro de Tlalpan y allí, Simona me escuchó. Se lo conté todo. No suelo contar las cosas a las personas, menos a la mujeres, que son arpías y fieras, y si te muestras débil hacen de ti un títere. Pero Simona era mi novia, y además era mi amiga, y mi confesora. Simona era algo así como un todo. Para cada hombre hay una como ella, pensé mientras escuchaba todo mi rollo comprensivamente. Le conté de la desesperación y la locura. Y ella fue la primera en decirlo. Dijo: eres escritor, ¿qué esperabas? ¿Cómo?, pregunté asombrado. Al parecer Simona lo entendía mejor que yo. Sí dijo, la vida de un escritor no es como la vida de un banquero, la vida de un escritor es más aterradora y a la vez más interesante. Ya dije, eso puede ser cierto, pero, no me siento mejor. No importa dijo, ya te sentirás mejor, es cosa que pasa. Simona lo comprendía muy pero que muy bien. ¿Recuerdas cómo nos conocimos?, preguntó. Vaya si lo recordaba. Simona era una fiel lectora de mis textos y un buen día se atrevió a contactarme. Lo que ella no sabía es que yo era un fiel amante de sus fotografías. Pues nada ha cambiado desde entonces, dijo. Quería decir que ella confiaba en mí como escritor. Quería decir que ella no había dejado de pensar que yo era mucho más que una mierda, y un buen ser humano. Cosa que yo olvidaba constantemente. Dijo que no me preocupara, que la constancia era uno de los caminos al éxito, y yo había sido constante con esto de la literatura. Siempre habrá alguien que lo disfrute y alguien que no, dijo, la cosa es seguir y no parar. Lo dijo al ver que yo dudaba ya de seguir escribiendo y de lograr algo. 

 No me alcanzan las palabras para describir lo que sentí aquella vez por Simona. Una madre no lo hubiese comprendido mejor. Simona era una especie de alma gemela, o algo; como una mujer increíble, de esas que vienen una sola vez en la vida. A diferencia de las mujeres que hasta entonces yo había conocido, Simona era pura de verdad. Lo que quiero decir es que podías poner tu vida en sus manos y estar seguro que no te fallaría. La mayoría de las veces puedes estar seguro que te fallarán, pero con Simona yo realmente tenía la sensación de tranquilidad y seguridad que los enamorados dicen tener. Los enamorados de verdad, Dios, no los calentorros o los obsesivos. 

 En adelante Simona fue para mí como la vela de un velero. Me impulsaba y me daba ánimos cada que yo me sumergía en el espeso mar de mis lamentos. Le contaba cada detalle de mi vida, real e imaginaria, y ella escuchaba cada detalle con atención. No importa si le venía con la más descabellada de las ideas, siempre me animaba y me hacía seguir y no parar. Simona era el viento y la vela, y era el capitán y la tripulación del barco de mi vida. Era el Sol y la bahía, y el puerto anhelado. Simona era mi amiga, Dios, y mi novia, mi amante y mi motor. Simona eran las esperanzas que yo perdía a cada instante. Simona era, en pocas palabras: toda mi vida. 

3

 ¿Te sientes mejor, cariño?, preguntó Simona sentándose sobre el sofá. Vale dije, me siento mucho mejor. Y la miré con la luz de la luna sobre su rostro. Pensé que estaba alucinando, pensé que todas estas cosas eran pavadas. Sin embargo lo miré: a la mujer más bella del mundo. Comencé a desnudarme. Me pegaré una ducha dije, necesito una buena ducha y luego dormiremos como ostras porque en verdad, estoy molido. Simona se levantó y comenzó a desnudarme ella misma. Por un momento creí que estaba volviéndome loco, que estaba alucinando. Los ojos de Simona eran estrellas y la piel de sus manos era suave como la seda. Terminó de quitarme la ropa y se quitó la suya. Me arrastró a la ducha y terminó de quitar de mi cuerpo y de mi alma, todo mal. Si es que eso es posible, si es que no fue un sueño, y supe que la amaría por el resto de mis días. 

 Al salir fuimos a la cama e hicimos el amor. El cansancio había desaparecido, y el malestar. Incluso me sentía como un tío con éxito. Al fin y al cabo estaba acostándome con la mítica mujer de mi vida. De mi vida, Dios, no lo podía creer.  La vida tiene un sentido, pensé, y es estar con Simona. 

 ¿Me quieres?, preguntó Simona al tiempo que me abrazaba. Tardé un segundo en responder. Qué si te quiero, pensé. Sí, te quiero, respondí. ¿Cuánto?, preguntó Simona. Dios, pensé, si lo supieras no lo creerías. Te quiero, dije, tanto como patas de hormiga hay en la Tierra. Simona rió y dijo: eso quiere decir que me quieres mucho, como seis veces el número de hormigas sobre la Tierra. Le sobé la cabeza y le dije que sí, que eso quería decir, que la quiero mucho, mucho. Pero no podía decirle cuánto la quería en verdad. Esas cosas no se pueden medir en patas de hormiga o en granos de arena. Esas cosas se saben, y se sienten, y no se dicen. Nunca se habla de ello. Es como saber que todo saldrá bien. Lo sabes, pero no lo dices, no puedes, porque si lo dices… si lo dices quizá no salga bien. El amor de verdad no es ese que está en endecasílabos o en letras de canciones. El amor de verdad está en otro lado, en los ojos de tu mujer, en cada uno de sus cabellos y de sus poros. Está en el aliento de ese ser que te lo da, y te hace seguir adelante sin importar las circunstancias, tan sólo porque eres tú. Sin importar quién diablos seas. ¿Y tú, nena, me quieres?, pregunté. Simona lo sabía. Esas cosas no dicen. Asintió con la cabeza y dijo, sabes que te quiero, y yo puedo sentir que me quieres. Entonces ya no dije nada. El mundo podía quebrase en mil pedazos, y yo sabía que todo estaría bien. 




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