domingo, 31 de julio de 2011

El vago de la Fuerza Armada.



 Tracy McVille era un tío ex aviador de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos de América, el mejor, y el que mató más putos nazis desde su avión. Al menos eso fue lo que me dijo. Pero dejé de creerle cuando dijo que fue el mejor teniente de la Fuerza Armada de los Estados Unidos, y que mató a tres hombres a puño limpio. Eso debió granjearle una medalla, pero no fue así, porque..., dijo Tracy en un susurro y abriendo los ojos exageradamente, los tres eran miembros de mi pelotón. Los maté porque se negaron a pagar la deuda del póquer, dijo encendiendo el cigarrillo que le estiré. Según Tracy, aquella noche esperaban la señal, señal para atacar el campamento nazi que asechaban hace un par de días, y mientras tanto se jugaban una partida de póquer tres colegas suyos y él. Arrasó con todo: cuarenta dólares, un peluco marca omega, dos cajetillas de cigarrillos, medio cuarto de ron y… y esto fue por lo que tuvo que matarlos: un ejemplar de la revista PlayBoy del sesentaitrés. ¿Qué?, exclamé dando un trago a la birra, ¿del sesentaitrés?, ¿qué la segunda guerra mundial no ocurrió en el cuarentaicuatro? Tracy dijo sí, sí, por eso era tan importante el ejemplar. ¿Cómo?, pregunté harto del asunto, ¿estás diciendo que era un ejemplar del futuro? Tracy ya no supo qué decir y se calló. Como cada vez que yo le hacía ver alguna contradicción o algún disparate en la lógica de sus aventuras. Y es que Tracy realmente estaba loco. Por supuesto, no había participado en ninguna guerra mundial, ni perteneció a la Fuerza Armada de los Estados Unidos de América. Eran tan mexicano como yo y jamás había pisado aquel país, y estoy seguro que ni siquiera se llamaba Tracy McVille. Sobre todo porque Tracy es un nombre de mujer. 

 ¡Alá, tío, pero de dónde coños has salido tú!, exclamé la primera vez que lo vi. La primera vez que nos miramos, él salió de la nada. Aquella noche salí a dar un paseo, y como en la mayoría de mis paseos nocturnos, iba forrado de birras. Llevaba dos de ellas en los bolsillos de la chaqueta, y dos delante, donde generalmente va la barriga. Caminaba y bebía sin hacer escándalo, y en algún momento sentí ganas de echar una meada. Para mi fortuna, no tardé en encontrar un sitio. Una casa abandonada, con hierbajos, cascajo y olor a perro muerto. Me pareció un sitio estupendo. Así que entré, por lo que supuse la sala, y en uno de los cuartos me saqué la cosa y me puse a vaciar la vejiga. Y de la nada, escuché un ruido de pisadas, y apareció un tío con pinta de maniaco. Un vago. Dijo que era su casa y que yo debía largarme. No lo dijo, lo expresó. Con muecas y sonidos. Ya dije, nomás acabo con esto y me voy. Tracy se acercó demasiado, agitando las manos hacia el charco de orines que corría detrás de mí. Me puso nervioso. Deseaba cortar el rollo pero cuando uno bebe la cosa puede tardar demasiado. Y esta vez estaba tardando demasiado. Vale, vale, decía yo, ya acabo, no pasa nada. Dije no pasa nada pero sí que pasaba algo. Me estaba orinando en la habitación de la casa de un vago. Probablemente la habitación del vago. 

 El líquido dejó de Salir luego de unos buenos minutos, y cuando me guardé el asunto, puse la mano sobre el hombro de Tracy, y suspirando, le agradecí, y le dije que no podía aguantar más, que mi intención no era orinar su casa. Tracy, que hasta ese momento no había pronunciado una sola palabra (únicamente sonidos guturales), dijo: ¿es cerveza lo que traes ahí? Lo dijo con esa voz aguardientosa característica de los vagabundos. Ya dije, sí, lo es. ¡Pues dame un trago, tío!, exclamó como si yo hubiese tardado en ofrecerlo. La verdad es que lo hice. Aunque no todos los borrachos son vagos, todos los vagos son borrachos. Levanté un poco la mano en la que sostenía el envase de birra, la miré, y pensé que tenía dos opciones: compartir el trago con el vago, o pasar de él. Compartí el trago con el vago. Después de todo yo estaba en su casa, y me había orinado en su recamara. Es lo menos que podía hacer. Vale, pégate una birra, le dije sacando una de la chaqueta. La tomó como se toma el oro, supongo que hace mucho no pasaba del aguarrás, como no creyéndose que yo de verdad le estuviese estirando una birra. Con eso gané toda su confianza, y todo su cariño, y hasta me atrevería a decir que él hubiese dado la vida por mí.  La vida por una cerveza. No somos tan diferentes después de todo, pensé. 

 Así que me senté sobre una cubeta volteada, en la sala, y él se sentó sobre otra cubeta volteada, y cuando le pregunté su nombre, dijo Tracy McVille, y allí supe que estaba más loco que una puta cabra. No era un loco peligroso. Su locura radiaba en hacer de sus recuerdos un puñetero desastre. Mezclaba tiempos, personajes, épocas, y no distinguía la realidad de la fantasía. Vivía en un mundo maravilloso. Estaba tan tocado que no era consciente de la mierda de vida que llevaba.  Se creía héroe de la segunda guerra mundial. Qué envida, pensé, ojalá yo pudiera zafarme el coco así de bien. Tracy vivía cada una de sus palabras, cada uno de sus equivocados recuerdos. Su cuerpo, su ser, sentía en realidad cada una de las emociones con las que narraba sus enredos. 

2

 Comencé a pasarme más seguido por casa de Tracy McVille, y cada que lo hacía, le corría una cerveza y él me contaba alguna historia de su vida pasada. Caramba, Tracy, tienes tantas vidas pasadas como un condenado gato, le bromeaba yo al escuchar que si alguna vez me dijo fue Marine del ejército estadounidense, ahora decía ser cabo raso del pelotón 61 del estado de Missouri. Todas sus historias iban sobre la línea de la guerra. Llegué a pensar que quizá era verdad que alguna vez, no como lo cuenta pero alguna vez, participó en alguna batalla real. Quizá allí perdió la cordura, pensé. 

 Aquella vez me contó de cómo un compañero suyo, un capullo de mierda, se voló los sesos obligado por el enemigo. El pelotón de Tracy, que era el pelotón 61 del estado de Missouri, fue tomado por sorpresa la noche del 14 abril del sesentaiseis, y todos los que no murieron batallando, fueron capturados por los indochinos. Y torturados por los hijoputas, dijo Tracy con todo el coraje en el estómago. Hablaba con demasiada pasión. El mismo Tracy fue torturado sin piedad. Me pegaron toques eléctricos, decía sudando y chasqueando la dentadura. Resistí como un buen soldado, no solté una sola palabra; deseaban información de la posición de otros pelotones americanos. Ya decía yo, qué cabrones. El caso es que estaba ese soldado, no recuerdo su nombre, dijo Tracy. Lo usaron como ejemplo para que a ninguno de nosotros se nos ocurriera hacernos el listillo o el valiente. Lo colocaron en medio de todos, lo hicieron arrodillarse y le dieron un arma. Sí, los malditos vietnamitas le estiraron un arma. Le hicieron que se encañonara a sí mismo, y lo obligaron a pegarse un tiro. Dios dije, ¿y qué hizo? Se pegó un tiro dijo Tracy abriendo los ojos y dando un largo trago a su birra. Saqué un cigarrillo de la chaqueta, le estiré uno a Tracy y encendiendo el mío le pregunté si estaba seguro que ese tío fue obligado a pegarse el tiro. Tracy, que aunque estaba loco era un loco lúcido (poesía cierta lucidez dentro de su mundo bélico) asintió con la cabeza, con esa mirada de maniaco, entendiendo el asunto. Y es que la historia de Tracy me dejó consternado. Era una historia tétrica. Había mucho sentido, o mucha filosofía en ella. Es decir, se sabe de muchos tíos que antes de ser torturados por el enemigo, prefieren la muerte, a tal grado, que no dudan en quitarse la vida antes que brindar al captor el placer de lacerarlos. Sin embargo, este soldado fue obligado a suicidarse, que no es la misma cosa que suicidarse de verdad. ¿Por qué los indochinos no le pegaron el tiro ellos mismos? ¿Es que acaso olieron el miedo a la muerte de aquel hombre desafortunado? ¿Ceder a la petición de los vietnamitas fue un acto valiente o una cobardía? Tal como lo pinta Tracy, no cabe duda: el acto más cobarde de todos los actos, y estúpido. ¿Por miedo a morir, se mató? Repito, si el soldado escoge la muerte, incluso el suicidio, a la tortura, se entiende la cosa. Pero Tracy me juró que ese cabo fue obligado, que lo hizo contra toda su puta voluntad, y que todos los presentes quedaron impresionados (los presentes estadounidenses) del grado de tortura psicológica de que eran capaz esos malditos ojos rasgados. El soldado apretó los ojos, con mucha fuerza, y apretó los dientes, y balbuceando lo que se deducía una súplica, rojo de vergüenza y temblando, apretó el gatillo y ¡pum! Tracy alzó los brazos y los colocó encima de su cabeza como las garras de un tigre para enfatizar ese pum. Estoy seguro dijo, el soldado no deseaba hacerlo. Sabía que si no lo hacía, el enemigo le metería una bala en la cabeza de todos modos. Hubiese sido más valiente hacer al menos que el enemigo gastara una de sus balas, pero tuvo miedo, y… agregó casi susurrando, sospecho que el tiro se le salió. Sin querer. Fue un dedazo. Causado por el temor de las voces vietnamitas, que son como las voces de pequeños demonios. Ya sabes dijo, hablando ese puto idioma suyo. Asentí con la cabeza. Tracy hablaba como hipnotizado, como si de contar la historia dependiera su vida. En trance. 

3

 El vago Tracy me tenía prendado. Gran parte del tiempo lo pasaba pensando en sus historias. Aunque yo sabía que estaba loco, y que todo eso era una ficción, eran estupendas historias. Dignas de contarse en páginas. Las contaba tan bien que lo pasaba todo el tiempo al borde del asiento. En este caso al borde de la cubeta. Y pensé que alguien debía grabarlo en video y mostrarlo al mundo. Pero luego me dije que quizá solo yo disfrutara de aquello. Se me da bien escuchar a las personas, y toda historia me parece interesante. La mayoría de la gente no estaría dispuesta a escuchar a un vago, solo por el hecho de ser un vago. No reconocerían el talento aunque lo tuviesen es las narices por culpa de sus prejuicios, que llevan tatuados en el seso.  

 Las historias y la forma de narrarlas, y sobre todo el misterio de Tracy McVille me cautivaron tanto que me dediqué a inspeccionar el origen de su locura, o al menos, el origen de sus fondos. Siempre fondos de guerra. De día, la casa de Tracy estaba sola y yo entraba a hurgar entre sus cosas. Porque Tracy tenía cosas. En uno de los cuartos de la casa había, en un rincón, un montón de cosas. Trastos, cubetas, maderas, envases de plástico y... nada más. Nunca encontré algo que pudiera darme la pista. Algo que confirmara que Tracy participó en la guerra, o novelas de guerra de donde pudiese sacar todos esos datos. Sin embargo, una cosa era segura: de algún lado Tracy tenía que sacar tanto dato. Y es que los datos de Tracy sobre las guerras, los años, los bandos y los sucesos, eran reales. Las situaciones que creaba, aunque mentira, eran situaciones que pudieron ocurrir perfectamente. Si te contaba de una pistola, te decía la marca de la pistola y el calibre, y no sé cómo, sabía de memoria el funcionamiento de dicha arma. No funciona lo mismo una escuadra cuarentaicinco que un rifle con mira telescópica, y Tracy, de algún modo, sabía la diferencia. Todo eso no podía ser obra de su imaginación. Todas las historias de Tracy debían tener una base sólida. 

 Le pedí a Tracy me contara la verdad, el origen de su locura. En vano. Tracy estaba más loco de lo que podías pensarte al escucharlo hablar. Era capaz de narrar con elocuencia la aventura más descabella de la guerra, pero una vez que intentabas hablar seriamente con él, se volvía un homúnculo sin cerebro. A toda pregunta contestaba con el comienzo de una historia. Más o menos así: ¿Oye, Tracy, dónde están tus padres, tu familia?, preguntaba yo, y él contestaba: Corría el año del cuarentaitrés. Toda la ciudad temblaba bajo el dominio del ejército alemán y… Sí, sí, pero, vamos, tío, tu familia, ¿dónde está?, interrumpía yo.  El teniente Ferdinand mató a mi padre en el cuarentaitrés, ante mis propios ojos, mientras el teniente Gretchen violaba a mi madre frente a los ojos de mi padre, que murió a la vista de madre, mientras era violada… No importa lo que preguntase, siempre se soltaba con una historia, y lo impresionante era eso: que siempre tenía una historia, siempre era buena, y siempre estaba perfectamente ambientada. A veces se le iba la cosa y caía en contradicciones evidentes, pero en general, era estupendo hilando tramas y escenas críticas. Como la escena en que un marine tuvo que decir, en cuestión de segundos entre dejarse cercenar la polla o ser violado por cuarenta alemanes. Si escogía perder la polla el dolor sería insoportable pero pasadero, aunque perdería la polla. Si se inclinaba ante los alemanes, el dolor sería intenso y duradero, y además, perdería la hombría. Aunque sí perdía la polla, perdería la hombría. Así lo planteó Tracy McVille. Yo me rendí ante el suspenso de la situación. Vale, le decía, cuéntame más, ¿qué hizo el puto marine? El marine ama su condenada polla, dijo Tracy, como todos los hombres, y sobre todo como todos los marines, que gustan de meterla en las mujeres de los diferentes puertos que visitan. Ya dije, cierto. Pero encima de eso, continuó, ama la virginidad de su culo, que es donde radica todo su orgullo, todo el respeto que se tiene a sí mismo y es el cimiento de todos sus valores varoniles como la lealtad y el valor. Carajo dije, otra vez es cierto. Al menos, interrumpió Tracy, eso es lo que los alemanes se pensaron. No contaban con el marine era un marica, y que como buen marine, era homosexual y un chupapollas, y que ese culo suyo no era virgen, que lo había usado más veces que un alemán su pistola, y que cuando eligió ser violado, fingiendo un profundo pesar, realmente iba gustoso al cumplimiento de su condena. Debieron suponerlo dije, los marines son marica, es cosa sabida. El marine recibió a cada uno de los cuarenta soldados alemanes,  continuó Tracy, pero la cosa estuvo más allá de sus posibilidades. Se creyó capaz, pero no lo logró. Incluso para un homosexual de mierda, cuarenta polvos es demasiado. El ano se le desgarró en el decimo tercer soldado alemán. Y fue en el decimo séptimo donde murió desangrado. Los alemanes no pararon. Continuaron embistiendo el cadáver del marine, que murió como un soldado ejemplar. Así lo hicieron ver los superiores. A la familia del marine, terminada la guerra, se le notificó la muerte de su miembro, aludiendo a su valentía, pues se entregó en cuerpo y alma, e hizo, supuestamente, lo que cualquier valiente hubiese hecho, pues al perder la polla no se deja con vida a un soldado eunuco, sino que se mata a toda una descendencia de bravos americanos. Desgraciadamente pereció en el intento, pero eso no le resta valor ni coraje. 

4

El final de todo esto fue tan abrupto como su comienzo. Dejé de ver a Tracy McVille una noche que llegado a su casa, no le encontré. Yo iba listo para escuchar una historia más de la valiente Fuerza Armada de los Estados Unidos de América, preparado con siete birras, y cuando entré a su habitación estaban sus cosas pero no estaba él. Me pensé habría salido a buscar el pan o dar la vuelta y me quedé allí, esperando, pero no volvió. Yo sí volví, al día siguiente, y esta vez no estaban sus cosas ni estaba él. Carajo me dije, quizá encontró un mejor sitio para vivir. Aunque yo lo dudaba, aquella casa abandonada era el mejor sitio para un vago. Era como ser un vago pudiente, o algo así. Un vago con casa. Y supuse que se había mudado, como cualquier otro.  




viernes, 29 de julio de 2011

La señora inspiración.


Texto por: DACA. 

La señora inspiración.


Voy a desnudar a la señora inspiración,
quitarle el vestido negro,
las medias caladas
y morderle los senos,
las labios,
las letras rotas
enterradas en su manos

Voy a hacer que gima mientras me toca,
mientras la toco…
y escribir,
escribir,
escribir cosas que no entiendo,
que no entiende…
me pierdo…

Dejaré que se enrede en mis piernas,
que lama mis muslos muertos
y grite mil mentiras hermosas,
mil verdades dolorosas

para morir a mitad de la noche,
desnuda,
a su lado,
inconsciente.




Texto por: DACA. 



domingo, 24 de julio de 2011

París no es una fiesta: Verónica Pinciotti.



Verónica Pinciotti, delegación Tlalpan, México D.F., Centro comercial Perisur, Cafebrería El Péndulo, 30 de agosto de 2010. 


El poeta Salmoneo Gutiérrez, como se autodenominaba, llegó puntual  a la cita que le di en el Péndulo del centro comercial Perisur, y no pude evitar reír cuando se presentó, precisamente así: buenas tardes, poeta Salmoneo Gutiérrez. No le estreché la mano que me estiró; la dejé en el aire y me cagué de la risa. Vamos le dije, si ya nos conocemos. Salmoneo tardó unos segundos en reaccionar. Cuando lo hizo, estalló en risa (una risa nerviosa), y dijo: cierto, gracias. Y tomó asiento a la mesa donde yo lo esperaba con un café y un libro de Rilke

 Lo segundo que dijo fue: ¿sabías que la primera novela que se escribió en una máquina de escribir fue Tom Sawyer? Lo dijo mientras se acomodaba en la silla. Lo miré extrañada y contesté: no, la verdad no, ¿en serio? Sí, dijo seriamente, si no me crees lo puedes investigar. Y en adelante no dejo de arrojarme sabíasques. Siempre en momentos que luego calculé, momentos de timidez. Es decir, cuando yo lo miraba directo a los ojos, o cuando mi mano rosaba la suya, o cuando le preguntaba alguna cosa personal, como si tenía novia, o si le gustaban mis zapatos. Era un chico tímido y conocedor de un infinito montón de datos inútiles. Aunque debo confesar que eso me enganchó. Siempre me ha gusta saber cosas indiferentes, como por ejemplo: que los meses que empiezan en lunes siempre tendrán un viernes 13. O: que es posible hacer que una vaca suba escaleras, pero no que las baje. 

 Salmoneo había salido de la nada, llegado sorpresivamente a la fiesta de Tlalpan, diciendo que era admirador de Martin Petrozza, y ahora estaba frente a mí, y yo no podía dejar de pensar en él como el poeta Salmoneo Gutiérrez. Le encantaba el título de poeta, y llamaba a Petrozza: poeta Martin Petrozza. Y aunque al principio me reí de él, después de repetirlo tanto en la mente, acabé por aceptar que tenía cierto estilo. Salmoneo me explicó mientras ordenaba una baguette, que él acostumbra llamar a todos los escritores poetas, porque el acto mismo de escribir es poético, y todos los escritores, son, de algún modo, poetas. ¿Yo soy la poeta Verónica Pinciotti?, pregunté dando un sorbo al café que había pedido. No, dijo con una seriedad increíble, tú eres la poetisa Verónica Pinciotti. Iba a reír pero la seriedad que imprimió a las palabras me contuvo. Lo pensé un par de segundos, y le dije me gusta, me gusta. Sonrió y preguntó si sabía que la razón por la que las escaleras en las estaciones de bomberos son circulares, es porque en los años en que los caballos tiraban de las máquinas estaban en el establo, en el piso inferior, y aprendían a subir las escaleras rectas. Vaya dije, jamás lo habría pensado. Y di otro sorbo la café. 

 Salmoneo era un chico con actitud. Era humilde, noble, pero, lo más característico de este joven, era la manía (porque esto tiene que ser una manía, pensé, está loco) de tomar sus palabras demasiado enserio. Se paraba frente a ti, te decía: buenas tardes, soy el poeta Salmoneo Gutiérrez. Con tanta seguridad que inevitablemente lo creías. Es decir, creías que era poeta. Es decir, que tenía algunas decenas de libros publicados y que posiblemente fuera conocido en su país, o su pueblo o en su casa. Nada más alejado de la verdad: Salmoneo era tan desconocido como el motivo por el cual el graznar de los patos (cuac cuac) no produce eco. Apenas había escrito una decena de poemas, de la cual únicamente dos habían sido publicados en un periódico de Guanajuato. Lo que a decir verdad era demasiado, considerando que de unas cuantas decenas, dos poemas dieron en l blanco: salir a la luz. 

 Así que diste con el poeta Martin Petrozza, le dije pasando al tema que nos traía aquí. Salmoneo asintió con la cabeza, pues la boca la tenía ocupada, llena de baguette. Una migaja de pan calló sobre su pecho y con la diestra intentó sacudirla. Tuvo que sacudir muchas veces. Era una migaja particularmente aguerrida. Aproveché esa distracción para observarlo a mis anchas: vestía una playera blanca, me parece que una camiseta interior, y pantalón vaquero. Usaba gafas y su peinado era un peinado que aparentaba un despeinado. No lucía mal. Llegó a pasarme por la cabeza llevarlo a la cama. Pero desistí al recordar que Salmoneo era poeta, y que era un chico noble (eso lo sabías de inmediato), y que esa clase de chicos son los típicos suicidas. Los amantes hasta la eternidad. Los que se te pegan como chicle en la suela del zapato o te caen como maldición gitana. Y una no siempre puede darse, o no siempre desea darse, esos lujos. El lujo de romper un corazón. No a un poeta tan simpático y colega de letras. Sí, sí, dijo cuando tragó el bocado y trató de contarme la aventura de su vida mientras yo lo miraba directo a los ojos, seductoramente, y notaba que su respiración se alteraba. Entonces se disculpó. Por demorarse tanto en quitar una simple migaja con la diestra. Soy zurdo, dijo sonriendo. Asentí con la cabeza sin dar importancia. ¿Sabías que los zurdos viven en promedio nueve años menos que los diestros? Maldición, no, respondí. ¿Y sabía que en los gatos en los perros, como en los humanos, hay zurdos y diestros? No dije, no lo sabía, pero… ¿lo de los nueve años menos aplica también en ellos? Supongo, dijo, sólo que en proporción a los años perro, o años gato, según el caso. Supongo, dije yo dándole la razón. 

2

Me contó toda su aventura con Martin Petrozza, al que por alguna extraña razón, admiraba sobremanera. Le dije que Petrozza era buen chico, buen escritor, pero que no me pasaba por la cabeza que él, que también era buen chico, y apuesto que también un excelente poeta (aún no miraba sus poemas), se arrojara así a los brazos y a la idolatría de un escritor anónimo. Le recordé que los más grandes logros literarios de Petrozza son apenas publicaciones menores en revistas y periódicos de Latinoamérica. A lo que contestó que su admiración radicaba principalmente en eso, en que Petrozza, cómo es posible que no lo hayas notado, dijo, no tienes aspiraciones literarias. Estoy seguro que a ese tío, como se diría él mismo, le importaría un rábano ganar un premio literario, o si una montaña de gente se pone a gritar fuera de su casa en busca de autógrafos y fotografías. Bueno dije, no te creas, si entre esa gente hay al menos una mujer, saldría de inmediato. Salmoneo rió y estuvo de acuerdo. Luego estornudó, e inmediatamente después de que yo dijera salud, dijo: ¿sabías que es imposible, pero de verdad imposible, estornudar con los ojos abiertos? No lo había pensado, contesté, pero me parece que es ciertísimo. Lo es, dijo, si no me crees, puedes investigarlo.

 Ordené un café más y Salmoneo me mostró los poemas. Eran un par de poemas escritos en hojas sueltas, que llevaba dobladas y metidas en el bolsillo trasero del pantalón. Eso me recordó a Petrozza, y supuse que algún reflejo de sí mismo miraba Salmoneo en su héroe de letras. Los tomé y comencé a leerlos. Salmoneo, nervioso, de disculpó para ir al sanitario. 

 Leí los poemas. Eran un par de poemas sobre la muerte. Al estilo Baudelaire. Uno de ellos, interesantísimo, acusaba a la Madre como portadora de un vientre maldito donde se engendra la muerte, pues para el autor, nacer es el comienzo de la muerte. Y el otro, iba sobre el deseo intrínseco en todos nosotros, de morir. No eran como yo esperaba, poemas de amor. Esperaba poemas de amor porque el mismo Salmoneo me dijo en la fiesta de Tlalpan que él era un poeta sensible. Claro, sensible no es sinónimo de cursi. Y al escuchar lo que Petrozza le dijo la vez que se presentó en su casa, supuse que la burla se le habría ocurrido al aburrirse con cursilerías. 

 Cuando regresó del sanitario le dije que sus poemas eran estupendos. ¿Sabías que el alfabeto hawaiano tiene tan sólo doce letras?, contestó estrujando una servilleta con ambas manos. No pensé que fueses un poeta maldito, dije riendo y sin dar importancia a la curiosidad del alfabeto hawaiano. No lo soy, dijo estrujando más fuerte. Le pregunté si estos poemas eran los poemas que fueron publicados en la revista guanajuatense y respondió que no, que estos poemas los había escrito en camino acá, a Perisur. ¿O sea que estos poemas no son los que miró Petrozza? Salmoneo movió la cabeza negativamente, y al mirarme sorprendida preguntó a qué debía la sorpresa. ¿Tienes los poemas que miró Petrozza?, ¿los traes contigo ahora?, pregunté consternada. ¿Qué tipo de poemas habría leído Petrozza para no reconocer en Salmoneo un excelente poeta, y sobre todo, para burlarse de él? Petrozza no es el tipo de persona que se burla de ti si no lo mereces. Sabe reconocer el talento de los demás, cuando lo tienen, y sería incapaz de burlarse de estos poemas, que estoy segura, le fascinarían. Salmoneo dijo que no, que aquellos poemas, los que miró Petrozza, y que fueron publicados, dejaron de gustarle hace poco. ¿De qué van esos poemas?, pregunté. Van sobre la guerra dijo, son poemas de soldados que guerrearon y filosofan sobre el sentido de la guerra. Vaya dije, no lo entiendo. ¿Qué no entiendes?, preguntó extrañado. Traté de decírselo sin lastimarlo. Pensaba que aquellos temas, la guerra y el sentido de la misma, debían gustar a Petrozza, y que era imposible que no reconociera el talento de Salmoneo. Lo que no entiendo, le dije, es porqué Petrozza te echó aquel sermón cuando le visitaste. ¿Sermón?, preguntó, no fue ningún sermón, fue lo más noble que he escuchado a nadie. Sí dije, noble lo es, pero el problema… dije acariciando el libro de Rilke que tenía sobre la mesa, es que… Salmoneo miró el libro, que era el libro intitulado: Cartas a un joven poeta, y dijo: ¿me lo permites? Dudando se lo estiré, y él, lo cogió con soltura, y con toda naturalidad, lo abrió en la página catorce, que es la página donde comienza la parte de la primera carta al joven poeta Franz Xaver Kappus, que Petrozza ¡plagió!, y recitó, haciendo pensar a Salmoneo que aquellas bellas palabras, eran suyas. Salmoneo localizó el pasaje con el dedo índice, y comenzó a leer en voz alta: “Usted pregunta si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí. Antes ha preguntado ya a otros. Los envía a revistas. Los compara  con otras poesías y se inquieta cuando algunas redacciones  rechazan sus ensayos poéticos. Desde ahora (ya que me permite aconsejarlo), renuncie a todo eso…” 

 Yo quedé anonadada. ¿Lo sabes?, pregunté sin entender nada. ¿Saber qué?, preguntó Salmoneo con toda tranquilidad. Eso, dije señalando el libro, que el cuento que te echó Petrozza es un texto de Rainer Maria Rilke. Pues claro dijo, este libraco (agitó el libro en el aire) es el que me impulsó a escribir a los trece años, y es mi biblia y mi reglamento. Maldición dije, todo este tiempo pensé que Petrozza se había burlado de ti. Ahora veo que tú te burlaste de Petrozza. Di un sorbo al café. ¿Cómo?, dijo Salmoneo, nadie se ha burlado de nadie. Petrozza recitó este fragmento al leer mis poemas, y como te dije: es lo más noble, humilde y sensato que escuchado decir a nadie. Sí dije, pero no es de la autoría de Petrozza, ¡y tú lo sabías!, ¿cómo te puede parecer noble plagiar las palabras de Rilke y aconsejarlas a ti? Bueno, dijo Salmoneo, lo que yo he dicho es que son las palabras más nobles que he escuchado. Antes de Petrozza jamás las había escuchado decir a nadie. Las había leído, que no es lo mismo. Además, dije que las palabras son las palabras más nobles, no que Petrozza era la persona más noble a la que había escuchado. Cierto, dije aceptando los razonamientos de Salmoneo, pero no tiene sentido, ¿por qué no lo enteraste de que tú conocías esas palabras? No era necesario, respondió, era un entendimiento tácito. Petrozza leyó los poemas, y le recordó aquel pasaje, porque: ¿sabías que Franz Xaver Kappus se convirtió en oficial del ejército austrohúngaro? No lo recordaba, dije. Pues por ese motivo, continuó Salmoneo, los poemas, que eran poemas sobre soldados, le recordaron a Petrozza, lo asoció en su cabeza, con Kappus, quien inevitablemente te lleva a pensar en Rilke, particularmente en su libro Cartas a un joven poeta, y el resto se deduce con facilidad. Entiendo  dije, ¿Petrozza sabe que tú sabes de la existencia de Rilke? Pues claro, dijo Salmoneo, al recitar dichas palabras, yo coreé la más de las partes, y juntos recitamos la carta completa. ¡Maldición!, exclamé, entonces confundí todo el asunto. Ya entiendo dijo él, por eso no pude sacarte más que una carcajada cuando te conté por teléfono lo que Petrozza me había dicho. Tú creíste que yo creí que… Exacto, interrumpí. Salmoneo rió y dijo para finalizar: no puedo creer que pienses que yo, un poeta, desconozca lo más elemental de la poesía. Caray dije, no lo tomes así, es sólo que conociendo a Petrozza, supuse que lo suyo era un burla. 

3

Terminamos el almuerzo y acordamos un siguiente encuentro, donde ésta vez, yo mostraría a Salmoneo uno de mis textos, pues aunque había leído algunos, deseaba conocer el resto. Y también acordamos que invitaríamos a Petrozza al encuentro, y que lo obligaríamos a mostrarnos un poema suyo. Petrozza no es poeta, como él mismo se lo pasa diciendo, pero ha escrito algunos poemas, y deseamos verlos, con la intención de mandarlos a Guanajuato. Dijo que yo podía enviar uno también, que el editor de la revista guanajuatense era colega suyo, y que él nos echaría una mano para publicar algo. Estuve de acuerdo y me despedí de Salmoneo, quien se ofreció a acompañarme al estacionamiento, hasta donde mi auto.

 En el trayecto enmudeció, nervioso, y cuando le pregunté porque a veces era tan serio respondió: no es que yo sea serio. ¿Entonces?, pregunte, y respondió: ¿sabías que los hombres utilizan un promedio de 15,000 palabras por día, y  las mujeres 30,000? Lo miré sonriendo y le respondí: no, no lo sabía pero te lo creo. Subí al auto y Salmoneo regresó al centro comercial, dijo que se daría una vuelta aprovechando el viaje. El pobre venía de muy lejos. 




jueves, 21 de julio de 2011

¿Dónde están mis pantalones?


Este texto fue publicado en Fotocopiarevista. 

Aquella tarde, Carolina y yo discutimos, como tantas otras veces, y amenazó con marcharse, como tantas otras veces, con la diferencia de que esta vez lo hizo. Aunque no para siempre. Como tantas otras veces. La pelea se gestó porque yo le había jurado amor eterno, y al día de hoy, dijo, dudo no sólo de la eternidad, sino de la calidad, de ese amor. Lo decía con base en mi incontrolable manía de mirar, sonreír y entablar conversaciones con todas las mujeres que se me paraban enfrente, o que cruzaban por mi campo de visón. ¡Esta sí que no te la aguanto!, dijo cuando se enteró que yo mantenía amistad secreta, y de dudosas intenciones, con Laura, una de las meseras del Café la Selva, centro de Tlalpan. Diose cuenta un sábado por la mañana, cuando me invitó a desayunar a dicho café. Decir que me invitó, es decir que me ordenó, desayunar en dicho Café. Dormía el séptimo sueño cuando de la nada escuché su voz (sus gritos), exigiendo que moviera el culo de la cama. Cuando abrí los ojos ella estaba allí, apareciendo como en una pesadilla, recién duchada y vestida, con el bolso de mano en la mano. Es más de medio día, cabrón, ¡no puedes dormir tanto! Vale, dije bostezando y pensando que en efecto yo podía dormir tanto y más, pero sin ánimo de demostrarlo pues no deseaba comenzar a pelear. No importa cuánto evitara las peleas con Carolina, siempre, inevitablemente, llegaban más temprano que tarde, como mandadas a hacer. En dos minutos (¡te doy dos minutos, no más!, gritó) estuve listo. Vamos a la Selva, dijo tajante. Ya dije yo, pues vale. 

 Y así, llegamos a la Selva, donde Laura, la bella Laura, me recibió con una resplandeciente sonrisa, un abrazo y un beso en la mejilla. ¿Lo de siempre?, preguntó juguetonamente (alguna vez le conté que uno de mis sueños era llegar a un bar, Café o lo que sea, y que la mesera preguntara: ¿lo de siempre, señor? Y de aquella vez en adelante, siempre me recibía con las palabras mágicas), y yo que nunca he ocultado mis flirteos extraconyugales, le contesté: lo de siempre, muñeca. 

 Sentándome a la mesa, y sentándose ella (Carolina), expresó en tono de reproche: ¿muñeca? Vamos dije, es sólo una expresión. ¿Muñeca?, repitió al borde de un ataque de histeria. Carajo, nena, le dije, no empecemos, ¿quieres? Hizo una mueca, se calmó, o fingió calmarse, y Laura regresó con mi eterno Café la selva tradicional, que incluye dos buenos rellenos por veinte pavos. ¿Y para usted?, preguntó Laura a Carolina, que conteniendo todo su odio, ordenó unas enchiladas y un refresco de cola. Laura se retiró guiñándome el ojo, y Carolina, haciendo un enorme esfuerzo (estoy seguro que esta vez hizo un esfuerzo) me preguntó si no pensaba comer algo. No sé dije, quizá me pida una cerveza. Eso no es comida dijo, pídete algo más sólido. Me apetece una cerveza dije, nomás me acabo este café y me la pido. Como quieras, bufó Carolina y esperamos las enchiladas en el más amargo de los silencios. Mientras tanto yo encendí un cigarrillo. 

2

Laura era una rubita preciosa (aunque eso me costó percibirlo) a la que yo no eché el ojo sino hasta después de un curioso incidente:

 Una noche cualquiera Garrison llamó y me citó en la Selva, dijo que también iría Luciano, viejo amigo de letras. En aquel entonces, Garrison, Luciano y yo, pertenecíamos a un círculo literario, un grupo de mamones de mierda, llamado Abrapalabra. Cosa que se nos antojaba ridícula y poco seria. Así que Luciano nos convocó para complotear un cambio de nombre, urgentísimo. Para sorpresa de nadie, aquella noche fuimos atendidos por Laura, que a mi parecer, era una mujer como cualquiera otra. Sin embargo, Luciano nos dio una gran lección. En algún momento de la velada, se levantó, se acercó a ella, y le dijo que tenía un hermoso par de ojos. Laura se sonrojó, dio las gracias, y eso fue todo. Eso fue todo para Luciano y para Laura, aunque fue el principio para Garrison y para mí, que esa apática noche, reímos de nuestro compañero pues Laura se nos antojaba una mujer sin chiste. La cosa no pasó a más, discutimos el nuevo nombre de nuestro círculo literario, proponiendo División del Sur, pues todos vivíamos en el Sur, y nos despedimos sin más. 

 Pero a la semana siguiente, Garrison y yo nos citamos en la Selva, y allí estaba Laura, y lo notamos a la luz del sol: poseía una belleza peculiar. Belleza provocada, principalmente, por la idea que sembró Luciano en nuestras cabezas. Tenía un par de ojos verde, eso sí. Fuera de los ojos no había mucho que decir. Y tras varias idas al Café, terminamos perdidamente enamorados. A cada visita encontrábamos un nuevo atributo: bella sonrisa, voz agradable, cabello espectacular.

 El primero en actuar fue Garrison. Una de esas tardes de café, llegó a la Selva con una larguísima carta para Laura. Una carta filosófica, romántica y enredada, que entregó en mi presencia a la bella mesera. En la carta, Garrison anotó sus datos de contacto, y así descubrimos, en su electrónica respuesta, dos cosas: 1) que no estaba interesada en Garrison, y 2) que era estudiante de Teatro en la Universidad Autónoma de México. Con todos esos datos, el siguiente en intentarlo fui yo. Decidí romper el hielo con saludos formales. Cada que visitaba la Selva (y la visitaba tanto como podía), entraba al local, localizaba mi presa y la saludaba de mano y abrazo. Le preguntaba cómo iba la cosa y me respondía siempre con sonrisas incómodas, como las que se dan a un enamorado molesto, y me atendía como se atiende a un comensal más. 

 Hasta que un buen día tuve oportunidad de platicar con ella. Estaban por cerrar el local y Laura disponía de unos buenos minutos libres. Le conté de mi afición al Teatro, supuesta casualidad, y le dije: soy escritor de dramas. Dramaturgo. Laura quedó interesada y las sonrisas mutaron a las sonrisas  que se da a un pretendiente con ciertas posibilidades de triunfo. Me pidió, como era natural, y debí suponer, le mostrara uno de mis dramas. Y como es natural, sin medir las consecuencias de mis actos, quedé de llevarlo al día siguiente. La cosa era que yo jamás había escrito un drama. Pues bien, me propuse escribir el drama más impactante del siglo XXI. En una noche. Sí, señor. 

 Me presenté con Laura y se lo estiré: el drama, le dije. Era un drama de amor sobre un comensal de un Café en París, y una mesera del mismo Café. La cosa estaba situada en el siglo XIX. Laura lo leyó, frente a mí (la verdad era cortísimo; pero decía lo que tenía que decir) y se soltó en una carcajada. Era clarísimo que el drama era el coqueteo directo de un loco enamorado. Así que estás enamorado de mí, dijo con los últimos esbozos de la carcajada. Bueno dije, si lo pones así, pues sí. Fue directa. Tengo novio, dijo. Ya, respondí sin inmutarme, yo sólo deseo conocerte mejor, ya sabes, quizá invitarte un café, en otro Café, por supuesto; compartir nuestra afición al Teatro, todo eso. Laura asintió con la cabeza. No le conté de Carolina. No quería echarlo a perder tan pronto. Laura aceptó la propuesta, dijo que yo le parecía simpático, y que saldríamos a la primera oportunidad. Con la universidad, el curro y el novio, no le quedaba mucho tiempo libre. 

 Desgraciadamente, antes de que llegara la primera oportunidad, Carolina me invitó a desayunar, aquel sábado, al Café la Selva. 

3

Llegaron las enchiladas y Carolina se las embuchó en silencio. Malhumorada. De prisa. Y una vez dado el último bocado, pidió la cuenta y me ordeno marcharnos de inmediato. Laura trajo la cuenta, se despidió de mí con beso y abrazo, y pensé que después de todo saldría airoso de la situación, pero la impertinente (dudo que inocente, las mujeres nunca son inocentes), en el último momento, cuando Carolina y yo habíamos dado los primeros pasos, me detuvo con un grito. Volteé y desde donde estaba (a unos cuantos pasos) gritó: podemos salir el miércoles, es mi día libre, ¡te llamo!, bye, ¡besos! (y lanzó besos con las manos). ¡Hija de puta!, ¿es que no está viendo? Vengo con otra mujer, pensé. Carolina no me dejó contestar. Me tomó del brazo, con fuerza, y me encaminó hasta la esquina de la calle próxima. Una vez virado en la esquina, me dejó contra pared, y estalló: ¿hace cuánto que conoces a esa mujer?, gritó. Ya, dije alzando los hombros, no sé, hará unos meses a lo más, no sé con exactitud. Cruzó los brazos. Hecha una furia y sin decir nada. Me solté por mi propia cuenta: es una amiga, dije. Nada importante, dije. Estudia teatro, dije. Nos citamos para estudiar, dije. Hacía una pausa entre cada enunciado. Ajá, decía Carolina con los brazos cruzados, zapateando con la pierna derecha y haciendo muecas con la boca. Te lo juro, dije. Ajá, seguía ella. ¿Y de cuándo acá a las amigas les dices muñeca? Ay, amor, dije, ¡de toda la vida!, ¡sabes que yo le digo muñeca, nena, bonita, etc., hasta a las palomas! ¿Y de cuándo acá las amigas te guiñan el ojo mientras te sirven el café? Vale… no me guiñó el ojo, mentí. Te guiñó el ojo, sentenció ella. No, no es verdad, me defendí yo. Vamos, amor, dijo, ¡NO ESTOY PENDEJA! ¡Y ya no puedo más!, ¡te vas a la mierda! Dio media vuelta y me dejó allí. En medio de la calle y sin un centavo. Como tantas otras veces. Y la seguí, como tantas otras veces, y como tantas otras veces, cogió un taxi y la vi partir. 

 Regresé a casa caminando, y allí estaba Carolina, con las maletas hechas y en las manos. No deberías tomarte la molestia de desempacar, le dije, has hecho esas maletas tantas veces, que ya no deberías tomarte si quiera la molestia de… ¡Te juro que es la última vez!, me interrumpió. Ya, dije sin caer en el escándalo, tenemos que hablar, nena, ven, siéntate, dije y palmeé el borde de la cama, a lado de donde yo estaba sentado. Tras medio minuto de hablar, acordamos: nos daríamos tiempo. Ella tenía que pensar si aún estaba dispuesta a seguir conmigo, y yo debía pensar (me ordenó pensar), si estaba dispuesto a respetarla un poco más. 

4

La separación duró tres meses, en los cuales, restando importancia al asunto, no llamé a Carolina ni por error. Entristecí y me resigné, pero no llamé. Por su parte, Carolina tampoco llamó, así que yo entendí que no deseaba saber de mí. 

 La reencontré un 18 de septiembre. Adriana, una amiga de la universidad, llamó anunciando que el próximo 18 de septiembre, celebraría su cumpleaños en un bar cerca de mi casa, y que yo estaba cordialmente invitado, y que sería un gusto verme. Hace más de un año que no la miraba, y acepté la invitación. Adriana era amiga en común con Carolina y debí suponerlo, aunque juró que por la mente no me pasó. Llegué el día a la hora y el lugar indicado. Adriana me recibió gustosa, me acomodo en una mesa con cuatro gilipollas de mierda a los que yo desconocía, y me abandonó allí, a mi suerte, no sin antes avisarme, bendición del Señor, que todos los gastos corrían por su cuenta. Es una manera diferente de celebrar un cumpleaños, pensé, pero es una manera noble, o una manera retorcida que refleja la necesidad. Dicho lo último, intenté hacer conversación a los tíos con los que me sentó. Pero no logramos entendernos. Eran tíos sin mucho seso. En su cabeza sólo había tres cosas: soccer, autos, y, Angelina Jolie. Ninguna de las tres me pasaba en absoluto, sobre todo el soccer. Me levanté y me instalé en la barra donde me ordené whisky en las rocas a mis anchas. 

 Fue por el cuarto whisky en las rocas cuando la miré entrar. ¡A Carolina! Lucía tremenda. No venía sola, venía acompañada de tres tíos, uno de ellos sospechosamente cerca de mi mujer. ¡Porque que Carolina era mi mujer! No estábamos casados, vamos, pero era mía. Habíamos vivido tantas cosas juntos, y le conocía cada poro de la piel, y cada capricho, que era lo más cercano a mi mujer. 

 Nuestras miradas se entrecruzaron. No me saludó, no la saludé. Me dejó hundirme en el mar de alcohol, porque lo sabía, ¡cómo no iba a saberlo!, desde ese instante mi estancia se volvió un infierno. Estaba picando la herida la muy puta. Se dedicó a bailotear con medio bar. Siempre en un punto de la pista que quedara dentro de mi campo de visión, sabiendo que yo la miraba y la deseaba más que ninguna otra mujer, y sabiendo, que no haría absolutamente nada. Porque si ella era mi mujer, yo era su hombre. Y me conocía hasta el último de los cabellos. Y sabía perfecto que no movería un dedo. Y no lo hice. Me dediqué a emborracharme lo antes posible. 

 Cuando estuve suficientemente ebrio para no poder ni con mi alma, caminé entre el bullicio y la muchedumbre, y juntando los bancos, que eran unos bancos acolchonados, en forma de cubo (supongo que muy originales según el dueño del bar), hice una cama, y me tumbé. Lo hice, sin darme cuenta, en parte de lo que se consideraba (porque no existía propiamente dicha) la pista de baile. Escuchaba entre sueños el ir y venir de los zapatos. El movimiento de las piernas. El aire de las faldas. Y de pronto, algo que me jalaba de la muñeca. Era la mano de Carolina. Vamos dijo, regálame una pieza. Con la mano en la frente le pedí que repitiera lo que sea que acababa de decir. Regálame esta pieza, repitió. Sabes perfecto que yo no bailo, le dije. Anda, vamos, sólo una, insistió. No, dije tajante. Sabes que no bailo, ¿por qué me pides eso? Puedes hacer un esfuerzo por mí, ¿no?, dijo. Decidido a no ceder, tomé la mano de un tío que pasaba por ahí, le pregunté: ¿quieres bailar con ella?, asintió con la cabeza, y tomando con la zurda la mano de Carolina, la uní a la mano del tío, que yo tenía en la diestra, ¡y los mandé a por culo! Carolina, antes de partir, me echó la mirada más siniestra e iracunda que le había visto echarme jamás. Pero ya no me importaba. Podía meterse el odio por donde le cupiera. Lo  único que a mí me interesaba era dormir un poco. 

 A los pocos minutos, es decir, luego de terminar la pieza, Carolina regresó. Me cogió la manó y jaló para qué yo me levantara. Ya dije, que no pienso bailar ni un solo instante. Lo decía con la voz de un borracho, la lengua no reaccionaba todo lo que yo deseaba y cayéndome cada que ella aflojaba fuerza al brazo. Se sentó a mi lado, una vez que logró sentarme a mí, y me dijo: si no quieres bailar, regálame al menos cinco minutos, quiero hablar contigo. Eso me bajó la borrachera. Quiero decir, la manera en que lo dijo, el hecho de que lo deseara, y que estuviera allí suplicándome que le prestara atención. Me froté la cara con las manos y acepté el trato. Excelente dijo, y me tomó de la manó, me arrastró por toda la pista y me hizo subir por unas escaleras que llevan a los sanitarios. Fuera de los sanitarios había un sofá de espera. Me echó allí, y dijo: espera, NO TE MUEVAS. Y entró al sanitario. Vale dije entre dientes pero ya había desaparecido. 

 Cuando salió, yo dormitaba. Abrí los ojos porque sentí su presencia frente a mi acongojonada alma, y me encontré con el índice de Carolina, y con toda la furia de Carolina, señalándome. Acto seguido, gritó: ¡CHINGA TU MADRE! Me levanté del sofá y no pudiendo creerlo, pregunté que a qué debía eso. Se soltó con el rollo: según su parecer, yo era un pendejo, un hijo de puta, un cabrón, mal agradecido, sin sentimientos, borracho, patán y sobre todo: insensible. Insensible es lo mismo que sin sentimientos, le dije, creo que lo entendí la primera vez que lo… CÁLLATE, detuvo mi explicación. No he terminado. Vale dije, ¿qué más? Aquí supe que Carolina realmente estaba loca. Y borracha. Tanto o más que yo. Se echó a mis brazos, y dijo, y juró, amarme sobre todas las cosas. Eres un malo, decía en tono meloso. Me abandonaste. Sí, la muy cabrona se pensaba que yo la abandoné. Entre apapachos y pellizcos; ya que por momentos volvíale la furia; descubrí que ella esperaba, estuvo todos esos tres meses esperando, que yo le rogara volver. Y al no hacerlo, día a día su odio, pero su necesidad de amarme también, se acrecentaba. Todo mezclado en una olla exprés que estalló aquel 18 de septiembre. No puedo creer que te olvidaras de mí, decía. Pero sí tú fuiste la que pidió tiempo, decía yo. Ella: Pero no taaanto. Yo: ¿Y cómo iba yo a saberlo? Ella: no sé cómo hiciste para vivir sin mí. Yo: me las ingenié. Ella: ¡Cabrón de mierda, a cuántas putas te cogiste! Yo: No tantas, sólo las suficientes para no suicidarme sin ti. Ella: Te extrañé muchísimo. Yo: tengo una duda. Ella: ¿cuál? Yo: ¿por qué no llamaste tú,  por qué no me buscaste tú? Ella (recuperando la ira): el que debía llamar fuiste tú, pero ya me di cuenta que puedes vivir sin mí, ¡cabronazo! Yo (tratando de calmar la ira de ella): Te amo. Ella (regresando a la ternura): y yo te amo  a ti.

 Estuvimos unos buenos minutos así. Abrazados y sobándonos o ella pellizcándome, y perdimos la noción del tiempo (estábamos condenadamente ebrios) y del espacio. No sé exactamente cómo llegamos allí, pero en algún momento entramos (lo supe porque de allí nos sacaron), debajo de un par de bocinas. Comenzamos a magrearnos enserio. La pasión y deseo que sentíamos era tal que no importaba nada sino hacerlo. Le besé el cuello, le saqué las tetas, le besé las tetas. Todo eso mientras ella me desabotonaba el pantalón. Le abrí la blusa toscamente, y creo que la rompí en el acto, y ella me masajeaba la pinga justo como me gustaba, porque repito: Carolina era MI MUJER. Logré llegar hasta el coño, y digo lograr porque en el estado etílico que nos encontrábamos, coordinar si quiera la motricidad era un logro. Le estuve sobando el chocho unos minutos, sentía su aliento jadeante en mi oreja, y sentía que la amaba más que a mi vida, cuando de la nada, en la jeta, nos calló la luz de un lámpara. Era uno de los meseros del lugar, que venía a informarnos que el bar estaba cerrado, que todos se habían ido, y que debíamos salir. Las luces estaban apagadas y el tío llevaba una lámpara de mano con la que nos alumbraba. Carolina, que no le gustaba que nadie le dijera qué coños hacer, se puso a gritar que nos dejar en paz, que no se metiera en lo que no le importaba… y yo… tratando de calmar la cosa, le decía al mesero que nos diera un par de minutos, que ya saldríamos. 

 Vale, nena, la fiesta se acabó, salgamos antes que nos saquen. Regresando a sí, pero no por eso odiando menos al mesero, se subió la blusa, se puso los zapatos (no sé cómo se sacó los zapatos), mientras yo me abotonaba la camisa y el pantalón, y me alineaba un poco. Cuando estuve listo salí. No sentí salir a Carolina. Vamos, nena, le dije, no demores demasiado. El mesero no estaba. Se había compadecido de nosotros. Nena, coño, apúrate. ¡Carolina!, grité y ella gritó: ¡dónde están mis pantalones! ¿Qué?, pregunté extrañado. Mi pantalón, maldición, ¿dónde lo dejaste? Entendiendo la gravedad de la situación, me sumergí bajo las bocinas, a gatas, sin decir una sola palabra, tanteando el suelo en busca del puñetero pantalón. Carolina estaba a punto de llorar. No lo dijo pero yo lo sabía. Asustado, ya que si lloraba toda la furia de su llanto y de su odio iría a parar en mi persona, busqué desesperadamente sin ninguna suerte. Rendido, la tomé de la cintura, y… ¡lo sentí! Un nudo de ropa en su cintura. ¡Carajo, nena, cuál pantalón!, ¡traes falda!, ¡está en tu cintura! Yo había subido la falda de Carolina hasta la cintura, y la tenía como cinturón, achicharrada pero segura. Vale, vale, lo siento dijo, no me di cuenta. 

 Una vez pasado el susto, estuvimos fuera. Bajamos las escaleras y tuvimos que pasar por un pasillo, el pasillo de entrada, donde todos los meseros y trabajadores del maldito bar estaban amontonados. Todos nos miraron, cuchichearon y rieron abiertamente. Carolina pasó segura, caminando como una supermodelo (una de esas supermodelos putas y cínicas) sin inmutarse y yo pasé detrás de ella, fumando un cigarrillo, con actitud y estilo. Como diciendo: qué, ¿nunca lo han hecho debajo de un par de bocinas en un bar? 

 A las afueras del bar, cogimos un taxi y regresamos a casa, a terminar lo que empezamos. 

 Al día siguiente Carolina trajo de vuelta las maletas. Como tantas otras veces





sábado, 16 de julio de 2011

París no es una fiesta: Salmoneo Gutiérrez, 2.



Salmoneo Gutiérrez, delegación Tlalpan, México D.F., 26 de agosto de 2010. 


No tenía nada que perder, así que me aposté el todo por el todo. Llevé mis poemas al poeta Martin Petrozza para que les echara un ojo. En la fiesta del apartamento de Tlalpan, aproveché para pedir a Verónica los datos de Petrozza. No se los pedí directamente a Petrozza porque me pareció que él estaba demasiado borracho, y que podía jugarme una broma. Verónica me preguntó que para qué quería los datos de Martin, y le dije que llevo tiempo investigando del paradero de ese escritor, que leí un poema suyo (Apenas miro tu fotografía) en un diario de Colima (La avanzada) y navegando en la red encontré un sitio intitulado: Whisky en las rocas.  Verónica contestó que Apenas miro tu fotografía, no es un poema, y que Martin Petrozza no es un poeta. Es verdad. El texto Apenas miro tu fotografía puede catalogarse, a lo más, como prosa poética, y Petrozza, es un prosista. No supe qué responder y lo primero que me salió, fue: también he leído tus textos. Verónica, que se apellida Pinciotti, también escribe en el sitio Whisky en las rocas, y buscando el paradero de Martin, encontré los textos de Verónica, de Garrison (que también estuvo en aquella fiesta) y de un tal Rey Hernández. Cuando Verónica escuchó que yo había leídos sus textos puso una cara de sospecha; añadí que me parecieron estupendos, y entonces accedió a darme los datos que solicitaba. No sin interrogarme primero. Le expliqué que planeaba mostrar a Petrozza unos cuantos textos de mi autoría, para que los leyera y comentara, que cualquier comentario suyo me ayudaría a encontrar la luz en el camino de la Literatura. Y también dije que mostraría, si ella me lo permitía, los textos a ella misma, para que opinara al respecto, y que su opinión valía tanto como la de Petrozza o más, pues yo escribo poemas y me considero sensible. Así que la ayuda de una mujer podría venirme muy bien. Verónica rió, dijo que con gusto los miraría y me anotó en un papel que yo le extendí, con un bolígrafo que yo le extendí, el número telefónico y la dirección de Martin Petrozza. 

 Y me jugué el todo por el todo. No tenía nada qué perder. “No hay nada más peligroso que un hombre que no tiene nada qué perder”, me dijo Petrozza cuando le conté cómo llegué hasta allí, hasta la puerta de su casa. Pasa, dijo, siéntate. Pero que dijera eso me costó varios minutos. Toqué a la puerta, era una puerta negra de metal, y a lado había una ventana que daba a la calle, tapiada, y toqué en la ventana también porque al llamado de la puerta no respondía nadie, aunque un vecino me aseguró que él (Petrozza) estaba dentro porque él mismo (el vecino) lo había mirado entrar no hace mucho. Me lo dijo cuando observó mi desesperación ante la puerta de esa casa. Martin vivía en el Sur de la ciudad, y yo venía del Norte, de muy al Norte, del Estado de México; lo que implica un viaje de al menos dos horas y media; y no encontrar lo que buscaba me estaba angustiando. Traté de llamarlo toda la semana pasada al número telefónico que Verónica me apuntó pero sin resultado. No logré que cogiera la llamada, y ahora, frente a esa puerta negra metálica, sentía que quizá, me habían estafado. 

 Pregunté a un hombre que pasaba si habría algún sitio dónde comprar un refresco. Me indicó que dos cuadras más adelante habían instalado una tienda de abarrotes bien surtida. Me dirigí hasta allá y compré un refresco de cola, unos Twinkies Wonder, y tres cigarrillos sueltos. 

 Regresé al supuesto domicilio del poeta Martin Petrozza, llamé a la puerta una vez más, y al no obtener respuesta, me senté en la banqueta de la acera de en frente, a comer los Twinkies Wonder y el refresco. Cuando hube terminado, me levanté, encendí un de los tres cigarrillos y me acerqué a inspeccionar la ventana. No podía verse nada hacia dentro. Estaba pintada con pintura blanca y tapiada con madera, y aparte, tenía una cortina del otro lado que cubría los pequeños espacios que el mediocre pintor había dejado sin pintar. Me pareció el acto de un enfermo mental bloquear la ventana principal de ese modo. Por esa ventana entraría el único rayo de sol que iluminaría la casa. Era la ventana principal, la más grande, y estaba completamente cerrada. En una de las esquinas el cristal se había quebrado, como si alguien hubiese aventado algún objeto sin demasiado peso; sin el peso o la fuerza necesarios para quebrarlo por completo. Jalé uno de los triángulos escalenos que se formaban en la quebradura del cristal, y se vino abajo. Me lo quedé en la mano. Lo inspeccioné y deduje que no serviría de nada. Lo dejé caer al suelo y me alejé de la ventana. Sin mucho ánimo. El primero de los cigarrillos estaba por terminarse. 

 El vecino que aseguró la estancia de Petrozza (si es que Petrozza vivía en esa casa) salió de nuevo, a echar un vistazo, y mirándome allí parado, dijo: ¿no te han abierto? Moví la cabeza negativamente y sacando el pecho, caminó hasta la puerta negra de metal y llamó a ella tocando fuerte, muy fuerte, y gritando: ¡te buscan!, ¡hay un joven que te busca! Y continuó la ráfaga de golpes, porque ya no eran toques o llamadas de puerta sino golpes. En algún momento dije que ya era suficiente, que estaba bien, que podía regresar otro día. Pero el vecino no me escuchó, o fingió no escucharme, y continuó propinado tremenda paliza a la puerta. Hasta que se abrió. Te busca este joven, le dijo el vecino a Martin Petrozza que estaba parado en la puerta, bostezando y estirando los brazos, amodorrado y vestido con un pantalón de algodón azul y una camisa a cuadros también azul. 

 Petrozza  me miró,  di  las gracias al vecino, éste dijo no hay de qué, se retiró, y Petrozza preguntó que quién era yo, y qué quería. Hola dije, soy Salmoneo Gutiérrez, no sé si te acuerdas de mí, nos conocimos porque me invitaste a una fiesta cerca de aquí, no hace mucho, y te dije que yo escribo poesía y he leído tu trabajo… Sí, me interrumpió, el del nombre griego. ¿Qué haces aquí?, preguntó en un bostezo. Bueno dije, quería mostrarte un par de textos míos y… ¿Cómo diste con mi dirección?, preguntó interrumpiéndome otra vez. Bueno dije, Verónica me la dio. Le expliqué todo el proceso de la obtención de su domicilio, y le dije que había venido porque no tenía nada que perder, y fue entonces cuando dijo eso de que “No hay nada más peligroso que un hombre que no tiene nada que perder”. Acto seguido me invitó a pasar. 

2

 Dentro encontré algunos de los míticos objetos Petrozzianos, como el viejo sofá, que siempre imaginé verde olivo pero resultó ser blanco o de un color claro. No se distinguía bien, ya sea por lo percudido o lo viejo. El estéreo, viejo también y que estaba sempiternamente sintonizado en el 94.5 de la Frecuencia Modular. Botellas de Whisky vacías, y contrario a mi pensar, el bueno de Petrozza bebía Chivas 12, que es un whisky que vale alrededor de cuatrocientos pesos, o pavos, como me lo confirmó él mismo. En efecto, la alacena y los cajones estaban vacios, y no es que yo me pusiera a hurgar, pero las puertas de los compartimentos de la alacena estaban entreabiertas o abiertas de par en par, y veías que dentro no había nada. 

 Lo primero que hizo cuando estuve sentado en el sofá fue buscar algo en las cajoneras (que sonaban a cajoneras vacías y olvidadas). Eso que buscaba era un cigarro. Me lo confirmó cuando dijo: ¿tendrás un cigarrillo? Le estiré el segundo de mis cigarrillos. Luego comenzó a buscar de nuevo y preguntó si tendría lumbre. Le ofrecí lumbre y una vez dada la primera bocanada, dijo: ¿qué te trae por aquí? Le repetí la parte de los textos. He traído unos textos que me gustaría mostrarte. Alzó las cejas, asombrado y dijo que por qué. Bueno dije, he seguido tu trabajo, me gusta, y eso es lo que se hace cuando uno encuentra algún escritor de su agrado. Asintió con la cabeza, pensé que se le subirían los sumos, por confesar que he estado siguiéndole la pista durante tanto tiempo, pero no fue así. Yo no sabía exactamente qué hacer, ahora que estaba allí, en la casa de la persona que buscaba, y con la oportunidad que buscaba, no sabía cómo actuar o qué decir. Me limité a sacar un par de hojas que llevaba dobladas en el bolsillo trasero del pantalón, y se las di a Petrozza, diciéndole que eran un par de poemas escritos por mí. 

 Los tomó sin mucho ánimo, desdobló las hojas y comenzó a leer, pero no debió haber pasado del primer verso, o de título, y se los quitó de la vista. Acto seguido preguntó si gustaba una cerveza. Bueno dije, pues sí. Para ser sincero lo último que yo hubiese pedido es una cerveza. Aunque podía beber un par sin dificultad. Pensé las sacaría del refrigerador, o del algún sitio de la casa. No, me pidió ir a la tienda, con él, y comprar las cervezas. Me pidió dinero para las cervezas. Sugerí comprar un paquete de seis, pero él quería un paquete de doce, y lo dejamos en un paquete de ocho. Me preguntó si aún tenía cigarrillos y contesté que sólo uno, y sugirió agregar una cajetilla de cigarrillos. Sin embargo yo no podía pagar todo eso. Si lo hacía no tendría dinero para regresar a casa. Se lo dije y tuvo que hacerse cargo. Pidió fiada una cajetilla de cigarrillos y logramos salir con todo eso y regresar. 

 Vueltos a instalar en el viejo sofá, Petrozza destapó la primera de las ocho cervezas y yo destapé la segunda y encendí el último de mis cigarrillos. Di la primera bocanada de cerveza tímidamente, y él, vació media lata en el primer embuche. Yo estaba acostumbrado a beber, no me es ajeno el trago, pero aquella vez, a las once de la mañana, con una misión de por medio, no se me antojaba el mejor momento. Como leyendo mi mente, Petrozza dijo: siempre es un buen momento para un trago de alcohol. Me contó que había llegado apenas hace un par de horas a casa; venía de beber unos tragos en La Puerta Negra, y que por eso no escuchaba mis llamados a la puerta. Sacó un cigarrillo del paquete, me arrebató el mío de la boca, para encender el suyo,  y con los primeros humos comenzó a contarme de Alessia. ¿Recuerdas a Alessia?, dijo y yo tuve que hace un esfuerzo tras el cual acerté en relacionar el nombre Alessia con la francesa preciosa de la fiesta del apartamento de Tlalpan. Sí, claro, dije, cómo olvidar tanta belleza. Me contó que aquella vez la invitó a salir, a dar un paseo a Bellas Artes, que era una cosa que Alessia se moría por hacer, según la misma Alessia, y Petrozza la citó al día siguiente, por la tarde, pero la muy cabrona (sic) llegó con el imbécil (sic) de Cédric, su novio. Así que Petrozza, que no gusta de perder el tiempo con las mujeres, apartó a la francesita, y le dijo, tajante y directo, si pensaba acostarse con él. La francesa no lo entendió muy bien, y tras varios minutos de mal interpretaciones y tautologías castellanas, anglosajonas y gálicas, dijo que no. Que si estaba loco. Me preguntó que si estaba loco, dijo Petrozza asombradísimo. ¿Qué hiciste?, pregunté ingenuamente. Me fui, contestó Petrozza alzando los hombros y frunciendo lo labios. Ya no tenía nada que hacer ahí, añadió. 

 Tuve que sobrellevarle la conversación por más de una hora para llegar a la parte que me atañía. Lo escuché contarme de otras mujeres de su vida, de mujeres que sí habían aceptado el sexo con Petrozza,  de lo que pensaba de la Literatura, que era más o menos lo que yo ya me imaginaba: que la Literatura está en la vida misma, y de cómo se hizo escritor. Y de su misantropía y su amor por el whisky en las rocas. Hasta que finalmente, el solo, sin que yo dijera nada, cogió los poemas que le había entregado (que estaban olvidados en uno de los intercisos del sillón) y los leyó. Los leyó en silencio mientras bebía la quinta o sexta cerveza. Despacio. Con mucha atención. No eran poemas largos, apenas unos veinte a veinticinco versos cada uno, pero tardó como si hubiese leído un tratado completo. No supe cómo interpretar aquello. Si como la lectura de un hombre ebrio, o como la lectura de un hombre interesado, o de uno que divaga y recomienza donde perdió el hilo. Quizá sea un poco de todo eso, pensé. 

 Cuando terminó de leer no dijo nada. Sacó un cigarrillo más de la cajetilla (a este entonces ya debería ser el número doce o quince), lo encendió, dio la primera chupada, y no dijo nada. Esperé unos minutos más pero no lucía con la intención de decir algo, así que fui el primero en hablar. Le pedí una opinión, y le conté de la suerte que había corrido con estos dos poemas, que fueron aceptados por una revista Guanajuatense. A todo esto respondió: 

 Me preguntas si tus versos son buenos. Me lo preguntas a mí. Antes has preguntado a otros. Los envías a revistas, los comparas con otra poesía y te afliges cuando las redacciones rechazan tus ensayos poéticos. Desde ahora (ya que me permites aconsejarte) renuncia a todo esto. Tu mirada está dirigida hacia afuera y eso es lo que debes evitar en el futuro. Nadie puede aconsejarte ni ayudarte, nadie. Sólo hay un camino: entra en ti. Investiga la causa que te incita a escribir; examina si sus raíces se extienden hasta el fondo de tu corazón. Reconoce si preferirías morir en el caso de no poder escribir. Y sobre todo, en la hora más serena de la noche, pregúntate: ¿siento verdaderamente la imperiosa necesidad de escribir? Ahonda en ti mismo en busca de una profunda respuesta, y si ésta resulta afirmativa, si puedes responder a tan grave pregunta con un fuerte y simple, “¡sí!”, entonces construye tu vida de acuerdo con dicha necesidad. 

 Tu vida, hasta en los momentos más indiferentes e insignificantes deberá ser un signo y un  testimonio de esa necesidad. Entonces, acércate a la naturaleza. Intenta expresar, como si fueras tú el primer hombre, lo que ves, lo que amas, lo que vives y lo que pierdes. No escribas poemas de amor. Evita sobre todo las formas más corrientes y usuales. Evita los grandes temas y ve hacia las cotidianidades de la vida. Describe tus tristezas y tus deseos, los pensamientos que te vienen a la mente y tu fe en alguna forma de belleza. Describe todo con sinceridad humilde y serena, y utiliza para expresarte las cosas que te rodean; las imágenes de tus sueños y las cosas de tus recuerdos. Si tu vida cotidiana te parece pobre, no la culpes, cúlpate a ti por no ser bastante poeta para encontrar sus riquezas. Para el escritor nada es pobre, no hay lugares pobres ni indiferentes. Aún si estuvieras en una prisión, ¿no podrías recurrir a tu infancia, esa riqueza maravillosa e imperial, ese tesoro de recuerdos? Vuelve hacia ahí tu espíritu. Intenta sacar a flote las sensaciones de ese pasado. Tu personalidad se fortalecerá, tu soledad se poblará y se convertirá en un retiro crepuscular, ante el cual pasará muy lejano el espíritu del mundo. Y si te das vuelta hacia ti mismo, de esa inmersión de tu propio mundo, vendrán a ti los versos; no soñarás siquiera en preguntar a nadie si tales versos son buenos. Tampoco intentarás interesar a las revistas en estos trabajos, pues verás en ellos algo naturalmente tuyo, un trozo de tu vida y de tu expresión. 

 Una obra de arte es buena cuando nace de la necesidad. Así, no tengo otro consejo para ti que no sea este: interésate en ti mismo y llega hasta las profundidades en que la vida se origina. Ahí es donde encontrarás la pregunta a si debes escribir. La respuesta que obtengas, acéptala como suene sin forzar su significado.  Tal vez sea obvio que el arte te llama. Si es así, acepta tu destino y sopórtalo, con su peso y su grandeza, sin jamás exigir recompensa alguna que venga del exterior.

 Podría ser que en ese descenso a ti mismo tengas que renunciar a convertirte en un poeta. Para ello, para prohibirte a ti escribir, bastaría con saber que puedes vivir sin ello. Pero aún así, este recogimiento que te aconsejo no sería en vano. Tu vida hallará desde ese momento, sus propios caminos. 

 Dijo todo esto y bebió la última cerveza. 
 3

 Quedé asombrado con la respuesta de Petrozza, me parecía la respuesta más sincera, noble, humilde y genial que alguien me había dado. Salí de allí extasiado, dispuesto a incursionar en la búsqueda de mí. 

 A la semana siguiente, no pude más, llamé a Verónica Pinciotti, que también me había dado su número telefónico, y le conté todo lo que Petrozza me dijo. Se lo conté embelesado, y cuando terminé, ella río, y dijo: no lo puedo creer, qué cabrón… Lo dijo en tono de burla. No entendí el motivo, pero Verónica no parecía alucinada con semejante respuesta. Le causaba risa. También me dijo que podíamos vernos cuando yo quisiera, que estaba interesada en leer mis poemas...




Salmoneo Gutiérrez.
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