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Blog autobiográfico." Cuando escribo no pienso en el lector. Olvido que no todos somos cerdos. Ese es mi gran error. Y el de ellos." Martin Petrozza.

Héroes

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lunes, 30 de mayo de 2011

La literatura.


La literatura  es un monstruo, que te come. 
Pero no es uno de esos monstruos que te comen de un mordisco, no. 
Es, más bien, como un montón de hormigas carnívoras del África.
La literatura es como un saco de esas putas hormigas del África, 
o de dónde mierda sean, 
echado sobre ti. 
Comiéndote a pequeñas dentelladas. 

La literatura es, 
como las sirenas que embelesan a los Argonautas,
que te embelesan con un tremendo par de tetas,
pero que al final son un puto monstruo. 

¡Una Medusa!, 
¡Un espejismo!,
¡Una ilusión! 

Un oasis en el desierto. 
Un oasis para los sedientos, 
para los sedientos de otra cosa… 
de otra cosa que no sea la puta vida, 
que te vende una felicidad inexistente, 
¡un buen empleo!, 
el seguro de tu auto, 
¡un auto! 
Una secretaria buenaza. 
Placebos para bajar de peso,
o tónicos para follar de a diez. 

La literatura, 
¡la mierda literatura!,
que me arrancó el alma. 
Un alma atormentada. 
Atormentada por el alquiler, 
por la comida, 
por un par de zapatos nuevos, 
por un auto que me dé buenos kilómetros por litro.

¡Eso es la literatura! 
Una cosa terrible, 
que te encanta, 
que te atrapa y te come como un maldito monstruo. 
Pero no es uno de esos monstruos que te comen de un mordisco, no.






Imagen por: Patricia Ariel.

miércoles, 25 de mayo de 2011

El hombre decente.


Por aquel entonces (aquel entonces quiere decir cualquier momento en los últimos doce años de mi vida) yo era un borracho y un gilipollas. La gente solía pensar que yo tenía estilo y cierta gracia, y que ser un borracho y un gilipollas era lo mejor que podía pasarle a cualquiera. Tienes estilo, muchacho, solía decirme la gente, tienes carisma y tienes cierta gracia que hace que uno no pueda enojarse con tus gilipolleces. Lo que no significa que no sufriera. Sufría todo el tiempo. Beber era una manera de calmar el sufrimiento. De ahogar la depresión entre risas, mujeres y alcohol. Porque además del alcohol, las mujeres también eran parte constante e importante de mi vida. Una forma de hacer más llevadera la carga de vivir. Eres bueno con las mujeres, Petrozza, me decían pero yo solía decir: no soy bueno, tío, soy constante. Y supongo que esa era toda la gracia a la que se referían. Reían y me palmeaban la espalda. Se creían que mi vida era la gran cosa. Sin embargo yo era una especie de bestia, y ese era mi castigo por ser tan gilipollas. La mayor parte del tiempo llevaba los ojos rojos, ojos de de bebedor consuetudinario, y la polla levantada. Yo era esclavo de mi polla. Bastaba una palabra, una mirada, un aroma, un gesto, para levantarme la cosa. Un vehemente deseo de hacerlo se apoderaba de mí causado por el mínimo suceso.  Un par de pies podían ponerme sobre manera. Una mujer de cabello quebrado, o rizado, podía prenderme. Una mujer de cabello lacio, también. Una niña de doce años, o una niña de cuarenta, podían prenderme. La lengua de una mujer ligeramente asomada entre los labios. Unos labios. Una mujer suspirando, una mujer dormida, una mujer molesta o una llena de alegría. Una mujer caminado, una mujer maquillándose, una mujer bailando, una mujer. Una mujer vomitando. Sí, incluso una mujer vomitando llegó a prenderme. Recuerdo que la miré hacerlo en el patio de la casa de alguien. Era una fiesta o algo y yo estaba en el patio, fumando un cigarrillo y alejándome del bullicio de sociedad cuando ésta jeba salió, se plantó en una esquina del patio y comenzó a vomitar. Lucía muy bien. Enserio. Ya sabes, una jeba allí, enfrente de ti, doblada por la cintura y con el culo al aire. Sentía ganas de cogerla por sorpresa. Prácticamente no existía mujer o situación que no me levantara los ánimos. Era un castigo, Dios. Pues la mayor parte del tiempo, claro, no podía cumplir mis deseos. Pero todos los tíos a los que se lo contaba se creían que era la gran cosa. No tenían idea. 

 Estoy hablando de ser verdaderamente un borracho. Estoy hablando de dejar el curro por un trago. De dejar a tu mujer por un trago. De dejar la vida por un trago. Y estoy hablando de las mujeres como un calvario. No terminaba de salir de una cuando ya me venía otra y todas, todas, siempre e inevitablemente, locas y terribles. Con la mayoría no pasaba de las dos semanas. Y las que me aguantaron más de eso, honor a quien honor merece, eran valientes mujeres. Pero al final, siempre locas. 

2

Petrozza, me dijo Verónica Pinciotti, ¿cuándo piensas sentar cabeza? Verónica hace tiempo que deseaba mirarme sentar cabeza. Primero se enganchó conmigo porque era un hijoputa con estilo y ahora me pedía sentar cabeza. No era tan distinta al resto de las mujeres después de todo. Sentar cabeza, dije despacio y exhalando el humo de un cigarrillo. ¿Qué es sentar cabeza?, pregunté haciendo el indio. Rió y dijo: ya sabes, sentar cabeza. Estábamos en mi casa. Verónica había traído whisky y cigarrillos. Y también había traído sus tremendas peras. Sí, señor. Y a la mitad de lo que pudo ser una magnífica velada, me pidió sentar cabeza. Ella, que había traído whisky y cigarrillos, ella que me pagaba las más de las veces el trago, que me arrimaba el culo y me sonsacaba, ella, Verónica Pinciotti, me pedía a mí sentar cabeza. Ya dije, pues no lo sé. Verónica se sentó sobre mis piernas (yo estaba sentado sobre el viejo sofá) y me susurró al oído, con su bello aliento alcohólico que debía hacerme un hombre decente si deseaba… ya sabes, dijo… algo serio conmigo. Escupí una bocanada de whisky y me la quité de encima. Reí a carcajadas. La tía me estaba chantajeando o algo. ¡Un hombre decente!, exclamé, ¡sí yo ya soy un hombre decente! Probablemente soy el último hombre decente. ¡Todos son unos hijos de puta!, dije, todos son unos hipócritas, unos lame culos. Yo soy un hombre decente, dije tajante. Y lo era. El más grande de mis pecados era ser un hombre decente. Lo sé dijo Verónica, no me refería a eso. ¿Entonces?, dije con tono de obviedad y alzando la manos. Yo sabía bien a qué se refería. ¿Acaso crees que un hombre decente que bebe, no puede ser un hombre decente porque bebe?, pregunté.  No, no, dijo, no es eso, es sólo que… Es sólo que qué, dije indignado. Olvídalo dijo y sirvió otra ronda de whisky en las rocas. 

 Yo no lo podía creer. El padre de Verónica, la sociedad de verónica, las cosas contra las que Verónica misma ha luchado toda su vida, la habían poseído. Le habían vendido la idea de que un hombre decente es un hombre que no bebe. No de la manera que yo, al menos. Puedes ser un criminal, un político, un estafador, un comerciante listillo, un empresario sin escrúpulos, y ser al mismo tiempo un hombre decente. Pero si bebes… Prefiero ser un borracho noble. Un borracho que no miente y que no se vende por nimiedades. Más vale ser un borracho decente, dije, que un hijoputa cabrón. Ya dijo Verónica resignada, no es para tanto. No te pongas así. Y se sentó de nuevo sobre mí. La tomé de la cintura, la apreté y atraje hacia mí. Le besé el cuello y cuando llegué al oído, le dije en voz queda: si hay algo de mí que no te guste, o que a tu padre no le guste, me lo puedes decir. Verónica dijo que no, que todo estaba muy bien. Pero la verdad que todo estaba muy mal. Yo la entendía en cierta medida. Verónica no era una mujer sin criterio. No era una imbécil. Todo lo contrario. Yo lo sabía perfecto: ella no se tragaba los discursos de su padre ni de la sociedad. Era una zorra interesada, una cínica y una cabrona. Sin embargo ahora, no lo hacía por ella, lo hacía por mí. Quería con todas sus fuerzas que yo fuese aceptado en su sociedad. No le importaba convertirme a mí en un hipócrita. Sí, Verónica Pinciotti era una cabrona. Ella podía seguir siendo todo lo hedonista, tirana y zorra que quisiera pero yo, yo debía convertirme para su capricho en un hombre decente. Deseaba poder decir a su padre estoy con Martin Petrozza sin que éste se infartara. Siempre mentía sobre su paradero cuando salía conmigo. Sobre todo cuando iba a mi casa. El Sr. Pinciotti me consideraba el peor de los mortales sobre la Tierra. Sólo porque me gustaba pegarle al trago. Era un juicio injusto. Yo mismo le había mirado a él salir hasta el culo de caballo del salón de su casa. Se emborrachaba con todos esos amigos suyos, politiqueros de mierda. Hombres decentes, diría él. Hombres decentes que se reúnen a planear cuartadas de “fraude lega”. Y es que para ser decente hay que tener plata. Y ese era otro de mis problemas. Yo nunca tenía plata. Era un roto en toda la extensión de la palabra. 

3

Oye, Petrozza, me dijo Garrison, ¿no crees que ya sea tiempo de que te hagas un hombre de bien? ¿Un hombre de bien?, pregunté asombrado, ¿es que acaso soy un hombre de mal? Garrison rió y dijo no, no, pero… ya sabes, un hombre de bien. Creo que deberías coger un empleo, como la gente decente. En aquel entonces yo no tenía empleo y aunque había cogido algunos empleos en mi vida, no pasaba de los seis meses cuando ya los había botado. No dimitía. Simplemente me ausentaba hasta que lo entendían. No sé dije, me parece que con o sin empleo, yo soy un hombre de bien. No soy un ladrón dije, no engaño a las personas, no trafico con drogas ni hago trata de blancas. No secuestro personas ni estoy en la política. Soy un hombre de bien, ¿qué no? Garrison no dejaba de reír pero en algún momento se puso serio y dijo ya es tiempo de que cojas un empleo, enserio, y te hagas un hombre de bien. Garrison no concebía la idea de un hombre de bien sin empleo. Para él, como para casi todo el mundo, un hombre no podía ser un hombre de bien sin tener un curro serio. Puedes vender tu alma a un empleo y ser un ente desalmado, vender imposibles a los pobres, cobrar intereses a los morosos, defender a los culpables ante el juzgado, dar clases de guitarra a adolescentes que echarán a perder sus vidas por el sueño del rock and roll, enjaretar tarjetas de crédito a pobres inocentes, pero, si no tienes un empleo…

 Garrison dio un sorbo al whisky y anunció que recién le había admitido como profesor de letras clásicas en el Tecnológico de Monterrey. Entonces lo entendí: se creía un hombre de bien. Un hombre decente. Vale dije, lo pensaré, quizá coja un empleo. Yo no comprendía la relación entre la bondad de una persona y laborar. Uno puede ser un buen hombre sin empleo, de eso no tenía la menor duda. Yo era el mejor de los ejemplos. Bebí el último whisky y me largué. 

4

 Estaba en casa de Sara cuando llegó nuestra primera discusión fuerte. Hace tres meses que salíamos y a decir verdad ya había tardado en llegar nuestra primera discusión fuerte. Sara era una mujer preciosa que me cayó del cielo. Que fuera una mujer preciosa no significa que yo tuviera suficiente. Ya lo dije: las mujeres eran mi tormento. Discutíamos sobre la siguiente línea: creo que deberías tenerme más respeto y ser menos… mujeriego, dijo Sara. Luego agregó: me gustaría que fueras un hombre decente. Y dale con lo mismo, pensé, ¿pues la imagen de qué monstruoso o ser he creado a los ojos de mis amigos y de mi novia? Vamos le dije, que folle otras mujeres no significa que te ame menos. Sara no quedó muy convencida. Sin embargo yo no mentía. Mentir era lo último que haría. Si hay algo que odio es la mentira. No mentía, repito, amaba a Sara por encima de las demás. Se lo demostraba a cada momento que compartíamos juntos. Pero no le bastaba. No importa cuánta pasión pusiera yo en un beso o al hacer el amor, exigía devoción absoluta. Vivía en el pasado. Que si el fin de semana pasado te acostaste con tal… o que si el mes pasado le pediste el número de móvil a tal… Etc. Decía que yo no era lo suficientemente bueno. ¿Qué quería de mí? Si le había entregado el alma. 

 Pienso que hay dos tipos de infidelidades, a saber: la física y la sentimental. Juro por mi vida que amé a Sara y amé a todas las mujeres con las que me ennovié, y que jamás, en ningún momento he sido ni fui con Sara sentimentalmente infiel. Pero la polla es la polla y la mía, tenía una inmensa sed que yo debía saciar. Sara sin embargo se pensaba que yo era una mala persona por engañarla. Aunque, si somos justos, yo nunca la engañé. Jamás me cuidé del chisme de mis correrías. Si Sara llegaba y me preguntaba es verdad que… Sí, le decía yo, es verdad. Hubiese dado la vida por Sara, lo mismo que en su momento, hubiese dado la vida por Carolina. O por ella. O por cualquiera de las mujeres con que salía. Incluso hubiese dado la vida por cualquiera. No soportaba la injusticia. A los trece años me partieron la cara por defender a un amigo fiel. Si me lo hubiese pedido yo hubiese ayudado al mismísimo Diablo. Mi alma era un alma sensible. Me deprimía por los pueblos oprimidos de Oriente, a pesar que odiaba a Oriente. Me afectaba el hambre extrema de algunas comunidades del planeta. No soportaba la idea de que una mujer fea (lo peor que te puede pasar en la vida es ser una mujer fea, pensaba) se perdiera de un buen polvo sólo por ser fea. Si un indigente en la calle me pedía una moneda, era capaz de entregarle todo mi capital (siempre poco) con tal de salvarle el día. Y ahora Verónica, Garrison y Sara me salían con que yo no era un hombre decente. 

 Si deseas continuar conmigo tienes que dejar de ser un cabrón, me dijo Sara aquella vez. ¡Un cabrón yo!, grité, pero si eres tú la que me ha robado el corazón. La que me ha domesticado con su belleza y su cariño (y con su droga, pensé). Y eres tú la que amenaza con acabar sólo porque he echado algunos polvos fuera de la relación. Como si eso significase algo. Eres tú la que egoístamente me pide ser esclavo de tus deseos. Tú eres la indecente. Drogándote todo el maldito tiempo, Dios. “Pagando la cuenta de gente sin alma que pierde la calma con la cocaína.” (J. Sabina)

 Sara no se lo tomó muy bien. Yo me mantuve en mi posición: ¡yo era un hombre decente! Quizá de los pocos que quedan aún sobre la faz de la Tierra. 

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 Rey Hernández me invitó a por una cerveza y todo iba muy bien hasta que el bocazas dijo: Petrozza, ya deja de ser un hijoputa. Sabía dónde iba a parar cosa: en la duda de mi decencia. Ya tenía suficiente de aquello. Me levanté de la mesa y lo dejé con sus ideas sobre el hombre decente. Quizá no iba a decirme nada de eso pero yo me pensé que sí y lo dejé allí un par de minutos. Luego regresé. ¿Qué clase de hombre deja a un amigo así como así? Me senté a la mesa y le pedí disculpas, necesitaba respirar aire puro, le dije, y Rey no tocó el tema de mi decencia en toda la noche. Era un buen tío. 

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¿Yo era un hombre decente? “Que tire la primera piedra quien esté libre de pecado.”  ¿Quién o qué es ese mítico hombre decente? 




sábado, 21 de mayo de 2011

El mil amores.


En la zona sur del pueblo de San Cristóbal de las casas, Chiapas, hay un prostíbulo. Es un prostíbulo y centro de bailarinas nudistas. Quien frecuenta este tipo de lugares entenderá lo que quiero decir: un prostíbulo y un centro de bailarinas nudistas, que no es lo mismo que un prostíbulo o un centro nudista por separado. El lugar se llama El mil amores, y fue allí, en El mil amores, donde comprendí que el verdadero amor se encausa a amar a una sola mujer. De los mil amores que tenía... ya nomás me queda uno, uno, uno… Lo comprendí cuando Alondra, la puta buenaza que tenía sobre mis piernas (y estaba sobre ellas porque le invité una cerveza ¡de a cien pavos!) se levantó, harta de mi negación a gozar de sus placeres. La miré largarse moviendo el culo como diciendo “tú te lo pierdes, muñeco”, y contrario a los últimos quince años de mi vida, no sentí el ímpetu vehemente de correr y follar a esa mujer, o a cualquier mujer. Sí, creo que así fue como lo entendí: tío, estás enamorado, me dije. Petrozza, me dije, esta vez estás enamorado. Has picado el anzuelo, capullo. Mi amigo (había ido a todo eso con un amigo), viejo compañero de farras y de putas preguntó qué demonios te pasa, jamás te había mirado así. Ya dije, no lo sé… supongo… que esta vez… sencillamente no tengo ganas. Carajo dijo, ¿estás seguro? Asentí con la cabeza dando una fuma al pitillo y entrecerrando los ojos enfoqué a una puta preciosa, una menor o algo, delgada y de tez blanca, con unas tetas de ensueño y vestida con poca ropa. Sí, dije, estoy seguro. Lo bueno de los prostíbulos de provincia es que aún se puede fumar en ellos. ¡Como quieras!, exclamó mi amigo y se levantó cogido de la mano de una prostituta panameña. Caminaron a una de las esquinas del bar y se perdieron tras una cortina de abalorios. La puta panameña estaba muy bien. Vestía un neglillé y le saltaba la carne por los lugares que suele saltar la carne a las tías buenas enfundadas en un neglillé. Era morena pero llevaba el cabello, un cabello rizado a lo africano, pintado de dorado. Lucía como una joya exótica traída desde el Panamá. Y seguro que lo era. Me ordené una cerveza y esperé. No tuve que esperar demasiado, una panameña así te saca la leche en pocos minutos. Cuando mi amigo regresó nos largamos. Bebimos el resto de nuestra cerveza al hilo, y regresamos al centro de San Cristóbal. Con los gringos y con los hippies. Porque San Cristóbal es un pueblo lleno de gringos y de hippies. 

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Cómo llegué a Chiapas es un misterio para muchos. Me lo dicen. Me dicen: Petrozza, ¿cómo hiciste para viajar a Chiapas? Es de saber popular  que soy un roto y que improbablemente pueda pagarme un viaje a Chiapas, o cualquier lado. Se olvidan que yo lo he dicho todo el tiempo: si no pones resistencia la vida te arrastra por caminos insospechados, como el oleaje del mar arrastra un trozo de madera hasta la playa. Esta vez el mar de la vida me arrojó a la selva. 

 Recibí la llamada un viernes por la tarde o algo así. Era un viejo amigo al que llamaremos Alberto. Bien, Alberto había logrado colocarse como empleado del Banco, cosa que yo ya sabía, y me anunciaba que el Banco, ente Todopoderoso  y Benévolo, le otorgaba sus primeras vacaciones de siete días. Ya dije, qué bien. Alberto deseaba viajar en aquellos siete días de descanso y no deseaba hacerlo solo así que, antes de mí, llamó a todos sus amigos (que eran pocos) y ninguno aceptó salir. Todos tenían obligaciones y responsabilidades, familias y curros que cuidar. Entonces se acordó de mí. Yo sabía que tú no me dejarías solo, dijo, aunque la verdad le dije que no, que no podía. Me encantaría dije, pero no tengo un quinto. ¡Tengo que aprovechar estas vacaciones dijo, si n o lo hago tendré que esperar al próximo año! Es lástima dije pero enserio, no tengo un centavo, tío. Vamos insistía Alberto, has un esfuerzo, ráscate los bolsillos. Desde su casa, al auricular, Alberto no podía mirarme pero yo realmente rasqué los bolsillos. Salió un billete de veinte pesos. ¡Increíble!, prensé, ¡veinte pavos! Tengo veinte pesos dije a Alberto. Carajo dijo, vale, vale, yo te invito. Lo dijo y cortó las palabras en seco. Lo dijo tratando de no arrepentirse. No tengo dinero, repetí. Yo invitó repitió Alberto seca, fría y rápidamente. Entonces lo entendí: El pobre deseaba tanto esas vacaciones pero no tenía el coraje suficiente para largarse solo. Estaba dispuesto a todo por algo de compañía. ¿Tú invitas?, pregunté dubitativo. Sí dijo, yo invito pero… promete que me pagarás… algún día. Dios dije, no puedo prometer eso, de ser así quizá sea mejor que vayas solo… Vamos dijo, tan sólo promételo, me pagarás cuando puedas… No sé… Anda, no importa, yo invito, me pagas cuando puedas… No sé si sea buena idea, tío… Cuando puedas, cuando puedas… Vale, lo prometo, te pagaré cuando pueda; lo que no prometo es que pueda… Ya, ya, está bien. Colgamos el teléfono. El trato estaba hecho. Los dos sabíamos que Alberto muy probablemente no volvería a ver su dinero, y ambos estuvimos de acuerdo. El siguiente domingo partimos hacia San Cristóbal de las casas en un autobús de trescientos pesos. Nota para viajeros: a la salida del metro Candelaria, en avenida Emiliano Zapata número 107, salen autobuses a Chiapas por trescientos pavos. 

3

 El hombre no deja de ser hombre, los instintos no dejan de ser instintos, y Alberto y yo no dejamos de ser unos calentorros. Bebimos la primera cerveza a eso del medio día, y a la una de la tarde ya estábamos preguntando dónde demonios hay un bar con putas en San Cristóbal. Se lo preguntamos primero al mesero del bar al que entramos. Era un buen bar. Poca gente, cerveza al dos por uno y botana gratis. Botana de camarón. Caldo de camarón. Camarones en jitomate. Etc. El mesero contestó que no tenía idea. Gilipollas de mierda pensé, vivir en una ciudad o en un pueblo o lo que sea, ¡vivir!, y no saber dónde echar un polvo es como estar muerto. O algo peor que estar muerto. Un buen ciudadano debe saber dónde coger, donde beber y donde dormir. Bebimos tres cervezas y salimos de allí indignados de que un tío, y sobre todo, de que un tío mesero, no supiera el dato solicitado. La prostitución, el más antiguo de los oficios, es pilar clave en la génesis de una civilización. Las prostitutas de cada ciudad son cosa de verse. Por ejemplo, las putas jarochas son unas vivales, unas listillas. Pero nada comparado con las putas de La Habana. Las putas de la habana te sacan la vida. Si te descuidas con una de ellas, terminas matrimoniado. Las putas de Morelos son todo lo contrario. Se puede decir que son nobles e ingenuas y hacen grandes descuentos. Las putas de la ciudad de México quieren que te corras en un minuto. Esto, si se analiza, dice mucho de lugar que se visita. En Cuba todos son unos timadores de mierda, quieren sacarte unos pesos por nada y no dejan de exprimirte hasta el último centavo. En Veracruz todos desconfían hasta de su propia sombra. Morelos… bueno, Morelos es la ciudad de la Eterna primavera. Eso lo dice todo. Y en el D.F. todos tenemos prisa. Le dije a Alberto que deseaba follarme a una chiapaneca y que tuviéramos cuidado de no caer en las garras de alguna tía de Guatemala. Necesitaba saber a ciencia cierta con qué clase de gente estaba parado. Y follarme a una de sus mujeres me daría la respuesta.  

 Pregúntale a ese que viene allí dije a Alberto señalando con el cigarrillo. Caminábamos por 20 de Noviembre y hacia nosotros venía un tío con cara de buena vida y pensé que él probablemente supiera donde echar un polvo. No sé dijo Alberto, no parece… Anda, anda, insistí. Cuando el tío pasó junto a nosotros Alberto lo detuvo y le dijo: disculpe señor, mi amigo y yo nos preguntábamos si… de casualidad… (Aquí volteó a ambos lados de la calle) ¿Usted sabe donde hay un putero por aquí? Alberto lo soltó de golpe. El señor se rasco la barbilla disimulando el asombro, era un señor de cuarenta y tantos años y no podía darse el lujo, a su edad, de sorprenderse por una pregunta así. Somos hombres, ¿qué no? Se rascó mucho tiempo la barbilla y al final nos recomendó ir a la zona sur. ¿A la zona sur en dónde exactamente?, pregunté tajante. No sé con exactitud dijo el señor, pero por allí debe haber ese tipo de lugares. Aquí no, apuntó, en el centro no hay nada de eso. Ya dije, muchas gracias. El tío se fue moviendo la cabeza de un lado a otro. Pregúntale a un taxista, me dijo Alberto, los taxistas siempre saben ese tipo de cosas. Bien pensado dije y no había terminado de decirlo cuando me acerqué a uno. Estaba parado cerca de la Iglesia. Tío, le dije asomándome por la ventanilla, necesito ir a un bar, ¿tú puedes llevarme? El taxista me miró extrañado, el centro estaba lleno de bares y no era imprescindible coger un taxi. De todos modos dijo que sí, que él podía llevarme. Ya dije, pero quiero saber si tú puedes recomendarme uno… El taxista pensó. Antes de que dijera algo, dije: uno… ya sabes… con mujeres. Mujeres de la vida galante. Putas. El hijoputa rió y dijo claro, claro, pues para eso debemos ir a la zona sur, allá están todos esos lugares. Ya dije, muy bien, ¿cuánto me cobras por llevarme? Luego de meditarlo unos segundos, segundos en los que debió pensar, como buen taxista de mierda, esté tío no es de aquí, dijo: treinta pesos. ¿Cuánto hacemos hasta allá?, pregunté. Unos quince minutos, dijo. Ya dije, vale. Y me largué. Regresé con Alberto y le conté el asunto. Treinta pesos por quince minutos de viaje me parece justo, dijo. Estuve de acuerdo. Como buenos chilangos Alberto y yo analizábamos el costo-beneficio de todo, y regateábamos los precios, aunque esta parte se me daba mejor a mí, de absolutamente todo. Incluso del hotel. Nos hospedamos por doscientos cincuenta pavos en un hotel de trescientos la noche. 

 Con la información en nuestras cabezas regresamos al hotel. El hotel se llama San Martin y no podía ser de otro modo. Lo intentamos, de verdad que lo intentamos, pero el hotel San Martin fue la mejor opción que encontramos. Buscamos en las posadas. Las posadas cobraban cien pavos por persona la noche, y no tenían baño privado. El baño privado es importante. Doscientos pavos desembolsados por un sitio sin baño privado no es mejor que ciento veinticinco pavos con baño privado y agua caliente. Porque además, en el hotel San Martin las habitaciones son para dos personas. El caso es que regresamos al hotel y dormimos hasta el atardecer. No podíamos ir a la zona sur a las dos de la tarde. La acción en los burdeles comienza al anochecer. 

 No pudiendo contener las ansias, llegamos a El mil amores a las seis de la tarde. Salimos del hotel y preguntamos otra vez. Luego de algunos intentos en vano, obtuvimos el dato. Vayan a El mil amores, nos dijo un promotor de bares. De esos que te dan una tarjeta y te invitan a conocer el lugar. ¿En este lugar hay putas?, pregunté cuando me dio la tarjeta. Caminábamos por la calle de Guadalupe victoria y en la esquina con Utrilla nos interceptó. ¿Buscan bar?, dijo y tomé la tarjeta. Rió a mi pregunta y negó con la cabeza. ¿Dónde podemos encontrar un bar de putas?, preguntó Alberto. En la zona sur, respondió. No cabía la menor duda. La zona sur. ¿Conoces uno que puedas recomendarnos?, preguntó Alberto. El tío, que era un tío de unos dieciocho años nos recomendó visitar el famosísimo Mil amores. ¿Dónde queda exactamente?, preguntó Alberto. Tú nomás dile al taxi que te deje en El mil amores y ya. Vale dijo Alberto y nos despedimos dando las gracias. 

 Me acerqué a la ventanilla de un taxi y se lo dije. Le dije: cuánto por llevarnos a El mil amores. Treinta contestó sin titubear. Miré a Alberto y estuvo de acuerdo con la cuota y le dije al taxista vale, date prisa. Sí, llegamos demasiado temprano. A las ocho empieza la variedad, nos dijo el encargado del bar. Y eran las seis con quince. Es tu culpa me dijo Alberto, si no fueras tan pinche calentorro… ¿Mi culpa?, exclamé, si el que quiso venir aquí fuiste tú. Yo quise venir porque sé que te gusta venir, se defendió. Pues sí dije, me gusta, pero esta vez fuiste tú quien quiso llegar temprano. Qué va, dijo, si no fuera por tu imperante necesidad. Lo discutimos mientras caminamos sobre la avenida, que era una avenida desierta, y contrario a lo que pensamos, no había más que otro prostíbulo en la zona. El centro nocturno no sé qué coños. Entramos a mirar y ya había un par de chicas sentadas en sillas plásticas. Pero por alguna razón nuestro deseo era gastar los centavos en El mil amores. Es un buen nombre para un putero, pensé, tiene clase. 

 Caminando sin rumbo llegamos a una iglesia, no lejos de los bares, y nos sentamos en la banca de la iglesia a esperar la noche. Ninguno de los dos comentó nada sobre la iglesia pero se entiende: En la banca de la iglesia a esperar el desfile de prostitutas. 


 Fue allí, en El mil amores, donde lo entendí. Hace dos meses o algo yo conocí a una tía, una jeba sensacional que me robó el corazón. Pero yo no lo sabía. Lo sospechaba, lo creía o lo intuía pero hasta ese entonces no lo sabía. No a ciencia cierta. Lo supe cuando la extrañé en medio del bullicio de la noche de arrabal. Extrañaba su aliento y extrañaba su mirada. Extrañaba su voz y sus palabras. Las putas bailoteaban por el bar y yo las miraba mover sus carnes al aire, las miraba y las sentía, pues sabiéndonos turistas se acercaban a Alberto y se acercaban a mí. Alondra se sentó sobre mis piernas y me pidió le invitara una cerveza. Alberto me miró dando el beneplácito, diciendo: vamos, tío, se un caballero, invítale una cerveza a la dama. Vale dije, ¿cuánto valen? Cien pavos dijo Alondra y mirando a Alberto contesté: ¡cien pavos! Alberto me miró negando con la cabeza, no creyendo que yo fuera tan puñeteramente tacaño. Ya dije, vale, pídete una cerveza. No pasó ni un segundo cuando Alondra tenía una cerveza en la mano. Dio un sorbo a la birra y comenzó a moverse sobre mí. Tratando de levantar el asunto. De tocar el asunto con las nalgas y de prender la cosa, y de sacarme otra cerveza. Pero la cosa no se levantó. Increíblemente  la polla no se levantó. Y yo sabía por qué. Alondra no lo sabía. Se movía suave o fuerte o como sea porque del levantamiento de esa parte mía dependía su supervivencia. Si lograba pararme la cosa, si lograba calentarme lo suficiente… Pero yo no estaba ahí. No estaba ahí con Alberto ni con Alondra ni con ninguna de las putas de El mil amores. Yo, Petrozza, que había gastado la vida en pegarle al trago y en echar los más posibles polvos, no estaba ahí. Estaba en otro lado. Con otra persona. Pensando en ella. En la jeba que me había quitado lo mamarracho a base de cariño sincero. Y no lo podía creer. Sentía por esta mujer un amor tan grande, una desesperación tan grande, que en medio de tanto placer no podía hacer otra cosa que pensar en ti.


sábado, 14 de mayo de 2011

Nomás el nombre.

Texto por: Elena Larios


Me gusta el sexo y mucho, me encanta coger; a veces me pregunto si todas las chicas dedican muchos de sus pensamientos a fantasear con sexo. Yo lo hago casi todo el día, es una cosa tan cotidiana y natural como mis gestos, simplemente aparecen y la elaboración varía, según la circunstancia o lo que esté haciendo. Todos los hombres que he visto y me gustan han pasado por la cama de mi cabeza, sin excepción. Eso provoca serias batallas internas cuando estoy cerca de alguno de ellos: constantemente me encuentro al borde de insinuarme valiendo madre que sea mi amigo, el novio de alguien o que lo acabe de conocer y después tenga que limpiar dolorosa y tramposamente mi consciencia. Tampoco es que sufra mucho, debo confesar que me encanta susurrarles al oído, nada explícito, simplemente hacerles saber que se me ocurren cosas interesantes. Adoro estudiar sus reacciones y si la situación resulta suficientemente controlable, no dudo en realizar la fantasía, no sin antes planearla cuidadosamente, por cuestiones de seguridad y esas cosas. 


 Una de esas noches en que el calor se desbordó de mis manos, soñé que me cogía a Martin Petrozza, cosa que al despertar me sorprendió muchísimo porque no lo conozco, me cogí en sueños a un tipo que no tenía cara ni cuerpo, nomás el nombre. Comencé a darle vueltas al asunto y descubrí que mi fantasía tenía posibilidades de realización porque si lo que el tipo escribe es cierto, no sería difícil encontrarlo sin salir de mi zona segura ya que vivimos bastante cerca. Ese día se anidó en mi cabeza la idea de tirarme en la realidad a Martincito Petrozza, a ver si era cierta su fama de Casanova. Soy bastante obsesiva así que comencé a planear el asunto con todo cuidado, tomando en cuenta cualquier contratiempo que pudiera obstaculizar mi objetivo, empezando por la posibilidad de que cuando lo viera se me quitaran inmediatamente las ganas. Me paseé por el centro de Tlalpan la tarde el viernes sin éxito, el lunes tampoco hubo nada, me aburrí fácilmente y sólo anduve por ahí un par de horas, por momentos me preguntaba qué carajos hacía ahí y me reprochaba por  hacer planes de hueva. Martes. 


 El miércoles lo vi sentado en una de las mesitas de café que dan a la calle, el corazón me latía muy rápido y eso me exasperó, aún así me acerqué. Disculpa, ¿tú eres Martin Petrozza? Irritado bajó el libro de Stendhal que tenía en las manos, su gesto cambió cuando me vio, y contestó con una sonrisa: depende de para qué se me necesite. Lo sabrás si me esperas aquí unos minutos, enseguida vuelvo. Claro, contestó sin disimular la curiosidad. Bien, hasta ahora todo va bien, sigue siendo atractivo, esperemos que ninguno de los dos la cague, pensaba mientras caminaba a la vinatería. Compré una botella de whisky, condones, una botella de agua, chicles y una cajetilla de cigarros. El cabrón tenía fama de vividor y no me iba a arriesgar a pasarla mal porque el tipo es un roto, no tengo ningún problema con ser yo la que pague el asunto con tal de que las cosas salgan como las imaginé, por lo menos aquellas que puedo controlar. Guardé todo en mi bolsa y regresé a la plaza. 


 Tomé asiento y pregunté por qué me miraba de esa manera, para mi sorpresa no se veía irritado por la interrupción y dijo: ¿A qué se debe tanto misterio? ¿Tú eres Martin Petrozza? Volví a preguntar pensando en la posibilidad que no fuera él y estúpidamente le hubiera creído a la primera. Sí, ¿y tú? Elena, ¿y de qué la haces en la vida? Algo me dice que ya lo sabes, pero no quiero ser grosero, así que diré que me dedico a escribir, entre otras cosas. Su arrogancia me exasperaba pero no lo suficiente para mandarlo al carajo, es más, hasta me gustaba. Verás, es muy sencillo: resulta que tengo en mente un plan, que según yo te puede interesar, el problema, o potencial problema, es que hay una serie de condiciones que deben cumplirse si decides que quieres llevarlo a cabo. No puedo decidir eso si no sé de qué se trata, soltó secamente. Estaba muy nerviosa y no me decidía a decirlo. Se lo dije y sonriendo contestó que no me preocupara. Estoy para servirte, además muero de curiosidad. Soñé que tú y yo cogíamos y no estuvo nada mal, así que vine a proponerte la realización de ese sueño. ¿Dónde firmo? Dijo con una sonrisa maliciosa. Me pareció bastante simpático y llamó mi atención que no se pusiera paranoico, bien podía ser una loca con tremendo cuchillo en la bolsa, cosa que era verdad, sólo por precaución, pero parecía que ese pensamiento no pasaba por su cabeza.


 La primera condición es que tiene que ser hoy, en tu casa. Hecho. Pero, si no llegamos ahí caminando y en menos de 20 minutos olvídalo, además me tienes que explicar en dónde está. Eso no es problema, seguía sonriendo, ¿qué más? Cuando yo diga no, es no, sin chistar, si te pones pesado yo me pongo el triple. Dudó un momento pero aceptó. Hasta ahora todo va muy bien, pero antes de que continúes debes saber que no tengo nada que ofrecer en casa, más que buena música, agua y hielos. No pude evitar reírme, me gustaba porque era un cínico, los patanes honestos no me parecen tan patanes, detesto a los idiotas que nos toman por pendejas y mienten para que una abra las piernas, Martin no, él era uno de esos idiotas que sin comportarse como cerdos dejan en claro que lo que quieren es follar y que tienen claro que la decisión es nuestra, si queremos coger, cogemos y ya, sólo que unas les gusta hacerse del rogar más que a otras y a unas les gusta que les endulcen el oído más que a otras. Qué bueno que mencionas la música porque eso es importante, yo pongo una canción, luego tú pones una y así nos la llevamos, pero no pueden durar más de 10 minutos. Sabía de su afición por la música clásica, así que con esa condición no podía hacer trampa y obligarme a escuchar obras completas, no es que no me guste, simplemente no era parte del plan. 


 Hecho, contestó casi sin reparar en el trato. Tengo whisky, cigarros, condones y café. Hizo una mueca extraña y aclaré que con café me refería a mota. Yo no fumo esa porquería. Es una lástima dije, porque de verdad se disfruta, y lamentablemente es parte del plan: tienes que fumar conmigo, si no, olvídalo y cuidado con que pretendas decir que sí y luego portarte como marica. No me gusta que me digan qué hacer, no fumo mota o café o como le llames y punto. El tono de sus palabras me hizo enojar, pero tranquilamente contesté: ok, como dije, existen condiciones, y como no estás de acuerdo ya me voy, fue un placer Martin Petrozza… a medias. Me levanté de la silla y caminé sin voltear, a los pocos segundos me gritó ¡Hey! ¡Guapa! Elena, dije mientras regresaba a la mesa. ¡Vale, lo que tú digas! Se veía irritado y eso me gustaba, porque a pesar de su molestia se notaba que quería salir corriendo a casa conmigo y saciar la mutua curiosidad. No te preocupes, no te va a pasar nada, es más te garantizo que te va a gustar, claro, siempre y cuando no te predispongas. ¿Algo más? preguntó. Mmm, creo que no. Bueno, pues vamos. Para mi sorpresa se levantó, me ofreció su brazo y comenzamos a caminar, sin pagar el café, lo cual me intrigó pero estaba más ocupada pensando en lo que seguía. 


 Efectivamente su casa no estaba lejos. He aquí mi hogar, es usted bienvenida. Gracias, pero falta algo antes de que entremos, dame tu dirección completa, dije mientras marcaba el teléfono. ¿Para qué? Preguntó un poco alarmado, para pedir un taxi. Ya, dijo. Pedí que llegara a las 10 de la noche, 4 horas me parecían suficientes, mandé un mensaje a Claudia pidiendo que anotara esa dirección y que si no me comunicaba con ella a las 10:30 llamara a alguien, que no se preocupara y no dijera nada a nadie, después le explicaría con lujo de detalle la aventura.


 El lugar no era un palacio pero se encontraba aceptablemente limpio y ordenado, las casas de uno que otro amigo son peores, comenté sincera y amablemente cuando se disculpó por el desorden, no sé si lo imaginé pero me dio la impresión de que estaba igual de nervioso que yo. Saqué el whisky, los condones y los cigarros y los puse en la mesa de la sala. Mientras iba por vasos, comencé a curiosear el estéreo hasta que encontré el cable para conectar el iPod, pedí mi whisky con agua. Escuchábamos a Kula Shaker en lo que yo limpiaba y él servía. Me preguntó por qué me gustaba fumar mota, a lo que yo respondí con la verdad: me enamoré de lo nítido que era el mundo cuando uno está pacheco, mi capacidad de discriminación se agudiza placenteramente y uno difícilmente se siente agobiado. Ya, contestó, yo prefiero el alcohol. Ya lo sabía, a mí me gusta, pero no lo prefiero, detesto ponerme hasta el culo, detesto a los imbéciles comportándose más estúpidamente de lo habitual, los borrachos son muy egoístas. Con la mota no pasa eso, jamás se verá a alguien que sólo haya fumado mota siendo agresivo, cosa que con el alcohol es muy sencillo, entre otras linduras que no tolero del exceso de alcohol. Lo peor que puede pasar es la seca y que te de hambre, fácil de arreglar. Bueno, pues ya veremos, contestó con una expresión entre curiosidad y fastidio, como si estuviera emocionado y le molestara. Bebimos el primer whisky hablando de cuestiones sin importancia y cuando lo terminamos yo ya tenía el porro listo.

 ¡Salud! dije mientras lo encendía y daba las dos primeras fumadas. No tengo que explicarte que hay que retenerlo el mayor tiempo posible ¿verdad? Me ofende que pienses que nací ayer, contestó irritado. No lo digo por eso, sino porque si veo que te quieres hacer el listo y fumar como puñetas de secundaria me largo. Sonrió sin decir nada, tomó el porro de entre mis dedos y le dio tres buenas fumadas, como si hiciera aquello todos los días. Me levanté por más hielo y serví la siguiente ronda de whisky. ¡Wow! Lo escuché decir. Sí que estoy pacheco y sí que se siente bien, las veces anteriores no podía decir que la estaba pasando bien. ¿Ves? Sólo hay que soltarse un poco y hacer cosas que valgan la pena como escuchar música; difícilmente fumo si no estoy escuchando música o viendo una película con mucha estimulación visual y una buena historia. Ya, dijo, ¿qué te parece si ahora me complaces con algo de Jeff Buckley?. Pasamos una hora de lo más contentos hablando de música, libros y películas, sin choques de personalidad incómodos, nada fuera de lo común. Yo en verdad me sentía cómoda y no reparé en la cantidad de whiskys que el tipo se había zampado en ese tiempo, yo no bebí a la par suyo, pero él sí fumó  a la par mía. Me di cuenta de que la cosa se había jodido cuando demoró en el baño. 


 Al salir se dejó caer en el sillón con la mirada perdida. Me siento jodidamente mal, es esa cosa tuya, he bebido como siempre y jamás me había pasado esto. Estaba muy molesto pero no hacía gran alboroto. Se llama pálida, le dije sin poder evitar reírme, casi siempre es muy chistoso cuando a alguien le da la pálida, si hay mucho alcohol de por medio se quita hasta que uno vomita, pensé. Eso pasa cuando no estás acostumbrado y mezclas como lo has hecho tú con las cantidades que te has metido de ambas drogas, pero no te preocupes, lo único que debes hacer es calmarte, respirar y beber agua. ¡Joder tía, me siento de la verga! Me gritó, ¡no se me va a quitar con agua! Sus palabras y el tono me hicieron sentir mal, como niña regañada, lo cual no duró más de cinco segundos, que al terminar se convirtieron en genuina exasperación. Mira pendejo, no me gusta cómo me estás hablando, deja de lloriquear y tómate el agua, ¿o qué pretendes hacer?, ¿acusarme con tu mamá?, ¿llamar a un doctor?, deja de exagerar, te prometo que si haces lo que te digo se te quita en quince minutos. Comenzó a beber agua con los ojos cerrados, despacio y sin decir una palabra, medio sentado en el sillón. Pasados diez minutos me senté frente a él sobre sus piernas y le pregunté al oído como se sentía, comencé a besarlo y la erección debajo de mi falda contestó a mi pregunta.


 Cuando estuvimos satisfechos volvimos a fumar y continuamos bebiendo desnudos hasta las 9:50. Me vestí y nos despedimos como si hubiera una especie de viejo afecto fraternal e incluso, para mi sorpresa, se disculpó por haberme gritado. Me acompañó a la puerta, subí al taxi y me despedí con la mano una última vez. No fue como lo soñé pero tampoco estuvo mal,  puede que un día de estos lo visite de nuevo.






domingo, 8 de mayo de 2011

¿Quién soy?


I

Arthur Wallace tenía ocho años cuando paró su vida en seco. Fue durante un partido de fútbol. Arthur era  jugador de medio campo en el equipo del colegio. Decir jugador de medio campo es demasiado cuando tienes ocho años. En el equipo de Arthur, que era bastante malo (y en el equipo de cualquier colegio de elemental), ser mediocampista o ser delantero o defensa, no significa gran cosa. Todos corríamos tras el balón, recuerda Arthur, rompiendo posiciones. Éramos un enjambre jugando contra otro enjambre. Tras el balón. Fue en la partido contra el River Plate (Arthur no olvida aquello; cómo olvidar el instante (porque esas cosas pasan en un instante)  de la decadencia de mi vida, dice) cuando le vino de golpe la idea del absurdo. No tiene sentido, pensó y paró en seco. Tuvo una visión, a los ocho años, en fracción de segundos, de sí mismo, y de todos esos críos yendo y viniendo tras el balón. Siguiendo desesperadamente aquella cosa. Y lo supo. O lo creyó, que al caso es lo mismo: no tiene ningún sentido. Paró durante el partido, en medio de la cancha. En seco. Arthur corría tras el balón, iba solo, estaba a punto de alcanzarlo y de pronto, de la nada, paró. En seco. Y se quedó allí. Congelado. Dejé de ser un gilipollas del montón, dice Arthur. El entrenador le gritó que se moviera, que hiciera algo, que por amor a Dios hiciera algo. Pero Arthur se quedó inmóvil. Luego de algunos segundos caminó al vestidor. La multitud gritaba enloquecida. Sus compañeros gritaban enloquecidos. El entrenador, sus padres, todo el puñetero mundo gritaba enloquecido. No lo podían creer. Se escuchó el silbato del árbitro.  Alguien había anotado un gol. El River Plate había anotado un gol. 

 ¿Por qué dejaste de jugar?, pregunta Kent a Arthur en el vestidor, una vez finalizado el partido. Porque es igual, responde Wallace (sus compañeros de colegio le llaman Wallace). ¿Qué es igual?, pregunta Jordan que se une a la conversación. El partido, contesta Wallace indiferente. ¡Cómo!, exclama Kent y exclama Jordan al tiempo. No tiene ningún sentido, ganar o perder, no significa nada, contesta Wallace. ¡Está loco!, grita Kent y grita Jordan, y luego todo el equipo que recién entra al vestidor, y que no saben por qué, pero saben que hay que gritar que alguien está loco, y sospechan además que el loco es Arthur Wallace, y eso les da bríos para gritar con más fuerza: ¡Loco!, ¡loco!, ¡Loco! ¡Nos la hiciste en grande!, le grita Thomas, por tu culpa nos han anotado un gol. Perdimos tres a cero. Qué va, dice Wallace sin darle importancia al asunto, hubiésemos perdido de todos modos. ¡Loco!, ¡Loco!, grita el equipo. El entrenador entra hecho una furia y reprende a Wallace por ser tan idiota y para en el partido. Arthur ni siquiera le escucha. Sabía de antemano que esto pasaría, así que con la mano en la cintura renuncia al equipo y se larga a la salida donde lo esperan sus padres, y le dicen que no se preocupe, que el futbol no es lo suyo después de todo, y que en adelante todo irá mejor. Se creen que Arthur está deshecho por la crítica, pero la verdad es que a Arthur la crítica le importa un rábano. Todo irá mejor en adelante, dicen los padres de Arthur. No tienen idea, dice Arthur, nada fue mejor en adelante. 

 Es increíble, piensa ahora Arthur, esos tíos, esos amantes del soccer, esos capullos de mierda. ¿Qué es increíble?, pregunta el doctor Stevenson. Todos ellos, dice Arthur exasperado, todos corriendo tras el balón. En todas partes la gente corre tras el balón. Sin saber exactamente por qué. Todos lo que en el partido corrieron tras el balón… no han dejado de correr. Sin sentido. El doctor Stevenson hace una anotación en la libreta y asiente con la cabeza. ¿Qué ha sido de Kent?, pregunta, ¿sabes qué ha sido de Kent o de Jordan? Arthur hace un ademán de obviedad y explica: Kent se ha hecho médico y Jordan… ese cabronazo me parece que se ha mudado a Europa, es un abogado de renombre o algo… están forrados en pasta. El doctor Stevenson asiente con la cabeza y hace una anotación en la libreta. Parece que no sabe hacer otra cosa, piensa Arthur. Dime, Arthur, dice el doctor Stevenson, ¿por qué paraste aquella vez durante el partido?, ¿por qué exactamente paraste aquella vez durante el partido? Arthur suspira. Se lo he dicho ya, no tenía ningún sentido, contesta, se lo dije a Kent y a Jordan, se lo dije al entrenado, a mis padres, a todo el mundo, no tenía sentido. ¿Por qué no?, pregunta el doctor Stevenson por enésima vez. Arthur baja la mirada y lo piensa, como si fuese la primera vez que lo piensa, aunque lleva veinte años pensándolo, y responde: no lo sé. ¿No lo sabes?, pregunta el doctor Stevenson fingiendo asombro. Sé que no tiene sentido, dice Arthur, estoy convencido de ello, pero… no sé por qué no lo tiene. Supongo que nadie nos dijo que lo tendría, ¿no? Es sencillamente absurdo. ¿Y los demás?, interrumpe el doctor Stevenson, ¿qué hay de los demás?, ¿para ellos sí tiene sentido? No lo sé responde Arthur, quizá. ¿Quizá?, pregunta el doctor Stevenson frunciendo el entrecejo. No lo sé, Dios, responde Arthur, no, creo que no, no hay sentido para nada ni para nadie; las cosas están ahí, los animales están ahí, el hombre está ahí, pero eso es todo, sin sentido, ni oculto ni transparente, no hay sentido, y si lo hay… no lo entendemos, no nos está permitido entenderlo. El doctor Stevenson asiente con la cabeza, hace una anotación en la libreta y comunica a su paciente que el tiempo de la sesión ha terminado. Arthur se levanta del diván, estrecha la mano del doctor Stevenson y promete regresar la semana siguiente. 

2

El apartamento de Arthur es pequeño. Está situado en la azotea de un edificio. El edificio se ubica en la colonia Estrella, en la calle de Malaquita, en el número 91, y no es un apartamento propiamente dicho, es, más bien, a penas una habitación con sanitario. El cuarto pertenece a la madre de Arthur. Le dejó mudarse allí hace siete años y aunque le cobra tan solo quinientos pavos al mes, Arthur hace seis meses que debe el alquiler. Ya, madre, ya, he cogido un empleo, dice Arthur a Madre por el auricular de un teléfono público. Sí, madre, sí, estoy bien. Sí, madre, he comido ya, miente Arthur. Hace dos días que no prueba bocado. Hace una semana que no se muda de ropa. Y hace más de un mes que no visita al doctor Stevenson, viejo amigo del padre de Arthur que aceptó tratar a su hijo sin pago. Arthur está quebrado. Hace veinte años que paró en seco, en aquel partido, y paró en seco toda su vida. Arthur no encuentra sentido a nada. Absolutamente a nada. Terminó la preparatoria, obligado por los padres, y no entró a la universidad. Ninguna carrera le llamaba la atención demasiado. No al menos para cursarla. Alguna vez sintió interés por la ciencia pero se detuvo, descubrió que a fin de cuentas no era lo suyo. Ha cogido algunos empleos pero renuncia siempre al cabo de seis meses de laborar. No lo soporto, piensa Arthur, eso de trabajar para alguien más. El doctor Stevenson comenta al padre de Arthur que su hijo sufre una severa depresión que se torna abulia. Arthur, que conoce el diagnóstico,  no está convencido. Sabe que es capaz de muchas cosas, si tan solo encontrara sentido por alguna, sería el mejor en esa cosa. No has ido con el doctor Stevenson, dice su madre al teléfono. No tiene caso, contesta Arthur, no es nada, ese viejo loco no tiene idea de nada, se lo pasa asintiendo con la cabeza, haciendo anotaciones en la libreta y preguntando siempre la misma chorrada, por qué paraste en el partido, imita Arthur la voz del doctor Stevenson, por qué no tiene sentido, y qué hay de los demás, carajo, ese doctor no tiene idea. Deberías poner de tu parte dice Madre. Pongo de mi parte, se defiende Arthur, pero no hay avance, no hay por dónde, estoy bien, madre, no te preocupes, es sólo que… estoy cansado, eso es todo. He cogido un empleo y todo estará mejor, te pagaré lo que te debo. No es el dinero, hijo, dice Madre, tu padre y yo estamos preocupados por ti. Por tu salud. Ya dice Arthur, mi saludo está de a diez. No tengo nada, te digo, es sólo cansancio. Te pagaré en la primera quincena. El padre de Arthur llega a casa y Madre debe colgar el teléfono. El padre de Arthur no soporta que Madre solape al niño. Vale, madre, dice Arthur, no te preocupes por mí, da de cenar al viejo y yo estaré bien. ¿Tienes qué cenar?, pregunta Madre. Sí, miente Arthur, Estephanie ha traído carne y papas. Estephanie es la novia de Arthur y no ha traído carne y papas. No ha traído nada desde hace casi un mes. Desde casi un mes no desea saber nada de Arthur, al que considera un perdedor. Que te bendiga Dios, dice Madre y cuelga el teléfono.

3

Arthur Wallace se presenta al curro. Es su tercer día en el curro y se presenta recién afeitado. Tiene veintiocho años y lo han aceptado como Operador telefónico en una empresa de telemercadeo. La empresa se llama SOGESI y está en Torre Pedregal, en Periférico Sur, junto al edificio de la PFP. Es un trabajo de medio tiempo. La campaña es para Santander, el banco, y Arthur debe llamar a desconocidos de una base de datos para convencerlos de los beneficios de una tarjeta falsamente pre-autorizada. Trabajará de dos a ocho de la tarde por un suelo de mil novecientos pavos al mes, más comisiones. Las comisiones se pagan por semana, dice la mujer que lo entrevista. Muy bien dice Arthur y se pone manos a la obra.

 Lo primero que hacen, luego del curso de capacitación, es sentar a Arthur junto a un tío de dieciocho años que lleva laboreando en la empresa un par de meses, y que está a punto de dejar el curro (cosa que no ha comunicado a la empresa), a escuchar cómo llama, qué dice, y cuál es el proceso a seguir. Durante la capacitación le explicaron a Arthur que existen alrededor de cinco tarjetas diferentes, pero Jhon, el chico de dieciocho años, dice que sólo se venden dos, a saber, la tarjeta Light y la tarjeta Uni-k, que no genera comisiones por ninguna operación. Arthur asiente, interesado. Se ha hecho como propósito ser el mejor vendedor de la empresa. Todos al entrar tiene el propósito de ser el mejor vendedor de la empresa; les han dicho que hay tíos ganando quince mil pavos al mes de la venta de tarjetas. Arthur presta atención a todo, hasta al último detalle. Te colocas la diadema y la computadora marca las llamadas por ti. Incesablemente. Hay que decir a los clientes que la tarjeta está pre-autorizada por su buen historial crediticio, dice Jhon. Arthur apunta “por su buen historial crediticio” en una libreta que ha llevado. No hay que abrumarlos con la infinidad de benéficos de la tarjeta, ni hay que ofrecer todas las tarjetas, ofrece sólo Light y Uni-k. Arthur anota: “no abrumar”  y Jhon enuncia los beneficios sobresalientes: tasa de interés más baja del mercado y no comisión. Arthur lo anota. No, no, dice Jhon, por separado, la tarjeta Light tiene la tasa más baja del mercado, y la Uni-k, no cobra comisiones. Arthur arregla el asunto en la libreta, lo anota por separado y John dice sí, muy bien, así está mejor. 


 Arthur calcula que si pagan ciento cincuenta pavos por tarjeta vendida, y vende dos por hora, son trescientos la hora, y trabajando seis horas, ganará mil ochocientos al día. Más el sueldo fijo. No mira ningún problema en vender dos tarjetas por hora. Incluso le parece que podría vender hasta tres por hora. Una hora parece demasiado tiempo para vender tarjetas tomando en cuenta que se realizan más de cien llamadas por hora, lo que equivale a decir que es imposible, según la perspectiva de Arthur, que de cien llamadas no venda al menos tres tarjetas. Pero Arthur no tiene ni idea. Si vendes dos tarjetas diarias estás dentro de los mejores. Y ser de los mejores te cuesta el alma. 

 A las cuatro horas de trabajo un cliente de Jhon decide aceptar la tarjeta. Caramba, exclama Jhon que no es un buen vendedor. ¿Qué pasa?, pregunta Arthur emocionado. ¡Han aceptado la tarjeta; llama a un supervisor! El supervisor se coloca la diadema de Jhon y habla con el cliente. Buenos tardes, señor X. El supervisor corrobora los datos en pantalla y trasfiere la llamada al área de validación. Muy bien dice a Jhon y dice a Arthur que a decir verdad no ha hecho nada. Tomen un descanso de quince minutos, yo me hago cargo. 

 Arthur y Jhon toman el ascensor y bajan fuera del edificio. El descanso de quince minutos es un premio que tienes que ganar y Jhon nunca había ganado ese premio, cosa que no le dijo a Arthur. Éste los descubrió por sí mismo más adelante, enfurecido, pues le parecía inhumano y humillante. Jhon propuso comprar una soda. Arthur, tímido, le dice a Jhon que no tenía pasta para una soda. Jhon se ofreció a pagar un par de sodas y algunas frituras. Se sientan en la jardinera a disfrutar del confite hasta que Arthur, mirando el reloj (el reloj en la muñeca de Jhon) le dice que ya han pasado veinte minutos. A la mierda, dice Jhon, acabemos con esto (aquí alza la soda y las frituras) y subamos cuando tengamos que subir. Arthur no está de acuerdo pero no dice nada. Se queda a terminar con el asunto. 

 Cuando regresan el supervisor los riñe por la tardanza. Arthur y Jhon se excusan so pretexto de que el tiempo vuela. 

4

Arthur cobra la primera quincena. Ochocientos cincuenta pavos más tres cincuenta de comisiones. Llama a su madre y dice que todo está muy bien, que mandará el dinero del alquiler. Madre lo felicita y dice que lo ama, y que haga lo haga siempre será  su hijo. Claro, piensa Arthur, es inevitable que yo sea todo el tiempo, todo lo que nos dure la vida, el hijo de esta mujer. 

 Con el resto del dinero Arthur entra a un bar de la calle Donceles, en el centro de la ciudad. Se ordena una birra y bebe despacio. No es la primera vez que Arthur le pega al trago. Cogió el vicio en la adolescencia y si no lo frecuenta es porque las más de las veces no tiene plata suficiente.  Aquella cerveza le sabe a gloria. Pagada con el sudor de su frente. 

 No se da cuenta cuando ya no le queda un centavo en el bolsillo. Sale del bar y se paga un transporte público con las últimas monedas que lo deja cerca de casa. El resto del trayecto lo hace a pie. Mientras camina piensa: no tiene sentido todo esto. Ahora trabajo por sigo roto. He pagado a Madre un mes de alquiler pero debo seis. Madre me ama y sería  incapaz de cobrar el resto si en verdad se dificulta pagar. Si ganara la lotería pagaría a Madre la deuda pero eso no la haría más rica, no es gran cosa lo que se debe, y además, nunca ganaré la lotería. No tiene sentido. Podría esforzarme por conseguir un mejor empleo. Sin embargo, con la edad y los papeles que yo tengo… Estoy condenado a vivir en la pobreza. No me incomoda vivir en la pobreza. Al final moriré. Me niego a ser un gilipollas del montón. Trabajar duro para morir. No tener en qué caerse muerto. Ese es el temor de la gente. Cuando yo muera me importará poco dónde acabe, si en tumba de oro o en la fosa común. Será indiferente. Todos esos tíos allá en el curro, luchando. Nadie tiene nada. El mejor vendedor aún vive con su madre. Son una pantalla. Visten bien y se perfuman pero no tienen nada. 

 Arthur camina por avenida Talismán, pensando todo eso cuando se acerca a él un tío y le saluda. Es Goldman, el viejo Goldman. Antiguo amigo de preparatoria. Venga, tío, Wallace, parece que vas ido, dice Goldman al saludarlo, ¿qué te pasa por el seso?, ¿preocupaciones? Nada, nada, contesta Arthur respondiendo al saludo. Se estrechan las manos y se abrazan. ¿Qué haces por aquí, tío?, pregunta Arthur a Goldman, quien le cuenta que visita a una vieja tía, hermana de su padre, que vive aquí a dos cuadras, dice, sólo que he venido por algo a la tienda. ¿Qué ha sido de tu vida?, pregunta Goldman.  ¿Qué ha sido de mi vida?, se pregunta Arthur. No deseando entrar en detalles Arthur contesta que nada, que todo bien, vengo del curro y todo está muy bien. ¡Alá!, exclama Goldman, para venir del curro hueles mucho a alcohol, ¿o es que trabajas en dónde? Arthur sonríe y se confiesa. Ahora que lo mencionas, dice Goldman, figúrate que se me antoja una cerveza, ¿conoces algún bar por aquí? Arthur hace memoria y sí, sí, recuerda un bar cerca, no muy lejos, incluso caminando se puede llegar, te vas derecho por Talismán y luego… No, no, dice Arthur, mejor me llevas, vamos. Arthur titubea. No lo sé, dice. Anda, anda, insiste Goldman, que hace tanto que no te veo que merece la pena una cerveza. Arthur se disculpa y de algún modo Goldman lo entiende: no te preocupes, dice, yo invito. Arthur asiente con la cabeza y caminan hacia la Calzada de Guadalupe. 

 Goldman siempre fue un tío de calle. La verdadera escuela está en la calle, solía decir en la preparatoria. Cuando Arthur le conoció, Goldman era un pobre diablo. Ahora sin embargo, Goldman lucía lejos de ser un pobre diablo. Lo notabas en sus maneras y en su ropa de marca. Los padres de Goldman eran comerciantes y pagaban el colegio con la esperanza de que su hijo se hiciese abogado. No sucedió así. A Goldman siempre le llamó la atención la mecánica. Abandonó la preparatoria para ingresar a laborar a un taller automotriz y ahora, a sus veintinueve años, es dueño de su propilo taller. Está forrado en pasta. Se lo contó a Wallace y éste le dijo: corriste tras el balón, cabronazo. ¿Cómo?, dice Goldman. Olvídalo, contesta Arthur. Goldman no se hizo del rogar y lo olvidó.  Se ordenó un whisky en las rocas y ordenó uno para Arthur también. Arthur le contó la historia de su vida, sinceramente, como pago por el whisky. 

 Goldman escucha atento y de vez en vez exclama ¡qué cabrón! Cuando llegan a la parte del curro, y de las quejas de Arthur sobre el maldito curro, Goldman se lo piensa dos veces y lo suelta: le invita a trabajar con él como asistente de mecánico. Te pagaré lo suficiente, dice, aprenderás el oficio y ¿quién sabe?, quizá algún día tengas tu propio taller. Arthur, alcoholizado, le da vueltas en su cabeza al asunto. Se mira a sí mismo debajo de un auto y lleno de grasa. Esta idea no le anima demasiado, pero cuando la mente vuela al curro actual… sí, cualquier cosa es mejor que esos gilipollas haciendo llamadas histéricamente a medio mundo. Se mira cobrando la primera semana, en el taller pagamos por semana, explica Goldman, y acepta el trato. El lunes siguiente debe presentarse a laborar. Goldman le estrecha la mano y se disculpa. Ha dejado el coche aparcado en casa de la vieja tía y debe regresar antes de que lo desvalijen. Es un Mustang del año. 

 Arthur lo despide en la calle de Sardónica y se pregunta por qué no lo ofreció llevarlo a casa en coche, o porqué no ocupó el coche para ir al bar. Quizá piensa que no merezco el honor, se dice. Un extraño odio a Goldman crece en su interior. Quizá al verme así, mal vestido, piensa Arthur. 

5

Al curro de telemercadeo ya no se presentó. No dio las gracias; ellos deberían agradecer a mí, pensó y se fue directo al taller mecánico de Goldman. Goldman le saludó con un amistoso abrazo, lo pasó a la oficina, y le dijo te tengo noticias, buenas y malas. Las malas, que Arthur eligió saber primero, eran que Goldman hizo cuentas exhaustivas del negocio y descubrió  que de momento no podía permitirse contratar a nadie más. Arthur había mandado al cuerno un trabajo seguro por nada. Ahora que iba a decir a Madre. Y las buenas, dijo Goldman, son que pronto la situación mejorará, quizá el próximo vez, y tú serás el primero en ser contratado. Arthur salió de allí cabizbajo y lamentándose por ser tan gilipollas. Basta un ensueño para que pierda la cabeza y bote todo por la borda, se reclamó. Goldman actuó de corazón, lo sé, se dijo Arthur, pero jamás firmé un contrato. Quizá aún estaba a tiempo de recuperar su antiguo empleo. No, se dijo, a la mierda con el telemercadeo. Goldman le corrió doscientos pavos, como disculpa por la mala noticia. Al menos habrá comida esta tarde, pensó. 

 Cogió un transporte público y llegó hasta casa de Estephanie, su novia, que para ese entonces era, prácticamente, una exnovia. Llamó a la puerta. La madre de Estephanie le recibió malhumorada. Lo dejó en la puerta. La escuchó gritar te busca el mamarracho de Arthur. Estephanie tardó en salir y cuando lo hizo las primeras palabras que le salieron de la boca, previamente ensayadas, fueron: ¿qué haces aquí? Arthur se disculpó por presentarse sin aviar, pero moría por verte, dijo. Estephanie no estaba convencida. Vamos, dijo Arthur, te invito a comer. Estephanie hizo una mueca de asombro y aceptó. 

 Fueron a un afonda de comida corrida donde Arthur le juró amor eterno y le comentó de su encuentro con Goldman, y de la promesa de un empleo en un mes aproximadamente. Promesas dijo Estephanie. Si te esforzaras un poco. Tan sólo un poco. Pero Arthur sentía que se esforzaba demasiado. Arthur no deseaba escuchar el rollo de toda su vida así que se apresuró a comer y a regresar a casa. Estephanie no era tan importante después de todo. 

6

 “La vida, escribió Arthur en la pared de su haitación, es el castigo que Dios impuso al hombre por haber pecado en el paraíso” Sentíase fatal consigo mismo. Sabía que el odio que sentía era para sí mismo. Debí correr tras el balón, pensaba. Consideraba sin embargo, a todos esos idiotas, como unos hijoputas. Si fuera un poco más imbécil, se decía. Si pudiera regocijarme con la muchedumbre. Si tuviera menos visión y fuese más corto de entendimiento. “Bienaventurados los que se conforman con una mansión en Berverly Hills”, escribió en la pared junto a la primera frase, con una crayola verde. Ahora lo recordaba. La crayola era regalo de la abuela. Abuela se la había regalado hace tantos años, cuando crío, y venía con otras crayolas, en un tubo. Cuando las obtuvo se puso a pintar las paredes de la casa y Madre lo regañó por ello. Ahora Arthur pintaba las paredes de su habitación con la misma crayola de antaño. No había crecido mucho después de todo. 

 Se recostó en cama, cerró los ojos y pensó en la vida. Su vida. El futuro de su vida. No había mucho futuro. Todos los tíos que había conocido habían logrado algo, y tenían futuro, lo que eso signifique, excepto él. Todos los tíos que conozco excepto yo, repitió para sí. Todos los tíos que conozco… Entonces le llegó la idea: ¡él no conocía a nadie! Hablar con las personas no es conocer a las persona. Pero sobre todo, no se conocía a sí mismo. Sabía que se llamaba Arthur Wallace, que vivía en la calle de Malaquita número 91 y que andaba por la vida sin un duro, que tenía veintiocho años… pero… no sabía exactamente quién o qué era el enigmático, así le pareció, enigmático ser que hacíase llamar Arthur Wallace. Sabía que venía del vientre de su madre, que venía del vientre de la Abuela, etc., pero desconocía de dónde viene el primero de los hombres, si acaso era verdad el rollo del dios cristiano, o del Bing Bang, o qué coños. Y sobre todo, desconocía por qué Arthur Wallace estaba allí, existiendo, en ese cuarto inmundo, sin poder llegar a nada que no sea el fracaso. Sí, se dijo, he comenzado por el final. Lo primero es descubrir quién soy. Quien soy. 

II

¿Quién era exactamente Arthur Wallace? A Arthur Wallace le conocí en la preparatoria y antes de que el cabronazo se suicidara yo pensaba como él. Arthur Wallace se quitó la vida el pasado 24 de enero de 2010. A su memoria tengo poco que decir, excepto que era un tío estupendo. Era, a pesar de la opinión pública (que generalmente no sabe nada), un tío con seso. Era un filósofo. No uno de esos que se leen en libros, sino un filósofo de verdad. Era capaz de mirarte y saber acertadamente que te pasaba por la cabeza. Como si él, siempre, ya hubiese pensado alguna vez, ya hubiese sentido alguna vez, todo eso que tú piensas y sientes ahora. Porque Arthur Wallace era un explorador de sí mismo, y con ello del ser humano, y pasó muchos años de su vida buscando hacia dentro. A los ochos años se hizo poseedor de una verdad. Verdad que lo llevó al suicidio: nada tiene sentido. 

 La pregunta que Wallace persiguió los últimos días de su vida es una pregunta que la mayoría de nosotros nos hemos hecho, ¿quién soy? Arthur la llevó hasta el extremo, sin miedo a tocar los límites y sacrificando su existencia por el conocimiento de la verdad. Pocos filósofos han llegado tan lejos en la práctica de sus especulaciones. Cuando la depresión me viene suelo pensar: ¿quién era Arthur Wallace? El cabronazo salva mi vida. Sé como él, que la vida no vale nada. Sin embargo soy cobarde y soy curioso, y quiero estar seguro que si no vale nada, lo mismo da seguir en ella que no. Arthur era un gran hombre, de eso no cabe la menor duda. 

P.D.

La tumba de Arthur Wallace se encuentra en el panteón Jardines del recuerdo, donde lo enterraron sus padres. El panteón se ubica en el municipio de Tlanepantla, en la calle San Rafael. Y la tumba yace en Jardín de la Asunción segunda sección. Y si no crees que ese tío se llamaba Arthur Wallace, y que allí descansa en paz, te invito a que eches un ojo y te preguntes frente a su cripta: ¿quién soy? Bajo tu propio riesgo. 



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