jueves, 29 de septiembre de 2011

Berenice.



Berenice no sabe exactamente en qué momento se jodió la cosa. Si en este preciso momento, en que la humillación y la vergüenza se manifiestan en el enrojecimiento de su cara, o en el momento en que aceptó y decidió asistir a la fiesta, o en el mismísimo momento de su nacimiento.

 Se habían emborrachado lo suficiente (todos excepto ella) para iniciar de buena gana (todos excepto ella) el viejo juego de la botella. El juego era sencillo: se acomodaba en círculo, sentados sobre el suelo, hacían girar la botella y los dos integrantes señalados por los extremos de la misma, se besaban durante un minuto cronometrado. Al terminar el beso, se reacomodaban; y aquí entraba otro juego, implícito y oscuro, que consistía en no quedar, bajo ningún motivo o pretexto, y entregando el alma en esto, frente a Berenice. Berenice había jugado algunas veces en su vida a la botella, y siempre, la humillación y la vergüenza eran inminentes. Principalmente porque ella sabía (todos sabían) que nadie, absolutamente nadie, quería besar a Berenice. 

 El clímax de la vergüenza fue cuando la botella finalmente le apuntó. Pablo, que fu el desgraciado del otro lado de la botella, se levantó, se aflojó la corbata y dijo no. Que aquello era trampa, que la botella no estaba estrictamente señalándole, que en todo caso, el que debía besarse con Berenice era Alberto. Hubo un silencio incómodo, durante el cual Berenice sintió el estómago revolvérsele y el calor del bochorno en sus mejillas. Acto seguido, Alberto se levantó y dijo: ¡no chingues, güey, yo no pienso besar a la foca! Hubo otro silencio, aún más expectante. Pablo  continúo diciendo que de ser así, la botella no estaba señalando a Berenice sino a Carla, que si se empeñaban en insistir que el turno era suyo no tendría problemas en besarse con Carla. A mí me parece que sí eres tú, Alberto, opinó mordazmente Jazmín, sólo que Berenice está ocupando el ancho de dos espacios y por eso no señala a Carla como debería. Pablo estalló en risa y por su parte Alberto, Carlos y Enrique también rieron, no tan discretamente como Berenice hubiese preferido. 

 Carla se levanta y pide más respeto, dice que si han aceptado jugar tendrían que aguantarse y no ser tan infantiles. Sin embargo, ya todos se han levantado y el juego está acabado.

 Enrique se acerca a Pablo y Alberto y los lleva a la cocina. Les reprende. Les dice que ese no es el modo. Que se han pasado. Pablo se defiende. Dice que él no es el culpable de la obesidad y la fealdad de Berenice. En todo caso, dice, es ella quien debe ofrecer disculpas por atreverse a jugar. Enrique mueve la cabeza negativamente, se rasca la nuca, y no pudiendo más suelta una carcajada. Vale dice, pero aun así, pienso que se han pasado. Los que se han pasado han sido Carlos y tú, exclama Alberto, no creas que no lo he notado: se las apañaron todo el tiempo para dejar a Berenice frente a nosotros en todos los turnos. Enrique ríe (lo que acaba de escuchar es verdad) y niega todos los cargos. Entonces, dice Alberto, ¿cómo te explicas que en cinco rondas ni tú ni Carlos quedaron frente a ella una sola vez? Enrique alza los hombros y sonríe. Cosa de suerte dice, todo hemos tenido las mismas oportunidades. ¡A la mierda!, grita Pablo, ustedes dos se pusieron de acuerdo. Enrique pide a Pablo que no le grite o ya verá. Pablo continúa gritando que él ni siquiera quería jugar, que todo ha sido plan con maña de parte de ellos para besarse con Carla. 

Justo en ese instante Carla entra a la cocina y no puede evitar escucharlo. Hace una cara de sorpresa aunque en el fondo lo sabe. Lo supo todo el tiempo. Es una fiesta del trabajo y Enrique es el jefe de departamento, cualquier mujer con un poco de seso sabría que besarse con Enrique le procuraría ciertos beneficios. Enrique, al encontrarse expuesto y revelado, se remanga y suelta una puñetazo a Pablo (él se lo ha advertido). Carla grita y suelta el vaso que tiene en las manos. Alberto se va sobre Enrique y el estropicio llega hasta la estancia. 

 Berenice está sentada en el sofá, junto a Claudia. ¡Y pensar que todo esto es por culpa mía!, exclama. Claudia la abraza hipócritamente y la desmiente, al tiempo que piensa que al menos Berenice debería afeitarse el bigote. Berenice también lo ha pensado. Lo piensa cada mañana ante el espejo, pero se detiene pensado que qué sentido tendría afeitarse el bigote si aún le queda la panza.

  Carla sale, histérica; anuncia que ahí dentro se están partiendo la cara. Claudia corre a la cocina y detrás corre Carlos. Jazmín sonríe pensando en lo idiotas que pueden ser los hombres.

 Claudia grita que por el amor a Dios se calmen pero Enrique ha tomado un cuchillo. Amenaza a Pablo. Alberto ha quedado mudo. Carlos dice a Enrique que no haga pendejadas. Alberto sale.

 Fuera, Carla lo intercepta y lo lleva al sanitario. Lleva la nariz ensangrentada. Carla le estira una toalla. Alberto se lava en el lavabo y mira a Carla. Piensa que sería una estupenda ama de casa. Además es preciosa, piensa. No le sorprende que Carlos y Enrique se empeñaran en besarla. De hecho Carlos lo ha logrado, y Alberto piensa en lo mucho que le hubiese gustado estar en sus zapatos. También le sorprende que Carla siendo tan bella acepte besarse con eso mamarrachos. Deduce que todo es por el puesto que tiene Enrique. Si no lo tuviera, piensa, Enrique no sería tan afortunado con las mujeres; a decir verdad es bastante feo. Albero se sorprende pensando que él mismo  es más atractivo que Enrique y que Carlos, y se censura considerando este pensamiento femenino. ¿Ya está?, pregunta tiernamente Carla. Ya está, responde Alberto, acomodándose la camisa. Ha manchado de sangre la camisa. Y todo por la culpa de esa puta gorda, piensa.

 Cuando regresan a la estancia ya todo ha pasado. Enrique y Pablo están sentados en sillas. Se han lavado en el fregadero de la cocina. Pablo lleva estampado un moretón, del primer golpe de Enrique, y Enrique tiene la boca rota. Al menos nadie ha salido limpio, piensa Alberto. Todo ha pasado. El ambiente, sin embargo, es de tensión. 

2

Carla abre el cajón de su escritorio. Está rendida, exclama que no puede más y que arde en deseos de salir de una buena vez. Abre el cajón y saca un bolso lleno de cosméticos. Se lo guarda bajo el brazo y corre al sanitario. La fiesta es hoy y Enrique no debe tardar en llegar, grita antes de largarse. Berenice, que ocupa el escritorio junto al de Carla, la oye, y piensa que ella misma debería retocarse antes de salir. 

 Abre el cajón de su escritorio y saca un bolso que contiene un yogur, un paquete de galletas, una torta y algunos cosméticos. Lo toma y se encamina al sanitario pero antes mira entrar, en el último minuto antes del cierre, a un cliente. Corre de regreso a su escritorio, deja el bolso y tras acomodarse el cuello de la camisa, camina hacia la persona que ha entrado. 

 Buenas tardes, ¿podemos servirle en algo?, pregunta Jazmín, que ha llegado detrás de Berenice. Acto seguido, Berenice mira al cliente y le saluda. El cliente, un hombre de treintaitantos años, mira a Berenice, y luego mira a Jazmín, y sin dudarlo un segundo se inclina por ésta última. Sí dice, estoy buscando… Berenice los mira alejarse. Mira al cliente, que con total indiferencia la ha dejado parada y con la boca abierta, y mira el enorme culo de Jazmín, debajo de una delgada cintura, contonearse y arrastrar al cliente hasta el aparador con los artículos más caros de la empresa. Dicen que el pez grande se come al chico, pero no dicen el pez más grande de qué, piensa Berenice al mirar por última vez el culo de su compañera. Berenice es gorda e incluso así, tiene un culo aplanado y un par de tetas no más grandes que naranjas medianas.

 Berenice entra al sanitario y allí están Carla y Claudia maquillándose. Se coloca en el lavabo libre y se mira al espejo. No sabe exactamente por dónde comenzar. Claudia coge la plancha de cabello que ha conectado y comienza a plancharse. Carla le dice que le encanta cómo luce Claudia cuando se plancha el cabello. Claudia le dice que muchas gracias y ambas ríen, como si el comentario fuese un chiste o tuviera la menor gracia. Berenice las mira y opina que a ella también le agrada el cabello de Claudia cuando está planchado, pero esta vez Claudia y Carla ya no ríen, como si el chiste fuese gastado, o viejo. 

 Berenice coge un labial rojo, de un rojo intenso, y se lo unta en los labios. Carla por su parte coge un labial rojo también, pero claro. Un rojo apenas sugerente que podría hacer pensar que no lleva nada puesto sobre los labios. ¿Crees que deba plancharme el cabello también?, pregunta Carla. Berenice contesta que a ella le parece muy bonito el modo en que lo tiene ahora (quebrado). Claudia, que no estaba prestando atención le pide a Carla que repita lo que dijo; Carla lo hace y Claudia dice que por supuesto que debe planchar su cabello, que con esa cara larga que tiene lo mejor que le va es planchar el cabello. Carla jala las puntas de su cabello y se mira al espejo. Lo que dice Claudia es verdad, al largo de su cara le va mejor el cabello planchado. Berenice piensa que por ella, hagan lo que quieran, le importa un carajo. Por su parte es todo. Labial rojo, un poco de colorete, y eso es todo lo que está dispuesta a hacer. Sale del sanitario sin decir una palabra. 

 Camina a la salida del local. Atraviesa el piso y mira a la cabrona de Jazmín que continúa con el último cliente. Éste le coquetea descaradamente y ella ríe como si fuese una ingenua mujercita de quince años. Pero de ingenua no tiene nada, piensa Berenice al tiempo que sale del local. 

 Fuera enciende un cigarrillo. Buenas, Don Cástulo, ¿cómo le va?, contesta al saludo que le dirige Cástulo, el encargado de cerrar el local y de velar. Cástulo se toca el reloj de pulsera y echa una mirada al local, expresando que ya es tiempo de cerrar y esas siguen allí dentro. Ay. dice Berenice, y va pa´ largo, se están planchando el cabello, ¿usted cree? Cástulo mueve la cabeza y desaparece. 

 Berenice se sienta en las escaleras y cuando acaba con el cigarrillo comienza con la torta y el yogur. Y está en eso cuando mira llegar al coche de Enrique con Enrique y Carlos dentro. Se estaciona y bajan. Enrique la saluda con un movimiento de cabeza y Carlos no la saluda. Entran directo al local y se topan con el cliente de Jazmín que en ese instante sale, y con Jazmín que lo ha acompañado a la salida. Hola, guapa, ¿lista para la fiesta?, le pregunta Enrique y ella contesta que sí, pero que antes debe pasar al tocador (pronuncia la palabra tocador con cierta ingenuidad y cierta malicia a la vez). Enrique sonríe y entra junto con Carlos al local. 

 Después llega otro coche, esta vez con Pablo y con Alberto. Es sábado y es el día de descanso de esos dos pero se han quedado de reunir a allí para ir a casa de Carla. Pablo baja por la portezuela del copiloto y no mira a Berenice hasta que Alberto la saluda: ¿qué pasó, mi Bere nice?, ¿ya están listas todas las muchachas? Bere nice es el apodo de Berenice, y de no ser porque se trata de ella sería un halago. En su caso es algo así como un chiste sarcástico y de mal gusto, piensa Berenice. No sé, contesta Berenice zampándose un bocado de torta. Alberto piensa: por eso estás como estás, pinche gorda. Y sin decir nada más entra al local seguido por Pablo. 

 Tardan más de treinta minutos en salir. Salen todos en grupo, riendo y contándose lo bien que se lo van a pasar en seguida, en casa de Carla. Berenice se levanta de las escaleras y dice: por fin. Nadie le responde. Berenice bufa. Todos sacan cigarrillos y fuman un cigarro antes de partir. Berenice se acerca a Clara y le dice que si tiene un cigarrillo que le obsequie. Carla dice que no, y al escuchar esto, Enrique, sin perder un segundo saca un cigarrillo y se lo estira. Carla lo coge y agradece. Enrique, comprometido, estira un cigarrillo a Berenice pero piensa: debo tener más cuidado o se me acabaran los tabacos.  

 Berenice se para en una esquina y se recarga en el barandal de la escalera. Los mira a todos, sobre a todo a Pablo y a Alberto que vienen vestidos como si fuesen a la fiesta más importante de sus vidas, y ríen de cada palabra que sale de la boca de Carla, como si Carla fuese comediante. Y también está Enrique, que no ríe porque prefiere adoptar un aire más serio. Es el jefe de departamento y tiene que hacerlo, o cree que tiene que hacerlo, y lo hace tan fingidamente que Berenice sonríe al mirarlo parado con las piernas abiertas y las manos en los bolsillos, fingiendo autoridad y dinamismo o alguna cosa así, piensa Berenice. Y también está Carlos, que es el brazo derecho, o el gato de Angora de Enrique, y que revisa su teléfono móvil cada dos minutos, como si de ello dependiera la vida. 

Finalmente se disponen a partir. Alberto abre las puertas de su coche y entran Jazmín y Claudia en la parte trasera y Pablo hace de copiloto. En el coche de Enrique entra Carla de copiloto, y atrás se meten Carlos y Berenice. 

 Enrique es el primero en arrancar, Pablo debe seguirlo. Enrique se echa en reversa, bruscamente, como si no pudiera hacerlo de otro modo. Berenice se queja y Carlos le dice: tú tranquila, este cabrón sabe lo que hace, fue piloto de la NASCAR en el noventaitrés. Enrique sonríe y mira a Carla que va a su lado mirándose por el espejo de vanidad. Carla voltea al sentir la mirada y le sonríe a Enrique, y dice que debe tomar el Periférico hasta la salida de Luis Cabrera. Enrique, sabiendo la ruta, acelera y mira por el espejo retrovisor. Mira que Pablo tiene problemas para darle alcance. Un automovilista lento se ha puesto delante de él y no le deja pasar. Enrique exclama: pinche Pablo, está re güey. Y desacelera. 

   Párate en el Oxxo, dice Carlos al mirar un Oxxo aproximarse, quiero comprar unas cervezas pal´camino. Enrique dice que no mame, que se puede aguantar a llegar. Carlos dice que no tardará, que sólo comprará un par. Enrique mueve la cabeza negativamente y se orilla junto al Oxxo. Pablo, que le sigue, se detiene detrás. Enrique y Carlos bajan del auto. Carla saca la cabeza por la ventanilla y le grita a Enrique que le compre una cerveza light. ¿Quieres algo?, pregunta regresando la cabeza dentro del coche, a Berenice. Berenice dice que no, pero acto seguido se arrepiente, y pide una botella de agua. ¡Y una botella de agua para Berenice!, grita justo antes de que Enrique entre al establecimiento. 

 Por su parte, Pablo, Alberto, Claudia y Jazmín también compran cerveza para beber en el camino. 

 Enrique regresa, se pone al volante, y Carlos entra a su lugar. De una bolsa plástica saca una cerveza light y se la estira a Carla. Carla la coge y no dice gracias, ni dice nada. Luego saca una cerveza normal y se la pasa a Enrique, quien se la regresa y le dice no mames, cabrón, al menos destápamela, yo vengo manejando. Carlos la coge de regreso, la destapa y Carla, solícita, la toma y la pone en el porta envases del coche, junto a Enrique. Enrique le agradece. Carlos saca otra cerveza normal, la destapa y se pega un trago. Berenice mira todo esto en espera de su agua. Pero Carlos ya no saca nada de la bolsa. ¿Y mi agua?, pregunta Berenice. Mierda, cierto, exclama Carlos... No había agua, lo siento, interrumpe Enrique. Berenice piensa que es imposible que no hubiese agua. Es realmente imposible, piensa, y es verdad. Pero no dice nada. Mira a Carla disimular una sonrisa. Todos olvidan el incidente del agua de inmediato y se ponen a platicar sobre el último partido de soccer. 

 Finalmente llegan a casa de Carla. 

3

El sábado daré una fiesta en mi casa, ¿quieres ir? No lo sé, contesta Berenice, ¿quién irá? Vamos mujer, ¿qué importancia tiene? Berenice enciende un cigarrillo mientras lo piensa. No habrás invitado al idiota de Alberto, ¿o sí?, dice. Por supuesto que no, contesta Clara y enciende un cigarrillo. Están en el trabajo pero se han tomado tiempo para salir y fumar un cigarrillo. Ni al imbécil de su amigo Pablo, ¿o sí?, pregunta Berenice expulsando el humo de la primera bocanada. Clara frunce la boca. ¿Quieres ir o no?, le dice. Para Carla es sencillo, piensa Berenice, es una chica guapa. ¿A qué hora?, pregunta nerviosa al tiempo que tira la ceniza del cigarrillo en el cenicero. Nos iremos saliendo, dice Clara. Enrique pasará por mí, si quieres puedes venir con nosotros. Prefiero llegar por mi parte, dice Berenice. Te conozco, dice Carla, no irás. Sí iré, se defiende Berenice, es sólo que deseo pasar a casa antes, ya sabes, a cambiarme los zapatos. Carla piensa en prestarle un par de zapatos a Berenice pero mira sus pies y sabe que no le vendrán. Son unos pies enormes. Sobre todo a lo ancho. Puedes traer los zapatos en tu bolso y te los cambias en mi casa, opina Carla. Berenice da una calada al cigarrillo. Se siente acorralada. La verdad, dice, es que también me gustaría darme un baño. Como quieras dice Carla, pero sería mejor que me dijeras la verdad. En efecto, Berenice no tiene ánimos de asistir a la fiesta. Hace mucho tiempo que perdió los ánimos de asistir a cualquier evento social, sobre todo si es un evento donde se bebe alcohol. ¿Es por Enrique?, pregunta Clara sospechando. También es por Enrique, piensa Berenice. Enrique es uno de los pretendientes de Carla y Berenice le considera un mamón. Cada que ella sube con ellos al coche de Enrique, exclama que el auto se achaparra. Lo hace cada que pasan un tope o un bache. Claro que no, miente Berenice, para nada. Carla tira la colilla del cigarrillo y la aplasta con el pie. Entonces qué, insiste Carla, ¿vas o no vas? Berenice hace lo suyo con el cigarrillo y expresa que sí, que sí irá. 

 Aquí es donde se jodió la cosa, piensa Berenice. 




lunes, 26 de septiembre de 2011

Simona y los polos opuestos.



Dicen que los polos opuestos se atraen, dijo Simona. Ya dije yo, pues debe ser verdad. ¿Adónde quieres ir a comer?, pregunté inmediatamente después, sin dar importancia al asunto. La cosa había salido porque según Simona ella y yo éramos todo lo contrario que dos personas pueden ser. No sé, ¿tú? Pues yo, dije, creo que me apetece una hamburguesa. Simona frunció la boca. Siempre te apetece una hamburguesa, dijo. Ya dije, ¿pues a quién no? ¡A mí!, exclamó, estoy harta de las hamburguesas. Vamos dije, pero si llevamos todo este tiempo (todo este tiempo quiere decir los tres primeros meses de relación) comiendo hamburguesas. ¡Por eso!, gritó, ya no las aguanto. Nunca me han gustado. ¡Nunca te han gustado!, exclamé. No, confesó, las he comido por ti, pero a decir verdad, las odio. Bueno, vale, dije, ¿qué quieres comer tú? Simona paró en seco. Caminábamos por avenida Reforma y paró en seco, se puso delante de mí, me rodeó con los brazos y pegando sus labios a los míos dijo que ella prefería comer sushi. ¡Sushi!, pensé. Ya dije, te lo explicaré de un modo que puedas entenderlo: odio al sushi porque odio a los japoneses, y odio a los chinos, a los coreanos y a los vietnamitas. En general, odio a todo el maldito Oriente. Y por supuesto, odio a su gente, su cultura, sus malditos ojos rasgados, sus mujeres con pieles de color desabrido, y mi odio, Dios, también incluye su comida. Simona dijo que no era posible que yo odiara a todo el Oriente, y además, odiara casi todo del Occidente. Es que ya le había contado de mi odio por la política de izquierda, que nunca ha logrado nada, por la política de derecha, que lo ha logrado todo, y por los íconos sexuales estadounidenses, que son las rubias sin cerebro, y de mi odio por la mano de obra brasileña en los automóviles americanos. De mi odio por el arte abstracto, en la pintura sobre todo. Mi odio por la música de moda, en especial, esa música de maricas, la electrónica, y de mi odio por los perros y la gente de la colonia Condesa, y un largo etcétera que incluye, según Simona, TODO. Odias TODO, gritó. Bueno dije, las hamburguesas no. ¿Y planeas alimentarme con hamburguesas todo el maldito tiempo?, preguntó. Alcé los hombros, indiferente. ¡Estás orate!, yo te voy a enseñar a comer, educaré tu paladar y verás que la vida no se reduce a las hamburguesas del McDonald´s. Mierda dije, vale, iré a comer sushi, pero que quede bien claro que lo hago sólo porque te amo. Y que quede claro que te amo, que tengo que amarte, Dios, para ir a un maldito restaurante oriental, con esa gente oriental y esa comida oriental. Simona me tomó de la mano y me arrastró hasta el restaurante. 

 Pide los rollos con plátano, me recomendó Simona. Ya dije, pídelos por mí. Lo hizo y  ella también pidió rollos con plátano. ¿Desea algo de tomar?, me preguntó la mesera, pero la ignoré, y Simona sabiendo de mi costumbre de ignorar meseras, me preguntó: ¿quieres algo de tomar? Ya, le dije a Simona, pídeme una coca-cola. Simona pidió una coca-cola para mí y para ella pidió una sangría. La mesera no se explicaba por qué yo no le dirigía la palabra. Pero supongo que tampoco le importaba demasiado. Era una japonesa o algo y quizá sólo sabía dos palabras en español. Por mi parte odiaba ese maldito idioma monosilábico que tienen. Lo estaba pasando mal.   

 ¿Y bien?, dijo Simona mientras traían las coas. ¿Y bien qué?, pregunté al tiempo que miraba al horizonte. No sé dijo, cuéntame algo. ¿El qué?, pregunté. Lo que sea dijo, no hemos venido a mirarnos las caras, ¿o sí? No dije, pero tampoco tenemos que estar hablando todo el tiempo. ¿Es que no te gusta disfrutar de tus pensamientos? No cuando paso tiempo con mi novio, dijo. Reí. Vale dije, ¿de qué quieres hablar? Suspiró. Lo sé dije, no hay pregunta más complicada que esa. La cosa es que no sabes exactamente de qué, sólo deseas hablar y deseas que yo ponga de mi parte. Y yo no pongo de mi parte, estás pensando, ¿no es así? Más o menos, contestó Simona. 

 Los alimentos llegaron. Eran rodajas de arroz cocido rellenas de peces crudos. Una cosa para volver el estómago. Sin embargo estaban muy bien. Con plátano sabía muy pero que muy bien. Vale dije, tengo que aceptarlo, esto está buenísimo. Lo sé dijo, pero, por favor, usa los palillos. Yo había tomado la primera rodaja con la mano. Eran tan pequeñas y tan individuales, que uno no podía evitar cogerlas con la mano, como cacahuetes. Entonces cogí los palillos pero no se me dio bien la cosa. Tuve que tomar uno de ellos y picar el rollo. Pero Simona dijo que no, que así no se hace, vamos, puedes esforzarte un poco, dijo. No sé dije, comer comida oriental es más de lo que puedo hacer. Esforzarme por adquirir sus putas costumbres es demasiado. Y seguí cogiendo los rollos con las manos. 

 Luego llegamos a aquello, no sé exactamente cómo. Creo que Simona preguntó qué haría yo si tuviera mucho dinero. O quizá fui yo el que lo preguntó a Simona, aunque lo dudo: yo no suelo hacer ese tipo de preguntas quiméricas. El caso es que Simona, si tuviera mucho dinero, dijo que destinaría parte de eso a erradicar el hambre extrema del planeta, particularmente de las zonas del África. Lo dijo mientras bebía de su sangría. Haría grandes donaciones a las instituciones altruistas, cosa que me molestaba sobremanera. Por mi parte pensaba que el mundo va bien tal como va, y que si toda esa gente está a punto de morir o ha muerto ya, es cosa de selección natural, y no está en sus manos (las de Simona) salvar a los elegidos por la Divina providencia, a entrar en el Reino de los cielos. ¿Cuántos tíos mueren por hambruna todos los días?, pregunté al tiempo que cogía un rollo y me lo zampaba. No sé, contestó Simona, unos cientos de miles. Ya lo tienes, dije con la bocaza llena: selección natural, nomás imagina un mundo con cientos de miles de hombres más. Millones de personas más. ¡Un caos! La naturaleza es una vieja sabia, añadí, contento con mis razonamientos. Sin embargo Simona no estaba convencida. Siendo un alma noble su necesidad de ayudar al prójimo era enorme. De verdad dije, ya no cabemos en este puto globo terráqueo. Y alguien debe morir y la naturaleza se hace cargo, no tan bien como debería, pero lo hace. Simona utilizaba los palillos estupendamente. Me cogió la nariz con ellos y entrecerrando los ojos, con vileza, dijo: eres un cabrón sin sentimientos. No, me defendí, tengo muchos sentimientos. Sentimientos para con quien queda en esta puta vida. Me compadezco de ellos. Deberías donar tu dinero para las pobres almas que no tenemos para cuando morir. Vaya si lo necesitamos. Simona movió negativamente la cabeza y dijo que yo no tenía remedio. 

2

Quizá sí somos diferentes, pensé cuando la despedí y regresé a casa. Quizá sí somos lo más diferente que dos personas pueden ser. 

 Una vez llegado a casa me encontré con Salmoneo Gutiérrez. Me estaba esperando hace más de hora y media, dijo, ¿por qué no contestas tu teléfono móvil? Vale, dije abriendo la puerta de mi casa e ignorando su comentario, ¿crees que Simona y yo somos diferentes? Salmoneo dijo que qué diablos, qué eso qué tenía que ver. Pasamos dentro. Te estoy hablando enserio, le dije, ¿crees que Simona y yo somos diferentes? No lo sé dijo, ¿por qué no contestas tu teléfono móvil? Caminé a la mesa y cogí el teléfono móvil. Porque esto, le dije agitando el aparato frente a sus ojos, porque lo olvidé. Ah bueno, dijo Salmoneo y se rindió respecto al maldito teléfono. 

 Ya dije, ahora dime, Simona y yo, ¿qué piensas al respecto? Se lo dije al tiempo que encendí un cigarrillo y me dejé caer sobre el sofá. Él se sentó en el suelo y encendió un cigarrillo. Simona y tú, dijo, bueno, pues me parece que van muy bien, ¿no? Ya dije, y me levanté. Me había sentado hace un par de segundos pero me levante presto a por un trago de whisky. ¿En las rocas o con agua?, pregunté a Salmoneo cuando estuve en la cocina con dos vasos ante mí y la botella de whisky en las manazas. En las rocas, contestó y yo regresé al sofá con dos whisky en las rocas. 

 ¿Tienes problemas con Simona?, me preguntó extrañado cuando estuve nuevamente colocado en el sofá. No precisamente dije, sólo dime una cosa: ¿crees que ella y yo somos, ya sabes, lo que se dice, una pareja ideal? No, dijo tajante. Dios, dije, ¿entonces qué mierda somos? Son la pareja más dispareja que he visto, dijo dando el primer trago a su bebida. Eso es lo que ella dice dije, que somos polos opuestos. Polos opuestos se atraen, dijo. Vamos dije, no me vengas con patrañas, eso es en los metales, no en las personas, Dios, la gente se traga cualquier pendejada. Bueno dijo Salmoneo, yo sólo digo, pero, ¿por qué te preocupa tanto tu relación con Simona? 

 Aquí di un trago al whisky, muy despacio. Sentí el licor bajar por mi garganta y llegar hasta el estómago, y quemarlo. Luego sentí la sangre correr por mis venas. Y el aire entrar y salir de mis pulmones. Sentí la saliva en mi boca y me di cuenta de que estaba enamorado. No lo sé dije. Será que estás enamorado, dijo como si tal cosa. Vamos dije, eso no es posible. ¿Por qué no?, preguntó dando una calada al cigarrillo. Bueno, sí es posible, dije, pero, dime, ¿cuándo nos miras juntos, qué piensas? Salmoneo se lo tomó con calma. Buscaba las palabras exactas para expresar su visión de mi relación con Simona. Dio algunas caldas al cigarrillo y se pegó algunos tragos. Miraba al techo y fruncía el entrecejo. Finalmente dijo: no entiendo como ella puede salir contigo. Mierda dije, yo tampoco. Di un trago al whisky y dije: bueno, pero… a tu manera de ver las cosas, ¿por qué piensas eso? Salmoneo tragó saliva. No deseaba herir mis sentimientos. Te lo diré justo como es, dijo. Asentí con la cabeza. Vamos dije, no pasa nada, dime lo que piensas, tal como lo piensas. Entonces dijo: tú eres un signo de menos, y Simona es un signo de más. Aplasté la colilla del cigarrillo sobre el cenicero y encendí otro inmediatamente. Expulsando el humo de la primera bocanada dije: ¿y por qué tengo que ser yo el signo de menos, no podría ser ella el signo de menos? Salmoneo me miró a los ojos y contestó: tú sabes muy bien que eres el signo de menos. Vale dije, ya me lo sospechaba. 

3

Simona dijo que aquella nube de allá arriba era bellísima. Yo la miré y pensé: vale, podría ser. En adelante notaba cada una de nuestras disonancias. Ella solía decir que no hay nada más placentero que dar placer. Yo pensaba que algo más placentero que eso es recibirlo. Yo era egoísta y ella era un ángel. Dispuesta a salvar y ayudar a cualquiera que lo necesitase. Podía ver belleza hasta la mínima flor o el mínimo detalle. Yo podía ver defectos hasta en la obra más grande de arte. 

 Caminábamos por Reforma, otra vez, y ya se acercaba la hora de comer. Así que tuve que preguntarle: ¿Qué quieres comer? Íbamos tomados de la mano. Yo sabía la respuesta de antemano. Al menos, sabía que no escogería comer hamburguesas, ni en el McDonald´s ni en ningún otro lado, ni escogería comer pizza, que eran las cosas que yo generalmente prefería. Yo sabía lo que escogería. No sé dijo, ¿tú? Suspiré y haciendo un esfuerzo contra mi voluntad, pero haciéndolo porque realmente amaba a Simona, dije: podríamos ir al pollo argentino. El pollo argentino era un local en la Condesa donde te vendían medio pollo relleno de queso y especies. Una delicia, Dios, tengo que aceptarlo, y empanadas de elote y carne, pero empanadas que no están hechas con paste hojaldre. Yo amaba la pasta hojaldre, y Simona odiaba la pasta hojaldre. Así que el pollo argentino era una excelente opción para Simona, y una cosa terrible para mí, considerando que de Argentina amaba a sus escritores, pero nada más. ¿El pollo argentino?, preguntó incrédula. Bueno dije dudando, (¿es que ahora también la he cagado proponiendo el pollo argentino?, pensé), si no quieres ir al pollo, podemos ir al sushi. Pensé que esta vez acertaría, digo, estaba más que comprobado que el sushi le gustaba. Me miró sorprendida. Dijo que eso no era posible, que yo quisiera ir tan de buena gana y a la primera al pollo o al sushi. Bueno dije, después de todo lo pagas tú, así que me pensé que en todo caso tienes más derecho a elegir el plato. Pues lástima por ti, dijo, porque yo pensaba ir a las hamburguesas del McDonald´s. Vamos dije, pero si esas hamburguesas son una mierda. ¿Qué son una mierda?, dijo, pero si las amas más que a tu madre. Ya dije, pero ya no. No puedes dejar de amarlas así como si nada, dijo. Sí puedo dije, ahora amo el pollo argentino. Mientes, dijo. No miento, es verdad, me defendí. 

 Simona se sentó en una banca. Yo me senté a su lado. Ya dije, ¿entonces qué? Lucía bellísima. ¿Estás haciendo esto por mí, no?, preguntó. ¿El qué?, pregunté ingenuo. Lo de elegir el pollo en vez de las hamburguesas. Ya dije, pues claro. ¿Por qué lo haces?, preguntó como si no fuese obvio. Quizá no lo era porque cuando le respondí, yo mismo me sorprendí. Lo pensé unos segundos y dije: vale pues, me he dado cuenta que en realidad no odio el pollo ni el sushi ni la mitad de las cosas que digo odiar. De hecho, dije, amo el pollo argentino y el sushi con plátano. Amo que tú me lo hayas mostrado y sobre todo, te amo a ti. Te amo porque sé que si tuvieras mucho dinero, no dudarías en ayudar a las personas necesitadas. Te amo porque eres un ángel, y un pan de Dios. Un bizcochito de Dios, tía, además estás que te caes de buena. Simona rió alegre y me confesó que ella me amaba a mí, precisamente porque yo odiaba todo lo que digo odiar. No exactamente, dijo, pero te amo porque eres diferente y eres especial. Tienes convicciones sólidas, por ejemplo con los japoneses, no les perdonas una, dijo, y eso me agrada. Me gustas porque eres un hijoputa de mierda, pero un hijoputa de mierda con estilo, y que está dispuesto a ir a los pollos que le gustan a su novia aunque se tenga que tragar las empanadas sin paste hojaldre. ¿Y sabes qué?, dijo, de verdad, hoy quiero ir a las hamburguesas. Entonces tenemos un problema dije, porque yo realmente quiero ir al pollo argentino. Vamos dijo, ya no tienes que fingir. No estoy fingiendo, nena, es de verdad. Pues te jodes, dijo, porque iremos a las hamburguesas. Coño, exclamé, no quiero ir a las putas hamburguesas. No te estoy preguntando, dijo. 

 Simona se levantó de la banca, me tomó de la mano e intentó arrástrame a las hamburguesas. Pero yo no iría allí. Estaba decidido. Me costó darme cuenta del amor que siento por Simona y no iba a ceder tan pronto. Me lo propuse. Me propuse no pisar nunca más las malditas hamburguesas al mismo tiempo que Simona. Estaba haciendo un sacrificio de amor y ella estaba echando a perderlo todo. Estaba menospreciando y humillando mi postura romántica, halagüeña y solícita para con ella. Anda dijo, que no tenemos todo el día y ya me muero de hambre, camina. No, le dije, vayamos a los pollos. No quiero saber nada de pollos, dijo. Ella también estaba haciendo su parte. Y yo estaba humillando esa aparte. Manchándonos el uno al otro porque los dos queríamos ser el que doblase la mano. Era una cosa absurda. Si no discutíamos por nuestras convicciones, discutíamos por las del otro. Pero por ningún motivo podíamos estar en santa paz. 

 Hagamos una cosa dije, no vayamos ni al pollo ni a las hamburguesas. Elijamos otra cosa antes que acabemos matándonos. Simona cruzó los brazos, y dijo vale. Lo dijo de mala gana. Por alguna razón ella realmente quería ceder a mi antiguo capricho de las hamburguesas. Bueno dije, yo propongo (esta vez pensé que más me valdría proponer aluna cosa que sinceramente me gustase, al fin y al cabo Simona estaba de complaciente) que vayamos a los tacos de la esquina. ¡Los tacos de la esquina, gritó, estás orate!, esos tacos me enfermaron la última vez. Mierda dije pero si son buenos como ningunos otros. No iré allí por ningún motivo, agregó. Dios dije, vale, ¿qué propones? Hace tiempo que tengo antojo de comer comida cantonesa. Miré al cielo sin poder creerme de mi suerte. Linda, dije, ¿no has escuchado todo este tiempo que te he dicho que odio a todo el puto Oriente? No es posible que odies a todo el Oriente, dijo. Caray pensé, aquí vamos de nuevo. Quizá es verdad que polos opuestos se atraen. Tiene que serlo, pensé, porque no hay otra manera en el infierno que yo soporte esto. 




viernes, 23 de septiembre de 2011

Lu.


Sin lugar a dudas se puede afirmar que Lucía necesitaba hacer las paces con dios urgentemente. Ambos se habían estado metiendo el dedo en el culo mutuamente durante años, ella cagándose obstinadamente en él cada cinco minutos y él vengándose liquidando a sus familiares y amigos. 

 Lu era bastante más joven que Steve y en la cama siempre se había mostrado tan entusiasta como hábil y precisa, combinación poco frecuente, es sabido. En sus escasos encuentros había dejado a Steve  en un estado temporalmente irrecuperable gracias a sus habilidades de directora de orquesta.  Se trataba de una morena deliciosa que Steve no sabía bien de donde había salido, tal vez de alguna noche indescifrable, hablándole de Bucay cuando él se encontraba apoyado contra una barra, más por no caerse que por comodidad. Desde el primer encuentro hasta el segundo habían pasado dos años. En medio sólo hubo silencio entre ellos. Steve había continuado su cruzada contra sí mismo en busca de la estabilidad y la había apartado sin darle explicaciones. Él buscaba pasar su entierro pero, como tantas otras cosas, no lo encontraba pero probablemente no se hubiese encontrado los huevos si se lo hubiese propuesto. Estando en la cama, después del segundo polvo, ella le había contado la historia de la reciente muerte de su madre. Después de aquello, ella siempre hablaba de su madre. Se refería a ella casi para cualquier cosa y llegó incluso a conmover a Steve. Vivía por el centro, por Salamanca y era una niña bien, guapa, no muy alta pero bien formada y con unas tetas escandalosas. Follaba como dios y le metía mano a Steve en cualquier sitio, en el metro, en una cafetería o delante de su padre durante la puta cena de navidad, con el pavo asado en frente guiñándoles un ojo y señalándoles con su dedo metafísico el camino de la habitación más próxima. Hace un polvete, chicos? La mujer de Steve nunca llegó a enterarse de la existencia de Lucía, ella, que al final se había enterado de cada detalle de cada infidelidad. Pero tal vez con Lucía Steve tuvo más cuidado de conservar intacto el secreto porque para él Lucía tenía una especial fatalidad que merecía un mínimo de consideración, una consideración digamos excepcional. Dos años más tarde, cuando Steve volvió a Madrid y se encontró con ella, volvió a aparecer y Steve entró al trapo porque se trataba de uno de esos asuntillos pendientes que le quedaban, una explicación que debía dar. Se encontraron y lo primero que hicieron fue irse a la cama. Follaron todo lo que puediron y de todas las maneras. Ella seguía casi igual pero Steve, sin darse cuenta, haciéndole un repaso por todas las planicies de su cuerpo con la lengua, se encontró con un pequeño cauce, una cicatriz que ahora tenía en el vientre y que antes no estaba.

-Esto?
-Tuve un niño. Me hicieron la cesárea.
-Sabes quién es el padre? Soy yo?

 Steve y Lucía no habían tenido tiempo de ir a tomar nada antes de modo que las verdades y las palabras llegaban sin anestesia, afiladas como cuchillos de cocina.

-Tranquillo. No eres tú.

 Dio una calada larga y profunda a su cigarro.

-Fue mi ex. Un mal polvo. Mi hermano murió también, lo recuerdas? Mi hermano murió cuando tú ya no quisiste hablar más conmigo. Coincidencias. Entonces me acosté con mi ex. Lo hubiese hecho contigo pero no estabas. Fue auto destructividad. Contigo también lo es, pero de otra manera. Mi hermano mayor murió y un bebé parece que lo reemplazó. No era ese tu equilibrio cósmico? Ahora estoy jodida.
-Te refieres a tu hermano? El de siempre? Con el que te llevabas tan guay?

 Lucía había enviado a Steve docenas de correos que él se había negado a leer. Los borraba sistemáticamente según entraban en su buzón y ella, poco a poco, fue dejando de intentarlo. En el contenido de los correos le contaba la muerte de su hermano y el proceso autodestructivo en el que había entrado. Los rollos de una noche, la priva, el pastilleo…  Hacía unos meses había muerto su madre y poco después su hermanito querido. Definitivamente dios le estaba metiendo el dedo en el culo a lo bestia por algún motivo. Igual algún antepasado hereje que se quedó sin quemar. Pero Lucía no merecía esto por algún antepasado hijoputa.

-Vaya. Esto me deja en bastante mala situación.

 Steve no quería niños meones colgando de su vida bajo ningún concepto. En el fondo del dolor de Lucía, él respiraba tranquilo. Que buscase al viejo del crío. Él era sólo un chinorri.

-Bastante mala situación? Eso es todo lo que te preocupa? Eres un bastardo.

 Realmente Steve era un bastardo y lo admitía hasta cuando no quería serlo. Un puto bastardo sin una molécula de corazón pero, en aquel instante, con Lucía echada y en pelotas en la misma cama que él… había algo que fallaba… Aquel era uno de aquellos momento en que la idea de ser un bastardo le hacía hacer conjeturas sobre sí mismo topándose consigo mismo, encontrándose de frente y proponiéndose algo grande con Lucía sólo por compasión para, a continuación, no avanzar ni un paso en ninguna dirección, siempre harto de todo. Ni consolarla podía por la parálisis de estar conjeturando. En realidad eran tan parecidos en algunos momentos que sentía que cuando se lanzaban reproches era como si el mendaz llamase al mendaz  mendaz.

-Lo siento pero… yo no me preocuparía por el mundo en que va a vivir tu hijo cuando tenga diez años. Probablemente la vida será algo parecido a la gran muralla de China. Puedes contarle eso. Respecto a tu hermano, supongo que fue un infarto. Glorioso. Glup.

 Steve glupeaba.

Era aquello un mal sueño? Se había parado la cuerda del reloj de la jodida Puerta del Sol? Enfermera, un tequila, por favor.

 Ella giró la cabeza y lo miró un instante. Luego recuperó la posición. Lo despreciaba pero él estaba acostumbrado a que lo despreciasen. Era lo de menos.

 Lo suyo era una verdadera hermenéutica de la catástrofe pero no reflexionaría sobre ello con Lu. Se juró que no lo haría. Pero lo que sí necesitaba, lo que verdaderamente sí necesitaba era un trago de algo fuerte que le rascase desde las amígdalas hasta la punta de las uñangarracas de los dos dedos gordos de los pies.

-Es una pesadilla. Dijo. No podía evitarlo. Puedo hacer algo?
-Ea. Lu siempre decía ea cuando estaba realmente cabreada, cuando le habías tocado las pelotas de una vez por todas.

 Y Steve cada vez la cagaba más aun sin quererlo. Cagarla era parte de su idiosincrasia. Steve siempre la cagaba cojonudamente.

-Sí. Cásate conmigo. Ponte a trabajar como si fueses un tío normal y como si tuvieses dos cojones, cásate conmigo y conviértete en el padre del niño. Al final eres parcialmente e indirectamente culpable del embarazo. Culpable por omisión y no haber sido tú el que me follase. Aunque dudo que te quede nada con lo que embarazar a nadie. Nunca he estado tan tranquila después de follar como cuando lo he hecho contigo. Todo está muerto dentro de ti.

 Ahora ella había subido el tono de su voz y casi gritaba. Escupía en todas direcciones con cada palabra que pronunciaba. Y realmente a Steve seguramente no le quedaba nada con que reproducirse o multiplicarse y tal aunque eso de multiplicar a las personas siempre le pareció un acto matemático espantoso, por eso odiaba tanto los espejos y cualquier artilugio en donde uno pudiese reflejarse y duplicarse.

 De pronto Lu soltó una carcajada histérica y una lágrima cayó en la arena. Definitivamente aquello era una dosis demasiado elevada de realidad para un solo día. Había tomado la decisión firme hace tiempo atrás de ser tan sólidamente cínico como para jamás disolverse en ese tipo de felicidad de la que hablaba Lu con más cinismo del que jamás él pudiese emplear. Necesitaba tomar una cerveza tras otra acompañadas de algo con alcohol. Aquello era un fiesta de suicidas animándose alegremente los unos a los otros, en la que no estaba dispuesto a participar. No pretendía hacer conjeturas sobre el futuro pero de lo que sí estaba convencido era  que no aceptaría jamás la propuesta que Lu jamás le había realmente hecho. Su pesimismo metodológico se lo impedía y todos los terrores que llevaba guardados se lo impedían y pensar en lo peor era la base misma de cualquier análisis.  Dios mío, dónde está el bar más cercano? El sudor le corría por los omoplátidos y por los romboides circumboliciónicos.

 Lu se levantó y se paseó desnuda por la habitación, como si estuviese sola. Se apoyó contra la ventana. Era de noche y Lu tenía unas nalgas algo celulíticas cojonudas. Pero Steve quería seguir siendo libre, aunque fuese a la fuerza.

-Te curras un chino?
-Cómo?
-Tengo algo de caballo. Te curras un chino?

 Un chino no era lo que Steve necesitaba en aquel momento pero, dadas las circunstancias y su politoxicomanía… no parecía haber otra opción, es decir, tendría que calmarse y utilizar toda su pericia para preparar el manjar más suculento que en aquel momento podía encontrar.

-Sé donde hay algo de papel de albal. Trae ese jaco que espero que sea decente y te prepararé un aperitivo, querida. A tu gusto. Algo de pan de ajo antes, cariño?
Steve intentaba bromear para relajarse, para desentumecer la situación pero Lu no se reía en absoluto.

 A Steve le había cambiado el semblante. Lu sacó la papelina del bolso y Steve se cocinó el amoniaco con los polvos. Olía a los mejunjes mágicos del niño Harry Potter o de Merry y Pippin, los hobbits gays. Se pusieron a fumar el chino.  Desde cuándo le pegaba Lu al jaco? Al terminar quedaron los dos tumbados en la cama. A Steve le pesaban los pómulos y los párpados como si se le fuesen a despegar de la cara y se fuesen a caer al suelo, que a su vez se hundiría plegándose espacio temporalmente sobre sí mismo. De pronto le habían entrado ganas de abrazarla antes de dormir. Definitivamente el jaco dulzón no era lo suyo pero pronto pasaría.  No estaba acostumbrado al caballo y mañana le picaría hasta el alma.  Ella se había tapado con las sábanas y dormía con la boca abierta y la baba cayéndole por un lado de los labios. Steve se la cerró suavemente con la palma de la mano. Entonces se levantó de la cama y se vistió. Desde lo alto de su metro noventa la miró, convencido de que nunca más volvería a verla. Ella se había convertido en un problema de fatalidad y Steve ya había tenido bastante ración de aquello en su vida. Le besó la frente desde las alturas, sin tocarla y le rozó el cuello con dos dedos. Lu no se movió. Entonces se giró y se marchó y con ello Lucía, su hijo, su vientre de piel color aceituna de Campo Real, la ilusión que una vez tal vez pudo significar y en definitiva, todo lo contenido en la esfera llamada Lucía desapareció para siempre jamás en algún oscuro rincón de la memoria donde ya no es posible dar marcha atrás. Puff. Adios, Lu. Adios, niño.

 En la calle comenzó de nuevo a sentirse despejado. Tal vez aún existía la posibilidad de encontrar algún bar abierto o quizá un puti donde tomar una más que merecida dosis de alcohol. La noche rugía ahí fuera y se sentía bien otra vez, con la conciencia un poco más limpia. Salió del hotel del amor y se adentró en el agujero negro primordial de Madrid.






lunes, 19 de septiembre de 2011

Dios también bebe y Dios también fuma.



Eres un borracho intratable, me dijo Paulina cuando le pedí que me sirviera un trago más. Lo de borracho lo decía por mi insaciable sed  (a la que yo no tenía ninguna defensa), y lo de intratable, por mis maneras (maneras, según ella, de un barbaján).  Aquella noche deseaba contarme el rollo de su madre, y yo la escuchaba en silencio, prestándole más atención de la que ella misma sospechaba y mi  único delito fue solicitar un trago más. No me pones atención, decía, y yo no contestaba nada (hay veces que no me viene en gana discutir), me limitaba a dar sorbos al whisky y a mirar al horizonte. Intratable, decía, ¡un borracho intratable!

 Nena, le dije luego de un largo mutismo, yo no soy intratable, soy carismático, alegre, no hago mal a nadie, no pido nada a nadie y además, leo y escribo. Si de algo peco, ¡es de tolerante contigo!, agregué. A esto, ella gritó, transmutando todas mis virtudes en defectos, que yo no soy carismático y alegre sino cínico y alebrestado. Que si no molesto a nadie es porque nadie (enfatizó la palabra nadie) me interesa ni me importa un carajo excepto yo. Y que si no pido nada a nadie es porque nadie (enfatizó la palabra nadie) haría algo por mí ¡porque soy intratable! Para terminar conmigo exclamó que mi hábito de leer y de escribir es el síntoma de una enorme pedantería y que además de eso, no hago otra cosa que beber. Di un trago a la bebida y respondí: bueno, nena, no me sorprende que no puedas verlo de otro modo, todos tus novios antes de mí han sido efectivamente así: unos mamarrachos y unos simios pedantes, y ahora que tienes frente a tus ojos a un genio, no eres capaz de reconocerlo. ¡Genio mis ovarios!, gritó, ¡tú eres un borracho intratable, pedante y calentorro, y no otra cosa! Ya dije alzando los hombros, si yo soy todo eso, ¿qué serás tú para salir conmigo? ¡Una pendeja!, bufó. Vale dije, pero que conste que lo dijiste tú. Acto seguido, encendí un cigarrillo. Acto seguido, Paulina me arrebató el cigarrillo de la bocaza, lo aplastó sobre el cenicero y gritó: ¿pero sabes una cosa?, ¡esto se acabó! 

 Había perdido tantas mujeres en la vida que esta vez ya ni siquiera me importó. Ya me sabía el juego: Paulina saldría de mi vida y en su lugar llegaría otra mujer, más loca y más terrible, o más pend… ¡De ahora en adelante te voy a quitar el vicio!, sentenció Paulina. ¿Entonces, pregunté ingenuamente, no te vas? ¡Qué va dijo, si me voy te mueres! Vamos dije, no te creas tan importante. No es eso, imbécil, contestó, es que de verdad (aquí cambió el tono a un tono compasivo) si te dejo eres capaz de hundirte, río abajo, con la mierda. Ya dije, si te vas podría hundirme río abajo pero… con la mierda no, porque te habrías ido. Reí contento con mi broma y ella grito: ¿lo ves?, ¡intratable!, ¡eres un borracho intratable! Vale, vale, dije, ¿qué propones? Te ayudaré a dejar de beber y te enseñaré buenos modales, anunció con el tono de un ángel. 

2

Paulina no fue la primera mujer en intentar cambiar mi vida. Tampoco fue la que estuvo más cerca de lograrlo. Sin embargo, debo reconocer, fue la única que no utilizó para ello un método tiránico. Y aunque al principio estuvo bien, al final, el amor de Dios fue peor que el odio y el tormento de látigo

 La cosa estaba así: Paulina tenía la intención, (buena intención) de hacerme dejar el trago. Por mi parte yo no tenía la mínima intención (ni buena ni mala) de dejarlo, y creo que se predecía el fracaso. Se lo dije, sin embargo, Paulina, como buena mujer, fue una necia y dijo que ya vería yo cómo con la ayuda del Señor, cambiaría de opinión. 

 Lo primero que harás, dijo, será visitar a un tío mío que ha dejado el trago gracias a la ayuda de Dios. Carajo, nena, le dije, pero si yo no creo en Dios. No importa dijo, no es cosa de creer, Dios es Todopoderoso y él te curará. Verás, linda, dije, creo que estás equivocada respecto al Señor. Todo con él cosa de creer, de fe. Incluso su existencia depende de la fe. En la iglesia católica hay algo llamado Auto de fe. Y fe, ¡es creer! ¡Y yo no creo! Mi tío tampoco creía, dijo ella, y se curó. Mierda dije, hay un par de cosas que debes entender, a saber, uno, que mi alcoholismo no es una enfermedad; bebo porque quiero, y dos, que soy ateo; Dios y las hadas tienen para mí la misma importancia en la escala jerárquica de las cosas fantásticas, es decir, ¡ninguna puta importancia! Paulina se llevó las manos a la boca y exclamó, falsamente sorprendida: ¡mi tío pensaba exactamente igual que tú, y se curó!  Maldición, exclamé, no hay remedio contigo. 

 Encendí un cigarrillo bruscamente y dije que no, que definitivamente Dios y yo no nos entendemos. Pensamos todo lo contrario dije, y no es broma; Dios piensa que no debes desear a la mujer de tu prójimo y yo, mierda, deseo a la mayoría de las mujeres de todos los prójimos. Piensa que debes poner la otra mejilla y yo pienso que hay que mandarlos a que les den por culo. Piensa que se debe respetar a los padres y yo pienso que los padres deberían de respetar primero a los hijos, y así, ganarse su respeto. Él piensa que es malo el juramento y yo te juro que es bueno, y sobre todo, piensa que el trago es malo y yo creo que el trago es bueno, que hace la vida (esta puta vida de mierda a la que Dios nos condenó por el pecado original) un poco más soportable. Beber es una manera de no enloquecer y… Pero si tú ya estás loco, me interrumpió Paulina, el trago a ti no te ha salvado. Ya no tiene caso que sigas. No, no y no, es lo último que diré, dije, me rehúso rotundamente a meter a Dios en esto. ¿Seguro?, preguntó amenazadoramente. Seguro, contesté tajante. ¿Seguro?, preguntó otra vez. Que sí, coño, que estoy seguro. Pues en ese caso, dijo, te olvidas del sexo. Y cruzó los malditos brazos. ¡Dios, no, otra vez no, dije, se supone que eso ya lo habíamos superado! Sí dijo, pero es el único modo de hacerte entrar en razón. Te equivocas dije, ese no es el modo de hacerme entrar en razón. No hay modo de hacerme entrar en razón. Ese es sólo el modo de hacerme entrar en tu vagina. Como sea dijo, lo tomas o… Al borde de la desesperación  dije vale, vale, probaremos suerte con Dios. 

3

Me alegro que desees acercarte a Dios, me dijo el tío de Paulina en nuestra primera entrevista. Era un tío de unos cincuentaitantos tacos, pelo cano y aires de Pastor. Pertenecía a una secta cristiana y estaba orgulloso de haber sido bendecido por Dios, y de haber dejado el trago gracias a la gracia divina del Señor y a todo su poder infinito y bondadoso. Vale dije, muchas gracias pero yo… Dime, hijo, me interrumpió, ¿estás arrepentido de tus pecados? Verá dije, de eso justo quiero hablar, yo no… El arrepentimiento es el primero de los pasos para acercarte a Dios, nuestro Señor, me interrumpió de nuevo el hijoputa. No deseaba ser brusco con él porque siendo tío de Paulina, eso podía joderme el sexo. Vale dije, me alegro, es sólo que yo… No existe ninguna casualidad, hijo, si estás aquí (aquí significa su casa) es porque el Señor clama por ti. 

 Era un caso perdido. Resultó ser un fanático-religioso y tuve que dejarlo claro. Ya, dije cuando finalmente me dejó hablar, le agradezco infinitamente que usted y su dios estén interesados en la salvación de mi alama, pero si he venido aquí ha sido un error. ¿Cómo?, preguntó incrédulo al tiempo que me echó una mirada aviesa, lejos de ser la mirada de un buen Pastor. Sí, le expliqué, aquí entre nos, la cabro… coff, coff, Paulina, me obligó a venir pero sinceramente yo… no creo en Dios. 

 Increíblemente el cabronazo me dejó partir sin más. Asintió con la cabeza, dijo comprender, y me despidió, no sin antes decir que no debía perder la esperanza. No la he perdido, pensé, es más bien que jamás la he tenido. Y me fui.  Me pensé que estaba libre del asunto y que todo había salido estupendamente. Ahora Paulina no podría echarme en cara que no puse de mi parte. Había ido con el puñetero de su tío, como me obligó, y había salido airoso. Eso pensé, pero, vamos, ¿cuándo se ha mirado a un fanático-religioso rendirse tan pronto? 

 La semana siguiente, el sábado siguiente, me pegué una buena farra en un burdel barato de la calle de Donceles, y al día siguiente, cuando yacía sobre el sofá (no llegué a la cama), sufriendo las vicisitudes de la resaca, llamaron a la puerta de mi casa. Con toda la pereza del mundo sobre mis hombros, me levanté, abrí la puerta y me encontré con la cara del Pastor (que no era Pastor) frente a la mía. Paulina estaba detrás, y también los acompañaba un joven enfundado en traje sastre, con cara de homosexual, pulcro como culo de bebe, y al que me presentaron como el joven Isaac, miembro asiduo y virtuoso de la congregación  cristiana.

 Paulina fue la primera en entrar, la que los hizo pasar, y la que los acomodó en el sofá. Trajo un par de sillas para ella y para mí sin que yo pudiera hacer absolutamente nada. 

 Sonriendo estúpidamente les ofrecí algo de beber. Ambos aceptaron. Tomé a Paulina del brazo y la arrastré a la cocina, y una vez dentro le dije lleno de ira: o los sacas de mi casa o llamaré a la policía y los delataré por allanamiento de morada. Paulina me miró retadoramente y dijo que yo no me atrevería. ¡Que no me atrevería!, susurré entre dientes, ¡ya verás si no! Cogí el teléfono móvil e hice como que marcaba. Realmente no me atrevería. Ya, ¿policía?, fingí hacer la llamada, quiero reportar un allanamiento de morada, quiero que manden unas cuantas patrullas para mi casa y saquen a dos tíos que se han metido a mi casa sin mi consentimiento. Si pueden traer de esos cuernos de chivo que… Paulina me arrebató el teléfono. No miró que la llamada era falsa, y dijo okey, vale, cometí un error, pero, al menos escucha lo que tienen que decirte, ya están aquí y no te quita nada. Yo misma me los llevaré lo antes posible. Media hora, le dije, si en media hora no los sacas de mi casa los sacaré yo mismo haciendo señas de Heavy Metal, como a vampiros con cruces. Estaba furioso. Paulina lo sabía y esta vez cedió. Dijo que no tardaría más de treinta minutos, que dejara todo en sus manos y que si ella los trajo, ella misma los sacaría de allí. Bueno, dijo al fin, iré a ver si no han oído nada de esto.

 Paulina salió y yo me encontré ante un frigobar sin otra cosa dentro que cerveza. Pensé que sería impropio darle a esos gilipollas cerveza, así que abrí la alacena (que no guardaba otra cosa que media botella de whisky) y serví whisky. Al menos es más formal, pensé. Antes pregunté desde la cocina: ¿en las rocas o con agua? A lo que obtuve como respuesta la pronta presencia de Paulina. ¿Qué demonios piensas hacer?, me dijo mientras servía el primero de los vasos. Ya dije, es lo único que tengo. O cerveza, añadí mirando al frigobar. Carajo dijo, iré a la tienda por un refresco, por el amor a Dios, ¡guarda eso! Tranqui, tronco, dije, no creo que se cabreen si al menos yo… Paulina lo dijo todo con la mirada. 

 Regresé a la estancia con cuatro vasos. Uno, él mío, cargado de whisky. El joven Isaac me echó una mirada, como si hubiese visto al mismísimo Diablo. El pastor cogió uno de los vasos, que estaba impreso con publicidad de Plutarco Suites, y no dijo nada. Me dio la impresión de que ese Pastor sabía muy bien lo que es el mundo. Contrario al joven, que sería uno de esos nenasaz mimados y asustadizos. Tomé asiento en una de las sillas, y di un trago a la bebida. Coloqué el vaso sobre la mesa y no dije nada, y ellos tampoco dijeron nada. 

 Paulina regreso con el refresco. 

4

La cosa transcurrió patética. Hubo muchos asentimientos de cabeza y muchos silencios. Lo primero que hicieron fue regalarme una maldita Biblia. Pero si yo ya tengo una, dije dando un trago al whisky. Paulina tomó por mí el libro que el joven Isaac me estiraba y lo puso sobre la mesa. ¿Y la has leído?, me preguntó el Pastor. Si, contesté tajante. ¿Por completo?, preguntó el joven Isaac evidentemente orgulloso de haberla leído por completo él mismo. Sí, contesté tajante. ¿Y bien, qué te ha parecido?, preguntó el Pastor. Antes de contestar miré a Paulina, que ya me miraba. Luego contesté: bueno pues creo que… la primera parte no está tan mal. Tendrá algún pasaje rescatable, pero la segunda… vamos, Harry Potter tiene más acción. El Pastor se enderezó en su asiento y tragó saliva. El joven Isaac se escandalizó. Me explicó, nervioso, que Harry Potter es un libro de fantasía y que además es un libro hereje, y que la Biblia es la palabra de Dios, y el libro más leído en el mundo. No sé dije, Harry Potter es muy leído y acaba de salir, en cambio la Biblia tiene más de dos mil años. Paulina me dio un golpecito con el pie, en el tobillo. El Pastor comentó que mucha gente como yo, lee a la Biblia como a un libro más, pero qué él me enseñaría cómo se debe leer el libro sagrado. Paulina me abrazó y dio las gracias a su tío, dijo que ella misma estudiaría la Biblia conmigo. Antes de que pudiera decir algo más, Paulina me propinó otro golpecito en el tobillo. Cogí un cigarrillo de la mesa y lo encendí. El joven Isaac hizo una mueca de asco y de miedo. Pobre manso de mierda, pensé, pobre, pobre, pobre; la cristiandad le ha castrado el alma. Ofrecí un cigarrillo a todos. El Pastor se negó, dijo haber fumado lo suficiente en su vida. Y el joven Isaac, mierda, dijo que jamás había fumado, y lo dijo orgulloso. ¿Cómo puede estar alguien tan orgulloso de ser tan gilipollas? Me echó el sermón de que el cuerpo es el Templo de Dios, y hay que cuidarlo. Ya dije, si el cuerpo es el templo de Dios, vaya que yo le tengo una fiesta. 

 Aquí sucedió algo inverosímil. El pastor hizo dos gestos que me dejaron impactado. El primero fue una risilla, discreta, muy discreta al escuchar mi comentario, y el segundo, fue una mueca de hastío al escuchar el comentario, pero sobre todo el tono con que hizo el comentario, el joven Isaac. El comentario fue que con la ayuda de Jesús yo dejaría de fumar y de tomar, y me convertiría en una buena persona. A Paulina tampoco le agradó este comentario. El muy imbécil estaba afirmando que yo no era una buena persona y vamos, hasta para los puñeteros cristianos eso no está bien. Por mi parte estaba seguro que el idiota del joven Isaac ni siquiera supo lo que hizo, que fue un simple error de redacción, y que era inocente de prejuzgarme. Acto seguido Paulina se levantó, prometió que asistiríamos a las reuniones en los templos y los despidió. 

 ¿Notaste la cara que puso mi tío al escuchar lo que dijo Isaac?, me preguntó Paulina cuando se fueron. ¿Qué cara?, me hice el desentendido, deseaba comprobar si efectivamente ella miró lo mismo que yo miré. No sé dijo, una cara rara. ¿Qué hay con esa cara rara?, pregunté. Paulina hacía muecas tratando de darse a entender pero ni ella misma lo sabía a ciencia cierta. Olvídalo dijo, no tiene importancia. Ya dije, qué lata das, ahora vete y déjame pasar la resaca. 

 Paulina se largó. 

5

Yo también me quedé pensando en el gesto del Pastor. Es como si la máscara se le hubiese zafado un poco y dejado así entrever el verdadero rostro. Y ese rostro verdadero es lo que me dejó intrigado. 

 Así que pasados unos días sentí el llamado de Dios, o lo que sea, y me fui a casa del Pastor. Me planté frente a él. Le dije que necesitaba hablar de algo urgente que acongojaba mi alma, y me hizo pasar, a regañadientes. El muy cabrón no me esperaba y entonces no era tan grato ni tan bondadoso. Lo que sí es que él se presentaba en las casas de los demás sin avisar, esperando que lo recibieran con flores y halagos.  

 Me hizo sentar en la mesa del jardín, y cuando estuve frente a él, y me preguntó que qué cosa me tenía tan alterado, saqué un cigarrillo de la chaqueta, lo encendí, y luego saqué otro cigarrillo de la chaqueta y se lo estiré. He dejado el vicio dijo, no fumo. Eso ya lo sé, le dije sin dejar de insistir en que el cabronazo tomara el cigarrillo. Lo miré directo a los ojos y trataba de decirle mentalmente: yo conozco tu secreto, no hay problema, estás a salvo conmigo. Pero no cogió el cigarro, dijo que por favor no insistiera, que él estaba bendecido por la gracia de Dios y que mi acto era una ofensa. Yo no retiré la mano. Continué estirándole el cigarrillo. Finalmente lo cogió y lo puso sobre la mesa. 

 Comenzó a echarme un sermón, literalmente un sermón, y yo pensaba la manera de llegar al fondo de su corazón donde estaba seguro, había vicios y oscuridad. Iba preparado. Le interrumpí el sermón, que realmente no estaba escuchando para pedirle un par de vasos con hielos. Asombrado se levantó pero sólo trajo un vaso con hielos y otro sin hielos. Tomé el vaso con hielos, serví whisky que saqué de la licorera y lo coloqué al alcance de su mano. Dando a entender que se lo ofrecía. Luego serví whisky para mí en el vaso solo, y alzándolo, dije: salud. 

 El Pastor quedó anonadado. ¿Qué pretendes?, me dijo indignado. No dije nada. Lo miré a los ojos, yo sabía que el hijoputa debía ceder en algún momento. Podía oler sus malditas ansias de pegarse un trago y toda su hipocresía con ese jueguito del Pastor. Yo lo sabía: le repugnaba el joven Isaac tanto o más que a mí, y le repugnaba toda la congregación cristiana. ¿Qué pretendes?, preguntó de nuevo pero esta vez menos enérgico. Va perdiendo fuerza, pensé. Nada dije, sólo deseo platicar mientras bebemos un trago. Yo no bebo, exclamó, te he dicho que no bebo, que dejé de hacerlo gracias a la fuerza de Dios. Vamos dije, de eso quiero hablar, no me diga que usted realmente cree toda esa mierda. ¡Claro que la creo!, alzó la voz, Dios es toda mi vida y gracias a él me alejé del vicio del alcohol y de otros peores. Enmudecí. Bajé la mirada, me sentía derrotado. Quizá este pobre hombre realmente se creía todas esas patrañas. Vale dije, lo siento, por un momento pensé que usted aún era hombre, pero veo que ya sólo es una mansa oveja. No debí… No te apures, en el fondo te comprendo, dijo. ¿De verdad?, dije apático, y entonces, si me comprende, ¿por qué coños no me deja en paz?, ¿por qué se presenta en mi casa y me obliga, porque usted sabe muy bien que prácticamente me obliga, a asistir a su circo de cristianos? Porque mi sobrina está preocupada por ti y desea verte sano, no enviciado en el alcohol, contestó.  Eso no es motivo para obligar a nadie, yo estoy triste por ella, porque la pobre se cree las pavadas de Dios y no por eso la obligo a ser atea, me defendí. 

 Aquí, el Pastor coge el cigarrillo. Lo mantiene entre los dedos. ¿A qué te dedicas, hijo?, me pregunta y no deja de mantener entre los dedos el cigarrillo y lo mira. Soy escritor. Escribo, respondo. ¿Te gusta la música?, pregunta un tanto fuera de tema. Ya digo, pues sí. Yo era músico, ¿sabes?, uno muy bueno. Hace girar el cigarrillo con los dedos. Tocaba en una banda de rocanrol, no hacíamos llamar los Pis an lov. Querrá decir Peace and love, corregí. No, dijo riendo, esa banda, los Peace and love, ya existía, nosotros éramos Pis an lov. Vale, dije y me pegué un trago de whisky solo. Miró cómo lo hacía, desinhibido, y por un segundo, o fracción de segundo, miré entreabrirse sus labios y la lengua rosando por dentro el borde. 

 Comenzó a contarme toda su puta vida. Si seré bueno para eso, pensé, la gente me mira y me cuenta su puta vida. Dijo que allí, en las tocadas y en los ensayos de los Pis an lov fue donde cogió el trago. Grabamos un disco en la compañía disquera de un amigo nuestro, que quebró justo después de que nosotros grabáramos. Había grabado a treintaisiste bandas y dos de ellas fueron un éxito, pero pisamos el estudio nosotros y la productora quebró. Claro que no fue debido a nuestra causa pero siempre lo miramos como un mal presagio. Nos llenamos de esa mierda la cabeza. Es la primera vez que yo lo escuchaba decir la palabra mierda. Ya sabes dijo, si tú crees que la suerte no está de tu lado, no hay modo de que lo esté. En adelante Pis an lov se hundió hasta lo más profundo. Se pega el cigarrillo a los labios. Ya no habla para mí, habla más para sí mismo que para mí. Se pega el cigarrillo pero no lo enciende. Juega con él en sus labios y me mira beber despacio. Por mi parte, dice, comencé a beber como un cerdo. Era capaz de beber durante días enteros. Tocábamos en algunos eventos de mediana audiencia y todo el dinero que ganaba lo consumía en alcohol. Si me ponías enfrente un plato de comida o una botella, cogía la botella. No importa si no había comido en toda la semana. Solía pensar que el alcohol espanta al hambre, y es verdad, pero ¿sabes?, lo malo es que la espanta y ya no regresa. Bajé de peso como no tienes idea. Pero eso sí, yo era un As con la guitarra. Componía la mayor parte de la música de las canciones y la mayor parte de las canciones. 

 Comienza a divagar entre lo bueno de su vida rocanrolera y lo terrible de la situación con el alcohol. Me pegaba tremendas farras y lo peor, es que mezclaba la bebida con anfetaminas. ¿Has probado las anfetaminas?, me pregunta. No, digo. Nunca lo hagas dice, es la muerte. Pero el rocanrol es la pura vida, dice, ¿te gusta el rocanrol? Sí, me gusta, asiento con la cabeza para enfatizar mi gusto y doy un trago al whisky. Es el último trago, mi whisky se ha terminado. Sacó la licorera y sirvo un poco más. Lo mira caer afrodisiaco de la licorera al vaso. Aplasto la colilla de mi cigarrillo con el pie, y enciendo otro cigarrillo mientras le escucho. Le echo el humo de tabaco al rostro. Entra por su fosas y sigue narrando la breve biografía de los Pis an lov. Estaba Larry, dice, en las percusiones, Henry en el bajo, y Mark en la voz. Yo hacía de guitarra y teníamos tremendas rolas. Todavía sé tocar algunas, dice, pero la mayoría las he olvidado. Desde que encontré el camino de Dios he olvidado casi todo lo que me gusta.

 Aquí se pone melancólico. Comienza una perorata que ligeramente deja adivinar que lo hará. Se queja levemente de sus tareas cristianas. Apenas rasguña las ideas del credo. Y al final, ¡mierda, lo hace! Coge el encendedor que yo he dejado sobre la mesa y antes de encender el cigarrillo dice: me fumaré este cigarrillo y me beberé el whisky, porque, ¿sabes?, Dios también bebe y Dios también fuma. Tiene que hacerlo, carajo, dice al tiempo que enciende el cigarrillo, porque de lo contrario enloquecería. Yo lo miro sorprendido. Es lo más estúpido que he escuchado decir a alguien sobre Dios. Y no lo puedo creer, el Pastor fumando y bebiendo. Coge el vaso con whisky en las rocas que le he servido y lo bebe al hilo. De un trago. Azota el vaso en la mesa y me pregunta si acaso me sobrará un poco más. Reviso la licorera y le digo que sí. Le sirvo y se suelta de lo lindo a contarme cómo es que a veces no soporta al pendejo (realmente usa la palabra pendejo) del joven Isaac y de todos los jóvenes cristianos que son unos puñetas y unos maricones, dice. Qué saben esos jóvenes de la vida, exclama, si no han tenido sexo, drogas ¡y rocanrol! El mundo se los comerá vivos, dice. No pueden ni limpiarse el culo sin pedir ayuda a Dios. Dios, exclamo, creo que está siendo usted muy duro con ellos. Ahora yo estoy nervioso. He desatado a un perro encadenado. No dice, al contrario, soy suave porque no me quejo (dice al tiempo que se queja) la cristiandad me lo ha dado todo. Me ha dado una casa y alimento. Es por eso que estoy aquí, porque a mí estos hermanos me recogieron de la nada. Yo no tenía ni en qué carme muerto y ellos me ayudaron a levantarme, y lo agradezco, pero maldición, a veces me dan ganas de decirles unas cuantas cosas. Pero callo porque me han ayudado. Ellos me han ayudado. Dios no, dice, él no. Dios es culpable de todos nuestros males. No nos ha perdonado que hayamos comido de su puto fruto maldito. Silencio. 

 Bueno, dice levantándose de la silla, eso es lo que querías, ¿no?, que te dijera la verdad. Pues ya te la he dicho, ahora anda, vamos a por una botella, con lo que traes en tu licorera no nos alcanzará. Vale digo y le sigo hasta la calle. Allí abre la puerta de su coche y me hace subir. Conduce hasta una calle que desconozco y me dice que baje, que a la vuelta está la vinatería y que compre una buena botella (me estira la pasta) que él no lo puede hacer porque es bien sabido que él es… sí, digo, entiendo, no hay problema. 

7

¿A dónde vas tan risueño?, me pregunta Paulina. A estudiar la Biblia con tu tío, digo. Pero si hoy es jueves, los estudios son en sábado, dice. No digo, cambié el día por jueves, me acomoda más. ¿Ah, sí, y por qué?, pregunta sospechosa. Porque los jueves es cuando más me vienen las ganas de tomar y así, estando en casa de tu tío estudiando la palabra de Dios, me controlo. Tiene sentido dice, me da gusto que se hayan entendido bien. Sí digo, es muy agradable, ¿sabías que era rocanrolero? Ríe y dice que sí, que su grupo se llamaba Pis an lov. Así es le digo, ¿qué cosas no? Pues sí, contesta. ¿No te llevas la Biblia?, me pregunta al verme salir.  Coño… digo, Dios, es cierto, ¿la has visto por algún lado? Está en la mesa, donde la dejé yo el día que te la regalaron, ¿es que no las has tocado?, dice. Ya digo, es que he estado usando la mía, ya sabes, la vieja. Bueno, vale, dice, qué te vaya bien. Sí, nena, gracias. ¡Oye!, grita antes de que me largue. ¿Sí?, pregunto harto pero fingiendo dulzura. Le prometí a mi tío que estudiaría la Biblia contigo, mejor me voy con ustedes, dice. Mierda, pienso. No, nena, no es necesario, el que debe curarse soy yo. Lo sé dice mientras se pone los zapatos, pero quiero solidarizarme contigo. No, no, de verdad, insisto, no es necesario, yo entiendo,  y además… me gusta ir solo. Paulina no lo cree. Sospecha que algo está pasando pero por supuesto no sospecha que todos los jueves el Pastor y yo le pagamos al trago. Así él tiene el viernes para curarse la resaca y estar limpio el sábado en el templo. ¿Seguro?, dice ella. Seguro, preciosa, ya sabes, es que… a veces tu tío y yo hablamos… de hombre a hombre y no creo que sea buena idea que tú… Okey dice, entiendo. Estupendo nena, bueno, me piro, ¡nos vemos luego! Dale, amor, estudia duro... ¡Sí!





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