lunes, 30 de mayo de 2011

La literatura.


La literatura  es un monstruo, que te come. 
Pero no es uno de esos monstruos que te comen de un mordisco, no. 
Es, más bien, como un montón de hormigas carnívoras del África.
La literatura es como un saco de esas putas hormigas del África, 
o de dónde mierda sean, 
echado sobre ti. 
Comiéndote a pequeñas dentelladas. 

La literatura es, 
como las sirenas que embelesan a los Argonautas,
que te embelesan con un tremendo par de tetas,
pero que al final son un puto monstruo. 

¡Una Medusa!, 
¡Un espejismo!,
¡Una ilusión! 

Un oasis en el desierto. 
Un oasis para los sedientos, 
para los sedientos de otra cosa… 
de otra cosa que no sea la puta vida, 
que te vende una felicidad inexistente, 
¡un buen empleo!, 
el seguro de tu auto, 
¡un auto! 
Una secretaria buenaza. 
Placebos para bajar de peso,
o tónicos para follar de a diez. 

La literatura, 
¡la mierda literatura!,
que me arrancó el alma. 
Un alma atormentada. 
Atormentada por el alquiler, 
por la comida, 
por un par de zapatos nuevos, 
por un auto que me dé buenos kilómetros por litro.

¡Eso es la literatura! 
Una cosa terrible, 
que te encanta, 
que te atrapa y te come como un maldito monstruo. 
Pero no es uno de esos monstruos que te comen de un mordisco, no.






Imagen por: Patricia Ariel.

viernes, 27 de mayo de 2011

De la homosexualidad.


¿Estás a favor o en contra de la homosexualidad?, me preguntó Norma directo y tajante. Carajo le dije, si lo planteas así, con el pesar de todo tu maniqueísmo, debo confesar que… Los ojos de Norma no dejaban de mirar directo a los ojos míos. Esperaba la respuesta, y esperaba echarme con una reprimenda por no entregarme al movimiento gay que Norma lideraba. Estábamos sentadas a la mesa de un bar gay en la Zona Rosa, ella frente a mí, y a mi lado, Allen y Petrozza. Norma era la nueva amiga de Allen, y hubiese sido mi nueva amiga también de no ser por ese carácter suyo del infierno. Allen era unan niña de dieciséis años  que tomé como mi protegida. Me gustaba pensarlo así: mí protegida Allen. Lo que quiero decir es que la pobre de Allen acudió a mí porque no tenía salida. Allen era la sobrina de una de mis mejores amigas, y por supuesto que había acudido al auxilio de su tía, pero ésta, no siendo más que una mujer de compras y de cenas, ¿qué iba a decir al respecto? Allen se planta frente a su tía y le dice: me han echado de casa. ¿Por qué, Allen, querida?, pregunta la tía mientras se unta maquillaje y Allen contesta, sonrojada: por que descubrí que soy homosexual. No se sabe qué grito llegó más lejos, si el de los padres de Allen, que gritaron juntos, o el de la tía, que aunque sola, se escandalizó por toda la comunidad  homofóbica. La tía de Allen no quiso saber más al respecto y encontrándose en tan terrible infortunio (así lo pensó) llamó a Verónica Pinciotti, que soy yo, su mejor amiga y cómplice de correrías. Pinciotti, me dijo, no sé qué hacer, tengo una emergencia. ¿Qué emergencia?, pregunté alarmada y me lo contó. Allen acudió a la tía con la intención de pedir asilo. Pero la tía no podía, te juro que no es que no quiera, es que NO PUEDO, decía, hospedarla en su casa. Vamos le dije, es una niña de dieciséis años desamparada y confundida, ¡y además es tu sobrina!, ¿por qué no puedes? No sé me dijo, ahora que sabe que es homosexual, temo cómo pueda reaccionar en las noches… ya sabes… los homosexuales y sus mañanas. ¡Maldita sea!, le grité, ¿cómo puedes ser tan pendeja? Y sí, tuve que perder a una amiga. Le dije a la tía de Allen que la trajera a mi casa y que yo me encargaría. Ni eso quiso hacer la muy imbécil. Tuve que ir yo a recoger a la sobrina. Cuando Allen me miró se le salieron las lágrimas. Me llamo Verónica le dije, no te preocupes, ya veremos cómo arreglamos el asunto. De momento me apetece comer, ¿te apetece comer? Asintió con la cabeza, tímida, y la llevé a por una hamburguesa. No hay quien se resista a una deliciosa hamburguesa, le dije y Allen estuvo de acuerdo conmigo. Estuvo de acuerdo con una hermosa sonrisa. Me despedí de la tía de Allen y le dije que podía irse al carajo, que por gente como ella el mundo era una mierda. No lo entendió. A la fecha me recrimina ser una bestia. 

 Al llegar a casa la senté en el jardín y le pedí que me contara el rollo de su vida. Era una chica tímida y no le saqué gran cosa. Me contó lo elemental: los padres de Allen se enteraron de la homosexualidad de su hija porque ella misma, Allen, se los comunicó. Aunque a decir verdad, ya se lo sospechaban los padres. ¿No crees que sales mucho con esa amiga tuya, Sandra?, solía decirle la madre. Y sí, Sandra era la novia de Allen. Así que un día Allen se envalentonó e hizo frente a las indirectas de la madre. Por la tarde, a la cena, lo soltó como quien no pudiendo más con el pesar de su conciencia, escupe la verdad que le atormenta: soy gay, dijo. No tuvo la delicadeza de echar antes de la piedra, el proemio que calmara la ira descomunal que detonaría la verdad. Ambos, el padre y la madre, no lo pensaron dos veces. La echaron de casa sin darle oportunidad de nada más. Aquella noche la pasó en casa de su novia Sandra pero a la mañana siguiente Sandra le dijo: será mejor que te vayas, tu madre a hablado con la mía y ya lo sabe todo. No podremos vernos en tiempo indefinido. Allen abrazó a Sandra, la besó con la pasión de un amor desesperado de dieciséis años y se despidió de ella con lágrimas en la cara.  Caminó a la estación de Metro más cercana y desde allí llamó a la tía. Luego de la tía entro yo y allí acaba la historia de Allen. Allí acaba su vida en familia, el futuro de sus estudios y su inocencia. Y allí comienza la historia que deseo contar:

 ¿Y esa quién es?, me dijo el Sr. Pinciotti cuando la miró. Pasó junto a mí por el comedor y Allen miraba por la ventana. Es la sobrina de X., le dije, se quedará unos días en casa. No tiene a dónde ir. ¿Y por qué no tiene a dónde ir?, preguntó mi padre y cuando se lo dije, ¡maldición!, otro que pega el grito en el cielo. Me tomó del brazo y me llevó aparte, donde Allen no pudiera escucharnos y dijo: ¡no me vayas a salir con que ahora eres gay! El Sr. Pinciotti ya podía esperar cualquier cosa de mí. Sabía la clase de hija que tenía, cínica y desinhibida, pero esta vez iba demasiado lejos. ¡Qué diablos, no!, exclamé, estoy amparando a un alma desfavorecida, eso es todo. Ajá, onomatopeyó el Sr. Pinciotti asintiendo con la cabeza, aunque queriendo decir no, no me lo creo del todo, y se largó. El asunto no llegó a mayores. 

 Me di cuenta de la gravedad de las cosas cuando al tercer día de la estancia de Allen en mi casa, lo noté: llevaba la misma ropa. Aquí comenzó nuestra verdadera amistad. Hasta ese momento Allen no me dirigía la palabra a excepción de las ocasiones que lo hacía yo primero a ella. Se limitaba a responder a mis preguntas y se lo pasaba sumergida en un estado de depresión o ensimismamiento. La llevé de compras y le demostré que mi indiferencia a su preferencia sexual era verdadera. Con el tiempo comenzó a tomarme cariño, y viceversa. 

2

Cuatro fines de semana seguidos llevé a Allen a los sitios de mi elección, o de la elección de mis amigos, y se comportó siempre como un alma agradecida. No refunfuñaba ni se quejaba de nada, y sobre todo, no opinaba ni proponía nada. Esto último comenzó a preocuparme. Le pregunté por qué nunca comentaba nada al respecto de las pláticas de mis amigos. Por qué no se integraba, o porque no simplemente nos mandaba al carajo y se iba por ahí a pasear a sus anchas. No tienes que estar todo el tiempo conmigo, le dije. Pero Allen no tenía amigos. Todo el tiempo que no decía nada se lo pasaba pensando en Sandra. Hasta ahora no se había atrevido a llamarla, no queriendo agravar la situación. Tuve que distraerla un poco. Comenzamos a salir ella y yo, sólo ella y yo, y le propuse visitar la Zona Rosa porque allí hay muchos como… Allí podemos hacer amigos, le dije. Increíblemente Allen jamás había pisado aquella zona. Y si lo había hecho no había sido en plan gay. Allen, dejando a un lado la homosexualidad, era tímida por naturaleza y Sandra era todo su mundo. Cosa un poco exagerada pues apenas duraron un par de meses. No tenía otro amigo en el mundo que la entendiera. Durante la vida en colegio, me contó frente a una cerveza, su primera cerveza en la vida, jamás logró amistarse con nadie. Allen era una chica bonita pero siempre se supo diferente. Y a los doce años descubrió el porqué. Pasó cuatro años enteros sin decírselo a nadie. A absolutamente nadie. Pasó cuatro años enteros relegada en su ser. Tenía un secreto que no podía compartir y eso la llevó a la introversión. Miraba a las chicas del aula, a las chicas bellas de aula, y sentía por ellas una admiración que rayaba en el deseo. Pero ella misma se guardó de expresar sus sentimientos. ¿Por qué? La familia de Allen era una familia conservadora que todo el tiempo (o así lo recuerda Allen) se lo pasaba diciendo (y es que se puso de moda) que a los ojos de Dios el ser homosexual es un ser despreciable. La madre lo decía como adivinando el futuro de su hija. Es decir, no tenía porqué repetirlo tanto. Y de tanto que lo hizo, le salió el tiro por la culata. 

3

Todo salió de maravilla. Allen lucía más dueña de sí y menos esclava de sus remordimientos. Frecuentamos algunos bares de la Zona Rosa y si alguna chica guapa pasaba frente a nosotros, Allen no perdía oportunidad de mandar una sonrisa. Se estaba olvidando de Sandra y de su miedo a ser ella misma. 

 Entonces conocimos a Norma. Norma era una homosexual de veinticinco años, lesbiana machorra que intentó ligarme. No la culpo ni la discrimino. Yo estaba en un bar gay. Era lógico que Norma pensara que yo… Se acercó a nosotras que bebíamos whisky en las rocas (Allen se adaptó perfecto al hábito de beber) y sentándose en la mesa, frente a mí, me preguntó qué opinaba sobre la opresión de la sociedad hacia la comunidad gay. Me hubiese gustado contestar inteligentemente pero la verdad que no tenía una idea clara de lo que yo pensaba al respecto. ¿Acaso no te disgustan las miradas de los hombres libidinosos que no tienen en la cabeza otra cosa que la imagen de un par de mujeres haciéndolo? ¿O las miradas hostiles de la homofobia? Pues claro que no, pensé, yo jamás había sufrido… Me llamo Norma T., dijo Norma antes que yo pudiera contestar algo. Me estiró la mano y no hizo el menor intento de saludar a Allen. Ella es Allen, tuve que decir yo. Ah sí, hola, saludó Norma indiferente. Soy la creadora de un grupo de resistencia gay, dijo Norma, luchamos por los derechos de la comunidad homosexual, por la igualdad y el respeto. Muy bien dije, eso está muy bien. A Allen le brillaron los ojos. En su vida había escuchado sobre algo así pero jamás imaginó que un día ella pudiera formar parte de una asociación que defendiera los derechos de la gente homosexual. Norma continuó explicándolo todo detalladamente, y mirándome fijamente, e ignorando a la pobre de Allen que era la verdadera interesada. Ordené otra ronde de whisky en las rocas mientras escuchaba la perorata de Norma. Todo eso sobre la discriminación gay me parecía una exageración. Se decían oprimidos pero yo los miraba riendo y bebiendo cerveza, abrazados en parejas o en grupos, bailando y gritando de la emoción de encontrarse con un viejo amigo. Norma tuvo que irse pero nos dejó un número y una invitación a la quinta reunión del grupo. Allen se entusiasmó mucho. Cuando Norma se despidió, olvidó despedirse de Allen. 

4

Toda la semana Allen fregó y fregó con discretas indirectas que asistiéramos al bendito grupo. Lo hacía tan discretamente y con tanto estilo que no pude negarme. Pensé que podía ser el principio de una sana emancipación. Quizá allí Allen conozca gente que le agrade y que no la discrimine, pensé, y gradualmente se olvide de mí. Lo que estaría muy bien porque yo ya extrañaba mi antiguo estilo de vida hedonista donde sólo caben mis caprichos y mis deseos. 

 Así que el día y la hora indicada estuvimos allí, en un café de la Zona Rosa (zona que ya comenzaba a cansarme) y Norma estaba allí con unas quince personas homosexuales. Norma era la líder y se notaba. Pero no voy a hablar de Norma. Voy a hablar de todo lo que miré en el grupo de Norma. Hasta antes de ello yo jamás había pensado en todo ese rollo de la discriminación. Yo jamás había sido discriminada. El grupo de norma me puso a pensar. Allí me entré de testimonios terribles. De gente que a pesar de tener los estudios, conocimientos y habilidades suficientes para un empleo, dicho empleo le había sido negado sólo por gustar de su mismo género. Yo no veía por qué tanta alarma con eso de la homosexualidad. ¿En qué ofende ser homosexual al heterosexual? Es tan idiota como ofenderse con el impresionista, siendo cubista. O algo así.

 Escuché todo lo que tenían que decir. Miré a un chico de catorce años que fue severamente golpeado por un grupo de su colegio que se hacían llamar los Antigay o algo. Era una estupidez. Miré a un transexual que siendo rechazado de todo trabajo tuvo que dedicarse a la prostitución. A una niña de quince que sufre de discriminación en su propia familia. Carajo pensé, ¿pero qué pasa con el mundo? Yo misma (no sé cómo no pude ver la gravedad de las cosas) tenía en casa a una niña que siendo gay le echaron del hogar. ¡Sus propios padres! Me cayó como balde de agua fría. Allen era el claro ejemplo de la locura de esta sociedad. Yo me lo pasaba muy bien con ella a mi lado y me gustaba pensar en ella como “mi protegida”. Me estaba tomando las cosas como un chiste. La vida de Allen, el sufrimiento de Allen, no era un chiste, maldición. Comprendí ahora la inhibición de aquella pobre criatura. Y no sabiendo qué hacer, llamé al único con algo de seso y capaz de entender: Martin Petrozza, aunque casi me arrepiento. 

5

¿Una jebita homosexual?, dijo cuando se lo conté. Fabuloso, ¿y está buena? Moví la cabeza negativamente y le dije, vamos, Petrozza, te estoy hablando enserio. Te lo digo a ti porque eres el único que se me antoja lo bastante cuerdo para no hacer de esto un espectáculo. Sólo dime si está buena o no, dijo resignado a comportarse a la altura de la situación. Pues sí dije, la verdad que es agradable a la vista. ¡Ajá!, exclamó Petrozza, te he cogido, piensas que está buena, ¿te la has follado?, ¡dime la verdad! Casi estallo de la ira. Tuve que contar hasta diez y pensar que así era él, que pasando todo este teatro de calamidad, vulgaridad y comicidad, se pondría a trabajar en el proyecto de salvar a la pobre de Allen. No, dije con los labios entumidos, no la he follado. Bueno, bueno dijo Petrozza con voz de galán, supongo que me has llamado para que me encargue de ella; para que le quite la homosexualidad... Y se tocó los cojones. Vale dije, esto fue todo, ¿me vas a ayudar o no? Petrozza se sabía comprometido. Cuántas veces le había ayudado yo a él… Sí, sí, está bien, ¿cuál es el plan? No tengo plan dije, para eso requiero de tu ayuda. Le conté todo el asunto y tuvo una idea: hablar con los padres de Allen. Fue una terrible idea. Petrozza se presentó con los padres de Allen y casi lo descojonan. Le gritaron maricón de mierda, pues pensaron que él era uno de esos amigos de su hija, mayor, que le había metido la idea de hacerse homosexual. Y al final, no sacó nada bueno. No se prestaron al diálogo. 

 Mira, Allen, te presentó a Martin Petrozza. Hola dijo Petrozza, ¿cómo estás? Allen lo saludó y dijo, ah sí, Petrozza; Verónica no deja de hablar de… Vale, vale, vale, interrumpí rápidamente, Petrozza ha hablado con tus padres. ¡Qué!, exclamó Allen asombrada. Sí, dijo Petrozza, y la verdad que son unos gilipollas. Allen bajó la mirada. Por un momento pensó que la cosa se había calmado.  

 Allen y Petrozza se llevaron de maravilla pero el cabrón sin vergüenza se pasaba de la raya. La estaba pervirtiendo. Allen era tímida. Quiero decir que independientemente de ser gay, era tímida. Y Petrozza, cuando salíamos a la calle, de acuerdo a su costumbre, no dejaba un culo de mujer sin mirar. Los seguía con la m irada y hasta era capaz de girar ciento ochenta grados, cínicamente, para mirar mejor. Y comenzó a mal educar a Allen. Le decía, eit, Allen, a tu derecha, ¡mirá nomás que mina, piba! Allen volteaba a mirar y alzaba el pulgar. Se lo pasaban en grande. Petrozza me estaba robando a mi protegida. Si yo le había enseñado a beber, Petrozza le estaba enseñando a nadar en alcohol. Entrábamos a los bares y le pedía a Allen un whisky en las roas. Y le decía, el primero siempre se toma al hilo, para que los demás no te sepan tan feo. Y Allen lo intentaba. Allen le tomó cariño en un par de días. El colmo fue cuando me dijo, muy apenada, que si podía… irse a quedar a casa de Petrozza esta noche. ¿Crees que te voy a dejar quedar con ese bárbaro?, le dije, estás loca si crees que te voy a dejar… Anda, decía, no haremos nada malo. Ya lo sé, le decía, yo confío en ti pero puede ser peligroso. Y Petrozza, al día siguiente, ofendido me reclamó porqué no dejé ir a Allen a su casa. No sé dije, no me parece buena idea, ya la has pervertido demasiado. La pobre me lloriquea por un vasito con whisky todas las noches. Dice que tú le has dicho que un vasito antes de dormir es bueno para la salud. Lo es, dijo, como si fuese la cosa más obvia del planeta. Sí dije,  pero no m gusta la manera en que Allen y tú se toman ese vasito de salud. Y a mí no me gusta la manera en que tú tratas a Allen, me dijo, hasta parece que eres su madre. Carajo, exclamé, ¡pues de alguna manera lo soy! En ese caso dijo, de alguna manera yo soy el padr… Se detuvo. Nos miramos a los ojos y lo entendimos. No pelearíamos más. 

 6

La reunión siguiente Petrozza nos acompañó al grupo de Norma. En esa reunión, ese día, todo cambió. Presenté a Petrozza como un amigo mío y todos se pensaron que era homosexual. Porque, no está de más decirlo, todos se pensaban que yo era lesbiana. Petrozza lo notó y dijo: vale, vale, yo no tengo nada en contra de ustedes pero debo aclararlo: ¡soy hetero! Lo dijo asustado. Allen y yo reímos sinceramente pero Norma… Norma se lo tomó muy enserio. Le echó una mirada que lo dijo todo. Allen lo notó y yo lo noté pero no dije nada porque no lo podía creer. ¡Norma lo estaba discriminando por no ser homosexual! 

 Norma inicio la sesión con un discurso sobre los espacios gay. Dijo que debíamos pelear por más espacios. Espacios donde poder juntarse y disfrutar de una vida homosexual plena. Allen escuchaba atenta, no perdía palabra. Petrozza encendió un cigarrillo y no dejaba de mirar a las lesbianas. No entiendo cómo a una mujer le puede gustar otra mujer, me susurró al oído. Le indique que guardara silencio, Norma no dejaba de mirarlo cuchichear. Pero continuó: ¿cómo es que esa tía, la de allá, dijo señalando discretamente (o lo que él entendía por discretamente) a una rubia que abrazaba a una pelirroja, prefiere meterse una polla plástica antes que una de verdad? ¿Cómo es que desprecia a los hombres, pero no se desprende del plástico fálico? No lo sé, susurré, ya cállate. Y esos de allá, dijo, esos dos tíos, ¿por qué salen juntos?, ¿si se supone que uno de ellos, el que sea, es homosexual, y gusta de los hombres, porque sale con ese marica? No entiendo nada, Pinciotti. 

 Luego tocaron el tema de los derechos a expresar su cariño en la vía pública. Norma alegaba que si los heterosexuales tenían derecho a besarse en la calle, ellos también debían tenerlo. Todos estaban de acuerdo. Allen no estaba de acuerdo ni en contra. Escuchaba sin opinar. Que no tuviese opinión de nada ya me estaba preocupando sobre manera. Abordaron también temas como la discriminación laboral, la discriminación en los derechos al casamiento, la discriminación religiosa, etc. Todo tipo de discriminación. No pensé que fueran discriminados en tantas cosas, dijo Petrozza en voz alta, ingenuamente. Norma le pidió que guardara silencio, que por favor, y ese por favor era más bien una orden, si él no era homosexual, podía salir de la reunión y dejar que los interesados se concentraran. Lo dijo tan despectivamente que me sorprendí y estuve a punto de levantarme y salir de allí pero Allen me ganó. Sí. Allen se levantó y dijo, yo tengo algo que decir. Norma y todo el grupo la miró. Lucía como una inocente mujercita deseando opinar alguna inocente idea. Pero, maldición, vaya si nos dejó a todos con la boca abierta. Dijo: 

 Ustedes hablan de la discriminación. Pues bien, yo he sido discriminada. Por mi familia. Me echaron de casa por ser homosexual. Sé de lo que hablo, y creo que ustedes no tienen idea. (Aquí Norma la miró frunciendo el entrecejo). Están confundiendo las cosas. Ser homosexual no es ser diferente al resto de la gente. Porque tener un gusto diferente, no te hace objetivamente diferente, ni mucho menos. ¿Acaso es diferente un niño que gusta de los chocolates, que otro que gusta de los caramelos?, a fin de cuentas ambos gustan del confite (se escucharon algunas risas y voces asintiendo). Bien, entonces no encuentro ningún sentido en que estemos aquí  reunidos cuando no somos diferentes al resto de las personas. Yo soy tan libre como cualquiera y no tengo que entrar aquí, o a otro bar gay para beber una cerveza. Cada que nos agrupamos en sitios especiales nosotros mismos marcamos la diferencia por la que tanto peleamos. Queremos erradicar esa diferencia, queremos ser iguales, que se nos trate como a iguales, y somos los primeros en tratarnos diferente (algunos exclamaron de asombro y Petrozza gritó: ¡eso, eso! Norma lo miró realmente enfurecida). Cada grupo como este hace más daño a la comunidad gay que los grupos de ataque homosexual. Abogan a favor de la libertad de expresar sus sentimientos, y pensándose desfavorecidos ante esta situación, algunos abusan y se sobre expresan causando repulsión hasta para sus iguales. Si ver una pareja de heterosexuales es cosa de por sí, incómoda… ¿Por qué habríamos de asentar nuestra homosexualidad besuqueándonos en la calle? ¿Por qué la manía de gritar a los cuatro vientos ¡soy gay!, y querer respeto, cuando uno mismo, al gritarlo y al exponerlo, no está respetando? Nos estamos auto-discriminando. Esta reunión, véanse, en grupo, separados, recluidos… ¿Por qué no hacemos esto en un bar normal? ¿Por qué tenemos que sentirnos diferentes y escondernos en las madrigueras de nuestro rencor? Si quiero ser libre, comienzo por actuar como un ser libre. La discriminación no se combate con más discriminación (aquí no todos estuvieron de acuerdo pero continuaron escuchando atentos, Allen los tenía al borde del asiento). Un hombre vestido de mujer y hablando escandalosamente como una loca, Dios… si quieres respeto, comienza por respetarte. No te humilles de ese modo. La homosexualidad es intimidad. Tanto criticamos al macho que va por la calle pregonando su virilidad. Pues una loca es la analogía del macho. Gritar que eres homosexual no te hará ganar el respeto de nadie. Luchamos por igualdad, y actuamos como diferentes. ¿Es entonces que aceptamos ser diferentes? Yo no soy diferente. Sencillamente tengo un gusto que no es el gusto de todos (Allen se estaba ganando al público. Petrozza comenzó a aplaudir y más de cuatro gentes lo siguieron). Entonces Allen se intimidó y paró. Sonrojada como un tomate tomó asiento mientras la muchedumbre aplaudía y hacía suya la frase de Allen: “Yo no soy diferente, tengo un gusto que pocos tienen. Eso es todo.” Como buena masa modificaron la frase pero la esencia era la misma. Allen les contagió el entusiasmo y les vendió la idea correcta. 

 Norma tuvo que admitir su derrota. Dio las gracias a todos por venir y se sentó a nuestra mesa, la mesa de Petrozza, Allen y mía. Dijo: estoy impresionada de ti, no me daba cuenta de lo que hacía. Me pensaba que luchando… No hay nada positivo en luchar dijo Petrozza. Luchar es negativo. Luchar es combatir. Luchar es resistirse. Luchar es pelear y guerrear. No hay nada positivo en luchar. Norma asintió con la cabeza y Allen asintió con la cabeza. Petrozza había dicho algo de valor al fin. La cosa se tranquilizó y ordené una ronda de whisky en las rocas para todos. Todos quieren decir mis amigos y Norma. Norma, al llegar el whisky, se acercó a mí y me preguntó si tenía novia. Tuve que decírselo. Se lo dije: yo no soy homosexual. Estalló en risa. Me he equivocado en todo últimamente, dijo. Le presenté, esta vez formalmente, a Allen, y aquel día se hicieron amigas. Ahora que sé que eres heterosexual, dime una cosa, tengo la duda: ¿estás a favor o en contra de la homosexualidad?, me preguntó Norma directo y tajante. Carajo le dije, si lo planteas así, con el pesar de todo tu maniqueísmo, debo confesar que… a favor de la libertad y la diversidad. Norma asintió con la cabeza, dando el beneplácito. Bebimos en armonía unas buenas rondas de whisky y al final nos despedimos. salimos de allí llenos de buen humor y de alegría.  

 Eit, Allen, dijo Petrozza a Allen, ¿qué opinas si vamos por unas jebitas? ¿Qué dices? Conozco un lugar donde te salen a ciento sesenta con todo y cuarto. ¿ESTAS LOCO?, le grité a Petrozza. Allen rió y al mirarla reír comprendí que Petrozza estaba bromeando. Carajo dije, suban al auto, vamos a por una hamburguesa. Ambos gritaron ¡sí, sí!  




miércoles, 25 de mayo de 2011

El hombre decente.


Por aquel entonces (aquel entonces quiere decir cualquier momento en los últimos doce años de mi vida) yo era un borracho y un gilipollas. La gente solía pensar que yo tenía estilo y cierta gracia, y que ser un borracho y un gilipollas era lo mejor que podía pasarle a cualquiera. Tienes estilo, muchacho, solía decirme la gente, tienes carisma y tienes cierta gracia que hace que uno no pueda enojarse con tus gilipolleces. Lo que no significa que no sufriera. Sufría todo el tiempo. Beber era una manera de calmar el sufrimiento. De ahogar la depresión entre risas, mujeres y alcohol. Porque además del alcohol, las mujeres también eran parte constante e importante de mi vida. Una forma de hacer más llevadera la carga de vivir. Eres bueno con las mujeres, Petrozza, me decían pero yo solía decir: no soy bueno, tío, soy constante. Y supongo que esa era toda la gracia a la que se referían. Reían y me palmeaban la espalda. Se creían que mi vida era la gran cosa. Sin embargo yo era una especie de bestia, y ese era mi castigo por ser tan gilipollas. La mayor parte del tiempo llevaba los ojos rojos, ojos de de bebedor consuetudinario, y la polla levantada. Yo era esclavo de mi polla. Bastaba una palabra, una mirada, un aroma, un gesto, para levantarme la cosa. Un vehemente deseo de hacerlo se apoderaba de mí causado por el mínimo suceso.  Un par de pies podían ponerme sobre manera. Una mujer de cabello quebrado, o rizado, podía prenderme. Una mujer de cabello lacio, también. Una niña de doce años, o una niña de cuarenta, podían prenderme. La lengua de una mujer ligeramente asomada entre los labios. Unos labios. Una mujer suspirando, una mujer dormida, una mujer molesta o una llena de alegría. Una mujer caminado, una mujer maquillándose, una mujer bailando, una mujer. Una mujer vomitando. Sí, incluso una mujer vomitando llegó a prenderme. Recuerdo que la miré hacerlo en el patio de la casa de alguien. Era una fiesta o algo y yo estaba en el patio, fumando un cigarrillo y alejándome del bullicio de sociedad cuando ésta jeba salió, se plantó en una esquina del patio y comenzó a vomitar. Lucía muy bien. Enserio. Ya sabes, una jeba allí, enfrente de ti, doblada por la cintura y con el culo al aire. Sentía ganas de cogerla por sorpresa. Prácticamente no existía mujer o situación que no me levantara los ánimos. Era un castigo, Dios. Pues la mayor parte del tiempo, claro, no podía cumplir mis deseos. Pero todos los tíos a los que se lo contaba se creían que era la gran cosa. No tenían idea. 

 Estoy hablando de ser verdaderamente un borracho. Estoy hablando de dejar el curro por un trago. De dejar a tu mujer por un trago. De dejar la vida por un trago. Y estoy hablando de las mujeres como un calvario. No terminaba de salir de una cuando ya me venía otra y todas, todas, siempre e inevitablemente, locas y terribles. Con la mayoría no pasaba de las dos semanas. Y las que me aguantaron más de eso, honor a quien honor merece, eran valientes mujeres. Pero al final, siempre locas. 

2

Petrozza, me dijo Verónica Pinciotti, ¿cuándo piensas sentar cabeza? Verónica hace tiempo que deseaba mirarme sentar cabeza. Primero se enganchó conmigo porque era un hijoputa con estilo y ahora me pedía sentar cabeza. No era tan distinta al resto de las mujeres después de todo. Sentar cabeza, dije despacio y exhalando el humo de un cigarrillo. ¿Qué es sentar cabeza?, pregunté haciendo el indio. Rió y dijo: ya sabes, sentar cabeza. Estábamos en mi casa. Verónica había traído whisky y cigarrillos. Y también había traído sus tremendas peras. Sí, señor. Y a la mitad de lo que pudo ser una magnífica velada, me pidió sentar cabeza. Ella, que había traído whisky y cigarrillos, ella que me pagaba las más de las veces el trago, que me arrimaba el culo y me sonsacaba, ella, Verónica Pinciotti, me pedía a mí sentar cabeza. Ya dije, pues no lo sé. Verónica se sentó sobre mis piernas (yo estaba sentado sobre el viejo sofá) y me susurró al oído, con su bello aliento alcohólico que debía hacerme un hombre decente si deseaba… ya sabes, dijo… algo serio conmigo. Escupí una bocanada de whisky y me la quité de encima. Reí a carcajadas. La tía me estaba chantajeando o algo. ¡Un hombre decente!, exclamé, ¡sí yo ya soy un hombre decente! Probablemente soy el último hombre decente. ¡Todos son unos hijos de puta!, dije, todos son unos hipócritas, unos lame culos. Yo soy un hombre decente, dije tajante. Y lo era. El más grande de mis pecados era ser un hombre decente. Lo sé dijo Verónica, no me refería a eso. ¿Entonces?, dije con tono de obviedad y alzando la manos. Yo sabía bien a qué se refería. ¿Acaso crees que un hombre decente que bebe, no puede ser un hombre decente porque bebe?, pregunté.  No, no, dijo, no es eso, es sólo que… Es sólo que qué, dije indignado. Olvídalo dijo y sirvió otra ronda de whisky en las rocas. 

 Yo no lo podía creer. El padre de Verónica, la sociedad de verónica, las cosas contra las que Verónica misma ha luchado toda su vida, la habían poseído. Le habían vendido la idea de que un hombre decente es un hombre que no bebe. No de la manera que yo, al menos. Puedes ser un criminal, un político, un estafador, un comerciante listillo, un empresario sin escrúpulos, y ser al mismo tiempo un hombre decente. Pero si bebes… Prefiero ser un borracho noble. Un borracho que no miente y que no se vende por nimiedades. Más vale ser un borracho decente, dije, que un hijoputa cabrón. Ya dijo Verónica resignada, no es para tanto. No te pongas así. Y se sentó de nuevo sobre mí. La tomé de la cintura, la apreté y atraje hacia mí. Le besé el cuello y cuando llegué al oído, le dije en voz queda: si hay algo de mí que no te guste, o que a tu padre no le guste, me lo puedes decir. Verónica dijo que no, que todo estaba muy bien. Pero la verdad que todo estaba muy mal. Yo la entendía en cierta medida. Verónica no era una mujer sin criterio. No era una imbécil. Todo lo contrario. Yo lo sabía perfecto: ella no se tragaba los discursos de su padre ni de la sociedad. Era una zorra interesada, una cínica y una cabrona. Sin embargo ahora, no lo hacía por ella, lo hacía por mí. Quería con todas sus fuerzas que yo fuese aceptado en su sociedad. No le importaba convertirme a mí en un hipócrita. Sí, Verónica Pinciotti era una cabrona. Ella podía seguir siendo todo lo hedonista, tirana y zorra que quisiera pero yo, yo debía convertirme para su capricho en un hombre decente. Deseaba poder decir a su padre estoy con Martin Petrozza sin que éste se infartara. Siempre mentía sobre su paradero cuando salía conmigo. Sobre todo cuando iba a mi casa. El Sr. Pinciotti me consideraba el peor de los mortales sobre la Tierra. Sólo porque me gustaba pegarle al trago. Era un juicio injusto. Yo mismo le había mirado a él salir hasta el culo de caballo del salón de su casa. Se emborrachaba con todos esos amigos suyos, politiqueros de mierda. Hombres decentes, diría él. Hombres decentes que se reúnen a planear cuartadas de “fraude lega”. Y es que para ser decente hay que tener plata. Y ese era otro de mis problemas. Yo nunca tenía plata. Era un roto en toda la extensión de la palabra. 

3

Oye, Petrozza, me dijo Garrison, ¿no crees que ya sea tiempo de que te hagas un hombre de bien? ¿Un hombre de bien?, pregunté asombrado, ¿es que acaso soy un hombre de mal? Garrison rió y dijo no, no, pero… ya sabes, un hombre de bien. Creo que deberías coger un empleo, como la gente decente. En aquel entonces yo no tenía empleo y aunque había cogido algunos empleos en mi vida, no pasaba de los seis meses cuando ya los había botado. No dimitía. Simplemente me ausentaba hasta que lo entendían. No sé dije, me parece que con o sin empleo, yo soy un hombre de bien. No soy un ladrón dije, no engaño a las personas, no trafico con drogas ni hago trata de blancas. No secuestro personas ni estoy en la política. Soy un hombre de bien, ¿qué no? Garrison no dejaba de reír pero en algún momento se puso serio y dijo ya es tiempo de que cojas un empleo, enserio, y te hagas un hombre de bien. Garrison no concebía la idea de un hombre de bien sin empleo. Para él, como para casi todo el mundo, un hombre no podía ser un hombre de bien sin tener un curro serio. Puedes vender tu alma a un empleo y ser un ente desalmado, vender imposibles a los pobres, cobrar intereses a los morosos, defender a los culpables ante el juzgado, dar clases de guitarra a adolescentes que echarán a perder sus vidas por el sueño del rock and roll, enjaretar tarjetas de crédito a pobres inocentes, pero, si no tienes un empleo…

 Garrison dio un sorbo al whisky y anunció que recién le había admitido como profesor de letras clásicas en el Tecnológico de Monterrey. Entonces lo entendí: se creía un hombre de bien. Un hombre decente. Vale dije, lo pensaré, quizá coja un empleo. Yo no comprendía la relación entre la bondad de una persona y laborar. Uno puede ser un buen hombre sin empleo, de eso no tenía la menor duda. Yo era el mejor de los ejemplos. Bebí el último whisky y me largué. 

4

 Estaba en casa de Sara cuando llegó nuestra primera discusión fuerte. Hace tres meses que salíamos y a decir verdad ya había tardado en llegar nuestra primera discusión fuerte. Sara era una mujer preciosa que me cayó del cielo. Que fuera una mujer preciosa no significa que yo tuviera suficiente. Ya lo dije: las mujeres eran mi tormento. Discutíamos sobre la siguiente línea: creo que deberías tenerme más respeto y ser menos… mujeriego, dijo Sara. Luego agregó: me gustaría que fueras un hombre decente. Y dale con lo mismo, pensé, ¿pues la imagen de qué monstruoso o ser he creado a los ojos de mis amigos y de mi novia? Vamos le dije, que folle otras mujeres no significa que te ame menos. Sara no quedó muy convencida. Sin embargo yo no mentía. Mentir era lo último que haría. Si hay algo que odio es la mentira. No mentía, repito, amaba a Sara por encima de las demás. Se lo demostraba a cada momento que compartíamos juntos. Pero no le bastaba. No importa cuánta pasión pusiera yo en un beso o al hacer el amor, exigía devoción absoluta. Vivía en el pasado. Que si el fin de semana pasado te acostaste con tal… o que si el mes pasado le pediste el número de móvil a tal… Etc. Decía que yo no era lo suficientemente bueno. ¿Qué quería de mí? Si le había entregado el alma. 

 Pienso que hay dos tipos de infidelidades, a saber: la física y la sentimental. Juro por mi vida que amé a Sara y amé a todas las mujeres con las que me ennovié, y que jamás, en ningún momento he sido ni fui con Sara sentimentalmente infiel. Pero la polla es la polla y la mía, tenía una inmensa sed que yo debía saciar. Sara sin embargo se pensaba que yo era una mala persona por engañarla. Aunque, si somos justos, yo nunca la engañé. Jamás me cuidé del chisme de mis correrías. Si Sara llegaba y me preguntaba es verdad que… Sí, le decía yo, es verdad. Hubiese dado la vida por Sara, lo mismo que en su momento, hubiese dado la vida por Carolina. O por ella. O por cualquiera de las mujeres con que salía. Incluso hubiese dado la vida por cualquiera. No soportaba la injusticia. A los trece años me partieron la cara por defender a un amigo fiel. Si me lo hubiese pedido yo hubiese ayudado al mismísimo Diablo. Mi alma era un alma sensible. Me deprimía por los pueblos oprimidos de Oriente, a pesar que odiaba a Oriente. Me afectaba el hambre extrema de algunas comunidades del planeta. No soportaba la idea de que una mujer fea (lo peor que te puede pasar en la vida es ser una mujer fea, pensaba) se perdiera de un buen polvo sólo por ser fea. Si un indigente en la calle me pedía una moneda, era capaz de entregarle todo mi capital (siempre poco) con tal de salvarle el día. Y ahora Verónica, Garrison y Sara me salían con que yo no era un hombre decente. 

 Si deseas continuar conmigo tienes que dejar de ser un cabrón, me dijo Sara aquella vez. ¡Un cabrón yo!, grité, pero si eres tú la que me ha robado el corazón. La que me ha domesticado con su belleza y su cariño (y con su droga, pensé). Y eres tú la que amenaza con acabar sólo porque he echado algunos polvos fuera de la relación. Como si eso significase algo. Eres tú la que egoístamente me pide ser esclavo de tus deseos. Tú eres la indecente. Drogándote todo el maldito tiempo, Dios. “Pagando la cuenta de gente sin alma que pierde la calma con la cocaína.” (J. Sabina)

 Sara no se lo tomó muy bien. Yo me mantuve en mi posición: ¡yo era un hombre decente! Quizá de los pocos que quedan aún sobre la faz de la Tierra. 

 5

 Rey Hernández me invitó a por una cerveza y todo iba muy bien hasta que el bocazas dijo: Petrozza, ya deja de ser un hijoputa. Sabía dónde iba a parar cosa: en la duda de mi decencia. Ya tenía suficiente de aquello. Me levanté de la mesa y lo dejé con sus ideas sobre el hombre decente. Quizá no iba a decirme nada de eso pero yo me pensé que sí y lo dejé allí un par de minutos. Luego regresé. ¿Qué clase de hombre deja a un amigo así como así? Me senté a la mesa y le pedí disculpas, necesitaba respirar aire puro, le dije, y Rey no tocó el tema de mi decencia en toda la noche. Era un buen tío. 

6

¿Yo era un hombre decente? “Que tire la primera piedra quien esté libre de pecado.”  ¿Quién o qué es ese mítico hombre decente? 




sábado, 21 de mayo de 2011

El mil amores.


En la zona sur del pueblo de San Cristóbal de las casas, Chiapas, hay un prostíbulo. Es un prostíbulo y centro de bailarinas nudistas. Quien frecuenta este tipo de lugares entenderá lo que quiero decir: un prostíbulo y un centro de bailarinas nudistas, que no es lo mismo que un prostíbulo o un centro nudista por separado. El lugar se llama El mil amores, y fue allí, en El mil amores, donde comprendí que el verdadero amor se encausa a amar a una sola mujer. De los mil amores que tenía... ya nomás me queda uno, uno, uno… Lo comprendí cuando Alondra, la puta buenaza que tenía sobre mis piernas (y estaba sobre ellas porque le invité una cerveza ¡de a cien pavos!) se levantó, harta de mi negación a gozar de sus placeres. La miré largarse moviendo el culo como diciendo “tú te lo pierdes, muñeco”, y contrario a los últimos quince años de mi vida, no sentí el ímpetu vehemente de correr y follar a esa mujer, o a cualquier mujer. Sí, creo que así fue como lo entendí: tío, estás enamorado, me dije. Petrozza, me dije, esta vez estás enamorado. Has picado el anzuelo, capullo. Mi amigo (había ido a todo eso con un amigo), viejo compañero de farras y de putas preguntó qué demonios te pasa, jamás te había mirado así. Ya dije, no lo sé… supongo… que esta vez… sencillamente no tengo ganas. Carajo dijo, ¿estás seguro? Asentí con la cabeza dando una fuma al pitillo y entrecerrando los ojos enfoqué a una puta preciosa, una menor o algo, delgada y de tez blanca, con unas tetas de ensueño y vestida con poca ropa. Sí, dije, estoy seguro. Lo bueno de los prostíbulos de provincia es que aún se puede fumar en ellos. ¡Como quieras!, exclamó mi amigo y se levantó cogido de la mano de una prostituta panameña. Caminaron a una de las esquinas del bar y se perdieron tras una cortina de abalorios. La puta panameña estaba muy bien. Vestía un neglillé y le saltaba la carne por los lugares que suele saltar la carne a las tías buenas enfundadas en un neglillé. Era morena pero llevaba el cabello, un cabello rizado a lo africano, pintado de dorado. Lucía como una joya exótica traída desde el Panamá. Y seguro que lo era. Me ordené una cerveza y esperé. No tuve que esperar demasiado, una panameña así te saca la leche en pocos minutos. Cuando mi amigo regresó nos largamos. Bebimos el resto de nuestra cerveza al hilo, y regresamos al centro de San Cristóbal. Con los gringos y con los hippies. Porque San Cristóbal es un pueblo lleno de gringos y de hippies. 

2

Cómo llegué a Chiapas es un misterio para muchos. Me lo dicen. Me dicen: Petrozza, ¿cómo hiciste para viajar a Chiapas? Es de saber popular  que soy un roto y que improbablemente pueda pagarme un viaje a Chiapas, o cualquier lado. Se olvidan que yo lo he dicho todo el tiempo: si no pones resistencia la vida te arrastra por caminos insospechados, como el oleaje del mar arrastra un trozo de madera hasta la playa. Esta vez el mar de la vida me arrojó a la selva. 

 Recibí la llamada un viernes por la tarde o algo así. Era un viejo amigo al que llamaremos Alberto. Bien, Alberto había logrado colocarse como empleado del Banco, cosa que yo ya sabía, y me anunciaba que el Banco, ente Todopoderoso  y Benévolo, le otorgaba sus primeras vacaciones de siete días. Ya dije, qué bien. Alberto deseaba viajar en aquellos siete días de descanso y no deseaba hacerlo solo así que, antes de mí, llamó a todos sus amigos (que eran pocos) y ninguno aceptó salir. Todos tenían obligaciones y responsabilidades, familias y curros que cuidar. Entonces se acordó de mí. Yo sabía que tú no me dejarías solo, dijo, aunque la verdad le dije que no, que no podía. Me encantaría dije, pero no tengo un quinto. ¡Tengo que aprovechar estas vacaciones dijo, si n o lo hago tendré que esperar al próximo año! Es lástima dije pero enserio, no tengo un centavo, tío. Vamos insistía Alberto, has un esfuerzo, ráscate los bolsillos. Desde su casa, al auricular, Alberto no podía mirarme pero yo realmente rasqué los bolsillos. Salió un billete de veinte pesos. ¡Increíble!, prensé, ¡veinte pavos! Tengo veinte pesos dije a Alberto. Carajo dijo, vale, vale, yo te invito. Lo dijo y cortó las palabras en seco. Lo dijo tratando de no arrepentirse. No tengo dinero, repetí. Yo invitó repitió Alberto seca, fría y rápidamente. Entonces lo entendí: El pobre deseaba tanto esas vacaciones pero no tenía el coraje suficiente para largarse solo. Estaba dispuesto a todo por algo de compañía. ¿Tú invitas?, pregunté dubitativo. Sí dijo, yo invito pero… promete que me pagarás… algún día. Dios dije, no puedo prometer eso, de ser así quizá sea mejor que vayas solo… Vamos dijo, tan sólo promételo, me pagarás cuando puedas… No sé… Anda, no importa, yo invito, me pagas cuando puedas… No sé si sea buena idea, tío… Cuando puedas, cuando puedas… Vale, lo prometo, te pagaré cuando pueda; lo que no prometo es que pueda… Ya, ya, está bien. Colgamos el teléfono. El trato estaba hecho. Los dos sabíamos que Alberto muy probablemente no volvería a ver su dinero, y ambos estuvimos de acuerdo. El siguiente domingo partimos hacia San Cristóbal de las casas en un autobús de trescientos pesos. Nota para viajeros: a la salida del metro Candelaria, en avenida Emiliano Zapata número 107, salen autobuses a Chiapas por trescientos pavos. 

3

 El hombre no deja de ser hombre, los instintos no dejan de ser instintos, y Alberto y yo no dejamos de ser unos calentorros. Bebimos la primera cerveza a eso del medio día, y a la una de la tarde ya estábamos preguntando dónde demonios hay un bar con putas en San Cristóbal. Se lo preguntamos primero al mesero del bar al que entramos. Era un buen bar. Poca gente, cerveza al dos por uno y botana gratis. Botana de camarón. Caldo de camarón. Camarones en jitomate. Etc. El mesero contestó que no tenía idea. Gilipollas de mierda pensé, vivir en una ciudad o en un pueblo o lo que sea, ¡vivir!, y no saber dónde echar un polvo es como estar muerto. O algo peor que estar muerto. Un buen ciudadano debe saber dónde coger, donde beber y donde dormir. Bebimos tres cervezas y salimos de allí indignados de que un tío, y sobre todo, de que un tío mesero, no supiera el dato solicitado. La prostitución, el más antiguo de los oficios, es pilar clave en la génesis de una civilización. Las prostitutas de cada ciudad son cosa de verse. Por ejemplo, las putas jarochas son unas vivales, unas listillas. Pero nada comparado con las putas de La Habana. Las putas de la habana te sacan la vida. Si te descuidas con una de ellas, terminas matrimoniado. Las putas de Morelos son todo lo contrario. Se puede decir que son nobles e ingenuas y hacen grandes descuentos. Las putas de la ciudad de México quieren que te corras en un minuto. Esto, si se analiza, dice mucho de lugar que se visita. En Cuba todos son unos timadores de mierda, quieren sacarte unos pesos por nada y no dejan de exprimirte hasta el último centavo. En Veracruz todos desconfían hasta de su propia sombra. Morelos… bueno, Morelos es la ciudad de la Eterna primavera. Eso lo dice todo. Y en el D.F. todos tenemos prisa. Le dije a Alberto que deseaba follarme a una chiapaneca y que tuviéramos cuidado de no caer en las garras de alguna tía de Guatemala. Necesitaba saber a ciencia cierta con qué clase de gente estaba parado. Y follarme a una de sus mujeres me daría la respuesta.  

 Pregúntale a ese que viene allí dije a Alberto señalando con el cigarrillo. Caminábamos por 20 de Noviembre y hacia nosotros venía un tío con cara de buena vida y pensé que él probablemente supiera donde echar un polvo. No sé dijo Alberto, no parece… Anda, anda, insistí. Cuando el tío pasó junto a nosotros Alberto lo detuvo y le dijo: disculpe señor, mi amigo y yo nos preguntábamos si… de casualidad… (Aquí volteó a ambos lados de la calle) ¿Usted sabe donde hay un putero por aquí? Alberto lo soltó de golpe. El señor se rasco la barbilla disimulando el asombro, era un señor de cuarenta y tantos años y no podía darse el lujo, a su edad, de sorprenderse por una pregunta así. Somos hombres, ¿qué no? Se rascó mucho tiempo la barbilla y al final nos recomendó ir a la zona sur. ¿A la zona sur en dónde exactamente?, pregunté tajante. No sé con exactitud dijo el señor, pero por allí debe haber ese tipo de lugares. Aquí no, apuntó, en el centro no hay nada de eso. Ya dije, muchas gracias. El tío se fue moviendo la cabeza de un lado a otro. Pregúntale a un taxista, me dijo Alberto, los taxistas siempre saben ese tipo de cosas. Bien pensado dije y no había terminado de decirlo cuando me acerqué a uno. Estaba parado cerca de la Iglesia. Tío, le dije asomándome por la ventanilla, necesito ir a un bar, ¿tú puedes llevarme? El taxista me miró extrañado, el centro estaba lleno de bares y no era imprescindible coger un taxi. De todos modos dijo que sí, que él podía llevarme. Ya dije, pero quiero saber si tú puedes recomendarme uno… El taxista pensó. Antes de que dijera algo, dije: uno… ya sabes… con mujeres. Mujeres de la vida galante. Putas. El hijoputa rió y dijo claro, claro, pues para eso debemos ir a la zona sur, allá están todos esos lugares. Ya dije, muy bien, ¿cuánto me cobras por llevarme? Luego de meditarlo unos segundos, segundos en los que debió pensar, como buen taxista de mierda, esté tío no es de aquí, dijo: treinta pesos. ¿Cuánto hacemos hasta allá?, pregunté. Unos quince minutos, dijo. Ya dije, vale. Y me largué. Regresé con Alberto y le conté el asunto. Treinta pesos por quince minutos de viaje me parece justo, dijo. Estuve de acuerdo. Como buenos chilangos Alberto y yo analizábamos el costo-beneficio de todo, y regateábamos los precios, aunque esta parte se me daba mejor a mí, de absolutamente todo. Incluso del hotel. Nos hospedamos por doscientos cincuenta pavos en un hotel de trescientos la noche. 

 Con la información en nuestras cabezas regresamos al hotel. El hotel se llama San Martin y no podía ser de otro modo. Lo intentamos, de verdad que lo intentamos, pero el hotel San Martin fue la mejor opción que encontramos. Buscamos en las posadas. Las posadas cobraban cien pavos por persona la noche, y no tenían baño privado. El baño privado es importante. Doscientos pavos desembolsados por un sitio sin baño privado no es mejor que ciento veinticinco pavos con baño privado y agua caliente. Porque además, en el hotel San Martin las habitaciones son para dos personas. El caso es que regresamos al hotel y dormimos hasta el atardecer. No podíamos ir a la zona sur a las dos de la tarde. La acción en los burdeles comienza al anochecer. 

 No pudiendo contener las ansias, llegamos a El mil amores a las seis de la tarde. Salimos del hotel y preguntamos otra vez. Luego de algunos intentos en vano, obtuvimos el dato. Vayan a El mil amores, nos dijo un promotor de bares. De esos que te dan una tarjeta y te invitan a conocer el lugar. ¿En este lugar hay putas?, pregunté cuando me dio la tarjeta. Caminábamos por la calle de Guadalupe victoria y en la esquina con Utrilla nos interceptó. ¿Buscan bar?, dijo y tomé la tarjeta. Rió a mi pregunta y negó con la cabeza. ¿Dónde podemos encontrar un bar de putas?, preguntó Alberto. En la zona sur, respondió. No cabía la menor duda. La zona sur. ¿Conoces uno que puedas recomendarnos?, preguntó Alberto. El tío, que era un tío de unos dieciocho años nos recomendó visitar el famosísimo Mil amores. ¿Dónde queda exactamente?, preguntó Alberto. Tú nomás dile al taxi que te deje en El mil amores y ya. Vale dijo Alberto y nos despedimos dando las gracias. 

 Me acerqué a la ventanilla de un taxi y se lo dije. Le dije: cuánto por llevarnos a El mil amores. Treinta contestó sin titubear. Miré a Alberto y estuvo de acuerdo con la cuota y le dije al taxista vale, date prisa. Sí, llegamos demasiado temprano. A las ocho empieza la variedad, nos dijo el encargado del bar. Y eran las seis con quince. Es tu culpa me dijo Alberto, si no fueras tan pinche calentorro… ¿Mi culpa?, exclamé, si el que quiso venir aquí fuiste tú. Yo quise venir porque sé que te gusta venir, se defendió. Pues sí dije, me gusta, pero esta vez fuiste tú quien quiso llegar temprano. Qué va, dijo, si no fuera por tu imperante necesidad. Lo discutimos mientras caminamos sobre la avenida, que era una avenida desierta, y contrario a lo que pensamos, no había más que otro prostíbulo en la zona. El centro nocturno no sé qué coños. Entramos a mirar y ya había un par de chicas sentadas en sillas plásticas. Pero por alguna razón nuestro deseo era gastar los centavos en El mil amores. Es un buen nombre para un putero, pensé, tiene clase. 

 Caminando sin rumbo llegamos a una iglesia, no lejos de los bares, y nos sentamos en la banca de la iglesia a esperar la noche. Ninguno de los dos comentó nada sobre la iglesia pero se entiende: En la banca de la iglesia a esperar el desfile de prostitutas. 


 Fue allí, en El mil amores, donde lo entendí. Hace dos meses o algo yo conocí a una tía, una jeba sensacional que me robó el corazón. Pero yo no lo sabía. Lo sospechaba, lo creía o lo intuía pero hasta ese entonces no lo sabía. No a ciencia cierta. Lo supe cuando la extrañé en medio del bullicio de la noche de arrabal. Extrañaba su aliento y extrañaba su mirada. Extrañaba su voz y sus palabras. Las putas bailoteaban por el bar y yo las miraba mover sus carnes al aire, las miraba y las sentía, pues sabiéndonos turistas se acercaban a Alberto y se acercaban a mí. Alondra se sentó sobre mis piernas y me pidió le invitara una cerveza. Alberto me miró dando el beneplácito, diciendo: vamos, tío, se un caballero, invítale una cerveza a la dama. Vale dije, ¿cuánto valen? Cien pavos dijo Alondra y mirando a Alberto contesté: ¡cien pavos! Alberto me miró negando con la cabeza, no creyendo que yo fuera tan puñeteramente tacaño. Ya dije, vale, pídete una cerveza. No pasó ni un segundo cuando Alondra tenía una cerveza en la mano. Dio un sorbo a la birra y comenzó a moverse sobre mí. Tratando de levantar el asunto. De tocar el asunto con las nalgas y de prender la cosa, y de sacarme otra cerveza. Pero la cosa no se levantó. Increíblemente  la polla no se levantó. Y yo sabía por qué. Alondra no lo sabía. Se movía suave o fuerte o como sea porque del levantamiento de esa parte mía dependía su supervivencia. Si lograba pararme la cosa, si lograba calentarme lo suficiente… Pero yo no estaba ahí. No estaba ahí con Alberto ni con Alondra ni con ninguna de las putas de El mil amores. Yo, Petrozza, que había gastado la vida en pegarle al trago y en echar los más posibles polvos, no estaba ahí. Estaba en otro lado. Con otra persona. Pensando en ella. En la jeba que me había quitado lo mamarracho a base de cariño sincero. Y no lo podía creer. Sentía por esta mujer un amor tan grande, una desesperación tan grande, que en medio de tanto placer no podía hacer otra cosa que pensar en ti.


sábado, 14 de mayo de 2011

Nomás el nombre.

Texto por: Elena Larios


Me gusta el sexo y mucho, me encanta coger; a veces me pregunto si todas las chicas dedican muchos de sus pensamientos a fantasear con sexo. Yo lo hago casi todo el día, es una cosa tan cotidiana y natural como mis gestos, simplemente aparecen y la elaboración varía, según la circunstancia o lo que esté haciendo. Todos los hombres que he visto y me gustan han pasado por la cama de mi cabeza, sin excepción. Eso provoca serias batallas internas cuando estoy cerca de alguno de ellos: constantemente me encuentro al borde de insinuarme valiendo madre que sea mi amigo, el novio de alguien o que lo acabe de conocer y después tenga que limpiar dolorosa y tramposamente mi consciencia. Tampoco es que sufra mucho, debo confesar que me encanta susurrarles al oído, nada explícito, simplemente hacerles saber que se me ocurren cosas interesantes. Adoro estudiar sus reacciones y si la situación resulta suficientemente controlable, no dudo en realizar la fantasía, no sin antes planearla cuidadosamente, por cuestiones de seguridad y esas cosas. 


 Una de esas noches en que el calor se desbordó de mis manos, soñé que me cogía a Martin Petrozza, cosa que al despertar me sorprendió muchísimo porque no lo conozco, me cogí en sueños a un tipo que no tenía cara ni cuerpo, nomás el nombre. Comencé a darle vueltas al asunto y descubrí que mi fantasía tenía posibilidades de realización porque si lo que el tipo escribe es cierto, no sería difícil encontrarlo sin salir de mi zona segura ya que vivimos bastante cerca. Ese día se anidó en mi cabeza la idea de tirarme en la realidad a Martincito Petrozza, a ver si era cierta su fama de Casanova. Soy bastante obsesiva así que comencé a planear el asunto con todo cuidado, tomando en cuenta cualquier contratiempo que pudiera obstaculizar mi objetivo, empezando por la posibilidad de que cuando lo viera se me quitaran inmediatamente las ganas. Me paseé por el centro de Tlalpan la tarde el viernes sin éxito, el lunes tampoco hubo nada, me aburrí fácilmente y sólo anduve por ahí un par de horas, por momentos me preguntaba qué carajos hacía ahí y me reprochaba por  hacer planes de hueva. Martes. 


 El miércoles lo vi sentado en una de las mesitas de café que dan a la calle, el corazón me latía muy rápido y eso me exasperó, aún así me acerqué. Disculpa, ¿tú eres Martin Petrozza? Irritado bajó el libro de Stendhal que tenía en las manos, su gesto cambió cuando me vio, y contestó con una sonrisa: depende de para qué se me necesite. Lo sabrás si me esperas aquí unos minutos, enseguida vuelvo. Claro, contestó sin disimular la curiosidad. Bien, hasta ahora todo va bien, sigue siendo atractivo, esperemos que ninguno de los dos la cague, pensaba mientras caminaba a la vinatería. Compré una botella de whisky, condones, una botella de agua, chicles y una cajetilla de cigarros. El cabrón tenía fama de vividor y no me iba a arriesgar a pasarla mal porque el tipo es un roto, no tengo ningún problema con ser yo la que pague el asunto con tal de que las cosas salgan como las imaginé, por lo menos aquellas que puedo controlar. Guardé todo en mi bolsa y regresé a la plaza. 


 Tomé asiento y pregunté por qué me miraba de esa manera, para mi sorpresa no se veía irritado por la interrupción y dijo: ¿A qué se debe tanto misterio? ¿Tú eres Martin Petrozza? Volví a preguntar pensando en la posibilidad que no fuera él y estúpidamente le hubiera creído a la primera. Sí, ¿y tú? Elena, ¿y de qué la haces en la vida? Algo me dice que ya lo sabes, pero no quiero ser grosero, así que diré que me dedico a escribir, entre otras cosas. Su arrogancia me exasperaba pero no lo suficiente para mandarlo al carajo, es más, hasta me gustaba. Verás, es muy sencillo: resulta que tengo en mente un plan, que según yo te puede interesar, el problema, o potencial problema, es que hay una serie de condiciones que deben cumplirse si decides que quieres llevarlo a cabo. No puedo decidir eso si no sé de qué se trata, soltó secamente. Estaba muy nerviosa y no me decidía a decirlo. Se lo dije y sonriendo contestó que no me preocupara. Estoy para servirte, además muero de curiosidad. Soñé que tú y yo cogíamos y no estuvo nada mal, así que vine a proponerte la realización de ese sueño. ¿Dónde firmo? Dijo con una sonrisa maliciosa. Me pareció bastante simpático y llamó mi atención que no se pusiera paranoico, bien podía ser una loca con tremendo cuchillo en la bolsa, cosa que era verdad, sólo por precaución, pero parecía que ese pensamiento no pasaba por su cabeza.


 La primera condición es que tiene que ser hoy, en tu casa. Hecho. Pero, si no llegamos ahí caminando y en menos de 20 minutos olvídalo, además me tienes que explicar en dónde está. Eso no es problema, seguía sonriendo, ¿qué más? Cuando yo diga no, es no, sin chistar, si te pones pesado yo me pongo el triple. Dudó un momento pero aceptó. Hasta ahora todo va muy bien, pero antes de que continúes debes saber que no tengo nada que ofrecer en casa, más que buena música, agua y hielos. No pude evitar reírme, me gustaba porque era un cínico, los patanes honestos no me parecen tan patanes, detesto a los idiotas que nos toman por pendejas y mienten para que una abra las piernas, Martin no, él era uno de esos idiotas que sin comportarse como cerdos dejan en claro que lo que quieren es follar y que tienen claro que la decisión es nuestra, si queremos coger, cogemos y ya, sólo que unas les gusta hacerse del rogar más que a otras y a unas les gusta que les endulcen el oído más que a otras. Qué bueno que mencionas la música porque eso es importante, yo pongo una canción, luego tú pones una y así nos la llevamos, pero no pueden durar más de 10 minutos. Sabía de su afición por la música clásica, así que con esa condición no podía hacer trampa y obligarme a escuchar obras completas, no es que no me guste, simplemente no era parte del plan. 


 Hecho, contestó casi sin reparar en el trato. Tengo whisky, cigarros, condones y café. Hizo una mueca extraña y aclaré que con café me refería a mota. Yo no fumo esa porquería. Es una lástima dije, porque de verdad se disfruta, y lamentablemente es parte del plan: tienes que fumar conmigo, si no, olvídalo y cuidado con que pretendas decir que sí y luego portarte como marica. No me gusta que me digan qué hacer, no fumo mota o café o como le llames y punto. El tono de sus palabras me hizo enojar, pero tranquilamente contesté: ok, como dije, existen condiciones, y como no estás de acuerdo ya me voy, fue un placer Martin Petrozza… a medias. Me levanté de la silla y caminé sin voltear, a los pocos segundos me gritó ¡Hey! ¡Guapa! Elena, dije mientras regresaba a la mesa. ¡Vale, lo que tú digas! Se veía irritado y eso me gustaba, porque a pesar de su molestia se notaba que quería salir corriendo a casa conmigo y saciar la mutua curiosidad. No te preocupes, no te va a pasar nada, es más te garantizo que te va a gustar, claro, siempre y cuando no te predispongas. ¿Algo más? preguntó. Mmm, creo que no. Bueno, pues vamos. Para mi sorpresa se levantó, me ofreció su brazo y comenzamos a caminar, sin pagar el café, lo cual me intrigó pero estaba más ocupada pensando en lo que seguía. 


 Efectivamente su casa no estaba lejos. He aquí mi hogar, es usted bienvenida. Gracias, pero falta algo antes de que entremos, dame tu dirección completa, dije mientras marcaba el teléfono. ¿Para qué? Preguntó un poco alarmado, para pedir un taxi. Ya, dijo. Pedí que llegara a las 10 de la noche, 4 horas me parecían suficientes, mandé un mensaje a Claudia pidiendo que anotara esa dirección y que si no me comunicaba con ella a las 10:30 llamara a alguien, que no se preocupara y no dijera nada a nadie, después le explicaría con lujo de detalle la aventura.


 El lugar no era un palacio pero se encontraba aceptablemente limpio y ordenado, las casas de uno que otro amigo son peores, comenté sincera y amablemente cuando se disculpó por el desorden, no sé si lo imaginé pero me dio la impresión de que estaba igual de nervioso que yo. Saqué el whisky, los condones y los cigarros y los puse en la mesa de la sala. Mientras iba por vasos, comencé a curiosear el estéreo hasta que encontré el cable para conectar el iPod, pedí mi whisky con agua. Escuchábamos a Kula Shaker en lo que yo limpiaba y él servía. Me preguntó por qué me gustaba fumar mota, a lo que yo respondí con la verdad: me enamoré de lo nítido que era el mundo cuando uno está pacheco, mi capacidad de discriminación se agudiza placenteramente y uno difícilmente se siente agobiado. Ya, contestó, yo prefiero el alcohol. Ya lo sabía, a mí me gusta, pero no lo prefiero, detesto ponerme hasta el culo, detesto a los imbéciles comportándose más estúpidamente de lo habitual, los borrachos son muy egoístas. Con la mota no pasa eso, jamás se verá a alguien que sólo haya fumado mota siendo agresivo, cosa que con el alcohol es muy sencillo, entre otras linduras que no tolero del exceso de alcohol. Lo peor que puede pasar es la seca y que te de hambre, fácil de arreglar. Bueno, pues ya veremos, contestó con una expresión entre curiosidad y fastidio, como si estuviera emocionado y le molestara. Bebimos el primer whisky hablando de cuestiones sin importancia y cuando lo terminamos yo ya tenía el porro listo.

 ¡Salud! dije mientras lo encendía y daba las dos primeras fumadas. No tengo que explicarte que hay que retenerlo el mayor tiempo posible ¿verdad? Me ofende que pienses que nací ayer, contestó irritado. No lo digo por eso, sino porque si veo que te quieres hacer el listo y fumar como puñetas de secundaria me largo. Sonrió sin decir nada, tomó el porro de entre mis dedos y le dio tres buenas fumadas, como si hiciera aquello todos los días. Me levanté por más hielo y serví la siguiente ronda de whisky. ¡Wow! Lo escuché decir. Sí que estoy pacheco y sí que se siente bien, las veces anteriores no podía decir que la estaba pasando bien. ¿Ves? Sólo hay que soltarse un poco y hacer cosas que valgan la pena como escuchar música; difícilmente fumo si no estoy escuchando música o viendo una película con mucha estimulación visual y una buena historia. Ya, dijo, ¿qué te parece si ahora me complaces con algo de Jeff Buckley?. Pasamos una hora de lo más contentos hablando de música, libros y películas, sin choques de personalidad incómodos, nada fuera de lo común. Yo en verdad me sentía cómoda y no reparé en la cantidad de whiskys que el tipo se había zampado en ese tiempo, yo no bebí a la par suyo, pero él sí fumó  a la par mía. Me di cuenta de que la cosa se había jodido cuando demoró en el baño. 


 Al salir se dejó caer en el sillón con la mirada perdida. Me siento jodidamente mal, es esa cosa tuya, he bebido como siempre y jamás me había pasado esto. Estaba muy molesto pero no hacía gran alboroto. Se llama pálida, le dije sin poder evitar reírme, casi siempre es muy chistoso cuando a alguien le da la pálida, si hay mucho alcohol de por medio se quita hasta que uno vomita, pensé. Eso pasa cuando no estás acostumbrado y mezclas como lo has hecho tú con las cantidades que te has metido de ambas drogas, pero no te preocupes, lo único que debes hacer es calmarte, respirar y beber agua. ¡Joder tía, me siento de la verga! Me gritó, ¡no se me va a quitar con agua! Sus palabras y el tono me hicieron sentir mal, como niña regañada, lo cual no duró más de cinco segundos, que al terminar se convirtieron en genuina exasperación. Mira pendejo, no me gusta cómo me estás hablando, deja de lloriquear y tómate el agua, ¿o qué pretendes hacer?, ¿acusarme con tu mamá?, ¿llamar a un doctor?, deja de exagerar, te prometo que si haces lo que te digo se te quita en quince minutos. Comenzó a beber agua con los ojos cerrados, despacio y sin decir una palabra, medio sentado en el sillón. Pasados diez minutos me senté frente a él sobre sus piernas y le pregunté al oído como se sentía, comencé a besarlo y la erección debajo de mi falda contestó a mi pregunta.


 Cuando estuvimos satisfechos volvimos a fumar y continuamos bebiendo desnudos hasta las 9:50. Me vestí y nos despedimos como si hubiera una especie de viejo afecto fraternal e incluso, para mi sorpresa, se disculpó por haberme gritado. Me acompañó a la puerta, subí al taxi y me despedí con la mano una última vez. No fue como lo soñé pero tampoco estuvo mal,  puede que un día de estos lo visite de nuevo.






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