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Blog autobiográfico." Cuando escribo no pienso en el lector. Olvido que no todos somos cerdos. Ese es mi gran error. Y el de ellos." Martin Petrozza.

Héroes

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domingo, 28 de agosto de 2011

Manifiesto de un perdedor.


Levántate, cuerpo. Son las tres y hay que abandonar la habitación. Creo que hace tiempo que llaman a la puerta aunque pudo ser un sueño o el sueño que quería creer que estabas soñando (la verdad es que la chica de la recepción está ya aporreando de tal manera que casi me va a entrar el pánico homosexual, pronto estará aquí la policía o algo peor. Deberé estudiar mi posición y diseñar alguna estrategia defensiva, este enroque ya no sirve). 

 Levántate, cuerpo. Son las tres. Tienes resaca. Que alguien me pegue un tiro, por favor. Me hará sentirme mejor y yo soy el que manda así que dispara de una puta vez. Tú, que estás tumbada y desnuda a mi lado, mientras, odia al vecino. No sólo al de tu mismo descansillo. Odia al de arriba. Odia al de abajo. Ódialos a todos. Son unos cabrones y tú también eres un cabrón para ellos. Ten un arma en la cabecera de la cama. Una pistola estaría bien. Un afilalápices puede valer. Has abusado de la coca. No abuses de la coca. Alterna con otras sustancias y tírate a tu cuñada por compasión. Hazle el favor. Por una vez, se su amigo. En el fondo de su corazón te lo agradecerá. La verás sonreír. Vete y díselo. Expónselo. Arguméntale tu teoría. Lo entenderá. Lo apreciará. Accederá. Que sea sin cariñitos. Se puede sentir incómoda. Puro sexo. Eso lo sabes hacer bien y eso es lo que ella necesita. Reniega de dios. Él perdió un pulso con Brando y  una apuesta de beber chupitos de mescal con Malcom Lowry así que, que te condenen, se está mejor condenado y ellos tampoco son tan fuertes. Tatúate en la frente No molestar y en la polla Tipo chungo. No sean Ying. No seas Yang. Los dos son unos idiotas. No sean Tintín. Se un incompetente. Métete en un detox-centre sólo para volver a beber y a drogarte al salir. Cágate en dios cada cinco minutos. Cágate en tu psiquiatra también: él se cree dios, por tanto se lo merece.  Decepciona. Distorsiona. Visita la tumba de Marx y mea encima, a ver si crece algo. Ten cuidado con los huevos: hace frío allá arriba y se te suben hasta las ingles. Escribe un libro. Escribe. Escribe un libro, publícalo, gana pasta y gástala en putas y en un tiendas de sexo, da conferencias con la nariz destilando mierda de la última raya. Da conferencias con la cara medio paralizada y que te acompañe un pivón del puti de El Viso para que te haga la traducción simultánea, se les da bien el lenguaje, y tírale confeti a los payasos de la prensa y págales pasta para que te hagan buenas críticas y así vender más ejemplares, lo conseguirás, todos tenemos un precio, puritanos de mierda. Tú también fuiste de la prensa, por eso sabes que son unos payasos. Conoces el sistema pero no te preocupes. Yo estoy aquí para todo aquello que no sepas. Todo eso ya lo han hecho otros más grandes que tú antes. No eres original pero no importa porque no queremos ser originales. No pretendas cambiar nada. No pretendas cambiar los “cimientos del sistema”. No intentes convencer a nadie de que lo que escribes es para que todo se purifique, una catarsis social. Literatura con mensaje. Mierda. Serás un mentiroso si lo haces y correrás el peligro de perder el alma, si es que sabes lo que es eso. Yo no sé lo que es eso. Tú no quieres cambiar nada porque te da igual que algo cambie. Escribes porque te sale de los cojones y en lo que dices no hay mensajes de moralidad ni nada de eso… a nosotros no nos gustan ni los mensajes ni la moralidad. A nosotros no nos gusta casi nada. Nosotros no odiamos nada pero no nos gusta casi nada. Sólo queremos poder sacar alguna conclusión a partir de todo lo que ya sabemos y visitar a Slot en su cátedra sagrada en Karlsruhe, tomarnos una jarra de cerveza con él y volver decepcionados de todas las vacas sagradas de la historia de la humanidad. Luego: reniega de todo. No es nihilismo. No. No. No. Reniega de tus lecturas. Reniega de tus padres: sólo dan por culo y no los necesitas. No necesitas nada. En realidad, reniega de la familia entera. Nunca estés con una tía a la que no quieres. Nunca estés con una tía a la que quieres. Nunca estés con una tía. Estate con varias. A casi todas te las encontrarás en algún momento pegándotela con otro. Vive solo. Muere solo. Juega. Pierde siempre y pierde pasta. Eso sí que curte, amigo. Eso y darte de hostias así que: date de hostias, da igual si te las dan. Pestañea. No pestañees, idiota o no las verás venir. No me hagas caso en todo. Se un inconsecuente. Se contradictorio. Cambia de opinión constantemente. Nunca será bastante. Que nadie a tu alrededor sepa a qué atenerse. Tú tampoco deberás saber a qué atenerte. Qué más da a qué atenerse. Preferirás los laberintos. No tengas amigos. Ten algún amigo. Ten muchos amigos. Cámbialos. Son como cromos de cretinos futbolistas. Duerme en el metro. Alguna vez, duerme en el metro. Sol o Moncloa están bien. Candem o Pimplico o St. Paul, mejor. O mejor no. Deja que la lluvia te moje la coronilla mientras el rumor del agua se filtra entre las hojas de los árboles en algún lugar del altiplano de la sierra de Guadarrama. Tal vez en Manzanares, donde las cigüeñas anidan. Allí debe estar la pureza aún, la pureza y la libertad que nunca más encontraste en ningún otro lugar, la pureza que perdiste. Allí quedaron rastros de tu propia sangre y de tu propia piel. Allí están aún, mezclados con el fango, con alambres de espino… alguna célula de ti todavía debe estar allí. Siente como llueve, madona como llueve. La lluvia te limpiará, nunca nadie dijo que fuese mala. Por un rato te limpiará y te sentirás bien pero no te hagas ilusiones. Entonces ensúciate otra vez pero elije tú la mierda. No queremos estar limpios. Sólo están limpios los que rezan y los que se bañan a diario, o al menos eso creen y nosotros no lo hacemos. Somos unos pecadores de la hostia. Líate un porro. Prepárate para rockanrollear y nunca, nunca, nunca pierdas el tiempo. Es lo peor que jamás podrás hacer porque tienes poco. Esa es mi consigna para ti.






miércoles, 24 de agosto de 2011

Mario Alberto.



Los gatos son vanidosos, dice Mario Alberto mientras yo ordeno una ronda más de Whisky en las rocas. Son como uno, dice Mario Alberto, no se dejan dominar, quieren su espacio. Sí, digo sin dar importancia al asunto y cojo un puñado de cacahuetes españoles, que están en una bandeja sobre la mesa. La mesa está en la cantina, y en la cantina estamos Mario Alberto y yo, y hablamos de gatos. Es sorprendente todo lo que se puede decir sobre gatos. Mejor dicho: todo lo que Mario Alberto puede decir sobre gatos. Sobre cualquier cosa. No necesita conocer de gatos para darte una cátedra. Es de los que confunden suponer con saber. Sería capaz de apostarse el todo por el todo con base en un juicio suyo; un juicio con base en la nada. O con base en su imaginación, en sus prejuicios y en sus falaces inferencias. 

 Mi abuela tenía un gato y era cosa seria, dice Mario Alberto, jamás se dejó atrapar. Andaba por la casa y todo, pero uno no podía acariciarlo. ¿De verdad?, pregunto sin verdadero ánimo. De verdad, dice Mario Alberto como si le ofendiera que yo dudase; me lo juró más de una vez. Palabra, decía, jamás nadie logró tocar al gato. Tomé el vaso con whisky recién traído por el mesero y me eché un buen trago. Mario Alberto continuó: en cambio mi tía, ella tenía un gato muy bonito, si no mal recuerdo se llamaba Camila; era una gata. Qué gata más bonita. Podía pasarse todo el día encima de las piernas de mi tía y se dejaba tocar el lomo, la cabeza, la cola. Era una gata noble. Miro a Mario Alberto directo a los ojos, tratando de hacerle llegar el mensaje de mi aburrimiento. Pero Mario Alberto no es de los que entiende esas cosas. A un gato debes tratarlo como tal, dice, he mirado personas tratar a gatos como a perros. Los gatos son libres, no puedes tenerlos en casa todo el tiempo, es su instinto. Ni siquiera tienes que alimentarlo si no quieres, son cazadores natos. 

 Al tiempo que Mario Alberto decía todo eso yo pensaba en él. Pensaba: Mario Alberto es la clase de persona que dice muchas cosas pero ninguna de ellas importante.  Puede hablar durante más de veinte minutos, sin decir nada útil. Todo el tiempo tiene opiniones, sobre todas las cosas, pero ninguna es acertada. Lo que sucede es que mi abuela era una mala persona, por eso su gato nunca se dejó tocar. Los gatos saben esas cosas. Son capaces de mirar el alma de las personas. Hace juicios de las personas sin conocerlas, y se vanagloria de saber escuchar, pero nunca escucha un carajo. Un amigo tenía un gato, uno de esos gatos… siamés, sí, de esa raza. Era un gato imponente. Daba pavor verlo caminar, gallardo, por toda la sala. Se trepaba al respaldo de los sillones. Siempre a lugares altos. Pensabas que se te echaría encima. Sin embargo era un gato muy tranquilo, jamás hirió a nadie. Con excepción del cuñado, aunque a decir verdad, tampoco lo hirió nunca. Mario Alberto lleva una vida sencilla, simple, y, siendo sinceros: mediocre. Cada que el cuñado iba a casa de mi amigo, el siamés enfurecía. Se le plantaba delante, lo miraba a la cara y estiraba el lomo. El pelo se le erizaba. A veces se ponía en posición de ataque. No tiene más ambición que la de encontrar un buen plato de sopa y un trozo de carne todos los días al volver del trabajo. Para ello estudió la carrera de Administración de empresas, y ha logrado su sueño. Mi amigo debía calmarlo, pero era complicado, ya te dije, los gatos no se dejan dominar. Lo mejor era que el cuñado saliera de casa. A cada visita lo mismo. Tenían que ir a por un café, a una cafetería. No había modo de calmar al gato. Todos los días al llegar a casa, María, su mujer, le tiene en la mesa un plato de sopa y un trozo de carne, que se embucha con todo el orgullo de un imbécil. Lo hace sonriendo y contando a su mujer un montón de cosas sobre el curro. Mi amigo, hermano de la esposa del cuñado, estaba apenadísimo con él y con su hermana. Era desagradable no poder recibirlos en casa por culpa del felino. Así que decidió deshacerse del gato. María lo escucha con ánimo, pues ella es tan banal como su marido, y tan mediocre. El sueño de María es formar un hogar con tres hijos y tener una casa con jardín. Eso es todo a lo que aspira. Lo dejó salir pero por supuesto, volvió. Lo echó al maletero del coche y condujo varios kilómetros hasta llegar a un gran parque y allí lo bajó. Una vez que el gato se distrajo subió al coche y arrancó. Ni ella ni Mario Alberto se han pregunta jamás el motivo de su existencia, el sentido de la humanidad, el futuro de la Tierra, sobre la relatividad del tiempo, el deseo de la muerte, el azar. Estuvo tranquilo por más de una semana. Creyó que se había librado del asunto y mandó llamar a su cuñado y a su hermana. Limitan su vida a los discursos del televisor, y a las charlas con amigos, que son del mismo tipo; que creen con toda  su fe lo que han visto en esa caja. Sin embargo, dos días antes de la cena que preparó para sus invitados, escuchó un ruido en la cocina. Como el que solía hacer el siamés al regreso de sus paseos. Corrió a mirar con la esperanza de que todo fuese su imaginación. No fue su imaginación. El maldito gato estaba sentado en medio de la pieza. Venía despeinado y maltratado pero estaba allí. De vuelta. En casa. Son personas hechas a molde. Por supuesto, ellos no lo saben. Mario Alberto piensa que es muy original porque sólo a él se la ocurrido colocar una calcomanía de su grupo favorito (que es ABBA) en la tapa del tanque de gasolina de su auto subcompacto. Mi amigo llamó para cancelar la cita en su casa y cambiarla a un restaurante. Piensa que es inteligente, por encima del promedio, porque ha logrado robar la señal de TV de paga. Se piensa inteligente y práctico porque suele encontrar atajos para librar el tránsito, y para librar semáforos complicados usando vías alternas. La hermana le reclamó muchísimo. Dijo que no podía creer que de verdad intentara alejar al gato. Pensó que mi amigo mentía, que había contado aquella historia para justificar su sensiblería. El cuñado no decía nada. No le daba importancia. De hecho, prefería no hablar del gato y disfrutar de la velada. Su deporte favorito, claro, es el soccer. No se pierde un encuentro de soccer. Así pasaron varios meses. Se acostumbraron a citarse en cafés y restaurantes, hasta que un buen día mi amigo se enteró de la verdad del cuñado. En la oficina tiene un pequeño televisor en el cual mira los partidos que ocurren durante las horas de trabajo, con sus colegas. Esto le ha granjeado la aceptación del grupo, y una popularidad de la que se pavonea toda la temporada de condenado futbol. Y ni qué decir del Mundial. Resulta que se armó el escándalo familiar porque se enteraron que el cuñado pegaba a su mujer. Depende de estas pequeñas muestras de afecto, al grado de invitar a un compañero el trago con tal de ser escuchado. Y aquí es donde entro yo. 

 Por eso el gato no lo quería, ¿cierto?, digo dando un trago a mi bebida y Mario Alberto asiente con expresión de asombro. No dice nada. Mueve la cabeza lentamente de arriba abajo y abre los ojos y la boca como si con ello la cosa fuese más asombrosa. O como si fuese asombrosa. De ese día en adelante el gato se ganó la confianza y el cariño de toda la familia, dice Mario Alberto, lo trataban como se trató alguna vez a los gatos en Egipto. Ya, digo yo tomando otro puñado de cacahuetes. 

2

Conocí a Mario Alberto en la cantina Jalisciense del centro de Tlalpan. Yo estaba a una mesa, y él a otra, esperando a un par de amigos. Yo estaba solo. Mario Alberto se ordenó una cerveza mientras esperaba. En algún momento miró su reloj, se levantó, y me pidió a mí, que era el tío más cercano, si podía echar un ojo a su saco, que colgaba del respaldo de la silla, mientras él iba a echar un ojo a ver si miraba llegar a sus colegas. Le dije que sí. Mario Alberto salió y regresó echando pestes. Se quejó conmigo de la impuntualidad de esos tíos y ya no me soltó. Preguntó si podía sentarse conmigo. Acepté. 

 Los primeros minutos los pasamos en silencio. Dábamos tragos a nuestra birra y mirábamos a todos lados, sin mirarnos entre nosotros. Yo no sabía exactamente qué hacer y Mario Alberto tampoco. Supongo que él se olió mi misantropía y mi gusto por el silencio y la soledad. Probablemente pensó que fue en error sentarse conmigo. Pero luego comenzó a hablar. Frases cortas primero, lanzadas sin mucho ánimo, a las que yo respondía con movimientos de cabeza. Pero después comenzó a hablar de sus zapatos. Dijo que él sabe dónde comprar buenos zapatos a buenos precios. Ya, decía yo escuchando sin dar importancia. Estos, por ejemplo, dijo, son muy flexibles, no como otros que son duros como una roca. ¿Cuánto crees que pagué por ellos? La pregunta me cayó de golpe, no estaba prestando demasiada atención y tuve que hacer un esfuerzo por reconstruir en mi cabeza el monólogo de Mario Alberto. Finalmente contesté, frunciendo los labios y alzando los hombros: no lo sé, ¿cuánto? Vamos, insistió Mario Alberto más animado, vamos, di una cifra, ¿cuánto crees que pagué por este par si te estoy diciendo que yo sé dónde comprar? Carajo dije, no lo sé, unos… ¿quinientos pavos? Era un par de zapatos finos, de gamuza o algo, cafés, y a la distancia sabías que eran finos. Nada de eso dijo Mario Alberto orgulloso, he pagado menos. Dios dije, qué cabrón. Adivina, ¿cuánto crees? Yo no deseaba adivinarlo, me importaba un bledo. Pero Mario Alberto insistió. ¿Cuatrocientos pavos?, dije sin interés. ¡Casi!, exclamó él, pero en realidad me costaron trescientos cuarenta, ¡lo puedes creer! Trescientos cuarenta por este par, y tengo otros, de piel, negros, que cogí por el mismo precio. Ya, dije sonriendo y Mario Alberto sonrió también, presumido. Ambos dimos un trago a la birra al mismo tiempo. 

 A los pocos minutos llegaron los compadres de Mario Alberto. Cuando lo hicieron él estaba conmigo, así que los sentó a todos en mi mesa ¡el muy mamarracho!, y me presentó como a un amigo. Mario Alberto solía considerar a las personas como amigos por el mínimo motivo. Se jactaba de tener muchos amigos. La verdad es que no tenía ni uno. Ni uno de verdad, quiero decir; todos era compañeros de trabajo. Si él cambiara de trabajo, los perdería a todos. Esos no son amigos. 

 Eran cinco tíos. Todos vestidos del mismo modo que Mario Alberto: traje sastre oscuro. Incluso me pareció que un par de ellos vestía exactamente el mismo traje. Y todos reían por todo. Sin ningún motivo o sentido digno de la hilaridad. Venían extasiados. Bueno me dije, después de una semana de trabajo es normal que ahora vengan extasiados. Sin embargo yo no estaba extasiado después de una vida de letargo. Me levanté de la mesa y me despedí. Ninguno me detuvo, yo no era como ellos y ellos lo sabían. Excepto Mario Alberto, que luego de insistir un par de veces en que los acompañara, me dejó ir. Me estrechó la mano y me abrazó. Ya dije, diviértete. Y me largué al bar de la calle de al lado. 

 El siguiente viernes regresé a la Jalisciense y para mi sorpresa allí estaba Mario Alberto con un par de tíos de la oficina. Me miró entrar y me saludó. Me hizo sentarme a su mesa. Le saludé con desgana y me ordené un whisky en las rocas. Mario Alberto dijo que a él también se le antojó un whisky en las rocas, y que nomás se acabara su cerveza, lo pediría. Sus colegas propusieron comprar una botella entre todos los presentes. Yo me excusé so pretexto de no contar con demasiado tiempo. Mario Alberto dijo que no fuera un aguado,  que me quedara con ellos a beber al menos esa botella. Entonces me excusé con falta de dinero y Mario Alberto dijo que no me preocupara, que esta vez él pagaría mi parte. Bueno pensé, así la cosa cambia. Brindé con ellos a salud de ese whisky en las rocas que esperábamos con ansias. Primero debían terminar con su ronda de cervezas. 

 En algún momento de la velada se les subieron las copas a la cabeza. Comenzaron a quejarse de sus lastimeras vidas, más o menos como lo hacen los tíos mala copa. Se quejaron de sus mujeres. De sus jefes en el curro. De sus curros. Primero comenzó un moreno de estatura baja. Seguido inmediatamente por otro de ellos, y aunque los tres restantes se resistían a caer, finalmente cayeron. No podían ocultarlo más: eran infelices. Hacían todo de mala gana. Esa era la verdad. Vivían en un mundo falsamente feliz

 Mario Alberto por su parte se quejó de su hábito de beber. Lo hizo a manera de confesión. De los cinco no se hace uno, pensé, no pueden ni con una botella estos pelaos. Mario Alberto confesó que alguna vez en la adolescencia fue alcohólico. Yo no sé muy bien a qué se refiere la gente cuando dice que fue alcohólica. Dijo que al grado de asistir a la A. A. Dijo que después dejó el trago formó un hogar y ahora… Ahora tiene miedo de ser alcohólico otra vez. Y luego comenzó a aconsejarme. Cosa que detesto con toda mi alma. Que alguien se atreva a darme consejos. Es de mal gusto dar consejos. Me advirtió tener cuidado, dijo que había notado mi manera de beber y que era la manera de un tío que debe tener cuidado (no se atrevió a llamarme alcohólico de frente pero estoy seguro que lo pensaba). Uno de los colegas de Mario Alberto afirmó el juicio de su amigo diciendo que él también llegó a tener problemas con el alcohol. Ahora sólo se permitía beber una copa o dos. Eso dijo pero había bebido más de cuatro copas. O sea que estos cabronazos eran unos abstemios que se permitían beber de vez en cuando. Como la mayoría de borrachos que he conocido. Te cuentan lo terrible que es pegarle al trago, lo peligroso que es, lo malsano que es, todo, mientras se beben una copa contigo. Y te amargan el trago. Mario Alberto estaba amargándome el trago. Dijo que lo él prefería ser abstemio, que si por él fuera no tocaría la bebida. A lo que respondí que más vale ser un buen borracho que un mal abstemio, y todos se cagaron de la risa. Dije que yo prefería ser un borracho contento, y no un abstemio reprimido como Mario Alberto. Y todos brindaron a salud del buen momento. Y se olvidaron del asunto. Ninguno dijo nada más al respecto. 

3

Me hice amigo de Mario Alberto después de aquella botella de whisky. Me platicó toda su vida en una noche (la verdad que fue demasiado para contar una vida sencilla: curro mujer y cerveza) y comenzó a buscarme con regularidad. Me marcaba los jueves para ir a beber, y como ya sabía de mi parquedad de pasta, las más de las veces él corría con los gastos. Y yo comencé a tomarle gusto a sus charlas. De alguna manera me parecía interesante la manera de ver el mundo de Mario Alberto, y de cómo podía platicarte durante horas, la mínima trivialidad. 

 Le escuchaba contarme de cómo su mujer se cabrea porque él tiene la manía (su mujer dice que es una manía) de dejar las pantuflas sobre la cama. Yo tampoco lo entiendo, le dije, ¿las pantuflas sobre la cama? Dijo que así las tenía más a la mano. Y es cierto dije, sólo que… las pantuflas van en los pies, tío. Sí dijo, pero las cojo primero con las manos. Tiene sentido dije, tiene sentido.   

 La mente de Mario Alberto era como un libro abierto. Podías controlar todas sus emociones a placer. Por ejemplo, si deseaba hacerlo cabrear sólo tenías que decir algo en contra de su equipo favorito de soccer. Si deseabas ponerlo alegre, bastaba con lo contrario. Si deseabas alterar sus nervios podías hacerlo hablando de Dios y del destino. Esos temas le inquietaban y prefería no pensar en ellos. Los evitaba a toda costa. Sus frases al respecto eran siempre las mismas: “hay cosas que jamás entenderemos”. “Yo sí creo en Dios, tanta perfección no puede venir de la nada”. Y chorradas de esas que escuchó en algún sitio aunque nunca las comprendió, y ahora las repite como loro. Si lo querías aburrir bastaba con hablar de literatura, o de cualquier arte. Si lo querías emocionar, hablar de coches. Pero si querías interesarlo de verdad la cosa era hablar de prestaciones superiores a la ley, seguros de vida, afores y puntos del Infonavit. Cuestiones en las que se consideraba un experto. Yo hago valer mis derechos, decía lleno de furia. Y también tenía sus contradicciones. Decía amar a su mujer, amar su trabajo y amar a Dios. Sin embargo, pasaba mucho tiempo en las cantinas, hablando de otras mujeres, y a Dios lo mencionaba únicamente como medio de obtener ciertos beneficios que no podía procurarse por sí mismo. Como un aumento de sueldo ipso facto, pues a decir verdad, decía, ya no estoy a gusto con la empresa para la que trabajo. De mujeres sus preferidas eran las rubias tetonas, o las morenas tetonas, como Sabrina o Ninel Conde. Podía hablar de estas mujeres como si tratase de diosas, o como si valieran lo que cuestan. Por mi parte le decía, sólo para hacerlo cabrear (aunque lo creía realmente), que esas putas no valían un centavo. Que valía más un libro de Goethe prestado por diez minutos, que toda una vida con un trozo de carne como Ninel, que debe ser una retrasada mental y una interesada de mierda. Mario Alberto se ponía rojo de coraje y decía que Ninel era el amor platónico de su vida. No decía platónico, esa palabra no la conocía, pero eso era Ninel para Mario Alberto. Podía discutir durante horas todas las virtudes de esa tal Ninel. Yo solo miraba dos. Ya se sabe cuáles. 

 A pesar de todo Mario Alberto comenzó a interesarme. Incluso como objeto de estudio, pensé sonriendo, pues estudiarlo a él significa estudiar al común denominador de la humanidad. El grueso de la población en un solo hombre. 




lunes, 22 de agosto de 2011

Las aventuras de Tracy McVille: Follando al soldado Marian.


Te recomendamos leer: El vago de la Fuerza Armada.

La historia se sitúa durante la Segunda guerra mundial, más o menos por el año de 1943. Sin embargo la historia no va sobre la guerra propiamente, no es una historia verídica (aunque bien podría serlo, como todas las historias de Tracy MacVille) y no tienes porque creerla. 

 La cosa va sobre Marian, un judío homosexual que logra infiltrarse en el ejército alemán y es fusilado por el teniente de su pelotón. Por supuesto, es infiltrado bajo un nombre falso y documentación falsa. Es aceptado (aceptado quiere decir forzado) en el ejército ya que en aquel entonces los rusos, pero sobre todo los gringos, superan en número a las fuerzas alemanas, y algo hay que hacer, y lo que se hace es enviar a la guerra a todo aquel que sea apto para guerrear. Marian tiene veintisiete años, dos brazos y dos piernas, lo que equivale a decir que es perfecto para la guerra. Marian no desea ir a la guerra. Debe decidir entre morir en la guerra (con el óbolo de esperanza) o morir en un campo de concentración Nazi. Poniendo las cosas así, cualquiera amaría ir a la guerra.

 Existen dos razones de peso que convierten a Marian en un ser despreciable, dice Tracy, que me cuenta la historia en su casa abandonada, al calor de unas buenas cervezas. A saber: uno, que es judío, y dos, que es homosexual. Cuando finalmente se descubre la verdad sobre Marian se opta por el fusilamiento. A un hombre sólo se le puede fusilar una vez, dice Tracy, así que hay que elegir correctamente, entre fusilamiento por sangre judía, o fusilamiento por homosexualidad. Carajo digo, los alemanes se toman las cosas muy enserio. Pues claro, dice Tracy, de no ser así no habrían llegado tan lejos. Le doy toda la razón y continúa: 

 Comenzamos a sospechar de la homosexualidad de Marian porque solía rehusarse a hacer uso de los servicios de prostitución del ejército. Filas tremendas de soldados se hacían para acceder a este servicio. Filas como serpientes ávidas de arrojar el veneno. De hincar los dientes en un buen trozo de carne. Algunos soldados lograban obtener posiciones ventajosas en estas filas a cambio de cigarrillos y comida, sistema que emprendió Marian para forrarse. Se enriqueció de cigarrillos y comida cediendo su lugar (misteriosamente un lugar siempre privilegiado) a cambio de provisiones. Las prostitutas, las más de las veces, no podían recibirlos a todos y algunos, generalmente los últimos en la fila, no lograban mojar la salchicha. Esto podía significar no hacerlo durante meses, años incluso con un poco de mala suerte. El servicio era insuficiente.

 Mis camaradas Frederick y Mutis, y yo, dice Tracy, pelamos patatas (nos tocó el turno de las patatas, que a decir verdad era uno de los mejores turnos. Lejos del frente y en la tranquilidad de las barracas) cuando discutimos el caso de Marian. Ese Marian es dueño de la mitad de los cigarrillos de toda la Alemania, dice Frederick al tiempo que pela una patata particularmente difícil de pelar. Mutis lo reprende porque lo hace mal. Se lleva gran parte de la pulpa al pelar. Si continuas así no comeremos nada, dice. ¿A quién importa?, se defiende Frederick, las patatas son para los novicios, nosotros comeremos alubias. ¡Alubias con patatas, imbécil!, le reclama Mutis y tiene razón. Marian, dice Tracy, a ese sí que no debe importar, lleva el saco lleno de tabacos y de latas de conserva. Mutis sonríe y agrega que también debe estar lleno de vodka. Acto seguido coge una patata y muestra a Frederick cómo pelar al ras. No sé, dice Frederick, me parece que has dejado demasiada piel. Es verdad, Mutis apenas pela el tubérculo.  Más vale así, dice Mutis. Por mi parte pelo las patatas estupendamente, dice Tracy. Yo (Martin Petrozza) rio al escuchar aquella presunción infantil en el relato del vago. Continúa: ¿Cómo es que Marian se ha enriquecido en medio de este infierno?, pregunta Frederick interesado. Mutis explica cómo lo ha logrado. Frederick mira al horizonte y exclama que de ser así prefiere vivir en la pobreza.  Mutis y yo reímos y estamos de acuerdo. Yo también estoy de acuerdo, interrumpo a Tracy y él ríe, y yo rio, y damos un largo trago de birra al mismo tiempo. 

 Un tío, un tal Gombrich, que pela patatas junto a Tracy y sus camaradas (y junto a una decena de soldados más), no pudiendo evitar escuchar la conversación se une a ella opinando que la actividad de Marian le parece muy pero que muy sospechosa. No sólo de pan vive el hombre, cita la Biblia y todos ríen. Incluso ríe otro soldado, cuyo nombre ha olvidado Tracy, que piensa en voz alta que ningún hombre (enfatiza la palabra hombre) sería capaz de aguantar tanto. Mutis dice que eso es verdad, que él mismo ha escuchado historias de soldados encuartelados, en tiempo de paz, que compran a camaradas con permiso gallinas para… ya saben para qué, dice. No hay quien aguante sin echar patadas. Frederick, cagado de la risa dice a Mutis: vamos, ¿qué quieres decir con eso de yo mismo he escuchado?, ¿vas a salir con el viejo cuento del primo de un amigo? Mutis no se cabrea. Alza los hombros y dice: es lo que yo he escuchado decir, ve tú a saber si es verdad. El caso es que ese Marian me parece muy sospechoso, repite Gombrich. Nadie dice nada. Nadie se atreve a formular un juicio. Todos callan y continúan con las patatas. 

 Al menos Marian no tendrá que preocuparse por la ineptitud de Frederick, rompe el silencio Tracy al ver que Frederick no deja de llevarse gran parte de la patata al pelar. Gombrich, el soldado sin nombre y otros más miran el montón de patatas a los pies de Frederick, que deja canicas de patatas,  y le reclaman a gritos. Frederick para en seco la tarea y dice que si no les gusta ya pueden pelar ellos mismos el resto. Ya se encargará él de enriquecerse como Marian. Mutis ríe secamente y le reta a intentarlo. Si quiera una sola vez. Ya verás si no, dice Frederick encolerizado y recomienza la tarea. Coge una pata y la pela aprisa, mal, cómo a él  da la gana. 

2

El teniente Katsinsky ha logrado un permiso de servicio para sus muchachos. Ha sido un servicio particularmente tardío. Las prostitutas llegan en coche a las barracas. Las cabañas se han instalado ya y los soldados comienzan a hacer filas. Cinco mujeres para ciento cincuenta hombres. Siete minutos por hombre. De este modo las chicas deben recibir treinta polvos cada una en mil cincuenta minutos. Doscientos diez minutos por chica. Casi cuatro horas de servicio. Pero la cosa no para ahí. Luego deben tomar un baño y recibir por media hora a los altos rangos. Cada soldado tiene derecho a una sola relación vaginal. El sexo anal y el sexo oral están vetados. 

 Hemos pasado tanto tiempo sin hacerlo, y estamos tan extasiados, dice Tracy, que siete minutos a veces es demasiado. Los hay que se corren en tres, en cuatro. Esto permite que algunos soldados listillos (arriesgando el pellejo) repitan el plato. Todo está cronometrado. Sin embargo ocurre en muchas ocasiones que las chicas no pueden más. La vagina se irrita y se cierra. Cuando esto pasa algunos hombres quedan fuera. El soldado no tiene derecho a reclamar. Las prostitutas son un servicio, un regalo del ejército, y no una obligación. En la guerra una prostituta barata tiene más derechos que todos los soldados de un pelotón, exclama Tracy escupiendo un enorme gargajo. Sabiendo esto las putas (de mierda, dice Tracy) se niegan a continuar al veinteavo hombre.  Son pocas las que llegan al final. Así, decenas de hombres quedan fuera. Cuando se anuncia que al día siguiente habrá servicio es vital levantarse temprano, no dormir si es necesario, para obtener un buen lugar. A pesar de esto el teniente tiene el derecho de reordenar las filas. Derecho que ejerce con malicia y con placer. Deja delante a los soldados lameculos. Y a los buenos soldados los echa atrás. Al final de la fila. No puedes evitarlo. 

 Delante de Tracy está Mutis, y a su lado, en la fila contigua, está Frederick. Tienen el lugar nueve, diez y diez respectivamente. Son buenos lugares. Ninguna puta se rinde antes del quinceavo. Marian ocupa el tercer lugar en la fila de Frederick. Le han visto. Tracy y sus camaradas le han visto. Allí está Marian, dice Tracy a Mutis. Mutis asiente con la cabeza y no quita la vista de él. Hay mucho alboroto, las filas continúan haciéndose. Surgen algunas riñas por decidir quién llegó primero. Las putas aún no están en las cabañas. Las cabañas son cuartos de madera, improvisados, de dos por dos metros. 

 El teniente ronda las filas. Los zapatos le brillan como estrellas. Y pensar que es el trabajo de algún soldado raso, piensa Tracy. Se detiene junto a Frederick. Frederick saluda debidamente. Está sudando. Tracy lo mira sudar. El teniente lo mira de pies a cabeza. Lo echará a la cola, susurra Mutis. ¿Es usted el soldado Frederick G.?, pregunta el teniente. Señor, sí, señor, responde Frederick, cuadrado, como un buen soldado. Sin inmutarse. Sin demostrar el miedo que siente por dentro. El teniente se detiene a mirarlo con detenimiento. Luego mira al final de la fila. Frederick tiene miedo. Lo echará, Jesús, lo echará, susurra Mutis. El teniente saca un sobre del bolsillo interior del saco y se lo entrega a Frederick, quien lo recibe firme, y lo guarda en el bolsillo del pantalón. Disfrute del servicio, soldado, dice el teniente y se larga. Tracy lo mira largarse por el rabillo del ojo. Es un hombre bajo, enclenque. Es increíble que un hombre así tenga tanto poder sobre nosotros, piensa Tracy. El uniforme le brinda autoridad. Vestido de civil no sería más imponente que un niño de catorce años. Frederick suspira. 

 Tracy  da un golpe a Mutis y le dice que mire. Un soldado se ha acercado a Marian. Sin demasiada discreción le entrega un paquete y éste, le cede el lugar. El tercero en la fila. Marian se forma al final de la fila. ¿Lo has visto?, pregunta Tracy a Mutis. ¿Qué si lo he visto?, contesta Mutis, lo ha visto todo el pelotón. Incluso el teniente Katsinsky lo ha visto. Tracy asiente. Es increíble que el teniente permita esto, opina. Mutis alza los hombros. ¿A él qué importa?, de todos modos tendrá su turno de media hora. 

 El turno de Tracy llega. Entra a la cabaña tras la indicación del supervisor. Antes ha entrado Mutis. Piensa que tendrá que revolver el atole de su camarada. Ríe para sus adentros. Qué importancia tiene. 

 Lo recibe una mujer en camisón. Es morena y de pocas carnes. Más parece un esqueleto que una mujer. Tracy intenta despojarla del camisón pero ella lo detiene. Dice que no está permitido. Tracy, resignado, se sienta en la silla. La mujer lo monta y empieza el movimiento. La mujer hiede peor que un vietnamita (sic). No pude concentrarse. Está demorando demasiado. Si no logra correrse tendrá que hacerse una paja en las barracas. Me hice la paja de todos modos, me dice Tracy como un paréntesis en la historia, y luego continúa: La mujer acelera el ritmo. Siente el pene flácido dentro de sí. Le besa el cuello. La cosa se endurece. Está a punto. El supervisor golpea la puerta. ¡Tiempo!, grita desde fuera. Tracy coge a la mujer por la cintura y es ahora él quien dirige el acto. La hace subir y bajar. Pesa casi nada, piensa Tracy. ¡Tiempo, maldición!, grita el supervisor al tiempo que golpea la puerta. Tracy está a nada de correrse. El superviso abre la puerta, ¡tiempo!, grita. Tracy logra correrse en el último momento, y sale. El supervisor hace pasar al siguiente solado, aprisa. Recibirá una amonestación por esto, dice a Tracy con los ojos llenos de ira. Tracy lo ignora y camina a donde Mutis. 

 Mutis fuma un cigarrillo. Ofrece uno a Tracy. Tracy lo coge y Mutis lo enciende. ¿Dónde está Marian?, pregunta Tracy y Mutis lo señala. Hay al menos catorce hombres delante de Marian. Marian sin embargo, luce despreocupado. Contrario a los demás que patalean nerviosos. Gritan que se den prisa. Saben que las oportunidades de echar un polvo se reducen a cada minuto. Marian saca un cigarrillo. Lo enciende con una cerilla y fuma despacio. 

 Frederick y Gombrich llegan de pronto, se unen a Tracy y a Mutis. Ambos sacan cigarrillos y los encienden. ¿Lo han mirado?, pregunta Gombrich, ya les digo que eso no es normal. Frederick ni siquiera ha intentado cumplir su palabra, dice, lo que hace ese chico, Marian, no es normal, carajo. Frederick ríe y dice que una cosa así, por Dios, es imposible. 

 Marian saca un pan de munición. Da un mordisco. Los chicos no le quitan la vista de encima. Hijo de puta, exclama Mutis. Ellos no poseen ni una migaja. Si continúas pelando patatas como lo haces terminaremos más delgados que esas guarras de mierda, dice Tracy a Frederick. Gombrich da un golpe a Frederick. Más te vale hacerlo bien en adelante, cabronazo, dice. Frederick regresa el golpe a Gombrich y se gesta una pelea. Tracy coge a Frederick y Mutis a Gombrich. Los separan. Vamos dice Mutis, si somos camaradas. Frederick rabia de coraje. Gombrich estira la mano a Frederick y dice que lo siente. Anda, dice Tracy, tómale la mano, se ha disculpado. Frederick da la mano a Gombrich, y cuando Gombrich tiene la mano de Frederick bien sujeta, jala y lo hace caer. Se le va encima. Tracy y Mutis apañan a Gombrich. Le propinan algunos golpes para calmarlo. Le someten en el suelo y le amenazan, le exigen que calme los nervios. Gombrich promete calmarse. Lo dejan levantarse y es ahora Frederick quien se lanza contra Gombrich. Lo tumba. ¡A la mierda!, grita Mutis, si lo que quieren es matarse entre ustedes, por mí está bien, por mí está bien. Tracy se hace a un lado y los mira pelear. Gombrich ha dado la vuelta a Frederick. No riñen de verdad, piensa Tracy. No se pegan en la cara. Son como perros, piensa. 

 El servicio ha terminado. Veintidós hombres han quedado fuera. Entre ellos Marian. Los veintiún restantes gritan que aún hay tiempo. Lo hay. Pero las prostitutas se han rehusado a recibir alguno más. El teniente da la orden de parar el asunto.  Los hombres están furiosos. Se agrupan y culpan a los que han tardado demasiado. Nadie ha tardado demasiado. Nadie más de siete minutos. Es asunto cronometrado. 

3

¡Ya se los decía yo!, ¡ya lo decía yo!, grita Gombrich acercándose.  Frederick, Mutis y Tracy están recostados en el dormitorio. En literas. Mutis arriba de Frederick y Tracy en la cama de al lado, en la parte de abajo. Mutis se levanta. De un brinco está en el suelo. Se sienta a los pies de Frederick. Gombrich lo hace a los pies de Tracy. ¿Qué mierda pasa?, pregunta Frederick bostezando. ¡Se ha descubierto!, exclama Gombrich la mar de asombrado. ¡Marian es homosexual! Tracy piensa que es asombroso que Gombrich, que nos lo había dicho, sea el más extrañado. Mutis pregunta cómo lo han descubierto. Lo hace tranquilo. En el fondo le da lo mismo. Gombrich lo suelta todo maravillado: ha sido Ferbuson. Los ha mirado. ¿A quién han mirado?, pregunta Tracy. A Marian, dice Gombrich y a… Hace una pausa. Traga saliva. ¿A quién?, carajo, insiste Frederick interesado. ¡A Katsinsky!, exclama Gombrich. Mutis no lo cree. Tracy no lo cree. Frederick sí lo cree. Ahora que lo pienso, dice, Katsinsky actúa raro. En la fila, por ejemplo, explica, se hizo de la vista gorda. Ya saben, con lo de Marian. Y Marian, no sé, siempre está delante en las filas. Uno no puede tener tanta suerte. Tracy asiente ensimismado. Ferbuson, pregunta Mutis, ¿los ha delatado? Aún no, dice Gombrich, sin embargo el chisme ha corrido como la pólvora. Ferbuson teme. Asegura que Katsinsky le ha mirado. Idiota, exclama Mutis, más le valía no abrir la boca. No lo ha hecho, dice Gombrich, no con intención. Se lo contó únicamente a Pablo. Ya saben, una cosa así no puede llevarse a la tumba. Ferbuson no lo ha mencionado dos veces. Pero Pablo se lo contó a Aldus. Aldus a Wilhem, y así. Entiendo, dice Mutis. Ferbuson ha regresado del frente hace doce horas, con un mensaje secreto para el teniente Katsinsky, dice Gombrich. 

 Los mensajes secretos no se envían por telégrafo, me explica Tracy, ni se hacen llegar por clave Morse porque podrían ser interceptados por el enemigo. Para ello se pone en riesgo la vida de un hombre. Es mejor así. Le entregan un sobre con el mensaje escrito en código y es enviado personalmente. Hace el recorrido de nueve kilómetros, desde el frente a las barracas, a pie. 

 Así, una vez llegado, Frederick solicitó audiencia con el teniente Katsinsky. Un soldado le informó que el teniente estaba ocupado, que tardaría al menos dos horas. Lo hicieron esperar fuera de la oficina de Katsinsky. De pie. En medio de la fría noche. Tras tres horas finalmente le hicieron entrevistarse con Katsinsky. Entregó el mensaje codificado en dos minutos y eso fue todo. ¿Eso fue todo?, pregunta Frederick decepcionado. Calma, muchacho, dice Gombrich, viene la mejor parte: Ferbuson recibió la orden de descansar. Se le asignó un camastro en el regimiento número dos, cera de la oficina de Katsinsky. Obedeció la orden y se recostó. Sin embargo no podía dormir. Por la madrugada se levantó y notó que una de las camas estaba vacía. ¡La cama de Marian!, exclama Tracy. Exacto dice Gombrich, y continúa: 

 Ferbuson piensa que alguno ha salido a fumar un cigarrillo. Con la esperanza de pedir un par de chupadas de cigarrillo, sale en busca de aquel que no duerme. Rodea el regimiento pero no logra encontrar a nadie. Regresa al camastro y nota que la cama sigue estando vacía. Sale de nuevo. (La curiosidad mató al gato, interrumpe Frederick). Esta vez se interna en el  bosque. Primero sin rumbo pero a los pocos minutos escucha un jadeo. Sigue el jadeo. Piensa que podría ser un animal herido. Luego piensa que ningún animal jadea de ese modo. Piensa entonces que podría ser un hombre herido. Se desmiente. Un hombre herido no jadea de ese modo. No del modo en que Ferbuson escuchó jadear a Marian. Se echó pecho tierra y avanzó hasta la fuente del ruido. Carajo, dice Mutis, no lo puedo creer. Créelo, dice Gombrich, allí, en medio de dos arbustos estaba el teniente Katsinsky, follando al soldado Marian. 

 Ferbuson logra identificar a Katsinsky aunque no al soldado. Las nalgas fue todo lo que miró del soldado. Apenas tres cuartos de nalgas. ¿Entonces cómo se sabe que se trata de Marian?, pudo haber sido cualquier otro, afirma Mutis. Aquí es donde entra tu inteligencia, chico, dice Gombrich, ¿quién más si no él?, ¿quién es el único que prefiere fumar que coger? Todos asienten. En silencio. Un silencio espectral llena la estancia. 

 Ferbuson tomó aliento al mirar la escena, sorprendido, y Katsinsky lo escuchó, sigue narrando Gombrich. Volteó terriblemente asustado. Carajo dice Frederick, no imagino a Katsinsky asustado. Ni yo, dice Gombrich, pero Ferbuson asegura que lo estaba, y que le miró a los ojos. ¿Y qué hizo?, pregunta Frederick alarmado. ¡Correr!, ¿qué más?, responde Gombrich. ¿Katsinsky reconoció a Ferbuson?, pregunta Tracy. No lo sabe, no está seguro, dice Gombrich, lo único seguro es que Marian es marica. No, dice Tracy, ¡lo único seguro es que Katsinsky lo es! ¡Mierda!, exclaman todos al unísono. 

 4

La noticia se anunció al día siguiente: Marian sería fusilado. ¿Por qué? Hubo dos hipótesis, dice Tracy. Se anunció, no públicamente, el descubrimiento de la verdadera identidad de Marian: un judío llamado Jacob. Dios, digo yo y enciendo un cigarrillo. 

 El problema es, me cuenta Tracy, que acusar a Marian de judío es confesar, ya sea, ineptitud y flaqueza en el sistema, ¡cómo es que no se detectó antes!, lo que significaría un escándalo; o proteccionismo por parte de Katsinsky, lo que le grajearía la muerte. Entiendo, digo. Por otro lado, sigue Tracy, acusar a Marian de homosexual, incluso sin involucrar a Katsinsky, no es motivo suficiente para un fusilamiento. La homosexualidad es más común de lo que creemos en el ejército. Además, Katsinsky ha reportado ante los superiores a Marian como un soldado ejemplar (ahora entendemos porque) y fusilar a un soldado ejemplar tan sólo por ser homosexual, levantaría sospechas. De ser acusado lo más seguro es que Marian hable. Que confiese. Y eso definitivamente no le conviene al teniente Katsinsky. 

 Destapo una cerveza y pienso qué haría yo si estuviera en el pellejo de Katsinsky. Si yo fuera Katsinsky, dice Tracy, hubiese aceptado mi culpa y muerto con honor. Como el hombre (enfatiza la palabra hombre) que soy. Acto seguido da un trago a la birra. No, digo, no lo creo, no hay ningún honor en morir como un marica. Los maricas no tienen honor. Más te valdría ser fusilado por proteccionismo. Así, al menos, serías recordado como un teniente alemán humano, quizá el único; como un alma noble. Un héroe postguerra. Tracy se retracta y me da la razón. 

5

El soldado Marian fue fusilado a discreción bajo el cargo de homosexualidad, como escarmiento de parte del teniente Katsinsky al resto de la tropa. Todos aceptaron la cosa como real y olvidaron el asunto. Todos menos Tracy. Yo nunca lo olvidaré, dice. En esta vida, dice, hay muchas que no deberían pasar, y sin embargo pasan. 

 Lo peor de todo es que Ferbuson también fue fusilado. Se le acusó de mantener relaciones homosexuales con el soldado Marian, en el bosque, y descubierto por el teniente Katsinsky en una ronda de patrullaje. Marian no dijo nada. No se defendió. Murió como un valiente. Ferbuson chilló como un cerdo, dice Tracy. Negó todos los cargos. Dijo que era imposible, se esforzó por cmprobar su inocencia. Pero la palabra de un soldado nada vale contra la palabra de un teniente. Todos conocíamos la verdad, dice Tracy, pero nuestra palabra, no valía en absoluto. Si alguno hablaba sería fusilado. Y hay muchas, cientos de maneras de morir en la guerra. La más indigna es a manos de tu propia gente. Por marica. Siendo inocente. 




Nota: Cualquier incongruencia sobre el sistema militar, favor de ser adjudicada a la locura del vago.

lunes, 15 de agosto de 2011

Joaquín, la hormiga atómica 2.


Este texto continua de: Joaquín, la hormiga atómica.

Para ser un escritor se debe estar dispuesto a todo, le dije a Joaquín. Incluso se debe estar dispuesto al fracaso. Joaquín reposaba sentado sobre el viejo sofá de mi casa. Los pies no le llegaban al suelo y estaba serio; parecía un muñeco de ventrílocuo. Con esos pantalones negros y esa camisa. Siempre iba la mar de elegante. La vida de un escritor muchas veces es un fracaso, continué. Joaquín me había pedido que le explicara cómo es eso de ser escritor. Le conté que yo soy escritor y se interesó. Lo que es casi increíble. Que él, un niño, se interese en esas cosas. O que alguien se interese en mí como escritor. Mi propio padre no se ha interesado en mí como escritor. Mis amigos son los últimos en leer mis textos, si es que lo hacen. Y este párvulo analfabeto, viene hasta mi casa y me pide por favor,  se lo cuente todo.

 ¿Por qué se hace uno escritor?, me pregunta, y me sorprende una vez más, con preguntas que bien podrían filosofarse hasta que caiga la última bomba. Preguntas que la BBC no podría haberme hecho mejor. Dando un trago al whisky en las rocas que me he preparado, contesto: uno siempre lleva en sí la semilla de la Literatura, pero decide hacerse escritor cuando finalmente se ha dado cuenta de que no sirve para ninguna otra cosa. Joaquín mira al techo, y piensa. ¿Qué pensara en esa diminuta cabeza?, me pregunto. Lo que yo pienso es que posiblemente Joaquín desea hacerse escritor. Le he leído algunos cuentos de Perrault, y libracos de mi juventud. Me ha mirado sentado a la mesa, escribiendo. Sin embargo, si es así, debo hacer algo para que desista. Ser escritor es lo último que deseo a mis amigos. No se lo deseo a nadie. Trato de desalentarlo: entonces se entra en el infierno de la pobreza, que cubrimos con mujeres y cerveza. Yo mismo cubro mi infierno personal con mujeres y con cerveza, le digo. Lo hago sin quejarme; agrego cuando me echa esa mirada de incredulidad, como diciendo: pero si yo te veo alegre como una cuba. Porque yo mismo he elegido esta mierda de vida que llevo, sigo. Es por eso que las personas se piensan que soy un tío duro. Esto último es cierto. Comienzo a hablar más para mí que para Joaquín, y la nostalgia me inunda, y ya no sé lo que digo. Continuó: se acercan a mí y piden consejo porque sus mujeres los han abandonado. Porque ya no soportan el tedio de la rutina y están al borde de pegarse un tiro. Desean echar un trago conmigo, llorar, y ser escuchados. Cuando eso pasa vienen a mí, el hombre al que todo importa un carajo. El hombre que siempre tiene una respuesta. Que ha sufrido más. Que ha vivido más. Y al que nada hiere. Un tioduro.  Pero están equivocados. Hay veces que yo también quisiera llorar. Ser consolado. Que alguien me diga que todo irá bien. Mi vida es una veleta, y eso está bien, sólo si puedes soportarlo. Yo puedo soportarlo, pero… A veces también necesito un descanso. 

 Olvidé por completo que Joaquín estaba allí, frente a mí. Supongo que el whisky se me subió a la cabeza, o que simplemente ya no podía más. ¿Por qué se lo dije a él? Quizá porque es un niño, pensé. Un adulto no lo entendería. Brindaría conmigo y luego se olvidaría de todo, y seguiría pensando que yo soy un duro, que soy un tío de calle que escribe. Un duro que escribe. Pero eso no es posible. Se escribe porque se es blando. Por ejemplo: un hombre duro y un hombre sensible van a la guerra. Ambos sufren la guerra y ambos vuelven de la guerra. El tío duro lo olvidará, podrá hacer una vida como si tal cosa; el hombre sensible no. Nada volverá a ser igual. Enloquecerá. La única manera de no enloquecer, será escribiendo. Quizá haga unos poemas. Quizá haga una novela. Pero nada volverá a ser igual. Al final ambos mueren. El hombre duro fue a la guerra, vino de la guerra, y murió. El hombre sensible también, pero es recordado, es leído. Lo ha dicho todo en nombre de los millones de soldados que fueron a la puta guerra. Esa es la recompensa de la Literatura. La verdadera promesa de inmortalidad. Uno no puede ser un tío duro y escribir al mismo tiempo. Yo mismo no lo soy. Un tío duro. Escribir es la manera de no enloquecer en la mierda de mundo que me ha tocado vivir. Un mundo lleno de sinsentidos. Sin ir más lejos, como la vida del pobre Joaquín. 

 Joaquín se levantó, tomó un libro de la mesa y preguntó si podía. Quería decir que si podía llevárselo a casa. ¿Puedo?, dijo alzando un tomo de La Venus de las pieles de Sacher Masoch. Vale dije, pero me lo devuelves en cuanto acabes. Asintió con la cabeza. ¡En cuanto acabes!, le grite al verlo salir. Él gritó: ¡sí!, y se esfumó. Yo no me di cuenta, estaba abstraído. ¡Era un tomo del viejo Sacher Masoch! No debí…

2

Joaquín regresó a casa la semana siguiente, pero no vino solo. Yo estaba bebiendo mi whisky  en las rocas y escuchando al bueno de Mahler, cuando la puerta se abrió. Esa puerta tiene truco y Joaquín conocía el truco estupendamente, así que supuse que sería él, y lo fue. Cuando lo miré acercarse le dije: vale tío, que te trae por aquí, ¿has acabado con el libro? No respondió. Miré un poco más y detrás de La hormiga venía la madre, que no era una madre hormiga sino una madre furia. Vino a reclamarme. Ya me lo esperaba, pensé. Será por el libro. Sí, Madre echó el libro, que ella traía bien agarrado, al sofá. Lo aventó, y dijo que dejara de meterme con su hijo. Ya dije, no me di cuenta, pensé que era Andersen o algo. Lo dije justificando mi insensatez: ¡Sacher Masoch a un niño! Madre se quedó muda un segundo, extrañada. No comprendió. No miré que se trataba de La Venus, dije excusándome. Madre no entendía un carajo. Miré a Joaquín que detrás de su progenitora me hacía señas de que me callase. Madre repitió que dejara de meter mis narices donde no me importa, y se largó. Creo que Madre ni siquiera leyó el libro. No sabía de qué iba el tal Masoch. Simplemente era una de esas personas hostiles que no soportan la ayuda de nadie, que no tienen idea de la ayuda que se les brinda, y mandan todo al coño por prejuicios y sobre todo, y esta es la parte triste: por miedo. Has sufrido tantas veces. Han sido burladas tantas veces. Ya no se pueden fiar ni de la mano de Dios. 

 A nuestro próximo encuentro, en una de sus interminables salidas al mercado, Joaquín me contó que Madre me odiaba a muerte por ser mayor y juntarme con un niño. También me odiaba a muerte por ser un ebrio de calle, y por andar por la vida con ese andar mío tan característico de los valemadre. Pero sobre todo, me odiaba a muerte porque se olía que mi intención era ayudar. Por más estúpido que parezca, es verdad. Si yo hubiese robado el mandado a Joaquín, me odiaría menos. Pero que le prestara un libro, que le fomentara la ambición de estudiar, eso no podía soportarlo. Era como arrancarle a su pequeño Joaquín de las manos. 

 Así que me decidí y me planté con ella. Joaquín no lo deseaba. Cuando le dije que me enfrentaría a su madre, trató de detenerme por todos los medios. Como no podía amenazarme, él era un crío y yo un tío duro, intentó con los sobornos. Dijo que si no intercedía me compraría cigarrillos con el cambio de los encargos que solía robar a Madre. Apenas unos centavos por cada encargo. Pasarían meses antes de que juntara lo necesario para la primera cajetilla. Vamos, tío, le dije, no puede ser tan malo, seguro que logramos algo.

 Finalmente le convencí y quedó de recibirme en casa al día siguiente. 


3

La madre de Joaquín me miró al borde de las lágrimas. Sentada sobre una silla metálica tan vieja y tan oxidad como su propia alma. Con esas chancletas que me causaban nauseas. Y ese olor a patas de pollo en caldo de pollo que despedía el cuarto de la cocina. Una cosa repugnante. Hasta entonces yo no había entrado a aquel hogar. Si es que se le puede llamar hogar a algo así. Supongo que algunos tienen que hacerlo. Como Joaquín. No tiene más remedio. Esto tardó unas buenas horas. Hacerme entender. La madre de Joaquín no quería entender. Verá, le dije, Joaquín es la mar de inteligente. Debe regresar al colegio y aprender a leer como Dios manda. Debe saber que la Tierra es redonda. ¿Usted sabe que la Tierra es redonda?, pregunté porque llegué a pensar que no lo sabía. Asintió con la cabeza sin decir palabra. Me escuchaba, y entendía, pero no quería entender. Le juro que su hijo es el crío más inteligente que he visto. ¿Le ha contado de las formicas?, ¿le has contado de las formicas a Madre?, pregunté a Joaquín que estaba parado junto a la vieja, abrazándola y sobándole el hombro. Joaquín dijo que no. Joaquín sabe todo sobre las hormigas, le expliqué, porque se ha leído un libro que yo le regalé. Joaquín sabe más de hormigas que ningún niño. Sabe más sobre las hormigas que la mayoría de los adultos. Joaquín sacó el pecho orgullos y confirmó mis juicios con datos. Mamá, dijo, ¿sabías que las hormigas son himenópteros, que son buenas, que tienen familias y amigos; son insectos sociables, y forman colonias? Como nosotros lo humanos. Madre sonrió al ver el entusiasmo de su hijo. Era imposible no sonreír. Ese Joaquín tenía estrella. ¿Lo ve?, dije, si Joaquín es capaz de aprender de un libro significa que es inteligente. No todos son capaces de aprender de los libros. Poca gente aprende de los libros. La mayoría aprende escuchando, o viendo, pero pocos leyendo. Y él es de esos pocos. Pude llegar a ser un gran autodidacta. Joaquín movió la cabeza con una sonrisa de oreja a oreja y dijo que quería ser un gran autodidacta. Dudo que conociera el significado de la palabra pero confiaba en mí. Sin embargo, continué, primero debe cursar la primaria. Para aprender lo elemental. ¿Qué futuro desea para su hijo?, ¿acaso quiere que sea un vago como lo serán todos los críos de este puto barrio, que no saben hacer otra cosa que jugar soccer y ver televisión? A todos ellos no servirá de nada el colegio porque llevan el seso roto desde el nacimiento. Son idiotas. Y están hechos para ser idiotas. Me duele ver a todos esos pequeños hijoputas calentando bancas de colegio mientras Joaquín se queda en casa. Aquí Madre recobra el coraje y dice que ella necesita de Joaquín, que está sola en el mundo y que sin su ayuda no podría hacer nada. Vale dije, ¿me está diciendo que prefiere sacrificar a su muchacho por un deseo egoísta? Seamos sinceros, señora, usted ya va de salida… pero el pequeño tiene todo un futuro por delante. No le arrebate la juventud. La oportunidad de ser algo más que un hace-mandados. Joaquín entristeció. A su corta edad comprendía lo que esto significaba. Pero Madre era necia. 

 Le propuse ingresar a Joaquín al colegio yo mismo. Para que ella no tuviera que esforzarse más de la cuenta. Ella podía hacerlo, es un hecho, no estaba tullida ni nada, pero no haría el sacrificio. Le propuse hacerme cargo de ella, de los mandados (una vez cada mañana después de llevar personalmente al niño a la escuela) para que no tuviera que extrañar a su sirviente en casa. Le propuse ayudar a Joaquín con los deberes, y revisar sin molestarla toda su carrera académica. Le propuse que yo compraría los cuadernos y los libros que necesitara. Se excusó con su pobreza. Le propuse pagar el uniforme y todos los gastos que implicara la educación de Joaquín. Le propuse y le rogué por el amor de Dios que no dejase echar a perder a su hijo por nada. Sin embargo, no cedió. Me escuchó y todo pero al final se negó, se puso brava y dijo que yo no era quien para mandar en su vida, y mucho menos para hacerme cargo de su hijo. Comenzó a cabrearse cuando le dije que yo correría con los gastos. En parte estuvo bien porque yo no era precisamente un magnate. Apenas podía mantenerme a mí. Estaba dispuesto a sacrificar algunos tragos con tal de escuchar a Joaquín leerme el Don Quijote. Joaquín deseaba leer Don Quijote. Pero su madre no deseaba nada para Joaquín. Lo único que deseaba era tener un sirviente sempiterno y un manso de mierda. Joaquín acabaría siendo un maldito manso de mierda. Con la edad el talento, pero sobre todo la ambición, decrece. Llegaría el día que Joaquín no tuviera esa sed de conocimiento. El día que ya no le importara el mundo de las hormigas, ni el mundo de nada. Que mirase los libros como lo que son en su vida: objetos inútiles. Lo útil es lo que se come, pensará. Vale más un pedazo de pan que toda la obra de Goethe. Será un alma pobre porque jamás habrá dado de sí lo mejor. Una bella flor marchita. Un genio acabado. Un pelmazo. Y esa Madre… esas putas viejas nunca mueren. Le acompañará siempre. Siempre a su lado necesitando la ayuda de su hijo al que se comen vivo. Nunca saldrá de casa ni hará una vida ese Joaquín. Se quemará incluso antes de la adolescencia. 

4

Joaquín llegó temprano aquel día. Abrió la puerta de mi casa y entró. Venía de sacar la basura. Yo dormía. Joaquín me despertó moviéndome el hombro suavemente. Cuando finalmente comprendí dónde me encontraba, le dije qué hay, y me reclamó haber estado llamando toda la mañana. Para que lo ayudase con la basura. Yo solía echarle una mano con eso. Me disculpé y me hizo ir a la sala. Vale dije, ¿qué quieres tan temprano, tío? Me puse un whisky en las rocas mientras él escogía uno de mis libros. Para que se lo leyera. Desde aquella vez, cuando intentó leer por sí mismo, y lo hizo terriblemente mal, no quiso leer de nuevo en voz alta. 

 Cogió un volumen de los cuentos escogidos de Fitzgerald. Vale dije sentándome sobre el sofá, pero esta vez, es tu turno. Lo obligué a leer en voz alta. Ahora que sabía que Joaquín jamás asistiría a la escuela lo menos que podía hacer era enseñarlo a leer. Joaquín tardó unos minutos en decidirse. Sentado en el suelo, acomodó el libro en el suelo, se inclino a él, y comenzó muy despacio: En mil… mil… mil nueve quince (mil novecientos quince, corregí desde mi sitio). Ajá, dijo y siguió: Taaarbox. Sí, Taarbox, repitió y continuó: teeeníiia trece años. Por aquel entooonces hizo el exaaamen de ingreeeso a la u… ni… ver… uni… ver… si… dad de Prin… Prince… ton. (Prinston, se pronuncia prinston, dije). Bufó como si leer las primeras líneas le exigiera la misma energía que correr un maratón. Y con… si… guió las más aaaltas ca… li…fi… caciones en mateeerias como Céeesar, Ciceróoon, Vir… gi… liooo, Je… no… fon… te, Hooomeeero, Áaal… ge… bra, Geooo… metríiiaaa del Essspacio y Quíiimiiica. Bufó de nuevo y esta vez se selló la mano a la frente. Se levantó y dijo que era mi turno, que necesitaba un descanso. El cuento era Cabeza y Hombros, y le había llamado la atención por el título, aunque estoy seguro que si continuaba perdería el interés. Va sobre un intelectual que se casa con una tía superficial, y termina siendo de más valor económico la superficialidad que la intelectualidad. Cosa que es una desgracia, una desgracia terriblemente cierta. Miré a Joaquín y me pregunté si quizá no estaba exagerando. Quizá hacerlo intelectual era joderle la vida. ¿Qué pasará si se engancha con la literatura, y como yo, descubre gracias a ella que nada tiene sentido? ¿No valdría más dejarlo en la felicidad de su ignorancia? En su situación, con esa madre y esa pobreza, podría llegar a ser un buen escritor, o podría pegarse un tiro en la cabeza. La Literatura es el árbol del pecado. El árbol del conocimiento. Te abre los ojos ante la mierda que es el puto mundo, y luego ya no hay vuelta atrás. ¿Qué sentido tiene todo? ¿Qué motivo tiene la vida de un hombre, cuando hay millones de vidas más? ¿Quién soy? No, me dije, quizá lo mejor sea dejar las cosas como están, como las ha dispuesto la divina providencia, o algo. 

 Tomé el libro del bueno de Scott. Joaquín corrió a sentarse junto a mí, en el sofá. Tomó un cigarrillo de la mesilla y me lo estiró. Ya no me reprendía por fumar. Tomé el cigarrillo y lo encendí. Traté de echar el humo para el lado contrario del lado donde estaba La hormiga atómica, pero el humo se regresó. Carajo pensé, aparte de joderle la vida con la literatura le pegaré el vicio del tabaco. Me dio un golpecito en la costilla para que empezara. Me acerqué el libro al rostro y leí. 

 Mientras leía lo miraba de reojo. Miraba su cara entusiasmada. El tío tenía una imaginación de a diez. Para que un niño disfrute de la lectura debe tener imaginación. Capacidad de imaginar y mantener su atención por más de media hora en lo que lee. Y capacidad de abstracción. Joaquín tenía todo eso y más. Increíblemente el texto de Fitzgerald le cautivó. A pesar de que no es un cuento para niños. Hacía preguntas y se emocionaba con las vicisitudes de los personajes. Es lástima, pensé, que este crío tenga que joderse. ¿Quién lo puso allí, en medio de tanto desorden? En una familia de mierda, y sin esperanzas. ¿Quién me puso a mí aquí?, pensé. En medio de tanto desorden, de tanto alcohol y de tanta mierda. Yo solo me he puesto aquí, me respondí. Pero, este pobre muchacho, coño, ¿quién lo ha puesto aquí, junto a mí, sobre mi viejo sofá? 

 Dejé de pensar o me volvería loco, y comencé a escribir la historia de Joaquín. 




viernes, 12 de agosto de 2011

París no es una fiesta: Entrevista 1. Diego Fernández.



Calle moras, Colonia del Valle, México D.F., 03 de septiembre de 2010.

"El tiempo es relativo. Y además de relativo, es tramposo."


Yo sé que tú sabes dónde está lo que buscamos, dijo Petrozza en tono de amenaza, aunque él dijo que era una advertencia: sobre advertencia no hay engaño, agregó. A decir verdad no hay mucha diferencia entre una advertencia y una amenaza, cuando se amenaza con advertencias. Yo volteé a mirarlo, pensando que quizá había llevado las cosas demasiado lejos. Diego lo miró asustado, y juró por su vida no saber nada al respecto. Una cosa era preguntar por el paradero de Alessia, y otra, muy distinta, arrancar el paradero a quien lo desconoce. Pero la culpa de todo la tiene en parte Diego, pensé, por seguir el juego. Se asustó de verdad cuando Petrozza alzó la voz, y Petrozza, al notarlo, continuó alzando la voz. Cualquiera en el lugar de Diego lo hubiese largado de inmediato. ¡Por qué dudás de mí, che, si te digo la verdad!, repetía Diego cada que Petrozza lo amenazaba con una advertencia: te advierto que si la encuentro, te vas a arrepentir. Además, la advertencia de Petrozza no tenía algún sentido. Si Petrozza encontraba a Alessia, ¿qué debía Diego a esto? Codeé a Petrozza, tratando de pedirle que nos fuéramos de ahí, del apartamento de Diego. Estábamos sentados en la sala del apartamento de Diego, sobre un sofá de tres plazas, y frente a nosotros estaba Diego, sentado sobre un sofá de dos. En medio había una mesa de centro de la que Petrozza tomaba cigarrillos y los encendía, con ese aire detectivesco que prontamente adoptó al emprender la misión. No teníamos pistolas, por supuesto, y gracias a Dios. Petrozza sin embargo manipulaba la cajetilla de cigarros como tal. Entró al apartamento, sin dar explicaciones, mientras Diego le acogía amablemente, diciéndole: pero qué milagro, che, que bueno tenerte en casa, pasá, pasá. Se fue directo al sofá, y cuando Diego estuvo sentado frente a nosotros (yo seguía a Petrozza sin interrumpir) le preguntó tajante y sin rodeos: ¿dónde está Alessia? Diego se extrañó, dijo no saber qué es eso, etc., y Petrozza sacó de la chaqueta, del bolsillo interior del a chaqueta (más o menos de donde se sacan las armas generalmente) la cajetilla de cigarros y la colocó sobre la mesa, sin despegar la mirada de los ojos de Diego, como se coloca generalmente las armas de fuego para intimidar. Diego movió la cabeza negativamente y Petrozza tomó la cajetilla y sacó un cigarrillo. Diego, presto como buen anfitrión, le ofreció fuego con un encendedor que sacó del bolsillo del pantalón. Petrozza preguntó de nuevo, esta vez echando el humo del cigarrillo a la cara del argentino. ¿Dónde está Alessia? Diego era sincero, no tenías que ser un genio para darte cuenta. Ni siquiera sabía que Alessia era el nombre de una persona. Aquí entro yo, calmado y sin amenazar a nadie: Diego, ¿recuerdas la fiesta de Tlalpan?, pregunté como se pregunta a un niño. Era evidente que Diego andaba un poco lento. ¿La fiesta de Tlalpan?… la fiesta de Tlalpan… la fiesta… de Tlalpan… Tlalpan, Tlalpan, Tlalpan…, se decía Diego en voz alta mientras se rascaba la barbilla y miraba al techo. ¿Cuál fiesta de Tlalpan?, preguntó al fin. Petrozza dijo: vamos, tío, no te hagas el listillo con nosotros. Diego no entendía nada. La hostilidad de Petrozza; no sabía de dónde le venía. Comenzó a ponerse nervioso. Sospechaba que el asunto de la fiesta de Tlalpan, y de Alessia, era importante, pero no entendía nada más. La fiesta le dije, donde estaban Garrison, Verónica, Petrozza, tú, yo… y Alessia. Una francesa. Muy guapa. Diego hacía un verdadero esfuerzo por recordar. Al parecer ya había entendido que Petrozza no se iría de allí sin una respuesta. Petrozza subió los pies a la mesa de centro, cruzó los brazos por detrás de la cabeza, y me dijo: oye, tío, para mí que vamos a tener que usar algunas técnicas más agresivas. ¿Has escuchado eso del tehuacanaso? Diego alzó la mirada, llevándola a Petrozza, y dijo: estás loco, che, yo de verdad que no sé nada, no sé de qué me venís a hablar, ni de nada de esa Alessia. Aquí es donde Petrozza lo amenaza: sobre advertencia no hay engaño, dice. Yo lo codeo, y cuando finalmente me pregunta que qué deseo, le sugiero que nos vayamos. Petrozza se toma unos segundos para inspeccionar el alma de su presa. Lo hace mirándolo fijamente a los ojos, luego de abajo hacia arriba, sin decir absolutamente nada, todo esto mientras coge otro cigarrillo y lo enciende. Finalmente, se levanta y me indica con un ademán que es hora de irnos. 

 Fuera del apartamento le digo que ese Diego es un caso perdido, no sabe ni cómo se llama el pobre. Es por toda esa hierba que fuma, me dijo Petrozza al salir del apartamento, esa mierda le está quemando el seso. Es increíble, agrega, que la gente se crea que por ser natural la marihuana, no hace nada. El veneno de algunas plantas también es natural. Tienes razón le digo, y agrego: encima, ¿de qué se preocupa un adicto a la hierba, si la coca es más o menos dañina que la marihuana?, ¿de qué se preocupa un fumador si tal o cual marca hace más o menos daño? No tiene sentido. Exacto, murmura Petrozza sin mirarme, caminando erecto, con ese maldito andar de Sherlock Holmes que se le metió a la cabeza, y que terminó por hartarme. Toda esa soberbia y esa manera de tomarse las cosas. Hacía las estupideces más evidentes del mundo, con ese maldito aire, sintiéndose justificado por ser él. Por ser un detective. 

 Empezaremos por Diego, me dijo cuando nos encontramos en el centro de Tlalpan, donde nos citamos para comenzar la búsqueda de la francesa. Bueno dije, está bien. Yo no tenía una mejor opinión. No tenía opinión. Sin embargo le pregunté por qué, y respondió: porque no me acuerdo dónde viven todos los demás. Supuse que entonces comenzar por Diego era lo mejor. Sentido común, me dijo Petrozza, y desde ese momento ya no paró de ser un engreído. ¿Trajiste libreta?, preguntó como si soliese olvidarme de todo. Sí, contesté. ¿Y lápiz?, preguntó después, como si yo fuese idiota. Pues claro dije, ¿cómo no iba ser así? Vale dijo, apunta esto. Ajá, respondí sacando lápiz y libreta y apuntando mientras caminábamos hacia la avenida. Dictó: Partimos del centro de Tlalpan, a las doce menos cuarto (no son las doce menos cuarto, interrumpí, son las doce con tres. Ya sé dijo, pero doce menos cuarto suena más elegante) con dirección a avenida San Fernando, bajo un sol tremendamente luminoso, y un par de pájaros atraviesan la calle… Dejé de escribir. Vamos le digo, ¿es necesario poner eso? Anota, coño, anota, me dice moviendo la mano desesperadamente, como si la idea se le esfumase. Como si fuese una gran idea. No anoto. Pero no se lo digo. Hago que anoto y él continúa su interminable descripción del paisaje. Si hubiese anotado, me hubiese llevado más de siete páginas en describir lo que miró en una sola calle. Algo así: pasamos por la casa de la Señora Betancourt, que siempre deja las cortinas corridas, e inmediatamente después, dejamos tras nosotros la papelería donde una vez compré un cuaderno tan ebrio, que no me di cuenta que me dieron cinco cuadernos. La tendera dijo que yo pedía y pedía un cuaderno, y que me lo daban pero aún teniéndolo en las manazas, pedía un cuaderno. Un cuaderno, y otra vez un cuaderno, hasta que tuve cinco y me los vendieron. Saqué la billetera y me hicieron pagarlos todos. No lo noté. Hasta que en casa me encontré con todo eso y regresé a decir que todo había sido un error. La tendera no quiso devolverme un centavo porque alegaba que en mi estado, asusté a su hija, que esa tarde atendía el local. Luego pasamos la casa roja, la grande, que siempre me ha parecido una belleza de casa. Un auto con placas UGT 345 está aparcado en la esquina. Es un auto rojo y me parece sospechoso. Pero antes hay otros quince autos aparcados, con las placas: HTJ 589, un sedán negro; JLK 788, un auto blanco, no sé qué demonios es (Salmoneo, ¿sabes la marca de ese coche? Sí dije, es un Cabrio. Vale dice, pues anótalo. Ya está, miento)… Era una locura. No me podía creer que el mismo hombre que escribía con su peculiar estilo sencillo tuviera la cabeza llena de tantas ideas, y de cosas tan complejas como anotarlo todo. Me pareció una manía. No dejaba pasar un sólo detalle, y poco a poco se volvió tan diestro que describía más y más. Describía a las personas que miraba, y su vestimenta. Hablaba tan rápido, para no perder detalle, que era imposible que pensase que yo podría escribir todo eso. O que alguien podría hacerlo. Le tomé del hombro y le dije: vamos, tranquilo. Me miró extrañado, sacó un cigarrillo de la chaqueta, lo encendió y me dijo: ¿lo tienes?, ¿lo has apuntado todo? Moví la cabeza negativamente y le mostré la libreta. No había nada en ella, apenas las primeras líneas. Bueno dijo, quizá aún lo recuerde todo al llegar a casa. Caray dije, creo que necesitas una grabadora. Nada de eso dijo, lo mantendré todo aquí. Lo dijo mientras se daba golpecitos en la cabeza. 

 El nerviosismo de Petrozza se mantuvo hasta llegar a nuestro objetivo. Llegamos a Insurgentes, y luego a la Colonia del Valle,  y noté que Petrozza lo miraba todo, sospechando de todo, y me planté frente a él. Le dije que debía calmarse. ¿Qué deseas sacar en claro de todo esto?, le pregunté. Necesitamos saber dónde está Alessia, ¡e ir a por ella!, exclamó. Exacto dije, no tiene ningún caso que te rompas la cabeza memorizando tantos datos. Toda esa gente, y las placas de esos autos, los autos mismos y las avenidas, nada de eso están involucrados con la francesa. Petrozza lo entendió. Vale dijo, lo siento, creo que me estresé con esto, tienes razón. No pasa nada dije, sólo no te tomes tan en serio las cosas. Sí, confirmó, eso haré. Y yo creí en él. Se mantuvo sereno un tiempo pero una vez con Diego recuperó su papel de detective impaciente. 

2

 ¡Ya recuerdo, che, ya recuerdo!, exclama Diego en algún momento de la entrevista. Petrozza se entusiasma, se piensa que tan pronto hemos dado con el pan. Pero no es así. Diego apenas y recuerda que él asistió a la fiesta, sí, con dos chicas. ¿Cómo se llaman las chicas?, pregunto porque sé que Petrozza no dará importancia a nadie que no sea Alessia. Una se llama Alondra, dice Diego más tranquilo ahora que ha logrado recordar algo. Apunto en la libreta el nombre de Alondra y le pido que me cuente todo sobre ella. Lo que a los pocos minutos reconozco como un error fatal. Diego divaga demasiado. Puedo hablar de Alondra por más de media hora sin decir algo certero al respecto. En monólogo de Diego sobre Alondra terminó en la relatividad del tiempo. Dijo que Alondra es una chica de unos tres y tres cuartos años perro. Y que él hubiese jurado que la fiesta de Tlalpan ocurrió hace al menos cinco años. Vale, vale, dijo Petrozza interesándose en la tal Alondra (aunque dudo que con intensiones meramente laborales), ¿cómo es esa tal Alondra? Es una piba alegre, dice Diego, de cabello largo y le gusta Van Gogh. ¿Está buena?, pregunta Petrozza como si de eso dependiera el éxito de nuestra empresa. ¿No la recuerdas?, le digo, no pudiendo creer que el mismo Petrozza recordara tan poco de aquella fiesta. Era una de las dos que venían con Diego, le digo, mexicanas, y de las cuales expresaste tu deseo de follarlas. Petrozza piensa unos segundos. Finalmente dice: eso no me dice nada, lo mismo pude expresar de cualquiera. Diego dice: cierto, cierto, conozco a este pibe y eso es muy cierto. Yo pienso que es cierto. Bueno digo, es una chica mediana, de cabello negro, que vestía un vestido negro y… Ya, dice Petrozza, ya sé cuál. ¿Y bien?, pregunto. Y bien, pues sí. Sí está buena, dice Petrozza y acentúa la afirmación con la cabeza. Yo retomo la entrevista antes de que todo acabe en un disparate: ¿Alondra tiene alguna conexión con Alessia?, preguntó a Diego, ¿crees que Alondra pueda ayudarnos con el paradero de la francesa? Diego responde que no, que a Alondra la sacó del Parque México haciendo uno de sus espectáculos callejeros. Noto que comenzará con la perorata interminable de sus espectáculos callejeros y lo detengo. Dame la dirección de Alondra, pido por favor, y Petrozza dice: sí, eso, danos la dirección de Alondra, le haremos una visita más adelante. Lo miré de reojo adivinando qué clase de visita se proponía y me pregunté por qué demonios acepté ayudar a Petrozza en este rollo. Seguramente no daremos con Alessia y en todo eso perderemos tanto tiempo y tanta energía como en escribir un par de novelas. Aunque claro, encontrara a la francesa no será tan productivo.  

 Diego me proporciona los datos de Alondra, o al menos lo que él recuerda de Alondra, y de Thalía, la amiga de Alondra. Esa Thalía también está buena, ¿verdad?, pregunta Petrozza y Diego dice que sí, que no está nada mal. Yo estoy de acuerdo, las vi a ambas en la fiesta de Tlalpan y no se puede uno quejar. 

 Aquí es donde Petrozza pierde el control. De la nada le viene su otra personalidad, la de detective empedernido, la de sádico, la de entrevistador de la muerte, y saca la cajetilla de cigarrillos. Yo sé que tú sabes dónde está lo que buscamos, dice impaciente. Creo que la idea, la realidad, le vino a la mente. La búsqueda no sería tan sencilla. Y eso le impacientó. Deseaba arrancar a Diego la respuesta y salir corriendo. Pero Diego no tenía la respuesta. Diego no era amigo de Alessia. Diego la miró por primera vez en aquella fiesta, como yo, o como Petrozza, y Petrozza fue el único en hablar con ella. Petrozza debería saber más que todos los presentes, y sin embargo, deseaba que otros le dieran la respuesta. 

Sé lo dije de regreso a casa, no sé a dónde nos llevará esto. ¿Qué pueden saber de más Alondra y Thalía sobre el paradero de Alessia, que no sepas tú? Yo no sé nada, dijo. Por eso dije, sí tú que hablaste con ella, que fuiste el único que habló con ella, y que aceptó salir contigo al día siguiente, y lo hizo, no sabes dónde está, ¿qué pueden saber ellas, Alondra y Thalía, que ni siquiera cruzaron palabra? Algo pueden saber, Salmoneo, hombre, un detective jamás pierde una pista. Ese es el problema dije, que no hay pistas aquí. Vamos dijo, te pedí que me ayudaras para que me dieras ánimos, y eres el primero en echarme mierda. Carajo, qué te juro que encontraremos a la francesa, cuéstenos lo que nos cueste. ¿Anotaste la dirección de esas pibas?, preguntó en argentino aludiendo a Diego, y le contesté que sí, que tenía todo en la libreta. Vale me dijo, quieres que vayamos de inmediato, o… ¿prefieres un descanso? Evidentemente yo prefería un descanso. Bueno dije, ya que insistes, prefiero el descanso. ¡Alá!, dijo Petrozza, pero si yo no he insistido en el descanso. No he insistido en nada, tío. Sonrió (hacía el indio) y tomándome de los hombros dijo: andá, Robin, ¡al Batibar! 

 El batibar resultó ser La Puerta Negra



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