martes, 28 de junio de 2011

¿Te gusta la verdad?



"El hombre que no teme a las verdades nada tiene que temer de las mentiras." 



¿Te gusta la verdad?, te voy a decir la verdad: tú eres una puta y tu amigo Martin no es más que un borracho. Por eso se llevan bien, no por otra cosa, porque las PUTAS y los BORRACHOS siempre han sido una cosa que va de la mano, dijo Scott. No lo podía creer. Scott había sacado el hombre que lleva dentro. Me había invitado a cenar pero le dije no, quedé con Petrozza. Y como odia a Petrozza… Al final fui a donde quise y él se quedó amargado. Al día siguiente me pidió perdón exageradamente. Te perdono, dije. Y se enojó de nuevo. ¿Por qué? Porque no es posible que no le des importancia a lo que digo, dijo Scott. Esperaba que yo hiciera un berrinche o que sus palabras me hirieran hasta el alma. Pero la verdad no le di importancia. Tendrías que verlo para creerlo, le dije a Petrozza cuando llegué a su casa. Scott estaba hecho un hombre de verdad. Me gritó y todo. Ya dijo Petrozza, gilipolla de mierda. Lo dijo con verdadero odio. Callé un segundo y él calló también. Luego nos miramos a los ojos otro segundo y luego estallamos en una carcajada compartida. Vamos por un trago dijo Petrozza, y fuimos.  

 Verónica, entiende que te amo y lo que hagas o no, me afecta, dijo Scott. Scott, entiende que no puedes ponerte así cada que nos vemos, dije. Scott es como un barco endeble: una ola pequeña lo puede desbaratar. Se lo pasó la semana entera marcando y enviando mensajes al móvil ofreciendo disculpas. Qué sí, Scott, que no pasa nada, decía yo. Mil y una veces. Luego los mensajes cambiaron de sentido. Ahora eran reclamando que no tomo enserio nuestra relación. ¿Cómo no la tomo enserio, Scott, si no vamos a casar? Esta parte es importante. No puedo aventurarme a perderlo porque de esa boda depende mi futuro como escritora. Con la plata de Scott podré mantenerme sin necesidad de trabajar y escribir, únicamente escribir y vivir. Puede sonar cruel pero es algo que se hace todo el tiempo. El caso es que Scott se volvió una lata todo el mes. No podía escuchar el nombre de Martin Petrozza o le daba un ataque. Un ataque de celos. Aún con todo su dinero sabe que mi cariño por Petrozza es sincero. Sólo que Petrozza me decía abiertamente te quiero coger y eso jodía al pobre de Scott. No me gusta cómo te habla, decía. Así es él, contestaba yo, no te lo tomes enserio. En verdad no debía tomarse enserio los flirteos de Petrozza. Ni Petrozza mismo se lo toma enserio, le decía a Scott. Pero era necio. Lo odiaba. Lo odiaba porque me trataba como a una mujerzuela, decía, y porque a él lo trataba como un imbécil. Eso no lo decía pero era verdad. Petrozza ignoraba totalmente a Scott. Podía estar sentado junto a mí y eso no evitaba que me dijera Pinciotti, vamos a follar, tía, tengo unas ganas tremendas de meter la polla en algún chocho. Scott no me defendía ni nada; se quedaba allí mirando y escuchando cómo yo me reía y Petrozza seguía: anda, Pinciotti, hagamos frijoles en salsa de leche… No, amor, ahora no, será otro día, contestaba yo. Scott se ponía rojísimo. ¿Por qué le dices amor?, me interrogaba. Es broma, amor, contestaba, es sólo una broma. Pero no importa cuántas veces repitiera es una broma. Scott se tomaba nuestros juegos de manera literal. Tuve que decirle a Martin que para un poco. Le dije: ya no te pases con el pobre de Scott, un día le va a dar un infarto. Lanzando una bocanada de tabaco Petrozza contestó: ojalá. De verdad le dije, ya no te pases, sabes que yo también lo disfruto pero creo que hemos cruzado la línea. Que se meta la línea por el culo, contestó Martin. Tuve que explicarle la importancia de mantener a Scott dentro de los parámetros de la felicidad. Es mi futuro esposo, Martin, entiende. 

 Martin refunfuñó como nuca y al final se portó bastante comprensivo. Para calmar el asunto de lleno le invité a casa, un jueves. O sea, un día de Scott. Scott llegó puntual a las cinco de la tarde, como todos los jueves. Martin Llegó dos horas después. Cuando Scott lo miró entrar se puso blanco. Este era su espacio, “La hora de Scott.” El tiempo que era nuestro y donde platicábamos del presente y del futuro. NUESTRO futuro. ¿Qué haces aquí?, le dijo a Martin. Hola, Scott, buenas tardes, ¿cómo te va?, contestó Petrozza. Reí. Se me escapó una sonrisa enorme al verlo allí, con la camisa dentro de los pantalones, peinado con gomina y saludando formalmente al bueno de Scott. Scott quedó impactado. Le contestó el saludo levantándose del sofá. Con Petrozza nunca se levantaba porque Martin jamás le saludaba con algo más que un qué hay, tío, lanzado a distancia y sin mirarlo siquiera. Luego me saludó a mí y dijo: ¿puedo tomar asiento?  Claro dije, toma asiento. Petrozza no reía. Estaba serio. Actuaba muy bien su papel. Scott tardó unos segundos en reaccionar. Parecía un niño incrédulo. Hacía pruebas como un ratón desconfiado. ¿A qué viniste?, preguntó. Martin pasó la prueba. De verdad. Contestó a todas las preguntas de Scott diplomáticamente, y se fue. No se quedó más de una hora. Ofreció disculpas por interrumpir nuestro encuentro y salió victorioso. Al otro día Petrozza me dijo: cualquiera puede ser un gilipollas, Pinciotti, pero es aburrido. Faltando a la lógica de la conversación, le dije: ¡gracias Martin!, y lo abracé. Le agradecía haber cambiado por mí. No es que haya cambiado, claro, pero al menos un pequeño tiempo hizo un esfuerzo y ese tipo de cosas las valoro demasiado. ¿Y bien, preguntó Martin, qué te dijo el cabronazo? Dudé un segundo antes de contestar: me ha pedido te invite a ti y a todos a beber una copa. ¡Dios!, exclamó Martin, ni lo sueñes, Pinciotti, ya tengo bastante con soportarlo sobrio. Vamos dije, hazlo por mí. Ni lo sueñes, se mantuvo en su posición. Con todos quiero decir: Garrison, Rey Hernández y Martin Petrozza. Mis únicos amigos cercanos. 

 Llamé al resto del grupo y todos aceptaron asistir. Sería la próxima semana en el bar de nuestra elección. Scott realmente estaba dispuesto a ceder. Después de tanto tiempo, por fin estaba dispuesto a abrir los brazos al trío de cabrones que le habían hecho la existencia imposible. No podía dejar pasar la oportunidad. Debía mantener a Scott lo más contento posible hasta la boda. Me reuní con todos ellos antes del encuentro. Vamos, Petrozza, no te vas a morir, dijo Garrison. Tratábamos de convencerlo. Lo hemos hecho muchas veces, apuntó Rey y era cierto. Ocasiones antes tuvimos que soportar la presencia de Scott en nuestras reuniones. No es lo mismo dijo Petrozza. Es lo mismo, dije yo, y sobre todo, esta vez es importante. Scott se ha esmerado en quitar las barreras. Está dispuesto a convivir en paz. Ese es el problema, dijo Martin, que el hijoputa se piensa que tiene derecho a disminuir su furia y ceder, como si de este lado deseáramos contentar las cosas. Por mí que se pudra en bilis. Garrison y yo nos quedamos mirando. Yo no tengo problemas con eso, dijo Garrison y Rey se unió alzando los hombros. Vamos, Martin dije, ayúdame. Necesito estar en santa paz con él. No sé dijo, no me parece sano tener que lamer el culo de un imbécil sólo para que te cases. ¿Es que acaso no se casará si falto a esa reunión? Ya dijo Rey, no mames, vayamos a burlarnos de él y listo… ¡No!, interrumpí, nada de burlas, iremos en armonía y escucharemos lo que Scott tenga que decirnos... Si no podemos joderle no iré, dijo Garrison. ¡Qué!, dije, no han entendido nada de lo que he dicho; desea calmar las cosas y… Al final todos aceptaron ir. Aunque a Petrozza tuve que rogarle dos días más. Es demasiado orgulloso para esas cosas. Odio a Scott, decía, no soportaría mirarlo si quiera. Pero al final aceptó porque prometí invitarle unas copas el día que quisiera. En un buen lugar, señaló antes de aceptar el trato. En donde quieras, le dije, pero ya no seas tan duro. Vale, vale, dijo y se tragó el orgullo. 

2

 El bar de nuestra elección, que en realidad fue el bar de mi elección, fue un bar en Plaza Cuicuilco. Un punto medio entre el mundo de Scott y el mundo de mis amigos.  Aunque Petrozza se quejó del lugar antes de llegar, se tranquilizó al hacerlo. Esto está lleno de jebas buenas, dijo. Y era verdad. Era un viernes o un sábado y todas se habían vestido para matar. Scott llegó por su parte. Yo quedé de recoger a Petrozza en casa de Garrison donde también estaría Rey y Scott aceptó llegar por su parte. Todos estaban cooperando y yo no lo podía creer.  Esta era la noche. Si lograba amistarlos a todos en adelante podría llevar una vida de menos estrés. Podría decir a Scott estoy con mis amigos, o estoy con Petrozza, sin que perdiera la calma. Tenía que demostrarle que ninguno de ellos era peligroso, y que el coqueteo con Petrozza era un juego, que ese cabrón coqueteaba con todo sustantivo femenino… propio o común. Y no me fue difícil. La mirada de Petrozza se perdía en cada chica que pasaba y no disimulaba en absoluto. Todos,  y en particular lo hice notar a Scott con pequeños codazos y risas, notamos que Petrozza estaba idiotizado mirando tanta mujer. Garrison y Rey Hernández no hablaban demasiado. Se limitaban a escuchar las buenas nuevas de Scott. Noticias sobre la economía de Estados Unidos, Canadá y México. Sin darle demasiada importancia. Todo estaba saliendo muy bien. Sentados a la mesa, bebida en mano y plática amena. Al menos plática sin discusiones. Toqué a Martin en el hombro y le dije al oído ya, ya, únete a la charla y por el amor a Dios trata de parecer un hombre normal, no un depravado. Y recuerda: estás a aquí para demostrar a Scott que puedes ser un hombre decente. Me miró en silencio. Indignado, sin decir una sola palabra, y creo que fue allí donde se jodió la cosa. Conociendo a Martin no debí decir aquello. Seguro pensaba algo como: a mí nadie va a decirme cómo comportarme… No pienso ser un hipócrita… Ser decente no es ser un gilipollas como Scott, un hombre decente también tiene ganas de follarse a todas esas jebas. Cosas así. Aunque él juró después que no lo hizo apropósito, que no se dio cuenta cuando perdió el control, no sé si creerlo. 

 Petrozza ordenó otro whisky en las rocas. Cuando lo trajo el mesero, el whisky no tocó la mesa. Petrozza lo cogió de la mano del hombre que lo trajo y lo bebió de un trago, acto seguido regresó el vaso al mesero y dijo: otro igual por favor.  Scott le echó una mirada, y luego me echó una mirada a mí. Yo no soportaba eso, que Scott me recriminara los actos de mis amigos, como si fuesen mis actos. Así bebe Petrozza, ¿y?, eso no lo hace menos o peor que tú o que yo, pensé decir a Scott pero me callé. En verdad deseaba llevar la fiesta en paz. Pero Garrison también miró a Petrozza, y me miró a mí, y miramos a Rey que nos miró, y todos lo supimos: Petrozza no estaba a gusto. Y cuando Petrozza no está a gusto…

 El mesero le entregó el otro whisky y quedó esperando que Petrozza lo bebiera al hilo pero esta vez lo estampó contra la mesa y con un ademan despectivo le indició al mesero que se largase. El mesero no lo tomó a bien y se largó maldiciendo entre dientes. Scott no dejaba de observar a Martin sin parar su discurso sobre el Tratado de libre comercio y sus teorías económicas al respecto. Garrison y Rey no dejaban de observar a Martin sin dejar de escuchar a Scott y yo fingía atención a todo el cuadro pero no dejaba de observar a Martin esperando lo peor. Martin no miraba a ninguno de nosotros. Miraba a al vacio. O eso pensé, pero qué va, era de esperarse, miraba el culo de una mujer. Me enteré porque me lo dijo. Dio un trago a su bebida y me dijo susurrando: Pinciotti, ¿ves ese culo de allá, el de pantalón blanco? Miré a donde me señaló y sí, miraba ese culo de allá, de pantalón blanco, y pertenecía a una mujer ni fea ni guapa. Sí, dije a Martin, lo veo, ¿y? ¿Podrías traerlo para mí a esta mesa? ¡Diablos, no!, dije, se supone que venimos sólo nosotros cinco, ¡y se supone que tienes que hablar con Scott y hacerte su amigo! Ya dijo Martin, entonces lo traeré yo mismo… Y se levantó de la mesa y todos lo miraron asombrados y ya lo presentíamos. Más que nadie, yo, ya lo presentía. Petrozza echaría todo a perder. Sin embargo no estoy segura de eso…

 Petrozza se levantó del asiento, caminó hasta la chica que le gustó y se puso a platicar con ella. Cuando se levantó, sin decir nada, yo dije a todos pero sobre todo dije a Scott que iría al sanitario. Que Petrozza iría al sanitario. Nadie dio importancia al comentario. Para mí era importante justificar los actos de Petrozza aunque quizá estaba exagerando. Lo busqué con la mirada y ya no estaban allí. Busqué a la chica pero tampoco estaba. Así que supuse que se habían entendido muy bien, o que no se habían entendido en absoluto. Y que todo había acabado, y en un segundo regresaría Martin. No fue cosa de un segundo. Fue cosa de veinte minutos. Petrozza regresó en veinte minutos con tres señoritas, así las presentó, y las sentó a la mesa, con nosotros. Jaló un par de sillas y las sentó entre nosotros. Rey Hernández inmediatamente se presentó. Luego Petrozza nos presentó a todos aunque se equivocó en el nombre de ellas tres. Se sentó al lado de una de ellas, una castaña de tremendo culo, y dejó a Rey una rubia de de sonrisa bonita y, casualmente, una pelirroja escotada quedó junto a Scott. Todo esto interrumpió la paz que momentos antes reinaba. Se convirtió en un absurdo. La rubia preguntando a Rey si gustaba de escuchar los éxitos de Madonna. Al tiempo que Petrozza le decía a Garrison,  por encima de la música y las voces: ¿a poco no Andrea tiene los ojos más bellos que has visto? Andrea era la castaña que se había apañado. Y la pelirroja, no queriendo quedar atrás, intentaba hacer conversación a Scott. Garrison y yo nos miramos pensando que Petrozza lo había hecho. Había convertido esto en una de sus noches de juerga. 

 Lo interesante del asunto, lo impresionante del asunto, no es que Petrozza haya traído a ese trío de golfas. Porque lo eran. Las muy putas se pensaron todo ese tiempo (o quizá se los dijo Petrozza) que la bebida corría por cuenta nuestra.  Lo impresionante del asunto es que Scott se uniera a todo eso. La pelirroja logró hacer plática con él. Yo lo dejé actuar. La pelirroja le susurraba cosas al oído y le sacaba risas. Estaba encima de él. De vez en vez me miraba serio y me hacía algún comentario. Comentarios como: ¿lo estás pasando bien? Yo respondía que sí, que sin problemas. Era terrible para ocultar sus emociones. Evidentemente él lo estaba pasando muy pero que muy bien. La rubia no paraba de reír con los chistes de Rey. Rey también lo pasaba bien. Garrison y yo quedamos fuera de lugar. No lo puedo creer,  me dijo echando una mirada a Scott que cínicamente se dejaba sobar la pierna por la pelirroja. Ni yo, dije alzando los hombros. 

 En algún momento Petrozza alzó la voz. Comenzó a platicarnos de la vez que la patrulla lo cogió in fraganti cuando lo hacía dentro de un auto con su novia. O lo que en ese entonces era su novia. Y de cómo se libró. Nadie le prestaba real atención. Rey estaba deseoso de acostarse con la rubia, se lo podía mirar en la cara. Petrozza estaba deseoso de acostarse con la castaña, no tenías que adivinarlo, era obvio y lo notabas al mirar a la manera en que la agarraba. Y Scott, lo noté en su nerviosismo, estaba deseoso de cogerse a la pelirroja. Petrozza tiene el don de encontrar agujas en el pajal y putas en cualquier lugar. Porque lo sabías: la castaña estaba caliente, la rubia estaba caliente y la pelirroja estaba caliente. Todos bebían whisky como agua. Hasta Scott que es un santo. No quería quedar como un santo. No esta noche. No con la pelirroja colgada de su cuello. Y yo no reclamé nada, dejé que actuara como la gana le diera. Me guardé todo eso para después…

3

 Así que las PUTAS y los BORRACHOS son cosa que van de la mano, dije a Scott cuando tuvimos oportunidad de hablar. Rió estúpidamente. Sabía a qué me refería. Así que Petrozza es un mamarracho que se liga putas de bar, continué. Scott titubeaba. Petrozza es buena persona, dijo casi tragándose sus palabras. Yo reía por dentro pero por fuera me hacía la indignada. Y la pelirroja también era buena persona, ¿no? Scott frunció los labios y dijo: sí, era simpática, pero eso no significa nada. Y por eso tuviste que pagar la cuenta de ella y de sus amigas, dije. Y es que el idiota de Scott terminó pagando la cuenta de todos, y al final fue el que menos sacó de todo esto. Saliendo del bar Scott y yo regresamos a casa y Petrozza, Rey, Garrison y las tres mujeres se largaron a seguir la fiesta a casa de una de ellas, creo que de la rubia. Scott no tuvo el valor de continuar. Me dejó en casa y se quedó conmigo, más para convencerse a él que a mí, de que no necesitaba ese tipo de distracciones. Y al amanecer, sentados a la mesa del desayuno, le reclamé falsamente su actitud. Le dije que si tanto le gustaba decir a otros la verdad, tenía que saberse que la única verdad es que yo lo quiero, y que ni importa cuánto haga o deje de hacer, no cambiaría en absoluto nada de lo que yo siento por él. Y que debía dejarse de tonterías respecto a mí y a Petrozza y respecto a mi actitud y mi cinismo porque ahora se ha visto que él mismo no es tan honesto, honrado e íntegro como dice ser. Que al menos Petrozza reconoce sinceramente que ama ligar putas de bar y no se cubre con los mantos de la santidad cuando no es un santo. ¿Te gusta la verdad?, dije con más fuerza: pues la verdad, querido, es que te quedaste con las ganas. 

 A Scott le quedó claro, y de ese día en adelante pude hacer de las mías sin tanto alarde. Porque no, yo no amo la verdad. Yo amo la razón que me conviene. Al fin y al cabo la verdad es relativa.




domingo, 26 de junio de 2011

París no es una fiesta: Diego Fernández.



Diego Fernández, México, D.F., colonia Del Valle, calle Moras, apartamento 201, 20 de agosto de 2010.

No tiene nada de malo fumar un cigarrillo de yerba de vez en cuando. Yo lo hago todo el tiempo y ya ves. No tiene nada de malo fumar un cigarrillo de vez en cuando. Lo malo es si dejás pasar mucho tiempo. Te vienen las ansias. Pero si lo hacés de vez en cuando, no pasa naa. Por ejemplo ahora: no traigo nada encima y estoy contento. Sin necesidad. Mirá cómo no me tiemblan las manos. Camino ligero, ya ves. Sin prisa. Sin tiempo. El tiempo, es relativo. Ya lo dijo Einstein. Así que vámonos despacio pa´ acabar pronto. Me preguntás si conozco a un tal Petrozza. Martin Petrozza. ¿Y vos, pa´ qué querés saber eso? No es bueno meterse donde a uno no le llaman, ¿sabés? Primero me decís de qué va todo esto, ¿es que acaso el tal Petrozza ha matado a alguien? Porque si es eso yo no sé, yo camino ligero, sin broncas. Che, pa´ que me entiendas: no me gusta meter las narices donde ni las debo ni las temo. ¿Qué me decís? ¿Qué pensás ahora?

 ¿Qué esto va a salir publicado? Así cambia la cosa. ¿Qué si conozco a Martin Petrozza? Si lo conozco desde que era un pibe así de chiquito. Es un che boludo. Pero decime, ¿dónde va a ser publicado esto?

 La fiesta que me decís sucedió unos cuatro años ha. ¿De verdad? Cierto, tenés razón, fue hace como un año. En Tlalpan. El tiempo es relativo. Y además de relativo es tramposo. Yo hubiese jurado que hace más de cuatro años de aquello. Pero hace todo ese tiempo yo no estaba aquí. En este apartamento, quiero decir. Este es un buen sitio. Lo comparto con seis colegas más, todos autoexiliados de su tierra. Yo soy de Salto, Argentina. Llegué a México por el noventa y… Por mil novecientos noventa y… Por el noventa y pico, che. Llegué sin un centavo, vos sabés. Ahora he aprendido a ganarme la vida. Doy espectáculos en la colonia Roma. Es que allí la gente es un poco lenta. Pero esto es un secreto, che, no lo vayás a publicar. Mejor publicás que todos los sábados doy lecturas de cuento en el Parque México. Para que vayá la gente. Las doy gratuitas o por una moneda. Mejor ponés que por una moneda, pa´ que vayán preparados. Lecturas de cuento y también hago malabares con fruta. ¡Fruta de verdad, che! Y de paso ponés que soy escritor. Quizá alguna editorial lea esto, ¿qué no, che? Ahora mismo escribo un drama. Una obra sobre Diego Velázquez, el pintor. Es un drama histórico. Bien pegadito a la realidad. No como otros dramas que nomás son puro sensacionalismo.  

 ¿Yo? Yo tengo treinta… Treintaidós años. Pero hace tantos años que tengo treintaidós que ya no sé si es verdad. El tiempo es relativo. Si fuera gato yo sería muy viejo. Quizá ya habría muerto. ¿Alguna vez has pensado en eso, che, en que si fueras gato llegado los quince te da el patatús? O una hormiga. Imaginá que sos una hormiga. ¿Cuánto vive una hormiga? O un mosquito. Apenas nacen ya son mosquitos maduros. Señores mosquito. Nomás unos días y ya están muertos. Pero si fueras Dios… Qué me decís si fueras Dios. Ver morir hombres como mosquitos. No es muy alentador. ¿Vos sabés cuántos años gatunos tiene Dios? 

 Petrozza es menor que yo pero es un pibe estupendo. Tendrá a penas unos cuatro años vida perro. ¿Querés un poquito de yerba? Yo sí. Nomás un poquito. Pa´ calmar el ansia. Voy a armar todo esto mientras me seguís preguntando todo lo que querás. 

 Sí, recuerdo que en la fiesta de Tlalpan había un chileno y un par de franceses. Llevaban una mota chida, como dicen aquí. ¿Sabés qué es lo bueno de nosotros los argentinos? Que nosotros no perdemos el acento.  He visto mexicanos en mi tierra hablando como argentinos. O mexicanos que se van a España y regresan españolizados. Incluso unos que se olvidan de su lengua. Chicanos y paisas que se olvidan de su lengua. Pero los argentinos nunca. Vos sabés. Nomás hablamos y ya se sabe de dónde vinimos. Los italianos tampoco pierden su acento. Había una italiana en la fiesta de Tlalpan. Fumaba hashis como nunca había mirado a una mujer fumar. Y estaban los franceses, emocionados con la yerba mexicana. La francesa era muy pero muy linda. Era linda de verdad. Lástima que viniera con el franchute aquel. Yo no podía quejarme, yo venía con una mina… ¡No, yo venía con dos minas, che! ¡Dos minas! ¿Sabés lo que es eso? Yo era el rey de la fiesta. Con mis dos minas, una a cada mano. Para aquí y para allá. Con las dos. De la mano. El rey de la fiesta. Ahora voy a encender esta cosa, hacete para allá, no quiero que te dé mucho el humo o te vayas a volar. Abrí la ventana. Allí. Con la palanca, jalá la palanca. Eso. Así está mucho mejor. Ya tenés aire puro. Tú seguí con la entrevista, yo fumo y respondo.  

 Una de ellas se llamaba Thalía. Era una mina muy maja, como del estilo de… Cómo se llamá. La mina de la tevé, la que sale enseñando todo el… Bueno, el caso es que estaba muy bien. Y yo la seguí hasta el Café. Le pedí permiso para sentarme allí, con ella, y me lo dio. Yo noté que había algo entre los dos. Entre nosotros dos. Me dijo que tenía una amiga. Era una piba alegre. De esas que salen de a tres. Así que ese día las invité a salir. Las invité a la fiesta de Garrison y… No, miento, Garrison me invitó a mí pero no era su fiesta y ellas me invitaron a mí… No, ellas no conocían a Garrison. Entonces Garrison me invitó a mí y yo a ellas… Sí, eso. Es que hace tanto tiempo que ya no recuerdo. ¡No, che! No eran dos, era una. Una mina a la que invité. Se llamaba Thalía, la seguí al Café y me invitó a cenar. Eso. Ella me invitó a cenar y en la cena me presentó a su amiga, que era otra mina maja, y yo las invité a la fiesta de Garrison. Aunque no entiendo quién me invitó a mí. Porque la fiesta de Garrison fue en Tlalpan pero ese no era su apartamento. ¿Te lo podés creer? Dar una fiesta en casa de otro. Hay que estar volado. Uno da fiesta en su casa o no es su fiesta. Aunque ahora que lo pienso, quizá no era fiesta de Garrison. El me invitó, eso sí, y yo invité a las señoritas estas. ¿Querés un vaso de agua? 

 Esta piba, Alondra, que era la amiga de Thalía, estaba fascinada conmigo, che. Yo estaba fascinado con la francesa y  una mexicana, amiga de Petrozza, Verónica. Me la presentó Petrozza, era una mina con clase, eso sí. La francesa era más bien relajada. Verónica tenía tacones, vos sabés, esa clase de mujer que no sale sin maquillaje. La francesa en cambio era un ángel. Las dos eran unos ángeles. Pero la francesa era un ángel y Verónica era como un ángel del mal. Se notaba. Era una seductora, una estafadora, una… una… ya sabés qué clase de mujer. La francesa era sencilla, noble, sin prejuicios. Verónica tenía el ego por los aires. Bebía con clase. Whisky en las rocas. La francesa no bebía, nomás fumaba. Y Verónica no fumaba, nomás bebía. Llevaba una minifalda. La francesa no, ella vestía un pantalón aguado. Pero iba descalza. Verónica enseñaba toda la pierna pero no iba descalza. Y si me toca decidir me quedo con Verónica. Con el ángel del mal. Pero la francesa era linda, linda, linda. Quizá sí me quedaba con la francesa. Alessia me dijo que se llamaba. Además Alessia era más de mi clase. Pensé que le gustaría ir a Buenos Aires. Estaba pensando mucho en ella. Me gusta crear escenas mentales. Nos imaginé en Río de la Plata, tomados de la mano, montados a caballo, a lo gaucho; y ella feliz de estar allí, y yo feliz de estar con ella, cuando de pronto, un oficial nos detiene. Nos anuncia que somos sospechosos ante la justicia. Alessia me mira extrañada, buscándome la culpa en el rostro y pensando que debió quedarse con el franchute en vez de venir conmigo a Buenos Aires, y dejarlo todo por un sueño. El oficial alega que hay un tipo igualito a mí que vende yerba en la esquina de la calle Esperanza y el Eje 6. Pero yo le digo que no soy yo. Que debe haber un error. Yo no vendo yerba en esa esquina. Entonces Alessia y el oficial me miran pensando que he cometido un error. Que en seguida diré que la esquina en la que yo la vendo es tal. Nada de eso, che, yo no vendo yerba. Y se lo dejo bien clarito al oficial y a Alessia, que aunque no decí nada, se lo sospecha. Pero la yerba que yo cargo no la vendo a nadie. Esa es para mí. Y para ella. Y para todos. Y para vos. ¿Seguro que no querés un poquillo? 

 La italiana era fea. Fumaba bastante. Era fea, fea, fea. Me imaginé a ella rogando que la llevara a mi viaje a Buenos Aires, junto con Alessia, y yo negando rotundamente, y Alessia espantadísima de que la italiana quisiera venir con nosotros. Además gritaba mucho. A mí los gritos no se me dan. O mejor dicho se me dan todos. Yo jamás los doy. Pero cómo me los dan. En la calle la gente me da gritos, me gritan: ¡Ese, che! La gente me llama Che. Como si Che fuese mi nombre. 

 ¿Petrozza?, ah, sí, a Petrozza me lo presentó Garrison, creo que en otra fiesta. Yo iba muy pasado de yerba y él iba pasado de copas. Petrozza no fuma yerba, no es muy dado a esas cosas. Recuerdo que en la fiesta de Tlalpan le invitamos a fumar pero nos rechazó. No lo hacé con mala intención. Le dijimos que se uniera al círculo y dijo que no y se sentó en el sofá, eso sí, cerca de nosotros. Y lo escuché preguntar qué es la Literatura. Antes de eso Garrison ya me había contado todo sobre la Literatura, lo que él se pensaba de la Literatura. Se pensaba que hay que construir objetos. De objetividad. El primer gran logro de un escritor es hacer objetos, decía. Me lo platicó en la cocina, mientras cogía una cerveza del refrigerador. Yo cogí una también pero pensaba si era posible que alguno en la fiesta cargara yerba. Deseaba un cigarrillo de yerba. Lo escuchaba decir que lo importante es hacer historias, con nuestras historias personales, pero que al final fueran historias de muchas personas. De todas las personas. De todos los lectores. Yo le dije que eso estaba muy bien siempre y cuando me explicara cómo. Y me explicó de la subjetividad. De cómo la mayoría de las personas escribe para sí, escriben sentimientos personales que pertenecen a un sólo individuo. Y bebía su cerveza y yo bebía la mía y pensaba que quizá el chileno tuviera yerba. Pensaba preguntárselo en cuanto Garrison me dejara de decir todas esas cosas. Pasaron unos cinco minutos tiempo hombre, pero una eternidad en tiempo Diego. Que es mi tiempo y yo estaba urgido de regresar a donde mis minas, y preguntar al chileno si tenía algo de yerba.  Pero Alondra me interrumpió con algo y ya no pude preguntar nada al Chileno. Thalía y Alondra estaban embobadas conmigo. Yo les contaba cualquier cosa y reían como si fuese un chiste. Y preguntaban algo que me impedía parar de hablar. Yo hablaba pero estaba ansioso de preguntar a alguno de la fiesta si tenía un poquito de yerba. Aunque fuera una bachita pa´ calmar el ansia. Y en algún momento se hizo la luz. El franchute, que hasta ese momento yo envidiaba y consideraba un malparido, sacó una bolsita llena de marihuana. Y el chileno, al que yo conocía de hacemuchos años, pero al que nunca había hablado más de un saludo, se sentó con él y con la francesa, y también sacó más yerba. A mí se me fueron los ojos. Los miraba armar la fiesta y yo callado, esperando el momento de actuar, con las dos minas encima de mí, haciendo preguntas de mi vida y de mi barba. Hasta que me llamaron. Me invitaron a fumar y me bajé del sofá para estar más cerca. Alondra me preguntó si yo de verdad pensaba fumar. No pasá naa con un cigarrillo de yerba, le dije, no pasá naa si fumás de vez en cuando.

 Primero fumó el francés. Pasó el cigarrillo a la francesa, que fumaba de una manera muy sensual, y yo me quedé mirando mucho tiempo cómo lo hacía. Luego lo pasó al chileno y el chileno me lo pasó a mí. Le di unas fumadas y lo pasé a Thalía pero me dijo que no, asustadísima de que yo estuviera allí, de que todos nosotros, pero sobre todo yo, estuviéramos allí fumando esa cosa. Alondra tampoco quiso probar. Les dije que no temieran, que fumar de vez en vez es bueno para la salud. Pero no me creyeron, venían con todas esas ideas suyas metidas en la cabeza. Ideas de salón. Vos sabés. Se pensaban que yo hacía algo gravísimo. 

 La italiana llegó guiada por el olor. Llegó gritando que quien había sido capaz de fumar sin invitar. Se sentó con nosotros y le pasamos la yerba y fumó bastante bien. Le dije a Alondra que ya podía ver cómo fumar no es cosa del otro mundo. Que mirara lo bien que lo pasábamos todos fumando. Sin acelerarnos. Sin bronca. Y luego llegó Petrozza, que se sentó en el sofá, junto a uno que no sé muy bien de dónde salió. Ya casi no recuerdo si de verdad estuvo allí. Tenía un nombre griego que Petrozza nos explicó al presentarlo en la entrada del edificio. Yo llegué con estas minas cogidas de la mano y en la entrada estaban Petrozza, la mina Verónica, Garrison y el chileno. Salían del edificio y yo les dije adónde van, y me contestaron que por la bebida. Así que los acompañamos por la bebida. Y de regreso, cuando estábamos por entrar se apareció uno que Petrozza presentó y que nadie conocía. Recuerdo que era un nombre griego pero no puedo asegurar nada. 

 Cuando Petrozza preguntó qué es la Literatura, la italiana dijo que para ella la Literatura es como un viaje astral. Es como entrar y salir de ti misma, dijo, y entrar y salir a otra dimensión. El chileno no dijo nada. Y los franceses nomás hablaban en gringo así que yo dije que la Literatura es como una flor… No, no, Thalía dijo que la Literatura es como una flor. Yo no recuerdo que dije pero sé que la Literatura es como una máquina del tiempo, y quizá la italiana tenga un poco razón, como una máquina astral del tiempo. Con mi drama sobre Velázquez, el lector podrá viajar en el tiempo, a cuando Velázquez era un infante o estaba vivo, y observar desde la máquina astral del tiempo, todo lo que vivió Velázquez. Pero lo interesante de la Literatura, lo peculiar, es que no se viaja por la línea tradicional del tiempo. No todo tiene que ser histórico. Se tratá de una línea más flexible, que atraviesa la vida de los hombres y su pensamiento. Podés viajar al pasado a un punto exacto de la ciudad, pero lo mismo podés viajar a un punto del pensamiento. Por ejemplo a lo qué pensaron Wittgenstein o Nietzsche. El momento en que el filósofo escribe su tratado es el momento histórico, y uno puede viajar allá con una novela histórica, pero también puede llegar al pensamiento mismo, que es como llegar al nacimiento del pensamiento, o a un lugar en la línea del tiempo del pensamiento. No todos los pensamientos están escritos. Es indispensable escribirlos para que más adelante, un viajante del tiempo del pensamiento pueda llegar a ellos. Y en ese sentido la Literatura es la máquina, y al mismo tiempo el riel por el que corre. Y las estaciones del tren de la máquina. Cada libro es una estación. Uno se puede bajar en la estación del pensamiento Nietzsche, que tiene su momento histórico en la era después de Cristo, o en la estación Demóstenes, que tiene su momento histórico antes de Cristo. 

 Todos tenían su idea de la Literatura y todos nos creíamos muy originales. Yo también me creía muy original. Pero ahora sé que eso es imposible. Lo supe cuando escribí mi drama sobre Goethe. Antes de terminarlo descubrí que ya estaba escrito. ¡Por alguien más! Alguien ya había escrito cada palabra mía. ¿Te parecé cosa de locos? Pero es verdad, che, y ya no me asombra. No hay idea original. No es increíble que alguien pueda coger algo que está en tu mente. Lo que sí es que es una cosa rarísima. Pero si lo mirás de cerca: las ideas de nuestra mente se crearon con ideas del exterior. Nuestras ideas están todas contaminadas por las ideas de otros. Hasta las ideas originales de verdad. Mirá, poné por ejemplo que vivimos en un mundo en blanco y negro y yo te encargo a vos que hagás un nuevo color. Seguro que me traes como nuevo color al rojo o al amarillo. ¿Y sabés qué, che? Que eso es muy poco original. Cualquiera otro me traería el rojo o el amarillo. O el verde. El caso es que si sólo faltara en la vida el color morado, habríamos de crearlo, tú o yo o cualquier otro. ¿Entendés? Es ir acorralando la creatividad. Hasta agotarla. No hay idea original. Sólo ideas aún no pensadas. Y a mí a veces me pasá que las ideas que pienso ya han sido pensadas. Soy muy dado a pensar lo que ya se pensó. Por ejemplo con Alessia. La francesa. Yo me pesanba lo bueno que sería acercarse a esa belleza, y cuando lo pensé ya estaba Petrozza acercado y susurrando algo a su oído. ¿Y el franchute? El franchute como si naa. Yo pensaba lástima que vienen con el  franchute. Pero hay cosas que es mejor no pensar. Y actuar. Ese Petrozza no se pensó nada. Se levantó del sofá y fue directo con la francesa, se colocó a su lado y comenzó a recitarle cosas al oído. ¿Y la francesa? Encantada de la vida. Alegre. Como un ángel. Sonriendo. Radiante. Como los girasoles: amarillos y radiantes.

 Por cierto, Alondra me dijo que le gustaba Van Gogh. Y que era mejor pintor que Velázquez. Yo le dije que no, que es mejor Velázquez.  




 Diego Fernández.

París no es una fiesta: Alondra Guzmán.

Alondra Guzmán, colonia Hipódromo Condesa, México D.F., 12 de agosto de 2010.


(Alondra, sentada a una mesa en el café X.)   

Me llamo Alondra Guzmán, tengo veintidós años y soy estudiante de teatro en una escuela particular (Alondra menciona el nombre de la escuela pero el editor decide quitarlo). Mi sueño es ser una gran actriz de películas de fama mundial. Si pudiera elegir ser alguien, preferiría ser Jeniffer López. Creo que es una mujer inteligente y bella a la vez. Creo que yo soy una mujer bella e inteligente a la vez. Me gusta leer libros de poesía. Me gusta que los hombres sean apasionados y que lleven barba de candado. Y también que sean divertidos. Me gusta el sushi y la limonada. Pero jamás como sushi y bebo limonada al mismo tiempo. Para acompañar el sushi prefiero el té verde, el sake (que es una bebida clásica de Japón; algo así como el tequila), o vino blanco. Cerveza no. No bebo cerveza. También me gusta el vino tinto y adoro los perros. Tengo dos perros. Un perro y una perrita. Se llaman Waldo y Wendy (risa estúpida). 

 Nota: Las cinco cuartillas siguientes sobre la autodescripción de Alondra fueron suprimidas totalmente por el editor.  

Entrevistador:   ¿Cómo conociste a Martin Petrozza?

 Fue en una fiesta en la delegación Tlalpan. 

Entrevistador: ¿tú eres amiga Martin Petrozza?

 No, yo no conozco a Martin Petrozza. 

Entrevistador: Acabas de decir que conociste a Martin Petrozza en una fiesta en Tlalpan. 

 Ah, sí (risa estúpida). 

Entrevistador: Y bien, ¿cómo le conociste?

 (Alondra ordena un vaso de agua)

 Yo era amiga de Thalía, y Thalía era amiga de Diego. Diego era un argentino simpático que usaba barba de candado. Así que estábamos en casa de Thalía cuando me dijo que yo debía conocer a Diego. Que era simpatiquísimo y que seguro me gustaría. Le dije que sí, pero que primero debíamos ir por sushi. Yo recién había cortado con Alberto. Así que Thalía se empeñaba en hacerme conocer a alguien. Para olvidar a Alberto. Thalía era una buena amiga. Lástima que tenga nombre de teibolera, pensaba cada que pensaba en ella. Diego es escritor, me contó Thalía camino al restaurante de sushi (Alondra menciona el nombre del restaurante y el editor decide eliminarlo). Ajá, decía yo escuchándola y sin poder dejar de pensar que Thalía sería más bonita si se depilara más la ceja. 

Entrevistador: ¿Diego invitó a Thalía a la fiesta?

 No. (Alondra bebe agua y ordena una ensalada César)

Entrevistador: ¿Entonces?

 (Alondra suspira, acto seguido comienza a explicarlo)

 Thalía no era lo que se dice, amiga amiga de Diego. A Diego lo conoció una semana antes de presentármelo a mí. Se conocieron en un café de la Roma. Diego da espectáculos callejeros en la Roma. Aparte es escritor. Diego daba uno de sus espectáculos cuando Thalía pasaba por ahí y él la miró. Thalía se detuvo a mirar el espectáculo. Se detuvo unos cinco minutos, dice, pero no le creo. Conociendo lo  zorra que es estoy segura que se quedó todo el espectáculo y que hasta lo sedujo. Le guiñó el ojo o algo. Porque al final,  Diego recogió sus cosas en un minuto y la siguió. Siguió a Thalía hasta el café donde se metió. Cuando la miró sentada le preguntó si podía quedarse con ella, en su mesa. Thalía dijo que sí. Para que Diego o cualquier hombre hiciera esto, Thalía debió dar entrada desde la primera mirada. Estoy segura. No funciona de otro modo. Fue allí donde Diego le contó que era escritor y que se proponía hacer un drama sobre Velázquez. Entonces algo de Diego no debió gustar a Thalía porque le contó de mí. Le dijo: tengo una amiga que estudia teatro, te la voy a presentar. Thalía dice que hizo aquello por mí. Que al notar la afinidad entre nosotros (entre Digo y yo) se propuso presentarnos. Sin embargo no lo creo. Si a Thalía le hubiese gustado Diego no lo hubiese pensado dos veces para llevarlo a la cama. 

 Diego también debió notarlo porque estuvo encantado. Diego caminó detrás de ella, la siguió hasta el Café (Alondra menciona el nombre del Café pero es editado por el editor) y se lanzó sobre ella. Si Diego no lo hubiese notado hubiese dicho no, a mí me gustas tú, a quien quiero conocer es a ti. Diego supo de algún modo que él no era para de Thalía.  

Entrevistador: Pero, ¿Diego no invitó a Thalía a la fiesta?

 No y sí. 

Entrevistador: ¿Cómo?

 (La ensalada de Alondra llega. Alondra la mira, la pica con el tenedor, y dice…)

 Ese día en el Café Thalía invitó a Diego a bailar. Diego dijo yo no sé bailar así que Thalía tuvo que invitarlo a cenar. Diego aceptó y luego Thalía me llamó, para platicar, y me contó de Diego. Cuando yo le comenté que estaría encantada de conocerle, me invito a cenar. Al mismo lugar y al mismo tiempo que la cena con Diego. Diego no se lo esperaba. Diego se había olvidado que Thalía le presentaría a una amiga que estudia teatro. No lo dijo pero lo noté. Lo noté cuando me miró llegar. Entré al lado de Thalía. Al restaurante donde quedaron. Y Diego me miró sorprendido. Primero pensé que de mi belleza. Sin embargo luego lo dijo. Dijo: ¿y ella quien es? Thalía tuvo que recordárselo. Es mi amiga, le dijo, de la que te platiqué, la que estudia teatro y está soltera. Thalía también estaba soltera. Por eso digo que algo debió disgustar a Thalía de Diego. Si no, no me lo hubiera presentado ni hubiera dicho que yo soy soltera. Diego se levantó a saludarme y estuvimos encantados de conocernos. La gente siempre está encantada de conocer a otra gente. Incluso cuando no está encantada de verdad. En este caso yo sí estaba encantada. Diego llevaba barba de candado. Castaña. Me gusta mucho ese tipo de barbita (risa estúpida). 

 Platicamos de mí y de mi afición al teatro. Luego Diego platicó de su afición al teatro, que iba por el lado de leer teatro y hacer teatro, pero jamás, por ningún motivo, actuar. Decía que actuar no es lo suyo. Thalía dijo que en tal caso, Diego y yo hacíamos la pareja perfecta, pues actuar sí que es lo mío. Diego asintió con la cabeza, dando un trago a la copa de vino tinto y en eso se le escurrió un poco de vino. Bajó por la barba y fue a parar a la camisa, que era blanca, y yo dije: ¡cuidado! Pero fue demasiado tarde. La gota de vino cayó en cámara lenta pero fue demasiado tarde. Diego preguntó qué pasa y le señalé la mancha en la camisa. Déjalo, dijo desinteresado, no importa. Thalía me miró de reojo, como pensando: es un cerdo. Yo también lo pensé. Sin embargo su barba de candado era tan bonita que no me importó. 

 Diego lo propuso en algún momento. Eso de ir a la fiesta. Dijo que había una fiesta el próximo martes. Thalía dijo que quién daba una fiesta en martes, que el martes no es un buen día para dar fiestas. Diego aclaró que no era precisamente fiesta, sino… una reunión de amigos. Yo dije que si era una reunión de amigos, de los amigos de Diego, quizá no debería invitarnos. Pero insistió. Y aceptamos. Perfecto dijo, nomás deja que me inviten y listo. ¿Cómo?, exclamamos Thalía y yo al mismo tiempo. Resulta que Diego no estaba invitado. Se enteró por un rumor que uno de sus amigos daría una fiesta, o una reunión, pero no era seguro, y aún no lo invitaban. Lo que es seguro dijo, es que si se hace, me inviten. Thalía se emocionó con la idea. Con la idea de salir los tres. Le propuso llamar a sus amigos y confirmar él mismo si la reunión se haría. De ser así, quedábamos de una buena vez. Para el próximo martes. 

 Diego no llamó. Mando un mensaje desde su móvil. Ya casi no me queda saldo, dijo. Mandó un par de mensajes más y ¡listo!, dijo, sí se hará el próximo martes. Thalía preguntó si lo habían invitado. Aquí reímos todos, el comentario de Thalía fue un chiste.  

 (Alondra bebe agua)

 La reunión sucedió en un departamento de la delegación Tlalpan. Diego nos presento como a unas amigas, aunque como ya dije, amigos amigos no éramos, y nuestras intenciones, mis intenciones, no iban por el lado de la amistad. Probablemente Diego y yo podríamos ser novios, o amantes, pero no amigos. 

 Primero nos presentó con Garrison, que fue quien la avisó que sí se haría la reunión, y que sí era amigo amigo de Diego. Luego nos presentó con Martin Petrozza, que más que amigo de Diego lo era de Garrison. De Diego era un “conocido”. También nos presentó con Verónica Pinciotti, que era más amiga de Petrozza que de Diego mismo. Y en algún momento Petrozza nos presentó con un tal Salmoneo. Que no era amigo amigo de nadie pero Petrozza había invitado a la reunión. Verónica nos presentó con una chica italiana, que era amiga suya, porque Verónica también es italiana aunque vive en México. Su amiga no. Ella estaba de visita en México. La italiana de visita invitó a un par de franceses, que eran amigos de ella, aunque nunca se habían visto. Mantenían correspondencia electrónica y hasta ahora, en esta fiesta, lograron coincidir. Y había un chileno pero nadie nos lo presentó. Nadie parecía conocerlo. (Alondra hace una mueca de asco).

Entrevistador: ¿Cuál fue tu primera impresión de Martin Petrozza?

 La primera impresión no fue buena ni mala. Me pareció un hombre normal. Pero luego mi curiosidad hacia él se acrecentó. Escuché decir a Salmoneo, cuando le preguntaron de dónde había salido, que leyó un poema de Petrozza en un periódico de Colima, y que sin conocerlo, lo busco en Internet y lo contactó. Que llevaba meses intentando conocerlo. Eso me pareció curioso.

 (Alondra da un bocado de ensalada y luego, frunciendo el entrecejo, continua)

 Sin embargo hubo una tercera impresión: tuve que ir al sanitario. Pregunté a Diego dónde está el sanitario y no sabía. Preguntó a Garrison y éste le preguntó al chileno. El chileno le dijo a Garrison, en un susurro, como si fuera un secreto, y Garrison le dijo a Diego, gritando, y yo pude escuchar dónde está el sanitario. Caminé al sanitario y en la puerta estaba Martin Petrozza. A un lado de la puerta, recargado en la pared. La puerta estaba cerrada y salía luz por debajo de ella. Estaba ocupado y supuse que Petrozza esperaba su turno. Me dijo Hola, ¿cómo te llamas? Le dije Alondra, ya nos habían presentado. Ya dijo, ¿qué te tomas? Lo dijo con una entonación extraña. Respondí que vodka y él dijo, sin que yo le preguntara, que él bebía whisky en las rocas. Ah bueno, dije riendo de nervios. Lucía pasado de copas. Tenía los ojos rojos e iba desaliñado. Lo estaba observando y en eso se desocupó el sanitario. Salió la chica francesa. Entonces pensé que Petrozza entraría pero me cedió el paso. Abrió la puerta, me tomó de la mano, y jalándome me invitó a pasar. Pasa, pasa, dijo, por favor. Y pasé. 

 Cuando salí Petrozza aún estaba allí. Estaba justo de frente a la puerta, y quedó justo de frente a mí. Movía el vaso con whisky y hacía sonar los hielos. Yo lo miré a los ojos unos segundos. Me molestó eso, ya sabes, él allí enfrente de mí, mirándome raro. Y de pronto, me dijo: tienes unos senos precisos. Yo llevaba un vestido escotado; era para agradar a Diego, negro. Precioso. Lo compré el verano pasado pero todavía lo uso. De vez cuando. Es un vestido liso, con detalles en plata. Se ajusta muy bien a la cintura… (la interminable descripción del vestido negro fue suprimida por el editor). 

 Tuve miedo. De que Petrozza fuese un pervertido. Sonreí y me largué. Lo dejé allí. Parado. Y se lo conté a Thalía y a Diego. Thalía se molestó, dijo a Diego que a qué clase de fiesta nos había traído. Sin embargo Diego no dejaba de reír. Le parecía muy divertido todo eso. Dijo que Petrozza era un che boludo, y que ya le habían contado de cómo suele tratar a las mujeres. ¿Cómo suele tratar a las mujeres? , pregunté. Diego me explicó que tenía fama de mujeriego. Y fama de ser directo con las mujeres. ¿Directo cómo?, pregunté. Me dijo que según los rumores, les propone sexo a todas las chicas que ve, y de todas, dice el mismo Petrozza, algunas tienen que caer. O sea que si me quedo dos segundos más hubiese sido víctima de una propuesta indecorosa (risa estúpida que se prolonga uno buenos minutos). 

Entrevistador: ¿tuviste algún otro encuentro o impresión de Martin Petrozza?

 (Luego de pensarlo mucho tiempo): Sí, una última impresión:

 En algún momento de la fiesta los franceses y el chileno comenzaron a fumar marihuana. Se sentaron en el suelo, en medio de la sala. Llamaron a Diego para que se uniera y se unió. Bajó del sofá donde estaba, al suelo. Nosotras lo seguimos. No deseábamos quedar solas en medio de tanto loco. Porque al final Thalía y yo pensamos que todos allí estaban locos. Comenzaron a fumar y nos ofrecieron hacerlo pero nos negamos. La marihuana es para hippies y para gordos panzones. Cuando el humo se expandió por toda la habitación llegó la italiana, no la bonita, sino la otra, y pidió que le invitaran una fumada. Esta italiana me cayó muy mal. Llevaba unos zapatos horribles y no se cuidaba el cabello. Era evidente que no se cuidaba el cabello. Por si fuera poco, llevaba los sobacos sin afeitar y gritaba todo el tiempo. En español. Pero sobre todo gritaba groserías. Los franceses hablaban inglés y no dejaban de decir (lo entendí porque yo sé inglés) que la marihuana de su país no es tan buena como la de México. Luego llegó Petrozza, se sentó en el sofá, junto a Salmoneo y Verónica, la italiana bonita, se sentó junto a él. Yo no dejaba de mirarlo de reojo. Me preguntaba si sería verdad todo lo que Diego contó de él. Además noté que Verónica lo seguía mucho. Y Verónica era realmente bonita. Así que si una chica bonita le seguía, no podía ser tan malo. Y Salmoneo también. Salmoneo estuvo más de un mes tratando de localizarlo. Por su poema. Petrozza era escritor. En eso estaba pensando cuando de la nada preguntó, Petrozza preguntó a todos en la sala, ¿qué es la Literatura? Diego lo miró, sonrió, y dijo que la literatura es como una bella dama y algunas otras tonterías. Estaba muy drogado. Alucinaba. Y todos comenzaron a decir qué es la literatura. Al mismo tiempo. Escuché muchas cosas pero no recuerdo ninguna porque todos hablaron al mismo tiempo. Yo esperaba escuchar la respuesta de Petrozza al respecto pero ya no dijo nada. Thalía habló de flores, dijo que la Literatura se le hacía a ella como una flor, o un jardín de flores. Diego, que ya no estaba en sus cinco sentidos, me preguntó si me gustaban las flores y le dije que sí, que sobre todo los girasoles. ¿Los girasoles?, preguntó extrañado. Sí, dije. ¿Como los de Van Gogh?, dijo y preguntó si me gustaba Van Gogh y le dije que sí. Me preguntó si conocía a Velázquez. El pintor sobre el que Diego hacía una obra. La verdad es que no, dije. Deberías conocerlo, dijo, es mucho mejor que Van Gogh. No lo creo, respondí, no hay nadie mejor que Van Gogh. Lo dije realmente enfadada. Yo creo que no hay nadie mejor que Van Gogh. No sólo por sus cuadros, sino por su vida. Thalía dijo que no le hiciera caso a Diego, que ya estaba muy pasado. Pasado de droga. Y que sería mejor que nos fuéramos.  

 Lo último que miré de Petrozza fue que se acercó a la francesa, que como ya dije, era la mujer más bonita en esa fiesta, y le habló al oído. La francesa sonreía y miraba a Petrozza de una manera especial. Pensé que quizá debí quedarme más tiempo con él en la puerta del sanitario (risa estúpida).  



 Alondra Guzmán.

jueves, 23 de junio de 2011

De cómo partí las bolas a un tal James.



Había un chico en el colegio, un tal James. Y había una chica, Cristina, a la que todo mundo llamaba Cristi. A James la gente lo llamaba James, pero yo lo llamaba Jaime, en burla, aunque luego me enteré que Jaime no es el equivalente español de James, sino Diego. Entre otros como Jacobo, o Santiago. Pero Jacobo no es un nombre español, sino hebreo, que junto con Diego, Santiago, Yago, Jacob, y Jaime, significa: sostenido por el talón. Como Aquiles (?). Y también significa: seguidor de Cristo. Cristo significa mesías, aunque supongo que alude al mesías más conocido de la historia de los mesías: Jesús

 El caso es que en el colegió había un tal James, y que no era precisamente seguidor de Cristo. Se parecía más a Cristo que a James, pues todos parecían seguirlo. Era lo que comúnmente se conoce como un chico popular. El más popular del colegio, y Cristina, era la chica más buena del colegio, lo que la convertía, ipso facto, en la chica más popular del colegio, y por supuesto, era novia de James. Idolatraba a James. Cosa curiosa, el nombre Cristina de origen latino, significa: seguidora de Cristo

 Y también estábamos Manuel y yo, que éramos, en la escala de la popularidad, el eslabón más bajo. Los chicos con los que nadie quería ser visto. Lo que comúnmente se conoce como: inadapatados. La verdad que lo éramos. Sin embargo, en mi defensa, debo decir que Manuel y yo éramos inadaptados, pero no el mismo caso. Manuela era un completo tetazo. Era el tipo que le sangra la nariz en medio de una exposición de Geografía. El tipo que nació alérgico hasta a la leche de las tetas de su madre, y que su madre tuvo que suplir la leche con Fórmula. Ese tipo de cosas, ya se sabe. Y yo… bueno yo, yo simplemente odiaba al mundo. Era la clase de chico que se inventa una excusa para no hacer la hora de gimnasia y ocupa ese tiempo en leer Rimbaud

 Comencé a burlarme de James cuando él comenzó a burlarse de mí. Me gritaba Petrozza y se reía. Yo no entendía por qué. Hasta que me lo dijeron. El imbécil de James se creía que todas las palabras terminadas en a pertenecían al género femenino; Petrozza era un nombre de mujer. Vamos, la popularidad y la inteligencia no son directamente proporcionales. Y como James era un chico popular, comenzó a llamarme Petrozza en ese tono de burla tan característico de lo hijoputas, lo que trajo como consecuencia que todo el  colegio me llamara Petrozza y se cagaran de la risa. Había hecho de mi apellido (porque ni siquiera era un nombre, como pensaba el idiota de James) un insulto. Entonces comencé a llamarlo Jaime. Esto hirió su orgullo. Yo no era  popular, repito, pero tampoco era el único bajo la sombra del anonimato. Tampoco era el único al que James jodía la vida. Era el único, eso sí, que había dado al blanco. El único que se había atrevido a algo. Porque a mí no me importaba. Yo era inmune a la popularidad de James. No lo miraba como al gran hombre. No lo respetaba. Llamar Jaime a James fue su suplicio. James tenía el físico de un chico de comercial. Era rubio, alto, atlético, y sobre todo, poseía una sonrisa brillante. Estaba orgulloso de eso. Supongo que era la clase de niño al que su madre recordaba lo guapo que es todas las mañanas. Era bueno en los deportes y estaba orgulloso de capitanear el equipo de fútbol. Era bueno con las mujeres y por supuesto, se enorgullecía de salir con Cristina. Era orgulloso de sí mismo desde la punta del pelo hasta el dedo del pie. Pero sobre todo, sobre todas las cosas, el cabronazo estaba orgulloso de llamarse James. Llamarte James en un país donde la gente se llama Juan, o Pedro, o José, es un premio. El nombre en sí te dota de un poder supremo. Las chicas lo miraban como a un nombre de telenovela (telenovela gringa) o de película; de galán de película. Uno podía llamarse Esteban y no faltaría otro que se llamase así, pero llamarse James, carajo, ninguno otro se llamaba James. Los padres de James, que eran unos mamones de mierda, le metieron en la cabeza a su hijito que él era el mejor chico, el más apuesto, el más bravo, y que su nombre era un nombre de los dioses. Habría que verse para creerse. La forma de caminar de James. La manera de hablar de James. De mirar. De sonreír. ¡Un reverendo capullo! Y yo, el gusano miserable más despreciado del colegio, un buen día, le gritó: “Jaime, el niños tiene sed”. Ya se entiende el golpe a la autoestima del pobre de James. Rebajado al grado de mayordomo. En adelante se llegaron a escuchar ecos de mi broma en los pasillos, cuando el cabrón de James se paseaba de la mano con Cristina. Nada lo fastidiaba más. Supongo que a Cristina no le importaba demasiado pero James enrojecía. Se ponía hecho una furia. Gritaba quién fue y volteaba a todos lados para descubrir al listillo. El listillo siempre era demasiado listo para dejarse ver, o para entregarse; James tenía que irse con el coraje.

   No pudiendo más con el rencor, y sabiendo que el causante de todo su dolor era yo, James me retó a una pelea. 

2


James te retará a una pelea, me dijo Manuel, muy asustado. Me lo dijo a la hora del almuerzo. ¿Cómo?, contesté rascándome los bolsillos en busca de una moneda. Sí, dijo, por lo de Jaime. Ajá, dije rascándome los bolsillos. La gente ha comenzado a burlase de James y está enfadado, dijo Manuel. ¿Tienes una moneda?, interrumpí a Manuel estirando la manaza. Manuel siempre cargaba algo de pasta. Sacó una moneda del bolsillo y la colocó sobre mi mano. Al hacerlo se escuchó un ruido, el ruido de una moneda chocando contra otra moneda. Vaya sí yo conocía aquel ruido en los bolsillos de Manuel. Vamos, Manolo, yo sé que puedes prestarme más. Manolo, con todo el dolor de su corazón, sacó un par de monedas más y las colocó junto a la primera. Mañana te pago, hombre, dije palmeando la espalda de mi fiel compañero. Hasta ese día yo debía a Manuel trescientos veintidós pesos con cincuenta centavos. Lo sabía porque el ñoñazo de Manuel llevaba la cuenta en una libreta. No sé cuanto quedé a deber, pero seguro fueron unos cientos de pesos más. A los trece años, cientos de pesos son millones de pesos. Cogí el dinero y fui a la cafetería del colegio y me pagué unas enchiladas verdes y un refresco de cola. Hice todo aquello sin prestar atención a Manuel. Sin notar que el tío continuaba detrás de mí. Me senté a una mesa y lo noté cuando alcé la mirada y me encontré con la mirada de él. Alá, hombre, dije, qué no me dejas comer en paz. Al menos comes, dijo en tono de reproche. Lo entendí. El buenazo me había entregado toda la plata. Ya, ya, dije convidando la mitad de las enchiladas a Manuel. Están ricas, dijo. Yo no lo creía. La comida de la cafetería escolar era una mierda. Me da gusto que las disfrutes, dije a Manuel, ahora cuéntame, ¿cómo es que ese James me quiere pegar? 

 La cosa había ido demasiado lejos según el criterio de James. La cosa había caído tan bien al público, y era tan gracioso llamar Jaime a James,  (después de todo ese era su verdadero nombre (o eso creíamos todos)), que incluso el círculo de amigos de James le comenzó a llamar así. No lo hacían con dolo, claro, era un juego, pero el iracundo James no lo soportaba. El colmo fue cuando Cristina, la mismísima Cristina, al pedir de favor a James que comprara agua, le dijo: “Jaime, la niña tiene sed”. Esto fue la gota que derramó el vaso. Por si fuera poco, la ingenua y tarada Cristina, lo hizo en la cafetería del colegio, el día anterior o algo, enfrente de todos, y sobre todo, enfrente de los enemigos de James, que eran el grupo de tetazos que aquel día estaban todos reunidos en una mesa de la cafetería. Las risas cubrieron el grito de reclamo del pobre James. Todos rieron. Los tetazos y los otros, los amigos de James, y la propia Cristina estallaron en risa. James no podía golpearlos a todos, así que se pensó buena idea golpear al culpable, al causante de todo su mal. Arrancar el problema de raíz.Yo, el chico menos conocido de toda la preparatoria. Sucedió más o menos como el origen de la humanidad. Cristina, una mujer, acabó con el reinado del primero de los hombres, el macho alfa, el ser más cercano a Dios, y todo por el comentario de un tercero: Petrozza. En adelante James sufriría como todos los otros. Tendría que ganarse el respeto con el sudor de su frente. Y estaba dispuesto a hacerlo.

 Manuel me explicaba todo ésto cuando de la nada apareció James seguido del séquito de mamarrachos que acostumbraba seguirlo. ¡Tú!, gritó señalándome con todo el brazo. Lo miré sin inmutarme. James podía ser un chico parido por el culo de Dios pero a mí no me impresionaba. Yo sabía que era un hijo de mami y que los hijos de mami son tremendos lerdos para los golpes. ¿Sí, Jaime, querido, qué hay conmigo?, dije cínicamente. ¡Te voy a partir la cara!, Petrozza, gritó. Me llevé a la boca un trozo de enchiladas y haciendo el indio, pregunté: ¿Qué?, no pude escucharte, Jaime, lo siento, estaba enchilándome con esto. Por cierto, ¿serías tan amable de traerme un vaso con… No terminé la frase. Se me vino encima el desgraciado. Me agarró por la camisa y me amenazó con el puño cerrado. ¡Calma, calma!, gritaban sus compinches. Calma, James, no querrás que te expulsen. Ya le darás por el culo a la salida. James se separó de mí y no dejaba de decir: a la salida, Petrozza, a la salida, ¿me escuchas?, a la salida. ¡Que te den!, le grité antes de verlo desaparecer. 

 Manuel estaba sudando. El cobarde se inmutó todo este tiempo y nadie notó que había corrido a la mesa contigua, lejos de mí y de James, y que desde allí anotaba algo en una libreta. Toma, dijo acercándose a mí y entregándome la libreta. Es el número de la Profesora Margarita, dijo. ¿Cómo?, pregunté extrañado. Se lo puedes contar  a ella, estoy seguro que intercederá por ti. Ya sabes, agregó, para que el colegio te proteja. No lo podía creer. Era amigo del chico más introvertido, más cobarde y más marica de todos. No me sorprende que la gente se avergonzara de estar conmigo. Estás loco, le dije, no voy a delatarlo. ¿Entonces qué harás, preguntó, dejar que te parta la cara? Manuel se creía que por ser yo su amigo, sería tan temeroso como él. ¿Y por qué habría de partirme la cara ese tal James?, pregunté a Manuel para ver cómo pensaba. Pues ya sabes, dijo. No, no sé, Manuel, ¿quieres hacer el favor de explicarme? ¿No lo sabes?, preguntó realmente sorprendido. ¿Saber qué?, pregunté. Yo no miraba nada extraordinario en James. Era rubio, era encantador, era jugador de fútbol, salía con Cristina, pero eso no lo hacía ante mis ojos mejor que nadie. Para mí era una nenaza, un mimado, un marica. Hasta que Manuel me lo explicó. ¿Qué?, exclamé escupiendo el último bocado que me había zampado. Yo no lo sabía. Recién ingresaba a la preparatoria y yo venía de un colegio, y Manuel de otro; del mismo colegió de donde venía James, y su popularidad no se basaba únicamente en su calidad de rubio. Muchos otros chicos venían del mismo colegio y todos sabían que James... es campeón de Judo, dijo Manuel. ¡Campeón de Judo! 

 Vale, dije a Manuel, dame ese papel, ¿cómo dices que se llama la profesora? Margarita, dijo. ¿Estás seguro que el colegio me dará protección? Bueno, dijo, no se pierde nada con pedir. ¡Qué va!, dije, se pierde todo con pedir. Se pierde el honor, se pierde el coraje, se pierde la hombría, se pierde el valor y la autoestima. Se pierde el estilo. No hay otra salida, Manolo, dije resignado y tranquilo, y robándole el último bocado del plato. Con la boca llena, dije: hay un momento en la vida de un hombre, en que tienes que hacer, lo que un hombre tiene que hacer. Manuel me dio sus condolencias. 


El colegio era un colegio de puerta cerrada. Te metían a las siete de la mañana y no podías salir sino hasta las tres de la tarde. Así que de algún modo, todos estábamos encerrados. Todos salíamos a la misma hora; no podía escapar. 

 Entramos a clase de matemáticas y mientras todos se ponían con las ecuaciones, yo me pensaba un plan para escapar. No escapar del colegio, sino de la bronca. Hablar con James o algo,  sin que pareciera una súplica de perdón. Quizá si le explico que Jaime es un nombre muy bonito, pensaba, y que significa seguidor de Cristo, y que Cristina,  a su vez significa lo mismo… Señor Petrozza, gritó el profesor, que ya me traía en la mira, y pidió que le dijera de qué coños estaba hablando él hace un par de minutos, para comprobar si yo ponía atención. Vale, dije, me parece que... ¿de los binomios? El profesor me miró sorprendido. Había atinado. ¿Y qué dije sobre los binomios? El hijoputa no se rendiría tan fácil. Vale, dije, me parece que usted ha dicho que los binomios… ha dicho que los binomios… Manuel me miraba angustiadísimo. Estaba sentado al lado mío y deseaba susurrarme la respuesta pero el silencio era tal que no lograría hacerlo sin que el profesor se diera cuenta. ¿Qué hay con los binomios, señor Petrozza?, insistió el profesor. Los binomios… son una cosa de dos… como su nombre lo indica, en el prefijo Bi… Yo no sabía nada de matemáticas pero sabía de etimologías y de lengua. Sin embargo, no estábamos en clase de lengua. ¡Deje de papar moscas y ponga atención, señor Petrozza, si vuelvo a notar que está usted en la luna le voy a poner una amonestación! Asentí con la cabeza. No deseaba meterme en más problemas. 

4


La pelea se llevó a cabo en un parque, a  unas cuadras del colegio. No hubo manera en el infierno de salvarme de aquello. Tenía miedo. Sin embargo, no demostraba miedo. Caminé sin dudar hasta el parque. Acompañado de Manuel que tenía más miedo que yo, y de unos cuantos tetos que me decían que acabara con James. Lo odiaban. James caminaba por la acera de enfrente, acompañado de más de la mitad del colegio, recto, petulante y creyéndose el Hombre. 

 Llegamos a un espacio de pasto que ambos consideramos adecuado. En mis tiempos todavía quedaba algo de honor. Un chico retaba a otro, no le llegaba de la nada, y había que seguir el protocolo: verse a la salida, elegir el campo de batalla, pelear limpiamente. Sin que nadie se metiera a la pelea. Los últimos esbozos del honor. 

Dejé caer la mochila a la sombra de un árbol, y James hizo lo suyo a la sombra de otro árbol, y en esos árboles estaba agrupado el público, divido según  su contrincante favorito. Cristina estaba en medio. James no lo notó pero yo sí lo noté. Cristina no apoyaba totalmente a James. Le parecía que pegar a un chico como yo era una barbaridad y un acto de vandalismo, y todo por una estupidez. No lo creía justo. Aunque tampoco estaba de parte mía. 

 James se plantó con los puños cerrados. Comenzó a dar saltitos y a campanear la cabeza. De vez en vez lanzaba un golpe al aire. No lucía como un campeón de Judo. Lucía como un campeón de boxeo. Lo que era mucho peor. Al menos las artes marciales orientales poseen principios: evitar una pelea a toda costa. Perdonar. No matar. Pero el boxeo. El boxeo es un deporte ávido de sangre. 

 Me planté frente a James y comencé a  llamarlo Jaime. Sí, soy un bocazas. No me bastaba con la ira que guardaba James desde hace unos días. Me puse a insultarlo allí mismo y la verdad que te pensabas que yo era un chico duro, o un campeón de boxeo, o un reverendo imbécil. Uno de esos idiotas que viendo la tormenta no se hincan. Apreté los puños como Dios me dio a entender, y le dije: ¡vamos, caraculo, te voy a partir las pelotas! ¡Te voy a romper hasta el último de los huesos! ¡No te tengo miedo, nenaza! Mientras tanto girábamos en círculo. Ninguno de los deseaba tirar el primer golpe. En el fondo James odiaba ésto tanto como yo. Supongo que si me había retado a una pelea era para limpiar su honor, y sólo porque el maldito orgullo le obligaba. Pero en el fondo odiaba ésto tanto como yo. Y al verme allí, haciéndole frente y gritándole todas esas cosas, tuvo miedo. Lo supe. Lo miré a los ojos y en los ojos reconocía el miedo. James tenía miedo de un loco como yo. Del único chico del colegio que no le temía. Yo era inmune al hechizo de la popularidad de James... 

   Estaba pensando en todo eso cuando soltó el primer golpe. Lo recibí de lleno en la cara. Para ser una nenaza pegaba bastante bien. Sentí la sangre correr por la nariz. Los ojos comenzaron a llorarme. No veía nada. Luego vino otro golpe, en la mejilla. Sentí como si la mejilla me explotara. La sentía pulsar. Trataba de cubrirme los golpes pero no tenía idea de dónde venían. Era como pelear contra una docena de tíos. Recibí golpes por todos lados. En la cara, en el estómago, en las costillas. Y caí. Escuché a todo mundo gritar que ya era suficiente. James dejó de golpearme y yo caí. Desde el suelo pude entreverlo. James alzando los brazos y jactándose de que yo no le había hecho ni un rasguño. Entonces sucedió. El idiota de Jaime se paró cerca de mi cuerpo vencido, mirando hacia mí, con las piernas bien separadas. Dobló la cintura para inspeccionar mi estado y al verme sin ánimo, miró a la muchedumbre y yo aproveché: de la nada me vino la fuerza necesaria para apenas levantarme y propinarle tremendo puñetazo en los tanates, y, una vez doblado de dolor, un puñetazo en la quijada que lo noqueó. Como uno de esos uppercut de Mortal Kobat

Tambaleándome rodeé el cuerpo de James, tirado al suelo, y alcé los brazos como una especie de Rocky ensangrentado que a pesar de la sangre ha vencido. El público enmudeció. Por un lado no podían creer que James estuviera acabado, y por otro, que yo tuviera el valor de haberle pegado en los testículos. Si algo había de honor en mis tiempos es que un hombre no pegaba a otro hombre en los testículos. Si algo había de honor en mis tiempos yo había acabado con él. A mí no me importaba. Cuando te han dado una paliza el honor es poca cosa. Lo único que deseas es mirar a tu enemigo derrotado.

 Cristina corrió a sobar a James; todo el colegio formó un círculo a su alrededor. A todos importaba el estado de James. El mío no. Caminé al árbol de la esquina mía y allí estaba Manuel cargando mi mochila, presto a prestarme su hombro. Los tetos  estaban contentísimos con el espectáculo. Lo has acabado, decían, no lo puedo creer. Ya, decía yo, no es más que una nenaza rubita. En serio, hombre, me decían, nadie había pegado a James. Ya, decía yo, no es la gran cosa, es sólo un chico rubio. No, no, decían, en serio, James es campeón de Judo. Ya lo sé, dije. Cuando dije esto se impresionaron. ¿Tú sabías que James es… No se lo creían. Que yo, sabiendo los antecedentes de James, aceptara pelear. 

 Llegamos a casa de Manuel y se ocuparon de mí. Me limpiaron la cara, que tenía molida, y la madre de Manuel, en un ataque de histeria, me preparó vendajes y yodo y cosas. Me sentó en una silla en la cocina y me preparó curaciones. La madre de Manuel enloqueció. Pero Manuel estaba emocionado y le contaba con lujo de detalle cómo sucedió. Primero le dio éste, madre, dijo señalando mi nariz. Madre me pasaba algodón con yodo por la nariz. Luego, creo que fue la ceja derecha, continuó Manuel.  No, interrumpió uno de los ñoños que me acompañó, después de romperle la nariz, le rompió la boca. Luego la ceja. No, decía Manuel, primero le rompió la nariz, luego le amorató la mejilla, ya lo recuerdo, y después la ceja. La derecha. La izquierda se la rompió luego de pegarle en el estómago. Antes del estómago le dio en el pecho, dijo otro de ellos. Y otro dijo: no, no, en el hígado antes que el pecho. ¿De verdad?, pregunté, a mi me parece que fue primero el ojo, antes del estómago, y luego la ceja, pero la izquierda, la derecha me la había roto ya, me la rompió al tiempo que la sien. Entonces uno de ellos dijo que yo debía estar en lo correcto, pues era yo quien había recibido todo eso. ¡Pero lo mejor de todo, mamá, dijo Manuel a su madre que no dejaba de hacer muecas de dolor y llenarme de yodo, fue cuando Petrozza se levantó de la nada y le rompió las bolas a James¡ ¡Y luego la quijada!, agregó otro. Eso lo tumbó. Madre pidió que por el amor de Dios se alejaran de mí y la dejaran trabajar. Se largaron a la sala y me dejaron allí, con la madre de Manuel, que me dijo que si yo quería podía presentar una demanda. No, señora, dije, muchas gracias, James ya ha tenido suficiente. La señora no se creía que yo ganara la pelea. Venía deshecho. Pensó que yo decía aquello para hacerme el héroe. Insistió que podía hablar con el Director del colegio y… No, no, dije, de verdad, está muy bien así, no hay nada que hablar. Se lo agradezco.

 Cuando la madre de Manuel terminó con la curación, Manuel y los chicos me tenían preparado  botana y un videojuego. Pero la madre de Manuel dijo: será mejor que no comas nada de momento,  y tuve que aplicarme al videojuego. Era un juego de peleas y cuando uno de ellos iba perdiendo contra otro, decían: no te creas, no te creas, te voy a aplicar el gancho Petrozza, esto todavía no termina. Y reían. Yo no reía porque si lo hacia me dolía toda la cara. Así que sólo soltaba una risa tenebrosa desde la garganta. Sin mover la boca. 

5  

 En adelante James jamás volvió a molestarme y yo me convertí en el chico que partió las bolas a James. Mi vida de colegio se volvió más llevadera. James iba con su séquito de gilipollas, y yo con el mío de tetazos. Me seguían a todos lados. Yo era el rey de los tetazos. Pero era mejor que no ser el rey de nada. Me pagaban el almuerzo, me hacían los deberes, me prestaban libros. Se sentían seguros a mi lado. A mi lado, nadie los tocaba. Ni el mismo James. Dejó de molestarlos cuando yo estaba cerca. Y esos niños, idiotas, eran la mar de divertidos y de ingenuos. 




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