martes, 30 de agosto de 2011

¡No me haces un favor, zorra!


Hasta parece que sólo gozo yo. Que es cosa mía, dije sentado en el sofá sin perder la esperanza de que Paulina se quitase la ropa y se dejase follar. Paulina sentose a mi lado, con las piernas y los brazos cruzados. Antes cogió un cigarrillo y lo encendió. Yo cogí un cigarrillo y lo encendí. Expulsando el humo de las primeras bocanadas sobé el hombro de Paulina. ¿Ahora qué pasa?, pregunté desanimado. Paulina ya me había echado el rollo de la menstruación, de la jaqueca infernal, de los cólicos, el mareo, la infección vaginal. Me da la impresión de que sólo me quieres para… para eso, dijo esta vez. Ya dije, ¿y qué más da si sólo te quiero para eso?, pregunté indignado, porque era evidente que no la quería únicamente para el sexo. Ella lo sabía. Lo sabía perfecto. Paulina frunció los labios y echó la cara para el lado contrario al que estaba yo. ¡Acaso no lo disfrutas tanto como yo!, dije. Paulina no contestó. Riendo, me levanté del sofá y me puse un whisky en las rocas. Paulina empezó con el asunto podemos hacer otras cosas. ¿Y es que no las hacemos?, pregunté desde la cocina. Paulina no contestó. ¿No fue ayer mismo que fuimos al museo?, pregunté como si de verdad no lo recordara. ¿No fuimos la semana pasada a esa fiesta de mierda? ¿No visitamos a tu… Madre, el jueves pasado? ¿No salimos con Garrison el sábado? ¿No te llevé a ver aquel espectáculo que tanto jodías con ver, eh, el de los titiriteros, apenas el martes? ¿Y no llevamos ya casi un mes asistiendo a esas puñeteras clases de filosofía zen? Paulina no contestó. Sin embargo, dije, ¿sabes que no hacemos? Hice una pausa. Paulina no decía palabra. ¡El amor!, grité. ¡Eso sí que no lo hemos hecho! Paulina pidió que me callara, según ella estaba exagerando las cosas. Di un sorbo al whisky y me callé. ¡A la mierda!, fue lo último que dije. Paulina se levantó del sofá, y se marchó. No la detuve, ya podían darle por culo. 

 Las mujeres y yo jamás nos entenderemos, pensé mientras hacía sonar a Wagner en el estéreo. ¿Es que acaso no hablamos el mismo puto idioma? No, me respondí sirviendo un whisky en las rocas. Yo hablo el idioma de la verdad y la sinceridad. Sinceridad que ellas confunden con cinismo. Lo confunden todo. Lo tergiversan todo. Siempre a su manera. A su convenir. Encendí un cigarrillo. Ellas en cambio, continué pensando, hablan el idioma de la hipocresía. Mienten siempre, a todo mundo pero sobre todo, se mienten a ellas mismas. Viven en una burbuja de irrealidad. De vanidad y de glamur, cuando las pobres no tienen vanidad ni glamur. Lo único que tienen es miedo y necesidad. Y tienen la cabeza llena de prejuicios y sueños de princesa. Vamos, las princesas también follan. Yo mismo las he mirado correrse debajo de mí, y al instante siguiente, reprocharlo todo con chorradas como la moral y el orgullo. ¿De qué sirve el orgullo? ¡De nada! Pero ellas son capaces de dejarse morir por orgullo. El sexo es una cosa de dos, ¡entiéndalo! 

 ¿Ya?, contesté el teléfono móvil. Era Paulina. Había salido de casa y había marcado pasados veinticinco minutos. No se había ido. Rondaba cerca, en una banca o algo, y pensaba.  ¿Estás mejor?, preguntó. Se pensaba que yo estaba cabreado. No lo estaba. Estaba harto. Mierda, contesté, estoy mejor, ¿y tú? Dijo estar mejor y propuso volver de inmediato, pero sólo si yo… estaba mejor. Lo que significa que volvería sólo si yo dejaba de insistir en follar. A esas alturas me daba igual. Siempre habrá una puta barata, pensé, por ciento sesenta pavos me puedo ahorrar todo este lío. Vale, nena, le dije, si tú quieres volver, si realmente quieres volver, puedes hacerlo. Y si no, puedes irte a la mierda, agregué entre dientes. ¿Cómo?, preguntó. Nada, dije, que estoy mejor, que puedes venir si quieres. Yo quiero ir dijo, sólo que… ¡no me gusta cómo me tratas! Suspiré, y haciendo un enorme esfuerzo por no perder el control, dije: pongamos las cosas en claro. Yo cumplo todos tus malditos caprichos y cuando te pido echar un polvo, soy el peor bastardo que has tenido por novio. Así es como te trato. Vale dijo, voy para allá. Colgamos el teléfono. 

 Ponme un whisky en las rocas, dijo al entrar. Le puse un whisky en las rocas y nos sentamos en el sofá. 

 Bueno, dije rompiendo el silencio, ha quedado claro que no lo vamos a hacer. ¿Qué quiere hacer la princesa? Paulina dijo que callara, que yo era un tonto, que ese no era el modo de tratar a una mujer. Cierto dije, en eso tienes razón,  este no es el modo de tratar a una mujer. Lo dije con tono falsamente consolador, y luego añadí, gritando: ¡ya debería yo enseñarte el modo! ¿Ah, sí?, exclamó Paulina, beligerante, ¿y cuál es ese modo? Di un trago a la bebida y contesté: debería darte una surra y follarte ahora mismo. Rió. Donde me pongas la mano encima, cabronazo, dijo y salió con el sermón de los derechos humanos, y los derechos de la mujer, y los derechos de su puta madre, y la ley. Todos tienen derechos en esta perra vida menos un hombre con ganas de coger. Como si el sexo matara. Como si el sexo dañara, pensé. Ya no deberían llamarlo violación, ya deberían llamarlo: ¡favor! Ya dije, olvídalo, sabes que no sería capaz. Soy un esclavo de tu vagina. No soy amo de tu vagina, soy un maldito esclavo. Cruzó los brazos, lo pensó, rió a carcajadas, y luego lo soltó: vale dijo, hagamos una cosa. ¿Qué cosa?, pregunté ingenuamente. Lo haremos una vez por semana, dijo, a cambio, accederás a asistir conmigo al curso de budismo.  Encendí un cigarrillo y exclamé al borde de un ataque de nervios que un vez por semana es demasiado poco. Vale dijo, dos veces por semana. El curos es tres veces por semana, dije. Dos veces, lo tomas o lo dejas, sentenció Paulina. ¡Lo tomo, coño, lo tomo!, grité. Acto seguido dije: ¿Por qué tienes que hacer las cosas de este maldito modo? Alzó los hombros y volvió a sentenciar: lo tomas o… ¡Que lo tomo, lo tomo!, interrumpí. Ya ves, dijo sonriendo, ya nos estamos entendiendo. Cabrona, pensé.

 Paulina se levantó al sanitario y cuando regresó, lo hizo con un folleto que sacó del bolso. El folleto de las clases de budismo. ¿Qué se tare últimamente el mundo con esto del Budismo?, pensé. Lo inspeccionó. Podemos asistir lunes, miércoles y viernes, dijo, de seis a ocho, ¿cómo ves? Ya dije, me da exactamente igual, con tal que te dejes follar. Y lo hacemos martes y jueves, dijo ignorando mi último cometario. Ya dije, ¿y qué hay de los fines de semana? Ya veremos dijo, si te portas bien quizá… Me tenía tomado por los cojones. Todos sus trucos mujeriles estaban funcionando. Ahora sería ella la ama y señora de mis cojones. Controlaría mi vida sexual como se controla la alimentación de un bebé. En dosis. Con agenda. Martes y jueves. ¡Dios! ¿Qué podía hacer?, de alguna u otra manera tenía que follarla. Paulina se levantó y se puso otro whisky en las rocas. 

 ¡Coño!, exclamé la mar de entusiasmado, ¿sabes qué día es hoy, eh, nena, sabes qué puto día es hoy? Era martes. Nada dijo, ni lo piense, el curso empieza la próxima semana. ¡Hasta la próxima semana!, grité desesperado. Ya dije, entonces será un polvo extracurricular. Lo dije maliciosamente y acercando mi boca al cuello de Paulina. Rió y dijo que no, que tenía un dolor de cabeza terrible. Y añadió que el dolor le venía de nuestra discusión y de mis maneras. Bebe unas copas más y te sentirás mejor, dije, verás que sí. No lo creo dijo, y además, ya me voy, he quedado con Madre y es tardísimo. No hay modo dije, ¿no hay modo en el infierno que cedas un poquito?, nena, anda, vamos, a ti también te gustará. Eso no lo dudo dijo, pero no somos animales y debemos aprender a aguantar. ¡Aguantar!, mierda, ¿de qué coños sirve aguantar?, es como decir que debemos aprender a clavarnos agujas bajo las uñas, ¿de qué sirve? ¡DE NADA SIRVE!, grité. Bufó. Como sea dijo, se me hace tarde. Se empinó el resto del whisky en las rocas que quedaba en su vaso y tomó el bolso de mano. Se me va, pensé, se me va la oportunidad del día de hoy y tendré que esperar… ¡hasta la próxima semana! Vale, le dije, que Dios te bendiga. Y la persigné. Sarcásticamente.


 Pasadas tres horas tuve que hacerme un par de pajas, pensando en lo cabrona que es esa Paulina. 

 Sin embargo las pajas no estuvieron mal. 

2

No es posible meditar hambriento de sexo, dije a Paulina salidos de la clase de budismo, cuando me regañó por hacer el indio. No fue mi intención. Simplemente me dejé llevar por el hilo de mis pensamientos. Primero pensé en lo ridículo que es esto. Mientras el maestro budista, un mexicano gordo y pelón, nos hacía contar el numero de nuestras respiraciones, yo pensaba en lo mejor que estaría echado en mi viejo sofá. Luego pensé que mañana sería martes. Finalmente lo haría con Paulina. Allí fue donde perdí el control. Comencé a imaginar cómo se lo haría. Me gusta visualizarme follando. Primero que se ponga encima, pensé, para calentar la cosa. Me vino la duda entre continuar con ella debajo, o con ella a un lado. Ninguna de las dos posiciones quedará excluida, pero, ¿por cuál me gustaría empezar?, me preguntaba. Entre todo eso escuché la indicación de repetir algún mantra, algún cántico o una cosa así. Escuché las palabras ininteligibles pronunciadas por el instructor, y a todos esos gilipollas repitiendo como loros, cosas que no entendían un carajo. Son pocos los que investigarán el significado, pensé, y luego continué pensando en las nalgas de Paulina vistas desde una posición sexual. Sin repetir los mantras. Tuve una interrupción en la secuencia de mis pensamientos, y pensé en una hamburguesa, y en un vaso con whisky. Pensé que si tuviera que decidir, me inclinaría por el whisky. Pensé que luego de beber me daría hambre. Y que sería capaz de cambiar todo el whisky del mundo por una sola hamburguesa. Pero me odiaría después por ello y desearía con el alma un trago de whisky. Más o menos así es el hombre, pensé. Nunca está contento con lo que tiene y siempre desea lo que ha dejado ir. Entonces me vino la idea de no ser un gilipollas, uno de esos que no disfrutan el presente. Sin embargo, hablar del presente, de disfrutar el presente y de filosofía zen, me recordaba a una ex novia a la que no deseaba recordar, y dejé de pensar en ello. Me pregunté la hora y me contesté que debían ser pasadas las seis con treinta o quizá cuarto para las siete. Y que estaba a unas dieciocho horas de mojar la brocha. Pensé que me encantaría hacerlo con Paulina y alguna otra chica. Pensé en la chica de atrás, una tía que miré al llegar y que no estaban nada mal. Pensé que me encantaría follarla. Incluso sin Paulina. Traté de recordar el trasero que portaba y que yo había mirado tan solo un par de segundos. No pude mirarlo más. Y pensé que era un buen trasero, y quizá no sería mala idea venir a esta chorrada. Después de todo, uno nunca sabe. Podría salir un polvo de aquí. El ochenta por ciento de los practicantes son mujeres. Y el treinta por ciento de ellas están pero que muy bien. También había mirado a otra jebita, de unos veinte años, rubia y de muy buen ver. Pensé que si tuviera que elegir a un sola la erigiría a ella. A la rubita. Paulina podía irse a la mierda, con sus maneras de joderme el sexo estaba cada vez más lejos de agradarme. La jebita si que lo gozaría, pensé, no sería tan gili como Paulina. Le daría toda la noche. Junto con la tía del pantalón azul, que es la primera tía en la que pensé, la de atrás. Luego  recordé que ésta no es la única clase, que hay muchas más y en ellas, muchas mujeres más. Mujeres en telas cómodas, en blusas holgadas, y mujeres flexibles como ellas solas. Y además están locas. Uno debe estar loco para asistir a algo así. Y yo, me dije, soy un imán de locas. Ya sabes, esas tías, hippies y cosas, que creen que follar es lo más natural. No como Paulina, pensé cabreado con ella por ser tan necia. Mujeres que no ponen la menor resistencia. Mujeres que comen verduras y cagan menos mierda que el promedio. Porque los vegetarianos cagan menos, y más blanco; como perros, pensé. Algunos perros echan cagada blanca. Caca blanca, pensé, ¡es la hostia!, quizá deba hacerme vegetariano y salir con una vegetariana. Algunas hasta les gusta eso del tantra. Pondría un harén, pensé, un harén de tías locas, vegetarianas y que meditan por las mañanas. Todas rubias y flexibles, buenazas y bien dispuestas. No como la cabrona de Paulina. Ella puede buscarse otro novio, pensé, uno que no le guste coger. Un marica o algo. 

 Entonces abrí los ojos y me encontré con todos los practicantes a mi alrededor, mirándome soñar extasiado, sin seguir ya ninguna de las instrucciones. Creo que se quedó dormido, escuché decir a alguno. Paulina estaba frente a mí, avergonzada porque no me levanté cuando todos debimos levantarnos e inclinarnos ante el becerro de oro que había delante, y ofrendar las flores que paulina había traído para ello. Ella trajo mis flores y trajo las suyas, y dijo que era muy importante, que en algún momento debía caminar al altar (que no era un becerro de oro, por supuesto) y depositar las flores a los pies de la estatuilla de metal. Yo lo olvidé por completo y me quedé allí, sentado (¡ni siquiera en flor de loto!, exclamó Paulina) extasiado y evidentemente, sin meditar. 

 Tenías una cara de pervertido, dijo Paulina. Me hiciste pasar la mayor de las vergüenzas. Ya dije, no es para tanto, yo mismo escuché algunos ronquidos. No es verdad, dijo. No era verdad, pero estaba seguro que más de uno podría quedarse dormido con dos horas de cerrar los ojos y escuchar los monótonos cánticos. Es ciencia. Bueno dije, ya, lo siento, no fue mi intención. ¡Para eso me hiciste comprar las flores!, exclamó. Vamos, nena, dije, pero si ya están en ese puto altar, que al caso, es la finalidad, ¿no? Tú no entiendes nada dijo, todo lo haces mal, nada te importa. Aquí me cabreé y me defendí. No, dije, tú eres la que no entiende nada. Yo lo entiendo muy bien: es un grupo de gilipollas, ¿no ves cómo funciona la cosa? ¿De dónde crees que sacan el dinero para tener esa casona? (las clases se impartían en una gran casa, carísima a simple vista, en la colonia Condesa, o en la colonia Roma, que al caso es la misma mierda). Lo sacan del grupo de gilipollas que hoy han ido en busca de la felicidad a escuchar a un mexicano repetir malamente las instrucciones de un monje budista de verdad. Aunque, sinceramente, dudo mucho que ese mexicano haya visto una sola vez, en toda su puta vida, a un monje de verdad.  El mundo ya no es como antes, dije,  ni quiera es necesario venir hasta acá, puedes aprender a meditar por Internet. Sin embargo esta gente viene más por curar su soledad que por otra cosa. ¡Gilipollas de mierda!, dije. Paulina contradijo mis palabras. Dijo que es imposible aprender a meditar por Internet porque primero se requiere aprender los cánticos. Pues los cánticos también deben estar en Internet, dije. Pero como sea, por Internet o aquí, esto del budismo mexicano es una patraña. Una estafa. Otra vez, un listillo que ha olido una necesidad. Así es siempre. Alguien huele una necesidad en la gente, ¡y se forra! Sin escrúpulos. 

 Paulina ya no quiso saber nada más y me dejó allí, para que hiciera el camino a casa solo, y abandonado. La miré partir y antes de que saliera de mi campo de visión, grité: ¡pero mañana es martes y mañana nada te salva!, ¡yo he cumplido con mi parte! 

3

El martes Paulina no se apareció por mi casa. No llamó, ni contestó las llamadas que yo desesperadamente le hice. Había cumplido mi parte y era tiempo de que ella cumpliera la suya. Tuve que soportar las clases de budismo, a pesar de que le advertí que yo pasaba de esas cosas. Tuve que meterme allí, sentarme con las piernas cruzadas y cerrar los ojos. Así que ahora me importaba poco si a ella le placía o no hacerlo, ¡lo tenía que hacer conmigo! La había esperado. Había hecho al pie de la letra todo lo que propuso, y no se iba librar así de fácil. Se cree que porque es mujer, pensé. Se cree que tiene derecho, pensé. Sobre todo, pensé, cree que me tiene comiendo de su mano. Pero si no viene hoy se puede ir a la mierda. No estaré sufriendo por sexo con mi novia. Si no fuese mi novia, otra cosa sería, pero es mi novia, Dios. 

 Aquel martes no vino. No se comunicó conmigo. Desapareció de la faz de la Tierra, y el miércoles, a las cuatro de la tarde, regresó del infierno para decirme que por favor, la recogiese en el metro para ir al centro budista. No, le dije tajante, no pienso pisar ese centro una vez más en toda mi puta vida. Si eso es lo que quieres, dijo, ¡olvídate del trato! No, dije, ¡olvídate tú del trato, y olvídate de todo! ¿Y eso que significa?, preguntó fingiendo serenidad. Pues significa lo que significa, dije. Colgó el teléfono bruscamente y no volvió a llamar sino hasta el viernes, y para lo mismo. Deseaba que yo la acompañase, y esta vez, dijo que si lo hacía, sería justamente recompensado el sábado, o el mismo viernes saliendo, si yo lo deseaba. Me lo pensé dos veces. Por un lado no quería ceder porque ceder era entregar el control de mi vida a las manos de esa mujer, y por otro, me moría por follar a Paulina. O a quien sea. Y Paulina era en ese momento lo más cercano a un polvo que yo tenía.  A pesar de todo, un polvo es un polvo, me dije, y le dije que sí, que pasaría por ella al metro para ir al Templo budista. 

 Mira, sólo te advierto una cosa, me dijo Paulina antes de entrar a la casona: si estás aquí, es porque quieres estar aquí, nadie te ha obligado así que pon de tu parte y no te quejes. Reí y contesté que no había nada más alejado de la verdad. Yo estaba siendo obligado, por medio de una manipulación sexual, a asistir a esta mierda. Y dije que además de ser obligado, era traicionado porque el martes y el jueves… Ya, dijo, no empieces o aquí mismo dejamos la cosa. ¿Qué?, exclamé lleno de coraje. Ya era suficiente. 

 Encendí un cigarrillo justo a la entrada del templo. ¡Qué haces!, dijo, tira eso, aquí no es bien visto fumar, aquí la gente se interesa por su salud. Además apestarás a tabaco y todos te olerán allá dentro, será incómodo, ¿qué no piensas o qué? Lo dijo hastiada. No contesté. ¿No me has oído o qué?, dijo Paulina insistiendo que tirara el condenado cigarrillo. Te he oído perfectamente, respondí. ¿Entonces?, preguntó extrañada. Entonces, dije, pues entonces que no me da la gana tirar mi puto cigarrillo. Es mi cigarrillo y es mi salud y me importa un pito si a esos come mierda no les parece mi actitud o mi vicio. 

 Paulina me tomó del brazo, me alejó, y dijo que teníamos que hablar, que no era justo, y que mi actitud era la actitud, justo la actitud de un patán, y la actitud que más odia en un hombre. Y tú actitud, dije, es la que más odio en una mujer. Me dio la espalda y preguntó si había terminado con el cigarrillo. Ya dije, no he terminado. Cruzó los brazos y zapateó, justo como he mirado hacer a tantas mujeres, y siempre que lo hacen es porque el final está cerca. 

 Acabé con el cigarrillo, aventé la colilla al suelo y la pisé. Bueno dijo ella, no perdamos más tiempo, anda, que ya han empezado. Que empiecen sin mí, dije. ¿Cómo?, preguntó como si no lo hubiese escuchado claramente. Que empiecen sin mí, repetí, no pienso entrar. Paulina bufó y preguntó si yo estaba seguro. Lo hizo en tono de amenaza. Más seguro que nunca en mi vida, dije. ¿Seguro?, insistió, porque si no entras ahí… Puedes guardarte el coño, dije, ya no me interesa. Así que todo esto es por eso, dijo sorprendida, como acabándolo de descubrir. No dije, todo esto es por tu poco seso. Porque fue idea tuya manejar nuestra intimidad como si se tratase de un premio, de un hueso para un perro, de un pesar para ti. Como si yo fuese el único que la goza. Pero sabes qué, grité: ¡no me haces un favor, zorra! Paulina quedó impactada. Llevábamos dos meses de relación y nunca le había gritado. Quiero decir, no enserio. ¿Cómo?, dijo impactada. Lo que escuchaste, le dije alzando la voz, que no me haces ningún favor haciéndolo conmigo. El sexo es cosa de dos y la verdad, no eres la única mujer en este puto mundo. Ya me cansé de mendigarte un poquito de himeneo. ¿De qué?, preguntó. De sexo, coño, de sexo, repetí exaltado. Paulina no se lo podía creer. Su manso se estaba revelando. Ya era tiempo de arreglar las cosas. Ya le había pasado suficiente. Ya no iba a soportarlo. ¡Pues si eso es lo que quieres!, gritó indignada y se metió a sus clases de meditación. Y yo, me vi libre. 

Sin embargo lo que uno quiere no siempre es libertad. Encendí otro cigarrillo y me senté en una banca a fumarlo y a pensar. Extraño el coño de Paulina, pensé. Y ya no estaba lejos, sólo era cosa de dos horas, de entrar a ese condenado centro y esperar. Ella misma dijo que yo sería justamente recompensado. No sé me dije, quizá hice mal en gritarle todas esas cosa. Qué va, me consolé, hiciste bien. Que se lo sepa de una vez. Con esa actitud no llegará lejos. Nadie va a soportarlo. Se piensa una buena persona pero las buenas personas no controlan a otras por medio del sexo. Seguro, ¡que se joda!

 Estuve pensando mucho tiempo. El tiempo suficiente para que Paulina saliera del budismo y se plantara frente a mí, arrepentida. ¡Sigues aquí!, qué bueno. Alcé la mirada y la vi, parada, con las manos juntas por delante. Y noté que estaba arrepentida. Lo siento, dijo, estuve… meditándolo (risas) y creo que tienes un poco de razón (las mujeres nunca dan la razón completa, siempre tenemos sólo un poco de razón) no debí portarme de ese modo. Ya dije, pues lo siento yo, pero es demasiado tarde. Tú sexo ya no me interesa. Lo sé dijo, es suficiente con la vez que lo gritaste, no tienes que repetirlo. De todos modos quería decirte que si cambias de opinión… quisiera ir a… ya sabes. No, dije indagando, no quiero nada de eso contigo. Paulina me tomó de la mano y me jaló para que me levantase. Luego cruzó su mano por mi cintura y pidió que la acompañara a dar un paseo. 

 En dicho paseo trató de seducirme. Sí, la misma mujer que hacía ver el sexo como un sacrificio, trataba de seducirme con palabras tiernas, con proposiciones indecorosas, con promesas de placer y con lengüetazos en el cuello. Me hice el duro todo lo que pude pero al final cedí. Qué más da, me dije, no serás ahora tú el que empiece con el cuento: cuando yo quiero tú no quieres y viceversa, porque, me dije, esos son cuentos mujeriles, ¡yo siempre quiero!, ¿por qué negarlo? Vale dije, vayamos a hacerlo, pero conste que ¡no me haces un favor! Paulina sonrió y dijo: no, ¡el favor me lo haces tú! Vale, dije, nos hacemos el favor, total. Estuvo de acuerdo, nos hacemos el favor. Pero tampoco dije, no es ningún favor, la verdad que no me cuesta en lo absoluto. A mí tampoco, confesó Paulina más animada, la verdad que a mí tampoco. 




domingo, 28 de agosto de 2011

Manifiesto de un perdedor.


Levántate, cuerpo. Son las tres y hay que abandonar la habitación. Creo que hace tiempo que llaman a la puerta aunque pudo ser un sueño o el sueño que quería creer que estabas soñando (la verdad es que la chica de la recepción está ya aporreando de tal manera que casi me va a entrar el pánico homosexual, pronto estará aquí la policía o algo peor. Deberé estudiar mi posición y diseñar alguna estrategia defensiva, este enroque ya no sirve). 

 Levántate, cuerpo. Son las tres. Tienes resaca. Que alguien me pegue un tiro, por favor. Me hará sentirme mejor y yo soy el que manda así que dispara de una puta vez. Tú, que estás tumbada y desnuda a mi lado, mientras, odia al vecino. No sólo al de tu mismo descansillo. Odia al de arriba. Odia al de abajo. Ódialos a todos. Son unos cabrones y tú también eres un cabrón para ellos. Ten un arma en la cabecera de la cama. Una pistola estaría bien. Un afilalápices puede valer. Has abusado de la coca. No abuses de la coca. Alterna con otras sustancias y tírate a tu cuñada por compasión. Hazle el favor. Por una vez, se su amigo. En el fondo de su corazón te lo agradecerá. La verás sonreír. Vete y díselo. Expónselo. Arguméntale tu teoría. Lo entenderá. Lo apreciará. Accederá. Que sea sin cariñitos. Se puede sentir incómoda. Puro sexo. Eso lo sabes hacer bien y eso es lo que ella necesita. Reniega de dios. Él perdió un pulso con Brando y  una apuesta de beber chupitos de mescal con Malcom Lowry así que, que te condenen, se está mejor condenado y ellos tampoco son tan fuertes. Tatúate en la frente No molestar y en la polla Tipo chungo. No sean Ying. No seas Yang. Los dos son unos idiotas. No sean Tintín. Se un incompetente. Métete en un detox-centre sólo para volver a beber y a drogarte al salir. Cágate en dios cada cinco minutos. Cágate en tu psiquiatra también: él se cree dios, por tanto se lo merece.  Decepciona. Distorsiona. Visita la tumba de Marx y mea encima, a ver si crece algo. Ten cuidado con los huevos: hace frío allá arriba y se te suben hasta las ingles. Escribe un libro. Escribe. Escribe un libro, publícalo, gana pasta y gástala en putas y en un tiendas de sexo, da conferencias con la nariz destilando mierda de la última raya. Da conferencias con la cara medio paralizada y que te acompañe un pivón del puti de El Viso para que te haga la traducción simultánea, se les da bien el lenguaje, y tírale confeti a los payasos de la prensa y págales pasta para que te hagan buenas críticas y así vender más ejemplares, lo conseguirás, todos tenemos un precio, puritanos de mierda. Tú también fuiste de la prensa, por eso sabes que son unos payasos. Conoces el sistema pero no te preocupes. Yo estoy aquí para todo aquello que no sepas. Todo eso ya lo han hecho otros más grandes que tú antes. No eres original pero no importa porque no queremos ser originales. No pretendas cambiar nada. No pretendas cambiar los “cimientos del sistema”. No intentes convencer a nadie de que lo que escribes es para que todo se purifique, una catarsis social. Literatura con mensaje. Mierda. Serás un mentiroso si lo haces y correrás el peligro de perder el alma, si es que sabes lo que es eso. Yo no sé lo que es eso. Tú no quieres cambiar nada porque te da igual que algo cambie. Escribes porque te sale de los cojones y en lo que dices no hay mensajes de moralidad ni nada de eso… a nosotros no nos gustan ni los mensajes ni la moralidad. A nosotros no nos gusta casi nada. Nosotros no odiamos nada pero no nos gusta casi nada. Sólo queremos poder sacar alguna conclusión a partir de todo lo que ya sabemos y visitar a Slot en su cátedra sagrada en Karlsruhe, tomarnos una jarra de cerveza con él y volver decepcionados de todas las vacas sagradas de la historia de la humanidad. Luego: reniega de todo. No es nihilismo. No. No. No. Reniega de tus lecturas. Reniega de tus padres: sólo dan por culo y no los necesitas. No necesitas nada. En realidad, reniega de la familia entera. Nunca estés con una tía a la que no quieres. Nunca estés con una tía a la que quieres. Nunca estés con una tía. Estate con varias. A casi todas te las encontrarás en algún momento pegándotela con otro. Vive solo. Muere solo. Juega. Pierde siempre y pierde pasta. Eso sí que curte, amigo. Eso y darte de hostias así que: date de hostias, da igual si te las dan. Pestañea. No pestañees, idiota o no las verás venir. No me hagas caso en todo. Se un inconsecuente. Se contradictorio. Cambia de opinión constantemente. Nunca será bastante. Que nadie a tu alrededor sepa a qué atenerse. Tú tampoco deberás saber a qué atenerte. Qué más da a qué atenerse. Preferirás los laberintos. No tengas amigos. Ten algún amigo. Ten muchos amigos. Cámbialos. Son como cromos de cretinos futbolistas. Duerme en el metro. Alguna vez, duerme en el metro. Sol o Moncloa están bien. Candem o Pimplico o St. Paul, mejor. O mejor no. Deja que la lluvia te moje la coronilla mientras el rumor del agua se filtra entre las hojas de los árboles en algún lugar del altiplano de la sierra de Guadarrama. Tal vez en Manzanares, donde las cigüeñas anidan. Allí debe estar la pureza aún, la pureza y la libertad que nunca más encontraste en ningún otro lugar, la pureza que perdiste. Allí quedaron rastros de tu propia sangre y de tu propia piel. Allí están aún, mezclados con el fango, con alambres de espino… alguna célula de ti todavía debe estar allí. Siente como llueve, madona como llueve. La lluvia te limpiará, nunca nadie dijo que fuese mala. Por un rato te limpiará y te sentirás bien pero no te hagas ilusiones. Entonces ensúciate otra vez pero elije tú la mierda. No queremos estar limpios. Sólo están limpios los que rezan y los que se bañan a diario, o al menos eso creen y nosotros no lo hacemos. Somos unos pecadores de la hostia. Líate un porro. Prepárate para rockanrollear y nunca, nunca, nunca pierdas el tiempo. Es lo peor que jamás podrás hacer porque tienes poco. Esa es mi consigna para ti.






miércoles, 24 de agosto de 2011

Mario Alberto.



Los gatos son vanidosos, dice Mario Alberto mientras yo ordeno una ronda más de Whisky en las rocas. Son como uno, dice Mario Alberto, no se dejan dominar, quieren su espacio. Sí, digo sin dar importancia al asunto y cojo un puñado de cacahuetes españoles, que están en una bandeja sobre la mesa. La mesa está en la cantina, y en la cantina estamos Mario Alberto y yo, y hablamos de gatos. Es sorprendente todo lo que se puede decir sobre gatos. Mejor dicho: todo lo que Mario Alberto puede decir sobre gatos. Sobre cualquier cosa. No necesita conocer de gatos para darte una cátedra. Es de los que confunden suponer con saber. Sería capaz de apostarse el todo por el todo con base en un juicio suyo; un juicio con base en la nada. O con base en su imaginación, en sus prejuicios y en sus falaces inferencias. 

 Mi abuela tenía un gato y era cosa seria, dice Mario Alberto, jamás se dejó atrapar. Andaba por la casa y todo, pero uno no podía acariciarlo. ¿De verdad?, pregunto sin verdadero ánimo. De verdad, dice Mario Alberto como si le ofendiera que yo dudase; me lo juró más de una vez. Palabra, decía, jamás nadie logró tocar al gato. Tomé el vaso con whisky recién traído por el mesero y me eché un buen trago. Mario Alberto continuó: en cambio mi tía, ella tenía un gato muy bonito, si no mal recuerdo se llamaba Camila; era una gata. Qué gata más bonita. Podía pasarse todo el día encima de las piernas de mi tía y se dejaba tocar el lomo, la cabeza, la cola. Era una gata noble. Miro a Mario Alberto directo a los ojos, tratando de hacerle llegar el mensaje de mi aburrimiento. Pero Mario Alberto no es de los que entiende esas cosas. A un gato debes tratarlo como tal, dice, he mirado personas tratar a gatos como a perros. Los gatos son libres, no puedes tenerlos en casa todo el tiempo, es su instinto. Ni siquiera tienes que alimentarlo si no quieres, son cazadores natos. 

 Al tiempo que Mario Alberto decía todo eso yo pensaba en él. Pensaba: Mario Alberto es la clase de persona que dice muchas cosas pero ninguna de ellas importante.  Puede hablar durante más de veinte minutos, sin decir nada útil. Todo el tiempo tiene opiniones, sobre todas las cosas, pero ninguna es acertada. Lo que sucede es que mi abuela era una mala persona, por eso su gato nunca se dejó tocar. Los gatos saben esas cosas. Son capaces de mirar el alma de las personas. Hace juicios de las personas sin conocerlas, y se vanagloria de saber escuchar, pero nunca escucha un carajo. Un amigo tenía un gato, uno de esos gatos… siamés, sí, de esa raza. Era un gato imponente. Daba pavor verlo caminar, gallardo, por toda la sala. Se trepaba al respaldo de los sillones. Siempre a lugares altos. Pensabas que se te echaría encima. Sin embargo era un gato muy tranquilo, jamás hirió a nadie. Con excepción del cuñado, aunque a decir verdad, tampoco lo hirió nunca. Mario Alberto lleva una vida sencilla, simple, y, siendo sinceros: mediocre. Cada que el cuñado iba a casa de mi amigo, el siamés enfurecía. Se le plantaba delante, lo miraba a la cara y estiraba el lomo. El pelo se le erizaba. A veces se ponía en posición de ataque. No tiene más ambición que la de encontrar un buen plato de sopa y un trozo de carne todos los días al volver del trabajo. Para ello estudió la carrera de Administración de empresas, y ha logrado su sueño. Mi amigo debía calmarlo, pero era complicado, ya te dije, los gatos no se dejan dominar. Lo mejor era que el cuñado saliera de casa. A cada visita lo mismo. Tenían que ir a por un café, a una cafetería. No había modo de calmar al gato. Todos los días al llegar a casa, María, su mujer, le tiene en la mesa un plato de sopa y un trozo de carne, que se embucha con todo el orgullo de un imbécil. Lo hace sonriendo y contando a su mujer un montón de cosas sobre el curro. Mi amigo, hermano de la esposa del cuñado, estaba apenadísimo con él y con su hermana. Era desagradable no poder recibirlos en casa por culpa del felino. Así que decidió deshacerse del gato. María lo escucha con ánimo, pues ella es tan banal como su marido, y tan mediocre. El sueño de María es formar un hogar con tres hijos y tener una casa con jardín. Eso es todo a lo que aspira. Lo dejó salir pero por supuesto, volvió. Lo echó al maletero del coche y condujo varios kilómetros hasta llegar a un gran parque y allí lo bajó. Una vez que el gato se distrajo subió al coche y arrancó. Ni ella ni Mario Alberto se han pregunta jamás el motivo de su existencia, el sentido de la humanidad, el futuro de la Tierra, sobre la relatividad del tiempo, el deseo de la muerte, el azar. Estuvo tranquilo por más de una semana. Creyó que se había librado del asunto y mandó llamar a su cuñado y a su hermana. Limitan su vida a los discursos del televisor, y a las charlas con amigos, que son del mismo tipo; que creen con toda  su fe lo que han visto en esa caja. Sin embargo, dos días antes de la cena que preparó para sus invitados, escuchó un ruido en la cocina. Como el que solía hacer el siamés al regreso de sus paseos. Corrió a mirar con la esperanza de que todo fuese su imaginación. No fue su imaginación. El maldito gato estaba sentado en medio de la pieza. Venía despeinado y maltratado pero estaba allí. De vuelta. En casa. Son personas hechas a molde. Por supuesto, ellos no lo saben. Mario Alberto piensa que es muy original porque sólo a él se la ocurrido colocar una calcomanía de su grupo favorito (que es ABBA) en la tapa del tanque de gasolina de su auto subcompacto. Mi amigo llamó para cancelar la cita en su casa y cambiarla a un restaurante. Piensa que es inteligente, por encima del promedio, porque ha logrado robar la señal de TV de paga. Se piensa inteligente y práctico porque suele encontrar atajos para librar el tránsito, y para librar semáforos complicados usando vías alternas. La hermana le reclamó muchísimo. Dijo que no podía creer que de verdad intentara alejar al gato. Pensó que mi amigo mentía, que había contado aquella historia para justificar su sensiblería. El cuñado no decía nada. No le daba importancia. De hecho, prefería no hablar del gato y disfrutar de la velada. Su deporte favorito, claro, es el soccer. No se pierde un encuentro de soccer. Así pasaron varios meses. Se acostumbraron a citarse en cafés y restaurantes, hasta que un buen día mi amigo se enteró de la verdad del cuñado. En la oficina tiene un pequeño televisor en el cual mira los partidos que ocurren durante las horas de trabajo, con sus colegas. Esto le ha granjeado la aceptación del grupo, y una popularidad de la que se pavonea toda la temporada de condenado futbol. Y ni qué decir del Mundial. Resulta que se armó el escándalo familiar porque se enteraron que el cuñado pegaba a su mujer. Depende de estas pequeñas muestras de afecto, al grado de invitar a un compañero el trago con tal de ser escuchado. Y aquí es donde entro yo. 

 Por eso el gato no lo quería, ¿cierto?, digo dando un trago a mi bebida y Mario Alberto asiente con expresión de asombro. No dice nada. Mueve la cabeza lentamente de arriba abajo y abre los ojos y la boca como si con ello la cosa fuese más asombrosa. O como si fuese asombrosa. De ese día en adelante el gato se ganó la confianza y el cariño de toda la familia, dice Mario Alberto, lo trataban como se trató alguna vez a los gatos en Egipto. Ya, digo yo tomando otro puñado de cacahuetes. 

2

Conocí a Mario Alberto en la cantina Jalisciense del centro de Tlalpan. Yo estaba a una mesa, y él a otra, esperando a un par de amigos. Yo estaba solo. Mario Alberto se ordenó una cerveza mientras esperaba. En algún momento miró su reloj, se levantó, y me pidió a mí, que era el tío más cercano, si podía echar un ojo a su saco, que colgaba del respaldo de la silla, mientras él iba a echar un ojo a ver si miraba llegar a sus colegas. Le dije que sí. Mario Alberto salió y regresó echando pestes. Se quejó conmigo de la impuntualidad de esos tíos y ya no me soltó. Preguntó si podía sentarse conmigo. Acepté. 

 Los primeros minutos los pasamos en silencio. Dábamos tragos a nuestra birra y mirábamos a todos lados, sin mirarnos entre nosotros. Yo no sabía exactamente qué hacer y Mario Alberto tampoco. Supongo que él se olió mi misantropía y mi gusto por el silencio y la soledad. Probablemente pensó que fue en error sentarse conmigo. Pero luego comenzó a hablar. Frases cortas primero, lanzadas sin mucho ánimo, a las que yo respondía con movimientos de cabeza. Pero después comenzó a hablar de sus zapatos. Dijo que él sabe dónde comprar buenos zapatos a buenos precios. Ya, decía yo escuchando sin dar importancia. Estos, por ejemplo, dijo, son muy flexibles, no como otros que son duros como una roca. ¿Cuánto crees que pagué por ellos? La pregunta me cayó de golpe, no estaba prestando demasiada atención y tuve que hacer un esfuerzo por reconstruir en mi cabeza el monólogo de Mario Alberto. Finalmente contesté, frunciendo los labios y alzando los hombros: no lo sé, ¿cuánto? Vamos, insistió Mario Alberto más animado, vamos, di una cifra, ¿cuánto crees que pagué por este par si te estoy diciendo que yo sé dónde comprar? Carajo dije, no lo sé, unos… ¿quinientos pavos? Era un par de zapatos finos, de gamuza o algo, cafés, y a la distancia sabías que eran finos. Nada de eso dijo Mario Alberto orgulloso, he pagado menos. Dios dije, qué cabrón. Adivina, ¿cuánto crees? Yo no deseaba adivinarlo, me importaba un bledo. Pero Mario Alberto insistió. ¿Cuatrocientos pavos?, dije sin interés. ¡Casi!, exclamó él, pero en realidad me costaron trescientos cuarenta, ¡lo puedes creer! Trescientos cuarenta por este par, y tengo otros, de piel, negros, que cogí por el mismo precio. Ya, dije sonriendo y Mario Alberto sonrió también, presumido. Ambos dimos un trago a la birra al mismo tiempo. 

 A los pocos minutos llegaron los compadres de Mario Alberto. Cuando lo hicieron él estaba conmigo, así que los sentó a todos en mi mesa ¡el muy mamarracho!, y me presentó como a un amigo. Mario Alberto solía considerar a las personas como amigos por el mínimo motivo. Se jactaba de tener muchos amigos. La verdad es que no tenía ni uno. Ni uno de verdad, quiero decir; todos era compañeros de trabajo. Si él cambiara de trabajo, los perdería a todos. Esos no son amigos. 

 Eran cinco tíos. Todos vestidos del mismo modo que Mario Alberto: traje sastre oscuro. Incluso me pareció que un par de ellos vestía exactamente el mismo traje. Y todos reían por todo. Sin ningún motivo o sentido digno de la hilaridad. Venían extasiados. Bueno me dije, después de una semana de trabajo es normal que ahora vengan extasiados. Sin embargo yo no estaba extasiado después de una vida de letargo. Me levanté de la mesa y me despedí. Ninguno me detuvo, yo no era como ellos y ellos lo sabían. Excepto Mario Alberto, que luego de insistir un par de veces en que los acompañara, me dejó ir. Me estrechó la mano y me abrazó. Ya dije, diviértete. Y me largué al bar de la calle de al lado. 

 El siguiente viernes regresé a la Jalisciense y para mi sorpresa allí estaba Mario Alberto con un par de tíos de la oficina. Me miró entrar y me saludó. Me hizo sentarme a su mesa. Le saludé con desgana y me ordené un whisky en las rocas. Mario Alberto dijo que a él también se le antojó un whisky en las rocas, y que nomás se acabara su cerveza, lo pediría. Sus colegas propusieron comprar una botella entre todos los presentes. Yo me excusé so pretexto de no contar con demasiado tiempo. Mario Alberto dijo que no fuera un aguado,  que me quedara con ellos a beber al menos esa botella. Entonces me excusé con falta de dinero y Mario Alberto dijo que no me preocupara, que esta vez él pagaría mi parte. Bueno pensé, así la cosa cambia. Brindé con ellos a salud de ese whisky en las rocas que esperábamos con ansias. Primero debían terminar con su ronda de cervezas. 

 En algún momento de la velada se les subieron las copas a la cabeza. Comenzaron a quejarse de sus lastimeras vidas, más o menos como lo hacen los tíos mala copa. Se quejaron de sus mujeres. De sus jefes en el curro. De sus curros. Primero comenzó un moreno de estatura baja. Seguido inmediatamente por otro de ellos, y aunque los tres restantes se resistían a caer, finalmente cayeron. No podían ocultarlo más: eran infelices. Hacían todo de mala gana. Esa era la verdad. Vivían en un mundo falsamente feliz

 Mario Alberto por su parte se quejó de su hábito de beber. Lo hizo a manera de confesión. De los cinco no se hace uno, pensé, no pueden ni con una botella estos pelaos. Mario Alberto confesó que alguna vez en la adolescencia fue alcohólico. Yo no sé muy bien a qué se refiere la gente cuando dice que fue alcohólica. Dijo que al grado de asistir a la A. A. Dijo que después dejó el trago formó un hogar y ahora… Ahora tiene miedo de ser alcohólico otra vez. Y luego comenzó a aconsejarme. Cosa que detesto con toda mi alma. Que alguien se atreva a darme consejos. Es de mal gusto dar consejos. Me advirtió tener cuidado, dijo que había notado mi manera de beber y que era la manera de un tío que debe tener cuidado (no se atrevió a llamarme alcohólico de frente pero estoy seguro que lo pensaba). Uno de los colegas de Mario Alberto afirmó el juicio de su amigo diciendo que él también llegó a tener problemas con el alcohol. Ahora sólo se permitía beber una copa o dos. Eso dijo pero había bebido más de cuatro copas. O sea que estos cabronazos eran unos abstemios que se permitían beber de vez en cuando. Como la mayoría de borrachos que he conocido. Te cuentan lo terrible que es pegarle al trago, lo peligroso que es, lo malsano que es, todo, mientras se beben una copa contigo. Y te amargan el trago. Mario Alberto estaba amargándome el trago. Dijo que lo él prefería ser abstemio, que si por él fuera no tocaría la bebida. A lo que respondí que más vale ser un buen borracho que un mal abstemio, y todos se cagaron de la risa. Dije que yo prefería ser un borracho contento, y no un abstemio reprimido como Mario Alberto. Y todos brindaron a salud del buen momento. Y se olvidaron del asunto. Ninguno dijo nada más al respecto. 

3

Me hice amigo de Mario Alberto después de aquella botella de whisky. Me platicó toda su vida en una noche (la verdad que fue demasiado para contar una vida sencilla: curro mujer y cerveza) y comenzó a buscarme con regularidad. Me marcaba los jueves para ir a beber, y como ya sabía de mi parquedad de pasta, las más de las veces él corría con los gastos. Y yo comencé a tomarle gusto a sus charlas. De alguna manera me parecía interesante la manera de ver el mundo de Mario Alberto, y de cómo podía platicarte durante horas, la mínima trivialidad. 

 Le escuchaba contarme de cómo su mujer se cabrea porque él tiene la manía (su mujer dice que es una manía) de dejar las pantuflas sobre la cama. Yo tampoco lo entiendo, le dije, ¿las pantuflas sobre la cama? Dijo que así las tenía más a la mano. Y es cierto dije, sólo que… las pantuflas van en los pies, tío. Sí dijo, pero las cojo primero con las manos. Tiene sentido dije, tiene sentido.   

 La mente de Mario Alberto era como un libro abierto. Podías controlar todas sus emociones a placer. Por ejemplo, si deseaba hacerlo cabrear sólo tenías que decir algo en contra de su equipo favorito de soccer. Si deseabas ponerlo alegre, bastaba con lo contrario. Si deseabas alterar sus nervios podías hacerlo hablando de Dios y del destino. Esos temas le inquietaban y prefería no pensar en ellos. Los evitaba a toda costa. Sus frases al respecto eran siempre las mismas: “hay cosas que jamás entenderemos”. “Yo sí creo en Dios, tanta perfección no puede venir de la nada”. Y chorradas de esas que escuchó en algún sitio aunque nunca las comprendió, y ahora las repite como loro. Si lo querías aburrir bastaba con hablar de literatura, o de cualquier arte. Si lo querías emocionar, hablar de coches. Pero si querías interesarlo de verdad la cosa era hablar de prestaciones superiores a la ley, seguros de vida, afores y puntos del Infonavit. Cuestiones en las que se consideraba un experto. Yo hago valer mis derechos, decía lleno de furia. Y también tenía sus contradicciones. Decía amar a su mujer, amar su trabajo y amar a Dios. Sin embargo, pasaba mucho tiempo en las cantinas, hablando de otras mujeres, y a Dios lo mencionaba únicamente como medio de obtener ciertos beneficios que no podía procurarse por sí mismo. Como un aumento de sueldo ipso facto, pues a decir verdad, decía, ya no estoy a gusto con la empresa para la que trabajo. De mujeres sus preferidas eran las rubias tetonas, o las morenas tetonas, como Sabrina o Ninel Conde. Podía hablar de estas mujeres como si tratase de diosas, o como si valieran lo que cuestan. Por mi parte le decía, sólo para hacerlo cabrear (aunque lo creía realmente), que esas putas no valían un centavo. Que valía más un libro de Goethe prestado por diez minutos, que toda una vida con un trozo de carne como Ninel, que debe ser una retrasada mental y una interesada de mierda. Mario Alberto se ponía rojo de coraje y decía que Ninel era el amor platónico de su vida. No decía platónico, esa palabra no la conocía, pero eso era Ninel para Mario Alberto. Podía discutir durante horas todas las virtudes de esa tal Ninel. Yo solo miraba dos. Ya se sabe cuáles. 

 A pesar de todo Mario Alberto comenzó a interesarme. Incluso como objeto de estudio, pensé sonriendo, pues estudiarlo a él significa estudiar al común denominador de la humanidad. El grueso de la población en un solo hombre. 




lunes, 22 de agosto de 2011

Las aventuras de Tracy McVille: Follando al soldado Marian.


Te recomendamos leer: El vago de la Fuerza Armada.

La historia se sitúa durante la Segunda guerra mundial, más o menos por el año de 1943. Sin embargo la historia no va sobre la guerra propiamente, no es una historia verídica (aunque bien podría serlo, como todas las historias de Tracy MacVille) y no tienes porque creerla. 

 La cosa va sobre Marian, un judío homosexual que logra infiltrarse en el ejército alemán y es fusilado por el teniente de su pelotón. Por supuesto, es infiltrado bajo un nombre falso y documentación falsa. Es aceptado (aceptado quiere decir forzado) en el ejército ya que en aquel entonces los rusos, pero sobre todo los gringos, superan en número a las fuerzas alemanas, y algo hay que hacer, y lo que se hace es enviar a la guerra a todo aquel que sea apto para guerrear. Marian tiene veintisiete años, dos brazos y dos piernas, lo que equivale a decir que es perfecto para la guerra. Marian no desea ir a la guerra. Debe decidir entre morir en la guerra (con el óbolo de esperanza) o morir en un campo de concentración Nazi. Poniendo las cosas así, cualquiera amaría ir a la guerra.

 Existen dos razones de peso que convierten a Marian en un ser despreciable, dice Tracy, que me cuenta la historia en su casa abandonada, al calor de unas buenas cervezas. A saber: uno, que es judío, y dos, que es homosexual. Cuando finalmente se descubre la verdad sobre Marian se opta por el fusilamiento. A un hombre sólo se le puede fusilar una vez, dice Tracy, así que hay que elegir correctamente, entre fusilamiento por sangre judía, o fusilamiento por homosexualidad. Carajo digo, los alemanes se toman las cosas muy enserio. Pues claro, dice Tracy, de no ser así no habrían llegado tan lejos. Le doy toda la razón y continúa: 

 Comenzamos a sospechar de la homosexualidad de Marian porque solía rehusarse a hacer uso de los servicios de prostitución del ejército. Filas tremendas de soldados se hacían para acceder a este servicio. Filas como serpientes ávidas de arrojar el veneno. De hincar los dientes en un buen trozo de carne. Algunos soldados lograban obtener posiciones ventajosas en estas filas a cambio de cigarrillos y comida, sistema que emprendió Marian para forrarse. Se enriqueció de cigarrillos y comida cediendo su lugar (misteriosamente un lugar siempre privilegiado) a cambio de provisiones. Las prostitutas, las más de las veces, no podían recibirlos a todos y algunos, generalmente los últimos en la fila, no lograban mojar la salchicha. Esto podía significar no hacerlo durante meses, años incluso con un poco de mala suerte. El servicio era insuficiente.

 Mis camaradas Frederick y Mutis, y yo, dice Tracy, pelamos patatas (nos tocó el turno de las patatas, que a decir verdad era uno de los mejores turnos. Lejos del frente y en la tranquilidad de las barracas) cuando discutimos el caso de Marian. Ese Marian es dueño de la mitad de los cigarrillos de toda la Alemania, dice Frederick al tiempo que pela una patata particularmente difícil de pelar. Mutis lo reprende porque lo hace mal. Se lleva gran parte de la pulpa al pelar. Si continuas así no comeremos nada, dice. ¿A quién importa?, se defiende Frederick, las patatas son para los novicios, nosotros comeremos alubias. ¡Alubias con patatas, imbécil!, le reclama Mutis y tiene razón. Marian, dice Tracy, a ese sí que no debe importar, lleva el saco lleno de tabacos y de latas de conserva. Mutis sonríe y agrega que también debe estar lleno de vodka. Acto seguido coge una patata y muestra a Frederick cómo pelar al ras. No sé, dice Frederick, me parece que has dejado demasiada piel. Es verdad, Mutis apenas pela el tubérculo.  Más vale así, dice Mutis. Por mi parte pelo las patatas estupendamente, dice Tracy. Yo (Martin Petrozza) rio al escuchar aquella presunción infantil en el relato del vago. Continúa: ¿Cómo es que Marian se ha enriquecido en medio de este infierno?, pregunta Frederick interesado. Mutis explica cómo lo ha logrado. Frederick mira al horizonte y exclama que de ser así prefiere vivir en la pobreza.  Mutis y yo reímos y estamos de acuerdo. Yo también estoy de acuerdo, interrumpo a Tracy y él ríe, y yo rio, y damos un largo trago de birra al mismo tiempo. 

 Un tío, un tal Gombrich, que pela patatas junto a Tracy y sus camaradas (y junto a una decena de soldados más), no pudiendo evitar escuchar la conversación se une a ella opinando que la actividad de Marian le parece muy pero que muy sospechosa. No sólo de pan vive el hombre, cita la Biblia y todos ríen. Incluso ríe otro soldado, cuyo nombre ha olvidado Tracy, que piensa en voz alta que ningún hombre (enfatiza la palabra hombre) sería capaz de aguantar tanto. Mutis dice que eso es verdad, que él mismo ha escuchado historias de soldados encuartelados, en tiempo de paz, que compran a camaradas con permiso gallinas para… ya saben para qué, dice. No hay quien aguante sin echar patadas. Frederick, cagado de la risa dice a Mutis: vamos, ¿qué quieres decir con eso de yo mismo he escuchado?, ¿vas a salir con el viejo cuento del primo de un amigo? Mutis no se cabrea. Alza los hombros y dice: es lo que yo he escuchado decir, ve tú a saber si es verdad. El caso es que ese Marian me parece muy sospechoso, repite Gombrich. Nadie dice nada. Nadie se atreve a formular un juicio. Todos callan y continúan con las patatas. 

 Al menos Marian no tendrá que preocuparse por la ineptitud de Frederick, rompe el silencio Tracy al ver que Frederick no deja de llevarse gran parte de la patata al pelar. Gombrich, el soldado sin nombre y otros más miran el montón de patatas a los pies de Frederick, que deja canicas de patatas,  y le reclaman a gritos. Frederick para en seco la tarea y dice que si no les gusta ya pueden pelar ellos mismos el resto. Ya se encargará él de enriquecerse como Marian. Mutis ríe secamente y le reta a intentarlo. Si quiera una sola vez. Ya verás si no, dice Frederick encolerizado y recomienza la tarea. Coge una pata y la pela aprisa, mal, cómo a él  da la gana. 

2

El teniente Katsinsky ha logrado un permiso de servicio para sus muchachos. Ha sido un servicio particularmente tardío. Las prostitutas llegan en coche a las barracas. Las cabañas se han instalado ya y los soldados comienzan a hacer filas. Cinco mujeres para ciento cincuenta hombres. Siete minutos por hombre. De este modo las chicas deben recibir treinta polvos cada una en mil cincuenta minutos. Doscientos diez minutos por chica. Casi cuatro horas de servicio. Pero la cosa no para ahí. Luego deben tomar un baño y recibir por media hora a los altos rangos. Cada soldado tiene derecho a una sola relación vaginal. El sexo anal y el sexo oral están vetados. 

 Hemos pasado tanto tiempo sin hacerlo, y estamos tan extasiados, dice Tracy, que siete minutos a veces es demasiado. Los hay que se corren en tres, en cuatro. Esto permite que algunos soldados listillos (arriesgando el pellejo) repitan el plato. Todo está cronometrado. Sin embargo ocurre en muchas ocasiones que las chicas no pueden más. La vagina se irrita y se cierra. Cuando esto pasa algunos hombres quedan fuera. El soldado no tiene derecho a reclamar. Las prostitutas son un servicio, un regalo del ejército, y no una obligación. En la guerra una prostituta barata tiene más derechos que todos los soldados de un pelotón, exclama Tracy escupiendo un enorme gargajo. Sabiendo esto las putas (de mierda, dice Tracy) se niegan a continuar al veinteavo hombre.  Son pocas las que llegan al final. Así, decenas de hombres quedan fuera. Cuando se anuncia que al día siguiente habrá servicio es vital levantarse temprano, no dormir si es necesario, para obtener un buen lugar. A pesar de esto el teniente tiene el derecho de reordenar las filas. Derecho que ejerce con malicia y con placer. Deja delante a los soldados lameculos. Y a los buenos soldados los echa atrás. Al final de la fila. No puedes evitarlo. 

 Delante de Tracy está Mutis, y a su lado, en la fila contigua, está Frederick. Tienen el lugar nueve, diez y diez respectivamente. Son buenos lugares. Ninguna puta se rinde antes del quinceavo. Marian ocupa el tercer lugar en la fila de Frederick. Le han visto. Tracy y sus camaradas le han visto. Allí está Marian, dice Tracy a Mutis. Mutis asiente con la cabeza y no quita la vista de él. Hay mucho alboroto, las filas continúan haciéndose. Surgen algunas riñas por decidir quién llegó primero. Las putas aún no están en las cabañas. Las cabañas son cuartos de madera, improvisados, de dos por dos metros. 

 El teniente ronda las filas. Los zapatos le brillan como estrellas. Y pensar que es el trabajo de algún soldado raso, piensa Tracy. Se detiene junto a Frederick. Frederick saluda debidamente. Está sudando. Tracy lo mira sudar. El teniente lo mira de pies a cabeza. Lo echará a la cola, susurra Mutis. ¿Es usted el soldado Frederick G.?, pregunta el teniente. Señor, sí, señor, responde Frederick, cuadrado, como un buen soldado. Sin inmutarse. Sin demostrar el miedo que siente por dentro. El teniente se detiene a mirarlo con detenimiento. Luego mira al final de la fila. Frederick tiene miedo. Lo echará, Jesús, lo echará, susurra Mutis. El teniente saca un sobre del bolsillo interior del saco y se lo entrega a Frederick, quien lo recibe firme, y lo guarda en el bolsillo del pantalón. Disfrute del servicio, soldado, dice el teniente y se larga. Tracy lo mira largarse por el rabillo del ojo. Es un hombre bajo, enclenque. Es increíble que un hombre así tenga tanto poder sobre nosotros, piensa Tracy. El uniforme le brinda autoridad. Vestido de civil no sería más imponente que un niño de catorce años. Frederick suspira. 

 Tracy  da un golpe a Mutis y le dice que mire. Un soldado se ha acercado a Marian. Sin demasiada discreción le entrega un paquete y éste, le cede el lugar. El tercero en la fila. Marian se forma al final de la fila. ¿Lo has visto?, pregunta Tracy a Mutis. ¿Qué si lo he visto?, contesta Mutis, lo ha visto todo el pelotón. Incluso el teniente Katsinsky lo ha visto. Tracy asiente. Es increíble que el teniente permita esto, opina. Mutis alza los hombros. ¿A él qué importa?, de todos modos tendrá su turno de media hora. 

 El turno de Tracy llega. Entra a la cabaña tras la indicación del supervisor. Antes ha entrado Mutis. Piensa que tendrá que revolver el atole de su camarada. Ríe para sus adentros. Qué importancia tiene. 

 Lo recibe una mujer en camisón. Es morena y de pocas carnes. Más parece un esqueleto que una mujer. Tracy intenta despojarla del camisón pero ella lo detiene. Dice que no está permitido. Tracy, resignado, se sienta en la silla. La mujer lo monta y empieza el movimiento. La mujer hiede peor que un vietnamita (sic). No pude concentrarse. Está demorando demasiado. Si no logra correrse tendrá que hacerse una paja en las barracas. Me hice la paja de todos modos, me dice Tracy como un paréntesis en la historia, y luego continúa: La mujer acelera el ritmo. Siente el pene flácido dentro de sí. Le besa el cuello. La cosa se endurece. Está a punto. El supervisor golpea la puerta. ¡Tiempo!, grita desde fuera. Tracy coge a la mujer por la cintura y es ahora él quien dirige el acto. La hace subir y bajar. Pesa casi nada, piensa Tracy. ¡Tiempo, maldición!, grita el supervisor al tiempo que golpea la puerta. Tracy está a nada de correrse. El superviso abre la puerta, ¡tiempo!, grita. Tracy logra correrse en el último momento, y sale. El supervisor hace pasar al siguiente solado, aprisa. Recibirá una amonestación por esto, dice a Tracy con los ojos llenos de ira. Tracy lo ignora y camina a donde Mutis. 

 Mutis fuma un cigarrillo. Ofrece uno a Tracy. Tracy lo coge y Mutis lo enciende. ¿Dónde está Marian?, pregunta Tracy y Mutis lo señala. Hay al menos catorce hombres delante de Marian. Marian sin embargo, luce despreocupado. Contrario a los demás que patalean nerviosos. Gritan que se den prisa. Saben que las oportunidades de echar un polvo se reducen a cada minuto. Marian saca un cigarrillo. Lo enciende con una cerilla y fuma despacio. 

 Frederick y Gombrich llegan de pronto, se unen a Tracy y a Mutis. Ambos sacan cigarrillos y los encienden. ¿Lo han mirado?, pregunta Gombrich, ya les digo que eso no es normal. Frederick ni siquiera ha intentado cumplir su palabra, dice, lo que hace ese chico, Marian, no es normal, carajo. Frederick ríe y dice que una cosa así, por Dios, es imposible. 

 Marian saca un pan de munición. Da un mordisco. Los chicos no le quitan la vista de encima. Hijo de puta, exclama Mutis. Ellos no poseen ni una migaja. Si continúas pelando patatas como lo haces terminaremos más delgados que esas guarras de mierda, dice Tracy a Frederick. Gombrich da un golpe a Frederick. Más te vale hacerlo bien en adelante, cabronazo, dice. Frederick regresa el golpe a Gombrich y se gesta una pelea. Tracy coge a Frederick y Mutis a Gombrich. Los separan. Vamos dice Mutis, si somos camaradas. Frederick rabia de coraje. Gombrich estira la mano a Frederick y dice que lo siente. Anda, dice Tracy, tómale la mano, se ha disculpado. Frederick da la mano a Gombrich, y cuando Gombrich tiene la mano de Frederick bien sujeta, jala y lo hace caer. Se le va encima. Tracy y Mutis apañan a Gombrich. Le propinan algunos golpes para calmarlo. Le someten en el suelo y le amenazan, le exigen que calme los nervios. Gombrich promete calmarse. Lo dejan levantarse y es ahora Frederick quien se lanza contra Gombrich. Lo tumba. ¡A la mierda!, grita Mutis, si lo que quieren es matarse entre ustedes, por mí está bien, por mí está bien. Tracy se hace a un lado y los mira pelear. Gombrich ha dado la vuelta a Frederick. No riñen de verdad, piensa Tracy. No se pegan en la cara. Son como perros, piensa. 

 El servicio ha terminado. Veintidós hombres han quedado fuera. Entre ellos Marian. Los veintiún restantes gritan que aún hay tiempo. Lo hay. Pero las prostitutas se han rehusado a recibir alguno más. El teniente da la orden de parar el asunto.  Los hombres están furiosos. Se agrupan y culpan a los que han tardado demasiado. Nadie ha tardado demasiado. Nadie más de siete minutos. Es asunto cronometrado. 

3

¡Ya se los decía yo!, ¡ya lo decía yo!, grita Gombrich acercándose.  Frederick, Mutis y Tracy están recostados en el dormitorio. En literas. Mutis arriba de Frederick y Tracy en la cama de al lado, en la parte de abajo. Mutis se levanta. De un brinco está en el suelo. Se sienta a los pies de Frederick. Gombrich lo hace a los pies de Tracy. ¿Qué mierda pasa?, pregunta Frederick bostezando. ¡Se ha descubierto!, exclama Gombrich la mar de asombrado. ¡Marian es homosexual! Tracy piensa que es asombroso que Gombrich, que nos lo había dicho, sea el más extrañado. Mutis pregunta cómo lo han descubierto. Lo hace tranquilo. En el fondo le da lo mismo. Gombrich lo suelta todo maravillado: ha sido Ferbuson. Los ha mirado. ¿A quién han mirado?, pregunta Tracy. A Marian, dice Gombrich y a… Hace una pausa. Traga saliva. ¿A quién?, carajo, insiste Frederick interesado. ¡A Katsinsky!, exclama Gombrich. Mutis no lo cree. Tracy no lo cree. Frederick sí lo cree. Ahora que lo pienso, dice, Katsinsky actúa raro. En la fila, por ejemplo, explica, se hizo de la vista gorda. Ya saben, con lo de Marian. Y Marian, no sé, siempre está delante en las filas. Uno no puede tener tanta suerte. Tracy asiente ensimismado. Ferbuson, pregunta Mutis, ¿los ha delatado? Aún no, dice Gombrich, sin embargo el chisme ha corrido como la pólvora. Ferbuson teme. Asegura que Katsinsky le ha mirado. Idiota, exclama Mutis, más le valía no abrir la boca. No lo ha hecho, dice Gombrich, no con intención. Se lo contó únicamente a Pablo. Ya saben, una cosa así no puede llevarse a la tumba. Ferbuson no lo ha mencionado dos veces. Pero Pablo se lo contó a Aldus. Aldus a Wilhem, y así. Entiendo, dice Mutis. Ferbuson ha regresado del frente hace doce horas, con un mensaje secreto para el teniente Katsinsky, dice Gombrich. 

 Los mensajes secretos no se envían por telégrafo, me explica Tracy, ni se hacen llegar por clave Morse porque podrían ser interceptados por el enemigo. Para ello se pone en riesgo la vida de un hombre. Es mejor así. Le entregan un sobre con el mensaje escrito en código y es enviado personalmente. Hace el recorrido de nueve kilómetros, desde el frente a las barracas, a pie. 

 Así, una vez llegado, Frederick solicitó audiencia con el teniente Katsinsky. Un soldado le informó que el teniente estaba ocupado, que tardaría al menos dos horas. Lo hicieron esperar fuera de la oficina de Katsinsky. De pie. En medio de la fría noche. Tras tres horas finalmente le hicieron entrevistarse con Katsinsky. Entregó el mensaje codificado en dos minutos y eso fue todo. ¿Eso fue todo?, pregunta Frederick decepcionado. Calma, muchacho, dice Gombrich, viene la mejor parte: Ferbuson recibió la orden de descansar. Se le asignó un camastro en el regimiento número dos, cera de la oficina de Katsinsky. Obedeció la orden y se recostó. Sin embargo no podía dormir. Por la madrugada se levantó y notó que una de las camas estaba vacía. ¡La cama de Marian!, exclama Tracy. Exacto dice Gombrich, y continúa: 

 Ferbuson piensa que alguno ha salido a fumar un cigarrillo. Con la esperanza de pedir un par de chupadas de cigarrillo, sale en busca de aquel que no duerme. Rodea el regimiento pero no logra encontrar a nadie. Regresa al camastro y nota que la cama sigue estando vacía. Sale de nuevo. (La curiosidad mató al gato, interrumpe Frederick). Esta vez se interna en el  bosque. Primero sin rumbo pero a los pocos minutos escucha un jadeo. Sigue el jadeo. Piensa que podría ser un animal herido. Luego piensa que ningún animal jadea de ese modo. Piensa entonces que podría ser un hombre herido. Se desmiente. Un hombre herido no jadea de ese modo. No del modo en que Ferbuson escuchó jadear a Marian. Se echó pecho tierra y avanzó hasta la fuente del ruido. Carajo, dice Mutis, no lo puedo creer. Créelo, dice Gombrich, allí, en medio de dos arbustos estaba el teniente Katsinsky, follando al soldado Marian. 

 Ferbuson logra identificar a Katsinsky aunque no al soldado. Las nalgas fue todo lo que miró del soldado. Apenas tres cuartos de nalgas. ¿Entonces cómo se sabe que se trata de Marian?, pudo haber sido cualquier otro, afirma Mutis. Aquí es donde entra tu inteligencia, chico, dice Gombrich, ¿quién más si no él?, ¿quién es el único que prefiere fumar que coger? Todos asienten. En silencio. Un silencio espectral llena la estancia. 

 Ferbuson tomó aliento al mirar la escena, sorprendido, y Katsinsky lo escuchó, sigue narrando Gombrich. Volteó terriblemente asustado. Carajo dice Frederick, no imagino a Katsinsky asustado. Ni yo, dice Gombrich, pero Ferbuson asegura que lo estaba, y que le miró a los ojos. ¿Y qué hizo?, pregunta Frederick alarmado. ¡Correr!, ¿qué más?, responde Gombrich. ¿Katsinsky reconoció a Ferbuson?, pregunta Tracy. No lo sabe, no está seguro, dice Gombrich, lo único seguro es que Marian es marica. No, dice Tracy, ¡lo único seguro es que Katsinsky lo es! ¡Mierda!, exclaman todos al unísono. 

 4

La noticia se anunció al día siguiente: Marian sería fusilado. ¿Por qué? Hubo dos hipótesis, dice Tracy. Se anunció, no públicamente, el descubrimiento de la verdadera identidad de Marian: un judío llamado Jacob. Dios, digo yo y enciendo un cigarrillo. 

 El problema es, me cuenta Tracy, que acusar a Marian de judío es confesar, ya sea, ineptitud y flaqueza en el sistema, ¡cómo es que no se detectó antes!, lo que significaría un escándalo; o proteccionismo por parte de Katsinsky, lo que le grajearía la muerte. Entiendo, digo. Por otro lado, sigue Tracy, acusar a Marian de homosexual, incluso sin involucrar a Katsinsky, no es motivo suficiente para un fusilamiento. La homosexualidad es más común de lo que creemos en el ejército. Además, Katsinsky ha reportado ante los superiores a Marian como un soldado ejemplar (ahora entendemos porque) y fusilar a un soldado ejemplar tan sólo por ser homosexual, levantaría sospechas. De ser acusado lo más seguro es que Marian hable. Que confiese. Y eso definitivamente no le conviene al teniente Katsinsky. 

 Destapo una cerveza y pienso qué haría yo si estuviera en el pellejo de Katsinsky. Si yo fuera Katsinsky, dice Tracy, hubiese aceptado mi culpa y muerto con honor. Como el hombre (enfatiza la palabra hombre) que soy. Acto seguido da un trago a la birra. No, digo, no lo creo, no hay ningún honor en morir como un marica. Los maricas no tienen honor. Más te valdría ser fusilado por proteccionismo. Así, al menos, serías recordado como un teniente alemán humano, quizá el único; como un alma noble. Un héroe postguerra. Tracy se retracta y me da la razón. 

5

El soldado Marian fue fusilado a discreción bajo el cargo de homosexualidad, como escarmiento de parte del teniente Katsinsky al resto de la tropa. Todos aceptaron la cosa como real y olvidaron el asunto. Todos menos Tracy. Yo nunca lo olvidaré, dice. En esta vida, dice, hay muchas que no deberían pasar, y sin embargo pasan. 

 Lo peor de todo es que Ferbuson también fue fusilado. Se le acusó de mantener relaciones homosexuales con el soldado Marian, en el bosque, y descubierto por el teniente Katsinsky en una ronda de patrullaje. Marian no dijo nada. No se defendió. Murió como un valiente. Ferbuson chilló como un cerdo, dice Tracy. Negó todos los cargos. Dijo que era imposible, se esforzó por cmprobar su inocencia. Pero la palabra de un soldado nada vale contra la palabra de un teniente. Todos conocíamos la verdad, dice Tracy, pero nuestra palabra, no valía en absoluto. Si alguno hablaba sería fusilado. Y hay muchas, cientos de maneras de morir en la guerra. La más indigna es a manos de tu propia gente. Por marica. Siendo inocente. 




Nota: Cualquier incongruencia sobre el sistema militar, favor de ser adjudicada a la locura del vago.

jueves, 18 de agosto de 2011

La mujer Maravilla contra los budistas que no cojen.


Texto por: Leonel P. Mosqueda


Es agradable iniciar la jornada del domingo junto a una chica desnuda, y su mano hurgándote la bragueta como quien busca dinero en un bolsillo ajeno, pero en un segundo plano, esto se puede volver una tragedia digna de Sófocles si se te incrusta como un tumor en la cabeza una idea terriblemente impropia, casi impúdica: no tienes ganas de cojer.

Ninguna mujer comprende o tan sólo imagina que esto pueda ocurrir, pero ocurre: hay momentos en la vida de un  hombre (un hombre mediocre y desnudo junto a una mujer hurgando entre sus piernas) en que no quiere cojer. Son momentos escasos, dos o tres en la vida, pero los hay. 

La imagen de un hombre que rechaza una feliz cópula dominical parece una mentira,   o la excusa de un pobre diablo, un impotente que prefiere decir, como el más Bartleby de los Bartleby’s 
“Preferiría no hacerlo”

Es difícil explicarle a una mujer que no quieres acostarte con ella, sobre todo si esa mujer sabe que alguna vez la admiraste, que hubieras matado sólo para tenerla cerca porque te parecía maravillosa, una maravilla. Sí, una mujer maravilla. 

He conocido suficientes chicas en la vida –sólo tres ¡que ya son demasiadas!- para saber que ellas no sienten el menor remordimiento en culpar al macho de todos los fracasos de cama, y sobre todo, no sienten el menor remordimiento al negarse con un simple «Hoy no, gracias.»

Cualquiera pensaría que esta es la confesión de un hombre pequeño y patético, y no se equivocan: soy un hombre pequeño y patético, de los que presionan el tubo del dentífrico desde abajo, o necesitan papel rayado para hacer una carta.

A diferencia de los miles de fanfarrones que andan por el mundo presumiendo sus homéricas historias de cama, yo no guardo mas que algunos felices recuerdos de mujeres que me ofrecieron sus tibios ductos una mala tarde en que estaban confundidas, impregnadas de sensibilidad maternal, o sumidas en alguna depresión profunda. 

Quiero remarcar esta diferencia abismal: Mientras una mujer puede rechazar una invitación a la cama sin el menor remordimiento, el hombre es incapaz siquiera de imaginarse tal porfía,  so pena de ser excomulgado de la iglesia del placer. Si una mujer dice NO, siempre hay una excusa infalible; pero si un hombre dice NO, es azotado en su miembro viril por la ignominiosa vergüenza.

Este dilema –que en realidad es un misterio- sólo compete a los hombres. Las mujeres no comprenden este falaz remordimiento machorro, masculino. En su sistema coito-cognitivo no está registrado el remordimiento por inapetencia sexual. Les basta con decir que les duele la cabeza, que su gato ha muerto, o que una  extraña enfermedad les provoca menstruaciones psicológicas cada dos horas. Algunas son lo bastante diplomáticas para rehusarse con estilo: te toman del mentón con una mano, y te acarician el cabello con la otra mientras dicen «Oh, nene, en verdad lo siento» con una expresión que podría conmover al mismísimo Hitler.

He visto a los hombres más duros de mi generación quebrarse en lágrimas ante un fracaso pasional, y acceder a cualquier capricho femenino bajo el argumento suicida de que todo se hace por amor.

«Esos no son hombres duros, son idiotas» dirá algún despistado que no ha comprendido que se necesitan muchos tamaños para llorar sin remordimientos ante un fracaso. 
Pero no tiene caso pensar ello. El sexo, como la iluminación, es un camino al que se accede por acción, y no por razonamiento.

Sólo es cosa de dejarse llevar sin tomarse muy en serio el resultado. Pensar de esta manera ha impedido que mi mundo se desplome cuando una chica me ha dicho, con total inverecundia, que no quiere cojer. 

Por mi parte, ya estoy acostumbrado a recibir una negativa; siempre parto del fracaso, y puedo decir que hay cosas mucho más importantes de las que pudiera sentirme arrepentido. De mi nacimiento, por ejemplo.

Sin embargo, en cuestiones de cama, siempre agradezco que se me informe en tiempo y forma de una negativa, sobre todo cuando aun es posible rescatar la dignidad.

Por ejemplo: si ella dice NO cuando apenas te vas quitando los zapatos, la negativa es sorteable. Aún no ha pasado nada grave, y basta con sonreír com-pren-si-va-men-te, hacer un gesto y decir “Vale, no hay lío; otro día será”; te pones los zapatos, te sientas a su lado con una sonrisa, prendes un cigarro a lo Humprey Bogart -no muy Bogart, o puedes parecer un imbécil- y finges que estas interesado en su conversación.

Pero hay mujeres perversas –que no pervertidas- las cuales disfrutan viendo a los hombres patéticos como yo hacer malabares y gracias de perrito circense para lograr una penetración exitosa. Disfrutan cuando ya tienes los calzones en los tobillos, cuando ya destapaste el condón con los dientes como si fuera un sobre de salsa Valentina, y te golpeas el pecho como un tarzán desnutrido; cuando ya estás encima del mueble de noche, listo a zambullirte en sus dulces órganos, y la chica perversa -que no pervertida- aprovecha para decirte, con un hermetismo rotundo “lo siento, es que… hoy no quiero…”

Eso puede quebrar al más duro, vaya que sí. Sobre todo cuando la expresión viene acompañada de una sonrisita traviesa –pináculo de la perversión femenina- y no queda otra cosa que iniciar la patética ceremonia: bajarse del mueblecito de noche, recoger la ropa regada por el suelo, e ir cubriendo nuestras miserias tristemente rechazadas.

Es imposible no sentirse ridículo en esa situación, pero eso es algo que sólo la psique masculina puede entenderlo. Veamos por qué:

Si una chica es rechazada a medio escarceo –situación casi imposible de imaginar- la imagen de la chica a medio vestir siempre es sensual (hay algo en la mediana desnudes de la mujer que incita sin remedio a la reflexión erótica) pero si un hombre es rechazado, sólo hay que imaginar a ese pobre diablo en brama, con los calzones a modo de hamaca entre las piernas, las bolas al aire y una expresión de damnificado sexual que es para mearse de la risa. Es patético, y las mujeres piensan que con decir “oh, nene, en verdad lo siento” el universo entero se podrá reacomodar en tres patadas… tres patadas en las bolas es lo que uno siente cuando ellas dicen “oh, nene, en verdad lo siento.”

Ahora bien ¿Por qué comencé a escribir todo esto? Ya recuerdo; por el asunto de este domingo en la mañana, cuando desperté con la mano de una chica maravillosa hurgando mi bragueta, y yo entrampado en el rarísimo caso, casi increíble, de no tener ganas de cojer.

Sin embargo, lo que salvó la tragedia es que la Mujer Maravilla es la mar de comprensible; es una de esas amigas que no terminas de querer nunca, porque es como ese amigo sin pene con quien puedes compartir un sentimiento reservado sólo para los místicos o los muertos: el sentimiento de la amistad sin el predominio del sexo.  

Hace mucho que no me encontraba con la Mujer Maravilla, y no contaré cómo es que, después de tantos años, despertamos juntos y golpeados por una cruda bestial. Sólo diré que la confianza que nos tenemos me dio valor para decir, con toda la correctancia posible, que no quería cojer.

-Pero tú siempre quieres cojer.
- Ahora ya no, no siempre.
-¿Por qué? – Me pregunta, y no supe que contestar. Me sentí como esas chicas tikismiquis que suelen decir con mustiedad “es que tengo una menstruación imaginaria” pero en lugar de eso, se me ocurre otra salida fácil. Se me ocurre decir:

-Es que, en el tiempo que no nos hemos visto... me  he vuelto budista – la Mujer Maravilla me miró extrañada, soltó una risa y respondió con esa gracia tan suya para desármame. 
- ¿Y eso qué? Mi ex marido era budista, y cojíamos todo el tiempo –el argumento es sólido, pero me apresuro a decir: 
- Bueno, es que yo… soy de los budistas que no cojen.
-Comprendo… -dice ella, que en realidad no parece comprender nada, pero sonríe. Veo en sus ojos un mar de significados y adjetivos, y sin decir nada más, sin dejar de abofetearme con su sonrisa, va liberando mi pene; me da la espalda y dice:
-Es una lástima, porque he estado practicando, y pensaba enseñarte cosas que no aprenderías ni en la India.
-No lo dudo, Teacher.

El apodo de Teacher  se lo ganó a base de muchas jornadas de estudio intensivo, que no sé si aprobé con honores o arañando la suficiencia,  en todo caso no creo haber reprobado.
“Pensaba enseñarte algunas cosas que no aprenderías ni en la India.” Eso sí es un golpe bajo, porque sé que no bromea. Hay algunas cosas que Mujer Maravilla sabe hacer como pocas mujeres en la vida: Bailar árabe, escribir poemas, y exprimirte como un limón de temporada.

A la Mujer Maravilla la conocí en uno de esos encuentros literatosos donde la gente habla de literatura (estoy consciente del perogrullo, pero estos encuentros son un enorme y repetitivo perogrullo), luego de escuchar a una runfla de grandiosísimos escritores -todos ellos genios para sí mismos- que leían enfebrecidos sus  insuperables obras en el café local, alguien propuso que nos fuéramos al bar de enfrente. 

Ella disertaba sobre el sadomasoquismo con un grupo de niños que más bien deseaban verla en cueros esgrimiendo un látigo infame. Yo platicaba con Edgar y Daniel sobre la película El Club de la Pelea, y la posibilidad de hacer una poetisa: un encuentro entre dos poetas que recitaran sus versos mientras se quebraban a golpes.

Varias cervezas después consideramos necesario hacer un “ejercicio previo” del evento. Cuando nos dirigimos a la puerta del bar, la Mujer Maravilla preguntó con indiferencia “¿Ya se van?” a lo que respondí con esa dura expresión de hombrecito rudo que ahora me causa vergüenza “No, sólo vamos a golpearnos un poco. Ya regresamos”

Cuando regresé –con una costilla semifracturada, un dedo roto y una ceja abierta- Mujer Maravilla hipnotizaba a los presentes disertando sobre la poesía sado y el budismo de la corriente soto; cuando vio que mi ceja no paraba de sangrar, se apresuró a sacar una servilleta y comenzó a limpiarme con cuidado (mucho tiempo después me confesaría que le había atraído mi actitud de mequetrefe de cantina) 

-¿Por qué lo haces? –pregunté, inclinado en su regazo dejando que me curara.
-Por que me gustan las heridas- Dijo. Cuando terminó de limpiarme, me mandó a mi silla de un empujón y siguió conversando con sus amigos. No volvió a dirigirme la palabra, salvo uno de los tipos a su alrededor, que alardeaba sus vastos conocimientos sobre el sexo, y a quemarropa preguntó mi opinión sobre las costumbres coitales de las mujeres balcánicas; ante tal estupidez, sólo atiné a responder con la verdad: 

-No sé nada de sexo, no me interesa el sexo.- Mucho tiempo después, Mujer Maravilla me confesaría que le había atraído mi actitud de autista sexual. 
Seguí bebiendo con mis amigos de pelea; bebimos hasta caernos. No recuerdo si me despedí de ella. 

Meses después, otros amigos me invitaron al mismo bar. “Vendrá la Mujer Maravilla” dijo uno de ellos. Al llegar la encontré discutiendo no sé que asunto borgiano. La observé repartiendo sus conocimientos del sexo, el budismo, la poesía como una mesías que reparte pescado en una taberna. A medianoche dos de mis amigos fueron por cigarros (en realidad querían comer uno tacos sin nosotros), un tercero ya dormitaba en la mesa, así que Mujer Maravilla y yo pudimos intercambiar impresiones; nos desbocamos hablando y hablando como si acabáramos de descubrir el lenguaje. En un momento de pausada honestidad quise retomar el tema. 

-Lo que te dije la otra vez es cierto. No sé nada de sexo.
-Está bien. Yo sé bastante de sexo. Con que uno de los dos lo sepa es suficiente.
-Qué bueno, porque llevo horas pensando cómo decirte que quiero cojerte, cojerte mucho, y luego invitarte a comer unos Twinkies y fumar un cigarrillo, pero no se me ocurre cómo decirlo-. Me miró fijamente y soltó una carcajada.
-No, gracias. No me interesa.
- ¿Por qué, no te gustan los Twinkies?-ella vuelve a soltar una carcajada, un poco  tonta, casi pedante
-Vaya, ¿ese es tu mejor argumento para ligar?
-No es mi mejor argumento. Es mi único argumento.
-Si quieres tener sexo conmigo, deberías empezar por pedirlo amablemente, decir algo como “Señorita ¿le interesaría a usted hacerlo conmigo?” a las mujeres nos gusta que nos pidan las cosas con amabilidad.
-Está bien -dije; y afiné la voz: -Señorita, ¿le interesaría a usted hacerlo conmigo? -luego de unos segundos, dijo:
-Por supuesto que… ¡no! Jamás cojería contigo, jamás en la vida. –y de nuevo la risilla pedante.
-Oye, creí que...
-¿Creíste que cojería contigo sólo por pedirlo?- Vaya que eres lento. Creí que bromeabas, pero en realidad no sabes nada de sexo-. Sentí rabia y guardé silencio. Seguir allí era una pérdida de tiempo y una oportunidad para que me siguiera humillando. Ya me había levantado cuando dijo:
- Mira, ya vienen tus amigos.
-Lo siento, nos tardamos un poco por que…
-Está bien, no importa –dijo Mujer Maravilla- estamos planeando seguir la peda en otro lado 
-¿Dónde sugieren? –dijo el tercer amigo, sacándose un pedazo de cilantro con la lengua.
-¿Podemos ir a tu casa? –dijo Mujer Maravilla, mirándome desde su vaso medio lleno.
-Si no hacemos mucho ruido sí. Es que a veces mi mamá se despierta y…- y nadie me hizo caso. Nos subimos al carro del amigo del cilantro y nos detuvimos en un Oxxo a comprar unas botellas. Mujer Maravilla bajó del auto tarareando una canción.
-¿Tú no vienes?
-No.
-¿Estás enojado conmigo?
-No.
-¿Estás enojado porque no quise cojer contigo?
-Está bien, no importa.
-Eres un niño -.Dijo, y se dirigió al Oxxo dando brinquitos. Cuando regresaron, mi amigo del cilantro me pasó la bolsa con las botellas, botana, cigarros y un par de Twinkies.
-Son para ti –dijo Mujer Maravilla.- Que los disfrutes.

La reunión en mi casa duró tres días con sus noches. Ese sería el inicio de una temporada que recordaríamos como una montaña rusa, rusa y borrosa, donde el día y la noche se extraviaban entre la bebida, la cama y los libros; siempre los libros.
Fue un alivio que no duráramos juntos más de dos meses. Mi cuerpo no lo habría soportado.

Durante esa temporada la Mujer Maravilla me enseñó a descifrar a Vallejo, a desacralizar a Neruda y a disfrutar a Huidobro sin efectismos.

La escuchaba opinar sobre cualquier cosa: de los contemporáneos mas viejos o de un Jorge Cuesta más humano y menos mítico o de un Bañuelos o un Paz o un  Shelley o un Granados o un Góngora. Hablaba por horas y horas sin parar agitando los brazos o abriendo inmensamente los ojos ante el descubrimiento de un poema largo que recitaba de memoria y que a veces detenía de golpe sólo para beber de la botella uno dos o tres o cuatro tragos mientras yo trataba de escuchar el gulp gulp del alcohol bajando por su garganta delgadita…

Alcoholibrosexo alcoholibrosexo alcoholibrosexo bailadeslumbrabailadeslumbra…

Me sentía agobiado, disminuido, porque de poesía yo no sabía nada… hasta la fecha no sé nada, no me entero. 
-Cuando te vi en el encuentro de escritores creía que sabías de literatura.
- De literatura no sé casi nada, salvo que duele.- Dije.
Pero no quería quedarme atrás, así que comencé a zambullirme en los libros buscando algún poeta de esos raros misteriosos e interesantes, de esos de culto para hablar de él con Mujer Maravilla y presumirle que yo también sabía de literatura, de poesía. Entonces nos íbamos a un café o a mi casa, y yo abría mi gran bocota diciendo “¿conoces a Cosme Fulanito?” y ella se quitaba la ropa sin parpadear, mientras decía “Sí, Cosme Fulanito fue un gran poeta sudventista que…” y terminaba hablando de él como si fueran amigos entrañables.
La verdad me agobiaba no estar a la altura de sus conversaciones. Pero también me enseñó a ser más atento: aprendí a escucharla sin pronunciar una palabra; sólo fumaba, tratando de que no fuera tan evidente mi estoica ignorancia. 

Recuerdo una ocasión: serían poco mas de las doce. Ella se retorcía sobre mí formando riquísimos ochos imaginarios, y justo después de mi estremecimiento, se procuró un cigarrillo, y sin quitarse de encima comenzó a hablar se García Lorca y su teoría del duende; para cuando agotó cualquier conjetura ya habíamos recorrido Nueva York y Granada en varios coitos. 
En otra ocasión, luego de desvestirse, comenzó a disertar sobre un escritor checo que en ese momento me pareció más grande que Jesucristo. A las siete de la mañana, culminó su cátedra desnuda con un bostezo casi infantil. Se enrolló en la cobija y de inmediato se quedó dormida. Yo la seguí mirando un rato desde el sofá. Y aun estaba vestido.

A veces le enseñaba mis poemas. Los leía con la ternura de una madre que teme romperle el corazón a un niño, pero al final me lo rompía, diciendo que no eran poemas que tocaran el alma, “No puede tocar el alma un artefacto que no tiene alma” decía, filosa; pero lo suavizaba diciendo que tenían cierta vena poética (nunca entendí eso de la vena poética) yo quería que tuvieran no sólo “vena poética” sino riñones poéticos, hígados, tendones, nervios poéticos; en todo caso, fuera o no fuera poética, un día ella rebanó mi vena con su lengua filosa, de tajo. Muy seria me aconsejó tomar una decisión: trabajar como un negro para lograr algunos poemas decentes y expeditos, o portarme como un hombre, agarrarme los riñones –nada poéticos- y aceptar que jamás le abriría las piernas a la poesía “Y hablando de piernas ¿te importaría abrir las mía?” decía, aminorando la tragedia.

No se crea que Mujer Maravilla era una máquina de transgredir braguetas. A diferencia de la gran, enorme, inmensa mayoría de las mujeres, ella no cojía por necesidad, por chantaje o por amor (Dios mío, cojer por amor, qué cosa más degenerada). Ella cojía por gusto, y se cojía a cualquiera por gusto, y si tú no le gustabas, no importaba que fueras el hombre mas guapo y viril del universo, ella te diría con el dulce placer de una patada en el escroto: “Oh, nene, en verdad lo siento”

Me he extendido tanto en contar estas cosas, que no sé cómo terminar de explicar lo más importante. 
Luego de aquella temporada de dos meses en que nos gustaba jugar a que no terminaría nunca, tuvimos un percance y no volvimos a vernos. 
Pasaron varios años, hasta el domingo de esta mañana, en que despertamos con una resaca del diablo y ella hurga en mi bragueta y yo no soy capaz de explicarle que no tengo el valor de cojer con ella. Y todo por aquel percance.

¿Y cuál fue aquel percance?
Ella se enamoró de un hombre, y comenzó a cojer por necesidad, luego por chantaje, luego por amor… 
Dios ¡cojer por amor!
Qué cosa más degenerada.



Texto por: Leonel P. Mosqueda



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